Tabla explicativa:
Ciclo/ Ciclos: equivalente a Año/Años.
Luna: equivalente a pareja destinada. / También equivalente a un mes.
Nacimientos solares: equivalente a días.
Muertes solares: equivalente a noches.
Prólogo:
Cuando el príncipe nació, un sabio vió en visión la Profecía:
" La tierra temblará bajo el poderío de sus pies,
la luna, el sol y las estrellas girarán a sus órdenes,
sus enemigos temblarán ante su nombre,
su gloria cubrirá la tierra y
seis lunas coronarán sus sienes..."
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Umara:
Los intensos rayos solares son sofocantes . Gruesas gotas de sudor recorren mi espalda. Mis muñecas y tobillos están inflamados por las heridas que han abierto los pesados grilletes . Las plantas de mis pies están en carne viva y arden como si un fuego que no se apagase nunca se alimentara contantemente de ellas. Mi boca está tan seca como el desierto. Mi piel parece estar hecha de arena. Mi largo y negro cabello es una maraña deforme y maloliente sobre mi cabeza desde hace semanas.
Mi respiración es entrecortada, la fatiga no me ha vencido por mera intervención divina. Mis ojos se nublan. Mi mente pareciera estar envuelta en una neblina plagada de espejismos.
Llevo cinco días alimentándome de pan y agua. Quizás podrías pensar que para una esclava del Imperio Kurani una comida de pan y agua es un lujo; pero lo que se nos da de pan es apenas un bocado y de agua un pequeño sorbo y llevábamos caminando muchas millas, demasiadas.
Cuando se nos forzó a abandonar Sibiú, éramos un grupo de mil prisioneros. Pero a la capital Imperial, con vida ,sólo hemos llegado poco más de unos doscientos.
Todos los años el Emperador extrae su tributo de las tribus nómadas del norte. Usualmente, toma para sí doncellas hermosas, hijas de ganaderos pudientes, para que sean esclavas del Palacio real en Tarmen, pero si el noble tiene hijos, estos son tomados para guerreros de la guardia real o eunucos.
Durante muchos años, la entrega del tributo había sido pacífica pero en esta ocasión, al capitán emisario Kuraní y al Ejército Dorado se les antojó un poco de diversión ; y terminaron masacrando tres de las ocho tribus nómadas reunidas en el cónclave para el concilio anual. Esta vez, los ancianos de las tribus discutían el firmar o no una alianza más permanente que nos protegiera del poderío militar del Emperador y ejércitos Kuraní. Al parecer, la indecisión de los líderes despertó la ira y la sed de sangre en el ejército imperial . Entre las tribus diezmadas, se encuentra la Sindú a la cual pertenezco. Luego de saciar su sed de diversión, el ejército enemigo se retiró , dejando los a sobrevivientes malheridos e indefensos a merced de los esclavistas.
Una lágrima recorre mi mejilla. Es cierto que mi madre ya me había vendido a un mercader Guenty para cuando los invasores llegaron, pero eso no impide que los gritos y sollozos de angustia de mis paisanos aún resuenen aún en mis oídos, habiendo causado una gran meya en mi alma. Otras diez mujeres de mi tribu sobrevivieron la matanza, porque habían sido intercambiadas por sus padres . Las intensas sequías y la escasez de alimentos habían llevado a muchos de los mayores de la tribu al extremo de intercambiar a sus hijas mayores y casaderas por víveres. En mi caso, no soy la mayor, soy la mediana de tres hermanas sin embargo mi madre me vendió por ser la menos agraciada de las tres. Ahora estamos, los treinta prisioneros que no hemos sido vendidos, arrodillados, sobre la plataforma de esclavos.
Con movimientos erráticos, intento secar la huella que la lágrima dejó sobre mi polvoriento rostro. Una mirada rápida al reducido grupo me hace comprobar que quedamos los más escuálidos y débiles de los prisioneros.
Algunos son demasiado viejos para labores arduas, otros se han enfermado durante el trayecto y las pocas mujeres jóvenes que quedamos no somos lo suficientemente hermosas para los estándares de belleza de la ciudad más importante del Imperio.
Suspiro, mi madre y hermanas no fueron tomadas cautivas, muy en el fondo de mi corazón acaricio la esperanza de que hayan logrado escapar y elevo una plegaria a nuestro Dios, porque de lo contrario... La otra posibilidad se me hace extremadamente dolorosa y desgarradora.
Han pasado las horas...las demás mujeres de mi tribu ya han sido vendidas. Y eso en cierto modo es un alivio. Las costumbres del Imperio Kuraní dictan que si un prisionero de guerra no tiene valor o utilidad para sus captores, los esclavistas pueden deshacerse de él como mejor les parezca ya que el esclavo es su mercancía y este grupo tiene todas las de perder. Estamos todos huesudos, hambrientos y en el peor de los casos medio moribundos.
Si a nuestros captores se les antoja , cosa que es muy probable, puede que terminemos trabajando en las minas. Recorro mi seco labio inferior con mi dura lengua, haciendo una mueca de dolor. Una vida de esclavitud en las minas es el peor destino para un esclavo. Te hacen trabajar de sol a sol mientras te matan de hambre. Las mujeres que son vendidas allí, sirven como aguadoras y curanderas en el mejor de los casos...
Poco a poco me siento sobre mi trasero, colocando mi mentón sobre mis huesudas rodillas. Rodeando mis piernas con los brazos, y considerando que la muerte sería un final más misericordioso para mí que sufrir durante un puñado de años que es lo generalmente se sobrevive en ese lugar.
Casi siempre, las mujeres en las minas terminan sirviendo de entretenimiento a los guardias o a los propios esclavos.
***
Cinco horas han transcurrido, desde que abrió el mercado de esclavos esta mañana y la fatiga se ha apoderado de mi cuerpo. Fuertes temblores me estremecen de pies a cabeza. Tengo frío, luego calor y luego frío nuevamente. Mi visión se nublan. A mi mente llegan las voces y olores y colores del mercado cómo si los transeúntes y comerciantes estuvieran lejos, cada vez más lejos.
Los habitantes de Tarmen que hoy han venido de compras pasan por delante de la plataforma en que nos encontramos y siguen de largo, abiertamente decepcionados de la falta de calidad de la mercancía exhibida. El gordo y sudoroso mercader de esclavos ha comenzado a impacientarse.
Varios de mis compañeros de infortunio ya han caído desmayados a causa del hambre y la sed, y han sido castigados por su debilidad , con azotes. Ahora estamos de pie sobre la plataforma los diez que quedamos.
Mi cuerpo se tambalea. En unas horas todo habrá terminado, en unas horas se decidirá mi destino. Seré enviada al más allá por la misma mano que me compró con oro al esclavista que me trajo desde mi tierra hasta aquí o seré llevada a las canteras.
Elevo una plegaria al Magnánime, para que me conceda el descanso pronto. Quizás esta sensación de vacío y de frío incontrolables son la advertencia de que mi fin está cerca. Lucho por mantenerme en pie, pero mis rodillas amenazan con flaquear.
Cierro los ojos e imagino que estoy con mi padre, corriendo libremente por entre las yerbas verdes del oasis de Orenheb, puedo jurar que oigo el murmullo del arroyo sagrado y el recuerdo de la dulce y fresca agua hace que trague en seco. Intento sonreír pero mi rostro está paralizado. No puedo más, lo sé, he llegado al fin de mis fuerzas. Mis rodillas se doblan bajo el poco peso que me queda. Debo haberme caído de la plataforma porque el enfangado suelo viene rápidamente a mi encuentro.
***
Un ardor insoportable se ha apoderado de mi espalda. Soy jaloneada por los hombros bruscamente y soy obligada a sostener mi tren superior sobre mis manos. Sostengo, a duras penas mi cabeza en alto , elevando mi rostro y observo que a mi rededor reina un caos extraño. Por aquí y allá corren despavoridos los finamente vestidos y enjoyados nobles Kuranies y otros ciudadanos de la capital , puedo oír el resonar de cascos de caballos. Mi mente intenta hallarle sentido a este alboroto, pero no tengo fuerzas ni para razonar.
Cerca de donde he caído, un guerrero de tez broncínea y ojos feroces sostiene un látigo, el cuál descarga inmisericordemente contra la espalda desnuda del gordo y sudoroso esclavista mientras éste es sujetado contra el suelo por dos soldados de la guardia real .No soy capaz de mirar las facciones del guerrero porque trae el rostro cubierto con una burka de finísimo lino blanco. Toda sus vestimenta es totalmente blanca y eso lo hace resaltar en la mugrienta y enlodada calle.
El comerciante clama por piedad en la lengua Kuraní antigua, pero el guerrero es implacable. Sus cabellos negros y largos le confieren un aspecto salvaje, pero sus vestiduras de lino e hijos los de oros y plata me hacen sospechar que debe ser un miembro de la corte real.
Ha venido a rescatarme un príncipe kuraní. Suspiro. Debo estar sufriendo delirios, indudablemente.
Despacio me logro sentar sobre el lodazal en el que estoy y contemplo desinteresadamente como algunos guardias de la corte van liberando de sus grilletes y cadenas a los demás esclavos, al tiempo que estos se miran unos a otros atónitos. Luego, uno de los soldados se acerca a mí y con la pesada llave libera mis muñecas y tobillos de los cortantes hierros que me aprisionaban. Miro las heridas de mis muñecas y frunzo el ceño. Es extraño, ya no me duelen las llagas, de hecho ya no siento nada. Trastabillando me pongo en pie y limpio el lodo de mi rostro con el dorso de mis manos.
El guerrero enrolla el látigo en su fuerte mano derecha. Se voltea imperioso y grita unas órdenes a sus soldados. Observo que el esclavista yace en el suelo inconsciente, su espalda es un espectáculo horrendo de grandes heridas y sangre. Los demás esclavos son reunidos entre un grupo de soldados y comienzan a alejan en tropel por la calle principal. Doy unos pasos para seguirlos, pero el guerrero ya se ha montado en un negro y poderoso semental y antes de que logre dar tres pasos, el aire abandonada mis pulmones al ser arrancada del suelo por unos brazos de hierro que me rodean la cintura y me encuentro de pronto sentada de medio lado, en una silla de montar, sobre el imponente caballo. Mi frente se encuentra a la altura de la barbilla de mi nuevo captor, mi adolorida espalda va rozando su musculoso brazo derecho.
Mientras él acucia a su montura y salimos disparados a todo galope, las fuerzas me abandonan y mis ojos se cierran otra vez. Lo último que he visto antes de desfallecer, han sido un par de feroces ojos dorados.
El amo de las lunas, el lobo Guerrero, El Gran Destructor y cambia formas, El Inmisericorde emperador Kuraní ; apretaba con tal fuerza las cabezas de león de los descansa-brazos de su trono de oro, que sus nudillos se tornaban blancos. Lo consumía la furia. Su mente aguda y sagaz estaba poseída por una neblina roja, sus ojos profundos y escrutadores, estaban enrojecidos por la incontrolable ira. Sus atlético cuerpo y poderosos músculos estaban contraídos en un espasmo de cólera.
-¡Por los mil infiernos Cassandra! ¿Cómo demonios pudo ocurrir esto?- rugió.
La mujer que se hallaba postrada en el suelo tembló. Y por primera vez en muchos ciclos Lady Cassandra temió por su vida.
-¿Cómo es posible que después de casi una veintena de ciclos en los que tus predicciones y visiones han sido siempre acertadas, pueda ocurrir algo así? - El Emperador acarició nerviosamente su frente, con la yema de sus dedos, intentando aliviar el incesante martillar que se había apoderado de sus cienes.
-¿Se dan cuenta de la catástrofe que pudo habernos sobrevenido si no me hubiera percatado de la marca en la espalda de la esclava?
Ante sí, su alteza real tenía a su primer ministro y al comandante de su ejército. Lady Cassandra, se mantenía inmóvil, postrada en el suelo. El consejo privado se mantenía cabizbajo y en silencio, como muestra de su profundo respeto.
- Ya basta de reverencias Cassandra, necesito una explicación. ¡Ahora!- Bramó.
Lentamente, Lady Cassandra se incorporó, colocando ambas manos modestamente unidas, palma con palma, a modo de plegaria y manteniendo sus ojos prudentemente enfocados al marmóreo suelo de la sala del trono.
-Mi señor, no tengo forma de explicar lo sucedido hoy.- Dijo con voz queda, dulce. -Vos sabéis, mejor que nadie, que a mí no ha llegado profecía en las últimas lunas.
Por unos segundos reinó un silencio total.
- En cuanto a este asunto. - prosiguió Cassandra quedamente. - No soy capaz de proferir juicio, sólo suponer que se trate de una prueba de los dioses.
- ¿Prueba de los dioses, dices?- Insertó el emperador. Fulminando a Cassandra con la mirada.
-Señor-. Jadeó ella y volvió a postrarse sobre su rostro.
El Monarca tamborilero impacientemente sobre las cabezas de león , con sus largos dedos. Algo no está bien aquí, lo presiento.
- Señor, si me permite... -
El rey frunció el ceño y enarcó una ceja en dirección a su primer ministro.
- Habla Cassio.
-Perdóneme por mi impertinencia, su Majestad, pero si no le fue dada advertencia a Lady Cassandra de la inminente aparición en nuestro reino de una Séptima Luna , ¿cómo podríamos haber previsto tal evento? La profecía solo menciona a seis, Señor.
El Emperador acarició su labio inferior con el nudillo de su índice, un gesto indicativo de que la pregunta le estaba haciendo meditar. Envalentonado, por tal reacción, el ministro continuó.
-Es cierto que, hasta ahora, la visión de Lady Cassandra nos había dado la ventaja y las otros cinco lunas habían sido extraídos de sus tierras fácilmente; pero si vos no reconocéis que esto se trata de una prueba de los dioses, al menos deberíais considerar que se trata de un gran misterio.- El ministro terminó su discurso con una reverencia.
-Un misterio, decís.- Sonrió su alteza, entretenido. - Pensé que a mis casi treinta ciclos, y luego de haber engrandecido las fronteras de este Imperio como lo he hecho , ya no quedarían misterios que pudiera resolver.
-Señor, si me permite...- susurró quedo el comandante del ejército dorado.
Su Majestad se reclinó en su trono, acomodándose sobre los cojines de plumas.
-Adelante Emir.
- Debo concordar con el criterio de vuestro primer ministro.
El rey no salía de su creciente asombro. ¿Su comandante y su primer ministro de acuerdo en algo? Este día se tornaban raro y más raro a cada momento.
- Hasta hoy, señor, siempre habíamos hallado las lunas fácilmente. No sólo por los dones que lady Cassandra posee, sino porque hasta hoy, todos los soles han provenido de noble cuna.
-¿Y tu punto es...?- Insertó el Emperador.
Emir mojó sus labios nerviosamente.
-Me refiero, señor, a que el hallazgo de la señal en una esclava, es, a mi juicio, un suceso sin precedentes y un acontecimiento francamente desconcertante.¿ Se ha comprobado la autenticidad de la señal? ¿No podría tratarse de un engaño?
-No. Yo mismo me he cerciorado de que el lunar en la espalda de la esclava es la señal.- respondió el monarca.
-Entonces, Señor...o la profecía está incompleta o este asunto es más misterioso y complejo de lo que creemos.- concluyó Emir.
El rey acarició ausentemente los anillos en sus dedos anular y pequeño de su mano derecha, lo expuesto por sus consejeros no carecía de mérito y lógica. Con un gesto de su cabeza les comunicó que daría mayor consideración al asunto. Y con un gesto de su mano les hizo saber que daba por concluida la reunión del concilio.
El emperador sonrió al encontrarse solo, los miembros de su consejo parecían perplejos ante la llegada de una nueva y aparentemente inesperada luna, sin embargo él no estaba para nada sorprendido. No en balde la profecía constaba de dos partes, y solamente él conocía la segunda estrofa de la misma, ya que su padre había puesto todo su empeño en mantenerla oculta.
Umara:
Reposo boca abajo, sobre finos y suaves cojines. Sin dudas el paraíso es un lugar cómodo, silencioso, pacífico... Suspiro feliz .Puedo oír a lo lejos el borbotear del agua al caer, de por allí también proviene el canto de un ave. Sonrio, sin dudas he alcanzado el gran Oasis celestial, donde corren doce ríos cristalinos, donde los árboles dan su fruto todos los meses del año, donde nunca más volveré a padecer hambre...o sed. Donde no tendré recuerdo de...
Abro los ojos bruscamente, y levanto la cabeza. Puedo recordarlo todo. La larga peregrinación, el hambre, la sed, el mercado de esclavos, el intenso calor , el ardor del látigo en mi espalda...los gritos por piedad del mercader y luego nada...
Gruño de impotencia y me hago un ovillo, acostada sobre mi lado derecho. Ante mí tengo una prístina pared blanca. Exhalo frustrada. No he alcanzado el Paraíso...sigo presa en el plano terrenal, y estoy aquí...Sabrá El Omnisciente dónde.
-Veo que ya despertaste. - Susurra una suave voz de mujer a mis espaldas.- Su Majestad estará complacido...
Pongo los ojos en blanco.
-Sería bueno que intentaras ponerte en pie lo antes posible. Has estado dormida por demasiado tiempo. Primero perdiste los sentidos a causa de la deshidratación y luego nuestros sanadores tuvieron que mantenerte en sueño profundo para que tus heridas sanaran más rápido.
-Déjame en paz. Hubiera sido preferible que me hubiesen dejado morir. Ahora estaría reunida con mis ancestros.- Gruño.
La mujer suspira a mis espaldas .
-No era tiempo de que te reclamara la muerte. Estabas débil, sí, pero no era nada que un buen descanso y líquidos no pudieran curar.
Medito un segundo y puedo comprender la veracidad de sus palabras. Pero aún así sigo enojada. Poco a poco me vuelvo para observar a mi interlocutora y me quedo sorprendida. Todo a mi alrededor parece emitir un brillo dorado y cegador. Entrecierro mis ojos para que no me moleste tanto el resplandor. Según lo que sé, esto es símbolo de riqueza y jerarquía entre los kuranies, mientras más alto y poderoso el rango del noble, más lleno de oro y otras piedras preciosas estará su hogar. Por el aspecto de este lugar yo diría que me ha comprado un príncipe. Pero eso no tiene sentido, lo último que recuerdo es que caí de cara sobre el lodo en el mercado de esclavos.
Umara:
Mis ojos se posan en mi interlocutora. La mujer lleva una vestimenta de colores vivos, larga y estrecha sobre sus piernas, viste unos calcetines blancos y calza unos zapatos de madera que seguramente son incomodísimos. Mis ojos ascienden y observo un rostro cubierto por un espeso maquillaje blanco, unos ojos tan rasgados que parecen entrecerrados, una nariz pequeña y unos labios finos pintados de un rojo intenso. Mi quijada cae del asombro. Nunca había visto persona semejante. Con todo y zapatos, la mujer es diminuta.
Los carmesí labios me ofrecen una sonrisa.
- La primera vez que alguien me ve, recibo siempre la misma reacción.
Rápidamente cierro mi boca de un chasquido y aclaro mi garganta.
-No tengas pena.- Prosigue dulcemente la mujercita.
- Estoy convencida de que mayores maravillas descubrirás aquí en Palacio.- dice soltando una risita .
- Yo soy Lady Cítiê. Provengo de una tierra muy lejana, pero eso no importa ahora. Vamos, incorpórate . Debemos bañarte y prepararte para tu presentación esta noche.- Da un par de palmadas y aparecen como salidas de la nada una docena de muchachas que me sacan de la cama y me llevan a una bañera rebosante de agua tibia.
***
-Señor, la séptima luna ha despertado.- Susurra Lady Cítiê desde su cojín, dónde se arrodillaba.
El emperador asintió con la cabeza, para dar a entender que le complacía la noticia. Alargó la mano y llevó a sus labios la humeante taza de té, dándole un sorbo.
-Estará lista y esperándoos esta noche , Señor.- Prosiguió la dama, bajando los ojos e inclinando la cabeza.
Una media sonrisa siniestra se dibujó en los gruesos y sensuales labios del hombre sentado frente a ella.
***
Umara:
Me han bañado y restregando, enjabonado y secado. Mientras algunas doncellas lavaban mi cabello otras cortaban mis uñas. Estoy perpleja. Las heridas de mis muñecas y tobillos han desaparecido completamente. He sabido por las doncellas, que había estado dormida por quince nacimientos y muertes solares. Han tenido que alimentarme principalmente con caldos y brebajes curativos. Es increíble. No comprendo cómo he podido dormir tanto.
Ahora estoy de pie. Frente a un objeto de lo más peculiar. Es como un lago, que me devuelve mi imagen, pero no contiene agua, sino que es duro y frío al tacto. Está enmarcado por gruesas talladuras brillantes y pequeñísimas piedras de colores. Las doncellas me cuentan que se le llama " revelador" o " plateado" y que su propósito es mostrar el reflejo de la persona frente a él.
Estoy irreconocible. Las muchachas han untado sustancias olorosas por todo mi cabello y cuerpo. Han trenzado y adornado mi cabeza con pequeñas cuentas blancas en un intrincado peinado , han aplicado negro sobre mis pestañas y pintado mis ojos para hacerlos lucir más grandes y exóticos, han aplicado un ligero tono rosa a mis labios, han cubierto mi cuerpo con telas ligeras y totalmente transparentes.
Y al contemplar mi reflejo, soy capaz de descubrir que tanto embellecimiento solo puede significar una cosa: He sido tomada para concubina.
***
- Exijo que me provean de una burka o al menos de un velo . -Sé que sueno beligerante, y sé que me he resignado a mi futuro demasiado rápido. Pero no puedo permitir que se obvie una parte vital del ritual de Unión.
Al menos, lo será para mi... Mis costumbres, son todo lo que me queda de mi tribu y mi identidad. Aunque haya sido arrancada de mi tierra y ahora se me trate como poco más que una prostituta, he tomado la firme decisión de preservar mis tradiciones.
-Es imposible. Su Majestad debe ser capaz de mirar tu rostro y hallar placer en tu belleza.- Protesta la pequeña mujer de los zapatos de madera.
-Me importa muy poco el placer de Su Majestad.- Riposto malhumorada.
Los ojos de la mujercita se abren como platos. Bruscamente coloca una mano sobre mis labios. Su rostro con una expresión de alarma.
-¡Calla!- sisea.- Tal imprudencia puede costarte la vida.
Balbuceo contra su palma y ella retira la mano.
-Bien. Si es tan importante para ti, te daremos un velo. Pero si la tela desata la ira de mi Señor espero estés preparada para las consecuencias.
Trago convulsivamente. Mi gente no teme la muerte, desde muy pequeños somos instruidos en el camino hacia el gran Oasis celestial. Pero los señores kuranies son famosos por su crueldad y sus actos de tortura, capaces de mantener a un esclavo al filo de su propia vida durante muchas lunas, sin concederle la misericordia del descanso, incluso si el esclavo clama por la muerte.
La mujercita ordena la búsqueda de un velo y varias doncellas salen a cumplir su pedido.
-Señora, perdóneme por mi ignorancia. Pero ¿quién es nuestro Señor?
- No se nos permite pronunciar su nombre.-Responde altanera. - Haz de saber que nuestro Amado es aquel de quién habló el profeta. Aquel, que gobierna el mundo, cuyo corcel cabalga sobre el campo abonado con los cadáveres de sus enemigos. Aquel sobre cuyo rostro brillan las bendiciones de los dioses .
La voz de la mujer se llenó de tal adoración, que sentí mi estómago revolverse de las náuseas.
-Debes contarte entre las pocas benditas capaces de contemplarlo en todo su esplendor. Hubiera querido haber tenido más tiempo para entrenarte en las artes que toda mujer debe emplear para complacer a su Señor, pero estuviste enferma demasiado tiempo... y la ceremonia de presentación no puede postergarse más...
El futuro se abre ante mí como un abismo. El más largo y amplio que jamás he enfrentado. Las palabras de la dama de la corte caen en oídos sordos porque mi mente ha sido tomada por el horror. Un escalofrío recorre mi espalda, mientras mis ojos se llenan de lágrimas. Busco desesperadamente por todos los lados de la habitación un cuchillo o espada para clavarlo en mi pecho y sufrir una muerte rápida e ignominiosa. Sé que si opto por negar la gracia del Magnánime y acabar con mi miserable existencia, nunca podré alcanzar el Gran Oasis celestial, mi alma vagará por los desiertos del reino de los vivos, junto a todos los suicidas , condenada a aullar su dolor durante toda la eternidad dentro de las tormentas de arena.
¡ Pero al menos no sufriré la deshonra de ser la ramera del hombre que ordenó asesinar y destruir a mi pueblo! No puede ser, que después de tanto sufrir, a manos del esclavista, halla venido yo a parar bajo el yugo del mayor tirano que ha azotado el Continente.
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Fui traída a una habitación diferente. Donde antes las paredes eran blancas y prístinas, ahora aquí son rojizas. Tal pareciera que al tocar las piedras de la pared estás podrían escaldar mis manos. Lady Cítiê, ( si, logré recordar cómo se llama la mujercita extraña) casi sufre un desmayo cuando se percató de que las doncellas que realizaron los cánticos rituales me habían hecho caminar por los corredores interiores del Palacio Real totalmente descalza. Fue tal su frustración que amenazó con azotarlas a todas, cosa que logré prevenir explicándole que esta es otra de las costumbres de mi tribu y exigiéndole que se respetase mi decisión. Lo cual es cierto, de algún modo, la mujer que desprecia a su marido y desea su pronta muerte siempre va a su encuentro descalza. Sonrío en mi interior. Casi siempre este método de protesta es utilizado por muchachas que no están felices con el esposo que sus padres eligieron para ellas. Exhalo tristemente al pensar en mi padre, él me hubiera casado con algún pastor de ovejas antes que venderme.
Hace ya un buen tiempo que las doncellas y la dama Cítiê se han retirado. Estoy sentada justo en el medio de la enorme cama donde entre risas y conversaciones escandalosas me han dejado acomodada.
- Recuerda. Eres un botín para nuestro Señor, cuando se acerque a ti deberás mostrarte sumisa y procurar su placer antes que el tuyo.- Fueron las crípticas y últimas palabras de Lady Cítiê antes de salir y dejarme encerrada aquí.
Me duelen las piernas de todo el tiempo que llevo fija en esta posición. Las palabras de lady Cítiê me dan vueltas en la mente. ¿Procurar el placer del Terrible? ¿Del lobo Guerrero que destroza y devora a sus enemigos? Emito un gruñido y crispo los labios.
¡ Antes estrangularía al maldito con mis propias manos!