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La sonrisa sumisa: la jauría de Alaior

La sonrisa sumisa: la jauría de Alaior

Autor: : Toni Sicilia
Género: Fantasía
Todas las loberas de la jauría se han reunido, como cada año, en Alaior. Tras celebrar los juegos de madurez de los lobatos aspirantes, contra todo pronóstico salen vencedores Wando y Alaxa de la lobera de Bredo. Kristey, jefa de su lobera, no está conforme con el resultado, pues de esa forma arrebatan la posibilidad de un futuro liderato de su hijo Eron, cuyo padre es el líder de la jauría de Alaior. Viendo peligrar el futuro de su familia, Kristey conspira contra los dos jóvenes ganadores, Wando y Alaxa, a los que desea ver muertos para que no se interpongan en el camino ascendente de su primogénito. Toni Sicilia, autor de otras tres novelas de reciente publicación en editoriales como Círculo Rojo o Célebre Editorial, comienza una etapa con las nuevas tendencias tecnológicas en Mano Book.

Capítulo 1 Vencedores

Como cada primavera, las loberas de la jauría se habían reunido en el valle que le daba nombre al conjunto de licántropos, Alaior. Las loberas, diez en total, estaban formadas por no más de doscientos individuos cada una, y excepto la del líder de la jauría, todas mantenían el mismo estatus social. Eso era en la teoría, ya que entre los licántropos existía una continua lucha de poder.

Llevaban unos cuantos días acampados en aquellos terrenos, verdes campos atravesados de lado a lado por un caudaloso torrente, nutrido este por las nieves de los picos montañosos que daban forma al valle. La arboleda en Alaior no era muy abundante, estando los árboles agrupados de forma dispersa, sin llegar a formar ningún bosque de importancia.

También dispersos estaban los diferentes núcleos familiares de la jauría, todos entorno al campamento principal de Hamer, el líder de las diez loberas. Los grupos guardaban cierta distancia entre ellos, evitando el enfrentamiento lo más posible, pues la reunión en el valle estaba pensada para fortalecer los lazos de amistad y limar asperezas.

Normalmente los conflictos más grandes entre licántropos tenían como objetivo otras jaurías, o guerras más grandes entre clanes y razas, pero la naturaleza animal de su existencia propiciaba pequeñas desavenencias, que por lo general, no eran preocupantes. No obstante, siempre había que ir ojo avizor, ya que no era la primera vez que, por falta de prevención, una lobera o una jauría entera desaparecían debido a no haber sabido parar a tiempo sus conflictos internos.

De cualquier forma, superado todo antagonismo sin importancia, tras una mañana de celebraciones, se había hecho la hora de comer ese día y estaban todos reunidos alrededor de las hogueras donde se asaba la carne. La festividad era debida a la finalización de las pruebas de madurez, realizadas estas por los lobatos que habían alcanzado la edad adulta desde la anterior reunión de primavera hasta la actual, siendo auténticos retos de resistencia para los jóvenes aspirantes, que ponían en jaque sus aptitudes naturales y en ocasiones su misma supervivencia. Era el ritual de los licántropos para convertirse en los nuevos cazadores de su sociedad.

Ya se había anunciado al vencedor, pues dichas pruebas no servían únicamente para obtener el derecho a pertenecer a los cazadores de la jauría, sino que también se jugaban su posición social, imprescindible para aspirar a cualquier cargo de responsabilidad.

-¡Estoy muy orgulloso de vosotros! -decía Bredo a sus discípulos cuando tuvieron un momento sin ser molestados-. Ya os dije que no solo se necesitaba la fuerza en estas pruebas. También habéis sabido combinar inteligencia y destreza de forma admirable.

-Gracias, Bredo. -la joven Alaxa sonreía emocionada a su jefe de lobera-. Pero el mérito es de Wando, que ha ganado la prueba de madurez.

-No te quites mérito, Alaxa, tú has quedado en segundo lugar. -Bredo se sentía verdaderamente satisfecho, pues el triunfo de ellos dos, aumentaba de manera exponencial el prestigio de la lobera en la que ejercía de jefe.

-Es realmente elogiable -convino Wando, mirando a los grandes ojos de color almendrado de su compañera sin tener que agachar la cabeza, pues era casi de su misma estatura-. Lo malo es que Eron ha quedado en tercer lugar.

-Cierto -afirmó Bredo-. Es el hijo de Kristey, la jefa de su lobera, y de Hamer, nuestro líder de jauría. Esta situación traerá conflicto en el futuro, pero de momento es mejor disfrutar de lo que tenemos, buena carne, frutos frescos y un día de cálido sol.

Los licántropos reunidos en Alaior tenían adoptada su forma humana, siendo lo habitual si no había un peligro inminente o si las tareas a realizar tampoco requerían de su forma lupina. Vistos así, parecían seres humanos normales y corrientes, festejando en sociedad el final del largo invierno. Los músicos deleitaban a los reunidos con violas, tambores o chirimías, animando a bailar a los menos vergonzosos. Comían, intercambiaban noticias, medían su fuerza o su destreza y presentaban a los nuevos miembros de las loberas. Muchos compartían las mismas raíces sanguíneas.

Wando se encontraba encantado con su triunfo, era felicitado por sus mayores y admirado por los más jóvenes, quienes aspiraban a igualar su hazaña cuando les correspondiera a ellos pasar la prueba de madurez. Alaxa, manteniéndose todo el tiempo junto a su victorioso amigo y compañero de lobera, al cual también admiraba, sentía una pequeña punzada cada vez que se le acercaba alguna muchacha coqueteando.

De forma disimulada, apartada bajo la sombra de un frondoso almez de grueso tronco, Kristey observaba a los dos jóvenes que habían encabezado el puesto ganador de aquel año, preguntándose cómo era posible que esos dos licántropos humillasen a su hijo dejándole en tercer puesto. Eron tenía la virtud de destacar físicamente sobre sus iguales, no era fácil de vencer. Todo el mundo había dado por hecho que su primogénito se alzaría con la victoria, así que lo único razonable que podía explicar la pérdida del primer puesto, era el uso de las trampas. No tenía pruebas de ello, pero realmente no las necesitaba. Buscaría otras formas de devolverle la merecida dignidad a su vástago, también primogénito de su padre, Hamer, líder de la jauría de Alaior. Esa circunstancia tenía mucho peso en la comunidad, y no iba a desperdiciarlo.

A pocos metros de donde ella se encontraba, vio a Eron, que también observaba a sus rivales de lejos. En la expresión de su cara contempló el odio y la furia contenida, obligado a mantenerse inactivo mientras estuviera a la vista de todos. Kristey, llena de amor por su hijo y compartiendo su sufrimiento al verle en ese estado, se acercó hasta él con la intención de consolarlo.

-Tranquilo, cachorro mío, esto no durará mucho -le dijo cuando estuvo junto a él, pasando una mano amorosa por la espalda.

-¡No me llames así en público, mamá, sabes que no me gusta!

-Perdona, Eron, pero ya sabes que una madre, por mucho que vea crecer a su hijo, este siempre es su pequeñín para ella.

-¡Ya no tengo edad para esas cosas! Ahora soy un cazador, y merezco ser tratado como tal.

Temiendo que alguien le observara siendo tratado como un lobato de corta edad, sobre todo después de haber perdido el primer puesto en las pruebas de madurez, se fue airado, alejándose de sus odiosos rivales. Lo más humillante para él era que ya no podría cortejar a Alaxa, un deseo que también le atormentaba, metido en su cabeza desde el momento que la conoció.

Kristey volvió a observar a Wando y a Alaxa cuando Eron, reuniéndose con uno de sus amigos de la lobera, despareció de su vista. Retornaron a sus pensamientos el sentimiento de odio que por un momento había dejado de lado, cuando intentó consolar a su dolido hijo. Se dijo, como un juramento solemne, que debía reparar el daño que le habían hecho a su familia, dispuesta a lograrlo por cualquier medio.

Cuando parecía que ya todos a su alrededor le habían saludado, Wando y Alaxa vieron interrumpido su paseo por una lobata que debía ser casi de su misma edad, impidiéndoles continuar al interponerse en su camino. Era una joven de bonita sonrisa, grandes ojos azules y rubios cabellos. Un encanto a punto de terminar de florecer.

-Hola Wando, soy Minthu. Quería expresarte mi admiración por el logro conseguido.

-Te lo agradezco, Minthu. Solo espero servir de ejemplo a los que vengan después de nosotros.

Alaxa, notándose ignorada por la lobata, quiso intervenir en el diálogo. Había algo en esa descarada que le picó más que las otras que se habían acercado a Wando. Era un sentimiento extraño lo que la nueva cazadora estaba sintiendo, pues nunca antes lo había notado estando junto a él. Se preguntó qué habría cambiado. La ausencia de respuesta aumentaba su inquietud.

-A ti todavía te debe faltar bastante tiempo para intentar superar la prueba de madurez y ser una cazadora. -Alaxa hizo hincapié en la falta de madurez de la lobata, con toda la intención de molestar.

-No creas, no tanto tiempo. Si dentro de cinco meses volviese a ser primavera, ya sería cazadora como vosotros -dijo Minthu con resuelta altivez, sin abandonar su deliciosa sonrisa y mirando con intensidad a los ojos de él.

Wando era un joven apuesto de ojos grises y cara de ángulos rectos. Su pelo marrón, siempre alborotado, le daba el aire de un joven aventurero de inocentes travesuras. Estaba en buena forma física, como había demostrado en su ascenso para adulto, y eso se notaba al observar su cuerpo.

-Me alegro por ti. Nosotros íbamos para allá antes de que te pusieras delante -dijo Alaxa con cierta brusquedad, señalando al frente con la mano extendida. Definitivamente, había algo en la forma de mirar a Wando que la crispaba como con ninguna otra-. Seguramente tu grupo de cachorritos te estarán buscando.

-Ya no ando con lobatos como cuando era una niña, ahora son otros los que me echan en falta. Me voy, no quisiera entretener al héroe de la jornada más de lo necesario. Espero que nos volvamos a encontrar pronto.

La joven de cabellos rubios giró a su derecha y se fue por donde había aparecido, bajo la atenta miranda de Alaxa, incapaz de disimular la animadversión que sentía por esa muchacha inmadura. Wando, divertido desde que comenzó el inusual comportamiento malhumorado de su amiga de toda la vida, se dio cuenta que había algo más en su actitud. La vio con otros ojos. Más adulto y pícaro.

-Vamos, Alaxa. Todavía nos estarán guardando el sitio para tomar una infusión de hiervas. Yo luego me retiraré a descansar hasta la hora de la cena. ¡Todavía estoy molido por las pruebas!

-Sí, yo también estoy que me caigo. Iré contigo para no dejarte solo, pero me largaría ahora mismo a tumbarme en una cómoda cama.

-Eso será lo mejor de la jornada cuando llegue. Hemos estado durmiendo al raso los últimos siete días, me duele cada músculo de la espalda. ¿Y si nos olvidamos de ir a tomar esa infusión?

-Ya, claro. ¿Y qué dirán de nosotros?

-No van a decir nada, siempre vamos a todos los sitios juntos.

-Ya, pero ahora somos adultos.

-No creerás que van a pensar que nosotros... -Wando dejó la frase inconclusa, no era necesario acabarla para saber lo que quería decir.

Se miraron a los ojos sin saber qué más añadir, hasta el momento nunca se les había pasado por la cabeza tal situación. Se sonrojaron sus mejillas, avergonzados por tener un pensamiento que hasta hacía pocas horas no se podían permitir.

-¿Vamos a beber esas hierbas? -sugirió Alaxa, rompiendo con el silencio formado entre los dos.

-Será lo mejor, vamos.

Capítulo 2 Tramando una perdición

Aquella tarde del mismo día, Kristey pudo hablar en privado con su hijo. Este todavía se encontraba inquieto por el resultado de las pruebas de madurez, igual que ella misma. Habiéndose jurado corregir el error que perjudicaba a su vástago, que por su destacable constitución y carácter competitivo se dio por sentado que iba a ser el vencedor, abordó el tema con la mayor discreción. Apartados de oídos indiscretos, le comunicó lo que tenía en mente.

-Eron, hijo mío. Como madre tuya que soy, has de saber que comparto tu preocupación. Ese maldito Wando, y su compañera Alaxa de la lobera de Bredo, solo han podido ganarte haciendo uso de alguna triquiñuela.

-¿Crees que han hecho trampas, madre? No lo había pensado.

-Es normal, hijo mío, todavía eres muy joven y debes aprender mucho sobre los que te rodean. Pero no te preocupes, para eso estoy yo, para velar por tu bienestar, y no solo por ser tu madre, sino también por tener la jefatura de nuestra lobera.

-Como siempre ha sido, madre. ¿Qué vamos a hacer al respecto?

-Voy a ir a hablar con tu padre. Acusaré a esos dos tramposos para que se ocupe de ellos y de su lobera.

-¿Y de qué pruebas disponemos? -preguntó Eron, recuperando el ánimo perdido esa mañana.

-No te preocupes por eso, hijo mío. Hamer controla la jauría con mano firme, si lo pongo de nuestro lado, no hará falta tener evidencias de sus tejemanejes. Es de lógica pensar que han planificado tu derrota, en la intención no solo de perjudicarte a ti, sino también a nuestra lobera.

Eron comprendió enseguida que su madre solo basaba sus argumentos en una corazonada. No le parecía mal, pues ella siempre había sido muy intuitiva, alcanzando a ser la jefa de la lobera cuando vio la ocasión propicia. Confiaba ciegamente en su criterio, como era natural en un hijo, al menos para asuntos de los que carecía de la experiencia necesaria para encararlos a su favor.

-¿Y yo qué hago, mientras tanto?

-Puedes vigilar a Wando y a Alaxa, fueron a tomar una infusión con unos de su lobera y luego se retiraron a descansar, por lo que sé.

-¿Los dos juntos? -preguntó Eron molesto, sintiendo una punzada de celos.

-No te preocupes, hijo mío -dijo Kristey para calmarlo al darse cuenta de qué le había alterado-. Ya ves que están compinchados. Es mucha casualidad que dos de la misma lobera ganen los primeros puestos de las pruebas de madurez. Ahora ve, y vigila cada movimiento que hagan, quizás cometan una torpeza con la que obtener evidencias de sus malas artes.

Kristey vio partir a Eron, preocupada de que cometiera alguna torpeza. Todavía era un niño, a pesar de haber pasado la prueba de madurez, y en su inexperiencia resultaba demasiado impulsivo e iracundo. No tentando a la suerte con malos pensamientos, se decidió por ir a hablar con Hamer, esperanzada con el resultado que pudiera obtener.

Alaxa despertó después de una regeneradora siesta. Tumbada sobre su cama, estiró los brazos y bostezó desperezándose. Luego miró a la cama donde descansaba Wando, comprobando que este dormía como un tronco. No queriendo despertarlo, se levantó con sigilo y se vistió. Después salió fuera de la tienda de campaña en la que estaban. Pudo comprobar que había más tranquilidad que cuando se retiraron, la gente llevaba todo el día festejando la acogida de los nuevos cazadores de la jauría, y ahora estaban preparándose para una cena más tranquila, pero no menos alegre. Cerrando la tela que hacía de puerta en la entrada, se dirigió hacia el lugar acondicionado para el aseo junto al río. Este, para dar mayor intimidad a los usuarios, estaba apartado del conjunto de tiendas donde los reunidos en el valle realizaban sus labores diarias y de las zonas comunes como la reservada al ganado. Dos sombras furtivas fueron tras de la despreocupada joven sin que ella lo notara, dos figuras disimuladas que tampoco levantaron las sospechas de quienes las vieron.

Kristey entró en la tienda de Hamer sin aviso previo, la confianza que había entre los dos le permitía ese tipo de comportamiento. No eran pareja, aún compartiendo un hijo, al fin y al cabo él tenía más descendencia entre la jauría, una hija casi de la misma edad que Eron, de una lobera diferente. No era extraño entre los licántropos, siempre que fuese consentido y de mutuo acuerdo, tener descendencia de diferentes individuos, sin ninguna discriminación por ser de un sexo u otro. Eso no quitaba que la mayoría de parejas mantuvieran una firme lealtad hacia su cónyuge en todos los sentidos.

-Kristey, ¿qué te trae por aquí? -dijo Hamer, que no esperaba su visita-. ¿Es por Eron? -adivinó. Era un hombre al que no se le escapaba nada, no en vano era el líder de las diez loberas de la jauría de Alaior.

Kristey se acercó a una mesita que hacía de licorera y sirvió dos copas de vino centauro, traído de Calvia. Las reservas estaban mermando en esos días de reunión en el valle, tal vez habría que hacer una incursión para proveerse de nuevas remesas, pensó. Bajo la atenta mirada de Hamer, admirando su esbeltez, la de la mujer que le había proporcionado su primer vástago, ofreció una de las copas que tenía en la mano y bebió un sorbo de la suya.

Los ojos de la mujer refulgían, negros, grandes y de largas pestañas. Una nariz pequeña y aquilina sobre unos labios carnosos y bien proporcionados, le aportaban exotismo, enmarcado el conjunto en una cara de barbilla fina de piel suave y bronceada. El cabello negro le caía lacio hasta el final de la espalda.

-Sí -dijo finalmente, contestando a Hamer mientras tomaba asiento en el sillón preferido del líder. Era su forma de demostrar su supremacía sobre cualquier otra compañera que tuviera él. Bebió un sorbo de vino centauro y preguntó-: ¿Vas a hacer algo al respecto?

Hamer la vio acomodarse en su sillón. Era la única a quien le permitía hacer eso, y solo cuando no había nadie más a la vista, como era el caso.

-Sabía que vendrías por esta cuestión, aunque no te esperaba tan pronto. Me parece que la edad te hace ser más impulsiva, en contra de lo que nos pasa al resto, que con los años reflexionamos más nuestros actos antes de llevarlos a cabo.

-No es por estar de brazos cruzados que gané la jefatura de mi lobera, Hamer. Ya lo sabes. Pero esa es otra cuestión para discutir en otro momento, ahora vengo por asuntos más importantes. -Kristey echó el cuerpo hacia delante para dar más peso a sus argumentos-. A tu hijo le han arrebatado el primer puesto en las pruebas de madurez, cuanto más tiempo pase, más difícil será devolverle lo que le corresponde.

-A mí también me ha disgustado que Eron no ganara el rito de iniciación, pero debemos plegarnos a las costumbres de nuestra raza. ¿Qué podemos hacer?

-Eres el líder de la jauría, puedes hacer lo que quieras. ¿Acaso no es evidente que debiera haber ganado tu primogénito? Además, es infrecuente que dos de la misma lobera ganen los primeros puestos. Obviamente han hecho trampas. ¡Trampas!

-Quizás tengas razón, Kristey, ¿pero tienes pruebas que confirmen tu acusación?

-¡Por el sagrado plenilunio, Hamer! A veces me pregunto cómo puedes mantener el liderazgo de la jauría. ¿No ves que si dejas que esto se termine de consumar, tu heredero perderá la posición necesaria para aspirar a tu cargo cuando sea el momento? ¿Y no ves también que la lobera de Bredo gana categoría, haciendo peligrar el equilibrio de la jauría? Ahora tienes una mayoría de loberas a tu favor, pero eso podría cambiar a partir de mañana. ¡Hay que hacer algo ya, ahora que todavía puedes imponer tu voluntad!

Hamer se quedó pensativo, las palabras de Kristey hacían mella en su interior. Ya le había dado vueltas a todo el asunto en su cabeza, pero no había tenido ocasión de ordenar todos los datos para vislumbrar la urgencia de la situación. Miró a la mujer mientras bebía un largo trago de vino, en cualquier otra circunstancia habría hecho el amor con ella, pero se encontraba demasiado preocupado para tener ideas concupiscentes.

-Veo que ya lo tienes todo muy bien pensado, Kristey. ¿Qué sugieres que deba hacer al respecto?

La jefa licántropa sonrió satisfecha, le había costado menos de lo esperado convencer a Hamer. Sin duda, la posibilidad de perder el liderazgo de la jauría era una fuerte motivación. Si no era capaz de mantener a la mayoría de loberas controladas, algún jefe podría intentar arrebatarle el cargo.

Se dio la circunstancia que Alaxa se encontró sola en el recinto de los aseos habilitados. Separados de cualquier otra actividad de la jauría, la joven cazadora se sintió afortunada al poder estar en plena intimidad por primera vez desde que la lobera había acampado en el valle de Alaior. Al menos eso era lo que ella creía. En realidad, estaba siendo vigilada por dos licántropos que se movían sigilosos entre las sombras.

Ignorante de ser observada furtivamente en el compartimento que ocupaba, pensaba en cómo se había sentido cuando Wando era abordado por todas aquellas lobatas y cazadoras, algunas de estas ya no tan jóvenes. Sus celos estaban especialmente enfocados en la última que se presentó, Minthu. La conocía de vista, de la lobera de Tilay. No sabía mucho de ese grupo, anotando mentalmente preguntar a sus padres al respecto en cuanto tuviera ocasión.

Justo cuando Alaxa se estaba desprendiendo de de la prenda superior de su vestimenta, escuchó unos ruidos que la alertó, pues se creía sola en la zona de aseos.

Instintivamente se tapó los pechos con la camiseta que todavía tenía en las manos y escuchó con atención, esperando algún nuevo sonido. Sintió que el lugar se encontraba demasiado silencioso, pensando que estando ella ahí, ningún animal habría osado acercarse a husmear. Nada más que se llegaba a oír el rumor lejano de los campamentos y el agua que corría en el río cercano.

-¿Hay alguien ahí? -preguntó desconfiada.

Tras esperar una respuesta que no se formuló, se volvió a poner la camiseta. Cuando salió del espacio de ducha individual en el que estaba, afinó el oído de nuevo, pudiendo escuchar un roce en el compartimento junto al suyo. Ya no cabía duda de que alguien estaba allí escondido, no esperando nada bueno de quien se ocultara de esa forma.

Alaxa adoptó su forma lupina, pasando de ser la hermosa joven de recién alcanzada madurez, a una aterradora bestia, un híbrido entre el ser humano y una loba. Sus ojos llameaban por la furia que sentía, extendiendo sus garras asesinas y enseñando una dentadura igualmente temible. Se le erizó el pelo del lomo, dispuesta a enfrentar cualquier intromisión indebida o un peligro real. Abrió de sopetón la puerta que ocultaba la causa de su alarma, descubriendo las dos figuras que habían ido tras ella desde que salió de la tienda donde había dormido esa tarde.

-¡¡Eron!!

Capítulo 3 Ataque a traición

-¡Malditos cerdos! ¿Qué estáis haciendo aquí? -Alaxa acababa de descubrir a Eron y a otro de su misma lobera, escondidos en el apartado contiguo al que ella ocupaba en los aseos comunitarios junto al río. Desde el pasillo, miraba al interior del cubículo.

Ambos jóvenes vieron a la licántropa con las garras extendidas, dispuestas para el ataque, y una mirada de furia que hubiera espantado a cualquier mortal vulgar. No era ese el caso, pues los dos a los que la joven cazadora había cogido a hurtadillas eran de su misma raza.

-¡Una tramposa como tú no tiene nada que reprochar! -exclamó Eron.

Ánkel, el compañero de la misma lobera que Eron, no solo no parecía estar molesto al haber sido descubierto, sino que además demostró una gran desfachatez al reír las palabras de su amigo, aunque estas no contuvieran nada por lo que reírse. Por supuesto, verles así de envarados a pesar de su deleznable comportamiento, enfureció más a Alaxa.

-¡No sé de qué trampas me estáis hablando! ¡Sois peor que lobatos, no debierais haber pasado la prueba de madurez! -Los ojos almendrados de la enfurecida mujer lobo parecían echar chispas. En su forma lupina, no había rastro de su encanto natural ni de su característica amabilidad y gracia.

-¡Qué dices, estúpida! -gritó Eron enfadado-. ¡Eres tú la que debiera haber sido suspendida por tramposa! ¡Igual que Wando! -Eron dio un paso adelante con la intención de salir del cubículo, sabiéndose físicamente muy superior y que por eso no podría impedírselo-. ¡Aparta!

Alaxa cedió terreno, pues a pesar de estar justificado golpear a cualquiera de los dos como un simple acto de defensa, no quería entrar en una pelea inútil.

Eron poseía un cuerpo de mayor envergadura que la mayoría de los congéneres de su edad aproximada. Le gustaba ir con el pelo muy corto, sin llegar a ir rapado. Sus rasgos faciales resultaban atractivos a la vista, aunque su expresión reflejaba su tendencia a usar más músculo que cerebro. Por el contrario, su amigo Ánkel, era del tipo enclenque pero de notable agilidad. Sus ojos saltones y una sonrisa exagerada le quitaban cualquier encanto que se le pudiera atribuir.

-Os viene grande ser cazadores -dijo Alaxa sin ocultar su desprecio cuando Eron pasó por su lado-. Esta actitud es propia de lobatos pequeños. Sois unos inmaduros.

-¿Inmaduros? -dijo Ánkel con su voz estridente, todavía en el interior del cuadrilátero de la ducha.

Un rugido amenazador salió de la boca del joven cazador, que había dejado de reírse para adoptar su forma lupina y saltar sobre Alaxa a traición. La mujer lobo, aún siendo sorprendida por el traicionero ataque, supo evitar los dientes del despreciable licántropo dando unos pasos hacia atrás hasta chocar con la pared del pasillo. No obstante, no pudo evitar ser agarrada con fuerza, impidiendo su entera libertad de movimientos.

-¡No la sueltes, Ánkel! ¡Vamos a darle su merecido! -exclamó Eron, al que también le había sorprendido la agresiva actitud de su amigo, y solo supo reaccionar en concordancia con sus retorcidas costumbres de niño abusón.

Alaxa tuvo que hacer frente a ambos licántropos. De uno en uno quizás hubiera tenido alguna oportunidad, pensó. Ánkel no suponía un rival serio, incluso para una mujer lobo como ella, que no era especialmente grande ni sobresaliente en las peleas. Eron, el hijo de Hamer y de Kristey, era harina de otro costal, siendo el típico chico bregado en un sin fin de disputas infantiles. Al crecer, se había convertido en un espécimen más alto y corpulento que la media de hombres lobo y fuerte como un toro.

-¡Malditos bastardos! ¡Soltadme! -exigió la furiosa la cazadora al verse atrapada.

-¡Ya no te parecemos tan inmaduros, ¿verdad?! -A continuación, Ánkel le propinó un puñetazo que hizo que la mujer lobo arrugara el morro de dolor.

Eron, que en un principio no había pensado llegar a ese extremo con ella, pues sentía una profunda admiración por su belleza femenina, le sorprendió el golpe que su amigo le dio. La impresión no hubiera sido la misma de tratarse de cualquier otro, de hecho, esperaba poder pegarle una buena paliza a Wando, dejándolo lisiado para el resto de su vida si era posible.

Ese instante de duda que tuvo el hijo del líder de la jauría, fue el que necesitó Alaxa para liberar su brazo derecho, con el que le devolvió el puñetazo al otro. Cuando Ánkel cayó de espaldas con el hocico sangrando, ella quedó completamente liberada, aprovechando para empujar a Eron y salir corriendo para alejarse. Alaxa pudo escuchar a sus espaldas la amenaza estridente de Ánkel antes de abandonar los aseos.

-¡Te voy a matar cuando te coja! -Ánkel se levantó de un salto, y sin hacer caso de la sangre que le caía de la nariz, corrió tras la mujer lobo, que ya desaparecía de su vista al doblar por la puerta de salida.

Eron fue tras su amigo, evitando ser dejado atrás. En su cabeza se mezclaban algunos pensamientos contradictorios que estaba teniendo: por un lado deseaba dejar la persecución para no seguir dañando a Alaxa, y por contra se veía obligado a ayudar a su amigo, cegado este por una ira asesina de la que no sospechaba que pudiera llegar a sentir por otro licántropo de la jauría.

Al salir de los aseos, Alaxa corrió hacia el río sin pensar en la dirección que tomaba. Cuando se topó con la orilla más cercana, se zambulló en el cristalino líquido e intentó llegar al margen contrario. La fuerte corriente de agua no supuso ningún reto para la licántropa, igual que tampoco sintió el intenso frío del deshielo de las montañas. La oscuridad de la noche se había adueñado del valle, pues el tiempo había corrido en favor de las estrellas desde que la joven cazadora salió de la tienda de campaña en la que había dejado a Wando dormido. Por suerte, los licántropos tenían la vista adaptada para los entornos oscuros, no teniendo dificultades para ver hacia dónde iba. El problema era que sus dos atacantes tenían la misma ventaja, y escuchó detrás suya cómo también se metían en el agua y nadaban raudos para volverla a atrapar.

Alaxa no era una cobarde, ni tampoco tonta, simplemente no iba a hacer frente a esos dos canallas sabiendo que no podría evitar ser machacada como una muñeca de trapo. Podría intentar una sonrisa sumisa, la dedicada por cualquier perro, lobo o licántropo para mostrar sometimiento a otro de su especie, pero no estaba dispuesta a doblegarse por esos dos inútiles. Corrió hacia el campamento en cuanto tocó tierra. Ya habría oportunidad de devolver el ataque traicionero, pero primero debía ponerse a salvo y contárselo a su jefe de lobera, Bredo, y a Wando para alertarle del peligro que él también corría.

Wando estaba abotonándose los pantalones cuando una bestial criatura entró como un remolino en la tienda. El sobresalto hizo que el joven cazador diera un paso atrás, y cómicamente se sentó en la cama de forma involuntaria al tropezar con ella.

-¿Pero qué es esto? -logró decir al reconocer a su amiga transformada en mujer lobo.

-¡Wando, sigues aquí! -Casi gritó Alaxa, sintiendo alivio al verle a salvo y lanzándose a abrazarlo por el cuello.

Wando notó la alteración de su compañera, y también pudo ver la sangre que manchaba de rojo sus blancos dientes. Enseguida pensó que su mejor amiga se encontraba en apuros, y que fuese lo que fuese, le había hecho daño. Viéndola en su forma lupina, también adivinaba que el asunto no carecía de gravedad.

-Tranquila, Alaxa, estoy contigo -dijo para tranquilizarla, notando el calor de su cuerpo sobre su torso todavía desnudo.

La timidez de su juventud hizo que separasen un poco sus cuerpos, pero sin llegar a deshacer el abrazo. Ella conservó sus manos posadas sobre sus hombros mientras él la rodeaba por su cintura. Si Alaxa no tuviera tanto pelo en la cara en su forma bestial, Wando habría podido ver sus mejillas sonrojadas por la vergüenza.

El joven ganador de las pruebas de madurez de ese año, sintiendo la rabia de verla herida, se puso rojo como un tomate, pudiendo así disimular su propia vergüenza con el rubor de la ira. También, a consecuencia de su sincera indignación, sus colmillos se alargaron y le creció el bello corporal, teniendo una transformación parcial de su cuerpo.

-Cuéntame qué te ha pasado, Alaxa -exigió, Wando-. ¿Quién te ha hecho eso?

Viendo la reacción violenta que estaba teniendo su amigo, Alaxa se dio cuenta que ella misma continuaba transfigurada de bestia, decidiendo retomar su forma humana para calmar los ánimos de su compañero, y los suyos propios ahora que se encontraba a salvo en el campamento, con la mejor compañía que podía desear.

-Sí, Wando, te lo voy a contar todo. Pero es mejor que permanezcamos sentados -dijo al notar que él se iba a levantar. Hizo presión hacia abajo con sus manos, todavía apoyadas sobre sus hombros-, me encuentro cansada.

Wando aceptó las condiciones de su amiga, y esta le narró todo lo acontecido desde su despertar en la tienda tras la siesta, cuando se fue luego a las duchas para asearse, cómo descubrió allí a los dos intrusos y cómo estos la atacaron, consiguiendo huir de sus garras.

-¡Malditos! -gritó Wando cuando ella terminó de contarle lo ocurrido-. ¡Voy a cogerlos por el cuello hasta estrangularlos! -Se puso en pie, dispuesto a ir en ese mismo momento a vengar a su amiga.

-¡No, Wando! -Alaxa se puso delante de su amigo, impidiendo que este pudiera salir de la tienda de campaña-. Así no vamos a resolver nada, solo podemos enredar más el asunto. Es mejor que antes se lo cuente a Bredo, él podrá interceder por mí ante el líder de la jauría, entonces Eron y Ánkel serán castigados sin que tengamos que temer ninguna represalia por parte de las demás loberas.

-Tienes razón, Alaxa, esa es la mejor forma de proceder, pero eso no resta ira en mi corazón. Vayamos a la tienda de Bredo ahora mismo, no vaya a ser que cambie de opinión.

Alaxa se sintió alagada por la muestra de indignación que Wando sentía por su causa. Estaba segura de que hubiera cumplido con su amenaza, estrangulando a los dos cobardes que la habían asaltado. Saber que él se preocupaba de ella con tanta intensidad, hizo que el corazón le palpitara de forma especial, todavía sin comprender la causa de esa alteración en su órgano vital.

La tienda de campaña de su jefe estaba cerca y en el interior del campamento de su lobera, no teniendo nada que temer en el corto trayecto que les separaba. Había movimiento entre las tiendas, estando en todo momento rodeados de sus amigos y conocidos, imposibilitando cualquier otro ataque furtivo de aquellos dos energúmenos que habían osado dañar a Alaxa.

Al acercarse a la tienda de Bredo, distinguida por ser mayor que las demás, pudieron entrever que dentro había movimiento, alegrándose por su suerte al haber encontrado a su jefe y guía a la primera. Al hacer a un lado la tela de la entrada, previo aviso de su llegada, se encontraron con que había una inesperada reunión. Sentados uno frente al otro, con la asistencia de algunos cazadores de ambos bandos tras ellos, Hamer y Bredo se miraban con cara de pocos amigos.

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