CAPITULO VIII
LA HUIDA
Las calles estaban controladas por los soldados del rey, y Jonathan Wox, trataba de llegar a su casa, sin ser detenido antes por los partidarios de la Iglesia del rey o sus esbirros. Si lograba sortear aquellos peligros, podría tener junto a su familia una oportunidad de ser libre en Nueva Inglaterra. Se pegaba virtualmente a las paredes combadas de las casuchas del barrio portuario, donde vivía en el tercer piso de un edificio ruinoso, y húmedo, que amenazaba caerse de un momento a otro. Sus botas al correr, pateaban las aguas sucias de las charcas, que le salpicaban la ropa embarrándole. Su cabeza giraba en derredor, tratando de ver si algún guardia estaba tras sus pasos y de cuando en cuando, se sumergía en las sombras de algún portal, que más parecía ser una boca del Averno, que la entrada a una vivienda. Serpenteó por calles oscuras, en las que abundaba la basura y los restos de comida. Un intenso olor a suciedad y orines viejos, impregnaba la atmósfera y Jonathan llegó jadeante y asqueado a la vista del muelle. Jonathan, sentía como su corazón se aceleraba y por un momento creyó que todo Londres escuchaba su bombeo. Su frente estaba perlada de un sudor frío, y su mano aferraba entre sus ropas algo envuelto en un trozo de mugrienta tela. Escuchaba los gritos de los soldados al correr intentando dar caza a algunos de ellos que sin duda habían sido menos precavidos que él, y un terror mórbido se apoderó de él. No podía mover un solo músculo y pensó:
-"Tranquilo Jonathan solo Dios conoce tu destino".
De pronto los pasos se hicieron más fuertes y pudo oír el tintineo de las armas en las manos de los soldados. Temió, no la muerte, sino dejar indefensos a sus hijos y esposa. Oró en silencio y se pegó a la pared de la casa a sus espaldas, en un vano intento de esconderse. Los soldados, cinco en total, llegaron a su altura.
-¿Quién sois vos y qué hacéis a estas horas en este lugar?, ¿acaso no sois temeroso de Dios?-le preguntó con gesto adusto, el que parecía mandar el cuerpo de guardia que se hallaba haciendo la ronda.
-Señor soy temeroso de Dios y buen hijo de la Iglesia, he estado trabajando hasta tarde y ahora me dirijo a mi casa con mi familia. Trabajo en el muelle como estibador.
-Os acompañaremos y veremos si decís verdad o sois un rebelde mentiroso, de los que se reúnen en clandestinidad para conspirar contra nuestro rey Carlos.
Jonathan no deseaba que localizasen el lugar donde vivía en paz con los suyos, pero no podía negarse sin despertar las sospechas de aquellos hombres del rey. Caminaron despacio, mientras atravesaban las dos últimas callejuelas, que Jonathan sabía desembocaban en el puerto. Nervioso y aterrado, a la vez que helado de frío, intentó iniciar una conversación con los soldados que resultó inútil. Pero la providencia o dios mismo, jugó una baza a su favor en el instante crítico, en que ya daba todo por perdido. Una voz solicitó el auxilio de la ronda.
-¡Favor!, ¡favor! Me atacan...
-Id a vuestra casa buen hombre y no salgáis por estas calles del demonio a estas horas, si no queréis daros de manos a boca con el diablo mismo...¡Vamos!
Los soldados echaron a correr en la dirección de dónde provenía la voz de auxilio y Jonathan decidió dar un rodeo hasta llegar a las inmediaciones de su hogar. Las sombras jugaban a ocultarle de los perseguidores una vez más y él se escurrió entre los montones de tierra y desechos, hasta encontrarse a tres metros de su casa. Miró una vez más atrás, para ver si le habían seguido, y tras cerciorarse de que no era así, entró en la casa, subiendo los escalones de madera desgastada, que crujieron bajo el peso de su fornido cuerpo, hasta llegar a la última planta, donde vivía con su esposa y sus dos hijos, en el desván.
Desde la ventana se divisaba el mar, inmenso y eterno, para ojos inexpertos. ¡Cuántas veces había mirado al horizonte en compañía de su esposa Catheryn con la ingenua esperanza, que ahora parecía cobrar vida, de poder escapar y servir a Dios en la nueva tierra!
Las noticias que llegaban de palacio hacían prever una cruenta persecución por parte del rey Carlos I, el deseaba controlar a la Iglesia, como su antecesor y fundador de esta Enrique VIII y estaba dispuesto a extirpar toda oposición. Jonathan salía de una reunión clandestina, en la que varios varones, habían tomado la decisión de escapar antes de que fuese demasiado tarde. Siete familias, embarcarían en un navío cuyo nombre ninguno sabía por seguridad. Solo el capitán, también puritano, era conocedor de los detalles. Él enviaría por ellos en el punto previamente marcado y hablado con cada uno, uno distinto para cada familia, a fin de mantener en seguridad al resto de ser detectado alguno de los integrantes del grupo.
Catheryn al verle entrar, se echó en sus brazos llorando y él la abrazó calmando su natural temor.
-Tranquilizaos estoy en casa sano y salvo, y traigo buenas nuevas. No me han seguido tranquilizaos,-le repitió una segunda vez, mientras ella se separaba de su pecho y se secaba las lágrimas con el delantal blanco, que impoluto, retaba a la suciedad de afuera.
-Temí por vos, ahí afuera han estado los soldados del rey deteniendo a muchos de los nuestros. Incluso subieron casa por casa, preguntando por los esposos que no estaban en ellas. Yo dije que no sabía, que trabajabas en el muelle hasta tarde, bien entrada la noche. Espero que no vuelvan.
-Ya no importa ¿dónde están los niños? Tenemos que prepararnos para marchar a la nueva tierra donde podremos adorar a Dios en libertad...apresúrate mujer, no disponemos de mucho tiempo, apenas tres horas.
-John está jugando en mi cama y a su lado duerme Diana.
Despiértala y diles que han de guardar estricto silencio. Nos vamos. Mete en un hatillo solo lo de mayor valor y lo que sea de interés para usar en el viaje en barco que vamos a iniciar.
Jonathan miró a través de la ventana del desván y se calmó al comprobar que no había soldados a la vista. Catheryn se echó a la niña de apenas siete meses, sobre su pecho y le indicó a John que callase y no hiciese ruido. Los tres salieron de la alcoba en que dormían todos y en el pequeño espacio que le precedía, sacó de un armario, algunos recuerdos que guardaba en un cofrecillo de madera y varias prendas de mujer y de varón, así como algo de ropa de abrigo para sus hijos. Jonathan extrajo de un estante un libro de tapas negras, una biblia, y una pluma gastada con la que solía escribir además del tintero, casi vacío. Guardó en su faltriquera una bolsita que sonó al ser agarrada con la manaza del estibador. Dentro, estaban los tres medios sueldos que habían ahorrado, para irse de Inglaterra. Con la ropa en un hatillo y los objetos de peso en una bolsa de cuero marrón gastada por el uso, abrió la puerta que chirrió como un demonio exorcizado y tras cerciorarse de que nadie les espiaba, descendieron escalón tras escalón, rezando para que no hiciesen ruido y despertasen a los demás vecinos. Catheryn admiraba el valor y la fuerza de su esposo y la determinación por llevarlos al nuevo mundo, hacía que su pecho jadease de emoción.
En el puerto una nave se balanceaba crujiendo su maderamen como si fuese a desencuadernarse de un momento a otro.
CAPITULO II
EL EMBARQUE
Lord William Sentheyr, se enfundaba una oscura capa y embozado cual criminal, salía de la casa de campo en que había tenido lugar la reunión con los cabeza de familia, de las siete familias implicadas en la fuga a Nueva Inglaterra. Por causa de su religión, el rey le había confiscado sus tierras y su título y se veía mendigando en casa de cada familia puritana, que le servían con gusto. Sabían que cuando llegasen a las costas americanas, él sería el más influyente. Conocía a John Winthrop, que lideraba la operación de fuga de Inglaterra. Se rumoreaba que William Laud, iba a ser nombrado arzobispo de Canterbury y eso supondría la cruenta persecución y ejecución, tanto de papistas, como de disidentes de la Iglesia Anglicana, como de ellos mismos. Huir era la única salida que les quedaba. Lord Sentheyr se introducía en una carroza que evidenciaba el paso del tiempo y el excesivo uso, y daba dos golpes en el techo de esta, para que el cochero en el pescante, supiera que podía salir de allí. Se desprendió de la capa y dejó al descubierto, un jubón de terciopelo negro, con botonadura de oro y unas calzas del mismo color, enfundadas en sendas botas de cuero negro y brillante. Sus manos, de un extraordinario y marfilíneo color, aferraban un bastón de madera de ónice la diestra, y un pequeño pergamino la siniestra. Su cabeza, iba cubierta por un sombrero cilíndrico de terciopelo, también negro, al más puro estilo español, de la época en que esta, marcaba la tendencia del vestir entre los nobles de otros reinos, que se tenían por modernos y bien ataviados. Habría de abandonar tales lujos, de los escasos que le quedaban y vestir atuendo de puritano, sin excesos, ni adornos superfluos. Pero de momento, le ayudaba a pasar desapercibido entre el gentío de la hacinada Londres y a ser respetado, como lo que fue, más que por lo que ahora era. En general, de no encontrarse con otros nobles, la plebe ignoraba, si en verdad ostentaba título en ese momento concreto, o por el contrario le había defenestrado el rey...
La carroza traqueteó por senderos de piedra, alzados por los romanos y ensanchados por los trabajadores del rey, y le adormeció mientras escapaba de aquella casucha, perdida en medio de la nada. La campiña inglesa comenzaba a despertar a esas horas, y los árboles definían sus siluetas, de noche siniestras, aportando lugar donde esconderse. Se desperezó lentamente y desenrolló el pergamino, que ahora yacía en el asiento junto a él. Catorce familias, estarían siendo ya recogidas en catorce puntos distintos. El resto, hasta veintiuna, estaban ya a bordo de una de las dos naves que saldrían para Nueva Inglaterra. A él le tocaba recoger a la de Jonathan Wox y a la de Sendon Laidors, estarían una en el muelle en la esquina de Orange Street con Towerking Street, y la otra la de Laidors, en la manzana aledaña. Estaban a poco menos de media hora en coche, del punto previamente seleccionado y sin embargo, sus nervios se tensaban como cuerdas de arco. Llovía copiosamente y el agua repiqueteaba contra el cristal del coche, como luchando por abrirse paso hasta Lord William. En su mente bullía una idea, un sueño irrealizable, que se estaba convirtiendo en realidad, por la mano de Dios todopoderoso, que les prestaba su gracia, a fin de que le pudiesen adorar como ellos deseaban y Él mandaba. La ciudad de Londres, apareció como una gema débilmente iluminada, que anhela ser limpiada y pulida, por un joyero hábil, y al entrar en las calles sucias y malolientes, se tapó la nariz y la boca, con un pañuelo perfumado, que extrajo de la faltriquera de su jubón. El cochero, que tenía órdenes estrictas, se introdujo entre dos calles, que casi aprisionaron el coche, para salir a una mal llamada plaza, donde algunos niños harapientos, jugaban entre montañas de tierra, escombros de casuchas derruidas y bebían a morro, de una fuente inclinada, y que amenazaba con desarraigarse de la tierra misma. Allí debía esperar a Sir Anthony Parson, el armador puritano que prestaba sus barcos, para los demás miembros de la congregación, que iban en pos de la libertad de culto.
Un coche destartalado y de maderas que crujían lamentando existir aún, llegó a su altura y de su interior descendió un adusto varón, ataviado con jubón y calzas azul marino y gorro de estilo escocés, que se ocultaba parcialmente, bajo una capa raída de color marrón.
-Estamos en el punto tres L...-fue a pronunciar el título de William, cortando la palabra antes de ser expulsada por su rebelde boca.-perdón, conmigo viajan los tres miembros de la familia Maccarthy. Hemos de darnos prisa y concluir la "recolección" antes de que amanezca por completo, de lo contrario, el puerto se llenará de soldados.
Lord William no dijo nada, y por toda respuesta se limitó a asentir con la cabeza y a introducirse de nuevo en el coche, para salir sin pausa con rumbo fijo hacia el muelle del Támesis. El coche de Parson, le siguió entre crujidos y traqueteos que avisaban de que en un momento, tiempo esperado, se desmontaría por completo. Llegar fue lo más sencillo, pero recoger a los Wox y a los Laidors iba a ser más difícil. El muelle era recorrido por dos rondas, el rey había ordenado doblar la guardia y no permitían el acceso, a nadie que no portase el salvoconducto real, expedido por el rey en persona y lacrado con su sello.
-¿Qué haremos?, así es imposible atravesar esa línea de soldados del rey...-se quejó sir Anthony.
-Si el rey no nos permite salir, imitaremos a Moisés, e iremos en pos de dios. Él nos escuchará y esas dos familias vendrán, de una u otro forma, a nuestra presencia. Faraón fue más terco y sin embargo El Señor le derrotó, protegiendo a su pueblo, para que este saliese de la esclavitud de Egipto.
-No estamos en una situación muy diferente Lord William, que si no sucede algo a nuestro favor y pronto, esas dos familias lo van a pasar muy mal.
-¡Fe!, ¡fe!, orad por ellos y tened fe...eso hago yo mientras pienso.
Jonathan se daba perfecta cuenta, de que el rey estaba al acecho y sospechaba que algún miembro de su Iglesia, había sido capturado y le habían hecho hablar bajo crueles torturas, para delatar su presencia aquella noche crucial. No acertaba a comprender nada, que no entrase en los parámetros que él manejaba. Miraba de hito en hito, a ver si algún embozado caballero, de los pocos que pasaban por delante y a la carrera, para librarse en lo posible del aguacero que caía de los cielos, era el que les tenía que conducir, al navío que les llevaría al nuevo mundo. Él también notó el aumento de soldados en el muelle, y se decidió a avanzar algo, pegado a la pared con su esposa detrás, llevando en sus brazos a la hija de ambos y con el joven John tras ella. No quería irse lejos, por no correr el riesgo de que llegasen por ellos y no les hallasen.
Cinco naves, atracadas en el muelle de San Andrés, se balanceaban al capricho del viento que las zarandeaba y como regalo de La Providencia, un terrible aparato eléctrico envolvió estas y al muelle entero con ellas. Los soldados buscaron refugio, bajo el ancho alero de una casucha, que era la esquina que daba al muelle y junto a ellos, una mujer y dos niños se removieron inquietos, eran los Laidors que temblaban ahora, no de frío sino de miedo. Su esposo había ido a ver si los Wox que vivían cerca estaban en algún lugar cercano o en su casa.
-Pero mujer ¿Qué hacéis con esas dos criaturas en plena calle bajo esta tormenta?-le preguntó el teniente de la guardia nocturna.
-Ay señor, que mi hermana ha dado a luz y tengo que ayudarla a cuidar de sus hijos, pero mi esposo se tarda, iré por él si su merced me lo permite...
-Id mujer id, pero abrigad a esos hijos de Dios y marchad pegados a la pared, que este viento del diablo, amenaza llevarse a los que servimos a Dios.
Mentalmente Elizabeth, pidió perdón por le media verdad que le dijese al soldado y corrió cuanto pudo, en dirección a la casa de los Wox, para tratar de encontrarse con su marido y con ellos mismos. El agua les empapaba y solo cuando vieron a Sendon Laidors que llegaba a su altura, se sintieron aliviados.
-Ay esposo mío, qué miedo hemos pasado...esto está lleno de hombres de armas...les he dicho que íbamos a ayudar a mi hermana que acaba de dar a luz para cuidar a sus niños, El Señor sabrá perdonar mi media verdad, que ha dado a luz, pero murió en el parto y descendencia no tiene.
-Calmaos esposa mía, que hemos de salir de este Egipto que nos somete y cuando estemos a salvo, Él sabrá en su inmensa misericordia, perdonar el error de su sierva.
No le dio tiempo a más porque Sir Anthony y Lord William llegaban hasta ellos en aquel instante y les aferraban del brazo para conducirles hasta "El Aurora" y "La Misericordia". Corrieron como almas que lleva el diablo, bajo la lluvia torrencial que inundaba ya calles enteras y penetraba en las casas, y a salvo de las espadas del rey, llegaban a la pasarela del "Aurora".
-¡Subid, subid! Hay que salir en cuanto amaine un poco la tormenta que Dios envía para protegernos.
Las dos naos estaban aparejadas y listas para abandonar el muelle en cuanto el tiempo se calmase lo más mínimo. Su capitán estaba acostumbrado a peores tormentas tropicales, que lo habían agitado en el mar caribe más de una vez. Tras subir las dos familias, ordenó retirar la pasarela y dos marineros, cumplieron la orden con gusto. Aún tardó un par de eternas horas, antes de que la tormenta amainase lo suficiente, como para emprender el viaje desplegando velamen. Soltaron las estachas del muelle y las dos naos se separaron de él llevadas por la marea. Cuando ya dejaban atrás el muelle, vieron cómo se congregaban en este, numerosos guardias reales. Habían escapado justo a tiempo.
CAPITULO II
EL EMBARQUE
Lord William Sentheyr, se enfundaba una oscura capa y embozado cual criminal, salía de la casa de campo en que había tenido lugar la reunión con los cabeza de familia, de las siete familias implicadas en la fuga a Nueva Inglaterra. Por causa de su religión, el rey le había confiscado sus tierras y su título y se veía mendigando en casa de cada familia puritana, que le servían con gusto. Sabían que cuando llegasen a las costas americanas, él sería el más influyente. Conocía a John Winthrop, que lideraba la operación de fuga de Inglaterra. Se rumoreaba que William Laud, iba a ser nombrado arzobispo de Canterbury y eso supondría la cruenta persecución y ejecución, tanto de papistas, como de disidentes de la Iglesia Anglicana, como de ellos mismos. Huir era la única salida que les quedaba. Lord Sentheyr se introducía en una carroza que evidenciaba el paso del tiempo y el excesivo uso, y daba dos golpes en el techo de esta, para que el cochero en el pescante, supiera que podía salir de allí. Se desprendió de la capa y dejó al descubierto, un jubón de terciopelo negro, con botonadura de oro y unas calzas del mismo color, enfundadas en sendas botas de cuero negro y brillante. Sus manos, de un extraordinario y marfilíneo color, aferraban un bastón de madera de ónice la diestra, y un pequeño pergamino la siniestra. Su cabeza, iba cubierta por un sombrero cilíndrico de terciopelo, también negro, al más puro estilo español, de la época en que esta, marcaba la tendencia del vestir entre los nobles de otros reinos, que se tenían por modernos y bien ataviados. Habría de abandonar tales lujos, de los escasos que le quedaban y vestir atuendo de puritano, sin excesos, ni adornos superfluos. Pero de momento, le ayudaba a pasar desapercibido entre el gentío de la hacinada Londres y a ser respetado, como lo que fue, más que por lo que ahora era. En general, de no encontrarse con otros nobles, la plebe ignoraba, si en verdad ostentaba título en ese momento concreto, o por el contrario le había defenestrado el rey...
La carroza traqueteó por senderos de piedra, alzados por los romanos y ensanchados por los trabajadores del rey, y le adormeció mientras escapaba de aquella casucha, perdida en medio de la nada. La campiña inglesa comenzaba a despertar a esas horas, y los árboles definían sus siluetas, de noche siniestras, aportando lugar donde esconderse. Se desperezó lentamente y desenrolló el pergamino, que ahora yacía en el asiento junto a él. Catorce familias, estarían siendo ya recogidas en catorce puntos distintos. El resto, hasta veintiuna, estaban ya a bordo de una de las dos naves que saldrían para Nueva Inglaterra. A él le tocaba recoger a la de Jonathan Wox y a la de Sendon Laidors, estarían una en el muelle en la esquina de Orange Street con Towerking Street, y la otra la de Laidors, en la manzana aledaña. Estaban a poco menos de media hora en coche, del punto previamente seleccionado y sin embargo, sus nervios se tensaban como cuerdas de arco. Llovía copiosamente y el agua repiqueteaba contra el cristal del coche, como luchando por abrirse paso hasta Lord William. En su mente bullía una idea, un sueño irrealizable, que se estaba convirtiendo en realidad, por la mano de Dios todopoderoso, que les prestaba su gracia, a fin de que le pudiesen adorar como ellos deseaban y Él mandaba. La ciudad de Londres, apareció como una gema débilmente iluminada, que anhela ser limpiada y pulida, por un joyero hábil, y al entrar en las calles sucias y malolientes, se tapó la nariz y la boca, con un pañuelo perfumado, que extrajo de la faltriquera de su jubón. El cochero, que tenía órdenes estrictas, se introdujo entre dos calles, que casi aprisionaron el coche, para salir a una mal llamada plaza, donde algunos niños harapientos, jugaban entre montañas de tierra, escombros de casuchas derruidas y bebían a morro, de una fuente inclinada, y que amenazaba con desarraigarse de la tierra misma. Allí debía esperar a Sir Anthony Parson, el armador puritano que prestaba sus barcos, para los demás miembros de la congregación, que iban en pos de la libertad de culto.
Un coche destartalado y de maderas que crujían lamentando existir aún, llegó a su altura y de su interior descendió un adusto varón, ataviado con jubón y calzas azul marino y gorro de estilo escocés, que se ocultaba parcialmente, bajo una capa raída de color marrón.
-Estamos en el punto tres L...-fue a pronunciar el título de William, cortando la palabra antes de ser expulsada por su rebelde boca.-perdón, conmigo viajan los tres miembros de la familia Maccarthy. Hemos de darnos prisa y concluir la "recolección" antes de que amanezca por completo, de lo contrario, el puerto se llenará de soldados.
Lord William no dijo nada, y por toda respuesta se limitó a asentir con la cabeza y a introducirse de nuevo en el coche, para salir sin pausa con rumbo fijo hacia el muelle del Támesis. El coche de Parson, le siguió entre crujidos y traqueteos que avisaban de que en un momento, tiempo esperado, se desmontaría por completo. Llegar fue lo más sencillo, pero recoger a los Wox y a los Laidors iba a ser más difícil. El muelle era recorrido por dos rondas, el rey había ordenado doblar la guardia y no permitían el acceso, a nadie que no portase el salvoconducto real, expedido por el rey en persona y lacrado con su sello.
-¿Qué haremos?, así es imposible atravesar esa línea de soldados del rey...-se quejó sir Anthony.
-Si el rey no nos permite salir, imitaremos a Moisés, e iremos en pos de dios. Él nos escuchará y esas dos familias vendrán, de una u otro forma, a nuestra presencia. Faraón fue más terco y sin embargo El Señor le derrotó, protegiendo a su pueblo, para que este saliese de la esclavitud de Egipto.
-No estamos en una situación muy diferente Lord William, que si no sucede algo a nuestro favor y pronto, esas dos familias lo van a pasar muy mal.
-¡Fe!, ¡fe!, orad por ellos y tened fe...eso hago yo mientras pienso.
Jonathan se daba perfecta cuenta, de que el rey estaba al acecho y sospechaba que algún miembro de su Iglesia, había sido capturado y le habían hecho hablar bajo crueles torturas, para delatar su presencia aquella noche crucial. No acertaba a comprender nada, que no entrase en los parámetros que él manejaba. Miraba de hito en hito, a ver si algún embozado caballero, de los pocos que pasaban por delante y a la carrera, para librarse en lo posible del aguacero que caía de los cielos, era el que les tenía que conducir, al navío que les llevaría al nuevo mundo. Él también notó el aumento de soldados en el muelle, y se decidió a avanzar algo, pegado a la pared con su esposa detrás, llevando en sus brazos a la hija de ambos y con el joven John tras ella. No quería irse lejos, por no correr el riesgo de que llegasen por ellos y no les hallasen.
Cinco naves, atracadas en el muelle de San Andrés, se balanceaban al capricho del viento que las zarandeaba y como regalo de La Providencia, un terrible aparato eléctrico envolvió estas y al muelle entero con ellas. Los soldados buscaron refugio, bajo el ancho alero de una casucha, que era la esquina que daba al muelle y junto a ellos, una mujer y dos niños se removieron inquietos, eran los Laidors que temblaban ahora, no de frío sino de miedo. Su esposo había ido a ver si los Wox que vivían cerca estaban en algún lugar cercano o en su casa.
-Pero mujer ¿Qué hacéis con esas dos criaturas en plena calle bajo esta tormenta?-le preguntó el teniente de la guardia nocturna.
-Ay señor, que mi hermana ha dado a luz y tengo que ayudarla a cuidar de sus hijos, pero mi esposo se tarda, iré por él si su merced me lo permite...
-Id mujer id, pero abrigad a esos hijos de Dios y marchad pegados a la pared, que este viento del diablo, amenaza llevarse a los que servimos a Dios.
Mentalmente Elizabeth, pidió perdón por le media verdad que le dijese al soldado y corrió cuanto pudo, en dirección a la casa de los Wox, para tratar de encontrarse con su marido y con ellos mismos. El agua les empapaba y solo cuando vieron a Sendon Laidors que llegaba a su altura, se sintieron aliviados.
-Ay esposo mío, qué miedo hemos pasado...esto está lleno de hombres de armas...les he dicho que íbamos a ayudar a mi hermana que acaba de dar a luz para cuidar a sus niños, El Señor sabrá perdonar mi media verdad, que ha dado a luz, pero murió en el parto y descendencia no tiene.
-Calmaos esposa mía, que hemos de salir de este Egipto que nos somete y cuando estemos a salvo, Él sabrá en su inmensa misericordia, perdonar el error de su sierva.
No le dio tiempo a más porque Sir Anthony y Lord William llegaban hasta ellos en aquel instante y les aferraban del brazo para conducirles hasta "El Aurora" y "La Misericordia". Corrieron como almas que lleva el diablo, bajo la lluvia torrencial que inundaba ya calles enteras y penetraba en las casas, y a salvo de las espadas del rey, llegaban a la pasarela del "Aurora".
-¡Subid, subid! Hay que salir en cuanto amaine un poco la tormenta que Dios envía para protegernos.
Las dos naos estaban aparejadas y listas para abandonar el muelle en cuanto el tiempo se calmase lo más mínimo. Su capitán estaba acostumbrado a peores tormentas tropicales, que lo habían agitado en el mar caribe más de una vez. Tras subir las dos familias, ordenó retirar la pasarela y dos marineros, cumplieron la orden con gusto. Aún tardó un par de eternas horas, antes de que la tormenta amainase lo suficiente, como para emprender el viaje desplegando velamen. Soltaron las estachas del muelle y las dos naos se separaron de él llevadas por la marea. Cuando ya dejaban atrás el muelle, vieron cómo se congregaban en este, numerosos guardias reales. Habían escapado justo a tiempo.
CAPITULO III
LA TRAVESÍA
En el camarote del capitán Lord William, y Sir Anthony, recibían ropas secas y otro tanto, hacían con los varones, que llegaban chorreando. Las tres mujeres y los seis niños, fueron llevados a uno de los camarotes, habilitados en la cubierta inferior, para que las mujeres estuviesen cómodas, a salvo de miradas lujuriosas. Las maderas de los navíos, humedecidas por las sucias aguas del Támesis, se dejaban acariciar, y navegaban una tras otra, como cisnes que huyen de jaula de hierro. Los capitanes, daban orden de soltar velamen una hora más tarde, y sus velas se hinchaban para insuflar vida renovada a los dos barcos, que salían del estuario del Támesis, introduciéndose en mar abierto, para dar forma a las esperanzas de un grupo de familias, que aspiraban a ser libres, adorando a su dios, en una tierra virgen, que Dios, a modo de Tierra Prometida, les ofrecía como lugar donde morar por tiempo indefinido.
-Señor os agradecemos en nombre de todos los miembros de nuestra congregación vuestra aportación, de hecho imprescindible, para poder salir de Inglaterra.-le decía mostrándole su gratitud Lord William al capitán Henry Camron, en presencia del armador Sir Anthony.
-No os precipitéis aún en darnos las gracias Jonathan, tendremos que sortear los barcos de guerra de Su Augusta Majestad, antes de acercarnos a las colonias que se están conformando en Masachussets. John Winthrop, viaja en la otra nave y cree que al menos dos galeones del rey, recorren las costas cercanas a la de Nueva Inglaterra, deteniendo y colgando a quienes se cree reos de alta traición, por causa de su culto religioso, opuesto al de la Iglesia oficial de Inglaterra.
-Dios nos ocultará a sus ojos de indignos incircuncisos que buscan la perdición de los siervos de Dios....-expulsó cada palabra por su boca un enfadado Sendon Laidors.
-No maldigáis a vuestros semejantes, y recordad que debemos amar a nuestros enemigos como ordenó nuestro Señor, y acumular brasas ardientes sobre su cabeza, Él decidirá quién es digno y quién no.
-Perdonad mi mal humor señor, es tan solo que apenas he dejado atrás la tierra profanada de mis antepasados y huyo a una que nos es ajena, cuando la rabia y el dolor me laceran aún el alma misma.
-Os comprendo Laidors, pero peor lo tienen los Macarthy, ella y sus dos hijos están solos en este mundo. Los soldados capturaron a su esposo y lo torturaron hasta matarlo. Les confesó el lugar de encuentro de dos familias y no le culpo. Fue lo suficientemente inteligente, como para no concretar el sitio de recogida y nos dio tiempo a llevarnos a las familias señaladas, por la mano del diablo.
-Entonces...Philippe Macarthy ¿ha muerto?-las lágrimas de Sendon resbalaron por sus mejillas sin poderlas contener.
-Así es, lo siento, sé que teníais una fuerte amistad que os unía, nada pudimos hacer por él. Le encerraron en La Torre. Dicen nuestros espías que el mismo rey Carlos acudió al interrogatorio y decidió su ejecución.
En ese instante, un par de golpes resonaron en la puerta del camarote y un marinero solicitó permiso para entrar. Una vela en el horizonte les seguía desde hacía dos largas horas y temían fuese del rey el barco.
-Hemos en vano intentado deshacernos de él, pero es tenaz en su intención de estar tras nuestras velas.
-El capitán salió catalejo en mano y subió los escalones que le separaban del castillo, hasta situarse junto al farol de popa y allí extendió este, para enmarcar en su lente al navío, que osaba seguirles sin que nadie supiese a que amo pertenecía.
-Parece un barco de guerra, un galeón armado. Veo sus portas en los costados y son muchas. Pero no distingo su pabellón. Habremos de esperar dejad que se acerque algo más.
Abajo en los camarotes habilitados para las mujeres, estas se desprendían de sus ropas húmedas y sucias y se cambiaban casi en silencio, mirándose unas a otras sumidas en una pena común.
-Estamos en un barco en medio de un mar inmenso, camino de Nueva Inglaterra...-dijo como una pena expresada, una muchacha joven que apenas alcanzaba los dieciséis años. Era hija del difunto Macarthy y en su rostro juvenil, se adivinaban la pena y la esperanza, en una extraña comunión. Junto a ella sentadas y abrazadas fuertemente, Anne y Eleonor su hija, la miraban, ateridas de frío. Su esposo y padre, Andrew Banters, estaba al cargo del timón de la nao.
-Tened fe hija, que Dios en su inmensa sabiduría nos protegerá y llevará a la tierra que nos dará cobijo, y donde podremos adorarle sin miedo a ser perseguidos. Él tiene a vuestro padre junto a Él y nos protegerá. –Le trató de aliviar el dolor que la consumía por dentro su madre. Ella lloraba en silencio, para no quebrar el espíritu del resto, mientras la abrazaba contra su pecho.
Mientras los varones se encargaban de las maniobras del navío y tomaban las decisiones, ellas se encargaban de darle forma a aquellas "habitaciones" que las acogerían por mucho tiempo, bajo el cielo protector. En arcones, fueron guardando las prendas, interiores en uno y las que servían para trabajar en otro. En otro más, las ropas que usaban para ir a servir a Dios en el templo, que ahora no poseían. Tendieron una cuerda de lado a lado del camarote y fueron entregando a las más jóvenes, las prendas que deberían enjabonar en barreños, para después colgarlas en la cuerda. Ellas aprendían así, a ser esposas diestras en las labores que deberían desarrollar en su futuro matrimonio, y la obediencia debida a su esposo, por medio de obedecer a sus mayores. Solían juntarse varias jóvenes y lavar juntas, mientras charlaban de sus deseos y esperanzas, de los varones que podrían llegar a ser sus maridos y así pasaban las horas de labor, sin que nada interfiriese en sus vidas. Ahora en un espacio tan reducido, se enfrentarían a la claustrofobia y la depresión, por estar presas entre las maderas de un barco.
El galeón que les seguía con la persistencia de un ave de presa, lucía su pabellón en el palo mayor visible para el capitán.
-¡Es un galeón español!, si nos da caza estamos perdidos. Hemos de ganar distancia. Contramaestre, dad orden de largar todo el velamen.
¡Largad velamen! –ordenó con voz potente el contramaestre.
Un galeón de guerra del rey Felipe IV, con rumbo a las Indias occidentales, seguía la misma travesía que ellos. Su bandera de barras amarillas y rojas, indicaba claramente que se trataba de un barco de guerra y las noventa portas, que guardaban en sus entrañas, otros tantos cañones, ponía sobre aviso a los posibles galeones que recorrían la ruta, de que su existencia peligraba, de no ser aliados de Su Católica Majestad. El mar le ponía a prueba con una nueva amenaza, para purificar sus almas ya agotadas.
-Preparad los cañones, tendremos que defendernos de llegar a alcanzarnos ese galeón. Llevamos con nosotros a los siervos de Dios, no podemos ser débiles ni abandonar la ruta.
Los marineros libres de trabajo, descendieron a la segunda cubierta, para limpiar y cargar los cañones que llevaban consigo, una escasa docena, distribuida en dos líneas, una a babor y otra a estribor. De alcanzarles el navío español. De poco les servirían y el capitán era consciente de tal pormenor, pero lo más importante era ahora, que viesen la determinación en su rostro y que sus palabras les infundiesen ánimo a sus hermanos de religión.
Las dos naves se alinearon para presentar un frente común, en caso de tener que defenderse y en sus mástiles hicieron ondear los estandartes de Inglaterra. El barco español al ver este, desplegó todo su velamen y dio comienzo a la caza de las dos naos. No poseían bandera propia que indicase su neutralidad y solo izaron un banderín rojo y negro, como señal de que no se trataba de un barco de guerra. Esperaban que supiesen interpretar tal señal, dado que no existía código alguno capaz de dar a conocer lo que cada capitán deseaba. El capitán Diego de Silva oteaba las popas de las dos naos y se preparaba para disparar sendos cañonazos de aviso, cuando el cielo se oscureció de pronto y una tormenta inesperada, separó a las dos naos y al galeón español.
-¡Plegad velamen, amarrad velas! ¡Todo el mundo bajo cubierta, solo quiero en ella a quien resulte útil!
La quilla del barco se balanceó como una bañera vieja y se dejó mecer al capricho de las olas, que barrían la cubierta y amenazaban llevarse a quien no se aferrase a los cabos. Un marinero que descendía del palo de trinquete, fue zarandeado y una ola que penetró por la proa, se lo llevó como a una hoja seca, caída de un árbol en otoño. Su grito fue ahogado por el estruendo del oleaje, que aún quebró la jarcia de la vela latina del palo de mesana. El mayor temor del capitán era que la nao "La Misericordia" no hubiese naufragado con todos los que llevaba a bordo, y al menos pudiese llegar a puerto.
Jonathan se veía impotente para ayudar en las maniobras del barco, pero optó por achicar agua de la cubierta, bien atado al mástil del palo mayor, y junto a él, Sendon ataba los cabos que tiraban desde las vergas a las barandas de babor y estribor, para asegurar el palo. Por los flechastes descendían los que iban terminando de plegar las velas y a duras penas lograban bajar a la cubierta inferior. La nao iba como un fantasma lleno de almas, cabalgando las olas y crujiendo su maderamen, como los huesos de un anciano decrépito, a punto de fenecer.
La tormenta amainó a las dos horas de iniciarse, y todos lamentaron la desaparición del marinero de veinte años, que como ofrenda forzosa a un dios desconocido, había sido tragado por las profundidades abisales de un mar enfurecido.
Afortunadamente el galeón español, también había desaparecido de la vista en el horizonte y podrían proseguir la travesía sin estorbo.