El llanto de un niño sonaba por todo el lugar, mientras su madre lo apretaba contra su pecho y mantenía la mandíbula tensionada, sin quitarle la mirada de encima al rey.
-¡No puedes hacer esto! ¡No le puedes hacer esto a tu nieto! -gritó finalmente la mujer, ganándose una mirada fría y penetrante del rey.
-Anabel, tu esposo... ¡Mi hijo! Ha atentado contra mi vida y ¡eso es algo que no voy a permitir! -respondió tajante -. Héctor ha sido condenado a decapitación pública, por traición, su título de "príncipe" le ha sido retirado y tú... -se acercó a la mujer y a su nieto -, después de la decapitación dejarás de vivir y pertenecer al castillo, pero a Henry lo dejarás acá, pues no pienso permitir que mi nieto tenga un corazón corrompido como el de sus padres, porque no creas que no sé, que tú incentivaste a mi hijo a traicionarme.
-¡Entonces mátame a mí también! -lo retó la mujer, pero el rey negó.
-Tu castigo será perderlo todo... Todo el lujo con el que siempre soñaste, se quedará solo en eso, sueños...
Unos golpes en la puerta del despacho real, llamaron la atención de los presentes, el rey apenas hizo un sonido afirmativo y la puerta no demoró en abrirse y dejar ver al sirviente principal del rey.
-Su Alteza... Ya está acá la señora Leonor y el niño -anunció el joven sirviente.
-Hazlos pasar de inmediato y llama a Oliver -demandó el Rey Ruppert, mientras era escudriñado por Anabel.
-¿Para qué haces venir a tu hijo bastardo y qué hacen su esposa e hijo acá? -lo juzgó y si la mirada del rey matara, ella ya estaría tres metros bajo tierra.
-No le hables así a tu futura reina -respondió el rey y se regocijó al ver la cara de Anabel al escuchar sus palabras.
-¡No puedes volver rey a tu bastardo! -gritó fuera de sí y de una forma amenazante se aproximó al rey, que este, la abofeteó.
-No te olvides con quién estás hablando... ¡Soy tu rey! -le recordó el rey.
En ese momento aparecieron en la puerta una mujer con un niño de la misma edad de Henry y a Anabel le carcomió la rabia, pues la mujer que entró venía con ropas finas, perfectamente arreglada, era malditamente hermosa y su hijo se veía como si fuera el más noble de todos.
-Bienvenidos a su nuevo hogar -les dijo el rey, mientras jaló a Leonor de la mano y depositó un beso en el dorso de esta -. A partir de hoy, serás la ama y señora de este castillo -le dijo con calma a la mujer, quien se había robado el corazón de su hijo y ahora, era la única alternativa que el reino tenía, para tener herederos.
-¡Eres una maldita zorra! -le gritó Anabel y Leonor se asustó, pero el rey se interpuso entre las dos y agarró a la mujer furiosa de la mano, para jalarla a la salida.
-¡Te largas ya mismo! -expresó furioso el rey y las puertas se abrieron dejando entrar a dos soldados de la guardia real, quienes la agarraron y empezaron a sacar a la fuerza del despacho.
Henry no paraba de llorar, sin entender bien lo que sucedía, pero no era el único confundido con todo, pues Frederick, el otro niño en el lugar, miraba a todos sin comprender y sin soltar la mano de su madre, que era su único apoyo en ese momento.
-Henry se queda acá -determinó el rey y se lo arrebató del lado a su madre -. No te llevarás a mi nieto de este castillo, porque la condena de sus padres no lo alcanzará.
El niño gritó y lloró. No era tan pequeño, pero todo lo que sucedió era demasiado para un pequeño de nueve años, que se quedó sin padres de la peor forma; su padre, condenado a muerte y su madre, exiliada del reino.
Oliver llegó al despacho y tragó saliva al ver la escena con la que se encontró. Por más que fuera hijo del rey, no estaba acostumbrado a nada de la realeza, pues, para nadie era un secreto que su madre había sido una de las concubinas del rey Ruppert y, aunque este lo reconoció como su hijo, ser un bastardo lo mantuvo alejando del castillo toda su vida, hasta ahora, que el príncipe no podría ser el futuro rey.
-¿Para qué nos mandaste llamar? -le preguntó Oliver a su padre, mientras caminó hacia su familia y abrazó a Leonor por su cintura, atrayéndola a él y a su hijo lo agarró de la mano que tenía libre.
-Tú serás el futuro rey, tu esposa será la reina y por ese motivo, a partir de este momento, empieza tu entrenamiento real -les informó el rey y la pareja se miró a los ojos, sin comprender lo que pasaba por la cabeza del rey.
-Pe-pe-pero... ahí está Henry, tu nieto legítimo -refutó Oliver, quien mantenía su corazón latiendo apresurado en su pecho -. Yo no sé cómo ser un rey.
En un abrir y cerrar de ojos, la vida de todos cambió.
El rey Ruppert crio a su hijo Héctor, como el futuro rey, pero por su mente jamás pasó que este fuera capaz de atentar contra su vida, tomándola con su propia mano, cosa que habría logrado de no ser porque uno de los guardias lo vio entrar de forma sospechosa en la habitación del rey y cuando fue a ver lo que sucedía, lo encontró con un puñal listo para cortar el cuello del monarca; su hijo Oliver, producto de sus amoríos con una de sus concubinas, había tenido una relación distante, pues al no ser noble, ni plebeyo el rechazo vino de lado y lado de la sociedad, pero esta era su oportunidad de tener una relación de padre e hijo y poder disfrutar a su nieto.
-Henry será príncipe del reino, pero con un padre traidor, su oportunidad de llegar a ser rey, han quedado reducidas a cero. No puedo tener al hijo de un traidor, como heredero del trono -aclaró el rey Ruppert y nadie fue capaz de refutarle nada.
-Supongo que, no podemos negarnos -dijo Oliver con frustración, pues su vida tranquila había llegado a su final.
-Así es.
-Como desee, Su Majestad -contestó con un poco de ironía e hizo una venia ante su padre.
(...)
Héctor fue decapitado en la plaza principal, frente a la mirada de todos, incluidos su esposa Anabel y su hijo Henry, a quien nunca se le olvidaría ese momento y el rostro inmutable de su abuelo, ni el del hijo aparecido de este. Henry no se pudo acercar a su madre, pero la pudo ver en una esquina y después se la llevaron, por lo que, no les dieron ni la oportunidad de despedirse.
En la mente del rey hacer las cosas así era lo mejor que podía pasar para mantener al niño alejado de la mala madre que su Héctor había escogido como esposa, pues antes de casarse con Anabel, él había sido un buen hijo y era el mejor prospecto para futuro rey, pero una vez se desposó a ella, su actitud cambió y la ambición de poder se empezó a hacer más notoria. Le dolía profundamente el final que tuvo su hijo, pero como monarca, no podía dejarse ver débil, pues la debilidad no manda, ni lleva las riendas de todo un reino, en especial, cuando este está en batalla constante con los reinos vecinos, pues unas tierras sin amo y muy prósperas, eran mejores que un cofre lleno de oro, para un reino.
El viento soplaba con fuerza sobre el bello rostro de la joven que cabalgaba por el campo abierto, propiedad de sus padres. Si sus padres la vieran usando el vestido que le dieron en la mañana, estaría en grandes problemas, pues no debía estarlo usando todavía, pero la tentación le ganó, además de que se quería ver hermosa en ese momento. Selene espoleó su caballo y avanzó por el terreno hasta llegar a una de las zonas rocosas que solía visitar cada semana. Cada vez que él venía a verla.
-¡¿Henry?! -medio gritó, medio preguntó y no dejó de mirar ansiosa, en busca del hombre.
Selene se bajó del lomo del caballo y caminó hasta llegar bajo la sombra de un frondoso árbol, donde ató su montura a una de las ramas y se sentó sobre una redonda roca, asegurándose de no arruinar su vestido.
-¡Henry! -llamó nuevamente al pasar unos minutos y no obtener ninguna respuesta por parte del hombre.
Selene suspiró y esperó unos pocos minutos más, estaba impacientándose y preocupándose en igual medida.
-¡Henry! -gritó insistente, pues era muy extraño que él no estuviera ahí, además, no verlo, le hacía daño a su corazón.
-Deja de gritar, eres una dama y las damas no gritan -la regañó el hombre, mientras saltaba las rocas una a una hasta llegar junto a ella, pero sin mostrarle el rostro.
-Te has demorado -le recriminó Selene-. Sabes que nuestro tiempo es limitado y esperar una semana no es nada agradable -dijo cruzándose de brazos.
-Lo siento... -susurró el hombre, aún sin darle la cara.
-¿Por qué no me miras? -preguntó Selene colocando su mano sobre el hombro de Henry.
-No deberías tocarme, no es propio de una dama -señaló el muchacho apenado.
Selene se sonrojó y apartó la mano con rapidez. No podía dejarse llevar por el impulso, porque él tenía razón y no era de damas, andar tocando de esa forma a ningún hombre que no sea su esposo.
-Lo siento, no quise incomodarte -se disculpó con prontitud.
Henry dejó escapar una suave y melodiosa risa.
-No tengo ningún problema con que me toques, pero eres tú quien no quiere que hable con tus padres y haga de su conocimiento nuestros sentimientos -dijo.
Selene se mordió el labio.
-No es tan fácil, Henry, papá me ha cuidado siempre y no deja que tenga ningún tipo de contacto con otros chicos -dijo.
-Lo sé y no lo culpo, yo también quisiera tenerte encerrada en una torre y evitar que alguien te vea y se enamore de ti -dijo.
Selene sonrió y dio un paso al frente para verle el rostro. La joven contuvo la respiración al notar el cardenal sobre el pómulo derecho del hombre.
-¿Qué fue lo que te pasó? -preguntó Selene con el ceño fruncido.
-Fue un accidente -respondió con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Selene pudo ver, que detrás de esas tres palabras se escondía algo más.
-Me estás mintiendo, Henry, dime por favor, ¿qué fue lo que te pasó? -insistió Selene acariciando el pómulo herido.
-Selene... -dudó Henry.
-Fue tu primo, ¿verdad?
Henry suspiró
-Él y yo siempre tendremos desacuerdos -dijo, intentando evadir el tema, aunque ciertamente, siempre había algún comentario que hacer al respecto.
-¡Eso no le da ningún derecho a golpearte! -exclamó- ¿Quién se cree que es? -preguntó con enojo.
Henry sonrió y rió en su interior, pero no dijo nada.
-Dejemos a mi primo de lado, tengo mucho con tener que soportar su presencia todo el día en casa, así que, hoy quiero que solo hablemos de ti.
Selene se sonrojó, era algo inevitable, pues Henry lograba producir cosas que no podía explicar.
-Mis padres han estado preparando una sorpresa por mi cumpleaños, esta noche me llevarán de paseo -dijo.
Henry se atrevió a tomar las manos de Selene entre las suyas, provocando que la joven se sonrojara al punto de sentir las mejillas ardiendo.
-Estás tocándome -dijo avergonzada.
Henry asintió y le gustó la reacción que ella estaba teniendo, en especial, porque no se alejó de él.
-Quisiera hacerlo de todas las maneras posibles, pero soy un caballero y tú una buena y honorable dama, Selene. Aun así, no puedo evitar sentir el deseo de tenerte y vivir contigo todas las aventuras de un matrimonio -expresó.
-Henry... -susurró Selene en tono bajo y contuvo la respiración cuando el hombre se acercó a ella y le acarició el rostro.
-Eres tan bella, Selene, la mujer más hermosa y excepcional que he tenido la dicha de conocer, me das tanta felicidad, como miedo -dijo.
-¿Miedo? -preguntó desconcertada, porque esa palabra no cabía dentro de los sentimientos que ella tenía por él.
-Temo que tus padres no acepten a un hombre sin familia y sin nombre como tu esposo. Tengo miedo de que te quieran arrancar de mis brazos y entregarte a otro hombre -expresó con los ojos aguados.
-Eso no pasará, Henry, le diré a mis padres que nos conocemos desde hace mucho tiempo, que estamos deseando formar una familia pronto y...
Henry colocó su dedo sobre los labios de Selene y la silenció.
-No quiero pensar en el mañana, Selene, mucho menos, si tengo que pensar en dejarte -susurró acercándose a los jóvenes y virginales labios de la dama.
Selene sintió el cálido aliento de Henry acariciar su mejilla ya caliente y roja, cerró los ojos y esperó al siguiente movimiento del hombre, mientras sentía su corazón latir desbocado y podía jurar que él lograría escucharlo.
Henry dibujó los labios de Selene con la yema de los dedos, sin prisa y con calma, se fue acercando poco a poco al rostro de la joven hasta colocar sus labios sobre los suyos. Fue un simple roce de labios, pero que hizo temblar a Selene de pies a cabeza y, cuando Henry se alejó, su corazón latió fuerte contra su tórax, amenazando con romper su carne y abandonar su pecho.
-Henry...
-Te amo -confesó.
Selene abrió los ojos y se cubrió la boca con sus manos.
-Sé que no debería hablarte de esta manera, Selene.
Ella negó, llevó su mano a su pecho y se quitó el broche que prendía de su pecho.
-Ten -dijo suplicante.
-Selene...
-Solamente hay dos de estos y ambos me pertenecen, soy libre de obsequiárselo a quien yo quiera -dijo.
Henry extendió la mano y Selene le dejó el broche sobre su palma. Era un broche gota de agua, escasos en el reino, haciéndolos algo muy especial. El diseño del broche en su mano era único, tenía piedras preciosas como circones, rubíes, pequeños diamantes negros y esmeraldas que hacian del broche una belleza, sobre todo, la piedra en forma de gota de donde nacía su nombre.
-No puedo aceptarlo, Selene, esto vale una fortuna.
-Por favor, acéptalo, es lo único que puedo darte hoy -insistió ella.
Henry intentó refutar, sin embargo, no llegó a decir nada, pues un gritó se escuchó.
-¡Señorita Selene! ¡Señorita Selene! -los gritos fueron haciéndose más y más insistentes, por lo que Selene se apresuró a correr a su caballo.
-Te veré luego -susurró para evitar que la gente de su padre, la escuchara.
Henry por su parte, subió las rocas tan rápido como pudo para evitar ser visto, subió a su caballo y salió con rumbo al castillo, estaba llegando con el tiempo suficiente para la fiesta que se llevaría a cabo en honor del cumpleaños de su primo.
Mientras tanto, Selene entró como un vendaval al interior de su casa.
-¿Me mandaste a buscar? -preguntó Selene parándose frente a su padre.
-Me pregunto: ¿qué es lo que te mantiene alejada de casa los fines de semana? -cuestionó su padre invitándole a sentarse a su lado.
-Solo voy de paseo, padre, no pienses cosas que no son -pronunció con calma, una que no sentía.
-No estoy pensando nada, hija mía, confío en ti y en tu prudencia -aclaró Robert Russell casi con ternura, pero quien lo conociera, sabía que su tono tenía una advertencia implícita.
-No entretengas más a la niña, querido, aún tenemos un viaje que realizar -señaló la madre, mientras llegaba a la pequeña estancia en donde su esposo e hija estaban reunidos.
Selene tragó saliva al ver como su madre se detuvo y la miró con el ceño fruncido, detallando el vestido que llevaba puesto.
-¿Desde qué hora te pusiste el vestido? -preguntó demasiado seria para el gusto de la joven -. Te advertí que no debías ensuciarlo y por eso recalqué que era para ser usado en la salida que haremos.
-Lo cuidé... -contestó nerviosa y se apresuró a levantarse, para revisar que efectivamente al vestido no le hubiera pasado nada.
-¡¿Dónde está tu broche?! -preguntó escandalizada al no ver la gota de agua en el pecho de su hija.
Selene cambió de color, se llevó su mano al pecho, sin saber qué responder.
-Selene... -la llamó expectante.
-En mi habitación -respondió vacilante y temerosa.
-Ve por él y date prisa, no podemos llegar tarde -señaló con rudeza.
Selene no esperó a que su madre se lo dijera dos veces, tomó su vestido entre sus dedos, lo levantó y corrió a su habitación para coger el segundo broche, sin saber el significado real de aquella hermosa y única joya.
Una hora más tarde, el carruaje tirado de cuatro corceles blancos se estacionó frente al impresionante castillo de Astor.
-Hemos llegado, señor Russell -anunció el chofer del coche, abriendo la puerta del carruaje.
Robert fue el primero en descender del carruaje, luego lo hizo Clarice y por último fue Selene. La joven se quedó de piedra al ver el imponente castillo, sabía que solo la gente privilegiada tenía derecho a entrar al lugar, ¿qué es lo que ellos hacían allí?
-¿Padre? preguntó desconcertada.
-No preguntes, Selene, y por favor, compórtate de acuerdo a la educación que nos hemos empeñado en enseñarte -dijo Robert con advertencia.
Selene asintió e inclinó la cabeza ligeramente en señal de obediencia, no quería dejar a sus padres en vergüenza ante las personas que estuvieran en el lugar.
La familia Russell desfiló por la entrada principal, fueron tratados con reverencia en señal de respeto, algo que sorprendió a Selene, aun así, ella permaneció callada y no preguntó nada.
El castillo estaba lleno de gente elegante y no era para menos, ahí vivía la familia real, personas de las que todos sabían, pero que los más privilegiados podían ver directamente y, en especial, compartir algún evento.
Los hicieron caminar por una alfombra roja impecable y Selene tuvo que controlar su respiración, así como el calor en sus mejillas, pues no estaba acostumbrada a las miradas de todos sobre ella.
Estaba tan concentrada en no irse a caer o desmayar por la ansiedad, que por poco choca con sus padres, quienes se habían detenido. Levantó el rostro y su corazón se detuvo al ver a Henry junto al trono real. La sorpresa y confusión se vio por un instante en los rostros de los jóvenes, pero rápidamente la cara de Henry retornó a la serenidad.
-Sus Majestades -saludaron al unísono los padres de Selene, haciendo una reverencia y ella lo hizo un segundo después, desde donde no lograba ser vista por el hombre que acaparaba la atención de sus padres.
-Barón Russell... Sra. Russell -les saludó una voz femenina adulta -. Bienvenidos al castillo Astor. Permítanme presentarles a mi hijo, el Rey Frederick de Astor -dijo con firmeza la mujer, pero ella seguía sin poder ver a alguien más que no fuera Henry.
-Su Majestad, es un gusto conocerlo finalmente, en especial en su cumpleaños -halagó el padre de Selene -. Esperamos que el regalo que hemos traído para usted sea de su agrado.
-Selene, hija... -la llamó su madre y se hizo a un lado -. Por favor ven.
Selene caminó temerosa, no lograba entender nada, pues era su cumpleaños, pero habían terminado en el castillo real, donde otra persona cumplía también años.
Al frente de ellos, estaba un hombre, de la misma edad de Henry, pero con una mirada seria y calculadora, además de la evidente corona que adornaba su cabeza. Selene trago saliva y bajó la cabeza.
-Ella es Selene Russell, nuestra hija, su futura esposa y reina de Astor -dijo su padre.
Selene abrió los ojos como dos grandes luceros. Ella no lograba entender nada de lo que sucedía, pero lo cierto era, que sus padres se dirigían a un hombre diferente a Henry... Su Henry.
Alguien tosió, llamando la atención de todos. Fue Henry que al escuchar esas palabras se atoró brevemente, pero logró recuperarse y, al menos, nadie sospechó lo mal que le había caído la noticia.
Por su mente pasaron muchas cosas, entre esas, que, si no hubiese dejado de ser el heredero al trono, sería Selene la que anunciaran como su futura esposa, en vez de la de su primo y a esa conclusión llegó, porque la tradición mandaba que, cuando naciera la mujer destinada a ser reina, ese pacto se hacía entre los padres del futuro rey y los de la niña, lo que significaba que, cuando él tenía seis años, Selene había podido ser seleccionada como su futura esposa, pero todo había cambiado.
¿Podía ser cierto eso o Selene había sido seleccionada para su primo?, esa pregunta le robó la paz por un momento, pero saber la verdad no sería nada fácil ni de ayuda, pues ahora con su primo como rey, él no podía hacer o decidir nada.
Las miradas de todos los presentes estaban sobre el rey y la jovencita, más de uno llegó a sentir un poco de lástima por ella, pues en su rostro se notaba la confusión y el desconocimiento de la decisión que habían tomado por ella desde su cuna.
-Selene, saluda al Rey Frederick de Astor -le dijo entre dientes su madre.
Toda la vida había sido una hija obediente, la única cosa en la que había desafiado las órdenes de sus padres, había sido en su amistad y enamoramiento de Henry, pero en todo lo demás, podían decir que era una hija modelo. Realmente, era la mujer perfecta para ofrecerle a un joven rey, que debía desposarse prontamente, sin embargo, por alguna razón ella no podía inclinarse para saludar al hombre delante de ella.
-Selene... -Clarise se pegó a su hija y discretamente le dio un ligero golpe sobre el brazo.
Selene la miró, queriendo negarse a saludar al hombre que habían elegido para ella, ¿cómo se supone que lo haría estando Henry presente? ¿Qué clase de persona sería si le hiciera tal cosa?
-Selene, por favor -pidió su madre junto a su oído.
La mirada de Selene fue hacia Henry, fue breve y cuando él asintió, fue para Selene una herida en el pecho, dio un paso al frente e hizo una profunda reverencia.
-Su Alteza -dijo a manera de saludo.
El rey se acercó a ella, tomó su mano y con unas facciones inmutables, dejó un beso sobre el dorso de esta, en muestra de saludo, pero había una tensión y frialdad en sus movimientos, que no pasó desapercibida ante ella.
-Mi Lady -expresó Frederick con seriedad y frialdad.
Selene sintió que el corazón se le enfriaba, trató de buscar discretamente a Henry con la mirada, pero él había abandonado su asiento y eso no hizo más que incomodarla y preocuparla. ¿Qué estaría pensando Henry de ella? ¿La consideraría una mentirosa? ¿Pensaría que lo había engañado a propósito? Cientos de preguntas acudieron a la cabeza de Selene y ella no podía ni dar respuesta a la más sencilla, pues ella no sabía de su compromiso. ¡Sus padres nunca le dijeron nada al respecto, no hicieron ni un solo comentario que revelara su futuro!
-Acompáñeme -pidió Frederick enseñándole el lugar vacío a su lado derecho, el lugar que estaba reservado para la futura reina.
Selene tenía la lengua dormida, no era capaz de contestarle nada, así que se limitó a asentir, pero todavía no era capaz de asumir su destino. ¿Esa era la forma en la que sus padres habían pensado celebrar sus dieciocho años? Era algo cruel y por su mente jamás había pasado esa posibilidad.
Caminó al lado del Rey Frederick y estando de pie a su lado, se encontró con todas las miradas de los presentes, esas mismas que había sentido clavadas en su espalda todo el tiempo desde su llegada. Algunos le sonreían y otros la miraban con pesar, haciéndola sentir más miserable de lo que ya era. Sus ojos barrieron ágilmente el lugar en busca de Henry y cuando se iba a dar por vencida, lo vio en una de las esquinas laterales del gran salón y notó que tenía el broche en su mano y no dejaba de mirarlo.
Los ojos de Selene picaron ante las ganas que tenía de llorar, pero el fuerte sonido de una trompeta la exaltó al punto de apartar la mirada de Henry y enfocarse en sus padres, que sonreían ampliamente, como si estuvieran ajenos al dolor que su decisión le estaba produciendo.
-Con ustedes, Lady Selene Russell, ¡futura reina de Astor! -anunció uno de los sirvientes reales.
Los aplausos inundaron todo el lugar, pero lo que debería ser una celebración, solo causaba desasosiego en el corazón de la reciente pareja y en el de Henry. Nadie en todo el lugar, más que ellos, eran conscientes de sus sentimientos.
La música empezó a sonar, rompiendo el ambiente protocolario y regalando un poco de relajación, pero los susurros y comentarios de los nobles y personajes sobresalientes, llegaban a los oídos de Selene como si fueran agujas, que poco a poco agrandaban una gran herida.
-Debemos salir a bailar -le dijo en tono bajo el rey, su reciente prometido. Ella moría de ganas de salir corriendo, negarse a cualquier cosa que le quisieran imponer y huir con Henry, pero sabía que eso solo era un sueño, ya que desacatar al rey era ponerse una condena encima -. Mi Lady... -le insistió y ella ya no pudo hacer más, que tomar la mano y salir ceremoniosamente a la mitad del salón.
Los movimientos de los dos eran forzados y casi estáticos, pero hicieron su mayor esfuerzo por no dejarse ver tan incómodos o al menos, eso fue lo que pensaron, hasta que poco a poco los invitados se empezaron a unir al ritmo de la orquesta real.
Henry miraba a la pareja en la pista de baile e internamente tenía un debate, para definir qué haría con lo que estaba pasando. Sus ojos se fijaron nuevamente en el broche que llevaba en su mano y decidió ponerlo en la solapa de su saco.
-Henry, invita a una de las muchachas a bailar -sugirió la reina madre.
Henry le sonrió de manera tensa, pero la reina no le presentó ninguna atención, ella estaba fascinada con la pareja que se movía con gracia y elegancia en la pista de baile, sin duda su difunto esposo y ella, no se habían equivocado en pactar el matrimonio de su hijo con la hija del Barón. Una chica elegante, educada y sumisa, la chica perfecta para Frederick.
Entre tanto, Henry buscó a una de las jóvenes menos agradecidas, no quería incomodar a Selene, pese a tener el corazón roto, pero no estaba dispuesto a dejarse ganar a la mujer que amaba, no sin al menos intentar algo.
El rey Frederick estaba concentrado en el baile y los movimientos gráciles de su prometida, la tensión del principio había cedido un poco, aunque en todo el tiempo, la mirada de Selene no se había encontrado con la suya, lo que lo confundía y atraída a igual medida, pues no era normal que una mujer en el reino rehuyera del rey, pero, por otro lado, esa inocencia y timidez, resultaban ser bastante atractivas. Sin embargo, saber que Regina estaba entre la multitud era algo que lo impacientaba, pues no sabía todavía cuáles eran sus sentimientos por ella y antes de aclararlos, su madre, le había hecho saber de su compromiso y la presión que estaban ejerciendo los miembros del Gran Consejo, porque no podía seguir reinando sin una esposa al lado.
Al darle un giro a Selene, un destello llamó la atención del rey Frederick, por lo que buscó de dónde había venido y una gran piedra verde destelló al recibir un rayo de luz. Sus ojos se posaron sobre un llamativo y extraño broche, que la joven llevaba decorando su vestido, sobre su corazón. No era una pieza común, era muy exclusiva y no cualquiera podía adquirir una, lo que le hizo saber de su importancia, pero no hizo ningún comentario al respecto y siguió bailando, evitando cruzar la mirada con la de Regina, que observaba en primera fila a la aparentemente, feliz pareja.
Henry se acercó poco a poco, para intentar escuchar cualquier cosa que su primo le dijera a Selene o viceversa, era poca la atención que le prestaba a su pareja, mientras que la chica se sentía como la más afortunada, pues había sido elegida para bailar con el Duque del castillo.
El rey al girar un poco y ver a su primo bailando más cerca de lo que quisiera, no pudo evitar recorrerlo con la mirada y cuando sus ojos se posaron sobre su pecho, el cuerpo de Frederick se tensó al reconocerlo, el broche, el mismo que Selene traía sobre su pecho...
Cortó el agarre de las manos de Selene y se retiró como si tenerla cerca lo estuviera quemando. Ella quedó confundida y observada en la pista, mientras veía al rey alejarse de la forma más rápida posible e ir junto a la Reina madre, quien frunció el ceño al escuchar lo que su hijo le decía.