Cuando llegó marzo, Shoildon se convirtió en un hervidero de noticias impactantes, una tras otra.
Primero corrió el rumor de que Isaac Bennett, el primogénito de la familia más rica e influyente de la ciudad, había sufrido un terrible accidente de tráfico que lo había dejado paralítico de cintura para abajo.
Poco después, surgió otra sorpresa: la prestigiosa familia Bennett había decidido emparentar con los Willis, una familia que estaba ascendiendo en la sociedad.
Sin embargo, el mayor revuelo lo causó la pareja elegida. El novio era el propio Isaac, ahora discapacitado, y la novia, la hija mayor de los Willis, una joven que se había criado en un pueblo rural e islote, lejos del refinamiento de la ciudad.
A kilómetros de distancia de aquel entorno lujoso, Verena Willis, la joven de la que todos hablaban, continuaba en Trisas, el único lugar que conocía.
De pronto, el sonido de un mensaje entrante interrumpió el silencio de la modesta sala donde ella se encontraba.
Le bastó con mirar la pantalla para saber que le escribía su asistente.
El texto decía: "Evelyn, tengo un paciente con un caso extremadamente raro. Llevan seis meses esperándote. ¿Cuándo puedes venir a revisarlo?".
Verena presionó el botón de encendido para apagar la pantalla y se quedó un momento con los delicados dedos apoyados sobre el dispositivo, mientras una chispa de tristeza asomaba en sus ojos claros.
En todo el mundo la conocían como Evelyn Rowe, la sanadora milagrosa, pero la fama no significaba nada si no podía salvar a la persona que más quería. Su abuela había fallecido justo cuando ella tomaba el bisturí, sin poder resistir ni un segundo más.
Detrás de ella, llegaron las voces de sus padres en un murmullo; discutían a través de las delgadas paredes.
"Laura, ¿es que no tienes ni un poco de decencia? Mi madre apenas está bajo tierra y ya estás hablando de irte".
"Álex, la empresa está saturada de pendientes y la fiesta del decimoctavo cumpleaños de Kaia está a la vuelta de la esquina. Dime, ¿qué importa más: un montón de trabajo y una gran celebración familiar, o una muerta? Además, necesitamos que Verena vuelva a la ciudad para que aprenda modales. Si se comporta como una pueblerina después de casarse con un Bennett, ¡todo el mundo se va a burlar del apellido Willis!".
"¡Deja de llamarla chica de campo! ¡Es tu hija!".
"Si no fuera mi hija, ¿crees que me habría molestado en hacer este viaje para venir a buscarla?".
Verena contuvo una risita mientras escuchaba a sus padres discutir.
Las dos personas que discutían en la habitación de al lado le resultaban familiares; eran Álex y Laura Willis, sus padres.
En su juventud, ambos habían sido empleados comunes que progresaron poco a poco hasta alcanzar el éxito.
En esos primeros años de carencias y esfuerzo, no tenían tiempo para cuidar a una hija, así que su abuela, Sabina Willis, se hizo cargo de ella cuando apenas tenía un mes de nacida.
A pesar de sus apretadas agendas, sus padres se acordaban de vez en cuando de ella, y le mandaban algún encargo o detalle cariñoso cuando podían.
Sin embargo, sus prioridades cambiaron en cuanto el negocio prosperó y fundaron su propia empresa. A los siete años, Verena tuvo una hermana menor, Kaia Willis, y desde ese día el interés de sus padres por ella empezó a disminuir. A medida que la fortuna de los Willis crecía, se integraron sin problemas en las altas esferas de la sociedad.
Laura llamaba de vez en cuando, pero sus conversaciones nunca eran sobre la educación o la salud de su hija mayor. En su lugar, se dedicaba a hablar de Kaia, a quien llamaba el amuleto de la suerte de la familia, como si su única intención fuera presumir de la niña que supuestamente les había traído la prosperidad.
Cuando Kaia cumplió tres años, sus padres regresaron a Trisas para una visita.
Álex sugirió la posibilidad de llevarse a ella y a Sabina a Shoildon, pero Verena notó la tensión en la sonrisa de Laura. Más tarde, bastó con que Laura le susurrara algo a su esposo para que él descartara la idea por completo.
Poco después de regresar a Shoildon, Laura quedó embarazada de nuevo y dio a luz a un varón. A partir de ese momento, toda la atención de los padres se centró en Kaia y en el recién nacido. El dinero para los gastos llegaba puntualmente, pero los padres se mantuvieron ausentes durante quince años.
Verena estaba segura de que, si Sabina no hubiera muerto, ellos habrían seguido ignorándolas por completo.
***
Solo después de terminar los funerales, Verena aceptó viajar a la ciudad con ellos.
Hablaban con una calidez fingida, como si estuvieran ansiosos por tenerla cerca, pero ella entendía lo que realmente estaba pasando. Al fin y al cabo, era bastante fácil enterarse de las noticias de la ciudad con una simple búsqueda en internet.
Cuando ya se acercaban a la residencia Willis, Laura rompió el silencio.
"Verena, ten en cuenta que, si alguien te pregunta por tus estudios, debes decir que te graduaste de la Facultad de Medicina Acorith con una maestría y que estás por empezar tu internado...".
En su mente, Laura nunca había imaginado a Verena como algo más que una doctora de pueblo. Para ella, Trisas no era más que una aldea montañosa y apartada.
Como creía que Verena jamás había ido a la universidad, asumió que solo había aprendido un par de conocimientos básicos de los médicos locales.
Se había aferrado a esa suposición por los pocos comentarios que le había escuchado a Sabina sobre que su nieta estudiaba medicina.
El programa de medicina de Acorith era el mejor del país, y Laura no tenía reparos en colgarse de ese prestigio para mejorar su propia imagen. No quería ni pensar en que alguien descubriera que su hija mayor ejercía en algún rincón perdido del campo; le parecía humillante.
Verena se burló en silencio de la vanidad de su madre, sabiendo que a ella nunca le había importado conocerla de verdad.
Irónicamente, el mes pasado, la Facultad de Medicina de Acorith la había invitado a dar una conferencia a los alumnos.
En toda la vida de su hija, Laura jamás le había preguntado por su educación. En una ocasión, Verena se perdió dos exámenes por enfermedad, lo que le costó calificaciones bajas. Cuando Laura se enteró tiempo después, concluyó que su hija no servía para la escuela.
Incluso cuando Sabina intentó darles la buena noticia de que habían admitido a Verena en una universidad de primer nivel, ambos padres la cortaron, argumentando asuntos de trabajo antes de colgar de golpe.
Desde entonces, Verena y Sabina dejaron de compartir cualquier logro importante con ellos.
Verena miró a su madre a los ojos y le dijo con serenidad: "Nunca estudié en la Facultad de Medicina de Acorith".
La firmeza de la respuesta hizo que la mujer apretara los labios. A sus ojos, la negativa de su hija no era honestidad, sino rebeldía.
Por supuesto que sabía que su hija nunca había sido estudiante allí; por eso mismo le decía que mintiera. Comparada con Kaia, que tal vez no era tan bella como su hermana, pero tenía logros que presumir, su hija mayor era una vergüenza.
Antes de que pudiera regañarla, Álex tosió a propósito desde el asiento del copiloto, obligándola a morderse la lengua.
Dejando el asunto de lado, Laura cambió de tema con un tono suavizado, con una clara indulgencia.
"En fin, tu hermana está acostumbrada a que la consientan. Intenta no provocarla, ¿entendido? Se enoja con facilidad y deja de comer cuando está de mal humor".
Verena no pudo evitar pensar que todo ello le parecía bastante ridículo. Con casi dieciocho años y seguía comportándose como una niña mimada; Kaia era el vivo retrato de una consentida.
La conversación terminó cuando el automóvil se detuvo frente a una lujosa mansión que derrochaba opulencia.
Verena fue la primera en bajar y se quedó observando la imponente fachada.
Desde la entrada, una joven vestida con una playera linda y una falda corta salió corriendo hacia ellos; era Kaia, llena de entusiasmo juvenil.
"¡Papá, mamá, por fin volvieron!". La voz de Kaia sonó alegre y entusiasta.
Pero su entusiasmo disminuyó en cuanto su mirada se posó en Verena. Se le quedó viendo fijamente, recorriendo a su hermana de pies a cabeza.
Verena vestía una sudadera sencilla de color crema, pantalones de un tono amarillo claro y tenis blancos impecables; a primera vista, su aspecto parecía común. Sin embargo, sus facciones delicadas, su piel perfecta y su aire sereno y distante le daban una belleza imposible de ignorar. No había nada en ella que delatara los años que había pasado en un campo apartado.
Kaia sabía muy bien quién estaba frente a ella: su hermana de sangre, pero nunca habían compartido un hogar.
La vida en Shoildon había convertido a la menor en la intocable princesita de la familia Willis, la consentida de sus padres. La repentina aparición de una hermana mayor le provocó una sutil e incómoda molestia en el pecho.
"Ay, Kaia, por favor. ¿Cómo puedes salir tan desabrigada? ¿No tienes frío?".
Laura notó de inmediato la ropa delgada que llevaba su hija, se quitó rápidamente su propio abrigo y se lo puso encima.
Kaia soltó una risita y se abrazó a su madre. "Mamá, en realidad no hace nada de frío".
Era una escena lo bastante afectuosa como para conmover a cualquiera, pero Verena nunca había formado parte de esos momentos.
Entre risas, Kaia y Laura entraron a la casa, dejando a Verena parada ahí mismo, como si ya hubieran olvidado su llegada.
Mientras caminaba, Kaia miró a Verena por un breve instante, lanzándole una mirada larga e indescifrable por encima del hombro.
Al ver a su hija menor, la expresión de Álex se suavizó y se volvió hacia Verena para romper el hielo.
"Esa es tu hermana, Kaia. Le ha ido muy bien en la vida. Obtuvo notas altísimas en los exámenes de acceso a la universidad y ya ha asegurado su plaza en la Facultad de Medicina de Acorith...".
Álex se interrumpió al recordar algo. Le vino a la mente una conversación de hacía años con su madre, en la que ella mencionó de pasada que Verena nunca había presentado ningún examen de admisión a la universidad.
El hombre soltó un suspiro largo y pesado. "Te iría mucho mejor si fueras más como Kaia".
Verena ni siquiera se molestó en responder. El comentario era tan absurdo que le dio risa. Podían recordar cada pequeña peculiaridad de Kaia, pero cuando se trataba de algo tan importante como su educación, a nadie le había importado preguntar. Simplemente daban por hecho que ella no estaba a la altura de su hermana.
***
La casa de la familia Willis le parecía un territorio ajeno a Verena. Era extraño pensar que se suponía que ese lugar también era suyo, y sin embargo, era la primera vez que entraba.
Laura la guio por el pasillo hacia un dormitorio, con voz preocupada mientras le ofrecía una sonrisa tranquilizadora. "Si algo de aquí no te gusta, dímelo, ¿de acuerdo?".
Verena mantuvo un tono neutro. "Gracias, mamá".
"Cariño, no hace falta que seas tan educada. Soy tu madre".
Como Laura se quedó parada en la puerta en lugar de irse, su hija le preguntó: "¿Necesitabas algo más?".
Laura y Álex llevaban años esforzándose por abrirse paso en la alta sociedad y aprovecharon la primera oportunidad que se les presentó. A pesar de eso, seguían siendo unos recién llegados y muchos de los que estaban en esos círculos los veían como forasteros. La familia Bennett, en cambio, era una dinastía: adinerada, con excelentes contactos y con un prestigio muy arraigado.
Así que cuando la familia Bennett sugirió una alianza matrimonial, Laura no pensaba negarse. Ya podía imaginarse los beneficios y todas las puertas que se abrirían.
Pero el accidente de Isaac lo había dejado con una discapacidad permanente, y Laura no podía soportar la idea de entregar a su adorada hija menor a un hombre en esas condiciones. Fue entonces cuando decidió traer de regreso a su hija mayor.
Durante un momento, al ver la mirada serena e inquebrantable de Verena, Laura sintió un punzada de culpa. No había estado ahí para criarla y no tenían un vínculo verdadero. La culpa era real, pero el distanciamiento era más fuerte.
Aun así, se convenció de que era una oportunidad para Verena. Una joven de un pueblo pequeño y remoto, que había tenido problemas en la escuela y ahora trabajaba como médica en un lugar tan tranquilo como Trisas, solo podía salir ganando al casarse con un Bennett. Discapacitado o no, Isaac representaba riqueza, comodidad y seguridad.
"Por ahora necesitas descansar un poco, Verena. Hay alguien a quien quiero que conozcas esta noche, y yo misma te voy a llevar".
Laura no dijo de quién se trataba, pero Verena no tuvo necesidad de preguntar: sabía que sería Isaac, pues ya había leído sobre su accidente en internet. Sintió ganas de reír y negar con la cabeza al mismo tiempo. Esperar algo diferente de sus padres había sido una tontería. Los hijos que crecían ignorados aprendían a vivir con la amargura y la resignación.
"De acuerdo". Verena asintió con un simple gesto, aunque su conformidad no iba dirigida a Laura. Había venido a Shoildon con un único propósito: Isaac. Se preguntó por un momento en qué estado se encontraría él.
Laura esbozó una leve sonrisa al ver que su hija no ponía resistencia. "Bien. Descansa un poco. Te dejaré sola".
Cuando ya iba a retirarse, se dio la vuelta hacia Verena y le dijo: "Cuando lo veas esta noche, si te preguntan sobre tus estudios, diles que te graduaste de la Facultad de Medicina de Acorith con una maestría. No te preocupes por que descubran la verdad, yo me encargaré de todo".
En cuanto la puerta se cerró, Verena se recostó en la cama. Al levantar la mano derecha, notó el leve temblor en sus dedos.
Hacía seis días que no había logrado salvar a Sabina en el quirófano. El bisturí se le había resbalado y, desde entonces, su mano derecha no había dejado de temblar. Para una cirujana, ese tipo de temblor significaba la ruina total.
Los pensamientos la abrumaron hasta que el cansancio la venció, arrastrándola a una pesadilla inquietante.
En otra habitación, Kaia estaba recostada en el sofá viendo cómo su celular se llenaba de mensajes en un chat de grupo. Todos querían saber si su hermana era hermosa.
La pregunta puso de mal humor a Kaia. Decir que Verena era bonita era quedarse corto. Incluso con ropa simple, tenía el tipo de belleza que cautivaba. Su piel era suave, tersa y perfecta, demasiado refinada para alguien que había pasado años en un pueblo remoto y atrasado. A su lado, Kaia se sentía corriente: dulce e inofensiva, pero carente de atractivo genuino.
Como las preguntas no cesaban, finalmente respondió por escrito: "Está bien, no es fea".
Sabía que era una mentira descarada, pero las palabras le habían salido por puro instinto.
Para ese momento, todo el mundo en Shoildon ya sabía del próximo matrimonio entre la familia Bennett y la familia Willis.
Los jóvenes adinerados de la ciudad tenían curiosidad por la mujer con la que se iba a casar Isaac, quien en su momento había sido un hombre con un potencial inigualable.
Al ver la respuesta poco entusiasta de Kaia, el grupo se quedó callado. "No es fea...". Era el tipo de frase que daba a entender que la mujer era, en el mejor de los casos, del montón. 'Pobre Isaac', pensaron todos.
Entre los que leían el mensaje estaba Roberto Bennett, el hermano menor de Isaac.
Soltó una maldición entre dientes antes de volverse hacia su madre, Danica Bennett.
"Mamá, entiendo que las piernas de mi hermano no estén bien... ¿pero por eso tienes que arreglarle un matrimonio con alguien que no vale nada? Kaia dice que su hermana es bastante fea".
El comentario hirió profundamente a Danica. Como cualquier madre, quería que su hijo tuviera una pareja a su altura.
Sin embargo, la situación de Isaac iba mucho más allá de sus piernas lesionadas; ciertos aspectos de su salud masculina habían quedado dañados de forma permanente. Como matriarca de los Bennett, no podía permitir que los rumores sobre la familia se salieran de control, y la opción más segura era elegir a una novia que no supusiera ninguna amenaza: Verena Willis, la hija mayor de los Willis.
"Esta es mi decisión y tú no tienes voz ni voto en esto", dijo, ocultando sus emociones bajo un tono frío.
Roberto apretó la mandíbula, furioso.
Sin inmutarse, Danica se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras, sin mostrar el menor interés en calmar el enojo de su hijo.
Acababa de recibir un mensaje de Laura, pidiéndole que organizara un encuentro entre Verena e Isaac esa misma noche.
Al entrar en la habitación tenuemente iluminada de Isaac, se dirigió a la ventana sin detenerse y abrió las cortinas de un tirón.
La cruda luz del día inundó el piso, disipando la oscuridad.
Isaac estaba recostado en la cama, con los ojos sombríos pero fijos, y las facciones tan bien definidas como siempre.
Sabiendo que estaba despierto, Danica habló sin rodeos: "Esta noche conocerás a una chica. Y te vas a casar con ella".
"Si ese es el plan, ¿por qué perder el tiempo en una reunión? Solo registren el matrimonio y ya", respondió Isaac con voz monótona.
Una mezcla de compasión e indignación contenida se agitó en el corazón de Danica. Nadie fuera del círculo familiar sabía que el accidente no solo le había costado la salud a Isaac, sino también la vida al marido de Danica. Con su hijo en ese estado, ella no se atrevía a anunciar la muerte de su esposo, por temor a que desestabilizara la empresa.
"No discutas conmigo sobre esto. Es solo por cortesía conocerla primero".
Cuando salió de la habitación, las sombras parecieron cerrarse otra vez alrededor de Isaac. El dolor y el autodesprecio le ensombrecieron la mirada; en su mente, la muerte de su padre era una carga que siempre llevaría consigo.
Al caer la noche, a Verena la despertaron unos golpes en la puerta antes de que esta se abriera. Era Kaia.
Quien dijo con un tono que oscilaba entre la alegría fingida y la condescendencia mal disimulada: "Verena, estás a punto de casarte con un miembro de la familia Bennett. Felicitaciones. Son la familia más poderosa de Shoildon".
Los años que pasó estudiando fuera habían agudizado la intuición de Verena, y la hipocresía de Kaia le resultó evidente.
Le bastó una mirada para saber que su hermana la detestaba.
En silencio, Verena siguió doblando su edredón, esperando con paciencia a escuchar el resto de lo que Kaia tenía que decir.
Como Verena no decía nada, Kaia añadió: "La familia Bennett puede tener un buen nombre, pero Isaac ya está discapacitado. Se dice que cuando un hombre queda paralítico de las piernas, su función sexual también suele verse afectada. Sinceramente, no quiero que te cases con él".
Aunque sus palabras sonaban a preocupación, Kaia deseaba en el fondo que Verena no entrara en la familia Bennett. Incluso con sus problemas de salud, Isaac era alguien por quien Kaia había sentido algo en el pasado, y si Verena se casaba con él, su vida sin duda sería mejor que la de ella.
Verena comprendió a la perfección lo que su hermana intentaba hacer, así que habló con franqueza. "Si no te caigo bien, no pasa nada. No tienes por qué fingir que estás preocupada porque...".
Verena se detuvo a mitad de la frase al captar el destello de sorpresa en los ojos de su hermana, y luego continuó como si nada: "Es mutuo. Tú tampoco me caes bien".
Esa cruda verdad dejó a Kaia sin palabras por un momento; no se imaginaba que su hermana expondría su falsa preocupación de forma tan directa.
Solo cuando Verena salió de la habitación, Kaia pudo reaccionar. Dio un pisotón de rabia y espetó: "¿Quién te crees que eres? ¡Qué arrogante! No eres más que una pueblerina de un lugar atrasado".
Verena apenas había llegado a la puerta. Al oír el insulto, se detuvo en el umbral y se volvió para enfrentarse a su hermana. "Nuestros padres son de ese mismo lugar atrasado. ¿Quieres que les diga que piensas que todos los de allá son unos pueblerinos?".
Las palabras dejaron a Kaia helada. La mirada aguda e inflexible de su hermana la hizo sentir como si todos sus pensamientos ocultos hubieran quedado al descubierto.
La antipatía que sentía por Verena aumentó. Esta vez, sin embargo, no le contestó y se marchó indignada.
Kaia acababa de bajar la escalera cuando Laura se presentó ante Verena.
El rostro de Laura se ensombreció.
Verena adivinó la razón de inmediato: su hermana menor debió de ir corriendo a quejarse de que la habían intimidado.
"¿Qué le has dicho a tu hermana?", preguntó Laura, con un tono cortante y acusador, poniéndose claramente del lado de Kaia. Era obvio que ni siquiera consideraba la posibilidad de que hubiera otra versión de los hechos.
A Verena le resultaba difícil tolerar un juicio tan ciego.
Con una leve sonrisa burlona, preguntó: "¿Y qué te ha dicho ella a ti?".
"¡Te estoy preguntando yo!", replicó Laura.
Su temperamento estalló ante la pregunta, convencida de que haberse criado en un pueblo le había impedido a su hija mayor adquirir buenos modales.
"Me llamó pueblerina, así que le recordé que, si eso fuera cierto, entonces tú y papá también lo serían, porque ambos crecieron en el mismo lugar".
"¡Qué ridículo! Kaia nunca diría algo tan irrespetuoso". La furia de Laura se acentuó. "No bastaba con que enojaras a tu hermana, ¡sino que ahora además inventas mentiras! ¡Qué descaro, Verena!".
A la joven todo eso le pareció absurdo. Laura la presionaba para que respondiera, pero se negaba a creerla cuando lo hacía. ¿Acaso solo le interesaba oír lo que coincidía con su propia opinión?
Verena no era de las que se echaban atrás y sabía cómo provocar aún más a la gente. La negativa de su madre a creerla la impulsó a replicar: "Si ya has decidido que miento, entonces que así sea. Le crees a Kaia pase lo que pase, pero de mí no vas a conseguir una disculpa. Si soy un problema tan grande, me regreso al campo y dejo que ella se case con Isaac".
Sabía muy bien lo que su madre pretendía y usó ese argumento para dejarla sin palabras.
"¡Tú...!". Laura estaba realmente furiosa, pero contuvo su ira, recordándose a sí misma la verdadera razón por la que había traído a su hija a Shoildon.
No entendía cómo sus hijas habían resultado tan distintas. Kaia era talentosa y cariñosa, siempre sabía cómo ganársela; Verena, en cambio, le parecía anodina, terca y mentirosa. Los años de separación habían hecho que la sintiera como una extraña.
"Recoge tus cosas. Vienes conmigo a la reunión. Y cámbiate de ropa. Haré que una de las sirvientas te traiga un vestido".
La decisión de Verena de ir a Shoildon no tenía nada que ver con sus padres, a quienes consideraba injustos. En cuanto vio la noticia, reconoció a ese hombre.
No le importaba en absoluto arreglarse para verlo. Así que cuando bajó las escaleras, llevaba exactamente la misma ropa que antes.
Su madre, que la esperaba abajo, la miró con evidente descontento. "¿Por qué no te has cambiado?".
"No tengo ganas", dijo Verena sin prisa.
"Tú...". Laura solo pudo fulminarla con la mirada; su paciencia se estaba agotando.
Se dio cuenta de que Verena no era tan sumisa ni tan fácil de controlar como había pensado.
Sin embargo, su prioridad en ese momento era asegurar el matrimonio con Isaac.
"Está bien. Si no te cambias, vámonos ya...".
***
En el chat de los jóvenes ricos, Roberto seguía haciéndole preguntas a Kaia.
"Kaia, ¿en qué trabaja tu hermana?".
Aunque compartían el mismo grupo, la chica solía tener pocos motivos para hablar con Roberto.
El pulso se le aceleró en cuanto vio que él se dirigía a ella.
Como no quería que Roberto se sintiera ignorado, respondió con rapidez: "Mi mamá me dijo que trabaja como doctora en un pueblo pequeño".
Roberto frunció ligeramente el ceño. ¿Doctora? Si eso era cierto, al menos podría cuidar de su hermano. Con eso en mente, aceptó a regañadientes la idea de que la joven no fuera atractiva.
Kaia sabía que su madre planeaba difundir que su hermana era graduada de la Facultad de Medicina de Acorith.
Ella misma había dedicado años de esfuerzo para entrar a esa facultad y ganarse la admiración de los demás, así que la idea de que su hermana recibiera ese reconocimiento sin esfuerzo la irritaba.
Con un toque de malicia, adoptó un aire despreocupado y añadió: "Pero nunca fue a la universidad. Probablemente solo aprendió un poco de los médicos de allí".
"¿Qué? ¿Ni siquiera fue a la universidad?". La sorpresa de Roberto era evidente.
El título de "doctora" le resultaba ahora sospechoso.
La irritación creció en su interior. Isaac se había graduado en una de las universidades más prestigiosas del mundo, y ya era bastante malo casarse con alguien poco atractiva como para que además fuera una mujer sin estudios.
Incapaz de contenerse, Roberto le mandó un mensaje a su hermano. "Por favor, no te cases con esa chica. No está a tu altura. Su hermana dijo que ni siquiera fue a la universidad. Dejando de lado su apariencia, tampoco tiene estudios".
Isaac ya esperaba, sentado en un reservado del Restaurante Sazón.
El lugar era elegante y relajante.
Sin embargo, ni él ni Danica tenían ganas de disfrutar de la vista más allá de la ventana.
Para Danica, esta reunión era un mero acuerdo comercial.
Para Isaac, no era más que un recordatorio de sus propias limitaciones.
Cuando sonó su celular, echó un vistazo al mensaje de Roberto. Sus llamativas facciones permanecieron impasibles.
Danica también vio el mensaje.
Cerró los ojos un instante antes de decir: "Hijo, por favor, no me guardes rencor. No tengo otra opción".
En su opinión, la única forma de frenar los rumores dañinos sobre Isaac era que se casara y adoptara discretamente a un niño para hacerlo pasar por suyo.
Isaac esbozó una leve y amarga sonrisa; el resentimiento era un lujo que no podía darse, pues se sentía responsable de que su madre hubiera perdido a su esposo.
Aun así, envió una respuesta a Roberto: "Cuida tu tono".
Este se enojó al leerlo. En un momento como este, su hermano seguía pidiéndole que fuera educado. ¿Acaso no entendía la gravedad del problema?
En ese momento, Verena y su madre llegaron al Restaurante Sazón.
Verena, que era alta y usaba zapatos planos, caminaba a un paso que su madre, tambaleándose sobre sus tacones, apenas podía seguir.