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La obsesión del Alfa por las gorditas

La obsesión del Alfa por las gorditas

Autor: meritsky
Género: Hombre Lobo
Yo era la chica gorda e indeseada, rechazada por el hijo del Beta. Al minuto siguiente, el propio hijo del Alfa apareció... y me reclamó. No sabía por qué, por qué Osborne vino por mí cuando estaba en mi peor momento. Pero pronto aprendí algo: no solo quería mi cuerpo. Me quería completamente. Dijo que era su pareja. Pero la forma en que me tocaba, me abrazaba, me respiraba... Esto no fue solo destino. Era una obsesión cruda, salvaje y consumidora. ¿Y lo más loco? Sí quería ser consumida.
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Capítulo 1

Aina

"No. No la quiero. No puede ser mi pareja", escupió Alex, con los ojos llenos de repulsión, mientras me recorría con la mirada como si fuera algo asqueroso.

Se suponía que hoy sería el mejor día de mi vida: mi ceremonia de emparejamiento. A los dieciocho años, por fin había alcanzado la mayoría de edad y estaba lista para encontrarme con mi pareja. Había imaginado tantas cosas... pero nunca esto.

¿Y con quién me emparejó la Diosa de la Luna?

Nada más y nada menos que con Alex Robinson.

De todas las personas del mundo, me tocó con el hijo del Beta. El futuro segundo al mando de nuestra manada. El mismo al que todos admiraban y del que siempre susurraban. ¿Pero yo? A mí nunca me gustó; eso lo sabía muy bien. Y ahora, de pie frente a él, me quedó claro que el sentimiento era mutuo.

De hecho, ya sabía que me rechazaría.

"No hay nada malo con ella, hijo", intentó razonar su padre.

"Lo sé, y no la quiero", espetó Alex con tono cortante. "Ya estoy enamorado de mi novia. No pienso conformarme con una chica gordita que no sirve para nada".

Sí.

No era la típica chica alta, esbelta y perfecta para ser pareja, sino más bien curvilínea. Medía un metro sesenta y cinco. Usaba lentes gruesos por mi mala visión, tenía el pelo corto y oscuro, y mi ropa era más funcional que elegante, porque mi familia no podía permitirse más. Hacía todo lo que podía, pero estaba claro que... simplemente no era suficiente.

Sus palabras me golpearon como un latigazo, y mi loba gimió en mi interior, herida por el rechazo.

¿Quién querría estar con alguien como yo?

Aun así, me negué a dejarlo salirse con la suya.

"Así que yo, Alex Robinson, te rechazo a ti, Aina Wilfred", declaró, confirmando el dolor que ya veía venir.

Pero levanté la barbilla y lo miré directamente a los ojos, antes de soltar: "Yo, Aina Wilfred, te rechazo a ti, Alex Robinson".

La multitud jadeó, mientras mi mamá se puso rígida a mi lado, con el rostro retorcido por la sorpresa.

"¿Qué? ¡Retráctate!", siseó, enfadada, casi en pánico.

Pero yo no me moví. Miraba al hombre que había sido mi pareja hacía solo un momento, y vi algo parpadear detrás de sus ojos. ¿Quizás arrepentimiento? ¿O duda?

Ni siquiera lo sabía.

Él apretó los dientes y se forzó a decir: "Está hecho".

Luego, como para rematarlo, caminó directo hacia ella: Miranda Warren. La rubia perfecta, la cosita bonita con la sonrisa falsa y demasiado perfume.

"Miranda Warren es la que elijo como mi pareja. Con ella voy a pasar mi vida", anunció a toda la manada, tomándola de la mano como si fuera un gran premio.

Miranda no perdió la oportunidad. Me lanzó una sonrisa cruel y se tapó la nariz como si yo apestara, antes de que ambos se dieran la vuelta y se alejaran.

Subieron a su auto, estacionado justo en el centro de la plaza de la manada, y se marcharon sin mirar atrás. A mi alrededor, los lobos que ya habían encontrado y aceptado a sus parejas reían, se besaban, se tomaban de la mano, celebrando.

Y yo solo me quedé allí. Como un maldito cartel.

Mi mamá negó con la cabeza, claramente decepcionada, y se marchó con un largo suspiro. No dijo ni una palabra. Ni siquiera me miró. Solo se dio la vuelta y se fue, como si yo ya fuera problema de otra persona.

Comencé a ver borroso.

Ahí volvía esa sensación de siempre. El peso de ser invisible. Como si no existiera. Nadie vino a ver cómo estaba. Nadie preguntó si me encontraba bien. Todos estaban demasiado ocupados abrazados a sus parejas, viviendo en sus nuevos y perfectos mundos.

No me había movido. Me quedé clavada en el mismo sitio, el lugar exacto donde nuestros ojos se encontraron por primera vez. El vínculo se encendió al instante. Yo lo sentí... y él también.

Pero en cuanto Alex sintió esa conexión, fue como si todo su mundo se derrumbara a su alrededor. Como si tenerme como pareja fuera una maldición de la que no podía esperar a deshacerse.

El sol se puso rápidamente, sumiendo la plaza en sombras. El cielo se volvió frío y gris, a juego con el hueco dolor que sentía en el pecho. Pero no me fui. Así era como manejaba el dolor: en silencio, sin lágrimas, sin gritos. Solo quietud.

Entonces, lo oí.

Una voz.

Baja, ronca y tentadora.

"Aina".

Solo la forma en que dijo mi nombre me hizo estremecer. Me giré despacio, con el corazón ya latiendo con fuerza, y allí estaba.

Osborne Cliff.

El hijo del Alfa.

Alto. Ancho. Peligroso.

Y el mejor amigo del chico que acababa de rechazarme.

Estaba allí de pie con las manos en los bolsillos, los labios curvados en el tipo de sonrisa que podía derretir el acero. Sus penetrantes ojos se clavaron en los míos como si yo fuera algo digno de mirar, algo digno de reclamar.

Pero, ¿cómo sabía mi nombre?

Osborne nunca me había hablado antes. Ni una sola vez. ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí?

¿Era una especie de broma retorcida? ¿Vino a burlarse de mí después de que su mejor amigo me humillara delante de toda la manada? ¿Era su forma de hacer leña del árbol caído?

Ni siquiera había estado en la reunión de emparejamiento. Mientras todos los demás buscaban a su otra mitad, yo no lo vi ni una sola vez. Ninguna chica aferrada a su brazo. Ningún susurro sobre con quién podría acabar.

Y por lo que yo sabía, él tampoco tenía pareja.

Entonces, ¿qué hacía aquí?

Caminó hacia mí, lento y deliberado, como un depredador que ya sabe que su presa no tiene adónde huir. Parpadeé cuando su aroma me golpeó: terroso, masculino, rico y cálido como el cedro y el humo. Me envolvió, haciéndome erizar la piel. Reconfortante... y escalofriante.

Se detuvo frente a mí y se irguió sobre mí, con la misma media sonrisa aún tirando de sus labios. Me sentí pequeña a su lado, no solo físicamente, sino también en presencia. Como si pudiera aplastarme sin intentarlo, pero eligiera no hacerlo.

Luego se inclinó lo suficiente como para poner sus ojos a la altura de los míos. La sonrisa burlona se desvaneció un poco, reemplazada por algo más oscuro. Algo... intenso.

"Aina", dijo, con voz baja y áspera. "Es bueno que te haya rechazado".

Me estremecí. Sus palabras me golpearon hondo, más fuerte que las de Alex.

Se me cerró la garganta. Sentí un nudo en el pecho. Diosa, iba a llorar, y odiaba que él lo viera. ¿Por qué diría algo tan cruel? ¿Qué hice para merecer esto?

Estaba a punto de apartar la mirada, pero él no había terminado.

"Porque yo mismo lo habría matado si no lo hubiera hecho".

¿Qué?

Capítulo 2

Osborne

No fui a la plaza de la manada a buscar a mi pareja destinada no porque no tuviera la edad suficiente, sino porque ya tenía a alguien en mente. El problema era que cada vez que nos veíamos, no pasaba nada entre nosotros. No había ni rastro del vínculo ni del emparejamiento. Y lo odiaba.

Nadie parecía notarla de la misma forma que yo. Quizá por eso me aferraba tanto a ella. Esperé a que cumpliera dieciocho, a que por fin fuera mía... pero últimamente sentía que se me escapaba. A veces solo quería ir y reclamarla de una vez, sin esperar más.

Por eso, una vez más, me quedé en mi habitación mientras los demás salían. Alex se había ido, arrastrando a su novia. Me parecía extraño que tuviera una, pues todavía no había encontrado a su verdadera pareja. ¿Qué haría si por fin la encontraba? ¿O si su novia resultaba ser la pareja de otro? Ese tipo de desengaño podía arruinar a cualquiera.

Su padre se había encargado de que asistiera esa vez, pues quería que conociera a su pareja y aceptara el vínculo. De hecho, el Beta lo acompañó para cerciorarse de que así fuera.

Hacía un rato que se había ido y supuse que volvería pronto. A veces, esta casa se sentía demasiado vacía. Quizá debí acompañarlo, solo para verla como solía hacer, pues el simple hecho de pensar en ella me hacía sonreír.

Me encantaba su linda figura y esos lentes que le quedaban demasiado grandes. Cada vez que la veía, me costaba controlar mis instintos. Al principio pensé que solo estaba loco, pero no; era ella la que me provocaba. Cada centímetro de su cuerpo me llamaba. La forma en que se mordía el labio cuando estaba nerviosa me hacía querer estampar mis labios contra los suyos. Con solo imaginarlo, tenía una erección.

De pronto, Alex abrió la puerta de golpe y entró furioso. Las venas de su frente se le marcaban.

"¿Puedes creer con quién me emparejaron?", ladró, cerrando la puerta de un portazo.

Me reí. "¿Quién? ¿Alguien que conozco?".

Suspiró frustrado. "Esa gorda de mierda".

Al instante, perdí la sonrisa. Mi cuerpo se tensó y mi voz se volvió fría cuando me levanté de la silla. "¿Quién?", exigí saber, aunque ya temía la respuesta.

Él vaciló, notando el cambio en mi actitud. "Ya sabes... Aina", murmuró.

No lo dejé terminar.

Golpeé la mesa con el puño con tanta fuerza que se agrietó. Apreté los dientes, conteniendo las ganas de golpear a Alex en ese mismo instante. La rabia me consumía como una tormenta. ¿Qué demonios acababa de decir?

"¿Cuál es tu problema?", preguntó, ahora realmente confundido.

Mientras yo respiraba con dificultad, tratando de calmarme, la puerta volvió a crujir y Miranda entró.

"¿Ya se lo dijiste?", preguntó a Alex con una risita maliciosa. "Y asegúrate de contarle cómo la rechazaste".

Me giré hacia ella. "¿La ha rechazado?", inquirí, con voz baja y peligrosa.

Incluso Miranda se quedó paralizada, con los ojos fijos en Alex y en mí, sintiendo la tensión en el aire.

Él asintió despacio.

"¿Por qué estás tan alterado?", cuestionó, frunciendo el ceño, sin entender lo que había provocado.

Cerré los ojos y respiré hondo. Tuvo suerte, porque estuve a punto de hacer algo de lo que me arrepentiría.

"Nada", murmuré por fin. "Solo recordé algo de lo que tengo que ocuparme".

Tomé una de las llaves del auto del gancho y salí, dejándolos atrás en medio del silencio y la confusión.

Conduje directamente hacia la plaza de la manada, con el instinto diciéndome que ella seguía allí. ¿Qué haría cuando la viera? Maldita sea, tendría que contenerme.

Me detuve y observé a los amantes alejarse, tomados de la mano, embriagados por la conexión. Algunos de ellos se enredarían entre las sábanas antes de medianoche, reclamándose de formas que yo no conocía. La idea hizo que se formara un nudo de amargura en mi pecho.

Caminé despacio hacia la plaza de la manada y, justo allí, la encontré.

Estaba justo donde imaginé que estaría. Aina.

La encontré parada en medio del lugar, inmóvil, como una estatua tallada en el desamor. Sola, como siempre. Pero vi que su espalda temblaba, solo un poco. Y eso era suficiente. Podía sentir cómo se desmoronaba, incluso desde esa distancia.

Nunca antes me habían rechazado. No tenía idea de cuánto podía doler algo así; al final, solo quienes habían pasado por eso entendían realmente esa sensación. ¿Pero verla sufrir por otro hombre? Eso... eso fue como si una cuchilla me atravesara el pecho.

Por un idiota que ni siquiera la valoraba y la llamaba gorda, un tipo que se paseaba con otra mujer delante de ella como si fuera invisible. Por alguien demasiado ciego para ver la joya que había dejado escapar entre sus dedos.

Entonces me quedé allí, escondido, observándola en silencio, sin cesar, como siempre lo hacía con ella. La forma en que se afligía en solitario, conteniendo las lágrimas que ardían por ser liberadas, despertó algo primario en mí.

Y cuando el sol se puso, dejando solo el azul del crepúsculo, sonreí para mis adentros. 'Ya es suficiente, mi dulce amor', pensé.

Entonces, pronuncié su nombre en voz alta: "Aina".

Ella se giró al oír mi voz. Sus ojos se clavaron en los míos, abiertos, sobresaltados, y en ese momento la corriente que me recorría se intensificó, dejándome casi sin aliento.

Le sonreí, pero ella no supo qué hacer con su expresión. Una docena de emociones cruzaron su rostro al mismo tiempo: sorpresa, sospecha, confusión. Era adorable.

Me acerqué a ella despacio, con determinación. Luego me detuve, inclinándome lo suficiente para que sus ojos pudieran encontrarse con los míos, incluso detrás de sus lentes.

"Aina", repetí, con voz baja y segura. "Es bueno que te haya rechazado".

Vi el parpadeo en sus ojos, el escozor del dolor reflejado en ellos. Su respiración se entrecortó, como si no supiera si llorar o abofetearme. Sus labios temblaron mientras se mordía el labio inferior, tratando de estabilizarse.

Dios, quería besarla en ese mismo instante.

Pero le di lo que de verdad necesitaba.

"Porque yo mismo lo habría matado si no lo hubiera hecho".

Abrió los ojos de par en par e intentó hacer contacto visual conmigo, como si no estuviera segura de haberme oído bien.

Pero cada maldita palabra era cierta.

Capítulo 3

Aina

Parpadeé, atónita. ¿De verdad era Osborne, el hijo del Alfa? Sentí una opresión en el pecho y tragué saliva con dificultad.

"¿A qué te refieres?", pregunté, con la voz apenas por encima de un susurro.

Era la primera vez que le hablaba directamente. Siempre lo había visto de lejos, aunque no muy seguido. Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, él apartaba la vista rápidamente. No por asco... nunca me miró así. Sin embargo, tampoco me reconoció; éramos extraños.

Ahora me miraba con una intensidad que me dejó sin aliento, y luego declaró: "Quiero decir que no quiero que ningún hombre te tenga... excepto yo".

El corazón me latía con fuerza en el pecho, y me quedé paralizada mientras intentaba descifrar si lo que había dicho era real o solo una broma cruel.

"¿Vienes a burlarte de mí?", cuestioné en voz baja.

Pero Osborne negó con la cabeza. Una sonrisa inconfundible se dibujó en sus labios, y sus ojos se posaron en mí con una posesividad que me hizo temblar.

"Yo, Osborne Cliff, futuro Alfa de la Manada Cresta Plateada, te reclamo solemnemente a ti, Aina Wilfred, como mi compañera. Que la Diosa de la Luna sea testigo".

Sus palabras resonaron en el aire, cargadas de un poder que me dejó sin aliento.

Di un paso atrás por instinto, pero su aroma me envolvió: cálido, dominante e irresistible. Mi loba, que había estado en silencio y retraída todo el día, aulló con una fuerza que no había sentido en años.

"¡Mío!", gritó en mi mente.

¿Qué... acababa de pasar?

Antes de que pudiera procesar su declaración, sentí que me flaqueaban las rodillas. Me hormigueó el vientre como si algo muy dentro de mí se hubiera despertado.

Entonces lo sentí: un calor palpitante que se extendía desde mi vientre hacia el resto de mi cuerpo. Mi cuerpo le respondía, clamando por algo que solo él podía darme. Y lo que era peor, un aroma dulce y tentador llenó el aire.

Por la Diosa... estaba en celo.

Entonces lo oí: un gruñido bajo y profundo que escapó de sus labios.

Alcé la mirada. Me encontré con sus ojos y me quedé paralizada.

Ay, no.

Había un hambre cruda y primitiva en sus ojos, como si se estuviera conteniendo solo por pura fuerza de voluntad. Como si un solo suspiro mío bastara para romper el último hilo de control que lo sostenía.

Abrí la boca para decir algo, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.

Esto... esto no podía estar pasando.

Pero en dos largas zancadas, se paró frente a mí. Me agarró con una fuerza posesiva, y me atrajo contra su pecho como si perteneciera allí.

Hundió la cara en mi cuello y me estremecí cuando su nariz rozó mi piel. Inhaló profundamente, soltando un gruñido gutural como si mi aroma lo estuviera volviendo loco.

Entonces lo sentí: su lengua, cálida y húmeda, rozando mi cuello.

"Por favor... espera", murmuré, con la voz entrecortada, apenas capaz de pensar.

Se detuvo, pero solo un poco, y su voz se convirtió en un susurro bajo y ronco, cargado de deseo.

"Tu aroma... quiero devorarte".

Sus palabras me provocaron un escalofrío que me recorrió la espalda. Mi cuerpo se tensó en respuesta y un suave gemido escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo.

Yo también lo sentía. La atracción. La necesidad de perderme en él.

Su aroma, espeso y masculino, invadió mis sentidos. Me mareaba. Lo anhelaba.

Y entonces, así como así, su boca se estrelló contra la mía.

Hambrienta. Posesiva. Cruda.

Un beso que no pedía, sino que reclamaba.

Su lengua se deslizó en mi boca, caliente y exigente, y lo dejé entrar, gimiendo suavemente contra sus labios. Nunca había besado a nadie. ¿Lo estaba haciendo mal? Probablemente. Pero, de alguna manera, a él no pareció importarle. En todo caso, cuanto más nos besábamos, más parecía descontrolarse.

Me agarró de la cintura y tiró de mí con más fuerza hacia él; yo, por instinto, levanté las manos y enredé los dedos en su espeso cabello. Soltó un gruñido que vibró en mi pecho mientras me amasaba el trasero como si estuviera memorizando cada curva.

"Abre más la boca", murmuró, con la voz ronca por el deseo.

Obedecí sin pensarlo y nuestros labios se movieron al unísono, un ritmo en el que pareció que caíamos con facilidad. Me acerqué más, anhelando su calor, su aroma, la posesividad de su tacto. Quería más, más de él, más de esto, cosas que aún no podía nombrar, solo sentir en lo más profundo de mis huesos.

Entonces, el estridente timbre de mi celular rompió el momento.

Él se apartó. Ambos respirábamos con dificultad, con el pecho subiendo y bajando como si acabáramos de salir a la superficie después de haber estado bajo aguas profundas. Lo miré. Tenía el pelo revuelto; yo lo había despeinado. Una extraña emoción me recorrió.

Tragué saliva y alcancé mi celular. Era mi mamá. Se me revolvió el estómago. La cena... había olvidado que tenía que cocinar. Ya era tarde.

"Tengo que irme", susurré, sintiendo que la culpa me invadía rápidamente.

Él no respondió de inmediato. Mantuvo sus ojos fijos en mí, con las pupilas dilatadas y la mirada oscura por algo salvaje. "No cuando hueles así", murmuró, con voz áspera y llena de necesidad.

Me puse rígida. Quería quedarme. Diosa, quería quedarme tanto. Pero si no llegaba pronto a casa, mi papá se volvería loco.

"De verdad tengo que irme", dije de nuevo, esta vez con más firmeza, aunque odiaba cada palabra.

Osborne me miró como si quisiera discutir. Luego, despacio, casi a regañadientes, volvió a acercarse y rozó con la nariz la curva de mi cuello mientras inhalaba hondo. Temblé ante el sonido bajo y primitivo que salió de él.

"Te llevaré a casa", ofreció por fin. "Es demasiado peligroso que andes por ahí oliendo así".

'Pero dudo que alguien se dé cuenta', pensé, desviando la mirada.

Nadie lo hacía nunca.

No una chica gordita y con lentes como yo...

Oh. Cierto.

Osborne Cliff sí.

El viaje de regreso fue en silencio, con el aire cargado de todo lo que no se decía. Yo estaba sentada rígida en mi asiento, todavía tratando de procesar lo que acababa de suceder. Osborne me había reclamado, de verdad me había reclamado, ante la Diosa de la Luna. Nos habíamos emparejado. ¿Cómo era posible?

Y luego... me besó. Y no fue un beso cualquiera, sino uno que quemaba y marcaba.

No actuó avergonzado ni disgustado. No, en absoluto. Me tomó, me poseyó, con un hambre que yo no entendía, pero que sentía hasta el alma. Tenía mil preguntas arremolinándose en mi cabeza, desesperada por respuestas, pero en ese momento ninguna de ellas importaba más que llegar a casa.

Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.

Mi papá no toleraba la desobediencia.

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