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La novia elediga

La novia elediga

Autor: : Ornella Carey
Género: Romance
Amaya es una soñadora estudiante de inglés que vive el día a día de forma tranquila. Al ser la hija bastarda de un oyabun, capo de uno de los clanes de la Yakuza, su vida fue una vía libre al anonimato, por lo que fue criada fuera de las tradiciones. No sin la advertencia de que en el momento en el que su padre necesite de ella debía presentarse. Su vida da un giro de ciento ochenta grados cuando la raptan de la universidad para llevarla ante su familia, en una cena en la que no solo es expuesta ante todo el clan, sino que es exhibida frente a otros mafiosos y termina en un acuerdo de matrimonio que le quita el futuro que ella quería para sí. Alessio es el capo de Camorra y una bestia, por lo que su palabra es ley. Tras la muerte de su familia y el fuego que quemó parte de su cara, necesita hacer las alianzas correctas para fortalecerse con todo lo que necesita para vénganse de los que le hicieron tanto daño. Para ello hace un acuerdo con la Yakuza, uno en el que termina casado con una de las hijas del oyabun, un hombre que puede buscar timarlo, por lo que no dudará en usar a su propia hija en su contra. Ninguno de los dos estaba preparado para el otro ni para lo que se avecinaba.

Capítulo 1 Preludio

Estaba enamorado ella.

No me quedó duda alguna cuando supe que, sin importar nada más, solo quería que ella se quedase conmigo para que pudiésemos arreglar los problemas, las diferencias que surgieron por mi ambición y mi ceguera. La vi caminar de un lado a otro con nerviosismo, tocándose su hermosa cabellera oscura, larga y sedosa con una ansiedad que no solo la estaba dañando a ella, sino que me estaba dañando a mí. Me estaba demostrando que ella sufría por las muchas posibilidades que se abrían en ese momento para los dos.

No quería que su rostro níveo y perfecto se viese manchando por las dudas.

Así que me acerqué a ella y la tomé de los hombros, lo que hizo que sus preciosos ojos rasgados de color marrón me vieran con miedo, con dolor, con mucho resentimiento. Esa mezcla me estaba destruyendo por dentro, de una manera que no vi venir. Se suponía que ella solo sería un peón en esta guerra, un elemento que me daría lo que necesitaba para poder llevar a cabo mis planes, no que me robaría el corazón, los sentidos y mi cabeza.

-Estaremos bien, pase lo que pase, Amaya -le dije y sus labios finos temblaron en respuesta.

-No te creo, Alessio... Ya no te creo nada.

Eso me dolió y más cuando se zafó de mi agarre y siguió caminando, como si yo estuviese ahí.

-Te lo prometo, preciosa... Haré que todo marche bien. -Insistí y ella me vio con rabia.

-No... Tú solo me usaste, solo fui una transacción más para tu venganza y ahora, si estoy embarazada es por tu culpa, por lo que hiciste... Tengo que vivir este embarazo en medio de un desastre, en medio de estrés, en medio del miedo constante de que al saberse que mi bebé sea un blanco -espetó con lágrimas corriendo por los ojos-. Nada está bien, no quería traer un niño al mundo en estas condiciones, no quería tener un hijo contigo, no quería...

Ella se derrumbó en el piso a llorar, y no pude hacer otra cosa más que acercarme en contra de sus deseos y abrazarla para darle el calor que se merecía, el cobijo que necesitaba estos días.

-Te voy a proteger, los voy a proteger -remarqué con ímpetu.

-Te odio -contestó, pero no se quitó de mis brazos-. Te odio mucho... Esto es tu culpa.

-Lo sé, lo sé.

-Yo no quería casarme, yo no quería esta vida, yo no quería ser usada como un ganado... Yo quería ser feliz, yo solo quería una vida normal y no tener miedo de que a mis hijos jamás les suceda algo...

Escuchar sus más grandes temores me partió el corazón.

Ella no estaba hecha para esta vida, lo supe desde el momento en el que la vi en la biblioteca, pero no puede hacerla a un lado, solo me aferré con fuerza al hecho de dañar a Hiroshi Yagami, solo quería meterme con eso valioso que tenía escondido. No tenía idea de que terminaría amando a su hija con locura y esa era mi más grande perdición. La chica quería vivir feliz, tenía sueños, metas reales por cumplir, un futuro prometedor que le arrebate en un impulso y a ella no le quedó más remedio que adaptarse a mí.

-Siento todo esto, preciosa... Lo siento.

Costó decirle porque mi mente estaba entrenada para no disculparme ante nadie.

-Me mentiste, me usaste, me hiciste caer en la mentira de tu amor y me embarazaste aun cuando no quería, aun cuando decidiste comenzar una guerra... -Se separó de mi para verme con los ojos rojos-. ¿Por qué hacerme todo esto, Alessio? Dime por qué...

La miré por unos largos segundos.

-Porque quería poder, porque te quería conmigo y porque desde el momento en el que te vi supe que serías mía, Amaya, solo mía... Y soy un bastardo egoísta que consigue lo que quiere -admití, haciendo que frunciera el ceño y cerrara sus puños con fuerza en mi camisa-. Todo eso no quita el hecho de que te amo y congelaría el infierno por ti, por nuestro hijo, por todo lo que necesitamos juntos. Tienes que volver conmigo, tienes que hacerlo.

-No... Mientes, tú no me amas, si me amaras, no hubiese venido por mí, me hubiese dejado ir...

-Vine porque Gemma no podo ocultarme lo que te pasaba, porque me vio hecho trizas por amarte y eso no está en discusión, Amaya... Aún eres mi esposa y lo seguirás siendo hasta el final de mis días, hasta que la muerte nos separa -le advertí y ella negó.

-No quiero vivir en esta vida, no puedo, yo...

Se estaba quebrando de una forma que odié.

-Puedes hacerlo, lo sé, me lo demostraste más de una vez. Solo tienes que ser fuerte, y más si tienes a nuestro hijo en tu vientre... Así que, si quieres llorar, pelear, discutir o hacerme un miserable, este es tu momento, pero cuando salgamos afuera eres la señora Milano, eres la mujer de un capo.

Sin esperármelo, me volteó la cara de una cachetada, me llevé la mano a la mejilla y al verla, disfruté de la ira velada, del ardor que se posaba en sus mejillas. Eso era lo que quería ver en ella, eso era lo que necesitaba sacar a flote para que no terminase en pedazos rotos, no obstante, tenía un trabajo difícil por lograr, uno difícil por llevar a cabo al ganarme su perdón.

Con una sonrisa, la apresé en mis brazos antes de llevar mi mano derecho a su nuca para estamparle un beso que nos sacudió el cuerpo, un beso que nos aceleró el alma, un beso que sacó todo lo que teníamos guardados dentro de nosotros. Amaya no se alejó, me siguió el beso con hambre, como si estuviese hambrienta de amor, hambrienta de deseo, hambrienta de anhelo.

Nos besamos con todo hasta que ninguno de los dos pudo respirar más.

-Eres mía, y es hora de que lo entiendas -dije antes de levantarnos.

La llevé hasta la cama y entré al baño para ver las pruebas que su hermano le había comprado. Eran seis pruebas de marcas diferentes y todas y cada una de ellas decían que estaba esperando a mi hijo, al futuro de la Camorra, al fruto de nuestro amor.

Salí con la sonrisa más radiante y le respondí a la pregunta muda que su boca era incapaz de decir.

-Seremos padres y hoy soy el hombre más feliz de la vida.

Ella, por primera vez en todo el encuentro, me dio la sonrisa más grande del mundo antes de que el sonido que menos esperaba escuchar nos envolviese por completo.

Un disparo nos aturdió, me acababan de disparar.

Capítulo 2 Amaya

-¿Y existe eso del felices por siempre?

La pregunta de Melissa no me sorprendió, era una niña muy consciente, llena de dudas y que había visto cómo su familia fue separada por las leyes migratorias. Así que tragué saliva con fuerza, y al ver que los otros niños esperaban por una respuesta, supe que tenía que ser inteligente en cómo abordarlo.

La ingenuidad de ellos era un punto muy delicado, uno que no quería tocar, así que cuando estuve a punto de decir algo, uno de ellos se levantó y negó con fuerza.

-Lo siento, señorita Amaya, pero eso no existe, solo es un cuento de hadas y nada más.

Se fue de la sala de lectura y quedé con una audiencia con muchos ceños fruncidos.

-La vida no es totalmente feliz o totalmente mala -les dije con honestidad-. Cada día que vivimos es una mezcla de ambas cosas y así como hay días por completo buenos, también los hay malos o muy tristes. Eso no quita que siempre podemos dar lo mejor de nosotros para hacer nuestro propio final feliz.

Algunos de ellos asintieron y me agradecieron, luego se levantaron del piso para ir a hacer las actividades de sus cuadernos de lectura. La bibliotecaria me sonrió con cierta pena y a mí no me quedó de otra que alzar los hombros en respuesta, no sería primera que los niños a los que le leí en la biblioteca a la que iba fuera del campus.

Mudarme a Berkeley fue la mejor decisión de mi vida, luego de haberme ido de los Ángeles con mi madre y terminar escondiéndonos en San Francisco, tener algo de libertad era un paraíso. Jamás fui más feliz que cuando se me notificó que podría estudiar inglés en la UC Berkeley, que podía tener la oportunidad de especializarme para ser una maestra. Desde pequeña, el hecho de entender mi idioma era una gran curiosidad, pero al conocer a Luisa, mi niñera, y comprender el poder que podía tener al enseñarle mi idioma a otros, supe que eso sería lo mío.

Era una mujer venezolana que tenía problemas de aprendizaje y sus interacciones conmigo, así como mis ganas de poder conversar con la mujer que se había convertido en una segunda madre, fueron las que me llevaron a buscar formas de solucionar el problema con mucha paciencia, afectos y creatividad. Eso plantó los cimientos de lo que quería hacer con mi vida, los sueños que quería lograr.

Me aferré a eso a pesar de todo lo malo que había detrás de mí.

Físicamente, no había heredado los rasgos de mi madre, no era de tamaño promedio, ni rubia, ni tenía un cuerpo esbelto. Había nacido con todos los rasgos y características físicas de mi origen japonés, uno que no conocía muy bien del todo, más de lo que mi madre se había empeñado en que conociera porque mi padre poco soltaba prenda. Sin embargo, yo no solo no quería hacerlo porque sí, sino porque eso me daba una perspectiva buena de lo que se podía hacer por el mundo.

Yo era una hija bastarda de la Yakuza, una que no fue deseada por su padre, ni querida por esa comunidad. Y no lo entendí, hasta que me hice lo suficientemente mayor como para descubrir que mi progenitor era un hombre peligroso del submundo, uno que hilaba situaciones ilegales, contra la salud y el bienestar de las personas. Además, saber que era una hija no reconocida, oculta y fruto de una aventura que tuvo un oyabun, capo, de la Yakuza con una modelo en ascenso, era como si por fin me hubiesen quitado la venda de los ojos.

Sonreí con tristeza al recordar que mi padre iba a visitarnos cada vez que podía, me intentaba enseñar sobre sus costumbres y se aferró al hecho de que aprendiese japonés desde pequeña. Lo hice como buena hija, como una niña que pensaba que era su más grande héroe, así que cuando la realidad me sacudió y levantó su fea cabeza, no quise saber más nada de él, del hecho de que estaba casado, de que tenía tres hijos mayores que yo no conocía, de que su intención era tenerme oculta siempre como quien tiene un sucio secreto.

Creo que me rompí cuando supe que él y mi madre seguían teniendo una relación de pareja a pesar de los años. Así que yo sabía muy bien que no existía un felices por siempre, que el mundo estaba lleno de días buenos y días malos.

Así era la vida.

Cuando los niños terminaron sus actividades, me la entregaron y se despidieron de mi con sonrisas. Les gustaba venir a leer, a aprender, a formarse en medio de la tranquilidad de la desolada biblioteca, por lo que suspiré con pesadez y me dispuse a guardar todo en la sección infantil. Tenía la lista de las obras que habíamos leído en la mano, así como aquellas que faltaban por leer. Aún seguía modificándola, por lo que me concentré en revisar los estantes y comparar con los libros que estaban disponibles.

-¿Ya le leíste El Cuento de Ferdinando? -preguntó una voz al otro lado del estante y fruncí el ceño porque en las tres horas que llevaba en la biblioteca, no había visto pasar a nadie.

-Todavía no... -le contesté sincera al hombre oculto entre los libros, uno que no podía visualizar bien.

-Es un excelente libro infantil, mi nonna me leía todas las noches y me ayudó a mejorar mi pronunciación antes de venirme a vivir definitivamente a Estados Unidos -explicó el hombre.

Su tono de voz... No supe por qué, me puso en alerta.

-Vaya... Es un excelente libro, pero tiende a ser un poco difícil en algunos conexos para que los niños lo puedan pronunciar -expliqué-, morfológicamente hablando, es un inglés de nivel A2.

Se rio de forma modesta lo que hizo que mis vellos se irguieran en respuesta.

No pude negarme el hecho de que su risa me gustó mucho.

-Inténtalo, es un libro para niños de tres a cuatro años, funcionará y esas palabras que les va a costar a ellos, las pueden trabajar con ejercicios y dinámicas como las que empleaste antes de la lectura... Que, por cierto, eres excelente en ello -dijo con calidez.

-Muchas gracias...

-¿Tienes mucho tiempo leyéndole a los niños? Lo haces de lujo...

-Tengo cerca de cuatro años haciéndolo con nuevos grupos -admití con una sonrisa-. Es algo que me gusta hacer.

-Se nota, así que puedo inferir que estás estudiando para ser docente de inglés...

-Sí, se podría decir que sí -contesté sincera.

-Bueno, y ya, saliendo del tema de la enseñanza y hablando más de literatura, ¿qué autores me recomiendas?

Supuse que por eso estaba ahí en la biblioteca, debía haber buscado algunos libros y terminó dentro del espectáculo formado para los niños.

-Eso depende de sus gustos, no sé cuáles son ni mucho menos qué tipo de prosa es su preferida, si la directa, la astuta, la sobrecargada o la que contiene muchas florituras -argumenté con firmeza.

-Bueno... Me gusta la realidad, la acción, lo impulsivo y las buenas escenas -apuntó sacándome una sonrisa, la gente en la biblioteca siempre me pedía ayuda, pero no eran tan abiertos-. Ah, también me gustan las escenas sensuales.

Eso hizo que mis cejas se alzaran y mis mejillas se sonrosaran.

-Bueno... Si le gusta esas mezclas, tal vez la Historia de O de Pauline Réage, El amante de Marguerite Duras, Trópico de Cáncer de Henry Miller o Delta de Venus de Anaïs Nin -le sugerí con la cara encendida.

Eran consideradas grandes historias de la literatura erótica con creces, pero al mismo tiempo libros muy escandalosos.

-¿Te gustaron? -preguntó con la voz un poco más enronquecida-. Soy de formarme mi propio criterio.

-Sí, a pesar de que son obras clásicas que a la luz de hoy no han envejecido del todo bien -indiqué y se rio con gusto.

-Lo que pasa es que en la actualidad la gente está supeditada al moralismo... A pesar de que es muchísimo más abierta a todos los temas, el erotismo sigue siendo un tabú en todos lados, desde los más abiertos hasta los más conservadores.

Había dicho una verdad muy honesta, una que no podíamos negar.

-Bueno, es que esas estructuras en algún punto tienen que romperse, debido a que, en efecto, los temas tienen que cuestionarse... Eso no quita el hecho que esas creaciones son excelentes, están muy bien escritas y suponen no solo un hito en lo referente a prosa, sino en el dinamismo de las mismas...

-Bueno, veo que eres una apasionada de la escritura, la literatura y del lenguaje... -dijo con un tono que no supe descifrar-. A ver, ¿qué me recomiendas de la literatura actual? Dista mucho de la clásica, pero es mucho más directa y capaz hasta más sucia.

Tenía un punto, uno que me pulsó las venas por completo.

-Bueno yo...

«¿Cómo le admito que leo lo denominado como erótica para mamás?» pensé con vergüenza.

Capítulo 3 Amaya

Me quedé en silencio durante varios segundos, por lo que él fue alentador.

-Sé honesta, no hay nada malo, ni peor que nada... Podemos tener gustos variados, así como nos puede gustar un clásico, también algo que la crítica considere malo y eso está bien.

-Me gustan las historias de romance paranormal, de romance de humanas con alienígenas y de criaturas misteriosas que se convierten en humanos -apunté con miedo porque la gente tendía mucho a burlarse-. Es decir...

-Te gusta lo sucio que hay en ese tipo de relaciones, ¿o me equivoco?

Me había dejado muda con su conclusión tan directa y sincera, sin grandes palabras, por lo que fui honesta.

-Me gusta que esos fueron construidos por mujeres y creados a nuestro ideal -admití con la cara encendida-. En ese ideal entra el placer, el amor y las necesidades que la mayoría de las mujeres tenemos a la hora de tener parejas.

-¿No te parece un concepto iluso? -preguntó en un tono que casi me pareció a burla.

Fruncí el ceño ante ello.

-No porque eso nos ayuda a escapar de nuestra realidad...

-Pero afecta la cosmovisión de los ideales de las mujeres y eso nos deja a nosotros mal parados porque no llenamos las expectativas -dijo con burla.

Entonces entrecerré los ojos y terminé de colocar los libros en el estante para luego cruzar los brazos.

-Ustedes no llenan las expectativas de las mujeres porque ni siquiera se esfuerzan en hacer lo básico señalado para ello... -argumenté en un tono tajante porque me parecía muy descarado de su parte-. Solo hacen algo de trabajo al inicio, cuando quieren obtener lo que desean de una mujer, pero luego... No hacen nada más, le dejan la mayor parte del trabajo, de la carga... Las mujeres terminan siendo las que no solo sostienen los cimientos de las relaciones, sino que hacen la mayoría de las cosas en pro de que funcione cuando los hombres solo dan lo económico y muchas veces terminan ocultándolas como un sucio secreto.

Bueno, me di cuenta de que me excedí en el momento en el que me lo tomé demasiado personal y solté lo que pensaba de mis comparaciones analíticas de la relación que tenían mis padres.

»Lo siento... Yo no...

-No te preocupes, entiendo hasta cierto punto tu perspectiva -dijo con seriedad, pero la voz más cálida, haciéndome entender que estaba más receptivo-. Fue un placer conocerte, buscaré libros de alienígenas, serán divertidos de entender.

Después de eso, lo escuché caminar hacia el otro pasillo, por lo que la curiosidad me picó las manos y me asomé para intentar saber con quién hablaba. No lo había podido ver, pero en ese momento vi a un hombre alto, fornido, con un munificente trasero, y vestido en un traje, caminar hacia las escaleras del ala superior.

Me causó mucha curiosidad, pero no demasiado como para seguirlo como una acechadora, tenía límites y a pesar de la pequeña diatriba, me alegré lo suficiente como para sonreír.

Había tenido una charla honesta con un hombre sobre libros, sobre gustos y placeres culposos y no había muerto de vergüenza en el intento. Tanto que cuando reporté mi salida media hora después, Kendra, la bibliotecaria me vio con diversión.

-¿Qué pasó entre casi llorar porque los niños te preguntasen algo fuerte a poner esa sonrisa de mujer recién satisfecha que le hubiesen dado un revolcón?

-¡Kendra! -la reñí.

Aunque sí, me habían dado una especie de revolcón intelectual.

-¡Ay! No seas pudorosa que sé lo que lees, clásicos y no clásicos, así que no me vengas a decir que no sabes de lo que hablo que sé de qué van los libros de marcianos -dijo con burla.

-Claro que sé de lo que hablas mujer, pero es un tema que no voy a conversar contigo.

Ella se echó a reír, de una forma nada modesta y recordé que ella siempre lo hacía sin malicia, pero con la intención de poner en la mesa los temas divertidos. ¿Honestamente? La mujer era mi heroína en más de un sentido, tenía una seguridad que casi nadie poseía.

-Bien puritana, pero antes de que te vayas, entraron tres libros más de hombres lobos enamorados que puedes sumar a tu lista de préstamos -añadió con una sonrisa triunfante.

-¡Dios! Eres terrible...

-Y me adoras por eso, ya los registré en el sistema por ti, los dejé debajo del armario donde guardas tus cosas.

-Gracias, Kendra.

-Gracias no, dame una reseña extendida, con pelos y señales de lo que ocurre ahí y no tendremos ningún problema.

Negué y me despedí, tomé los libros y los metí en mi bolso, luego salí de la biblioteca y caminé las cuadras que caminaba normalmente para llegar a la residencia estudiantil.

Me sentía divertida, pero en el trayecto, sentí que tenía ojos observándome y no era la primera vez que me sucedía, en ese mes había ocurrido muchas veces en distintos lugares y me pregunté si mi padre tenía algo que ver.

Después de todo, era un hombre muy controlador.

Me detuve en una heladería que quedaba cerca y me pedí una tina de pistacho, una que era mi preferida por encima de todo. Me la comí a medida que me acercaba al edificio y saludaba a la chica que hacía las revisiones, ella me detuvo cuando di tres pasos directo al ascensor.

-Creo te estaba siguiendo, el hombre que lo hacía se marchó cuando te vio entrar -me dijo con algo de preocupación y asentí.

Estaba segura de que era obra de mi padre, pero no entendía por qué a estas alturas.

-Gracias, estaré más pendiente y cualquier cosa llamaré a seguridad -le indiqué y vi cómo frunció el ceño.

Entendía su punto de duda, sin embargo, era más una cuestión de restarle importancia porque las primeras veces que fui a reportar un hecho, cuando el campus indagaba, mi padre hacía de las suyas para que yo quedase como una completa idiota. Por ello aprendí cuándo sí y cuándo no.

Subí directo a la suite que se me había pagado desde que me mudé, cortesía del dinero que mi madre percibía como organizadoras de eventos, fotógrafa y dueña de restaurantes. Sabía todo lo que tenía ella, a diferencia de lo de mi padre, era hecho con el sudor de su frente, con trabajo honesto, pero podía imaginar que el hombre que toda la Yakuza admiraba tenía mucho que ver.

No iba a mentirme.

Me sacudí los pensamientos, abrí la puerta de mi Suite y me senté directo en mi escritorio, saqué mi diario y ahí plasmé mi interacción con el misterioso hombre de la biblioteca. Fue tan divertido que no mengüé la sonrisa, solo creció mucho más hasta que mi teléfono sonó con una llamada de mi madre, la que contesté de inmediato.

-Tenemos que hablar, suki.

Esas palabras no auguraban nada bueno, menos después de citar mi apodo cariñoso. Eso significaba una sola cosa: lo que me iba a decir estaba relacionado con mi padre.

El problema era que tenía cinco años sin hablarle, sin querer dirigirle la palabra a él y le había prohibido a mi madre que sacase el tema, lo que me indicaba que tenía que ser lo suficientemente serio como para que ella rompiera su promesa.

-Dime.

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