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La obsesión del mafioso.

La obsesión del mafioso.

Autor: : Stef98
Género: Romance
Aisa es una joven inocente quién descubre que es hija de un narcotraficante. Su amado padre es un delincuente y ahora ella está al asecho de un famoso narcotraficante apodado Hierro. Sin embargo él se obsesiona con ella.

Capítulo 1 Mi decisión.

Me llamo Alisa, y crecí con una sensación de vacío constante. Aunque siempre tuve todo lo que una niña podría desear: una buena educación, comodidades, viajes exóticos... me faltaba lo más importante, la presencia de mi padre. Él era un empresario millonario, poderoso y siempre ausente. Toda mi vida soñé con el día en que, finalmente, podría estar a su lado. Sabía que un día volvería a casa y él estaría allí para mí, no solo como un hombre de negocios, sino como mi padre.

Ese día llegó, aunque no como lo había imaginado.

La mansión se veía imponente como siempre, con sus enormes jardines bien cuidados y el aire frío de la mañana acariciando mi rostro mientras caminaba hacia la entrada principal. Al entrar, todo parecía igual, pero había una tensión en el ambiente que nunca antes había percibido. Algo estaba a punto de cambiar.

Mi padre me esperaba en su despacho, un lugar que siempre me había parecido intimidante. Al entrar, lo vi sentado en su enorme sillón de cuero, con una expresión que no lograba descifrar.

-Alisa, me alegra que estés aquí -dijo en un tono que intentaba ser cálido, pero no lo era. Había algo más, algo oculto.

-Papá, ¿qué está pasando? -pregunté, intentando leer en sus ojos la respuesta que ya empezaba a temer.

-Hay algo que debes saber... algo que he ocultado durante demasiado tiempo -hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas-. No soy solo un empresario, Alisa. Mi imperio no se construyó únicamente con inversiones y acuerdos legales.

Fruncí el ceño, sintiendo cómo el suelo bajo mis pies comenzaba a temblar, figurativamente hablando. Algo dentro de mí sabía que no me iba a gustar lo que estaba por decir.

-¿Qué quieres decir? -mi voz temblaba ligeramente, pero aún así lo enfrenté.

-Soy narcotraficante -soltó, sin rodeos, como si la confesión no fuera más que una simple declaración de hecho. Me quedé helada, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

-No... -susurré, negando con la cabeza-. No, eso no puede ser verdad.

-Lo es -afirmó con una frialdad que me aterrorizó-. Y como mi hija, mi única heredera, te toca continuar con el negocio.

Mi mente giraba en mil direcciones. Toda mi vida había idealizado a mi padre, lo había visto como un hombre fuerte, un modelo a seguir. Pero esto... ¿cómo podía ser real?

-Papá, yo no puedo... no quiero estar involucrada en esto. ¡No soy como tú! -exclamé, dando un paso atrás, como si eso pudiera distanciarme de la realidad.

-Alisa, no tienes opción -dijo, poniéndose de pie. Su figura alta y dominante parecía llenar la habitación-. Esto no es solo un negocio, es nuestra vida. Todo lo que tienes, lo que has tenido, viene de aquí. Y ahora te toca a ti llevarlo adelante.

-No, no lo haré -respondí con firmeza, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado-. No puedo ser parte de algo así, papá.

-Entonces, estás rechazando todo lo que he hecho por ti -su tono cambió, volviéndose duro y lleno de reproche-. Toda la vida te he dado lo mejor, y ahora te niegas a ser mi sucesora. ¿De verdad crees que puedes simplemente decir 'no'?

Lo miré a los ojos, luchando contra el miedo que me paralizaba. No sabía cómo iba a salir de esto, pero una cosa era clara: no quería que mi vida tomara ese rumbo oscuro.

-No soy como tú -repetí, pero esta vez mi voz no tembló.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier otra cosa que haya experimentado. Sabía que, a partir de ese momento, mi vida jamás volvería a ser la misma.

Capítulo 2 Debo escapar

Al día siguiente, me levanté temprano, con la furia todavía ardiendo en mi pecho. No podía creer que mi padre me hubiera puesto en esa situación, que pretendiera que yo continuara con algo tan oscuro, tan terrible. Necesitaba escapar, aunque fuera por unas horas, despejar mi mente. Lo primero que se me ocurrió fue llamar a mi prima Marcela. Desde niñas, ambas habíamos encontrado maneras de escaparnos, de desobedecer a mi padre, de sentirnos libres, aunque fuera por poco tiempo.

Marcela siempre había sido envidiosa, nunca pudo soportar que yo tuviera más, que fuera la hija del "gran empresario". Pero esa mañana, para mi sorpresa, estaba extrañamente amable.

-Vamos al concierto -me dijo con una sonrisa-. Necesitas olvidarte de todo, Alisa.

Acepté sin dudar. No tenía otra opción en mente y, en el fondo, necesitaba alejarme de todo lo que me recordara a papá, a su mundo. Esa decisión cambiaría mi vida para siempre.

El concierto estaba a una hora de camino. Ambas estábamos riendo, hablando de tonterías, como solíamos hacer. Por un momento, me permití olvidar. Sin embargo, todo se volvió una pesadilla en un abrir y cerrar de ojos.

Una camioneta negra, grande y con los vidrios polarizados, se acercó peligrosamente a nuestro coche. Antes de que pudiera reaccionar, hombres armados nos abordaron. Grité, desesperada, pero fue en vano. Arrastraron a Marcela fuera del auto y la golpearon brutalmente.

-¡No, por favor, no! -grité mientras intentaba liberarme, pero me sujetaron con fuerza.

El sonido de los gritos de mi prima resonaba en mis oídos, y mi corazón latía desbocado. Me llevaron a rastras hasta la camioneta, mis piernas temblaban y mi mente se nublaba de terror. No entendía qué estaba pasando. Solo sabía que algo horrible me esperaba.

La camioneta rodó por lo que parecieron horas, hasta que finalmente se detuvo en una hacienda aislada, en ruinas, tan horrible como el miedo que sentía. Me empujaron al interior de una habitación húmeda y oscura, donde varias niñas, probablemente tan asustadas como yo, se acurrucaban en las esquinas. Mis manos temblaban mientras observaba a mi alrededor, intentando comprender lo que estaba sucediendo.

De repente, un hombre entró. Era bajo, robusto y su mirada transmitía pura maldad. Sonrió de una manera que me hizo estremecer.

-Así que eres la hija del gran empresario, ¿eh? -dijo con una voz áspera y burlona-. Tengo un mensaje para tu padre.

Intentó acercarse, con una intención evidente en su mirada, y el terror me paralizó por un segundo. Pero no podía dejar que me tocara. **No podía**.

-¡Aléjate de mí! -le grité, y en un impulso de pura desesperación, le di un puñetazo en la cara. Mi mano dolió al instante, pero no me importó.

El hombre retrocedió, sorprendido por mi reacción, pero antes de que pudiera hacer algo más, otro hombre apareció en la habitación. Era más alto, con el cabello rubio y una cicatriz grotesca que le cruzaba la mejilla. Su sola presencia hizo que el primer hombre retrocediera, y yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

-¿Qué demonios haces? -le gruñó al primer hombre-. Ella no está aquí para eso.

El hombre de la cicatriz se acercó a mí, sus ojos fríos como el hielo. Me observó con desprecio.

-Dile a tu padre que su tiempo ha terminado -dijo, y luego añadió con una calma aterradora-. Quiero que la maten.

Mi corazón se detuvo.

Me empujaron dentro de una habitación pequeña y oscura, apenas iluminada por la luz que se filtraba a través de una ventana con barrotes. El lugar estaba lleno de jovencitas, todas acurrucadas, temblando de miedo. Algunas lloraban en silencio, mientras otras apenas podían levantar la vista. Sin embargo, una figura sobresalía entre ellas. Era una chica hermosa, de largos cabellos oscuros y ojos grandes que parecían llenos de determinación, aunque también reflejaban miedo. Me acerqué a ella, casi de manera instintiva.

-Soy Alisa -dije en voz baja, tratando de controlar mi pánico.

-Lucía -respondió ella, con un tono firme que contrastaba con la desesperación a nuestro alrededor. Su fuerza me sorprendió, aunque sabía que, como yo, debía estar aterrada.

Observé el lugar por un momento, tratando de pensar en algo, **cualquier cosa** que pudiera sacarnos de ahí. El aire estaba impregnado de miedo y desesperanza. Mi corazón seguía latiendo rápido, pero no podía quedarme quieta. No quería resignarme a ser una prisionera, no después de todo lo que había pasado.

-Tenemos que escapar -susurré, más para mí misma que para ellas, aunque lo dije lo suficientemente alto para que me escucharan.

Algunas de las chicas levantaron la cabeza con cautela, pero la mayoría parecía completamente paralizada por el miedo. Podía verlo en sus ojos: estaban demasiado aterrorizadas para hacer algo, demasiado acostumbradas a esa pesadilla.

-Es imposible... -murmuró una de ellas desde el fondo, con la voz quebrada-. Nos matarán si intentamos algo.

-Ya nos quieren muertas -dije, recordando las palabras del hombre de la cicatriz-. Pero si nos quedamos aquí, nunca tendremos una oportunidad.

Lucía me observó detenidamente, y pude ver que estaba considerando lo que decía. Había algo en ella, una chispa de lucha que aún no se había apagado.

-Tienes razón -dijo finalmente-. No podemos quedarnos aquí para siempre, esperando que algo cambie.

-¿Cómo... cómo lo haríamos? -preguntó una de las chicas más jóvenes, su voz apenas audible.

Me acerqué a la ventana con barrotes, tratando de ver si había alguna posibilidad de escapar por ahí. El panorama no era alentador: afuera solo había oscuridad y un silencio perturbador, pero tenía que haber una forma. **Tenía** que haberla.

-No sé aún -respondí, tratando de mantener la calma-. Pero tenemos que encontrar una manera de salir de aquí. Si trabajamos juntas, podemos hacerlo.

El silencio que siguió fue abrumador, pero lentamente, algunas de las chicas comenzaron a asentir, aunque fuera con duda en sus ojos. Sabía que no sería fácil convencerlas a todas, pero no podía dejar que el miedo me venciera.

Lucía se puso de pie a mi lado, cruzando los brazos con una expresión decidida.

-Estoy contigo, Alisa -dijo-. No vamos a morir aquí.

Su determinación me dio fuerza, y supe que, aunque el camino sería difícil, al menos no estaba sola en esta lucha.

Capítulo 3 La quiero muerta

Estaba recostado en la cama, las sábanas revueltas, mientras Marcela jugueteaba con los bordes de mi camisa, sus dedos deslizándose de manera lenta y calculada. Podía sentir su mirada sobre mí, buscando algo que yo no le daría, pero era útil por ahora. **Muy útil**. Su cercanía a los Cienfuegos, su habilidad para infiltrarse en su círculo, había sido clave para mis planes. Pero todo tenía un límite, y mi paciencia también.

-Alisa, la niña angelical -dije con desprecio, observando el techo-. La hija del miserable que me arrebató a mis padres. Lo único que deseo es verla muerta, pero debo ser paciente.

Marcela soltó una risa suave, cargada de veneno.

-Tanto esfuerzo para convertirte en el narcotraficante más poderoso de México y, sin embargo, sigues pensando en ella -susurró, mientras se inclinaba hacia mí-. Pobre niña... ¿Sabías que es virgen? Qué patético.

Giré el rostro, mirándola sin emoción.

-No me llames "mi amor" -respondí fríamente-. Lo nuestro es solo sexo, Marcela. No confundas las cosas.

Ella frunció el ceño, ofendida, pero recuperó su compostura rápidamente. Me conocía lo suficiente para saber que no le serviría de nada insistir en sus ilusiones.

-Pero yo te amo, Cris... -susurró, intentando sonar sincera, aunque su tono de voz era más suplicante.

-Yo no -le respondí sin rodeos, encendiendo un cigarrillo-. Así que, Alisa es virgen, ¿eh? Debe ser una existencia aburrida, frágil... patética.

Marcela me miró con una sonrisa, aunque podía ver el dolor escondido detrás de sus ojos.

-Es insufrible esa niña. Siempre ha sido tan... perfecta. Me da asco.

La miré, exhalando el humo lentamente, sintiendo cómo la rabia volvía a apoderarse de mí al pensar en Alisa. Mi venganza estaba cerca, pero necesitaba que todo fuera perfecto. No podía fallar ahora.

-Tendrá lo que se merece -dije con una sonrisa fría.

Sabía que la quería muerta, pero aún no era el momento adecuado. Cada fibra de mi ser ardía por venganza, pero si algo había aprendido en estos años es que la paciencia siempre era recompensada. Me alejé de la cama sin mirar atrás, dejando a Marcela entre las sábanas. Ella no era más que una herramienta en mi plan, una que terminaría desechando cuando ya no me fuera útil. Me vestí rápidamente, ajustando la camisa y el reloj de manera casi automática, mientras mi mente seguía dando vueltas a lo que venía.

Bajé las escaleras hasta la sala, donde mi hermano Oscar me esperaba. Su figura recia y esa cicatriz que le atravesaba el rostro eran un recordatorio constante de lo que nos habían arrebatado. Él me había salvado de aquel incendio que mató a nuestros padres, y aunque no lo decía en voz alta, sabía que su odio era tan profundo como el mío.

-Oscar -dije con firmeza, cruzándome de brazos al verlo-. No quiero que hagas ninguna tontería en mi ausencia.

Su mirada se endureció. Sabía que no le gustaba que lo tratara con cautela, pero no tenía opción. Era demasiado impulsivo, demasiado peligroso.

-¿Tontería? -replicó, alzando una ceja-. Sé que nuestro objetivo ya llegó a la ciudad, Cristián. Esa maldita Alisa está aquí, a nuestro alcance, y tú sigues esperando.

Pude notar la frustración en su voz, ese deseo insaciable de venganza que también me quemaba por dentro. Pero a diferencia de él, yo no me dejaba llevar por la ira.

-No es el momento aún -respondí con calma, aunque por dentro, también sentía la impaciencia golpeando.

-¿Cuándo será el maldito momento, Cristián? -gruñó, dando un paso hacia mí-. ¡La quiero muerta! ¡Ahora!

Lo miré fijamente, dejando que el silencio se instalara entre nosotros por un instante.

-La vamos a matar -dije finalmente, despacio, midiendo cada palabra-. Pero no ahora. Si lo hacemos sin planearlo bien, podríamos perderlo todo. Y lo sabes.

Oscar apretó los puños, su respiración se aceleraba, pero no dijo nada. Sabía que tenía razón, aunque el deseo de venganza lo cegaba a veces.

-Hay que planearlo bien, hermano. -Me acerqué a él y puse una mano sobre su hombro-. Cuando llegue el momento, Alisa pagará por lo que nos hizo. Y será mucho más que solo su muerte. La vamos a destruir, poco a poco.

Él asintió, aunque su rabia no se apagaba del todo. Sabía que sería difícil contenerlo, pero también sabía que cuando llegara el momento, nuestra venganza sería devastadora.

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