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La princesa rebelde y su guardián.

La princesa rebelde y su guardián.

Autor: : ErickSB
Género: Romance
Vanessa Granth posee un carácter que la ha llevado por el camino de la rebeldía; ir en contra de los preceptos de una sociedad superficial y frívola también le han hecho ganar una muy mala reputación entre la élite de su ciudad. Por un tiempo disfrutó de cierta libertad, pero desafortunadamente, llegó el día en que se vería obligada a casarse para expandir el poderío de su familia. Con varios pretendientes poco convincentes, un evento inesperado le presenta al hombre que podría convertirse en el amor de su vida: Edgar. Sin embargo, este último tiene un solo objetivo en mente, y para alcanzarlo, podría terminar hiriendo a la mujer que juró proteger.

Capítulo 1 La pesadilla de una familia noble (Primera parte)

El amor es uno de los sentimientos que ha llevado a la humanidad a su apogeo; ha inspirado las pinturas más hermosas, las esculturas más vivas, las canciones más conmovedoras, básicamente toda clase de demostraciones que reflejan la pureza de un corazón enamorado.

Dado que el amor se encuentra en el peldaño más alto de los alimentos necesarios para nutrir el alma, cualquiera pensaría que es inherente a las personas, y que todos anhelan experimentarlo en su estado más puro.

Sin embargo, hay ocasiones en que las personas deciden encontrarse a sí mismas antes de buscar la felicidad en alguien más. En estos casos, el amor deja de ser un objetivo que se vislumbra en el horizonte y se convierte en una semilla enterrada en el rincón más profundo del corazón, la cual esperará pacientemente a que alguien más la riegue y crecerá discretamente hasta alcanzar el cielo.

En Inglasia, o para ser más específicos, en la calle Palacios de Kensingston, se encuentran algunas de las residencias más caras del planeta. Se trata de una zona tan exclusiva, que solo los vehículos de los residentes tienen permitido circular por ahí; ciclistas y peatones pueden pasar libremente, aunque deben ser muy cuidadosos, ya que cualquier desfiguro o el más mínimo daño podría costarles el salario de todas sus vidas, o incluso su libertad.

En una de las residencias más grandes, estaba a punto de desatarse una tormenta de lamentos y maldiciones, pero estos dramas eran tan comúnes, que parecían haberse convertido en una de las tradiciones de la familia Granth.

"Sr. Granth, disculpe que lo interrumpa, pero su hija... su hija...", una de las criadas de repente entró en la habitación que ocupaba Frederick Granth, el actual líder de la familia. Esta alcoba, como todas las demás que había en la residencia, era un agaso visual para cualquiera que no estuviera familiarizado con las decoraciones ostentosas y los espacios exageradamente amplios; pinturas antiguas de artistas célebres colgando por todas partes, las paredes con grabados únicos y hechos con los materiales de la más alta calidad, un candelabro que abarcaba gran parte del techo, muebles antiguos y refinados que seguramente valían lo mismo que varias casas. Este lugar definitivamente haría palidecer a cualquier museo.

Acostado en una cama de sábanas oscuras y un toldo de casi 5 metros, Frederick Granth abrió los ojos de golpe y se reincorporó violentamente; afortunadamente, ese día el hombre no estaba disfrutando de la compañía de alguna fémina, ya que de haber sido así, habría arremetido con todo lo que hubiera a su alrededor.

"Gabriela, ¡por el amor de Dios! Tengo una terrible resaca. ¡Se supone que hoy dormiría todo el día! ¿Por qué no fuiste con su madre? Sé que puede ser muy confuso para ti trabajar en un lugar tan grande, ¡pero todos vivimos en la misma casa! ¡Ve y búscala!".

La criada llevaba poco tiempo trabajando para los Granth, pero gracias a los consejos de las demás personas que servían en la casa, estaba al tanto de lo problemática que era esta familia. En el caso de Frederick, un hombre que tenía alrededor de 60 años, su mayor debilidad eran las fiestas y las mujeres. Sí, él estaba, felizmente casado con la madre de sus dos hijos, pero cuando la gente tiene mucho dinero, las dimensiones y contextos de sus acciones se distorsionan y se vuelven incomprensibles para las personas comunes.

Tragando saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta, Gabriela le respondió: "Lo sé, Sr. Granth, disculpe, pero su esposa salió desde muy temprano de compras y no ha regresado desde entonces. Tampoco podía acudir con su hijo, ya que hoy sale en un viaje de negocios y pidió no ser interrumpido. Usted es el único con el que podemos acudir".

Fulminando a la criada con la mirada y teniendo que suspirar profundamente para aliviar la ira que lo inundaba, Frederick volvió a acostarse y refunfuñó: "Maldita sea, esta gente no para de dar molestias. Uno solo quiere descansar pero los demás confabulan para perturbar mi sueño. Gabriela, no me importa que mi querida esposa haya ido de compras por enésima vez, o que mi querido hijo esté trabajando arduamente, ¡yo no iré por Vanessa! Si esa chica volvió a meterse en problemas, su hermano tiene que encargarse de ello. Esa bravucona ya ni si quiera me escucha, y mucho menos a su madre. ¡Estoy harto! Anda, dile a los demás que no vengan a verme a menos que yo se los pida. ¡Largo de aquí!".

El hombre habló con tal firmeza, que la criada no tuvo más remedio que salir de la habitación a toda prisa. Sintiéndose muy afligida y jugando con sus manos nerviosamente, ella acudió con Carolina, el ama de llaves, para informarle sobre las órdenes del Sr. Granth.

Gabriela ya había sido advertida sobre lo tortuosa que podría ser su estancia en la majestuosa residencia de la familia Granth, la cual lucía como un palacio por fuera, pero lo que sucedía en su interior la convertía en un calabozo de pesadilla; todos los miembros de esta familia parecían adorar los conflictos, y el único que poseía un carácter agradable, rara vez se le veía en casa...

Uno no podría esperar mucho de un bar llamado 'El Cerdo Bonachón', pero dadas las condiciones del barrio donde se encontraba ubicado, además de la precaria vida de los habitantes, el nombre era lo de menos; poder tomar algunos tragos libremente y pasar un buen rato con los amigos era más que suficiente. Roído por el paso del tiempo y por el poco interés por mantenerlo presentable, este bar no era tan popular entre los de su tipo; con la gente cada vez más interesada en un estilo de vida ostentoso, un lugar así no poseía el aspecto que se requería

para tomar una foto y subirla a las redes sociales.

En uno de los ríncones del establecimiento, se encontraban los baños, los cuales no necesitaban de un letrero para ser ubicados, ya que cualquiera podría llegar allí siguiendo el particular aroma que emanaba de ellos.

"Caballero, ¡debería mejorar su puntería! Acabo de limpiar debajo de ese mingitorio y usted lo está llenando de orina. No creo que su miembro sea tan grande como para no poder mantenerlo fijo en un maldito orificio. ¿Acaso hace lo mismo con las mujeres? ¿Por lo menos ha estado con una mujer?", una joven que tenía alrededor de 20 años reprendió de manera burlona a unos de los clientes del bar.

Ella llevaba en la mano un trapeador viejo y sus pies estaban protegidos por unas botas de hule que parecían estar en los últimos días de su vida funcional. Su cabello oscuro cuidadosamente cortado a la altura del cuello, junto con los rasgos finos que predominaban en su rostro, hacían que todos los clientes quedaran perplejos ante esta chica; la ropa que llevaba puesta y su peculiar lenguaje eran las únicas cosas que justificaban su presencia en este lugar.

"¡Jaja! Niña, eres una simple empleada, así que no deberías hablarme en ese tono. Anda, limpia mi orina. No, mejor quítate esa horrible ropa y acompáñame a mi mesa. Te quiero presentar con mis amigos. ¡Una chica tan linda no debería trabajar en un bar tan horrible! Estoy seguro de que sabes hacer otras cosas más divertidas, y si no, yo te puedo enseñar...", le respondió el hombre, quien medía casi 1.90 metros y poseía una figura obesa que podría intimidar hasta al más valiente.

Arqueando una de sus cejas oscuras y entrecerrando sus ojos verdes delineados delicadamente con marcador negro, la chica dejó salir una risa burlona y le espetó de inmediato: "Caballero, lo siento. Al ser una empleada, tengo estrictamente prohibido formar una relación amorosa con la mascota del bar. No sé si usted lo sea. Veo que cumple con los requisitos de un cerdo, pero no veo lo bonachón por ninguna parte. Además, no me gustan los hombres con mala punteria. ¡No me serviría de nada!".

Aunque ya tenía varios tragos encima y se tambaleaba ligeramente, el hombre todavía mantenía la cordura suficiente para percatarse de que se estaban burlando de él, así que estiro una mano para tomar con fuerza la barbilla de la chica y demostrarle que no aceptaría un no por respuesta. Sin embargo, antes de que pusiera los dedos sobre su piel blanca, la chica sujetó con fuerza el trapeador, y como si se tratáse de un bat de beisbol, abanicó con fuerza directo hacia el rostro de su agresor.

Desafortunadamente, este bar se encontraba en unos de los barrios más pobres y peligrosos de la ciudad, por lo que este sujeto no era cualquier cosa; los amigos con los que estaba tomando eran unos pandilleros, y él era su líder. Como si hubiera anticipado el ataque de la chica, el hombre contuvo el golpe con el antebrazo mientras una sonrisa maliciosa poco a poco se apoderaba de su rostro.

La chica era plenamente consciente de lo peligroso que era el lugar dónde se encontraba y la gente que lo frecuentaba, por lo que ya sabía que esto podría sucedería. Casi una milésima de segundo después de que arrojara el primer golpe, ella pateó al hombre en la entrepierna; como era fanática de la estética punk, sus botas con casquillo volvieron mucho más contundente su golpe.

"¡Jaja! Parece que tengo mucho mejor puntería que usted, amable caballero. Bueno, como puede ver, es muy desagradable que haya orina por todo el piso, así que espero que haya aprendido la lección. ¡Gracias por su visita y esperamos que vuelva pronto!", exclamó la chica mientras salía a toda prisa del baño y dejaba al hombre revolcándose en el piso.

"¡Duncan! ¡Ven rápido! Sr. Bell, creo que debería irme ahora mismo. Lo siento, otra vez me meti en problemas. Si estos pandilleros llegan a causar daños, ¡yo pagaré todo y le daré una gratificación extra!", la chica se detuvo por un momento para hablar con el anciano que se encontraba detrás de la barra principal. Negando con la cabeza lentamente, el anciano solamente le dedicó una mirada reprobatorio y le hizo un gesto con la mano para indicarle que se marchara de una buena vez.

Sonriéndole gentilmente en respuesta, la chica siguió su camino y corrió hacia la entrada principal. Al ver que ella había salido justo después de que su jefe entrara al baño, los pandilleros se levantaron a toda prisa y bloquearon la entrada. Uno de ellos incluso la tacleó y la arrojó violentamente cerca de la entrada; fue una caída bastante aparatosa, pero ella reaccionó a tiempo y pudo acomodar su cuerpo para absorber el impacto y recibir el menor daño posible.

"Oye, pequeña puta, ¿a dónde crees que vas? Seguramente le robaste algo a nuestro jefe y por eso quieres escapar. Bueno, en nuestra pandilla tenemos una regla. Cualquiera que nos robe, puede elegir entre dos premios. Una apuñalada en el abdomen o una bala en la pierna. ¿Cuál eliges?", le dijo el hombre mientras miraba a la chica, quien yacía en el piso. A pesar de la gravedad de la situación, ella lucía bastante tranquila mientras se sobaba la espalda.

"Da igual. Si su jefe tiene mala puntería, no se puede esperar mucho de sus simios amaestrados", le dijo la chica. Cuando se volvió hacia la entrada y vio lo que se acercaba, ella mostró una sonrisa traviesa y añadió: "Anda, muéstrame lo que tienes".

Molesto ante la arrogancia de su víctima el hombre sacó de sus bolsillos una arma corta y una navaja, con las cuáles obviamente pretendía herirla. "Bueno, como me caíste muy bien, creo que serás la primera afortunada en recibir premio doble".

Acercándose a la chica con un aura asesina que lo envolvía por completo, el hombre alzó las dos armas, pero antes de que pudiera hacer algo, una perro Dóberman llegó casi volando y clavo sus afilados dientes en el brazo con el que estaba sujetando la pistola. Completamente conmocionado y vencido por el gran peso del animal que lo estaba atacando, el hombre soltó ambas armas mientras gritaba aterrorizado.

Con un movimiento rápido, la chica tomó una botella que se encontraba en una de las mesas y la arrojó hacia la cabeza de unos de los maleantes mientras con la otra mano tomaba la pistola del piso.

"Vaya, ¡ahora sí se puso interesante esta fiesta! Hagamos un concurso. Como ninguno de ustedes sabe usar bien en un jodido mingitorio, ¡veamos quién se orina en los pantalones primero! El perdedor limpiara la orina de los demás y la que dejó su jefe en el baño. ¿Listos? ¡Comenzamos!", justo después de hacer esta declaración, la chica disparo tres veces seguidads justo por encima de las cabezas de los maleantes, quienes eran aproximadamente seis sujetos sin contar a su jefe.

Los pocos clientes que también se encontraban en el bar comenzaron a gritar y a cubrir sus cabezas debajo de las mesas en cuanto escucharon las detonaciones.

"¡Duncan! ¡Suéltalo ahora mismo!", de repente, una voz grave resonó por todo el bar, haciendo que el perro Dóberman de inmediato soltará al sujeto al que estaba atacando y caminara dócilmente hacia la persona que acababa de llamarlo.

"¡Guau! ¡Hermano! ¿No se supone que hoy saldrías en un importante viaje de negocios?", exclamó la chica alegremente mientras seguía sujetando la pistola con una mano.

El apuesto y elegante hombre que se encontraba en la entrada, y quien era custodiado por 10 guaruras, simplemente miró a la chica con un toque de decepción.

"Vanessa...".

Capítulo 2 La pesadilla de una familia noble (Segunda parte)

Alexander Granth pronunció el nombre de su hermana con un tono inexpresivo, tan gélido como la noche más fría del invierno; no se podía saber si se sentía enfadado con ella, después de todo, esta clase de escenas se habían repetido tantas veces a lo largo de su vida, que lo único que el hombre había aprendido era que no tenía sentido intentar reprender a Vanessa.

"¡Hermano! ¡No seas un aguafiestas! ¡Apenas estabamos comenzando! Anda, cuida a mis nuevos amigos mientras voy por el grandulón que se quedó en el baño. Aunque había mucha orina en el piso, y eso le dará demasiada ventaja...", al parecer, la chica fue la única que no se sintió intimidada ante la imponente figura de Alexander. Su hermano, un hombre relativamente joven a sus 30 años, también poseía características que hacían que las personas que no lo conocían mantuvieran los ojos fijos en él; estatura de 1.85 metros, rasgos afilados, cabello castaño cuidadosamente peinado y un cuerpo ejercitado que solo su traje formal ocultaba sutilmente, le daban un aspecto poderoso y cautivador.

Obviamente también se debía considerar que en ese momento él iba acompañado de un pequeño escuadrón conformado por hombres que no podrían ser descritos como 'amigables'.

"Sr. Granth, lo siento, sé que usted fue muy claro y me dijo que no debíamos aceptar a su hermana en caso de que viniera a pedir trabajo a los comercios del vecindario, ¡pero ella ingresó por la fuerza! Traté de detenerla diciéndole que no había ninguna actividad que pudiera desempeñar, ¡y ni eso la detuvo! Simplemente tomó un trapeador viejo y una botas de hule y comenzó a limpiar el bar sin que yo se lo pidiera. Por favor, no me castigue...", el dueño del bar de inmediato se olvidó de la trifulca y de los daños materiales en su establecimiento. En ese momento, solo le preocupaba obtener el perdón del afamado hijo de la familia Granth.

Los rumores decían que Alexander fue encarcelado a propósito por su propia familia para endurecerlo y convertirlo en el temible personaje que era ahora; se decía que él ni siquiera se inmutó cuando se lo informaron, y que incluso eligió la cárcel más peligrosa en todo el país. Comercios incendiados, personas desaparecidas, balaceras a plena luz del día y brutales golpizas eran su tarjeta de presentación.

"Sr. Bell, ¿verdad? Para empezar, ¿en algún momento le autoricé que me dirigiera la palabra? No me gusta repetir las cosas, mucho menos cuando se trata de dialogar con la escoria humana que habita en este basurero que usted llama vecindario. Me resulta imposible creer que no sean capaces de contener a una simple jovencita. Son las 5 de la tarde, y se supone que a esta hora debería estar a bordo de mi avión privado, embriagándome y acostándome con dos supermodelos antes de llegar a otro continente para cerrar un trato que añadirá varios miles de millones a mi fortuna. ¿Pero qué hice en lugar de eso? ¡Tuve que venir a su inmundo bar y llegaré tarde a mi destino por culpa de su incompetencia!", la lúgubre voz de Alexander y su cólera inundaron el establecimiento con un aura que erizó la piel de todos los presentes. Incluso los pandilleros olvidaron que alguien les acababa de disparar; las palabras del hombre que tenían enfrente parecían ser mucho más peligrosas que la bala de cualquier otra arma.

"Bueno, amigos, creo que pospondremos la fiesta para otro día. Sr. Bell, lo siento, sé que mi hermano suele ser un poco quisquilloso, pero nuestro trato sigue vigente, yo veré la manera de hacerle llegar el dinero para que repare todo", Vanessa se acercó al dueño del bar con total despreocupación, y después de dedicarle una dulce sonrisa y guiñarle un ojo, ella se volvió hacia los maleantes y añadió: "Muchachos, deberían dar otra clase de regalos. Cuando intento ser amigable, un simple cumplido o un pequeño caramelo es suficiente para romper el hielo, ¿por qué no lo intentan? ¡Ah! Y para que vean que yo no soy ninguna delincuente, les regreso su arma ¡Ugh! Creo que algunos de ustedes sí se orinaron. ¿Acaso no me escucharon cuando dije que ya no ibamos a seguir jugando? Bueno, ¿quién soy yo para privarlos de la diversión? ¡Estaría genial que me pudieran enviar una foto que capture tan alegre momento! Es más, permítanme un momento en lo que consigo una servilleta y les anoto mi nombre de perfil. Pueden seguirme si quieren, publico cosas bastante interesantes, yo..."

"¡Vanessa!", Alexander volvió a llamar a su hermana con una voz que volvió a cimbrar las almas de los pobres individuos que se vieron involurados en este desastre. La única persona que osaba desafiarlo era esta chica, y por esa misma razón el hombre llegaba al límite de su paciencia cada vez que ella hacía de las suyas.

"¡Ya voy! ¡Dios mío! Una intenta ser lo más educada posible y solo obtiene gritos y maldiciones a cambio. ¿No te diste cuenta que no deje que Duncan ingresara al bar? Aquí no aceptan animales, así que le ordené que se quedara afuera. Tú deberías hacer lo mismo con tus gorilas", a decir verdad, la chica era bastante simpática, pero la tensión del momento y la hostilidad en el aire reprimía hasta la más ligera risa.

Vanessa caminó hacia Alexander y simplemente se encogió de hombros, gesto con el que pretendía indicarle que dejaba todo en sus manos y era hora de que él le dijera qué hacer a continuación. Mirando a su hermana con un gran desprecio, el hombre no pronunció ni una sola palabra; simplemente se dio la vuelta y caminó hacia la caravana de camionetas de lujo que se encontraban estacionadas afuera.

El vehículo que abordarían iba escoltado por dos camionetas al frente y dos por detrás. Sin embargo, antes de que Alexander pudiera abrir la puerta, una voz los llamó a lo lejos: "¡Vanessa! ¡Alexander! ¡Espérenme!", un joven que parecía tener más o menos la misma edad de la chica corrió hacia ellos e impidió que se marcharan del lugar.

A juzgar por sus rasgos, podría decirse que este joven era apuesto, pero su cara llena de pecas y su singular vestimenta lo estropeaban por completo; él llevaba unas galfas delgadas color rojo, una camisa amarilla demasiado holgada y unos pantalones verdes que lucían impecables, pero por alguna razón no favorecian al atuendo. Sus zapatos oxford cafés y una boina demasiado infantil aderezaban la cómica apariencia de este personaje.

A pesar de que estaba a punto de recibir otro gran sermón, Vanessa lucía una amplia y traviesa sonrisa, como si todo lo hecho momentos atrás se tratara de una simple travesura. Sin embargo, en cuanto escuchó la voz del joven, su sonrisa se esfumó en un instante y puso los ojos en blanco, como si fuera un demonio que estaba siendo interrumpido justo antes de que comenzara a torturar almas inocentes.

Mantiendo el mismo semblante sombrío, Alexander se volvió hacia la dirección donde provenía la voz; aparentemente, no le sorprendió la improvisada aparición del joven.

"¡Vanessa! ¡¿Estás bien?! ¡Escuché disparos mientras estaba en el callejón haciendo lo que me pediste! ¿No te pasó nada?", exclamó el joven mientras jadeaba violentamente en busca de aire.

"Eugene, llegaste demasiado tarde. ¡Jaja! ¡Seguramente te escondiste en un bote de basura mientras yo peleaba con esos pandilleros!", le respondió la chica de manera irónica pero también con cierta soberbia, como si sus acciones fueran vistas como proezas heroicas.

"¿Entonces te dispararon a ti? Bueno... ¡no me escondí! ¡Todo sucedió tan rápido que no me dio tiempo de llegar contigo para pelear a tu lado! Mira, incluso traigo dos armas conmigo. ¿Crees que me acobardaría sabiendo que tengo los medios para defenderte? ¡Deja de subestimarme!", le respondió Eugene, quien en lugar de dar una explicación, más bien parecía que trataba de justificar su cobardía. "Eugene, ahora veo por qué eres un auténtico Reinard. Esos imbéciles están tan acostumbrados a su vida de aristócratas, que su burbuja de provilegios y comodidades los ha convertido en seres débiles. Si quieres convertirte en un hombre que proteja a los demás, debes entrenar ese instinto que te dice que habrá peligro antes de que suceda", espetó Alexander con un tono serio pero implícitamente burlón.

"Alexander, mi familia no tiene nada que ver con esto. Ser un Reinard va más allá de la fama y la fortuna. Hoy acompañé a tu hermana porque sé que este es un barrio peligroso y seguramente necesitaría de mi protección. ¿Acaso eso no demuestra que soy diferente a los demás jovenes acaudalados que solo se dedican a gastar el dinero de sus padres? Además, tú me lo pediste", Eugene se puso a la defensiva y cualquera podría decir que no le temía a Alexander, aunque su comportamiento un tanto infantil hacía ver esto como un berrinche y no como un reclamo.

Vanessa estaba distraída jugando con su perro Dóberman, pero cuando escuchó lo dicho por Eugene, de inmediato se volvió hacia el hombre: ¡Hermano! ¿Tú le pediste que viniera? ¡¿Por qué?! Ya tengo edad suficiente para salir sola a emprender mis 'negocios'. Esto es bastante injusto y vaya que me indigna demasiado", luego fijó la mirada en el joven y continuó: "Eugene, te aprecio mucho y agradezco que de vez en cuando me hagas compañía, pero lo nuestro ya terminó y creo que sigues malinterpretando la relación que hay entre nosotros. ¡Solo somos amigos! Oye, te mandé al callejón a separar la basura del bar solo para que me dejaras sola por un rato. No quiero ser mala contigo, pero no encuentro la manera de hacerte entender eso. ¿Mi hostilidad no te dice nada? Además, ni siquiera te asomaste cuando empezó el altercado de hace un rato. Llamé a Duncan y afortunadamente llegó a tiempo para salvarme. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de llamar a mi fiel compañero, te hubiera llamado a ti? ¿Estaríamos aquí charlando tranquilamente?".

"Vanessa, ya se los expliqué. ¡No sabía que tú estuviste involucrada! ¡Demonios! ¿Qué tengo que hacer para que tu hermano me acepte como su cuñado?", la última frase que pronunció Eugene salió por accidente, ya que el chico de inmediato se tapó la boca y sus ojos se abrieron de par en par.

Invadida por la ira, Vanessa ni siquiera lo pensó y lanzó un fuerte puñetazo directo al brazo del joven, el cual provocó que este último se encogiera por el dolor. "¡Eugene! ¡Mi hermano no puede decidir con quién puedo salir y con quién no! Y de todos modos, si él te lo hubiera dicho, tienes que pedírmelo a mí! ¡No soy un jodido objeto que pueda ser subastado! Agradece que eres mi amigo, porque de otra manera, ¡ese puñetazo habría aterrizado directo en tu horrible cara!", tras dejar salir su frustración, la chica se volvió hacia su hermano con el puño en alto, pero en lugar de golpearlo de la misma manera, simplemente le dijo: "Tú me caes mejor, así que te perdono, idiota".

"Eugene, hasta tus palabras carecen de la firmeza que se requiere para que se sostengan por sí solas. Mira, hagamos un ejercicio para demostrar mi punto. Anda, préstame la navaja y la pistola que trajiste contigo", le dijo Alexander mietras le tendía la mano. Apretando los dientes por culpa del dolor que sentía en el brazo, el joven sacó las armas que llevaba y las entregó tímidamente.

Debido a que esta era una de sus especialidades, el hombre solo se tomó un minuto para analizarlas. "Listo. Estoy seguro de que ninguna te pertenece. La navaja tiene empuñadura de oro, por lo que solo hay dos posibilidades: le perteneció a un traficante extravagante, o a algún hombre adinerado que sería capaz de bañar en oro a su propio hijo. En cualquiera de ambos casos, esta navaja nunca ha sido clavada en ninguna criatura, mucho menos en un ser humano. Seguramente la utilizan para abrir las envolturas de las revistas donde aparece tu familia y regodearse en su vanal opulencia. En cuanto a la pistola, me arriegaría diciendo que fue disparada más de 30 veces. Está casi nueva y parece que alguien la dejó olvidada en algún cajón de tu mansión. Seguramente tu padre se emocionó con alguna película de policías y ladrones y se la compró para jugar con sus amigos. Ni siquiera se utiliza con balas de verdad. Dispara balínes inofensivos, mira", Alexander hizo una pausa, y después de alzar el arma en dirección a su vehículo, accionó el gatillo sin siquiera dudarlo. Una leve detonación sonó de repente, y el balín que salió disparado no le hizo ni un solo rasguño a la ventanilla del vehículo; las camionetas blindadas obviamente eran capaces de soportar impactos mucho más poderosos.

"Eugene, en menos de 10 minutos haz cometido demasiados errores. ¿De verdad crees tener lo que se requiere para ser el novio de mi hermana? En primer lugar, no debiste darme tus armas. ¿Sí sabes que a mí me gustan mucho estos juguetes, verdad? Mis manos ansían probarlos con algo que se mueva", el hombre arrojó la navaja hacia un cesto de basura que se encontraba cerca y comenzó a desarmar la pistola que tenía en las manos. Después, él arrojó las piezas del arma al piso, justo a los pies de Eugene. "Demuestra que vale la pena conservar tu mísera vida. Tienes dos minutos para volver a armar tu pistola de juguete. Si no lo logras, te mostraremos como funciona un arma de verdad", dicho esto, Alexander le hizo un gesto a uno de sus guardaespaldas y señaló a Eugene. Uno de ellos se les acercó, y después de sacar un arma, encañonó al joven directo a la cara.

"¡Alexander! ¡No, por favor! Yo... Yo... no sé cómo hacerlo. ¡Déjame ir! ¿Cuánto dinero quieres? ¡Traigo bastante conmigo! Y si no es suficiente, ¡puedo llamara a mi padre para que te deposite todo lo que quieras!", Eugene comenzó mientras entrelazaba sus manos y se arrodillaba en el piso.

"Van 30 segundos y contando...", le dijo el hombre sin inmutarse, como si las súplicas del joven fueran los chillidos de un animal que estaba a punto de ser sacrificado. "Eugene, por amor de Dios, ¡este imbécil solo está bromeando! Mira, él siempre va escoltado por 7 camionetas. Aquí solo hay 5. Las otras dos fueron con Joseph para evitar que interviniera. ¿De verdad crees que tu guardaespaldas se quedaría parado sin hacer nada al ver que alguien te apunta con una pistola?", espetó Vanessa de repente, quien aprovechó todo el drama para quitarse los accesorios de limpieza que todavía llevaba puestos.

En la ciudad de Racketdale, como en todo lugar, había varias familias nobles como los Granth. Aunque estos últimos eran considerados los más ricos y poderosos, las demás familias tenían lo suficiente para llevar vidas estrafalarias y cómodas. Los Reinard, familia de la cual provenía Eugene, era una de ellas. El joven era quien heredaría y administraría la fortuna de su familia, por lo que un solo guardaespaldas custodiándolo parecía poca cosa. Sin embargo, él también se escapaba de casa a escondidas, y el único guardaespaldas que toleraba su desobediencia, Joseph, era quien siempre lo acompañaba en estas andanzas. Los Reinard estaban muy molestos con esta situación, pero no culpaban a su inocente angelito y todo su odio se centraba en Vanessa, la mujer de la que Eugene estaba perdidamente enamorado desde hacía mucho tiempo; él escapaba solo para poder estar a su lado, esto a pesar de que la chica nunca se lo pedía.

Recuperando un poco de su dignidad después de lo dicho por Vanessa, Eugene se levantó lentamente y no dijo nada. Alexander simplemente tarareó de manera burlona ante el silencio del joven y después hizo un gesto para indicarles a todos que era hora de marcharse.

"Eugene, demonios, odio verte así, pero tú aceptaste someterte a la prueba de mi hermano. Dile a Joseph que lo siento mucho. Anda, no estés triste. Hay algo que te pondrá muy feliz. Toma esta ropa y llévasela al Sr. Bell. Le pertenece. ¡Ah! Y dile que separaste la basura que hay en el callejon del bar. Él paga muy bien por esa clase de trabajos. ¡Adios!", le dijo Vanessa de todo corazón. Aunque cualquier otra persona adinerada pensaría que estas eran puras burlas, la chica estaba siendo sincera; su extroversión muchas veces hacía que todos la malinterpretan, pero esto nunca fue motivo para que dejara de ser ella misma.

Una vez que la caravana de camionetas se marchara del lugar, un hombre corpulento llegó corriendo con Eugene y le habló con suma preocupación: "¡Sr. Reinard! Disculpe, no pude venir con usted. Los hombres del Sr. Granth me interceptaron y hasta pensa pude venir a ayudarlo. Lo siento...". "Joseph, ya te he dicho innumerables veces que odio que me hables de una manera tan formal. ¡Dime Eugene!", le espetó el joven mientras tenía la mirada perdida en la dirección por donde se marchó su amada. 'Vanessa, juro que algún día serás mía. ¡Solo yo soy digno de tu amor!', se dijo Eugene a sí mismo con gran determinación.

En el interior de uno de los vehículos.

"¡Hermano! ¿Qué fue eso que pasó hace un momento? ¿Tomaste clases de actuación o algo por el estilo? ¡Estuvo fenomenal!", exclamó la chica mientras daba una serie de leves golpes sobre el brazo del hombre que iba sentado a su lado.

"¡No lo sé! ¡Creo que me lo tomé muy en serio, hermana! Rayos, me siento terrible cada vez que trato a la gente de esa manera, sobre todo con Eugene. ¡Ese muchacho es tan noble! Debo hacer algo para compensarlo", le respondió Alexander, quien ahora parecía un hombre totalmente diferente con la expresión incrédula y amigable que tenía en el rostro.

Capítulo 3 Una breve historia de hermanos, amigos y traiciones

Alexander Granth, un hombre temido por muchos y admirado por pocos.

Su familia poseía una fortuna que podría competir sin problema con las arcas de una nación entera. Los cimientos de esta riqueza se sostenían sobre dos pilares: la inovación y el miedo. Los herederos debían tomar las riendas de los negocios familiares lo más pronto posible, ya que una mente joven tenía la capacidad de concebir ideas modernas que renovaran por completo las industrias en las que participaban.

Por lo regular, las fábricas que le pertenecían a la familia Granth eran las primeras en utilizar tecnologia de punta y procesos disruptivos que los convertían en los líderes de cada ramo, sin olvidar que sus productos era únicos en el mundo y solían ser imitados por las demás empresas; moda, autos, alimentos, entretenimiento, medicina, ciencia, artes, toda actividad que requería una gran inversión, tenía el nombre de los Granth grabado en cada una de sus letras.

Alexander siempre fue un niño con mucha imaginación; en los primeros años de su vida, paasaba la mayor parte del día encerrado en su habitación concibiendo toda clase de ideas alocadas, las cuales plasmaba en dibujos o ensayos. C todos en la familia Granth nacían con ese talento innato, y por lo tanto, la mayoría de las conversaciones solo trataban de inventos y de las diversas maneras de generar dinero con ellos. Él no podía quejarse de la manera en la que se desarrolló su infancia, ya que sus padres siempre fueron muy atentos. Sin embargo, cuando Alexander llegó a la pubertad, un suceso lo cambió todo y ya nada fue igual. Su madre se volvió una mujer materialista y demasiado frívola. Su padre solo estaba en casa unos dos o tres veces al mes, y cada vez que se reunían, el hombre se veía sumamente molesto, como si la existencia de su hijo y de su esposa representaran un estorbo; Frederick solo se veía feliz cada vez que organizaban fiestas multitudinarias. El alcohol y la compañía de varias mujeres eran las únicas cosas que le devolvían aquella sonrisa que Alexander vio cuando era un niño pequeño.

Esta situación hizo que la pasión que sentía por los inventos y la tecnología quedara enterrada en la parte más profunda de su ser, o mejor dicho, como si el desprecio de sus padres se hubiera convertido en la personificación de un ser diabólico que le arrancó la inocencia y los sueños que albergaba en su alma. Con el paso del tiempo, Alexander se dio cuenta de que su familia solo lo veía como una herramienta que garantizaría la perpetuidad de su fortuna; no era pasión por los inventos y la innovación, solo era la ambición de los Granth. El dinero era visto como una religión, un ídolo al que se le debía absoluta obediencia.

El corazón del hombre casi se marchitó cuando se percató de la cruda realidad, ya que su naturaleza gentil le decía que lo más importante era el amor y los lazos que lo unían con sus seres queridos. Gracias a su sensatez e inteligencia, la decepción no derrotó a su espíritu, y poco a poco se fue interesando en actividades que le ayudaran a impartir justicia; como en algún momento su familia también le arrebataría su libertad, él aprovechó los pocos años de adolescencia para aprender disciplinas que, en algún punto de su vida, quizás le ayudarían a escapar.

Primero fue la equitación y el futbol americano. Sin embargo, estas actividades le dejaron un mal sabor de boca a Alexander, ya que sus demás compañeros solo practicaban estos deportes por los motivos erróneos: para atraer a más chicas, para ver quién utilizaba el equipo más caro, anhelando convertirse en grandes celebridades gracias a las influencias de sus padres, y algunos otros que solo lo hacían por la presión social y para encajar en esos círculos donde se reunía la élite de la ciudad. Harto de las personas que lo rodeaban, el joven Alexander puso su atención en disciplinas mucho más extremas como las artes marciales mixtas, práctica de tiro, alpinismo, boxeo, y cualquier otra cosa que aterrara a los frágiles muchachos adinerados con los que convivía. Debido a que era muy inteligente, las clases de secundaria y preparatoria le resultaban demasiado sencillas, y a pesar de que casi no estudiaba, aun así obtenía las mejores calificaciones, e incluso los representaba en concursos de conocimiento y ciencia.

Por lo regular, los jóvenes no son tan acertivos y su criterio llega a ser un tanto superficial. Los compañeros y supuestos amigos de Alexander eran corroídos por la envidia y los celos, ya que el heredero de la familia Granth no solo era un prodigioso atleta, sino que también era de los más listos en la escuela y el más popular entre las chicas. Lo que detono el odio de los demás fue ver que él siempre los evitaba y que hacía todo lo posible por no dirigirles la palabra; Alexander solo lo hacía cuando era estrictamente necesario, sobre todo en los eventos sociales donde sus familias coincidían y era forzoso interactuar. Los jóvenes de Racketdale sentían que Alexander los despreciaba y que los veía con individuos inferiores, algo que era sumamente ofensivo para las personas de las más altas esferas de la sociedad; poco sabían que él los trataba de esa manera porque su mente estaba muy ocupada ideando su plan de escape.

Él solamente pudo hacer un amigo dentro de todo ese periodo de tiempo. De hecho, confiaba tanto en ese chico que le confesó los problemas que lo tenían tan afligido y la razón de su enajenamiento. Lamentablemente, esa persona confabuló con los padres de Alexander y le tendieron una trampa que volvería a cambiar su vida. Los Granth solían manejarse con una aterradora frialdad cuando se trataba de defender su fortuna; sobornos, asesinos a sueldo, traiciones, todo lo que fuera válido para mantenerse en la cima. Cuando el mejor amigo de Alexander le contó a sus padres todo lo que había estado planeando, ellos se escandalizaron, pero rápidamente superaron la conmoción y concibieron un plan maléfico digno de cualquier villano. Si la familia Granth pagaba millones por mantener al margen a todos sus enemigos, ¿por qué darle ese dinero a otras personas cuando un miembro de la familia podía encargarse de todo? Eso les ahorraría mucho dinero y esfuerzo. Alexander sería el primero de un linaje de guerreros sanguinarios y brillantes que le darían un nuevo significado a las palabras 'poder' y 'riqueza'.

Después de una dolorosa y cruel terapia, Alexander fue enviado a una cárcel de alta seguridad ubicada en una de las islas más remotas de Inglasia. Los Granth contrataron a docentes privados que nutrirían los conocimientos académicos de su hijo, lo que serviría para administrar apropiadamente los negocios; por otra parte, los mismos reclusos lo entrenarían para convertirse en un delincuente profesional. Antes de su regreso, la familia se encargó de difundir los rumores sobre el procedimiento al que fue sometido su hijo, y cuando este último volvió, su espectáculo consistió en varios delitos que ni el ejército pudo contener.

Alexander Granth, un muchacho con gran potencial, se convirtió en un arma alimentada por la avaricia. O por lo menos eso es lo que pensaban sus padres y los habitantes de esta ciudad. Él sabia que esa familia lo sacrificaría con tal de alcanzar sus objetivos, pero la determinación del hombre le permitió conservar su esencia. Aquel niño que creía en la importancia del amor, sobrevivió gracias al único vínculo que se negaba a desaparecer.

Vanessa, su hermana, esa alegre chica que lo acompañó a todos lados durante su adolescencia, le daba a Alexander la fuerza necesaria para seguir adelante. No estaba de más decir por qué la chica tenía esa personalidad; crecer en un mundo de acción, riesgos y aventura la convirtió en lo que era hoy. Pero esto no le molestaba a Alexander, ya que su hermana era el reflejo de lo que él algún día pudo ser si las cosas hubieran sido diferentes...

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