CAPITULO 1
Eva miraba el eco con lágrimas en sus ojos sin poder creerlo. No sabía si llorar de felicidad o de dolor en ese momento.
-¿Está segura de lo que dice aquí? -preguntó al médico que la miraba con una sonrisa-.
-Sí, son trillizos -se quedó inmóvil-.
Con el eco en la mano, aún sorprendida, salió a la sala de espera. Su mejor amigo Santino la esperaba sentado con impaciencia.
-¿Qué te dijeron?
-Estoy embarazada de trillizos -explicó Eva bajando la mirada-.
-¡Joder, Eva! ¿Por qué no te cuidaste? ¿Cómo fuiste a salir embarazada de tu jefe?
Bajo los rascacielos de Florida, para ser exactos, a la hora alba de un lunes primaveral, se encontraba Evangelina alistándose para presentarse en su primer día de trabajo. Se miraba en el espejo con desagrado y comenzó a aplastar su cabello hacía atrás, sin dejar ni un solo mechón suelto. Sus largas piernas eran tapadas por unas horribles faldas desteñidas de color gris; y su enorme busto era cubierto por un suéter negro de cuello alto que no dejaba nada al descubierto. Sus tacones negros anticuados la hacia verse un poco más alta de lo que era, pero, sin embargo, no dejaba de verse desagradable a los ojos de cualquier hombre que pueda acercarse. Incluso de lejos puede notarse su "horrenda cara", y eso es debido a que usaba anteojos viejos junto a brackets que ya no necesitaba, pues escondía su hermosa dentadura.
Resopló con pesadez, acababa de graduarse de ingeniería en sistemas, pero por más que buscaba un trabajo acorde a sus habilidades le terminaban cerrando las puertas. Las excusas eran claras: "no tienes experiencia o estás muy fea para el puesto". Hasta que su mejor amigo, Santino, le consiguió una entrevista online en la empresa más multimillonaria del país e incluso del mundo. Enseguida fue contratada, pero como secretaría ejecutiva del CEO Demetrio Laureti, un joven mujeriego y seductor que se había llevado a la cama a múltiples mujeres por el simple hecho de ser de alta sociedad y renombre, además de su extravagante belleza.
«Será que voy a conocer hoy un hombre que pueda enamorarme» pensó mientras tomaba su cartera marrón oscura y salía de su habitación.
Eva, como todos le decían, había deseado como toda chica encontrar al príncipe azul, a aquel hombre que lograra amarla y enloquecerla, pero siempre y cuando lo hiciera por lo que es, sin querer cambiarla, sin importar su aspecto físico.
Tomó una rebanada de pan para desayunar sin relleno. Vivir sola desde que cursaba la universidad le ha sido costoso, sus padres vivían al otro lado de la ciudad, y aunque de vez en cuando le mandaban para ayudar con sus gastos, ella no ha querido preocuparlos. Sin embargo, había noches dónde comía tan poco que a la mañana siguiente se levantaba con un fuerte dolor de estómago.
Su apartamento era modesto pero cálido, a Eva le encantan las alfombras, por eso lo había llenado de ellas por donde se podía pisar. Tenía una sola habitación y la sala era compartida con la cocina. Aunque era pequeño, no se quejaba, ya que era lo que tiene para vivir.
Salió del departamento apresurada, aunque faltaba más de una hora para entrar; la puntualidad era la mayor virtud de Eva. Pero había días donde la suerte no estaba de su lado. Su viejo auto no encendía, y agarrar el bus no era una opción, la empresa quedaba sumamente lejos y perdería la mayor parte del tiempo. Decidió revisar mejor el auto, y después de perder casi media hora este por fin se había encendido. Se dirigió a Remadrobot Laureti, la empresa de aplicaciones más grande de Estados Unidos, original de Italia y dónde el dueño es un joven heredero.
Al otro lado de la ciudad, a esa misma hora, Demetrio se levantaba con pesadez después de apagar el despertador con un golpe. La noche anterior lo había dejado tan cansado que no pudo moverse, pero su padre le llamaba la atención tantas veces porque llegaba tarde a la empresa, así que dejó a las dos hermosas rubias que tenía en su cama para alistarse.
Después de una ducha caliente, se vistió tan formal como elegante. Es que todo de él era así, desde la habitación con un ventanal extraordinario que dejaba ver toda la ciudad, hasta la cama alta con sábanas de algodón dónde reposaba a diario.
Abrió la cajuela y, se colocó uno de sus cuántos relojes de colección. Mientras acomodaba su corbata no pudo evitar mirarse en el espejo; sí, era vanidoso y él lo sabia. Quién no lo sería con esos atributos. Sus azulejos iris lo hacían parecer como un dios griego, y su rubio cabello le denotaba verse más atractivo de lo que se puede imaginar, además de que era bastante alto. Su figura delgada y tonificada dejaba mucho a la imaginación.
-Bebé, vuelve a la cama, ¿sí? -una de las chicas se levantó para tratar de convencerlo de quedarse con ellas. Sería una opción tentadora-.
Lo pensó, por unos segundos. Sonrió de medio lado, seductor, para luego responder con total arrogancia:
-Vístete y levanta a tu amiga, le diré a uno de mis choferes que la lleven a casa -sus palabras eran tan frías que la chica pudo imaginarse que la noche anterior no disfrutó nada con ellas, y al decir verdad en cierto modo era así, porque a Demetrio ninguna mujer lo llevaba al alto éxtasis de placer-.
La rubia intentó protestar, pero Demetrio la calló dejándola sola y con la palabra en los labios.
Se sentó en la mesa del grandísimo comedor de vidrio de doce puestos dónde comía solo todos los días. La mesa estaba llena con muchas frutas, leche fría, ensaladas, pan tostado y jugo de naranja. Después de desayunar miró su reloj para darse cuenta de que era tarde y que debía apresurarse.
Estaba emocionado, su secretaría ejecutiva y con la que había mantenido una relación de amantes por cuatro años se había mudado a otro país. No es que no le agradara Jennifer y estuviera contento por ello, es que no podía controlar la emoción que le daba tener en su cama a su nueva secretaria. Sabía que era hermosa, era el mayor requisito que él exigía a los jefes de recursos humanos para la contratación de su personal femenino.
Pero, con lo que Demetrio no contaba era que su padre, cansado de los chismes laborales y de que su hijo no sentara cabeza, había dado la orden estricta de que la mujer que fuera contratada para suplantar a Jennifer fuera fea, las más fea posible.
Bajó apresurado por el ascensor, las puertas de la emblemática empresa a esas horas ya estaban abriendo y no quería llegar tarde. Los minutos en el ascensor de su edificio para llegar al estacionamiento se le hacían eternos. Además, el cada día debatirse en qué auto usar también le quitaba un poco de tiempo. Terminó escogiendo al azar. Le indicó a Ramiro, su chófer que condujera, pues la resaca en su cabeza por los tragos del domingo no le permitía concentrarse en el camino.
Mientras su chófer esperaba en un semáforo y él agendaba una reunión mediante una llamada, notó como en el auto viejo y destartalado que se encontraba a su lado iba una mujer de aspecto grotesco.
«Jamás estaría con una mujer tan fea» pensó.
Adelantó al auto y en pocos minutos llegaron a la empresa.
Evangelina por su parte notaba que la persona del auto que estaba a su lado la miraba con una mala expresión. Ella sabía que su aspecto era desagradable para muchos hombres. Sin embargo, no dejaba de soñar con el hombre que algún día la pueda mirar de otra manera.
«Con este hombre yo perdería mi virginidad» sonrió mientras se sonrojaba por su atrevimiento.
Cuando el italiano llegó a la empresa lo primero que preguntó a su amigo Antonio, quien era su compañero de trabajo, además del Gerente Internacional de la empresa; fue por la nueva secretaria contratada, deseando entrevistarla enseguida y aprovechar para echarle el ojo y ¿por qué no? ir aplacando el terreno.
-¿Ya ha llegado mi nueva amante? -sonrió mientras abría de golpe la oficina de Antonio-.
-No, aún no, también me muero por conocerla, de repente la chica se enamore de mí antes que de ti -quiso molestarlo, él sabía que Demetrio odiaba perder una conquista-.
-No me hagas reír, brother, los dos sabemos que las mujeres me prefieren a mí -guiñó un ojo mientras se recostaba en el sofá de la enorme oficina de Antonio-.
Aunque Demetrio podía ser el hombre más hermoso de aquella empresa o de la ciudad entera, Antonio no se quedaba atrás. Su metro ochenta y seis de altura más sus ojos oscuros le daban el toque intimidante que cualquier mujer deseaba. Además, era un hombre bastante atlético, tanto que sus pectorales parecían que iban a salir de su camisa azul bien adherida al cuerpo.
-No te creas, hermano -colocó las manos en la mesa-. Escuché por allí que la nueva secretaria es tan bella que es muy difícil llevarla a la cama -musitó con sarcasmo, ya que temprano vio las fotos en recursos humanos de la nueva empleada y definitivamente no era el gusto del italiano-.
-No hay mujer que se resista a mis encantos -indicó con ironía-.
«Yo no estaría tan seguro» pensó de manera burlesca.
-¿Cuánto quieres apostar que en menos de un mes la tendré comiendo de la palma de mi mano y en mi cama, hermano? -el italiano sonrió dejando al descubierto su perfecta dentadura-.
-Vamos a apostar que no la llevas a la cama -Antonio inquirió divertido sabiendo que su amigo al verla iba a desistir de aquella apuesta-.
-Te daré mi auto deportivo si pierdo, pero si gano me darás tu colección de relojes -indicó Demetrio seguro de sí mismo-.
-Está bien, trato hecho -se estrecharon las manos y se fue a su oficina ansioso por ver a su secretaria-.
Cuando Eva llegó se sorprendió muchísimo por el enorme edificio donde iba a emplear. Era un edificio con más de ciento cincuenta pisos, que tenía un parque interno y un estacionamiento privado dónde dejó su viejo auto.
Salió casi corriendo a las oficinas. Cuando llegó, una empleada que estaba en recepción la atendió mientras la miraba extrañada.
-Hola, ¿en qué puedo ayudarte? -Sonrió tratando de que no se notara sorprendida-.
Eva no se inmutó, estaba acostumbrada desde niña a sufrir burlas y ataques a su físico, así que la saludó de buena manera.
-Hola, soy la nueva secretaria del licenciado Demetrio, ¿me indica cuál es su oficina para colocarme a sus órdenes? -respondió amablemente-.
-¿Usted es la secretaria del jefe? -la pelinegra no pudo evitar abrir la boca como plato por la sorpresa-.
Todas las empleadas de aquella compañía eran de figura genuina y esbelta, además de rostro fino y hermoso. Y mirarla a ella y saber que sería la secretaria del italiano la tomó por mucha sorpresa.
-Sí, soy yo. Mire, me llegó este correo hace algunos días, hoy debía asistir a mi primer día de trabajo.
-¿Usted es Evangelina Anderson? -la recepcionista buscó en su libreta, pues desde hace algunos minutos la estaba esperando-.
-Sí, soy yo -sonrió amablemente mientras acomodaba sus lentes.
-Ok, disculpe si la he incomodado -indicó sincera-. La oficina del señor se encuentraba en el piso ciento cuarenta y cinco.
-Gracias -Eva respondió para alejarse-.
Buscó el ascensor con la mirada, uno decía privado y el otro público, así que tomó sin pensarlo el público. Le pareció que la empresa era muy grande, también que era extremadamente lujosa. Había infinidades de salones, además de que se podía ver el cielo. No tenía paredes y en vez de ello había vidrios semis oscuros, y solo el ascensor estaba cerrado.
Cuando llegó al piso indicado había tres casillas con secretarias en cada una de ellas. Preguntó a la que tenía más cerca, y aunque la chica se sorprendió al verla, le anunció a Demetrio, quien se emocionó enseguida y se colocó serio al mirar desde su ventana algunas palomas que pasaban.
-Pase adelante, señorita Evangelina, el jefe lleva más de media hora esperando.
Eva caminó nerviosa, aunque confiaba en sus capacidades e intelectualidad, no pudo evitar sentir nervios en su primer día de trabajo.
Cuando entró a la oficina, Demetrio se volteó sonriente, pero su sonrisa se borró de su angelical rostro cuando miró a la joven que tenía enfrente de él.
Demetrio abrió sus ojos de par en par al ver a la mujer frente a él; la sonrisa que llevaba en su rostro se fue convirtiendo en una mueca al darse cuenta de lo fea que era.
-¿Y tú quién eres? -preguntó con una ceja alzada, haciendo que Eva apretara los puños detrás de su espalda-.
-Mucho gusto, señor, mi nombre es Evangelina Anderson, y soy su nueva secretaria ejecutiva -Eva sonrió mostrando sus dientes atados a los alambres de su ortodoncia, mientras Demetrio parpadeó con asombro-.
«Mi abuelo me va a oír» pensó.
-¿Me permite su identificación, por favor? -pidió, aún incrédulo de lo que ocurría-.
Definitivamente los planes de llevar a la mujer a la cama se habían ido a la basura en aquel momento.
Eva abrió su anticuado bolso con nerviosismo bajo la mirada del italiano, que la detallaba de pies a cabeza.
El cuerpo de Evangelina estaba estremecido, el hombre al frente de ella era tan hermoso que causaba que sus piernas temblaran como gelatinas. Con las manos temblorosas le tendió su identificación.
Demetrio la tomó, y pegó un brincó, si la persona que veían sus ojos era fea, imagínese la que estaba en aquella foto para que el italiano hiciera semejante estruendo con su cuerpo.
-Bien, señorita Evangelina -dijo tratando de calmarse, aunque estaba totalmente irritado, molesto, y eufórico. Evangelina mordía su labio y bajaba la mirada, nerviosa-. Tu oficina será la de al lado, ahí tienes los pendientes en la laptop que se te asignó, revísalos y comienza con el trabajo. Tu labor consiste en hacer todo lo que yo necesite, tanto aquí como en cualquier parte donde me encuentre. Además de traer mi almuerzo, mandar a lavar mis trajes a la tintorería cuando sea estrictamente necesario en una emergencia. Y pues, lo demás para qué decírtelo, está todo en tu laptop, este será tu paga.
Demetrio tomó un lapicero y una hoja y anotó la cifra que iba a ganar Eva por su trabajo, ya que a diferencia de todo el personal, él le pagaba a sus secretarias directamente. Y aunque Jenifer ganaba el doble por ser su amante, el sueldo que iba a ganar Eva era muy generoso.
Evangelina tomó el papel en sus manos y sus ojos se abrieron sorprendidos, definitivamente era un muy buen sueldo, el mejor de todos. Sonrió y le agradeció a Laureti que seguía mirándola incrédulo, mientras apretaba su mandíbula aún molesto por su secretaria.
-Bueno, ve a trabajar -le indicó con arrogancia, señalando la puerta a espaldas de su nueva secretaria. Aunque no era un hombre del todo áspero, odiaba la sola idea de que su secretaria no tuviera los estereotipos que él estaba acostumbrado a tener-.
Eva salió casi corriendo. Divisó con la mirada un pequeño cubículo al lado de la gran oficina de su jefe. Era pequeño, pero cómodo. Había una mesa con una laptop y una carpeta con varios papeles amontonados y desorganizados, además de un hermoso sofá para descansar y su propio baño que estaba totalmente desordenado. Parecía que la anterior secretaria era muy desordenada.
Se sentó a tratar de organizar todo, pero en ese momento su mente comenzó a viajar a los azulejos ojos de su jefe. Su mirada, sin ninguna expresión, provocaba que su cuerpo se estremeciera de una manera que jamás había sentido.
«Deja de pensar en tonterías, Eva, has visto a tu jefe, es demasiado bello como para fijarse en ti» resopló con pesadez mientras se grababa aquellas palabras en su mente.
Acomodó sus lentes y se dispuso a organizar la montaña de papeles a su lado. Eva era rápida, la más rápida para organizar, lo fue siempre en clase y lo sería más ahora que tendría una paga decente para sostenerse.
En menos de una hora los archivos estaban acomodados por fecha y organizados por orden alfabético. Los acomodó en una pequeña repisa que tenía al lado izquierdo de su escritorio.
Prendió la laptop que no había encendido y comenzó a leer cuáles eran sus labores. Comprendió el porqué de una remuneración tan buena, parecía que ella iba a ser la sombra del millonario, puesto que tenía que hacer múltiples tareas al día.
Café sin azúcar a las nueve de la mañana, caliente, muy caliente, y que no sea de cafetería. El almuerzo a las doce (solo dieta, y sin gluten) además de organizar reuniones, cancelar las que no serán necesarias o posponer otras, etcétera.
Salió de su oficina no sin antes ordenar el almuerzo de su actual jefe. Como era dieta, Eva pensó que el pescado con ensalada y patatas al vapor sería ideal, y eso fue lo que mandó a preparar para que estuviera listo a las once y cincuenta de la mañana.
Salió de su oficina y se encontró con la recepcionista con la que había hablado cuando llegó. Definitivamente ella no encajaba con el personal, porque la mujer a su vista era hermosa y esbelta, aunque con un escote muy pronunciado para el gusto recatado de ella.
-Hola, disculpa que te moleste, ¿dónde puedo preparar un café? -preguntó amablemente, mirando el enorme escote de la rubia en sus pechos, que parecía que iba a salir de su corcel de color azul rey que lucía esa mañana-.
La mirada de la recepcionista pasó de tranquila a un desagradó total cuando la miró. Sin ningún disimulo movió sus manos con desdén, queriendo indicar que la nueva secretaria estaba ensuciando su preciado escritorio.
-En el piso cien hay una cocina -respondió ella sin siquiera mirarla-.
Eva estaba ya curtida en eso, las burlas y las miradas de las personas a su alrededor eran normales, muy normales. Lo vivió muchas veces en el colegio y pudo soportarlo, y si era necesario lo soportaría toda su vida. Pensaba que las personas que lastimaban y señalaban a otras tarde o temprano se iban a lastimar con la misma daga.
Suspiró, tener que bajar cuarenta pisos para preparar un café era demasiado, pero luego pensó en su paga y tomó el valor para hacerlo.
Apenas llegó al piso cien, lo divisó con claridad. Era hermoso, parecía una cafetería dispuesta para el personal de la empresa. Las mesas de madera fina y los muebles de terciopelo daban la impresión de estar en la sala de una casa. Había varios empleados sentados, unos bebiendo café, y otros platicando de trabajo con laptops y carpetas en sus manos. Eva sintió que estaba viviendo un sueño, el lujo de la empresa era impresionante, había tenido suerte de haber sido contratada, definitivamente.
Caminó a paso lento, queriendo pasar desapercibida por las personas que parecían ángeles en aquel lugar donde ella sencillamente no encajaba. Pero a Eva la vida ese día no quería colocársela nada fácil; mientras se dirigía a una de las puertas del otro extremo donde decía cocina, tropezó con una de las sillas cayendo de bruces al suelo. Provocó que las miradas de los ejecutivos y empleados que estaban absortos en sus labores se voltearan a verla.
Los murmullos de las personas comenzaron a oírse. ¿Quién era esa mujer grotesca? ¿Quién será esa mujer tan de mal gusto? Eran unas de las cosas que las personas comenzaron a murmurar, provocando que Eva sintiera unas profundas ganas de llorar.
-¿Te ayudo? -escuchó la dulce voz de un hombre-.
Al subir la mirada pudo ver de quién se trataba, aunque no lo conocía. La belleza de aquel hombre era casi parecida a la de su jefe, solo con la diferencia de los ojos negros, y la barba bien peinada que traía.
-Gracias -Eva tomó su mano, y comenzó a limpiar su falda en el momento que se colocó de pie-.
-¿Tú debes ser Eva Anderson? -dijo el hombre que la miraba con una sonrisa agradable, o eso pensaba Eva en aquel momento-.
-Sí, mucho gusto, señor...
-Antonio Ferrer, el gerente de la empresa, además del mejor amigo del gruñón de tu jefe -Eva abrió los labios, asombrada, y limpió sus manos con la falda para intentar estrechar la mano del pelinegro que la miraba extrañada-.
-Discúlpeme usted, señor, he estado buscando la cocina para preparar el café del señor Laureti, pero uno aquí en esta empresa tan grande se pierde -explicó rápidamente, acto que le provocó gracia al joven gerente-.
-Ahí, puedes hacer las tareas que te mandó Demetrio -señaló el joven otro cubículo al lado de la cocina dónde decía "sala para secretarias ejecutivas"-.
-Qué tonta -respondió acomodando sus lentes-. Gracias, señor Ferrer.
-De nada, Eva. Y cuando quieras platicar aquí estoy -Eva lo miró incrédula y asintió sin comprender porque un joven tan guapo y de hermosos atributos quería platicar con ella, pero no le tomó importancia y entró a hacer lo suyo-.
«Definitivamente no se escapó nada al diseñador de esta empresa» pensó al notar el hermoso cubículo de color rosa claro. Había una pequeña cocina, cafeteras electrónicas, cantidad de tipos de café, desde gourmet hasta de canela y saborizados.
Tomó un café de empaque normal y lo preparó para salir apresurada de ahí. Pensó en llevar unas galletas y unos que otros panecillos, podría ser que a su jefe le agradaría.
Apenas Eva salió de su oficina, Demetrio corrió con las venas de su frente marcadas. Iba hacia la oficina de su abuelo totalmente molesto. Quedaba en el piso veinte de aquella empresa. Él solo supervisaba el trabajo de su nieto al igual como lo hizo con su padre, buscando que todo marchara impecable en aquella empresa hasta su muerte, ya que aquél hombre propenso a heredar definitivamente le estaba sacando más canas al viejo de las que ya tenía.
-¿Se puede saber por qué esa secretaría, Andrea Laureti? -le preguntó a su abuelo que estaba mirando mediante una pantalla enorme el funcionamiento de las diferentes aplicaciones que manejaba la empresa-.
-Hijo -la voz de un hombre un poco más joven, pero de carácter más egocéntrico se escuchó estruendosamente-.
Demetrio los miró a ambos, parecía que estuvieran conspirando en contra de él.
-Entiende que eres una figura pública, no puedes llevar a la cama a cualquier mujer que se te presente, y menos a tus secretarias. ¿Cuántos años llevas acostándote con Jenny? Más de cuatro años. Lo siento, pero Evangelina se queda y espero que no haya sido por eso que has venido a molestar a mi padre. Además, la chica es inteligente, y más adelante si todo sale como pensamos podría ser una de las ingenierías de la empresa.
Demetrio hizo una mueca con los labios.
«Ingeniera esta» pensó.
-Estoy cansado de que se metan en mis asuntos. Andrea, di algo.
Miró al abuelo que permanecía inmóvil. Haberle permitido tanto a Demetrio cuando era joven lo había convertido en el ser superficial que era, y definitivamente, si quería que la empresa siguiera funcionando como hasta ahora, lo primero era alejar la mayor distracción del joven (las mujeres).
-Bien -salió dando un portazo y regresando a su oficina, le molestaba demasiado tener que verle la cara a Eva en aquel momento, pero parecía que no podría hacer nada por ahora-.
Entró a su oficina totalmente frustrado mientras agarraba su cabeza con molestia, no entendía cómo le afectaba tanto tener que soportar una secretaria fea, pero lo hacía, y mucho.
La voz femenina de una mujer se escuchó del otro lado de la puerta, pero Demetrio estaba tan metido en aquella migraña que había comenzado a aparecer en su cabeza que no escuchó el llamado de Evangelina.
-Señor, le traje su café -Eva asomó la cabeza por la puerta-.
-Deberías tocar, señorita Anderson -dijo con desdén-.
Eva iba a defenderse, pero el hombre no dejó ni siquiera que formulara una palabra.
-No me gusta que entren a mi oficina sin pedir permiso, ¿me oyes? -la miró con molestia-. Puedo estar teniendo sexo aquí y tú puedes interrumpirme -Eva lo miró sorprendida, parecía que estaba escuchando mal o su jefe hablaba de sexo sin ningún pudor en sus palabras-.
-Lo siento, señor, yo...
-Está bien, te disculpo porque es tu primer día de trabajo, pero no lo vuelvas a hacer.
La cara de Eva se desencajó, ¿qué se creía ese imbécil? Ella no iba a disculparse con él, ella iba a decirle que tenía rato llamando en la puerta y él no contestaba.
-Y traes el café que tienes cinco minutos tarde, por favor, más puntualidad -Eva no podía creer lo que escuchaba en ese momento. Además de que él la hizo esperar minutos afuera, comenzaba a hablarle sin compresión, le decía impuntual-.
Acomodó sus lentes y mordió su labio para tratar de apagar las ganas que le daba insultar al dios griego y sexy que tenía enfrente mientras colocaba el café en su escritorio.
Demetrio tomó el café en sus manos mientras miraba a Eva tratando de encontrar algún atractivo además de sus ojos grises que se podían apreciar detrás de sus lentes. No había nada qué mirar, todo estaba tapado por tanta ropa.
-¿No te da calor tanta ropa? -preguntó en el momento que le dio un sorbo al café-.
Eva abrió los ojos de par en par, la intromisión de su jefe la dejó perpleja, ¿cómo se atrevía a hablar de su atuendo sin ninguna vergüenza? Iba a darle un alto cuando de repente el contenido del café fue a parar a la camisa de Eva por medio de la gran escupida que él echó.
-¡Esto está frío, Evangelina Anderson, por favor, trae uno nuevo! -ordenó sin ni siquiera disculparse por manchar la camisa de Eva-.
En ese momento Eva sintió la gran necesidad de mandar a aquel trabajo a la mierda. Miraba a su jefe con ganas de asesinarlo, pero trató de calmarse y de pensar en las enormes cuentas atrasadas que debía pagar, además de los magíster que quería conseguir y la experiencia laboral que le estaba brindando la hermosa empresa.
-Enseguida, señor -dijo con una mueca mientras apretaba sus puños-.
Tomó la taza de café y se dirigió a su oficina. Demetrio jamás había tratado a ninguna sirvienta mal, ¿y cómo? Si a los tres días ya la tenía en la cama, pero Eva era la excepción por ser la causante de arruinar su cometido de lujuria. La pagaba con la pobre muchacha.
Entró en la oficina y quitó su camisa manchada con café, por suerte siempre llevaba un suéter en su cartera. Siempre pensaba que alguna emergencia como esa le podía ocurrir, y efectivamente tenía razón.
-¡Señorita Evangelina! -la puerta que olvidó colocarle seguro se abrió en el preciso momento en que Eva había quitado su camisa-. No traigas el café, organiza las reuniones de la tarde -dijo el hombre sin dejar de mirarla, sus ojos estaban en los enormes pechos apenas cubiertos por un suave brasier de color crema-.
Eva se tapó como pudo, ruborizada, jamás en sus veinticinco años un hombre la había visto casi desnuda.
-Y no esté casi desnuda en su oficina, Evangelina, ¡por dios! -dijo Demetrio percatándose de la piel blanca e impecable de la muchacha-.
Eva asintió con la cabeza, parecía que la respiración había abandonado su sistema.
Se sentó en su escritorio apenas su jefe salió de la oficina mientras trataba de controlar su respiración y su corazón que estaba agitado, como si hubiera corrido un maratón.
«Este hombre es demasiado para ti, Eva, ¿cómo vas a trabajar con él? Es demasiado sexy, arrogante, prepotente, y además es extremadamente bello» pensó mientras colocaba su nueva camisa.
Se sentó en su escritorio y buscó entre los archivos las reuniones para la tarde, y se dio cuenta que todos los archivos estaban mal organizados.
«¡Por dios! ¿Es que la anterior secretaria no trabaja?» se preguntó en voz alta, y parecía cierto, ya que Jenifer se la pasaba teniendo sexo con su jefe en vez de trabajar.
Comenzó a organizar los archivos, tardó más de dos horas haciendo todo aquello. Aunque era rápida, no podía hacer magia ante tanto desastre.
Después de organizar los archivos comenzó a confirmar mediante llamadas las reuniones de la tarde de su jefe, una era con una importante empresa china de teléfonos, y otra era para comprar una aplicación de ciber lectura. Después de confirmar, resopló cansada y se recostó en el asiento, cuando una llamada la sacó de aquellos segundos de descanso.
-¿Sí? -respondió exaltada, parecía que se había quedado dormida unos minutos-.
-Señorita, el almuerzo que mandó a pedir para las once y cincuenta tiene más de una hora listo, ¿lo va a querer? ¿O mandamos a preparar uno nuevo?
Evangelina se levantó apresurada, parecía que había escuchado al diablo hablar al otro lado del teléfono, y aunque por suerte el restaurante donde comía su jefe (que arrogantemente no lo hacía en la cafetería de la empresa) quedaba justo al frente, y lo sabía porque estaba especificado entre las hojas de sus labores, tenía más de una hora retrasada.
-Espérame ahí, señorita. Sí, lo voy a querer, y si puede por favor caliéntalo, gracias -colgó deprisa y salió casi que corriendo de su oficina-.
Las recepcionistas la miraban extrañadas por su comportamiento inusual.
Llegó sudada al restaurante, por suerte ya la chica tenía la bandeja en sus manos bien tapada y caliente.
-Gracias -dijo tomándola en sus manos-.
Le dejó una propina por hacerla esperar. Aunque, según los archivos, el restaurante preparaba la comida de su jefe desde hace años atrás, y todo estaba pago adelantado.
-Señor, ¿puedo entrar? -preguntó impaciente-.
-Adelante -dijo con desdén Demetrio, que parecía querer estallar en rabia-.
-A esta hora no voy a comer, y mucho menos pescado, señorita Anderson -la fulminó con la mirada-. Estuve leyendo su currículum, y además de saber dos idiomas aparte del inglés y español, según lo que leo es muy inteligente, graduada en ingeniería, con la mejor puntuación de la clase, pero ahora veo porqué no había sido contratada en otras empresas, es usted una irresponsable -gritó golpeando la mesa, provocando que los ojos de Eva se abrieran de par en par-.
La frente de Eva botaba sudor gracias al gran esfuerzo que había hecho por buscar el almuerzo de su jefe, ¿y él le pagaba de aquella manera? Definitivamente era un arrogante y desconsiderado.
-Me disculpe usted...
-Eh... -Demetrio la iba a interrumpir, pero ella no lo dejó y habló un poco más fuerte-.
-¡Si usted no hubiera tenido una anterior secretaria tan desorganizada, para no decir otra palabra! -caminaba de un lado a otro tocando su frente con frustración- ¡Yo no habría perdido dos horas de mi grandísimo tiempo arreglando el chiquero que tenía en la laptop, y por ende no hubiera llegado tarde a buscar su almuerzo! ¡Y con respecto al pescado, si no fuera tan irresponsable y lo fuera colocado en la lista de alimentos que no puede o no le da la gana a su arrogante estómago comer, no hubiera pasado eso!
Demetrio la miró, perplejo, ninguna mujer en su vida le había hablado de esa manera, ni la más bella, ni siquiera las modelos famosas. Solo ella, su nueva secretaria, que era fea, lo hacía.
Se levantó del asiento, su cabeza en ese momento echaba humo por la impotencia ¿Quién era ella para hablarle así al heredero de la empresa más millonaria del mundo? Caminó a paso lento y se posó en frente de la chica que se estaba arrepintiendo de haberle hablado de esa manera.
-Señorita Anderson -dijo encima de la chica que medía muchísimo menos que él-.
Ella temblaba como ratón con escalofríos, provocando que el instinto de depredador del italiano se encendiera como rayos al sentir como Eva se estremecía debajo de él. Le provocó un deseo extraño, producto de la inocencia que percibían sus fosas como un perro en celo detectando la pureza de su presa.
Se pegó casi que a los labios de Eva que temblaba como gelatina, y le dijo...
La expresión en la cara de Eva era de nervios, impresión, incredulidad.
-Señor, yo... -susurró muerta de miedo, jamás en su vida había sentido la respiración de un hombre tan cerca, y más un hombre como Demetrio Laureti, sexi, hermoso, y con ese aliento de fresa mentolada.
-Tranquila señorita Anderson -dijo Demetrio, acomodando un botón de su traje y sentándose en su enorme escritorio, ante la mirada de Evangelina, que parecía que había visto un espanto-. No sería capaz de tocarla, usted... -pensó por un momento para luego mirarla -. No es de mi tipo.
Eva apretó los puños, molesta, ella no quería ser de su tipo ¿O si? Parpadeó varias veces y salió casi corriendo de la oficina de su jefe a la de ella.
«¿Qué era eso?» Definitivamente muchas sensaciones en un solo día de trabajo.
Se sentó en su escritorio y terminó de organizar los pendientes de ese día, realizando un informe detallado de todo lo que había hecho en aquel día, incluso, colocando los sentimientos y emociones que sintió al estar cerca de Demetrio.
Las siguientes horas en ese cansado día de trabajo pasaron entre múltiples reuniones, Eva parecía un perro detrás de su jefe anotando todo lo que le decía él, pero después del incidente en la oficina no había podido mirarlo a los ojos.
-Ya puedes retirarte Eva, mañana temprano lleva mi traje a la tintorería, debes buscarlo en la mansión, ah, y para que saques a mis cachorros a pasear por favor.
Eva lo miró mientras acomodaba sus lentes, ella era una ingeniera en sistemas, la mejor de todas, y si había aceptado ser secretaria por necesidad, ¿pero sacar perros? ¡De verdad!
-Señor, no creo que sea mi deber sacar a pasear a sus animales -dijo molesta.
Y sí, era así, Demetrio jamás le había pedido a ninguna de sus secretarias que sacará a pasear a sus perros, pero la realidad de todo, era que si su abuelo no iba a permitir que él botara a Evangelina Anderson, él iba a ser que ella renunciará.
-Ahí, en el contrato están las normas para ser mi secretaria-bufó -. Dice que, debes hacer todo lo que necesite, afuera o dentro de las instalaciones -espetó molesto-. Si no te gusta, señorita Anderson, puedo conseguir a alguien más -sugirió.
Eva se quedó estática, perder su primer trabajo decente a solo un día de conseguirlo, definitivamente no podía darse el lujo, además, la paga era buena.
Demetrio la miró esperando una respuesta de su parte, de hecho, ya tenía en mente quién podía ser su secretaria, el mismo la buscaría, una hermosa chica que conoció en un restaurante; le había dado duro en el baño ese mismo día; la pobre chica ganaba miseria como mesera en ese excelente restaurante por ser inmigrante.
-Mañana estaré temprano en su casa. Hasta luego -dijo Eva, dándose media vuelta y saliendo de la oficina.
Tomó su cartera a punto de llorar y se dirigió a su pequeño auto viejo, no sin antes buscar entre los archivos la dirección de la mansión Laurenti y anotar en su libreta.
-No la soporto -dijo Demetrio mientras tomaba una copa de whisky con su mejor amigo Antonio en unos de los mejores bares que frecuentaba.
-¿Entonces no va la apuesta? -dijo Antonio con una sonrisa.
-Por supuesto que no, prefiero gastar mi fortuna entera en una nueva colección de relojes antes de llevar a la cama a esa fea mujer, ¿es que acaso la has visto? Lo único hermoso que tiene son los ojos, bueno la nariz, y sus pequeños labios carnosos... pero las cejas, sus dientes llenos de alambres, y esos lentes anticuados, y como se viste, definitivamente, ni que me paguen millones de dólares, Demetrio parecía alterado, botaba todo aquello con enojo ante la risa burlesca de su amigo.
-A mí me parece fascinante -los ojos del italiano se abrieron de par en par.
-¡¿Fascinante?!, te volviste loco, hermanó -espetó con asombro, mientras le guiñaba un ojo a la chica que tenía enfrente.
-Sí, la mayoría de esas mujeres tapadas y con nada de maquillaje, tienen un cuerpo increíble ahí abajo -respondió Antonio sonriendo -. Y si, si la vi, y si te pones a detallarla, es hermosa, muy hermosa, hermano -completó mientras llevaba la copa a su boca sonriendo, provocando que Laureti pegara una reverenda carcajada.
-Ja, ja, ja, pues te la regalo, no es mi tipo, y no me interesa que tanto tiene debajo del trapero horrible que carga encima, -dijo con ironía, aunque, él había visto unos enormes, duros, y rosados senos debajo de la gruesa tela de su secretaria.
-Me gustaría, si me gustaría llevar a esa mujer a la cama, te aseguró que hasta virgen es -dijo provocando que la lujuria en los ojos de Demetrio se encendieran, pero, sin embargo, al imaginarse besando a Eva, le causó escalofríos y quitó la idea de su mente.
«¿Qué te pasa?, ni loco pones tus labios en esa fea» Pensó
-Pues suerte, mientras tanto, voy a disfrutar de esa hermosa morena que está a tus espaldas -se levantó de la silla y caminó bajo la mirada de negación de Antonio en busca de la chica que enseguida se fue con él.
-Mujeres -resopló el pelinegro. Era increíble como muchas se regalan como platos calientes.
...
Eva llegó a su casa pasadas las nueve de la noche, había tenido que estacionarse a cambiar la llanta ponchada de su viejo coche; si no fuera porque era el único medio que la llevaba y traía, lo hubiera dejado botado hace mucho.
Abrió la puerta de su apartamento, y se lanzó en las alfombras a contestar la llamada de su madre.
-Cariño, te he estado llamando hace horas y tu móvil ha estado apagado -esa era Luisa, su madre, quien todos los días la llamaba a la misma hora.
-Estaba en el trabajo mami, resulta que mi nuevo jefe es un patán que me tuvo trabajando todo el día -respondió quitando sus tacones negros y cerrados.
-¡¿Y hasta esta hora es que llegas?! No, hija, te dije mil veces que puedes venir y vivir con nosotros, además eres una ingeniera, no me gustaría que trabajarás como secretaría.
-Es provisional mamá, mientras consiga un mejor puesto, aunque, soy secretaria, puedo subir escalones en esa empresa por mis méritos. No he dudado jamás de mis capacidades.
-Si cambiarás un poco de look -dijo Luisa como siempre, sugiriendo que Evangelina cambiará su aspecto para conseguir un mejor empleo.
-¿Es que acaso es importante eso? los mejores ingenieros y profesionales no son los que visten y lucen mejor mamá...
-La inteligencia está en la mente -completó su madre-. Lo sé, hija, es que no me gustaría que de nuevo te hagan daño en esa empresa como en el colegio., Estuve investigando y la mayoría del personal son personas sumamente hermosas y elegantes.
-Deja de leer cosas en internet, madre, ahora te dejo, muero de hambre. -respondió colgando el teléfono sin darle tiempo a su madre de hablar.
Quitó su atuendo, y se miró en el espejo de su habitación; sin ropa, parecía otra persona, y en el fondo ella lo sabía, piel pálida, bustos grandes y rosados, trasero respingado y redondo, y sus largas piernas.
Soltó su cabello, y aunque estaba maltratado por siempre llevarlo en una coleta, era tan largo que pasaba por debajo de sus nalgas.
-Si tan solo tuvieras más seguridad en ti Evangelina -se habló a su reflejó.
Caminó desnuda, mientras sus nalgas se movían y se metió a la ducha. Tenía los ojos y la mirada de su jefe clavada en su mente, y eso definitivamente le causaba una extraña sensación en su cuerpo.
Movió su mano hasta su monte de venus, y se tocó descubriendo el placer de la sexualidad.
-¡Oh por dios! -llevó sus manos a la boca al darse cuenta de lo que había experimentado, sintiéndose aberrante y quitando con rapidez la mano de su entrepierna.
Después de cenar, lo que encontró en la nevera, se acostó tarde trabajando en un proyecto que tenía en mente, y el cual llevaba años organizando.
A la mañana siguiente se levantó muy temprano, vistió con su acostumbrada ropa y se dirigió a la mansión.
Fueron unos cuantos minutos de camino, antes de llegar a la gran mansión Laurenti.
-Buenos días -saludó al portero.
«¿Es que todo el personal tenía que ser alto y elegante?» Pensó, al ver al hombre alto, de unos cincuenta años y con musculatura.
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? -preguntó el hombre que sonreía con amabilidad.
-Soy la nueva secretaria del señor Laureti, ¿me deja pasar? Es que tengo que llevar a sus perros a pasear y los trajes a la tintorería-dijo desde el auto, esperando el pase para entrar a la inmensa instalación.
-Me permite su identificación, usted debe ser Evangelina Anderson -leyó en una lista, parecía que su jefe tenía el control de todo.
Eva le tendió la identificación, y después de unos segundos estaba entrando a la casa de su jefe.
Era enorme.
«¿Y todos estos autos son suyos?» se preguntó en Pensamientos.
Estaciono su chatarra al lado de uno de los múltiples autos que se encontraban ahí, había variedad, entre Mercedes, Ferraris, y fortunas, entre otros autos de nueva y última generación.
Salió de su auto, se sentía tan pequeña entre tanta belleza. La mansión estaba rodeada por jardines, había dos enormes piscinas, y múltiples empleados laborando.
-¿Disculpe la entrada a la casa? -preguntó a un hombre que estaba podando las flores.
-Ahí, -le señaló. Eva caminó temiendo romper algo con su cuerpo.
Si afuera era hermoso, definitivamente por dentro aún más. El piso brillaba, las paredes pasaban de ser entre cristal, a ladrillos, era una estructura fascinante.
-¿En qué le pido servir a la niña? -preguntó una mujer de cabellos blancos, y regordeta, pero bastante hermosa y elegante.
-Son Evangelina Anderson, he venido a llevar la ropa del señor Demetrio a la tintorería, al igual que pasear a los cachorros -dijo Eva con una sonrisa, mientras la señora la miraba incrédula.
-¡¿Vas a pasear a los perros?! -preguntó con asombro.
-Sí, eso ordenó mi jefe, eso he venido hacer -dijo pasivamente.
-Bueno, ve a buscar el traje que usará el señor Demetrio para la reunión con los chinos, mientras yo busco a los animales. Su habitación está en el último piso, toma ese ascensor -la anciana le señala el ascensor a la mano derecha, y Eva dirige sus pasos hasta ahí.
En unos cuantos minutos el ascensor se abrió, y Eva se quedó maravillada por el hermoso piso de color negro brillante a sus pies. Todo era extremadamente elegante, además, de pulcro; las paredes con cuadros, y las estatuas a los lados la hacían lucir magistral.
Siguió caminando hasta toparse con la puerta de color caoba, y a pequeños golpes comenzó a tocar.
-Adelante -dijo la voz seductora y sexi de su jefe.
Eva trago grueso, no podía negar que su jefe le provocaba sentimientos extraños y no conocidos. Respiró profundo y giró la manilla, al instante que sintió que el aire abandonaba sus pulmones, por lo que vio.
Su jefe estaba sentado en una pequeña mesa con una taza de café en la mano. Su cabello estaba totalmente mojado, y llevaba en su cuello una toalla blanca, pero eso no era lo más impresionante, la cuestión era que estaba en bóxer, y se veía un pronunciado bulto que Eva no pudo evitar mirar.
-¡Dios mío, señor! -tartamudeó Eva al verlo. Sentía que iba a desmayarse, hablaba con la voz entrecortada como si jamás hubiera visto a un hombre semidesnudo. Y así era, Eva no había visto a ningún hombre de aquella manera, ni siquiera en revista o en televisión, ella no tenía tiempo para eso, se la pasó toda su vida estudiando como para estar perdiendo el tiempo en vagos entretenimiento.
-¡Por dios, señorita Evangelina!, no creo que se vaya a traumatizar por verme, de esta manera, -Demetrio se levantó de la silla, y caminó por el enorme cuarto, en busca del traje -. Este es el traje, por favor téngalo listo para la tarde, a las ocho salimos para la empresa -Eva tomó el traje en sus manos. Aún temblaba aterrorizada. Tuvo que controlar su respiración o era capaz de desmayarse en aquel momento.
Caminó apresurada, ante la risa burlesca de su jefe, y salió casi que corriendo de ahí.
«¿Qué le pasa a este hombre?, no tiene respeto por una dama». Pensó tratando de calmarse, pero parecía que Demetrio quería que ella muriera en ese momento, ya que, lo siguiente que vio, Eva la dejó muda.
Dos mastines, napolitano de color marrón oscuro, la esperaba.
-¡Joder! -exclamó Eva con asombro al mirar los enormes animales que estaban ahí, sin moverse como estatuas.
-¡¿No muerden verdad?! -preguntó acomodando sus lentes.
-Si le caes bien, no -dijo la mujer de cabellos blancos.
Eva trago grueso, agachándose para acercarse a ellos, que enseguida comenzaron a lamer su cara.
-Tuviste suerte, le caes bien, -dijo la amas de llaves.
-Sí, bueno. Vamos Tony y Tomy -leyó en sus collares y los tomó con una mano de sus cadenas, ya que tenía el traje de su jefe en la otra.
Los perros comenzaron a caminar tranquilos, aunque, a Evangelina se le dificultaba llevarlos por su enorme peso, caminó con ellos hasta la cochera para dejar el traje en su auto y sacar a los mastines a pasear.
Demetrio la miraba por el ventanal de vidrio de su habitación con una enorme sonrisa. Eva trataba de dominar a los animales que habían comenzado a correr, provocando que ella los persiguiera asustada. La tumbaban, y la revolcaban, dañando por completo el atuendo de la secretaria, que estaba bastante irritada.
-¡No vuelvo a cuidarlos más! Definitivamente, sus animales son unos mal educados, señor. ¡Me han dejado como chacha! -gritó entrando al comedor donde su jefe estaba desayunando.
-Solo jugaban contigo, Eva, no exageres-respondió Demetrio sin mirarla, llevando los bocados a su boca con paciencia.
Eva lo miró molesta, mordiendo sus labios para no mandar a su jefe a la mierda ¡¿Exagerada?! La hicieron correr, sudar, además de revocarse en el piso, y él le llama ¡Exagerada!
-Disculpe, yo no soy exagerada, señor Laurenti, ahora huelo a perro, y aún no llegó a la oficina, dónde debería estar ahorita, no aquí haciendo sus mandados, -dijo pasivamente, tratando de mantener la compostura.
-Deje de ser tan amargada, ¿no le hicieron el amor anoche? Que está de esa manera, parece estresada, señorita Anderson -tomó un sorbo de café sin dejar de mirar el periódico en sus manos.
Eva se acercó a él llamando su atención, que enseguida volteó a mirarla, estaba tan cerca, que aunque, olía a perro, también se podía apreciar, un exquisito perfume de vainilla; era suave, pero delicado.
-Señor Demetrio, yo no tengo novio, soy una mujer que no tiene tiempo para esas cosas, -Demetrio la miró con los ojos abiertos. Antonio tenía razón, ¡la chica era virgen! -. Y ahora sí me disculpa, debo irme a llevar su traje, lo veo en la oficina.
El italiano estaba estático, tratando de comprender las palabras de Eva en su mente, eso quería decir que ¿era virgen? ¿De verdad? Trago grueso, y sintió cómo su cuerpo comenzaba a hervir de una manera extraña, era como si saber que Eva no había estado con ningún hombre le causaba un deseo descomunal.
-¡Espere, señorita Anderson! -la siguió hasta la cochera. Iba a preguntarle si era virgen, pero sus ojos se dirigieron al carro destartalado y desteñido que estaba al lado de uno de sus preciados autos -¿Qué es esta chatarra? ¿De quién es? ¡Louis! -gritó como loco.
-Sí, ¿dígame, señor? -llegó el chofer de inmediato.
-¿De quién es esta basura? -espetó molesto.
Eva sintió que su sangre se congelaba, sentía que el humo iba a salir por su cerebro. Respiró profundo par controlarse
-Es mía, señor -la mirada de Demetrio se fijó en los grises ojos de Eva, que lo miraba fijo, orgullosa del gran auto que tenía.
-¿En serio?-bufó -¿está porquería es tuya? -resopló con ironía.
-Sí, y se me disculpa, tengo que irme, no volveré a ensuciar sus preciados autos con el mío -Demetrio sonrió.
-Está aparte de fea orgullosa -espetó con gracia.
Eva se dirigió a la tintorería, su ropa aún olía a perro y eso la hacía sentir incómoda, porque las personas a su alrededor lo notaban, y hacían gestos en su cara un poco incómodos para la secretaria.
-Gracias -le indicó a la chica de la lavandería que hacía un gesto de desagrado por el olor.
A los pocos minutos estaba en la oficina, ya la esperaba montones de carpetas y trabajo por organizar, así que decidió cambiarse para luego colocarse en marcha.
El reloj de su muñeca sonó indicándole que debía llevar el café a la oficina de su jefe, así que se levantó y bajo la mirada de personas que aún la miran con desdén, prepara el café y sale a la oficina de su jefe.
-¿Qué haces aquí Tamara? -preguntó Demetrio a la chica que ha entrado sin tocar la puerta.
-Vine, a darte los buenos días, jefe -Demetrio, rodó los ojos, pero luego su mirada se concentró en la hermosa rubia que comenzaba a desabotonar su camisa, dejando al descubierto sus senos.
Demetrio la miró con una sonrisa de lado, aunque quería, no podía evitar sentir su cuerpo arder en pasión, sí, era promiscuo y lo sabía.
Tomó a la rubia por el brazo, y la hizo inclinarse para abrir sus piernas y enterrarse en ella rápidamente, mientras la recepcionista comenzó a gritar como loca.
-Señor, le traje el café -dijo Eva del otro lado de la puerta, pero Demetrio parecía tan concentrado que no logró escucharla.
«No, esta vez no va a regañarme por entregar el bendito café frío»pensó tirando de la puerta.
Evangelina se queda estática, al ver a su jefe teniendo sexo con la recepcionista.
-¡Oh por dios! -exclamó dejando caer la taza de café al piso y provocando que ambos la miraran.
-¡Evangelina! -dijo Demetrio con una sonrisa al ver la cara roja de Eva, que pareciera que jamás ha visto una escena de esas en una película. Su cara era de espanto.
Subió su cierre y le indicó a la recepcionista que se acomodara y saliera. Esta lo hace abochornada pasando por el lado de Eva que, estaba ahí estática sin poder moverse.
-Te dije que debías tocar la puerta o te encontrarías con esto -se acercó a ella. Le encantaba sentir como se estremecía cuando él estaba cerca.
-Señor, yo... Disculpe no volverá a pasar -dijo acomodando sus lentes nerviosa.
-Dime algo Evangelina, ¿eres virgen? -le preguntó pegándose a ella. El cuerpo del italiano se estremeció. Sentía que quería descubrir qué había detrás del atuendo anticuado que llevaba su secretaria.
-¡Por dios! ¿Qué pregunta son esas?
-Normal -se volteó-. Es solo una pregunta -dijo mirando al ventanal. Su cuerpo estaba hirviendo.
- Pues sí -susurró, y no sabe por qué mierda le estaba diciendo esas cosas íntimas a su jefe.
Los ojos de Laureti se iluminaron, pero, cuando volteó para decirle algo a Eva, ella sencillamente no estaba se había ido.