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La princesa de repuesto

La princesa de repuesto

Autor: : Marisol FR
Género: Otros
Miriam y Jade son hijas mellizas de la reina Abigail y, debido a que la monarca desapareció en misteriosas circunstancias, la corte otorga a Miriam los derechos necesarios para mantener el control sobre la nación. Sin embargo, la joven fallece al dar a luz a su primogénita, por lo que a Jade le dan el título de regente para estar al mando por un tiempo limitado. Teniendo una sobrina que cuidar, la princesa Jade debe lidiar con varios obstáculos. Y es capaz de todo para ganar su lugar como la legítima reina del reino del Norte.

Capítulo 1 El nacimiento de la heredera

- ¡Es una niña! ¡Ha nacido la futura reina!

Los médicos y enfermeros estaban felices de lograr un nacimiento de éxito. El proceso de parto de la princesa Miriam duró largas horas, debido a que surgieron complicaciones causadas por su frágil salud y su pequeño cuerpo.

La bebé pesaba alrededor de cuatro kilos, lo cual era demasiado para la constitución física de la joven princesa. Debido a eso, perdió sus fuerzas y comenzó a debilitarse gradualmente.

Su esposo, el príncipe Rogelio, estaba más atento a la salud de su mujer que al nacimiento de su hija. Y al notar que los ojos se le cerraban lentamente, llamó al médico real:

- ¡Rápido! ¡Se está yendo!

Pero Miriam, tomándolo de la mano, le dijo con una débil voz:

- No. Déjalo. Ya es... tarde.

- ¡No digas eso, esposa mía! – Sollozó Rogelio - ¿Qué será del reino si te marchas? ¡Por favor, resiste, mi amor!

Uno de los médicos, al ver que los ritmos cardiacos de la princesa Miriam iban disminuyendo, preparó rápidamente el equipo de reanimación para reactivar las pulsaciones del corazón.

- La princesa Leonor será quien herede el trono, cariño – continuó Miriam, ya con apenas un leve susurro a causa de su debilitamiento – Y por eso... amor... te pido que la cuides por mí... hasta que tenga la edad para ser... la reina...

Rogelio siguió sollozando, pero asumió con la cabeza en silencio. Se sentía impotente debido a que solo podía mirarla. Poco a poco, la mano de su esposa lo iba soltando, hasta caer pesadamente al borde de la cama.

- Yo... te... a...

Los ritmos cardiacos se detuvieron y la princesa lanzó su último suspiro. El médico aplicó electricidad en su cuerpo para reanimarla, mientras el príncipe no paraba de llamarla, suplicando que regresara a su lado.

Pero todo fue inútil. La princesa Miriam había muerto.

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La tumba de la princesa se situaba en un terreno al fondo del palacio, donde también enterraron a los reyes y reinas del pasado que estuvieron a la cabeza del reino del Norte por generaciones.

Los nobles, burgueses, plebeyos y demás miembros de la realeza estaban ahí, despidiéndose de quien habría sido la próxima sucesora al trono mientras se debatían sobre lo que le deparaba al futuro de la nación, sin una reina disponible para el mando.

- La princesa Leonor es solo una bebé. ¡Sería un despropósito que la nombraran reina con apenas un par de horas de vida!

- Sí, pero como desapareció la reina Abigail y la princesa Miriam era la mejor opción... ¿Quién más podría ser? Si no fuera porque el rey cayó enfermo, estaríamos más aliviados ¿Acaso solo nos queda... ella?

- ¡No! ¡Ni la menciones! ¡Esa mujer es peor que el diablo!

- ¡No digas eso! Aunque nos duela, debemos admitir que la princesa Jade es la única opción... al menos hasta que la princesa heredera cumpla los dieciocho años tal como lo dicta la ley.

- Serán dieciocho largos años de opresión e infierno. ¡Estoy segura de eso!

Mientras los miembros de la corte discutían entre sí, a unos metros de la tumba se encontraba la princesa Jade, quien llevaba un vestido negro de cuello alto y mangas largas. La joven gozaba de una singular belleza debido a sus largos cabellos negros y enormes ojos color miel. Su hermana melliza, en cambio, era rubia, de piel pálida como la cera de una vela y lucía una expresión gentil que la hacía simpatizar con todo el mundo.

Jade derramó un par de lágrimas mientras contemplaba a su difunta hermana. Ignoró todas las conversaciones malintencionadas de los nobles y procedió a juntar sus manos en señal de rezo, mientras pensaba:

"Desde pequeña, siempre fui la 'princesa de repuesto'. Y todo por haber nacido un par de horas después de mi melliza. Pero les demostraré a todos esos imbéciles de la corte que si soy digna de ocupar el trono y superar, incluso, a mi propia madre. Y sé perfectamente por dónde empezar".

Se acercó al príncipe Rogelio quien, en esos momentos, lloraba a mares sobre el ataúd de su esposa. Lo tomó del hombro para llamar su atención y le dijo:

- Necesito hablar contigo.

Rogelio interrumpió su llanto y siguió a su cuñada.

A pesar de su tristeza, le intrigaba saber qué era lo que quería la princesa Jade de él ya que, durante todo ese tiempo en que vivió en el palacio en calidad de esposo, su cuñada nunca le prestó atención. Incluso, actuaba como si no existiera, porque siempre andaba sumergida en sus propios asuntos. Así es que lo primero que pensó fue que, posiblemente, lo echaría del palacio ya que consideraría que nada lo ataba a ese lugar.

Y, generalmente, el esposo de una princesa o reina casi no entablaba contacto con los hijos que tuvieran en conjunto debido a que su única función era "plantar la semilla correcta". Los niños eran criados por tutores o niñeras especialmente entrenados para educar a los futuros reyes o duques de la nación, sin darles chances de elegir su destino.

Sin embargo, Rogelio era diferente. Él si quería hacerse cargo de la niña y no solo porque fuera su hija, sino porque le prometió a su esposa, en su lecho de muerte, que la protegería con su vida.

Ambos príncipes fueron a una habitación vacía y, ahí, la joven le dijo:

- Estoy consciente de lo perturbado que se encuentra ahora, cuñado. Perder al amor de tu vida ha de ser una de las cosas más dolorosas que puede experimentar el ser humano... o eso me dijeron. Nunca me he enamorado.

- Me apena ver que esté preocupada por mi bienestar, alteza – le dijo Rogelio, de forma apática – pero le juro que sabré recomponerme. Puede que mi mujer ya no esté más en este mundo, pero me dio a cambio un tesoro que deseo conservar hasta que me llegue mi turno de partir a su lado: nuestra hija. Y, por eso, haré lo que sea para permanecer en este palacio. No dejaré que me la aparten de mi lado.

- Lo sé – dijo Jade, mostrando una extraña sonrisa.

Rogelio tragó saliva. La princesa Jade no era de sonreír mucho pero, cuando lo hacía, era simplemente porque estaba tramando algo extraño. Así es que supuso que se valdría de alguna de sus artimañas para someterlo ahí mismo y, de paso, humillarlo por diversión.

Fue por eso que casi se cayó de espaldas cuando ella le dijo:

- Te propongo algo: casémonos.

- ¿Qué?

- Sí. Quiero que nos casemos – repitió Jade, mientras cruzaba sus brazos y lo miraba de una forma muy extraña, como si intentara transmitirle un cariño que para nada sentía por él – ahora mismo, la corte está discutiendo sobre si otorgarme o no el puesto de sucesora al trono. En circunstancias normales, sería mi sobrina quien debiera ocupar ese lugar debido a que forma parte de la línea directa principal de sucesión al trono. Mi madre desapareció y mi padre está enfermo, así es que soy la única opción que les queda – ante eso, su mirada se tornó triste, como si en verdad le doliera perder a sus seres queridos – Admito que tengo un motivo egoísta para esto pero, también, pienso que te convendría aceptar mi propuesta.

- ¿Y en qué me beneficiaría casarme con usted, su alteza? – preguntó Rogelio, achicando los ojos.

Jade bajó los brazos y se acercó lentamente a su cuñado. Luego, le acarició una mejilla y notó que se ponía incómodo ante esa extraña muestra de cariño por su parte.

"¡Lo tengo a mis pies!", pensó Jade, con una sensación triunfante. "Ahora solo queda apuntar hacia su lado débil"

- Si te casas conmigo, mantendrás tu título de príncipe y podrás permanecer en el palacio las veces que quieras. ¿No te emociona eso, querido cuñado? ¿Seguir disfrutando de tus privilegios y, de paso, estar cerca de tu hija?

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Al otro lado del océano, a cientos de kilómetros del reino del Norte, había una pequeña isla donde construyeron una prisión destinada a los nobles y miembros de la realeza condenados por un crimen. La idea era evitar que algún posible aliado los ayudase a escapar para organizar un golpe de estado contra la corona por deseos de venganza.

En esos momentos, solo una persona se encontraba en ese lugar, dentro de una celda, que nadie se molestó en cerrarla porque no había ninguna forma de salir de esa isla sin ser devorada por los tiburones. Ahí yacía una mujer de cabellos canosos, ojos celestes y un vestido que antes era blanco pero que, a falta de lavado, se volvió gris y mugroso con el tiempo.

La mujer rondaba cerca de los sesenta años, o eso creía. Le daba lo mismo tener sesenta o cien debido a que todos los días le eran iguales. Nunca pasaba nada extraordinario.

Un par de guardias recorrieron los pasillos de la prisión. Miraron a la mujer por unos instantes y, luego, continuaron su camino mientras comentaban:

- Se ha relajado mucho, últimamente. Ya no intenta luchar más.

- Bueno, habrá sido duro para ella que su propia hija la traicionara.

- ¡Esa joven es peor que el demonio! Espero que no se le olvide pagarnos lo que nos debe solo para mantener a su madre con vida.

- ¡Sí! ¡Ya me cansé de cuidar de ella! Pero no podemos lanzarla al mar, sabiendo que ella es...

- No hace falta que lo digas en voz alta.

Las voces desaparecieron poco a poco y la prisionera, al estar sola de vuelta, soltó un par de risas de burla. Luego, se levantó, miró por la ventana y se percató de que un pequeño bote se acercaba a la isla.

Normalmente solían traer prisioneros en botes, debido a que había rocas muy filosas que podrían dañar a los barcos que se acercaban demasiado. Pero ese bote no tenía tripulantes más que un joven marinero vestido de azul.

Los guardias de hace un rato se le acercaron, de forma amenazante, mientras lo apuntaban con sus potentes rifles que disparaban rayos láser. Pero el joven visitante les mostró una nota y, tras leerla rápidamente, lo dejaron desembarcar sin impedimentos.

El marinero ingresó a la prisión, sin ser escoltado por ningún guardia. Caminó directo hasta la celda de la prisionera y, una vez que estuvo frente a ella, hizo una reverencia diciéndole:

- Buenos días, su majestad. Vengo de parte de su aliada para sacarla de aquí y brindarle un asilo.

La reina Abigail se levantó. Le llenaba de curiosidad saber el porqué esa persona siquiera se molestaría en ayudarla, siendo que pertenecía a otro reino y tenía sus propios problemas. Pero lo que más le impactó fue que supo que no había fallecido, sino que la capturaron y la retuvieron en esa isla contra su voluntad.

Antes de hacer sus cuestionamientos, el marinero logró disipar parte de sus dudas:

- Una persona que la estima demasiado y cuyo nombre no lo diré aquí, contactó con su aliada para que pueda otorgarte asilo hasta que estés fuera de peligro. La informaré de los detalles por el camino pero, por ahora, le pido que me siga en silencio, majestad.

- En ese caso, lo seguiré, joven marinero – dijo Abigail, recuperando repentinamente sus ánimos – pero lo que me intriga ahora es saber cómo logró sobornar a los guardias de esta isla para que me dejen marchar.

El marinero le mostró una pequeña bolsa, en donde tenía acumulado algunos diamantes. Luego, lo cerró y le respondió:

- Tu hija no les pagó lo suficiente para detenerte y mantenerte con vida en este horrible lugar. A veces solo basta con dar una mejor oferta para hacer cambiar de bando a los desleales que solo se mueven por sus propios intereses. Espero que esté conforme con mi respuesta.

- Estoy conforme. Salgamos de aquí.

Y, sin decir nada más, siguió al marinero hacia su bote para escapar juntos de esa isla del terror.

Capítulo 2 La princesa regente

La corte estaba consternada. No solo porque Jade anunció que se casaría con su cuñado sino que, también, porque éste aceptó su propuesta. Sin embargo, algunos nobles comprendían el porqué el príncipe tomó la decisión, por lo que le demostraron su apoyo. Pero otros tantos, de lenguas pérfidas y corazones negros, decían de él que no quería perder sus privilegios y solo lo hacía para mantenerse dentro del poder.

Al príncipe Rogelio poco o nada le importaban las habladurías, debido a que solo le preocupaba hija. Un par de días después del funeral, él estaba en la habitación de la recién nacida princesa heredera para cuidar personalmente de ella. La pequeña estaba acostada en su cuna hecha de madera pintada de oro, pero no estaba dormida, sino que se la pasaba mirando por los alrededores para conocer su entorno. Su padre, en cambio, se encontraba sentado a un costado, leyéndole algunos cuentos para ayudarla a dormir.

A lo lejos los contemplaba la princesa Jade, a quien la escena le resultaba completamente patética. Sin embargo, no se le ocurrió otra cosa que contraer nupcias con el príncipe para poder aumentar su prestigio en el palacio, logrando así estar cada vez más cerca de ocupar el trono como la legítima reina de la nación.

"Según mis cálculos, es muy probable que me den el puesto de regente", pensó Jade. "Pero será hasta que mi sobrina cumpla la mayoría de edad. Si consigo aliados poderosos dentro de la corte, podré hacer que estos apunten hacia mi favor para que me coronen como la reina. Y casarme con el príncipe Rogelio es el primer paso que debo dar para que el pueblo me vea como una mujer bondadosa, que se ocupa de sus familiares y nunca los dejaría a su suerte".

Se acercó a Rogelio, de espaldas, y le dijo:

- Necesito hablar con mi padre. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, pero recuerda que a las seis vendrá el juez para aprobar nuestra boda.

El hombre giró la cabeza para mirarla y le dijo:

- Descuide, su alteza. Ahí estaré, puntualmente, en la sala de reuniones para casarnos. En verdad le agradezco por todo lo que ha hecho por mí. No entiendo por qué la gente piensa que tiene el corazón corrupto, si ha accedido a tomarme como esposo para evitar que me alejen de mi hija.

Jade sonrió. Se percató de que su cuñado en verdad pensaba que le tuvo misericordia, pero prefirió dejarlo dentro de su inocente alegría. Solo ella sabía lo que en verdad anhelaba y no pensaba revelárselo nunca, para ser ella quien mantuviera el control de la relación.

Salió del dormitorio y se dirigió a los aposentos de su padre, el rey Marco, quien había caído gravemente enfermo tras informarse que su esposa, la reina Abigail, había desaparecido en misteriosas circunstancias. Debido a su frágil salud, se vio forzado a abandonar sus deberes reales para tomar reposo hasta su recuperación.

"Mi padre siempre fue un hombre enfermizo y débil", pensó Jade, mientras caminaba por los pasillos con calma. "Pero no es su culpa. Es porque proviene de las lejanas tierras de la Nación del Sur y fue forzado a venir hasta aquí para casarse con mi madre. Ese país es de clima cálido y vasta vegetación, es normal que alguien como él no logre adaptarse a nuestras tierras frías y rocosas, donde el invierno es eterno y el sol rara vez hace su aparición en el cielo".

Siguió caminando, mientras le venían recuerdos de su infancia. Aunque su padre intentaba dedicarles el tiempo a sus hijas, casi siempre lo recordaba acostado en la cama, siendo atendido por algún enfermero o por su propia esposa para recuperarse pronto.

"El médico real decretó que, lo mejor para él, sería que regresara a su país natal", pensó Jade, cuando ya estaba cerca de la habitación de su padre. "Sí, su pueblo linda con el bosque, le haría bien estar en contacto con la naturaleza, lejos de la vida protocolar del palacio. Pero si eso pasa... ¡No! ¡Él es mi padre! Prometí que lo cuidaría personalmente hasta que se recuperase. Y me aseguraré de que sea por largo tiempo".

Cuando entró a la habitación, vio una escena desoladora. Su padre era un hombre de piel morena, con algunas arrugas que marcaban su rostro y unos ojos negros que carecían de brillo alguno. En esos momentos, un par de enfermeros le estaban colocando el suero mientras que el médico real, con un proyector de imágenes holográficas, estaba manipulando ágilmente unos botones mientras decía:

- Su estado sigue igual, majestad. Aun se encuentra débil para continuar con sus deberes de rey. Por ahora, deja que la corte dictamine lo que le deparará al futuro de la nación, ahora que estamos sin una reina.

- Padre – dijo Jade, cerrando la puerta tras su espalda.

El rey Marco levantó la cabeza y miró a su hija. intentó sonreírle, pero a causa de los dolores del cuerpo solo pudo mostrarle una mueca. Al final, levantó su mano e hizo una señal para que se acercara.

Jade así lo hizo. Se sentó al borde de la cama y tomó la mano de su padre. Éste hizo otra señal, pero con su cabeza, para indicarle al médico y a los enfermeros que se retiraran.

Una vez que se marcharon, el rey le dijo a la princesa:

- Ay, hija mía. Lamento tanto causarte molestias.

- Padre, para mí es un placer cuidarte como tu querida hija – dijo Jade, sin soltarle la mano – por eso, te pido que confíes en mí y me dejes estar a cargo.

- Pero mi niña, se supone que soy yo quien debería apoyar a tu madre en su ausencia... ¡Cof! ¡Cof!

Jade hizo una mueca extraña, mientras le pasaba un vaso con agua para que pudiera atajar la tos. Mientras el rey bebía, ella se mantuvo en silencio y evitó decir cualquier comentario indebido.

Una vez que el rey logró aplacar la sed, la princesa se acostó al lado de él para apoyar su cabeza sobre su hombro. Solía hacer eso desde que era pequeña, y era la táctica que más le resultaba cuando quería algo de su padre, ya sea que la llevara a algún lugar o le comprara un nuevo vestido.

El rey suspiró. Conocía muy bien a su hija y, aun así, no podía hacer nada para evitar caer en sus encantos.

- Está bien, hija. Te dejaré a cargo del mando hasta que tu madre regrese. Hablaré con los miembros de la corte para que te otorguen el título de regente y tengas los mismos poderes y derechos de una reina.

- Gracias, padre – dijo Jade, levantándose y dándole un beso en la mejilla, en señal de agradecimiento – te prometo que dedicaré mi vida entera a esta nación. ¡Ah! Y restableceré los lazos diplomáticos con tu país de origen, además de autorizar la colonización de esas tierras para nuestro sustento.

- ¿Entonces de verdad lo haremos, hija? ¿Seguiremos con el plan de colonizar esa lejana región?

Jade asumió con la cabeza. Y es que, hacia un par de años atrás, la reina Abigail autorizó una expedición hacia unas tierras lejanas del continente, ya que querían buscar tierra fértil donde crear campos de cultivo. El reino del Norte casi carecía de buenos terrenos para la agricultura, debido a que era una zona donde predominaba la nieve y las rocas. Y si bien lograron subsistir por décadas mediante métodos de cultivos hidropónico y manipulación genética, el surgimiento de una epidemia, el frío extremo que duró por un lustro y la caída del valor del metal y cobre, hizo que entraran en una crisis económica que les afectó a todos por igual.

Esto ocasionó que las investigaciones sobre nuevos métodos de cultivos y abastecimiento de la población no pudieran ser financiados, causando así que ciudades enteras se vaciaran por culpa de la hambruna y baja de temperaturas.

Jade aun recordaba cómo, tanto ella como la princesa Miriam, se habían rebanado el cerebro para proponer diferentes medios de abastecimiento a la población. La reina Abigail logró localizar tierras fértiles situadas más allá del océano, pero estaban ocupadas por una aldea salvaje que subsistía a base de la caza y la recolección.

Lamentablemente, las exploraciones se interrumpieron tras la desaparición de la reina Abigail. Y como todo el reino se encontraba en duelo por el fallecimiento de la princesa Miriam, nadie estaba dispuesto a seguir con el proyecto hasta que se solucionase el tema de la sucesión al trono.

- Entiendo que la muerte de mi hermana y la desaparición de mi madre causó un gran dolor a todos, incluyéndome – le dijo Jade a su padre, con una expresión de tristeza – pero el pueblo no puede esperar. Esas tierras nos garantizará un buen porvenir y, si no las tomamos ahora, muchas vidas se seguirán perdiendo. Y eso no nos conviene.

- Lo sé – dijo el rey, poniéndose serio – en ese caso, te doy mi aprobación, hija. Te apoyaré en lo que sea, aunque me encuentre enfermo. Por cierto, ¿cuándo te vas a casar?

- Será hoy, a la seis.

- Ya veo. Bueno, te doy mi bendición. Estoy seguro de que serás una gran regente y una grandiosa mujer. Me lo dice el corazón.

Una vez que terminó la visita, Jade se alejó varios metros de la habitación de su padre, mientras comenzó a echarse unas risas de burla.

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Habían pasado tres años desde la muerte de la princesa Miriam y el palacio se encontraba sumergido en una melancólica calma. Lo único que parecía brindarle algo de brillo a esa densa atmosfera era la presencia de la niña, quien solía ir al patio junto a su padre para poder jugar en sus tiempos libres.

El príncipe Rogelio y la princesa Leonor estaban mirando un androide del tamaño de la niña, que podía bailar, responder preguntas y cumplir órdenes sencillas. La pequeña le había pedido que bailara con ella y no paraba de dar vueltas y vueltas a la par que agitaba su vestido blanco, mientras su padre les aplaudía.

- ¡Qué linda mi princesita! – decía Rogelio, sin dejar de aplaudir - ¿Quién es la princesita de la casa?

Mientras jugaban, vieron que la princesa regente recorría por los alrededores, junto a sus escoltas. Aunque estaba bastante lejos, la reconocieron por su capa negra que solía llevar sobre sus hombros, cubriendo así su peculiar vestido que solía variar entre los colores blanco, negro o rojo oscuro.

La niña, al verla, se acercó rápidamente a ella y le dijo:

- ¡Tía Jade! ¿Viste cómo bailo con el señor robot?

Jade se detuvo. Miró a la pequeña con frialdad y le regañó:

- Deberías estar en tus aposentos estudiando, querida sobrina. Una reina no debería perder el tiempo con estas tonterías.

Rogelio, quien pareció percatarse de la situación, se acercó rápidamente a ella y, haciendo una leve reverencia, le dijo:

- Esposa mía, mi hija ya terminó su tarea. Solo quería que se relajara un rato. ¡Es demasiado hacerla leer tantos libros con tan solo tres años!

La princesa Jade lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Luego, dirigió una última mirada a Leonor quien, en esos momentos, miraba al suelo con tristeza. Y sin hacer ningún otro comentario más, continuó con su camino.

Rogelio dobló las rodillas hasta el suelo y abrazó a su hija. Leonor apoyó la cabeza sobre su hombro y preguntó, en voz baja:

- ¿Por qué tía Leonor me odia?

- No. No es así. Ella no te odia – respondió Rogelio, aunque ni él mismo se lo creía – solo está cansada, es todo. Mejor dejémosla tranquila.

- Está bien.

Se mantuvieron así un rato, hasta que decidieron regresar a la habitación de la niña para continuar con sus estudios.

Capítulo 3 El aliado de la reina

- De todas las batallas a las que me he enfrentado en mi larga vida, esta es la más difícil y dolorosa de todas.

- No diga eso, majestad. Estoy seguro que, en el reino, todavía habrán aliados que esperan tu regreso.

La reina Abigail, quien consiguió escapar de la prisión donde la retuvieron contra su voluntad, se había refugiado en una residencia situada en las fronteras del reino del Norte con el reino del Oeste. Debido a su largo periodo de encierro y a su avanzada edad, tardó meses en recuperarse. Y tras saber todo lo acontecido durante su ausencia, pensó que lo mejor era permanecer oculta hasta asegurarse de localizar a aquellas personas en quienes pudiese confiar.

Sin embargo, el tiempo pasó volando. Esos tres años fueron, para ella, un suspiro. Le dolió bastante enterarse de la muerte de la princesa Miriam y, también, de la masacre que la princesa Jade realizó en aquellas lejanas tierras del "Viejo Mundo" para tenerlas bajo su control y fundar la primera colonia lejos del continente.

Si bien siempre buscó que sus hijas la apoyaran con la colonización de otras tierras, nunca pretendió que las tribus que habitaran en ellas fuesen reducidas por el ejército real. Y es que, a diferencia de los reinos situados en el continente Tellus, el resto del mundo vivía de forma precaria y salvaje.

Viajar a esos continentes era como ir por un viaje en el tiempo, donde las personas vivían como los animales y usaban las ruinas y otros artefactos pertenecientes a la antigua civilización humana para construir sus viviendas o crear armas primitivas para defenderse de los depredadores.

La reina Abigail pensaba que esas personas debían vivir por cuenta propia. Para nada deseaba intervenir en sus costumbres y tradiciones, aunque apelaba a entablar negocios y llegar a importantes acuerdos para poder hacer uso de sus tierras de forma pacífica. Sin embargo, la princesa Jade demostró tener otra opinión y, apenas le otorgaron la regencia, autorizó la invasión de esas tribus para diezmarlas y apropiarse de sus recursos con el uso de la fuerza.

De solo pensar en eso, sentía mucha angustia.

Su aliado, quien la visitaba con frecuencia, interrumpió sus pensamientos diciéndole:

- Tu nieta es una niña muy energética y saludable, majestad. Heredó los cabellos castaños de su padre y la pálida piel de su madre. Lamentablemente, se ha vuelto muy tímida por culpa de los reproches de su tía, que se la pasa criticándole por cada pequeño error que comete en su formación de princesa.

- ¿Trajiste fotos de mi nieta? Quiero verla – le pidió la reina.

Su aliado así lo hizo. Metió la mano al bolsillo de su pantalón, extrajo un conjunto de fotos y, mostrándoselas, le dijo:

- Estas fueron las que conseguí.

Abigail contempló en ellas a una niña risueña y alegre. En algunas imágenes tenía puesto un vestido blanco de mangas largas y, en otras, lucía una capa roja que la ayudaba a protegerse del frío.

El jardín del palacio aún seguía igual de verde gracias a los tratamientos químicos que aplicaban a las plantas. De esa forma, las flores podían crecer en lugares inhóspitos para ellas y sin necesidad de suelo fértil. Eso le alegró, porque le daba a entender que Jade aun conservaba cierto cariño por sus raíces a pesar de su fama de mujer perversa y cruel.

- También tengo noticias de mi hermano, majestad.

Abigail abrió los ojos de la sorpresa. Y es que su aliado apenas solía hablar de él, debido a que la mayor parte del tiempo esa persona se encontraba postrada en su cama y casi no había novedades que contar. Tuvo la ligera esperanza de que, al fin, se hubiese recuperado de su larga enfermedad. Pero las noticias no fueron especialmente alentadoras.

- Mi hermano, el rey Marco, sospecha que la princesa Jade adulteró sus medicamentos a propósito para que nunca pueda recuperarse ni cumplir sus deberes de monarca. Pero no tiene cómo demostrárselo.

- ¡Oh, que desgracia! – lamentó Abigail, mientras estaba al borde de las lágrimas - ¿Es que Jade no tiene corazón? ¿Cómo se atreve a atentar contra la salud de su propio padre por causa de su ambición? ¿Qué hice mal para que me salga así?

- Tranquilícese, por favor.

El hombre tomó a la reina de los hombros y la miró directo a los ojos. Abigail dejó de llorar y decidió escucharlo. Su aliado, con toda la seriedad del mundo, le dijo:

- Por ahora, solo conseguí comunicarme con mi hermano y el príncipe Rogelio desde nuestros dispositivos comunicadores. Pero temo que la princesa Jade nos descubra y los amenace para localizarte, majestad. La mitad de la corte la apoya a ella y si se enteran de que usted aún sigue con vida, se armará una guerra civil que es mejor evitar. Por eso, majestad, me gustaría que me dé la autorización para ingresar al palacio y vigilar, personalmente, las acciones de tu hija.

- Pero duque Tulio, eres lo único que me queda ahora. ¿Qué pasa si te descubren?

El duque Tulio sonrió, mientras soltaba a la reina y se alejaba unos metros de ella. y, con una leve reverencia, le respondió:

- La princesa Jade no podrá negarle la entrada al palacio a su querido tío del Sur. Además, es normal que quiera visitar a mi hermano mayor enfermo, temiendo siempre que sea su último día de vida. Por eso, iré en calidad de embajador con la propuesta de "reforzar lazos" con la Nación del Sur y, así, reclutar a las personas que estén dispuestas a luchar de nuestro lado.

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- ¿Por qué la tía Jade no cena con nosotros?

- Está ocupada, amor. Recuerda que muchas personas dependen de ella y no puede dejarlos abandonados solo para acompañarnos a cenar.

El príncipe Rogelio se encontraba en el comedor con su hija, la princesa Leonor, degustando las comidas que el chef del palacio les preparó con mucho esmero. Para el príncipe, esas eran las horas más tristes pero, a la vez, más alegres de su día a día. Triste, porque recordaba que su primera esposa siempre cenaba junto a él, a pesar de lo ocupada que estaba. Y alegre, porque podía pasar tiempo de calidad con su hija quien, debido a su condición de heredera, pasaba horas y horas en compañía de su institutriz para aprender lo básico de ser reina.

"La niña casi no tiene ni tiempo para jugar", pensó Rogelio, con tristeza. "Nunca pensé que la formación de una reina fuera tan opresivo. Es en esos momentos de alto estrés cuando necesita el cariño de una madre. Pero mi cuñada... quiero decir, segunda esposa, siempre la rechaza o se burla por su ineptitud en el estudio. En verdad, ¿cómo pretenden que mi hija crezca saludable, sin un buen referente materno en quien apoyarse?"

Mientras pensaba, la princesa Leonor comentó:

- Papi, anoche vi a esa chica de pelo verde frente a tu puerta.

Eso alertó al príncipe, ya que sabía perfectamente a quien se refería. Y sin evitar palidecer, le preguntó:

- ¿Y qué estaba haciendo?

- No sé – respondió Leonor, encogiéndose de hombros – solo estaba ahí, parada como estatua. Le pregunté y me dijo que estaba en una misión. Pero luego se fue.

Rogelio comenzó a temblar. La noche anterior había estado conversando con el duque Tulio, debido a que él le había informado que la reina Abigail estaba bajo su protección. Sin embargo, lo mantuvieron en secreto ya que temían que la princesa Jade mandara a capturar a su propia madre para impedirle que reclamara la restitución de su puesto.

Si bien tuvo cuidado de hablar con código, tenía la sospecha de que Jade lo había estado espiando y que mandó a su mano derecha para que lo vigilara. Si era así, buscaría la forma de presionarlo para que le revelara la verdad y, así, arruinar sus planes.

- ¿Papi? ¿Estás bien? – le preguntó su hija, al notarlo nervioso.

- Sí, estoy bien – dijo Rogelio, mientras se llevaba un bocado a la boca – ah, pensaba que podíamos visitar al abuelo después de comer. ¿Qué dices?

- ¡Sí! ¡Visitar al abuelo! ¡Visitar al abuelo!

La niña rompió su etiqueta y saltó sobre su silla, por la alegría. El príncipe Rogelio la dejó estar, debido a que era de las pocas veces en que la veía sonreír y eso le alegraba el alma.

"Es una suerte que mi segunda esposa no haya podido acompañarnos", pensó Rogelio, mientras comía. "Si no, ya la estaría regañándola por 'no comportarse como señorita'. ¿Es que no la pueden dejarla ni respirar tranquila? ¡Es una niña, no una máquina!"

Una vez que terminaron de comer, Rogelio y Leonor se dirigieron a los aposentos del rey. En esos momentos, él se encontraba leyendo el periódico, donde informaban de todo lo sucedido tanto en el país como en los países vecinos. Y, en esos momentos, lo escucharon murmurar lo siguiente:

- ¡Oh, vaya! ¡Así es que la reina Moria de la Nación del Sur planea resucitar un antiguo juego llamado "fútbol"! ¡Interesante!

- ¿No debería estar durmiendo, majestad? – le preguntó Rogelio, mientras entraban a su habitación.

El rey Marco bajó el periódico para atender a su visita. Al notar a su nieta, extendió sus brazos y, con una amplia sonrisa, le dijo:

- ¡Mi niña! ¿Viniste a ver a tu abuelo? ¡Ven para acá, pequeña!

- ¡Abuelito!

La pequeña princesa corrió directo hacia los brazos del rey y éste la abrazó. Estuvieron riendo por largo rato, mientras que el príncipe Rogelio asomaba la cabeza por los pasillos para asegurarse de que nadie los estuviera espiando.

Una vez que se cercioró de que el terreno estaba limpio, cerró la puerta, se acercó a la cama del rey y le dijo:

- Majestad, pude comunicarme con "esa persona". Pero temo que mi esposa me haya descubierto.

- Mi hija nunca se atrevería a hacerle daño, muchacho – le dijo el rey - ¡No mientras yo viva! Aunque no eres de mi sangre, te considero mi hijo y, por eso, haré lo que esté a mi alcance para protegerte.

- Por mí no se preocupe, majestad – dijo Rogelio aunque, en el fondo, le conmovió las palabras de su suegro – lo que importa es tu salud. he conseguido confiscar una muestra de tu medicina para analizarla en los laboratorios y determinar si fue o no adulterada.

El rey puso una expresión de preocupación. Si bien Jade siempre se mostraba cariñosa y atenta con él, había escuchado tantas cosas malas de ella que le oprimía el corazón. Y el solo pensar que su propia hija lo había envenenado para que nunca pudiera recuperarse, lo embargaba de una agonía tal que se le dificultaba respirar.

La princesa Leonor, quien aun era demasiado pequeña para entender las cosas de adultos, miró a ambos con una expresión de duda. El rey Marco pareció notarlo por lo que, enseguida, dio un par de golpecitos cariñosos a los hombros de su nieta mientras comentaba:

- ¡Mi princesita creció mucho! ¡Pronto será tan gigante que alcanzará los techos del palacio! Estoy seguro que, cuando sea mayor, será igual de hermosa que su madre.

- Pero mami tenía pelo rubio – dijo Leonor.

- Podemos teñírtelo a ese color, si quieres.

- Me gusta mi pelo – dijo Leonor, mientras se tocaba sus cabellos – así me parezco más a mi tía Jade.

Tanto el rey como el príncipe quedaron impactados por las palabras de la niña. Si bien la princesa regente no ocultaba su desprecio hacia su sobrina, ella la admiraba y la tenía en un pedestal. Pero nunca se imaginaron que quisiera verse como ella, por lo que temían de que, cuando creciera, no solo heredase su físico sino, también, su oscura personalidad.

De inmediato, Rogelio se acercó a su hija y, mientras la abrazaba, le dijo al rey:

- Será mejor que me retire, majestad. Lo veo estable, pero le sugiero que no se esfuerce demasiado.

- Gracias por visitarme con mi nieta, muchacho. Me hacen falta – dijo el rey, con una pequeña sonrisa.

Una vez que padre e hija se marcharon, el rey Marco volvió a tomar el periódico para seguir leyendo. Su humor mejoró un poco, aunque se sentía preocupado por el destino de su nieta.

En un momento vio una nota donde hablaban sobre un grupo rebelde, que quería exigir la destitución de la princesa Jade debido a que muchas zonas alejadas del reino quedaron en completa desidia tras su toma de poder.

Dio un largo suspiro mientras cerraba el periódico. Un par de minutos después, entró el médico real para darle la medicina. Y mientras la tomaba, pensó:

"Esposa mía, espero que puedas regresar pronto. Aún necesitamos de tu guía para poner orden a este reino y detener las acciones cometidas por nuestra ambiciosa hija".

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