El eco de los disparos aún retumbaba en los oídos de Valeria. Su respiración era errática, y el latido desenfrenado de su corazón ahogaba cualquier otro sonido a su alrededor. Todo había ocurrido demasiado rápido: un evento de caridad, luces destellantes, copas de champagne y, de pronto, el caos.
La gente gritaba. Cuerpos caían. Y ella... ella habría sido una de esas víctimas de no ser por él.
Su mente aún intentaba procesarlo. Un segundo antes, estaba brindando con un diplomático francés, y al siguiente, alguien la había derribado al suelo, cubriéndola con su propio cuerpo. Sentía el peso de su salvador sobre ella, su respiración caliente contra su oído.
-No te muevas -ordenó una voz grave y controlada.
Valeria no pudo ver su rostro con claridad, solo distinguió unos ojos oscuros y fríos que exploraban la sala con precisión calculada. Él no temía. No estaba sorprendido ni asustado. Era como si hubiese esperado que esto sucediera.
Los disparos cesaron y la confusión se apoderó de la multitud. Gritos y sollozos llenaban la sala, pero antes de que Valeria pudiera incorporarse, sintió una fuerte presión en su muñeca.
-Tenemos que irnos. Ahora.
-¿Qué? ¿Quién eres?
-No hay tiempo.
Él la jaló con fuerza y, sin darle opción a protestar, la condujo a través del salón devastado. Atravesaron los pasillos del hotel como sombras, evitando a los guardias y a la policía que ya entraba al lugar.
-Espera... no puedo simplemente irme... -murmuró ella, forcejeando para liberar su brazo, pero su agarre era firme.
El desconocido giró el rostro hacia ella, y esta vez Valeria pudo verlo mejor. No era solo un hombre cualquiera. Era alguien acostumbrado a la guerra. Su mandíbula marcada, su mirada intensa y su porte firme lo delataban.
No era un salvador.
-Si te quedas, estarás muerta en minutos -dijo él con dureza.
Algo en su tono hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Quiso negarse, pero la lógica le decía que tenía razón.
Antes de que pudiera hacer más preguntas, él la empujó hacia una puerta lateral que daba a un callejón oscuro. Una motocicleta negra los esperaba allí.
-Sube.
-¿Por qué habría de hacerlo?
-Porque los que intentaron matarte siguen buscándote, y yo soy la única razón por la que sigues viva.
Valeria tragó saliva. Algo dentro de ella le gritaba que no confiara en él, pero el miedo a lo desconocido era aún más aterrador. Sin otra opción, se subió a la moto, sintiendo el calor del cuerpo de su salvador cuando él encendió el motor.
No sabía quién era. No sabía por qué la ayudaba. Pero algo le decía que, al tomar esta decisión, su vida nunca volvería a ser la misma.
El rugido del motor atravesó la noche como un relámpago. Valeria se aferró a la chaqueta de cuero del hombre que la había salvado, sintiendo el viento helado cortar su piel mientras la motocicleta se deslizaba por las calles desiertas de París.
No se atrevía a hablar. Su mente estaba atrapada entre la confusión y el miedo. ¿Por qué la habían atacado? ¿Quién era este hombre? ¿Podía confiar en él?
Las luces de la ciudad parpadeaban mientras atravesaban callejones y puentes sin un destino aparente. Valeria sintió su pecho apretarse al darse cuenta de que no tenía control sobre lo que estaba ocurriendo. Siempre había sido dueña de su vida, había trabajado para llegar a donde estaba, y ahora... ahora todo se le escapaba de las manos.
Finalmente, tras lo que parecieron horas, la motocicleta se detuvo en una zona apartada, lejos del bullicio del centro. Estaban en un barrio antiguo, donde los edificios de piedra parecían testigos de historias enterradas en el tiempo.
-Bájate -ordenó él sin voltear a verla.
Ella obedeció, con las piernas aún temblorosas. Cuando intentó retroceder, él fue más rápido y la sujetó del brazo, guiándola hacia una puerta de metal desgastada por el tiempo. Con una llave que parecía sacada de la nada, la abrió y la empujó suavemente al interior.
La habitación era pequeña y austera. Un sofá de cuero oscuro, una mesa con algunos documentos y un par de armas descansaban sobre ella. No había adornos, ni fotos, ni rastros de que alguien viviera ahí.
-Siéntate.
-No voy a sentarme hasta que me digas quién eres.
Él cerró la puerta detrás de sí, girándose lentamente hacia ella. Sus ojos, oscuros como la medianoche, la examinaron con una paciencia inquietante.
-Mi nombre no importa.
-Para mí sí -insistió Valeria, cruzando los brazos.
Hubo un silencio tenso antes de que él suspirara y caminara hasta la mesa. Tomó una de las armas y la deslizó hacia el borde, como si quisiera dejar claro que el poder seguía en sus manos.
-Me llamo Alexander.
El nombre resonó en su mente como una advertencia. No sabía si era real, pero al menos tenía algo a lo que aferrarse.
-Bien, Alexander. ¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué intentaron matarme?
Él apoyó las manos en la mesa y la miró con seriedad.
-Porque sabes algo que no deberías saber.
Valeria frunció el ceño.
-Eso no tiene sentido. Soy solo una periodista de investigación. No tengo enemigos.
Alexander soltó una breve risa, seca y sin humor.
-¿Periodista de investigación? -repitió con ironía-. Valeria, acabas de escribir un artículo sobre la corrupción dentro del gobierno francés y las conexiones con la mafia rusa. ¿De verdad crees que no hiciste enemigos?
Su sangre se heló.
Sabía que el artículo podía generar incomodidad, pero nunca pensó que pondría su vida en peligro. Lo había trabajado con cuidado, con pruebas, con fuentes verificadas. Nunca mencionó nombres directamente, solo expuso los hechos.
-Pero... eso no es suficiente para que intenten matarme... -susurró.
-Para ellos sí.
Ella sintió que sus piernas perdían fuerza y se dejó caer en el sofá. Su mente intentaba encontrar una salida, una solución. Pero la realidad era clara: alguien quería que desapareciera.
-Entonces, ¿tú trabajas para ellos? -preguntó en voz baja, levantando la mirada hacia Alexander.
Él no respondió de inmediato.
-No exactamente.
-¿Entonces por qué me salvaste?
Alexander tomó asiento frente a ella, cruzando los brazos.
-Porque tenía la orden de seguirte.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
-¿Qué?
-Me enviaron a vigilarte, a estudiar tus movimientos. Pero cuando vi que te iban a matar, decidí actuar.
Valeria sintió que todo daba vueltas.
-¿Quién te envió?
Alexander entrecerró los ojos antes de responder:
-Alguien que quiere mantenerte con vida... por ahora.
Un escalofrío recorrió su espalda. Esto no era un simple ataque. Era algo más grande, más peligroso de lo que jamás imaginó.
Y lo peor era que su única opción era confiar en el hombre que, hasta hace unas horas, la había estado siguiendo en las sombras.
El silencio se instaló entre ellos como una tercera presencia en la habitación. Valeria intentaba asimilar lo que acababa de escuchar, pero cada parte de su mente gritaba que nada tenía sentido.
-Déjame ver si entiendo -dijo finalmente, cruzando los brazos-. Me estabas siguiendo, ¿pero no para matarme?
Alexander asintió lentamente.
-Correcto.
-Entonces, ¿para qué?
Él desvió la mirada un instante, como si estuviera decidiendo cuánto debía decirle.
-Para protegerte -respondió al fin.
Valeria soltó una risa incrédula.
-¿Protegerme? ¿De quién?
-De las mismas personas que intentaron matarte esta noche.
Ella negó con la cabeza, sintiendo un nudo en el estómago.
-No tiene sentido. Si querían matarme, lo habrían hecho antes. He estado escribiendo sobre ellos durante meses.
-Lo sé. Pero hasta ahora, solo eras una molestia. No tenían pruebas de que tuvieras información realmente peligrosa.
-¿Y ahora sí?
Alexander la miró con seriedad.
-Publicaste algo que los hizo reaccionar. O encontraste algo que aún no te diste cuenta de que tienes.
Valeria intentó recordar cada detalle de su última investigación. Su artículo exponía una red de corrupción que vinculaba a empresarios franceses con la mafia rusa, pero no había mencionado nombres específicos. Se basó en documentos anónimos y filtraciones.
-Eso no explica por qué tú estás involucrado -lo señaló con la barbilla-. Dijiste que alguien te envió a seguirme. ¿Quién?
Alexander apoyó los codos sobre sus rodillas y la miró fijamente.
-No puedo decirte eso.
-No puedo confiar en alguien que me oculta información.
Él suspiró, como si ya esperara su reacción.
-No tienes otra opción.
Valeria sintió una mezcla de rabia e impotencia. Tenía razón. No podía salir a la calle como si nada. En ese instante, probablemente había personas buscándola para terminar el trabajo que no pudieron completar en el evento.
Pero quedarse con Alexander significaba confiar en alguien que claramente no le estaba diciendo todo.
-¿Qué pasa si decido irme?
Alexander se inclinó hacia atrás y sacó un arma de la funda en su cintura. La colocó sobre la mesa entre ellos, sin levantarla, sin apuntarla, solo dejándola ahí como una advertencia silenciosa.
-Puedes intentarlo. Pero te garantizo que no llegarás lejos.
La garganta de Valeria se secó.
-¿Me estás amenazando?
-No. Te estoy diciendo la verdad.
Se miraron durante varios segundos, midiendo al otro. Finalmente, Valeria soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
-¿Qué sigue? -preguntó con resignación.
Alexander guardó el arma con un movimiento rápido y preciso.
-Descansarás aquí esta noche. Mañana nos iremos.
-¿A dónde?
-A un lugar más seguro.
-¿Y cuándo me dirás toda la verdad?
Él le dedicó una media sonrisa, casi burlona.
-Cuando sea necesario.
Valeria apretó los dientes, pero no replicó. Estaba atrapada. Lo único que podía hacer ahora era jugar bajo sus reglas.
Alexander se levantó y tomó una manta de un armario pequeño, lanzándosela.
-El sofá es tuyo. No intentes salir.
Ella lo atrapó en el aire y lo miró con desconfianza.
-¿Y si lo intento?
Alexander sonrió de lado.
-Hazlo, y verás lo que pasa.
Sin decir más, se dirigió a una pequeña habitación contigua y cerró la puerta tras de sí.
Valeria se quedó en la sala, sintiendo la adrenalina aún correr por sus venas. Estaba sola, en un departamento desconocido, con un hombre misterioso que decía protegerla pero que claramente ocultaba demasiadas cosas.
Pero la verdad más aterradora era que, por ahora, su vida dependía de él.