EMILIANA
3 años después
-¡Cora Hazel! ¡Vuelve aquí! Sabes que no caminamos cerca de la calle sin la mano de mami.
-Mami-. Cora me pone una carita de puchero que me derrite el corazón. En este momento veo tanto de Breyner en ella. Sus ojos son como los de él, lo sé porque los tengo memorizados. Un remolino de marrón con toques de verde, pero no son solo sus ojos. Su pelo es un tono más claro que su largo pelo castaño oscuro. Lo tenía un poco demasiado largo, no lo suficiente como para que tuviera que cortárselo todavía, pero sí para que yo pudiera agarrarme a él mientras se movía dentro de mí.
Sin embargo, Cora tenía mis rasgos. Todo el mundo dice que tenemos la misma nariz y la misma barbilla.
-No pasa nada, pequeña, ten cuidado. Solo quiero que estés a salvo-. Hoy vamos a ir al zoológico de Houston, ya tiene pasión por los animales con solo 3 años. Lleva ya un mes pidiendo un cachorro y solo quiero esperar a que sea un poco mayor, y necesito encontrar un buen criador. Crecí con golden retrievers y me encantaban, tienen un temperamento tan tranquilo que es perfecto para los niños.
Mientras nos dirigimos a la entrada, Cora apenas puede contener su emoción. No puedo evitar preguntarme qué pensaría Breyner de ella. ¿Estaría tan pegado a sus deditos como yo? Ella es dueña de mi corazón y hago todo lo que puedo para que su vida sea lo mejor posible.
Intento pasar el mayor tiempo posible con ella y mi madre, o como la llama Cora, "la abuela Jo", la cuida mientras estoy en el trabajo.
En cuanto me enteré de que estaba embarazada, supe que tenía que tomarme unas vacaciones después de dar a luz. Trabajo como neurocirujana pediátrica en uno de los mejores hospitales de Texas. Me encanta mi trabajo, me gustaría no estar tanto tiempo lejos de Cora, pero me encanta poder ayudar a estos niños y a sus familias en el peor momento de sus vidas.
Me tomé un año sabático, luego volví y a veces sigue siendo una lucha, pero mi familia me ayuda mucho. Suelo trabajar de 9 de la mañana a 5 de la tarde, de lunes a viernes, y esto me facilitará las cosas cuando Cora empiece el colegio.
Pago una entrada de adulto y otra de niño, y cogemos un mapa.
-¿Qué quieres ver primero, Cora? ¿El tigre o el elefante?
-¡El tigre!- Ella suelta una risita, y el sonido me hace sonreír como una loca, pero no me importa. No hay nada mejor que escuchar reír a tu hija.
Paseamos por el zoológico durante horas, mirando a todos los animales y decidiendo nuestros favoritos, hasta las 2. Llegamos a las 10 y mi niña parece agotada. Ya ha pasado un poco la hora de la siesta, pero me imagino que podrá dormir de camino a casa.
-Cariño, ¿qué te parece si vamos a comer algo y luego a casa?-. Asiente con la cabeza y me coge de la mano. Caminamos despacio hacia la salida, eso es algo que aprendes como madre, además de que cuando ellos duermen tú duermes, tu ritmo tiene que coincidir con el de tu hijo. Si quieren caminar despacio, entonces tienes que caminar despacio; si quieren correr, bueno, esperemos que hayas traído tus Nikes.
Llegamos al coche y abrocho a Cora en su sillita, le encanta. Te juro que cuando la compramos la dejé elegir la que quería. No lo dudó ni un segundo, enseguida señaló la rosa y, bueno, aquí estamos con la rosa. Enciendo el reproductor de vídeo de atrás y empieza a sonar lo que creo que es Cenicienta. A Cora le encantan las películas de Disney, las ha visto todas varias veces.
Conduzco hasta una cafetería a la que solía ir a comer a veces. Es fácil y tiene comida que sé que Cora comerá, como macarrones con queso. Tengo suerte cuando llegamos al aparcamiento y un señor mayor está aparcando cerca de la puerta. Aparcamos, salgo de un salto y le quito el cinturón a Cora.
Está a punto de dormirse y me alegro de que el trayecto haya sido corto, cinco minutos más y la habría despertado del sueño.
Entramos y está lleno, lo que no es de extrañar porque es sábado, que siempre ha sido su día más ajetreado. Afortunadamente, son rápidos y somos las siguientes en el mostrador.
-Hola, ¿qué le sirvo hoy?-. La camarera es joven, probablemente una estudiante universitaria, pero parece joven y brillante.
-Me gustaría un panini italiano y un pedido de macarrones con queso-. Cora levanta los brazos, señal de que quiere que la levante. La cojo por debajo de los brazos y la subo a mi cadera.
-¿Eso es todo por hoy?
-Sí, gracias. Cora apoya la cabeza en mi hombro e intenta contener el bostezo, pero me doy cuenta de que está agotada por el zoológico.
-Son 17,39 dólares. ¿Efectivo o tarjeta?
-Tarjeta-. Saco mi Visa de la funda del móvil y se la doy.
-Vale, aquí tiene el recibo, espere ahí abajo y le llamaremos para pedir-. La joven camarera me devuelve la tarjeta y el recibo. Vuelvo a guardar la tarjeta en la funda del móvil y el recibo en el bolsillo trasero. Luego bajo al mostrador a esperar. Es entonces cuando le veo. Sentado en una cabina con un ordenador tecleando. No tiene ni idea de que tengo a su hija en la cadera a punto de dormirse, ni de que existe.
BREYNER
Hago clic en "Enviar" y suspiro. Mi vida es un caos ahora mismo. La semana pasada, mi madre convirtió la cena del sábado por la noche en una intervención para los nietos. Sí, hablo en serio. Mi hermana es tres años más joven y se acaba de casar, así que mi madre asume que tengo que ponerme a ello. Entonces, mi coche se averió de camino al hospital el jueves. Tuve que llamar a un taxi y dejarlo hasta que llegó la AAA para remolcarlo hasta el taller. Para colmo, no había terminado las notas de los pacientes de esta semana, así que aquí estoy, en mi día libre, terminándolas.
Me paso las manos por el pelo y respiro hondo. Pienso en ella. Emiliana. Ha sido el mejor sexo de mi vida. Demonios, la mejor noche de mi vida. Ojalá no se me hubiera escapado. Iba a preguntarle su apellido y su número porque la noche anterior había estado demasiado borracho y había sido demasiado estúpido como para preguntarle, algo que nunca me había preocupado antes de Emiliana. Quería volver a verla, y no sólo de forma física. Entonces, me desperté con las sábanas frías y la cama vacía.
Han pasado casi cuatro años y sigo pensando en ella. Abro los ojos y veo un mechón de pelo castaño al otro lado del café. Es ella, es realmente ella.
Es casi como si mi cerebro la hubiera conjurado. Parpadeo dos veces para asegurarme de que no estoy alucinando; diablos, últimamente no he dormido lo suficiente, quizás sea así.
No, es real y está aquí. Es tan guapa como la recordaba. Pelo largo color chocolate con leche y esos ojos dorados. Y hay una niña pequeña en su cadera. Me mira un poco raro, ¿quizás está nerviosa? Hace tiempo que no nos vemos, pero no consigo ubicar la mirada.
Empieza a caminar hacia mí y le hago una pequeña sonrisa, mostrándole que me acuerdo de ella. Cuando llega a mi mesa, le hago señas para que se siente. Se sienta y coloca a la niña en su regazo.
-Hola, Emiliana. -Sigue con esa expresión extraña, pero intento concentrarme en hablar con claridad.
-Hola, Breyner. Umm, tengo algo que decirte. -¿Algo que decirme? No tengo ni idea de qué puede estar hablando.
-Vale, ¿de qué se trata? -Mi voz es un poco temblorosa en su presencia.
-Panini italiano y un pedido de macarrones con queso. -El chico del mostrador anuncia el pedido y mira a su alrededor.
-Lo siento, eso es mío, ahora vuelvo. -Frunzo el ceño mientras Emiliana se levanta y tiende la mano a la niña, que la sigue. Coge la bolsa para llevar y camina hacia mí. La niña es igualita a ella, me da envidia el hombre que consiguió hacer un hijo con ella. ¿Significa eso que está casada? ¿Tiene otros hijos con él? La rabia llena mi sangre al pensar que ella pertenece a otra persona.
-En realidad, tengo que irme, ¿podrías darme tu número y podríamos ir a tomar un café para hablar de ello? -Me tiende el teléfono y añado mis datos.
-Gracias, Breyner. Organizaré algo pronto.
-No hay problema, ¿debería preocuparme? Sobre lo que tienes que decirme.
-No... no lo creo. -Sus manos tiemblan ligeramente cuando coge el teléfono de mi mano extendida.
-Vale, adiós, Emiliana.
-Adiós. -La saludo torpemente con la mano mientras sale por la puerta. Qué raro. No esperaba volver a verla y menos con la necesidad de decirme algo. Me pregunto qué será.
Lo medito un minuto más, pero me doy cuenta de que tengo que ir al gimnasio.
Hacer ejercicio siempre me despeja la mente, que es sin duda lo que necesito ahora.
Llego a mi gimnasio al mismo tiempo que mi amigo Henry, crecimos juntos y ahora no tenemos tanto tiempo para reunirnos, pero vamos a tomar algo y hacemos ejercicio juntos. Volvemos a los vestuarios y nos cambiamos, luego nos dirigimos a donde están colocadas las pesas de mano.
-¿Qué te pasa? Estás raro. -Lo sabe todo sobre Emiliana y esa noche, así que supongo que debería contárselo.
-Me encontré con Emiliana. -Sus ojos se abren un poco y se queda con la boca abierta un segundo.
-Y me dijo que tenía que contarme algo, pero que tenía que irse, así que cogió mi número y se fue. Ah, y tenía una niña pequeña con ella.
-¿En serio, tío? ¿Emiliana como la Emiliana que se escabulló de tu casa?
-Sí. -De repente siento la garganta como el desierto y trago saliva.
-Vaya.
-¿Te apetece tomar algo conmigo después de esto?
-Claro. -Por su mirada, sé que sabe que no quiero hablar de ello, así que lo deja estar.
Levantamos pesas durante dos horas y luego nos duchamos en los vestuarios.
-¿Nos vemos en el bar a la vuelta de la esquina? -Henry pregunta.
-Sí, tú pagas.
-Vale. -Refunfuña, pero los dos sabemos que yo he tenido un día más mierda que él.
Llegamos al bar y pedimos una botella de cerveza cada uno.
-¿Quieres hablar de ello o beber? -Sabe que me he emborrachado por Emiliana más de una vez, pero antes de hoy no la había vuelto a ver. No había visto lo guapa que estaba hoy. O cómo su cuerpo se veía aún mejor que esa noche. Ella es mucho más baja que mi 1,90, probablemente alrededor de 1,70, pero encajaba perfectamente a mi lado. Es la mezcla perfecta de curvas y músculos. Y no he sacado la imagen de ella desnuda de mi mente en casi cuatro años.
-Bebe. -Me hace un leve gesto con la cabeza y nos pide otra ronda.
EMILIANA
Llevo paseándome por el salón desde que metí a Cora en su cama de niña grande. Se quedó dormida en el coche, pero por suerte tiene un sueño lo bastante profundo como para que pueda llevarla a la cama sin que se despierte. Miro la alfombra y veo un camino desgastado en ella.
Cojo el teléfono y marco el número de mi madre. Solo suena una vez antes de que su reconfortante voz llene mis oídos.
-Hola Emiliana, ¿qué tal el zoológico? - Cora llevaba una semana hablando del viaje, así que no me sorprende que mamá lo supiera.
-Estuvo bien, pero te llamo porque fuimos a esa cafetería junto al hospital y Breyner estaba allí. - Su jadeo es audible a través del teléfono. No sabe mucho de lo que pasó, pero conoce lo básico. Ella y papá me han apoyado desde que les dije que estaba embarazada, aunque no estoy casada y Cora ni siquiera conoce a su padre.
-¿Y? ¿Él lo sabe? - me pregunta cuando recupera la cordura.
-No. Le pedí su número y le dije que tenía que contarle algo, pero luego salí corriendo. Dios, probablemente piense que estoy loca. - ¿Cómo no? No me ha visto en casi cuatro años y le digo que tengo algo que discutir y salgo corriendo por la puerta.
-¿Lo has llamado? Podemos llevar a Cora mañana, así puedes hablar con él.
-No, pero muchas gracias, mamá. Le preguntaré lo de mañana cuando llame. ¿Qué haría yo sin ti?
-¡No te preocupes! Nos encanta pasar tiempo con Cora y como tu hermano no me dará nietos, ¡aprovecharé todo el tiempo que pueda con Cora!
-Gracias mamá. Tengo que llamarle mientras Cora sigue durmiendo la siesta, hablamos luego ¿vale? Te quiero.
-¡Yo también te quiero! Adiós.
Después de colgar con mamá, busco su nombre. Breyner Thompson. Eso le queda bien, si lo hubiera sabido hace cuatro años. Pulso el botón de llamada y suena. Al cuarto timbrazo, descuelga.
-¿Hola? - Su voz profunda y grave suena un poco apagada.
-Soy Emiliana. - le digo.
-Emiliana, preciosa Emiliana. ¿Qué estás haciendo? - Y ahora sé por qué sonaba apagado, está borracho o bastante lejos en su camino.
-Me preguntaba si estarás ocupado mañana. Podemos hablar entonces, si estás libre. - Trato de sonar calmada, pero sé que estoy fallando. Con suerte, está demasiado borracho para darse cuenta.
-Uhhhh, sí claro que funciona. ¿El mismo café? - Oigo a un tipo hablando de fondo, así que probablemente esté en algún bar.
-Vale, ¿a mediodía? - Espero que se le haya pasado la resaca para entonces. No creo que la noticia de que tiene un hijo de tres años caiga bien, y que esté de resaca no ayudará.
-Sí, allí estaré. - Entonces me cuelga.
No es lo que esperaba, pero podría ser peor. Sólo espero que sea el tipo de hombre que quiera ser un buen padre para Cora. La quiero con todo lo que hay en mí y quiero protegerla, pero tiene derecho a conocer a su padre. Y tal vez no sea solo porque es su padre, he soñado con Breyner durante años. Esos sueños ciertamente no eran sueños paternales.
Los piececitos de Cora se deslizan por el pasillo y sé que ha terminado la siesta.
Jugamos unas horas y luego empiezo a preparar la cena mientras ella termina la película que ha visto en el coche. Caliento el agua en la olla, abro el bote de salsa, lo echo en otra olla y la pongo al fuego. Cuando el agua hierve, echo suficientes fideos para que Cora y yo tengamos sobras mañana. No tarda mucho en estar hecho y cenamos.
-¡Mamá pasketti! - Todavía le cuesta pronunciar algunas cosas, pero es tan adorable.
-Sí, cariño, son espaguetis. - Prácticamente lo inhala y yo solo pienso en mañana, ¿cómo se lo tomará? Esa noche, cuando mi cabeza golpea la almohada, sueño con nuestra única noche juntos. Todas mis experiencias hasta él fueron geniales, o eso creía, pero esa noche ni siquiera estaba en el mismo universo que mis tiempos antes de Breyner. Era tan fuerte, pero suave y su cuerpo sabía exactamente qué hacer. Me duermo pensando en él y en su sonrisita.
*
Me despierto cuando siento que Cora se desliza en la cama a mi lado. Miro el reloj y veo que ya son las diez. Mierda. Tengo que levantarme, nunca duermo hasta tan tarde.
-Cora, tenemos que prepararnos, mamá tiene que ir a hablar con alguien, ¡así que vas a pasar unas horas con la abuela Jo!
-¡Sí! ¡Vale, me vestiré! - Esa niña saca lo mejor de cualquier cosa.
Nos preparamos a toda prisa y la subo al coche. Cuando llego a casa de papá y mamá, la desabrocho y entro con ella.
-Vale, pequeña, volveré dentro de unas horas. Diviértete con la abuela. Te quiero mucho. Gracias mamá.
-Adiós Emiliana, buena suerte.
Cierro la puerta tras de mí mientras espero que esta sea la decisión correcta. ¿Y si no la quiere? ¿Y si no me cree? ¿Y si intenta quitármela? ¿Y si tiene familia?
Sacudo la cabeza y me aclaro las ideas. Tiene derecho a saberlo.
El trayecto hasta Houston no es nada emocionante, cuando llego a la cafetería, son las 10 del mediodía, así que cojo un café y me siento en una cabina. Irónicamente, la misma que ayer.
Él entra unos minutos después, con cara de muerto. Mira a su alrededor y me ve, así que se acerca.
-Hola. - Se frota la sien y me mira.
-Oye, perdona por lo que dije ayer por teléfono. Estaba un poco borracho, así que no me acuerdo. - Me río ligeramente.
-En realidad no dijiste mucho. Pero si no te importa, ¿podemos empezar? - Asiente.
-Cuando me fui no me fijé mucho y no sabía tu apellido, así que no sabía cómo contactar contigo, pero me quedé embarazada de nuestra noche y tenemos una niña. - Se le cae la mandíbula y se me queda mirando. La expresión de asombro en su rostro es sorprendente y tarda unos instantes en recuperar la compostura.
-Yo... ¿qué?... ¿Puedes repetirlo? - Asiento levemente con la cabeza.
-No había estado con nadie antes de nuestra noche y unas semanas después me puse enferma, así que me hice un test de embarazo y dio positivo. Tenemos una niña de tres años. La llamé Cora y la viste ayer. Sé que usamos protección, pero te prometo que es tuya. Podemos hacer una prueba de paternidad si quieres, pero te juro que lo es. - Asiente despacio, pero sigue sorprendido.
-¿Tienes alguna foto? No pude verla bien ayer.
-Sí. - Le doy mi teléfono y le enseño la foto que hicimos ayer en el zoológico. Conseguí que una pareja se detuviera y nos tomara unas cuantas. Yo estoy de pie y ella está apoyada en mi cadera y sonríe alegremente.
Esto podría haber ido peor, aún no ha exigido pruebas. O dijo que no quería tener nada que ver con ella. O me ha echado la culpa a mí.