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La obsesión secreta de los Alfas

La obsesión secreta de los Alfas

Autor: : Pippa Moon
Género: Hombre Lobo
"Yo, Charlotte Jane Attwood de la Manada Luna Carmesí, los rechazo, Knox y Kane Maddox, como mis compañeros y rompo mi vínculo con ustedes y su manada!", recité, con mis ojos llenos de dolor al ver a mis compañeros entrelazados con... ¡Una mujer que no era yo! Sacudí mi cabeza para contener las lágrimas que amenazaban con caer de mis fríos ojos. Me enderecé y esperé que aceptaran mi rechazo. Pero las palabras que salieron de sus labios me dejaron atónita. "Yo, Knox Maddox y Alfa de la Manada Luna Carmesí, me niego a aceptar tu rechazo!", gruñó él. Luego, deslizándose fuera de la cama, desnudo y sin pudor, avanzando hacia mí, mientras la mujer extendida en la cama quedaba olvidada. Kane fue rápido en seguirlo, ambos rodeándome con una pared de músculo y testosterona. "¡Nos perteneces, Lottie!¡Eres nuestra, Lottie! Yo, Kane Maddox, Alfa de la Manada Luna Carmesí, me niego a aceptar tu rechazo". "¡Eres nuestra!", repitió Knox, con la ira reflejada en sus ojos azules. *** Sigue la historia de Charlotte, Knox y Kane mientras intentan encontrar su lugar en un mundo cruel lleno de traiciones, desamor y obsesiones ocultas que amenazan con destruir los lazos de hermandad y amor.

Capítulo 1 Cariño, ya estoy en casa

Punto de vista de Lottie

"Entonces, ¿quién vendrá mañana?", le pregunté a mi mejor amiga Lilly, que daba vueltas frente al espejo.

El satén de su vestido de novia ondeaba alrededor de sus tobillos y ella estaba tan absorta en su reflejo que apenas me prestaba atención. Mañana sería su gran día y, como buena perfeccionista, tenía que asegurarse de que todo estuviera perfecto.

"Mmm, los de siempre: nuestra manada, el socio de papá, las manadas vecinas y sus Alfas. Es solo una pequeña reunión", masculló, pasándose las manos por su diminuta cintura.

"Pequeña", repetí con sarcasmo. Estaba claro que teníamos una idea muy diferente de lo que significaba "pequeña", pero como hija del despiadado Alfa de la Manada Luna Carmesí, supongo que para ella eso era pequeño.

"¡Ya sabes que tu ceremonia de apareamiento será igual!", intervino Sage, con una risita, mirando a Lilly a través de mis ojos.

"¡Ni hablar!", espeté, observando a mi bronceada amiga, ataviada en su vestido de novia y luciendo pestañas postizas.

La quería y admiraba su confianza, pero yo era mucho más sutil que ella. Nunca fui de las que disfrutan ser el centro de atención, sino de las que se esconden en un segundo plano, así que este tipo de ostentación no era para mí.

"¡Tu padre y el Alfa Leigh no aceptarán nada menos que una ceremonia extravagante! ¡Estás jodida, porque no te permitirán tener un evento discreto! Eres la hija del Beta, debes representar a la manada. ¡Sabes que Mike también querrá todo esto, con moños incluidos!", se burló Sage, haciéndome gemir y bloquearla.

Luego, miré a Lilly con cariño y le sonreí: ¡estaba realmente hermosa!

"Estás preciosa y muy delgada", expresé, consciente de que eso era lo que ella quería oír, ¡pero yo no estaba mintiendo! De hecho, mi amiga era la clase de persona que luciría hermosa, incluso si llevaba puesta una bolsa de basura.

"¿Tú crees?", preguntó y al ver que sonreía, supe que estaba satisfecha con mi comentario.

"¡Sí!", afirmé con firmeza.

Aplaudiendo con entusiasmo infantil, ella jadeó y corrió hacia el tocador. Volvió con una caja y la colocó en mi regazo.

"Te traje un regalo para darte las gracias. Sé que he sido una novia de pesadilla estos últimos meses preparando la boda", me dijo.

Sorprendida, alterné la mirada entre mi interlocutora y la caja hermosamente decorada que tenía en el regazo. Pasé la mano por la bonita cinta rosa y miré a mi amiga, recordando por qué la quería tanto. Podía ser caprichosa, actuar como una maldita princesa y una dramática de primera, pero nunca dejaba de hacerme sentir especial y apreciada.

"No debiste molestarte", contesté, con una sonrisa cortés en mis labios.

"Oh, shh", me cortó ella, con una sonrisa de felicidad. Acto seguido, le dio un golpecito a la caja y se puso de pie. Con cuidado, se quitó el vestido de novia y caminó sin pudor por la habitación con solo una tanga de encaje blanco.

"¡Lilly!", grité, apartando la vista. "¡¿Y si entra alguien?!", le pregunté entre risas.

"¡Haré que mis hermanos le saquen los ojos!", respondió en un gemido, guiñándome un ojo al mencionar a sus hermanos.

"No todas tenemos hermanos para proteger nuestra reputación", dije sin dejar de reír, sacudiendo la cabeza con nerviosismo. Miré la caja y luego a Lilly, admirando su entusiasmo. ¡Ojalá tuviera una pizca de su confianza!

"Ve a probártelo, ¡Mike se morirá cuando te vea con eso!", me animó, tirando de mi brazo para que me levantara, mientras me hacía señas para que abriera la caja. Puso los ojos en blanco mientras me conducía a uno de los probadores para que me cambiara.

"¡Mojigata!", exclamó con una carcajada. "Una vez que Mike te vea, ¡estoy segura de que luchará contra el maldito diablo por ti!".

"Espera, ¿qué?", pregunté nerviosa mientras me empujaba al probador y me guiñaba un ojo antes de cerrar la puerta. "Lilly, ¿qué hiciste?", gemí, pero la curiosidad me venció.

"¡Me lo agradecerás más tarde, cuando no pueda quitarte las manos de encima!", soltó mi amiga entre risas. "¡Yo tengo uno a juego!".

La emoción se impuso sobre el miedo. A fin de cuentas, Lilly tenía un gusto increíble, así que sabía que lo que había en la caja sería deslumbrantemente hermoso.

"Sería de mala educación no echar un vistazo", bromeó Sage, mi descarada loba, mientras yo jugueteaba con la cinta. "¡Sabes que no se rendirá hasta que al menos eches un vistazo!", añadió, y por supuesto tenía razón.

Lilly era una fuerza de la naturaleza; como la hija menor del Alfa, aprendió rápidamente a tener a su padre y a sus hermanos comiendo de su mano, ¡y no estaba acostumbrada a escuchar un "No" por respuesta!

Mordiéndome el labio, tiré de la cinta y contuve la respiración al ver la atrevida lencería que me retaba en silencio a ser audaz.

"¡Dios mío!", chillé, sacudiendo la cabeza. "¡No puedo ponerme esto!".

Acto seguido, solté una carcajada y sentí cómo el rubor se extendía por mis mejillas. Quince minutos más tarde, estaba de pie en el podio, con Lilly mirándome orgullosa.

"¡Mierda! ¡Te daría con todo si no me casara mañana!", me dijo mi amiga, guiñándome un ojo, mientras daba vueltas a mi alrededor. "¡No entiendo por qué no ves lo sexy que eres!", se quejó.

Al mirarme por fin en el espejo, contuve la respiración. Mi pelo blanco perlado caía en cascada sobre mis hombros y llegaba hasta mi cadera; siempre me recordaba a hilos de plata. Mike me decía que me daba un aspecto angelical, lo cual era irónico dado lo que Lilly me había puesto.

Mi esbelta figura estaba envuelta en un body azul hielo con liguero, que tenía una abertura en la entrepierna y no dejaba nada a la imaginación. Un cuello halter bordado de encaje, con paneles de malla que apenas cubrían mis pezones, bajaba por mi cuerpo en una V delgada, lo que parecía inútil teniendo en cuenta que estaba abierto en la entrepierna.

"En serio, ¡es como llevar un trozo de hilo dental!", gemí, ignorando las risitas de mi amiga. Me retorcí por la incomodidad, pues la tanga abierta en la entrepierna se clavaba con fuerza en mi trasero por detrás de las tiras del liguero, que estaban unidas a unas medias suaves como la seda. "¿Cómo usan las chicas esta mierda? ¡Duele!", chillé.

"¡Para presumir hay que sufrir, Lottie! ¡Es el precio que pagamos por ser hermosas!", contestó Lilly, dedicándome una sonrisa de oreja a oreja. Luego, me dio una nalgada antes de ir a buscar mi vestido de verano y mis chanclas al probador, que me entregó.

"¡Ve, enséñaselo a Mike!", me instó, sonriéndome con complicidad y guiñándome un ojo. "¡Luego me lo cuentas todo!", añadió, antes de soltar una risa traviesa.

Me dediqué una última mirada en el espejo y reconocí que mi amiga tenía razón. ¡El conjunto me quedaba bien! ¡E incluso me hacía lucir sexy!

Estaba sonrojada. Me mordí el labio y seguí su consejo. Mike y yo no habíamos tenido mucho tiempo a solas últimamente; él siempre estaba trabajando, pues el Alfa Leigh lo mantenía ocupado con los preparativos de seguridad para mañana.

"Bueno, esta es una excelente manera de llamar su atención", comentó mi loba con malicia, mientras me ponía mi vestido sobre el regalo de Lilly.

No tardé mucho en llegar al apartamento que compartía con Mike; mi padre había insistido en que nos quedáramos cerca de la casa de la manada; como era el Beta de la Manada Luna Carmesí, estaba acostumbrado a salirse con la suya, igual que Lilly.

Al sacar las llaves de mi bolso, me quedé paralizada al oír el sonido amortiguado de una conversación detrás de la puerta de nuestro apartamento. ¡Mike estaba en casa!

"¿Está viendo porno?", preguntó Sage, soltando una carcajada, al oír los gemidos apenas audibles que salían de las paredes del apartamento. Yo me concentré en el ruido de fondo y también me reí para mis adentros al oír el inconfundible crujido de los resortes del colchón, gemidos ahogados y...

"¡Mike! ¡No pares! ¡Dios mío, Mike, más fuerte!", jadeó una mujer mientras el sonido familiar de una cabecera chocando contra la pared llegaba a mis oídos.

¡Esa era la cabecera de mi cama! Tragándome la bilis que me subía por la garganta, entré en silencio al apartamento, y avancé a trompicones hasta nuestra habitación. Entre más me acercaba, más claro se volvía todo.

"¡Como quieras, nena!", gimió mi novio mientras los chirridos se hacían más rápidos y desesperados.

"¡Nena!", rugió Sage. "¡Así nos dice él de cariño!".

"Oh, me vengo", gruñó Mike con urgencia.

"¡En tus pinches sueños!", grité, abriendo la puerta de golpe.

"¡Mierda!", balbuceó mi novio, presa del pánico, cuando prendí la luz.

"¡Hola, cariño, ya estoy en casa!", dije con sarcasmo, fijando la mirada en el hombre al que amaba, que estaba profundamente enterrado en una mujer... ¡que no era yo!

Capítulo 2 Habitación equivocada

Punto de vista de Lottie

"Pensé que volverías hasta más tarde", se atrevió a decir Mike, mirándome como si me hubieran salido dos cabezas y de alguna manera yo fuera la que estuviera cometiendo una fechoría.

"¡Me queda claro!", escupí, caminando hacia el armario, de donde saqué mi bolsa de viaje, que comencé a llenar con mis pertenencias agresivamente.

"Nena... Vamos...", soltó él, teniendo la desfachatez de sonar dolido. A través del espejo, clavé mis ojos en su reflejo; Sage brillaba en mis pupilas gélidas.

"Perdón, ¿con quién estás hablando? ¿Conmigo o con ella?", pregunté. Al ver su expresión de desconcierto, continué: "Hace solo dos segundos, te oí llamarla 'Nena'".

Sabía que estaba siendo mezquina y por un apodo, pero tras encontrarlo en nuestra cama, cogiéndose a otra tipa, sentí que me había ganado el derecho de ser un poco infantil.

"No, te equivocas", me dijo, restándole importancia al asunto.

Yo me di la vuelta y lo fulminé con la mirada.

"¡¿De verdad está intentando hacerme sentir que me estoy volviendo loca?!", le murmuré a Sage.

"¡Siempre dije que era un imbécil estúpido!", se rio amargamente mi loba. "¿Quieres que le arranque el pene de un mordisco?", preguntó casualmente, haciéndome sonreír a pesar del trauma que recorría mi cuerpo. Aunque Mike y yo no éramos compañeros predestinados, yo lo... amaba. Y su traición me dolía.

"¡Como quieras, nena!", grité, repitiendo lo que lo había oído decir hacía menos de dos minutos a la puta que estaba en su cama... ¡Nuestra cama!

"No es lo que parece, te lo juro".

"¿Ah, sí?", repliqué, poniendo los ojos en blanco antes de clavar los ojos en la mujer que se encontraba envuelta en la sábana con timidez. "¿Se resbaló y aterrizó accidentalmente en tu vagina?".

Al ver que intentaba escabullirse de la cama, sacudí la cabeza y espeté: "¡Quédate! ¡Es todo tuyo!".

Acto seguido, metí en mi maleta de mano todo lo que estaba a mi alcance.

"Charlotte, vamos", insistió Mike, levantándose de la cama, desnudo y sin vergüenza. "El trabajo ha sido duro últimamente, y bueno...".

Antes de que terminara la frase, supe que de alguna manera me echaría la culpa, al igual que sabía que le daría un puñetazo en la cara en los próximos treinta segundos.

"Has engordado un poco y ya no te arreglas para mí", dijo, pegando su cuerpo contra mi espalda.

Me tensé por la ironía, dado el encaje azul que llevaba debajo del vestido. Agarré mi maquillaje y lo metí de golpe junto con el resto de mis cosas. Luego cerré mi bolso con manos temblorosas y traté de mantener la calma, mientras él continuaba.

"Podrías esforzarte un poco más para seducirme. Así no tendría que buscar en otra parte".

Yo me giré sin importarme su agarre, eché el puño hacia atrás y, sin previo aviso, le metí un golpe en el ojo; la satisfacción me invadió al oír que se rompía el frágil hueso de su nariz. La sangre salpicó mi vestido y yo contemplé al hombre, asombrada, antes de soltar una carcajada cargada de incredulidad. Los insultos y gemidos de Mike apenas se oían por encima del sonido de mi sangre corriendo por mi cuerpo.

"Sí, hemos terminado", declaré con decisión y el gruñido que mi loba soltó cuando él intentó agarrarme del codo le dio más peso a mi afirmación.

"Nena...", murmuró mi ex, arrepintiéndose al segundo en que mis ojos brillaron con el azul frío de los iris de Sage, quien había tomado el control.

Antes de que el canalla pudiera jadear, mi loba impartió su justicia. Lo noqueó, y su cuerpo se precipitó hacia atrás y cayó al suelo. El tipo estaba flácido y parecía un pretzel, con sus extremidades y ego magullado.

"¡Cuando se despierte, dile que se mantenga alejado de Lottie!", le gruñó Sage a la temblorosa mujer loba, que asintió, paralizada por el miedo.

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"Otro", pedí, golpeando el borde de mi vaso vacío.

El apuesto camarero nos miró a Lilly y a mí, con preocupación. Al parecer, nuestros padres lo ponían nervioso.

"Acabo de encontrar a mi novio cogiéndose a otra; creo que hace falta otra copa, ¿no crees?", solté, alzando una ceja e ignorando el suspiro de Lilly.

Al ver al empleado llenando mi vaso de mala gana, curvé mis labios en una sonrisa.

"¡Gracias!", hipé, tomando la bebida. Luego, alcé mi copa hacia mi amiga y sonreí. Las dos estallamos en risitas infantiles, mientras el empleado se alejaba, sacudiendo la cabeza para demostrar que no estaba impresionado.

Lilly me recogió en cuanto salí de mi apartamento, me dio pañuelos y me dejó desahogar mi ira; me había pasado las últimas horas embriagándome, bailando y tratando de olvidar mi desamor. Pero al ver a mi mejor amiga contemplando su celular con el ceño fruncido, supe que la noche había terminado.

"Charlotte, tengo que irme a dormir", declaró; solo usaba mi nombre completo cuando intentaba ponerse seria. "Mañana tengo que estar perfecta". Con una sonrisa, me levantó de mi silla y me dijo: "Es hora de irnos a casa".

"No puedo... Yo... No puedo volver allí... ¡Él está allí!", balbuceé, girando sobre mis piernas tambaleantes. Mirándola con impotencia, levanté dramáticamente mis brazos en el aire y pedí: "¡¿Puedo quedarme en tu casa, por favor?!".

"Sí, ¡pero te juro que si roncas te mato!", respondió ella entre risas, empujándome hacia la puerta.

Veinte minutos más tarde, llegamos a la casa de la manada; Lilly le pagó al conductor y me empujó a través de las puertas con un gemido.

"Iré a buscar agua; ¡tú sube!", me dijo entre risas, haciéndome señas para que subiera las escaleras, antes de desaparecer en la cocina.

Sentí que me tardé una eternidad hasta que llegué a su habitación; empujé la puerta y me detuve, mirando alrededor de la recámara.

"No creo haber visto nunca este lugar tan ordenado", comenté con una carcajada, quitándome el vestido por encima de la cabeza, mientras gemía, pues me había dado cuenta de que dejé mi bolso abajo.

Tiré el vestido a un lado, y alisé con mis manos la lencería que mi amiga me había dado, antes de caminar por la habitación. Tomé un portarretratos con una imagen del hermano mayor de Lilly de pie. Orgulloso, tenía su brazo entrelazado con el de su padre y sonreía a la cámara, sin preocupaciones. Esa imagen había sido tomada el día de su graduación. Lo recordaba bien, pues me había hecho llamarlo amo todo el día.

"¡Imbécil!", gemí, colocando la foto boca abajo, pues no quería que sus ojos estuvieran sobre mí mientras dormía.

"¡Parece que esta lencería tendrá acción esta noche!", me reí amargamente mientras me miraba en el espejo de cuerpo entero, pensando en lo diferente que podría haber transcurrido la velada.

Las crueles palabras de Mike sobre mi peso estaban acabando con la poca confianza que tenía. Los hermanos de Lilly me habían hecho la vida imposible mientras crecía hasta que se fueron a entrenar hacía unos años, así que estaba acostumbrada a ser el blanco de las bromas, a que se burlaran de mí y me provocaran, pero las palabras de esa tarde me habían lastimado, pues venían de mi ex.

Inhalé profundamente y me quedé paralizada al escuchar el sonio del agua corriendo. Había dejado a Lilly abajo. Entonces, ¿quién se había colado mientras yo caminaba por su cuarto?

Empujé la puerta del baño y me quedé paralizada; a través del panel de cristal de la ducha, vi al hermano de Lilly de pie, con la mano apoyada contra la pared de azulejos de mármol. Tenía los nudillos blancos por la presión y una complexión más musculosa que cuando se fue. Además, su cuerpo estaba cubierto de tatuajes, que mis ojos recorrieron con vértigo. Me tensé al ver su mano tatuada agarrando su grueso y duro miembro. Fácilmente eran treinta centímetros de puro placer.

Inhalé profundamente y mis ojos se clavaron en su pene mientras él movía su mano de arriba abajo, dándose placer en lo que yo sabía que debía ser un momento privado.

"¡O te unes a mí o te vas!", graznó, mirándome por encima del hombro.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron, sentí como si me hubieran dado un puñetazo de la nada, y caí de rodillas. A la distancia, oí el grito de pánico de Knox; su preocupación era genuina, no una risa. ¿Pero por qué?

Estaba muy confundida y, lo siguiente que supe fue que todo se volvía negro.

Capítulo 3 ¡Suplícame!

Punto de vista de Lottie

Recuerdos lejanos del baile anual de la manada pasaron por mi mente. Lilly y yo debíamos ir, pues habíamos alcanzado la mayoría de edad; esperábamos que los gemelos intentaran sabotear la velada. Sin embargo, no fue así. De hecho, parecían igual de desinteresados en nuestros planes como en sus tareas diarias.

Mi amiga y yo asumimos que era porque nuestros padres habían insistido en que asistiéramos, y ellos tenían un rango superior al de los gemelos. Sabíamos que a los chicos eso los irritaba.

El joven del que estaba enamorada en la escuela me había invitado a ser su cita, ¡así que estaba increíblemente emocionada! Me esforcé al máximo e hice que me peinaran, maquillaran y me pusieran uñas. Además, yo trabajé horas extras para ahorrar y comprarme un vestido. Me había costado una pequeña fortuna, pero valió la pena, pues por primera vez, ¡me sentía hermosa!

Mi cita me trató como a una reina, algo a lo que no estaba acostumbrada. A los gemelos les gustaba controlar todo lo que Lilly y yo hacíamos dentro de los muros de la casa de la manada, pero esa vez no se habían opuesto a que yo asistiera a la gala con un lobo joven. Pensé que, por fin, me habían concedido un poco de libertad.

Él y yo bailamos y reímos, ¡y pensé que me besaría! No quería que la noche terminara. Fue la velada perfecta, hasta que descubrí a los gemelos riéndose de lo desesperada y patética que era y de cómo no podían creer que yo de verdad le gustara a alguien. Al final resultó que ellos le habían pagado al chico para que saliera conmigo; incluso en mi recién descubierta libertad, habían movido los hilos para mantenerme bajo su control.

Incapaz de soportar más, me di la vuelta para irme y me encontré con otros compañeros de clase grabándome, riéndose de mí y de mis lágrimas. No pasó mucho tiempo antes de que el video terminara en redes sociales y se difundiera como la pólvora, ¡convirtiéndome en el hazmerreír de la manada!

Nunca había entendido por qué los hermanos de mi mejor amiga estaban tan obsesionados con lo que yo hacía. Entendía que la protegieran a ella, ¡pero yo no era su pariente! ¡Y su comportamiento era injustificado!

Intenté hablar con mi padre al respecto, pero desde que mi madre murió, él se había desconectado de mí, dejándome al cuidado de la Luna Luisa; su única preocupación era la manada y mantenerla a salvo. Y yo no podía ir con ella y quejarme de que sus preciosos hijos estaban volviendo mi vida un infierno, así que no tuve más remedio que aguantarme y callarme.

Solo cuando se marcharon a los dieciséis años, mi vida se volvió un poco más fácil. Por fin conocí la paz, la amistad, la diversión y, en algún punto intermedio, a Mike.

Abrí los ojos lentamente. Los recuerdos se desvanecieron y fueron reemplazados por el rostro preocupado de Knox, que me miraba con tanta calidez que se me revolvió el estómago. Me acariciaba suavemente la mejilla, mientras el alivio se extendía por su rostro.

"¡Quítame la mano de encima!", siseé, apartándolo con agresividad, con la mirada fija en sus pupilas azul hielo. Me obligué a ignorar el atisbo de dolor que cruzó su expresión.

"Tranquila, nena, déjame revisarte. Te golpeaste fuerte la cabeza", me dijo, y abrí los ojos de par en par, por la incredulidad que me causó su sinceridad.

"¡Quita tu pin... mano de mí antes de que te la arranque de un mordisco!", espeté, cerrando la boca de golpe y sintiendo el ligero roce de sus dedos en mis labios.

"Tienes una boca muy sucia, ¿lo sabes?", me dijo él, con el ceño fruncido, mientras contemplaba fijamente mis labios. De repente, se pasó la lengua por los suyos, con una expresión de necesidad que me hizo sentir incómoda.

"¡Debería darte una lección!", murmuró, y una sonrisa burlona se extendió por su rostro al ver la sorpresa que se apoderó del mío.

"¡Eres repugnante!", escupí, levantándome y mirando a mi alrededor. Mi confusión aumentó al darme cuenta de que no estaba en el suelo, sino acostada en la cama, con Knox a mi lado.

Al parecer, me había cargado y cuidado, pero por más que lo intentaba, no podía entender por qué. Lo aparté de un empujón e intenté saltarlo. Sin embargo, él me agarró de la cintura y me inmovilizó cuando estaba a medio camino de su torso.

"Tengo que admitir que has cambiado mucho", dijo con una sonrisa, mientras sus dedos recorrían la suave tela de mi nueva lencería. Ese era el conjunto que había usado para Mike. "No eres la mocosa quejumbrosa que dejé atrás, ¿eh?", agregó y como respuesta lo empujé con fuerza del pecho, haciendo que mi largo cabello rubio platinado se soltara, enmarcando mi rostro en un halo de blancura resplandeciente.

"¡Pareces un ángel!", susurró sin aliento.

Yo lo miré con asco. Recorrí con la mirada su fuerte mandíbula, en la que crecía una ligera barba rubia oscura que se extendía por su cuello. Su pecho estaba cubierto de tatuajes oscuros que se arremolinaban bajo mis dedos, ahora posados sobre una dura pared de músculo. Lo siguiente que supe fue que sus manos se cerraban sobre mi cintura, para bajarme a su regazo. Separé mis piernas por inercia para acomodarme a su gran torso.

No quería admitir que él también había cambiado; se había convertido en un hombre guapísimo.

"¡Y musculoso!", añadió Sage en mi cabeza, devolviéndome a la realidad.

Ignorando el comentario lujurioso de mi loba con un gemido, cubrí las manos del hombre, que frotaba mis costados, y espeté: "En serio, ¡deja de tocarme!". Apartando sus manos con un bufido, gruñí: "¡Pendejo!".

"Hmm, sí, soy un pendejo que solo piensa con el pene... ¿Quieres verlo?", me provocó, y sus manos volvieron a mis caderas con una velocidad sobrenatural.

"¡Sí, quiero verlo!", ronroneó Sage con entusiasmo.

"¡En serio! ¿Recuerdas toda la mierda por la que nos hizo pasar?", espeté, tratando de apartarme de su agarre mientras me deslizaba por el cuerpo del hombre, presionando contra mí una dureza que no esperaba.

"¡Dioses!", jadeé, al sentir su sólida erección rozar mi sexo.

"¡Mierda!", gimió Knox, clavando sus dedos con fuerza en mis costados, mientras me sujetaba en contra su cuerpo.

Luego, comenzó a mover sus caderas de arriba abajo para rozar mi entrada empapada. Al parecer, mi vagina era tan puta como mi loba.

"¡Un body bierto de la entrepierna!", exclamó, sonriendo con suficiencia. "¡Al parecer, no eres tan inocente como pareces!".

"¡Ugh!", gruñí, tratando de levantarme de él, pero sus dedos se clavaron con fuerza en mi cadera, obligándome a frotarme contra su pene de nuevo. Me hizo gritar, mientras mi sexo se contraía por la necesidad, pues amaba la sensación de placer mezclada con dolor.

"¡Niégalo todo lo que quieras, pero puedo sentir que ya estás empapada!", susurró él. Luego, para demostrar su punto, empujó sus caderas contra mí de nuevo, enviando otra ráfaga de placer que recorrió mi cuerpo, bañando mis rasgos en un brillo lujurioso.

"¡¿Tú?!", bufé. "¿Por qué querría a alguien que pasó años haciéndome sentir insignificante?", siseé entre dientes, con la sangre hirviéndome.

El dolor que instantáneamente se reflejó en su rostro hizo que mi estómago anhelara calmar la culpa que veía reflejada en su ceño fruncido. Sin embargo, este desapareció tan rápido como llegó, antes de que su habitual máscara de descaro volviera a su lugar.

"Bueno, dame una hora; ¡te prometo que te haré sentir como la reina que eres!", exhaló.

"¡Knox, permíteme dejarte algo bien claro! ¡No te quiero!".

"¡Mentirosa, te va a crecer la nariz!", me confrontó mi loba, haciendo que me estremeciera. "¡Quieres besarlo, tocarlo y montarlo!", me provocó una y otra vez.

"¡Vete a la mierda!", le rugí.

"¡Nadie se enterará! ¡Solo hazlo! ¡O lo haré yo!", declaró mi loba, sin rastro de la diversión que había mostrado segundos antes.

"¿En serio? ¡Sage parece dispuesta!", comentó el hombre, sonriendo con picardía y lamiéndose los labios. "El aroma que ella desprende... ¡dice lo contrario!", prosiguió, impulsado sus caderas hacia arriba, para que su erección chocara con mi sexo.

Solté un ronroneo, mientras mi loba luchaba por mantener el control.

"¡Es una puta!", declaré, enfadada por la traición de Sage.

"Mmm, ¿mi puta?", sondeó él, con una sonrisa radiante. Acto seguido, deslizó sus manos por mi espalda. Una se enredó en mi largo cabello rubio para tirar de mi cabeza hacia atrás, mientras la otra agarraba con más fuerza mis caderas. Luego, recorrió con su sólida verga los labios de mi empapada vagina. Estaba a milímetros de mi entrada y solo hacía falta un simple empujón de sus caderas para que me penetrara; sin embargo, estaba esperando a que yo le diera mi consentimiento.

"¡Como si a él alguna vez le hubiera importado un carajo lo que yo quería!", le gruñí a Sage, que seguía luchando conmigo por el control.

¡Esos dos podían irse a la chingada si creían que yo era tan fácil de manipular!

"¡Qué atrevido de tu parte suponer que cederé tan fácilmente!", declaré. Imitando la misma sonrisa arrogante que él acababa de mostrar, lo desafié: "¡Suplícame, Knox!".

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