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La revancha del dragón

La revancha del dragón

Autor: : As de Trébol
Género: Romance
Viviana es una montera, cazadora de seres sobrenaturales, sus padres son reconocidos monteros con una trayectoria impecable, pero Viviana siempre ha tenido sobre sí una carga de la cual enorgullecerse: Ser la montero Celestial y para ello ha entrenado toda su vida con Lucas, un apuesto montero del que siempre ha estado enamorada. Sin embargo, la chica que recibe el título es Siena; su prima quien nunca entrenó tanto como ella y quien merece menos el título. Además, Siena y Lucas se enamoran e inician una relación. Enojada, Viviana decide escapar y no volver la vista atrás. Cuatro años después, Lucas la va a buscar para informarle que su padre ha muerto a manos de una diosa; la criatura más maliciosa y perversa que ha conocido la realidad, Viviana vuelve a ese mundo para estar en el funeral. Su objetivo es solo ir para el funeral, pero un ataque salvaje provoca que ella se debata entre ayudar en la guerra o seguir viviendo como una humana normal.

Capítulo 1 Prefacio

Dos meses antes

Estaba despertando, sintió el poder emanar de lo más profundo de su ser. Fue primero una sacudida, un pálpito, un rayo de consciencia. Así supo que iba recobrando fuerzas.

En algún momento años atrás hibernó. Fue derrotado por alguna fuerza maligna y osada que fue cegado por la avaricia y lo mandó a dormir sin importarle lo que ocurriera durante su ausencia. Supuso que había pasado mucho tiempo porque no recordaba lo sucedido, todo era borroso y trozos de recuerdos mal estructurados. Puras imágenes sueltas.

Pero respiraba cada vez más rápido, sus párpados antaño pesados como el plomo se volvían más ligeros con cada segundo que pasaba. Sus extremidades se movieron, primero solo fueron contracciones involuntarias, apenas un reencuentro con la consciencia. Posteriormente empezó a moverse voluntariamente, ordenándole a cada dedo que se extendiera y a cada miembro que se sacudiera.

Lo estaba logrando.

Abrió la boca y aspiró una gran bocanada... De agua salada. Sintió como la vida se abría paso en su interior y llenaba cada parte de sí. Estaba despierto, consciente, sabía en dónde estaba y sabía a dónde iría. Solo necesitaba recobrar fuerzas, eso no le llevaría mucho tiempo, pues el agua era su vitalidad, aquel sabor salado era lo que lo mantendría despierto y el poder del mar el que lo llevaría al éxito.

<>. Oyó el murmullo melódico y abrió los ojos. Todo era oscuridad, soledad, sencillez. Para él era el paraíso, su lugar favorito. Recostado sobre una extensa plancha de arena, supo que era momento de activarse. Estaba en el fondo del mar, en lo más profundo de su hábitat y en dónde estaba más seguro que en cualquier otro lugar. Allá abajo nadie lo vería, por ende, nadie lo encontraría.

<>. Volvió a escuchar. El llamado provenía de todas partes, era un eco que se esparcía por su lugar. Lo supo entonces: Era el llamado del mar, era la súplica de los que a él le pertenecían y era el recuerdo de lo que fue; un dios, uno de los más poderosos si no es que el más poderoso, aquel que estaba preparado para regresar a su máximo esplendor y a la época en que fue el más venerado de todos los dioses.

<>. Era su nombre, el dueño del mar, portador de mareas y terror de la tierra. Durmió por mucho tiempo, algún traidor lo enterró en lo más profundo de su hábitat sin saber que ahí solo se agruparía y se haría mucho más fuerte. Estaba listo para lo que fuera: Luchar por su mundo, por su lugar, por el poder y, sobre todo, listo para la venganza.

Se puso en pie, bajo sus pies desnudos, la arena cosquilleo juguetona; lo reconocía. Algunas corrientes se arremolinaron a su alrededor celebrando su despertar. Lo habían extrañado. Se dio un momento para agudizar sus sentidos, para activarlos totalmente. Olía la sal, sentía las caricias, veía con claridad lo que había a su alrededor, saboreó toda mezcla que viajaba por ahí y escuchó con claridad. A lo lejos, muchos metros por arriba, criaturas emitían sonidos de alerta, sabían que estaba despertando y que estaba reclamando lo suyo.

Decidió regresarles sus ecos, deshacer su incertidumbre y hacerles ver que estaba listo. Tomó toda el agua que pudo y emitió un grito feroz. El agua vibró con fuerza llevando su mensaje a cada rincón del mar. Algunas criaturas le respondieron, otras guardaron silencio. Algunos, aunque pocos, lo veneraron, reconocieron a su amo, se pusieron a su merced.

Con el mejor humor, dobló las rodillas y se impulsó con toda la fuerza que tenía hacia arriba.

Atravesó cientos de metros a velocidad inimaginable, vio cada ser vivo que habitaba cada una de las capas, el agua lo besaba dándole la bienvenida y entonces rompió la superficie. Aspirar aire nunca fue su actividad favorita, pero en ese momento era lo que necesitaba para cerciorarse de que no era un sueño y estaba vivo.

Y lo estaba.

Rugió potente, de júbilo, de alegría. Lo habían intentado matar, destruir, exprimir, pero no lo lograron. Cualquiera que hubiese sido el enemigo fracasó en su cometido y él había vuelto tan fuerte y decidido como nunca. Bajo él, las olas se volvieron salvajes, agresivas, intentaban alcanzarlo, subió un poco más al cielo y estas se elevaron. Tanto poder era embriagante, ensordecedor, era adictivo.

Rio como un infante y voló por los aires, la brisa de las olas refrescando su piel mientras intentaba elevarse con él. Sus alas, dos pares azules como el zafiro y brillantes como una piedra preciosa resplandecían bajo la luz del sol. Eran tan duras como una escama de dragón, capaces de resistir armas hechas para destruir, pero tan sensibles como una fibra nerviosa. El aire lo rozaba y sentía tanto placer como cuando estaba por llegar al clímax.

Se dejó caer de tanta altura como se le permitía hasta colisionar con el mar. Este lo aceptó de buena gana y a pesar de que la caída debió ser dolorosa como impactar contra suelo firme, fue como caer en un colchón de plumas. Los músculos de su poderoso torso absorbiendo el impacto, acostumbrándose de nuevo al movimiento.

Estaba flotando mirando directamente al sol, permitiendo al mar acariciarlo ferviente en sus puntos más sensible, lo sintió arremolinarse alrededor de su miembro, palpando con suavidad, besando con devoción. Su respiración se aceleró, su miembro se erigió y dejó embargarse de tal sensación de placer.

Lo echaba en falta, no tanto como sentirse libre nadando sin rumbo, pero era una sensación que disfrutaba. Las caricias se volvieron consistentes y firmes, aumentaron de velocidad, sintió a su cabeza dar vueltas y después un bombeo que nació en su miembro. El clímax fue liberador y dichoso, su semilla disolviéndose en las aguas, cayendo a la profundidad.

No pudo disfrutar como quiso, pues de pronto oyó un retumbo que llamó su atención. A cientos de kilómetros, no sabría decir con exactitud cuántos, alguien también despertaba. Su hermana, la diosa de la tierra: Creadora de montañas y fosas, ira que provoca terremotos y derrumbes.

Se alzó sobre el mar y miró hacia dónde ella debiera estar. Por supuesto que no vio nada, pero la sentiría en cuanto estuviera totalmente despierta. Justo entonces sintió un hormigueo familiar y doloroso recorrer su cuerpo entero, era la señal de peligro, de extrañeza, de rareza, de muerte.

No hubo gritos, ni retumbes, ni vibraciones, si no el simple presentimiento de oscuridad, de dolor y sufrimiento, un eco sordo en lo más profundo de su mente. Era un pesimismo profundo, pero pasajero y era el terror que solo duraba un segundo.

<>. Su llamado fue un susurro con tono espectral, un sonido capaz de helar la sangre de cualquier ser vivo que no fuera un dios como él o incluso aquellas criaturas capaces de hacerles frente. Ni siquiera quiso pensar en ellos, pues algo le decía que fueron los culpables de su sueño profundo.

<>. Su hermana lanzó el llamado de nuevo, posiblemente esperando respuesta de ellos. Pero Asaf esperó, quería saber de qué humor estaba antes de revelar que estaba despierto. Ziva era radical y voluble, la diosa de la muerte tan seductora como peligrosa. Él era mejor guerrero, pero ella tenía un mejor instinto. Ziva, diosa de la muerte, reina del caos, portadora de tragedias.

<> Su hermana dio muestras de vida, tan alegre y extrovertida como solo ella lo podía ser. Su momento de revelar que estaba con ellas había llegado, junto todas sus fuerzas y pensó en su nombre tan fuerte y claro como solo él lo sabría.

La respuesta de sus hermanas no se hizo esperar. Todos pensaron sus nombres con fuerza una y otra vez, sus llamados mezclándose entre ellos haciéndose cada vez más poderosos. <>. Dijo Betsabé extasiada, sintió su éxtasis casi como el propio. <>. Expresó irritada Ziva. <>.

Y hasta ese momento Asaf no se había dado cuenta, pero era verdad. Las olas lo buscaban, la marea subía, se sentía fuerte y vivo, pero no era como antes. Algo fallaba, no sabía exactamente qué. Se concentró lo más que pudo y entonces se dio cuenta: No lo veneraban, no sentía la devoción de los suyos.

Lo habían olvidado. O tal vez solo era que de aquella época ya no quedaba nada.

<> Betsabé rugió, supo que tampoco tenía su poder por completo, pues de haberlo tenido, habría sacudido hasta lo más profundo y él mismo lo habría sentido. Pero no sintió nada.

Asaf voló lejos de ahí, dejó a las olas enloquecidas y tristes por su partida y fue a reunirse a máxima velocidad con sus hermanas. No le llevó mucho tiempo encontrarlas.

Betsabé, radiante, su cabello rubio adornado con su distinguida corona de laureles blanca y dos cuernos de marfil sobresaliendo de su cabeza, con esos ojos amarillos resplandecientes y esa sonrisa de labios carnosos se veía tan alerta como antes de una pelea. Ziva, de tez negra cuyo brillo aperlado le daba apariencia de una doncella, se veía tan tranquila como solo ella podía. Su mirada violeta examinaba a ambos, los estudiaba, su cabello plateado como luz de luna caía sobre su cara enmarcando su rostro; era hermosa.

Los tres se miraron, reconociéndose, analizándose, mostrando su respeto.

El mundo les era desconocido, apenas una sombra de lo que fue cuando reinaban, pero eso lo debían cambiar.

Un silbido potente atravesó el aire, Ziva se movió a tiempo para evitar que una jabalina de oro puro se clavara en su pecho. Betsabé chasqueó agraciadamente los dedos y la jabalina desapareció haciéndose polvo. Miraron hacia arriba al cielo, territorio que no era suyo y cuyo gobierno no estaba en los mejores términos con ellos.

No era necesario ser un genio para saber que se trataba de los ángeles, seres endemoniados tan egocéntricos como orgullosos capaces de armar una guerra solo por vanidad. Reinaban los cielos y cuando estaban en fase de demonio podían bajar al infierno: Un lugar apestoso en dónde se llevaban a cabo toda clase de perversiones, un lugar al que solo ellos podían acceder y en el que nadie querría estar.

Ziva se puso en guardia levantó su guadaña y con la otra mano blandió la espada. Betsabé hizo aparecer su bastón y él tomó su lanza de coral. Portó su armadura tan dura que no habría forma alguna de atravesarla... Excepto por escama de dragón.

Una lluvia de jabalinas cayó sobre ellos, todos volaron esparciéndose intentando esquivar cada uno de ellos. Estaban cargado y así se tratara de un rozón, la herida sería dolorosa e incluso desestabilizante.

Lograron evadir cada una, reagrupándose, esperando a que mostraran la cara.

Fue hasta que juntaron fuerzas y lanzaron un golpe al cielo, que dos cadáveres de ángel cayeron desarmados, Betsabé pulverizó los dos antes de tocar el suelo. Posteriormente, bajó un ángel de alas blancas con cabello dorado y armadura plateada. Tenía las manos alzadas y su rostro era una incógnita.

-Preséntate, ángel blanco -Ziva habló segura-. En treinta segundos te mato.

-Soy Eilam, al mando -el ángel mostró una dentadura pútrida-. No creímos que despertarían con nosotros.

-¿A qué te refieres? -inquirí confuso-. Ustedes nos durmieron.

-Y ustedes a nosotros -Eilam adoptó una actitud sombría-. Nuestra guerra no tuvo ganadores, ambos bandos caímos en sueño profundo.

Eso era, de pronto Asaf cayó en la cuenta, en la guerra de dioses contra ángeles perecieron muchos, los líderes desaparecieron y cuando quedaron ellos, la fuerza de la última batalla mandó a todos a dormir. Y de haber sido un poco más salvaje el enfrentamiento, habrían dormido para siempre.

Los tres dioses se miraron, desconfiando, un ángel no podía mentir, era parte de su naturaleza, además de que ellos recordaban, pero ángeles y dioses eran enemigos jurados desde el inicio de los tiempos, no sabían qué tanto fiarse.

-¿Quién nos despertó?

-No sabemos, tal vez fuimos nosotros mismos.

Ziva y Betsabé estaban recelosas, pero Asaf veía en las facciones del ángel que todo era verdad.

-¿Cuánto tiempo llevan despiertos?

-Veinte años y el mundo no es cómo lo dejamos.

-¿Cómo es?

El ángel dudó antes de responder.

-Turbio, no nos veneran, hay nuevos dueños, una criatura maligna, traicionera, inteligente y destructiva -siseó con enfado-. Una criatura que no tiene límites y a la que no le importa el daño que se haga con tal de conseguir lo que quiere.

Con la pura descripción tuvo suficiente. Una criatura como esas no era bien recibida, no en su mundo y no mientras ellos estuvieran vivos.

-¿Y cuál es el plan?

-Acecharlos, estudiarlos y atacarlos -tragó saliva-. Tienen apoyo y soporte de otros, los místicos se hacen llamar. Tan repugnantes como ellos, los veneran, los siguen.

Ziva cambió de expresión, se veía lista para aliarse con tal de erradicar al mundo de ese ser tan malévolo. Betsabé no estaba tan convencida, pero ella haría lo que sus hermanos, pues eran unidos y aunque solían tener problemas y muchas veces deseaban matarse, sus vidas se entrelazaban. Asaf no confiaba en los ángeles, eran enemigos jurados desde el inicio de los tiempos, pero una alianza no se veía mal, no cuando el mundo había cambiado tanto.

-¿Propones una alianza? -el ángel asintió- ¿Por qué nos atacaron?

-Los desconocimos -se excusó-. No sabíamos si eran ustedes, los dioses.

Los tres hermanos se miraron, comunicándose mentalmente, sopesando sus opciones y meditando si empezar una guerra con los ángeles o unirse para destruir a un enemigo mucho más poderoso y peligroso. Al final, la votación fue unánime.

-Estamos dentro -Ziva extendió la mano, el ángel la miró, dubitativo-. Sellemos el trato.

-Te conozco Ziva, reina del caos -Eilam sacó un guante de cobre y se lo colocó-. Si seremos aliados, debemos confiar en el otro.

El toque de Ziva era mortal, con solo un roce y la muerte iba a reclamar. Ziva sonrió, se trató de una simple prueba para el ángel, ver si era digno de unirse a ellos. Se colocó su guante negro como la noche y ambos estrecharon manos. Estaba hecho.

-¿Y tiene un nombre la criatura? -preguntó Betsabé- ¿Quién es el enemigo tan peligroso?

El ángel miró hacia abajo, frunció el ceño en señal de preocupación, tal vez una pizca de terror asomó en sus ojos.

-Humano -respondió con voz grave-. Se hacen llamar humanos.

Capítulo 2 Uno

Ocho años antes

Caí sobre mi trasero por tercera vez consecutiva, eso se convertía en una rutina desesperante. Emití un grito de frustración y contuve un par de lágrimas que amenazaron con correr por mis mejillas. Estaba siendo una chiquilla malcriada, lo sabía, pero estaba dando todo de mí, haciendo mi mejor esfuerzo y el idiota de Lucas seguía mandándome al suelo como si ese fuera mi lugar. Y a juzgar por que siempre terminaba ahí, tal vez lo era.

Lo miré desde el suelo, él era tan fuerte, tan duro, tan talentoso. Era un colombiano tan guapo como hijo de puta. Tan atractivo y con una sonrisa divertida que, si lo quería, podía hacer que mil mujeres cayeran a sus pies. Era sensible, toda su coraza era una fachada que lo protegía de lo que le ocurrió años atrás, cuando perdió a toda su familia incluida su hermana y cuando lo hallaron bañado en sangre escondido dentro de una maleta en un hostal que fue lugar de una masacre. Decenas de turistas fueron asesinados durante una noche de luna en cuarto creciente... La culpa fue de quien tuvo la grandiosa idea de salir pasada la medianoche a una travesía por el bosque.

En ese momento no estaba siendo compasivo en absoluto, más bien se burlaba de mi ineptitud y de mi distracción. Y no me perdonaba un solo error.

Hacía lo correcto, pues la vida tampoco perdonaba, no había segundas oportunidades, no para los Monteros; cazadores humanos de seres místicos. Había un montón de ellos, desde los ya conocidos vampiros y hombres lobo hasta guerreros monstruo y espectros. En lo personal, prefería a los elementales, aquellos que englobaban toda clase de seres Fey desde gnomos hasta elfos curtidos. La verdad es que con ellos no era necesaria la sangre en el sentido desagradable y mísero de los vampiros o brujas/hechiceros. Pelear con ellos era más interesante, pues había que usar el intelecto y no tanto la fuerza.

En pocas palabras, los Monteros eran quienes mantenían a raya a cualquier ser místico que quisiera pasarse de listo. Cualquier ser humano en el mundo podría convertirse en montero, pero no podíamos simplemente lanzar una convocatoria porque había que cumplir un perfil. Un montero debía ser valiente, hábil, inteligente, empático y, sobre todo, abnegado. No en el sentido de ser un sirviente, si no en el sentido de entregar la vida por los demás. La misión de los Monteros era mantener a los humanos a salvo de seres místicos, aunque a veces no se pudiera salvar de otro ser humano.

Entregábamos nuestra vida a servir, a evitar que los místicos hicieran un caos en el mundo terrenal. Desde que iniciaba el entrenamiento se decía lo mismo: "Primero es la humanidad, luego uno mismo". Significaba que antes de cualquier cosa o persona estaba la humanidad. Si para salvar a millones debían morir cinco, así fuera tu familia o uno mismo, debemos estar dispuestos a hacerlo.

Y no cualquiera está dispuesto.

Además, un requisito era haber tenido alguna experiencia con un ser místico, podía ser un sobreviviente o haber visto algo o provenir de familia montera. De nada serviría tener a alguien que no creía que los vampiros o los guerreros monstruo existen.

-Cometiste el mismo error tres veces -reprochó Lucas-. La mala noticia es que no tienes tres vidas. A la primera estás muerta.

No hacía falta que me lo dijera, estaba perfectamente consciente de ello. A mis escasos dieciséis años ya había sido testigo de la muerte de tres Monteros. Dos a manos de espectros y uno a manos de un hombre lobo. Fue un espectáculo terrible que me traumó por un mes entero. Aquella vez era una chiquilla de trece años, cualquier cosa me impresionaba.

Los rumores decían que la peor muerte era la ocasionada por los dragones. Yo nunca había visto un dragón y esperaba nunca encontrarme con uno, pues eran seres encantadores, malévolos y perversos. Solo podían existir cinco de ellos a la vez, pues eran tan poderosos y difíciles de matar, con propiedades curativas en su sangre y escamas con veneno capaces de hacer armas mortales, que, si hubiese muchos, habría caza furtiva de dragones. Si es que alguien lograba cazar alguno. Y el fuego no podía quedarse atrás, pues su llama es la que los mantenía vivos y era una llama que podía matar lentamente y con sufrimiento o rápidamente sin un ápice de dolor. Dependiendo de lo que el dragón quisiera.

Lo malo en todo ello es que podían adquirir forma humana y así era mucho más difícil cazarlos, pues solían ser difíciles de reconocer.

-No estoy en mi mejor momento.

-Un místico te ataca en cualquier momento, sea tu mejor o peor -Lucas me mostró su sonrisa blanca y perfecta-. En pie, montero. Vamos otra vez.

Me extendió la mano y la tomé gustosa. Sentí una corriente agradable recorrerme el brazo entero y rápidamente lo solté. Así como él sintió nada, yo lo sentí todo.

Esa era la peor realidad de todas. Lucas era mi todo, mi motor de cada día y la razón por la que no podía dejar de sonreír, aunque todo estuviera en contra. Era un feroz y decidido, un hombre agradable y con intenciones buenas para el mundo. Estaba enamorada de él desde que podía recordar y no había otro hombre en el mundo que algún día pudiera amar mientras él estuviera vivo.

Mis padres lo rescataron de aquella maleta en la que se escondió para sobrevivir al ataque de los místicos. Hasta la fecha se desconocía si fueron hechiceros o espectros. Pero él vivía para la venganza y mantener protegidos a los humanos. << Yo no tuve una buena infancia, lucho para que cientos de miles de niños sí la tengan >>. Y su vida se resumía en ser uno de los mejores monteros.

Él siempre estuvo presente, era como si no hubiese vida antes de Lucas. Él me ayudaba a levantarme para entrenar temprano todos los días, me obligaba a dar lo mejor de mí y fue un consuelo cuando mi hermano mayor se fue para siempre de nuestras vidas... De mi vida.

El objetivo era deshacernos de todos y cada uno de los místicos, pero eran demasiados y no podíamos simplemente entrar al plano astral para masacrarlos porque ese era su territorio, los masacrados seríamos nosotros. Pero cuando ellos entraban al plano terrenal durante las diferentes fases de la luna, aparecíamos nosotros listos para mandarlos al infierno.

Me posicioné frente a él. Ambas manos alzadas, un pie frente al otro y mis respiraciones pausadas. Estaba sudando en exceso, mi coleta de caballo era un revoltijo de cabello después de tantas caídas y mis mejillas se sentían calientes. La ventaja de la piel morena oscura era que no dejaba entrever fácilmente los moretones, pero después del entrenamiento seguramente tenía varios en las piernas.

Hice una finta, fingí que lo iba a atacar, pero me quedé en mi lugar, de esa forma fue él quien se movió hacia mí y lo desconcerté. Esquivé dos duros golpes y lancé una patada baja, él la bloqueó fácilmente y contraatacó. Me agachaba, saltaba, subía, bajaba, golpeaba y pateaba. Era más fácil esquivar golpes que bloquearlos, además de que lastimaba menos y siempre fue lo más sencillo para mí.

Ambos jadeábamos, nos mirábamos con ferocidad y ninguno cedía terreno. Vi una gota de sudor escurrir por la sien de Lucas, al fin se estaba cansando. Me lancé hacia él con la mano alzada lista para dar un golpe en el cuello, Lucas lo previó y rápidamente lo bloqueó, sin embargo, fui más lista y me tiré hacia el suelo propinándole una fuerte patada en el abdomen y desestabilizándolo al momento.

Con mi otra pierna pateé su tobillo y provocó su caída. Soltó un quejido de dolor y se quedó tirado en la colchoneta. Me puse en pie y lo miré con orgullo desde arriba. Ahora era yo quien se burlaba de él.

Lucas me sonrió, no con una sonrisa burlona, si no una de satisfacción. Le extendí la mano para ayudarlo a levantarse, él era perfectamente capaz y no necesitaba ayuda de nadie, pero me complació y la tomó; sus ojos cafés analizándome con cierto orgullo. Fui consciente de su mano rodeando la mía, de su calor irradiando hacia mí, de nuestros jadeos por el cansancio, pero tal vez por algo más...

Que tal vez solo lo estaba imaginando.

-¿Cómo va el entrenamiento?

Ambos nos sobresaltamos y nos separamos, aunque no estábamos haciendo nada malo.

Mi padre nos miraba desde el umbral de la sala de combate. Su nombre era Raymundo, un hombre imponente de tez clara como la nieve y una quijada fuerte. Era de los mejores y el ejemplo a seguir de Lucas... Y sí, también el mío. Tenía una trayectoria ejemplar, cargaba varias muertes de toda clase de místicos, excepto de un dragón porque ningún montero podía jactarse de ello.

-Muy bien, acabo de patearle el trasero.

Lucas me miró irritado, habían sido tres derrotas contra una victoria. Lucas se entretuvo guardando todo en su lugar y acomodando nuestro caos.

-Muy bien, ahora descansen -miró a Lucas-. Ambos. Hoy hay luna nueva, en punto de las diez vamos a salir.

La maldita luna nueva. Los vampiros y las brujas eran unos sanguinarios de lo peor, amantes de la oscuridad y de la sangre, no podían irse sin matar.

Dependiendo de la fase lunar, eran los místicos que salían a cazar. El primer día de luna llena los hombres lobo y los guerreros monstruo tenían la facultad de cruzar al plano terrenal para comer, alimentarse y llenar fuerzas hasta que llegara el siguiente mes. Durante el primer día de cuarto menguante salían los elementales y en teoría los dragones (nadie había visto a uno), en cuarto creciente aparecían los hechiceros y los espectros, estos dos realmente no necesitaban la sangre en crudo, era más bien el dolor y en el caso de los espectros; un cuerpo.

Siempre lograban salirse con la suya, sí, deteníamos a muchos, pero muchos otros lograban su cometido. Era desesperante.

Asentí a mi padre y el me revolvió el cabello, hizo un saludo con la cabeza a Lucas y salió de la habitación. Lucas adoraba a papá, le tenía cierta devoción de padre-hijo, era su mentor. Con mamá era distinto, pues Lucas la quería, la amaba, pero era diferente, sus facetas con ambos eran diferentes.

-Entonces hoy es día de caza -Lucas apenas asintió, algo en él había cambiado- ¿Ya sabes en dónde te tocará?

-Posiblemente en el sur.

Mi facción era la del norte. La ventaja de provenir de una familia de Monteros antiguos era que teníamos ciertos beneficios como el no tener que viajar a otros estados o incluso otros países. Había Monteros esparcidos por todo el mundo, de todas las nacionalidades y razas. Y mientras algunos debían cambiar de lugar de residencia cada mes, nosotros nos quedábamos en la capital de nuestro país por siempre.

Me despedí de él, tímida, esperando hallar el valor para decirle algo más, para quedarme un solo segundo más con él. Pero fue en vano, pues mi mente se quedó en blanco y simplemente me fui de ahí. << Maldita cobarde, tal vez un día solo deberías besarlo y ya >>. Podía matar vampiros, pero no declarar mi amor, estaba destinada al éxito.

El enojo que sentí hacia mí fue tal, que de pronto apareció mi instinto asesino. Al menos esa noche podría cargarme a unos cuantos místicos.

************

La bruja no hacía nada, estaba sentada en el suelo dentro de un círculo de hierbas que ella misma puso. Era repugnante, su rostro surcado por gruesas cicatrices, algunos granos sobresalían de la piel de sus brazos y su nariz, respingada y bonita, tenía una mancha amarilla de quién sabía qué. Lo que más odiaba de los místicos es que eran feos, pero de alguna forma lograban cautivar y tenían un atractivo inconcebible.

Excepto los vampiros, claro, ellos eran hermosos. Algunas razas de los fey también, pero mucho menos.

La bruja abrió los ojos, sintiendo nuestra llegada. Eran dos globos oculares con una pupila en forma de estrella y su iris irregular de color verde olivo. Miró fijamente hacia el frente, su cuello tenso como una liga a punto de reventar. Sus fosas nasales aletearon, olfateando, olfateándonos. Fuimos descubiertos.

La carta que siempre jugábamos los Monteros era la de la sorpresa, el elemento de conmoción nos otorgaba mucha ventaja tomando en cuenta que los místicos tenían muchas más habilidades que nosotros como humanos. Y en ese momento estábamos metidos en un problema.

Varios pasos resonaron, su eco esparciéndose por el callejón solitario. Mi compañera señaló hacia abajo y vi a un chico, desde ahí no habría podido calcularle una edad, pero se veía ebrio, confundido y como un asno total. Caminaba a trompicones mientras fingía hablar con alguna mujer imaginaria e intentaba seducirla para llevarla a su casa. Entendía que estuviera ebrio, pero ¿Por qué tenía que meterse a un callejón tenebroso?

Entonces entendí que la bruja no nos había notado a nosotros, lo había notado a él. Por el momento seguíamos de incógnito. En cuánto lo atacara, nosotros la atacaríamos a ella.

El chico se detuvo al ver a la bruja, tuvo que dar algunos pasos para estabilizarse y poder mantenerse en pie. La bruja sonrió mostrando una dentadura filosa y para nada agradable, pero de alguna forma el chico logró no orinarse en los pantalones y seguir ahí como si nada pasara.

-Halloween se adelantó ¿qué no? -soltó una carcajada-. Buen disfraz, eh.

El Montero al mando nos hizo una seña para colocarnos en nuestros lugares, íbamos a rodear a la bruja para evitar que escapara. Y entonces comenzaríamos a disparar con todo nuestro arsenal y quien lograra acercarse más a ella le clavaría una daga en la cabeza o el pecho. Si se podía en el ojo mucho mejor.

-Ven -al contrario que todo ella, la bruja tenía una voz encantadora-. Únete, querido, a la fiesta de la luna.

-¿La fiesta qué? -el tipo se rascó el cuello-. Si tienes drogas yo le entro.

Tuve que aguantarme las ganas de reír, el tipo era todo un imbécil. Me moví en silencio y con cautela hasta llegar a mi posición, justo detrás de la bruja. Preparé mis dos pistolas con balas de cobre, tenían buen alcance y la bala explotaba en cuánto tocaba carne, hueso, metal o lo que fuera que impactara. De esa forma haría más daño.

El chico ebrio caminó hasta llegar al círculo, miró desconfiado, al parecer algo comenzaba a darle mala espina.

-Vamos, no seas tímido -la bruja se puso de pie-. Dime qué quieres y puedo ver si lo hago realidad.

Por lo que había estudiado de las brujas, hacían magia negra basándose en el dolor. Ellas no necesitaban grandes cantidades de sangre, aunque beberla les gustaba no sabía por qué, lo que requerían eran solo unas pocas y el dolor que una herida ocasionaba. A más dolor, más poder y estando muerto uno no podía sentir dolor, así que ellas prolongaban la muerte hasta que no se podía más. No tenía idea de lo que planeaba para ese chico, pero tenía suerte de que estuviéramos ahí.

El chico dio un paso hacia el interior del círculo y nos dieron la orden.

En el silencio más bonito, caímos sobre la bruja. Esta rugió enfadada y nos lanzó hacia atrás, su hechizo mandándonos a volar. Colisioné contra unos botes de basura y rápidamente me repuse. El chico no sabía qué pasaba, solo corrió lejos y la bruja lo atrapó.

-¡Déjame, no me toques!

La risa de la bruja fue terrorífica. El tipo gritó.

-Oye, ¿acaso no sabes que no es no?

Me paré frente a ella, la pistola en alto apuntando directo a su cabeza. Volvió a reír, esta vez sonó intranquila.

-Oh, dulce niña, no te metas con lo que no entiendes -ronroneó-. Ven, ayúdame con este y te compartiré poder.

Sonreí.

-Gracias, pero no gracias -me aclaré la garganta para más dramatismo-. Ahora, suelta a ese chico y permíteme meterte una bala en la cabeza.

La bruja gruñó, aventó al tipo que fue a caer sobre unas bolsas de basura y se lanzó contra mí. Accioné el arma y con atronador chasquido la bala salió y se enterró en su hombro derecho. Soltó un alarido de dolor y se miró la herida, un agujero por el que salía sangre verde espesa y fétida que apestaba a mierda.

-Creo que te hace falta un baño.

Esquivé su zarpazo y rodeé hasta la pared, para entonces mis compañeros se habían repuesto y luchaban contra la bruja. La amarraban, ella cortaba con sus garras, recibía balas y soltaba quejidos de cuando en cuando. En un momento dado, tomó un puñado de hierbas y las lanzó hacia un compañero, este estornudó y sus ojos se colorearon del verde de la bruja, acto seguido, de su boca comenzó a salir sangre a borbotones. Odiaba a las brujas.

Mi compañera gritó, pero no se distrajo mucho, pues apuntó con su arma y dio en el cuello de la bruja. Esta cayó al suelo gritando, un maldito grito ensordecedor. Fue suficiente como para llegar a ella y clavar la daga una y otra vez en su cabeza hasta que no quedó más que un revoltijo de algo asqueroso.

Inmediatamente mi compañero dejó de vomitar sangre, cayó al suelo, su piel pálida se notaba enfermiza. No sabía qué le había hecho la bruja, pero definitivamente se veía mal. Entre los tres que quedábamos lo cargamos hasta llevarlo de vuelta al cuartel. Intentaron salvarle la vida, pero fue imposible, se había desangrado.

-Viv la mató -comentó una de sus compañeras-. Fue un espectáculo hermoso. La bruja no tuvo oportunidad.

La bruja había cobrado una vida. No la del humano ebrio que seguramente seguiría dormido sobre las bolsas de basura, si no la de un montero joven que era el líder de una facción. Ellos no se dignaban a hacer un funeral sencillo, cuando alguien caía en batalla los funerales eran ostentosos, llenos de lujos para celebrar lo que fue en vida y honrar la muerte. El de él no fue la excepción.

Fue hasta que terminó el funeral, que Lucas se acercó.

-Te buscan -dijo con su tono neutral de siempre-. Es algo importante.

Llegué a la enorme sala de juntas en dónde todos los Monteros de gran categoría estaban, eran los líderes de las grandes familias, las más antiguas; era el Consejo. En cuánto entré sentí la presión caer sobre mí, todos me miraban analizándome, viendo a través de mí.

-Buenos días, tardes ya.

Ya me había puesto nerviosa.

-Viviana, bienvenida al consejo.

Dijo un hombre delgado, pero con expresión feroz. Daba miedo. Sonreí tímida, no sabía qué hacía ahí ni qué esperaban de mí.

-Me mandaron llamar, claro que no iba a decir que no.

Me odié en ese momento, solo debía decir que el gusto era mío y ya. Miré hacia el lugar de mis padres, mi mamá me miraba con algo de pena, pero sonrió confortante. Mi padre ni siquiera me veía, seguro lo había decepcionado. Sabía que Lucas estaba cerca, no era necesario verlo para sentir que estaba ahí, quise que se acercara, me agarrara de la mano y me dijera que me calmara, así sabría que todo estaba bien y que mientras estuviera a mi lado, no tendría de qué preocuparme.

Por el infierno mismo, estaba haciendo el ridículo frente a todo el maldito consejo de Monteros. Quise hacer un agujero bajo tierra y meterme hasta que a todos se les olvidara mi nombre. Por pura suerte no volteé a ver a Lucas, de esa forma me ahorraría su mirada de reproche, aquella mueca de desaprobación que hacía con los labios cuando algo no le parecía y su indiferencia, lo peor de todo.

La montera mayor, la más vieja (y eso que solo tenía casi cincuenta años) se puso en pie, me sonrió amigable y se acercó a mí.

-Viviana Munguía Silva -el oírla decir mi nombre completo solo activó una alarma de pánico en mi cerebro-. Eres la única hija de tus padres -se me vino a la cabeza mi hermano, aquel que vivía como humano normal y el renegado de la familia, del que nadie hablaba-. Nacida durante una luna de sangre, sobreviviente a un parto alargado, tu linaje está intacto.

Sí, claro. La luna de sangre era una mierda, un simple evento natural, mis padres comentaron que era una bendición y una maldición, pues durante la luna de sangre todos los místicos podían cruzar al plano terrenal sin importar la raza. Sus habilidades decrecían considerablemente, pero seguían siendo peligrosos y más si se trataba de las ocho razas a la vez.

Cuando nací, mi madre fue acechada por una bruja que quería robarme y fue atacada por un guerrero monstruo además de dos lobos durante el trabajo de parto, mi hermano la defendió. Fue fuerte, toda una guerrera, había que concedérselo, pues fue hasta que salió el primer rayo de sol del día que nací cuando los peligros habían terminado.

-Esa soy yo.

-Hay un escrito -dijo sin inmutarse-. Un pasaje antiguo escrito de manera anónima que explica la llegada de la luz, el término de la noche oscura. El fin de los místicos y la llegada de la paz -me mantuve ecuánime, escuchando atenta-. Habla del Montero Celestial, un montero nacido durante una luna de sangre y con la capacidad de liderar a la tribu.

Jamás escuché sobre el Montero Celestial, pero sonaba casi como un mesías. Y yo no podía serlo... ¿Cierto? Solo era yo. Viviana.

-¿Creen que soy yo?

-Debes serlo -la mujer se acercó y acarició mi rostro-. Todo el mito habla de ti, se refiere a ti. Eres quien conducirá a nuestra tribu a una guerra que debemos ganar.

Alguien en el consejo se aclaró la garganta y se puso de pie.

-"A la edad de veinte años, se alzará radiante como el sol y fuerte como el huracán Montero Celestial. Nacido durante luna de sangre y sobreviviendo a cada obstáculo, crecerá digno de liderar a los monteros y conducirlos a la guerra por el día eterno. Indomable como el viento, osado como el mar, portará el báculo de Estordes y beberá sangre del cáliz de hielo cuyo brillo lo elegirá y se alzará como el líder de los monteros".

El báculo de Estordes se trataba de un báculo hecho de madera con incrustaciones de cobre y un diamante adornando el extremo curvo. Esa cosa era un mito, supuestamente un montero antiguo logró robarlo de los dragones y lo usó para vencer a sus enemigos. Sin embargo, al morir, lo escondió en un lugar que solo él conocía y que solo alguien digno lo podría encontrar.

En cambio, el cáliz de hielo era muy conocido. Adornaba la cámara de los trofeos, era la atracción principal. Un cáliz tan hermoso que podría contener en su interior cualquier bebida así estuviera hirviendo y no se derretiría.

Era un panorama alentador... Excepto por la parte de beber sangre. No tenía ganas de beber sangre, eso era de vampiros, de brujas, de dragones.

-Pero hay muchos nacidos en luna de sangre, no pude ser la única.

La mujer me miró profundamente, casi leyendo mi mente.

-Eres la única.

-¿Y por qué me lo dicen desde ahora? -inquirí, curiosa-. Apenas tengo dieciséis.

-Porque debes prepararte, serás la elegida, en tus hombros recae la victoria y la salvación de millones.

Al mismo tiempo, todos entonaron una profunda melodía, un cántico ancestral que se metió por mis poros y provocó una emoción como nunca en mi interior. Era especial, era la elegida. Nací del sufrimiento y de la fuerza, del sacrificio y del dolor, nací bajo la luz de la luna de sangre y todos confiaban en mí.

En aquel entonces no era la mejor, ni siquiera sobresaliente, pero me esforzaría, lo haría, me volvería tan hábil, que me haría merecedora del título de Montera Celestial. Era el centro de todo, a la que venerarían y la que nos conduciría al día eterno.

Ese día se me quedó grabado en la cabeza y por muchos años jamás lo olvidaría. Era Viviana Munguía Silva, Montera Celestial.

Capítulo 3 Dos

Seis años antes

Subía y bajaba sin cesar, un estúpido fey me había atrapado con una liana o una mierda parecida y me traía rebotando como si fuera un yoyo. La cabeza me daba vueltas, ver el mundo boca abajo no era para nada agradable, además, colgaba de una pierna, sentía que en cualquier momento me la iba a dislocar.

Fui una tonta, debía admitirlo, pues no calculé bien y caí directo en la trampa. Como punto para mí, pensé que enfrentaríamos un estúpido gnomo, si acaso un travieso duende, no algo mucho más evolucionado. Solo esperaba que no fuera un elfo o un hada, esos eran los que más me irritaban y los más peligrosos, por supuesto.

Las espinas se clavaron en mi tobillo, por suerte tenía las botas de cuero y un pantalón grueso para prevenir este tipo de cosas, si me hubiese cortado, mi sangre habría caído y en apenas un pestañeo habría terminado siendo sirvienta de algún fey retorcido y perverso. Dentro de las ventajas, estaba el no poder atacar directo a la cabeza o cuello, así que solo debíamos preocuparnos por las extremidades y por evitar alguna que otra flecha encantada.

-¿Estás bien? -el rostro de un compañero apareció en mi visión-. El hijo de puta fue listo.

O nosotros fuimos demasiado ciegos. Eso me pasaba por siempre ser quien daba el primer paso. Mi compañero se puso en guardia, de repente, alzó la cabeza y levantó el arma, al parecer algo se acercaba. Aproveché para tomar un cuchillo de mi vaina y me doblé sobre mí misma para alcanzar la liana, tuve que hacer mucha fuerza en el abdomen, sentía que me herniaría, pero al final logré cortar la maldita planta.

Caí pesadamente, mi espalda se llevó la peor parte junto con el codo izquierdo el cual escoció al abrirse una herida. La altura fue mucha, tuve suerte de no romperme un hueso. Para cuando me incorporé, un hada sonriente y hermosa jugueteaba con mi compañero. Su risa melódica era desagradable, sus ojos un par de dagas brillantes. La maldita se regocijaba en nuestra estupidez. Mi compañero disparó, pero el hada logró esquivar la bala e incluso regresársela. Hábilmente, mi compañero la desvió hacia un tronco.

Para nuestra mala suerte, el árbol cobró vida y con sus ramas nos atacó.

Prefería que nos pusiera un acertijo, alguna especie de reto para ver si éramos mejores que ella, pero al parecer hoy sería fuerza bruta.

El hada revoloteó por el lugar, su risa esparciéndose por el aire, plantas, ramas, lianas e incluso una manzana se voltearon contra nosotros. Tomé mi espada y corté cada rastro de la naturaleza que se iba contra mí, cada rebanada y cada estocada provocaba que la naturaleza chillara como si el dolor fuera real. Mi compañero también se las arreglaba bien, pero ambos nos cansábamos, no resistiríamos mucho más.

Los elementales eran unos hijos de puta. Ellos se alimentaban de la energía tanto de animales como de humanos, no necesitaban nuestra sangre a menos que fuera para someternos a su voluntad y quedar a su merced; eso sería peor que morir. Si nos mataba, sería solo porque la atacamos, si nos sometía, nos usaría para retorcidos planes, cualquiera que fuera su plan, no tenía ganas de averiguarlo.

Solté un grito potente de ira e impotencia. Y lancé mi cuchillo hacia la estúpida fey. No esperaba que atravesara su ala y se fuera a clavar en el tronco de un árbol. Me basé más que nada en mi instinto, no creí que funcionara. El alarido del hada resonó por el lugar, el atronador sonido casi me rompe los tímpanos, pero bastó para que la naturaleza se volviera inerte de nuevo y pudiéramos darnos un respiro.

Mi compañero me ayudó a ponerme de pie y juntos avanzamos hasta dónde el hada se removía en un intento de liberarse. Cada movimiento agredía a su ala, la cual escurría un líquido plateado que despedía un aroma floral. Al vernos, el hada se removió más agresivamente, sus gritos de dolor tan molestos como su estúpida risita. Punto para nosotros, todos aquellos que había sometido serían liberados en cuánto la matáramos. Solo debíamos dispararle en su podrido corazón y todo el terror infringido habría desaparecido. Alcé la pistola y apunté directo a su pecho, la bala de cobre haría el resto.

Y entonces la hija de puta mostró su as bajo la manga.

-¿Viv? -la voz de mi hermano me provocó un escalofrío, su rostro fue el que me tumbó emocionalmente-. No hagas esto, tú eres mejor que una simple asesina.

Me congelé al instante. Tenía años que no oía la voz de mi hermano, desde aquella vez en que se fue sin mirar atrás después de abrazarme y revolverme el cabello cuando le rogué que no me dejara sola. << No puedo estar un segundo más aquí, Vi. No soy un asesino >>. Me dijo con esa sonrisa capaz de hacerme sentir que todo estaría bien. << No estaré de forma física, pero siempre estaré aquí y aquí >>. Tocó mi sien y después mi pecho en dónde estaba mi corazón. << Siempre que me necesites, estaré para ti >>. Yo no quería que se fuera, era mi mejor amigo y la persona en quién más podía confiar. << Te necesito aquí, conmigo >>. Dije suplicante, él suspiró, derrotado. << Pero no aquí, Vi. Si pudiera llevarte conmigo, te juro que lo haría >>.

Y entonces se fue, jamás miró atrás y jamás me contactó. Yo tampoco lo busqué, pues mis padres me prohibieron hablar de él y con él. Dijeron que era una deshonra, un traidor y que había preferido irse a que quedarse conmigo. Pero yo lo quería y en ese momento me invadió una profunda tristeza porque quería verlo otra vez.

-No eres tú -dije titubeante-. No me mientas.

-Claro que soy yo, Viv -mi hermano sonrió con esa sonrisa tan característica de él- ¿O qué? ¿Ha pasado tanto tiempo que ya no me recuerdas? Ven y dame un abrazo, te extrañé mucho.

Un abrazo que no le di porque mientras yo me autoengañaba diciéndome que sí lo abracé y que me revolvió el cabello antes de irse, era mentira, él me pidió que lo abrazara después de decirme que si pudiera me llevaría con él, pero yo me negué. Estaba tan enojada porque se iba que me rehusé a abrazarlo y nunca más lo hice.

Las lágrimas se arremolinaron en mis ojos, debí abrazarlo una última vez.

No volvería a cometer el mismo error. Yo también lo había extrañado, habían pasado casi seis años y no podía fingir que no me había dolido su ausencia. Di un par de pasos al frente cuando caí en la cuenta del error: Mi hermano me llamaba Vi, no Viv. Viv era el apodo que los monteros usaban conmigo, mi hermano siempre se negó a llamarme así. O era Vi o era Viviana cuando se enojaba conmigo.

Toda mi tristeza se evaporó al instante, fue suplantada por un momento de profunda decepción por haberme hecho dudar y posteriormente por ira de que esa estúpida utilizara a mi hermano para matarme.

Ella ya había capturado a mi compañero con sus lianas, de alguna extraña forma logró evitar que hablara y así no pudo advertirme. El hada sostenía una rama afilada y gruesa con la punta dirigida hacia mi pecho, estaba a un par de centímetros de matarme, miré la punta y después al hada, su mirada estaba encolerizada, pero ni siquiera la mitad de lo que yo me sentía.

-Te iba a matar rápido -le susurré al oído-. Pero te ganaste un rato de sufrimiento.

Saqué otro cuchillo de mi vaina y con ese clavé su otra ala en el tronco, su grito fue música para mis oídos. Ya no había más brillo divertido en sus ojos, su expresión ya no era relajada, ahora solo tenía miedo, miedo de mí.

Los siguientes dos minutos los dediqué a desollarla viva, a hacerle sentir tanto dolor como ella planeaba hacérmelo a mí, pero entonces el rostro de mi hermano apareció de nuevo en mi mente, esta vez era el real. <>. Había dicho y él no quería que yo lo fuera, pero me convertí en una de las mejores, no de humanos ni de animales, claro, si no de seres perversos que se deleitaban con el dolor humano, pero era asesina, al fin y al cabo. Él no estaría orgulloso de este arranque de ira. Tenía que matarla, sí, pero no tenía que hacerla sufrir.

Alcé el arma que había caído al suelo, saqué el seguro y accioné el gatillo. El hada se deshizo en un líquido plateado que se evaporó antes de tocar el suelo. Mi compañero fue liberado en ese momento y todo volvió a la normalidad.

Aún tenía el corazón al mil por hora, mis respiraciones eran pesadas y duras, sentía las mejillas arder y temblaba demasiado a pesar de que no hacía una pizca de frío.

-¿Estás bien? -pregunté a mi compañero para distraerme-. Disculpa, fui débil.

Él se levantó y sacudió las hojas de sus ropas.

-¿Débil? -se acercó a mí-. Viv, estuviste increíble. Nadie, al menos que yo conozca, ha podido resistir al engaño de un hada imitadora -me miraba anonado-. Creí que estábamos perdidos. Yo una vez logré salvar a mi abuelo de una imitadora, pero él solo no pudo salir -me sonrió-. Serás una increíble Montera Celestial. En este momento podría inclinarme ante ti y jurarte lealtad.

Asentí, pero me sentía destrozada, incompleta, agotada. El enfrentamiento con el hada imitadora abrió una herida que no sabía que tenía. Y en ese momento no me sentía nada bien.

De regreso al cuartel, entregamos nuestras armas para que fueran limpiadas y fuimos al comedor para alimentarnos como si hubiésemos corrido un maratón. Siempre que volvíamos me sentía cansada y hambrienta, además de sedienta. Solo eran cuatro cinco salidas al mes, pero necesitaba descansar como por tres días.

Estaba terminando mi pollo asado cuando Lucas se dejó caer en la butaca frente a mí. Se veía cansado, por supuesto, generalmente él llegaba ileso, pero aquella vez tenía un rasguño en la cara y el labio amoratado.

-¿Qué te pasó?

La realidad de que podíamos morir siempre la teníamos presente, pues había noches en que podíamos tener una baja, dos bajas o incluso tres. Las mejores noches eran las que no tenían una sola muerte. Cada que salíamos la muerte acechaba, pero nos era algo tan ajeno que no nos despedíamos como si fuera la última vez, no nos decíamos lo que teníamos pendiente. Podíamos morir, pero nadie pensaba en ello hasta que realmente pasaba.

Nos volvíamos menos sensibles, menos emocionales y eso es lo que nos hacía menos humanos a pesar de que éramos humanos.

-Un elfo se puso pesado -dijo en un tono que le restaba importancia-. Hirió a un compañero, pero nada grave, estará bien.

Él se centró de lleno en su comida, yo lo observaba como una chica enamorada. No podía ser que aún después de tanto tiempo, siguiera tan colada por él. Yo solía engañarme diciéndome que él no podía saber mis sentimientos, que sabía encubrirlos tan bien que solo alguien muy observador se daría cuenta. Pero no era así, más de dos compañeros me habían preguntado si sentía algo por él, una chica con la que no me llevaba en absoluto incluso se burló diciéndome que era tan poco discreta, que daba pena.

Así que él debía saber algo, sospecharlo si quiera. Pero prefería no pensarlo porque si él sabía y no me había dicho nada al respecto, significaba que no le importaba o que no era lo suficientemente importante para él. Y eso me rompería el corazón.

-¿Fuiste a que te revisaran?

-Es solo un rasguño con unas ramas, no estaban envenenadas ni nada.

Se encogió de hombros y habló con un tono de voz que dio entender que el asunto estaba zanjado. Últimamente estaba de muy mal humor. Era porque se acercaba la fecha en que su familia fue asesinada, cada año era lo mismo, una vez que pasaba la fecha, volvía a ser el Lucas de antes. Aquel calculador, sarcástico, protector y gentil Lucas.

Viéndolo hacer algo tan mundano como comer, me di cuenta de que lo podía perder tan fácil como la chica que fue asfixiada por los gnomos, vi como cargaban su cuerpo para llevarlo a la morgue del cuartel. Tenía una ventaja con él, pues al contrario que los demás, él vivía bajo el techo de mis padres, a él lo veía diario mientras que a los demás solo los veía el primer día de una nueva fase lunar.

Y debía aprovecharlo. Tanto así que no podía pasar un momento más sin confesarle que lo quería... No, que lo amaba. Que podía dar mi vida por él sin pensarlo y que jamás permitiría que alguien le hiciera daño, que él sería más prioridad que incluso mis padres cuya relación padre-hija se deterioró con la partida de mi hermano. Porque era ahora o nunca, tal vez para la siguiente fase lunar alguno de los dos no estaría.

Abrí la boca para decir algo, pero entonces una montera que salió en su primera caza llegó a sentarse a mi lado.

-Háblenme de lo que sea -estaba despeinada y se veía fatigada-. Solo no mencionen místicos.

Si recordaba mi primera caza, tampoco fue muy agradable, deseaba olvidarla. Y no la olvidé, pero sí la superé.

-Mañana tengo examen de química -dije con fastidio-. Odio la escuela, en serio.

Y es que era tan distinto ser estudiante que montero. Pero no éramos monteros a tiempo completo, mis padres tenían un trabajo con el que mantenían los gastos, ellos mismos estudiaron, mamá en modelo híbrido y mi papá en línea, pero a fin de cuentas tenían su licenciatura. Y, por ende, yo tenía que asistir a la escuela y entregar tareas, preparar exámenes y dar lo mejor de mi para ser una humana responsable. Mantenerme por mí misma.

Yo no iba por un diez, yo no iba por ser la destacada de la clase ni por ganar la olimpiada matemática, mis padres eran felices si yo aprobaba así fuera con un seis. Y dado que mi prioridad era prepararme para ser Montero Celestial, solo iba a la escuela porque era obligatorio.

Me había perdido de fiestas, amistades, de algún chico que pudo haberse interesado. Yo era la chica que nadie sabía que estaba en el salón a menos que estuviera al lado. Veía a las chicas hacer pijamadas, arreglarse para las fiestas, ir a plazas, coquetear con chicos y hacer deportes de manera extracurricular mientras yo iba al cuartel a entrenar. Era una rutina que me mantenía ocupada y evitaba que me lamentara por no tener una adolescencia normal.

Las chicas comunes y corrientes podían quedarse con sus plazas y maquillajes, yo estaba destinada a proteger a la humanidad y a liderar a los monteros que, desde las sombras, salvaban vidas.

-Ni digas -la chica habló mientras tragaba la sopa-. Yo mañana expongo y ni siquiera he hecho la presentación -tomó un sorbo de agua- ¿El cuarto menguante no pudo esperar un día?

Al final, Lucas y yo tomamos camino a casa, mis padres condujeron en silencio todo el camino. Al llegar, subí las escaleras detrás de él. Debía decirle, armarme de valor para confesar mis sentimientos, pero él llegó a su habitación y se encerró. Mi oportunidad había pasado.

Suspirando, me metí a mi cuarto y me quedé dormida casi al instante, arrepintiéndome de no haber aprovechado un solo momento.

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