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La suerte de ilein

La suerte de ilein

Autor: : Inlemi
Género: Mafia
Ilein cree tener el boleto dorado que la ayudara a conseguir sus sueños y culminar las metas. Pero ese viaje a Milán de la mano de los Morettis será un torbellino de pasiones que le harán cuestionarse cuanta suerte tiene. Por qué a veces el corazón no elige héroes, cada quien elige su propio infierno.

Capítulo 1 La Suerte

(PRESENTE: EL CAFÉ CERCA DE LA UNIVERSIDAD)

Ilein ajustó su bufanda con cuidado -sintiendo el frío cortante del viento de Caracas que se enredaba en su cabello negro- largo, un poco revuelto por el aire, como siempre. Se apoyó en el mostrador de cristal del café y miró su reflejo: 1,65 metros, delgada pero con curvas que la bufanda no lograba ocultar -un rostro con pómulos altos y ojos marrones oscuros que ahora estaban un poco húmedos. Le gustaba cómo se veía con ese jersey gris que le había regalado su madre -le quedaba bien, le daba un toque de solidez-, aunque siempre pensaba que su nariz -un poco respingada por sus raíces españolas- era demasiado grande. La ciudad bulliciosa giraba a su alrededor -aromas de pan recién horneado, ruidos de coches que no paraban, voces que se entremezclaban- y era agridulce: ahí estaba su familia, su hogar, pero también la rutina que le cerraba el camino. Parecía tan cerca y tan lejana a la vez. Su mano tembló al agarrar la taza de chocolate caliente -derramando unas gotas en el platillo-: la emoción y el miedo en su pecho eran tan fuertes que se manifestaban en cada movimiento. Estaba a horas de partir.

(FLASHBACK: LA OFERTA DE JOANA)

Mientras miraba el café seco en el platillo, su mente voló a hace tres meses -al día del taller de diseño. Allí estaba Joana Moretti: elegante, con porte de realeza -y cuando vio a Ilein -con su cabello revuelto por haber corrido para llegar a tiempo, sus manos manchadas de tinta de tejido- le sonrió con calidez. Después de ver sus diseños, Joana la llevó a un rincón tranquilo y le dijo con voz segura: «Ilein, tu creatividad es única. Te ofrezco una beca completa para estudiar en Milán -trabajarás en Textil Moretti, vivirás en el edificio de las oficinas y terminarás tu último semestre virtualmente». La noticia le cayó como un rayo -su sueño de ser diseñadora en Italia, que llevaba desde niña, se hacía realidad. En ese momento, se tocó el mentón -un gesto que hacía cuando estaba nerviosa- y notó que se le había quedado un pelito de gato -que le había saltado de la manta de su hermana. La única pregunta que le cruzó por la cabeza en ese instante: ¿podría una chica de raíces humildes enfrentarse a un mundo tan distinto?

(CONTINUACIÓN: LA DECISIÓN Y LA NOCHE ANTES DE LA PARTIDA)

A pesar de los temblores en las manos, había aceptado sin dudar. Pero en los días que siguieron, la duda crecía: ¿estaba realmente preparada para dejar su país -sus raíces? Su familia era sencilla: madre maestra de primaria, padre obrero de maquinaria pesada -hermana Susy tranquila que no quería salir de casa, y los gemelos revoltosos de 8 años que aún necesitaban de ella. Sus padres pensaban que era falta de apego, pero para ella era la única forma de cruzar el muro de rutina -y limitaciones que le cerraba el camino. Otra pregunta le roía el interior: ¿qué pasaría si no lograba convencerlos de que su sueño no era un abandono? La idea de decepcionarlos le producía un nudo en la garganta.

La noche antes de partir, Ilein se sentó en su cama -empacando la última maleta. Se miró en el espejo de la mesita: sus ojos estaban cansados, sus labios resecos por el nerviosismo -y el cabello -que le había arreglado con tanto cuidado- ya estaba revuelto de nuevo. El nudo en la garganta no se iba. La ciudad de Caracas -con sus luces parpadeantes que se colaban por la ventana- le susurró al oído que el cambio no era una opción, sino inevitable. Cuando su familia entró en la habitación, las lágrimas salieron solas. «Eres fuerte y te adaptarás», le dijo su madre -abrazándola con fuerza y acariciando su cabello negro. Su padre, con voz firme y orgulloso: «Tu carácter te salvará en ese mundo nuevo -esa misma firmeza que se ve en tus ojos». Susy le dio un pañuelo de encaje: «No te olvides de nosotros, hermana -de tu hermana que es tan tranquila y tú, tan... impetuosa».

(TERMINACIÓN: LLEGADA A MILÁN, TRES MESES DESPUÉS)

Y ahora, tres meses después, Ilein bajaba del taxi frente al imponente edificio de Textil Moretti en Milán. Su equipaje interminable le pesaba en la mano -pero su corazón latía con más fuerza que nunca. Calles empedradas que crujían bajo sus pies, aromas de café expreso y queso gratinado -el sonido de las campanas de la catedral que resonaban en todo el centro-: todo era nueva, seductora, un poco temible. Cada rincón le parecía un misterio a descubrir. Se tocó el cabello -que había intentado peinarlo al estilo italiano pero que ya volvía a su estado natural revuelto- y sonrió antes de cruzar la puerta de cristal y acero.

El interior le dejó sin aliento. El vestíbulo era de mármol blanco con vetas doradas -un techo alto con una lámpara de cristal que parecía un río de estrellas- y paredes adornadas con fotografías de desfiles de moda -modelos con diseños audaces, caminando por pasarelas de todo el mundo. El piso estaba tan limpio que reflejaba su sombra -y el aroma a rosa y cedro flotaba en el aire. Ilein se detuvo un instante -asombrada: nunca había estado en un lugar tan lujoso. Su casa en Caracas era pequeña y acogedora -con paredes pintadas de azul claro y muebles usados que habían pasado de generación en generación-: esto era un mundo completamente distinto, y por un segundo, sintió que su jersey gris se veía demasiado simple -demasiado modesto.

Pero ese sentimiento duró poco. Joana sonrió más -sorprendida y complacida: «Claro que sí, Ilein! Esa es la actitud que buscamos», respondió en italiano fluido. Camila asintió -con una mirada de respeto: «Bien hecho. El taller está en el tercer piso -vamos, te muestro dónde trabajarás».

Mientras subían en el ascensor de cristal -que les permitía ver la ciudad se alejar a sus pies- Ilein miró alrededor de nuevo. No volvió a preguntarse si podría adaptarse o cumplir con las expectativas -ya no era necesario. En su interior, una chispa de determinación se había convertido en un fuego. Su sueño ya no era un recuerdo -era el presente-, y se veía a sí misma en él -con cabello revuelto, manos listas para trabajar y esos ojos marrones oscuros que no temían mirar el futuro, incluso en medio de todo ese lujo.

Capítulo 2 El espejo de Bronce

Ilein se maravilló con la modernidad del edificio Moretti, una estructura imponente que se alzaba como un faro de diseño en el corazón de Milán. Tras ser recibida por Joana y Camila, de unos 27 años quien era gemela de Marcelo; la llevaron a recorrer las instalaciones -un laberinto de pasillos donde el arte y la moda se entrelazaban en una sinfonía de colores y texturas. El aire vibraba con la energía creativa que emanaba de cada rincón. El zumbido constante de las máquinas de coser. Las risas y conversaciones en italiano que resonaban en el ambiente.

En el camino, se encontraron con Salvatore Moretti -un joven de 25 años, rubio de ojos verdes, cuyo calidez era tan palpable como el aroma a café recién hecho que inundaba el lugar. Salvatore, el tercer hijo de Joana, era el alma del elegante restaurante "La Famiglia", y su sonrisa iluminaba todo lo que tocaba desde el primer momento.

-Encantado de conocerte. Estoy seguro de que, además de bella, eres eficiente. Madre non si fissa con chiunque, deve aver visto qualcosa di speciale in te -dijo con esa sonrisa que transmitía sinceridad y alegría.

(Mi madre no se fija en cualquiera, debe haber visto algo especial en ti)

La reacción de Ilein fue inmediata: se relajó por completo. El nudo de nerviosismo en el pecho se deshizo, su respiración se volvió profunda y tranquila, y le salió una sonrisa natural y abierta en respuesta. Mientras hablaba con él, pensó en por qué había aceptado este trabajo: no solo por el talento que Joana había visto en ella, sino por escapar de la rutina de su barrio en el sur de Caracas, por hacer realidad el sueño de su abuela -que era costurera y le había enseñado a tejer con hilos de algodón crudo desde los 7 años. Quería crear diseños que hablaran de sus raíces venezolanas y españolas, que mezclaran el calor del trópico con la elegancia italiana.

Luego, se toparon con Marcelo Moretti, otro joven rubio, de 27 años, cuyo rostro era serio y su mirada, calculadora en cada movimiento. Marcelo, gemelo de camila primogenitos de Joana, era el encargado de toda la administración de los inmuebles de la familia y el atelier -su mundo era de números, reglas y control.

-Encantado de conocerle, signorina Valentino -dijo con una formalidad que cortaba el aire, sus ojos analizando cada gesto suyo, cada palabra que iba a decir-. Yo me encargo de la administración. Si necesita algo relacionado con el apartamento o la gestión, sono a sua disposizione.

(Estoy a su disposición)

Ilein se formalizó en un abrir y cerrar de ojos. Se enderezó la espalda hasta quedar tiesa, ajustó su jersey con precisión, y su voz se volvió clara, contenida y profesional. Pensó en lo diferente que era esto de su casa: en Caracas, todos hablaban a gritos, se abrazaban sin previo aviso, y la formalidad era algo raro. Aquí, cada gesto era calculado -un contraste cultural que le hacía sentir a la vez extraña y más decidida a integrarse.

Hasta ahora, todo parecía un cuento de hadas moderno, un sueño hecho realidad. Pero Ilein sabía que la vida real rara vez se ajusta a las expectativas, y que tras la fachada de glamour y éxito se ocultaban secretos oscuros y peligrosos.

El encuentro más inquietante fue con Máximo Moretti. Ilein se había detenido frente a una imponente escultura de bronce pulido que dominaba el vestíbulo -una pieza colosal, de casi tres metros de alto, con formas que parecían múltiples cuerpos entrelazados en un nudo inextricable. Sus siluetas eran ambiguas: algunas parecían buscar la luz, otras se hundían en sombras profundas que nunca llegaba a iluminar. La superficie estaba pulida hasta reflejar lo que la rodeaba, pero con rasgaduras finas que parecían cicatrices antiguas. Las luces tenues se filtraban a través de los ventanales, creando sombras danzantes que hacían parecer que la escultura se contorsionaba, gritaba en silencio. Ilein sintió una premonición que le heló la sangre: esta obra era un espejo de la familia Moretti -bella por fuera, pero con secretos retorcidos en su interior. El aire estaba cargado con el aroma metálico del bronce y el sutil perfume caro que parecía impregnar cada rincón del edificio.

De repente, escuchó pasos firmes y lentos detrás de ella -pasos que no transmitían alegría ni formalidad, sino poder. Una sombra se proyectó sobre la escultura y sobre ella, bloqueando la luz y sumiéndola en una oscuridad momentánea. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal con tanta fuerza que se estremeció todo el cuerpo. Se giró lentamente, y su mirada se encontró con la de un hombre imponente como un monolito, con cabello negro como la noche y una frialdad glacial que helaba el aire a su alrededor. Él era el CEO del grupo -y en el instante en que lo vio, Ilein recordó el rumor que había escuchado en el aeropuerto de Milán, susurrado entre dos pasajeros: "Los Moretti? Son poderosos... demasiado poderosos para ser solo diseñadores". Su presencia lo confirmaba: no necesitaba más palabras para entender que había algo oscuro detrás de su poder.

Ilein se congeló. Completamente. Su respiración se detuvo por varios segundos, y cuando volvió a respirar, era un jadeo corto y desesperado que le dolió la garganta. Su visión se estrechó hasta quedar en un punto fijo en sus ojos azules penetrantes -como si un velo negro le cubriera el resto del mundo, y solo él existiera. Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que le sangraron los nudillos, el sudor frío le empapó la piel y le hizo cosquillas en la nuca, y sus piernas empezaron a temblar con tanta fuerza que tuvo que agarrarse a la base de la escultura para no caer. El aroma a cuero oscuro y especias picantes que emanaba de él se volvió abrumador, le robó el aliento y le hizo marear -era como respirar peligro en estado puro.

El silencio se hizo denso, casi palpable -tanto que Ilein pudo oír el zumbido de su propia sangre en los oídos, como un tambor de guerra que anunciaba el fin. La tensión en el aire era tan intensa que podía cortarse con un cuchillo, y cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad.

Máximo la observó con una mirada que la hacía sentir como un insecto bajo un microscopio, sin valor, sin escondites. Sus ojos recorrieron su figura de arriba abajo, deteniéndose en su jersey gris sencillo, su cabello recogido en una coleta desaliñada, sus manos temblorosas -y en ese instante, Ilein sintió que había visto todo de ella: su origen humilde, su sueño, su miedo.

-Ma tu chi sei e che ci fai qui? -preguntó con una voz grave y resonante que parecía vibrar en los muros, con un tono que no era solo una pregunta, sino una advertencia: ¿qué haces en un lugar que no te pertenece?

(Pero tú quién eres y qué haces aquí?)

La frase le cayó como un golpe en el estómago. Su mente se quedó en blanco, pero en el fondo, sintió un destello de la determinación que la había traído hasta aquí.

-Scusi, solo estaba admirando la escultura... Aspetto la signora Joana Moretti -respondió, pero su voz salió rota, casi un susurro, delatando su terror a pesar de sí misma.

(Disculpe, solo estaba admirando la escultura... Espero a la señora Joana Moretti)

Máximo sonrió con frialdad, revelando unos dientes blancos y afilados que le recordaron a un depredador listo para atacar.

-Joana ha vuelto a hacer de las suyas... Siempre trayendo pequeños ruidos a este lugar que debe estar en silencio -murmuró, enfatizando "ruidos" con un tono que sugería que ella era una perturbación que habría que eliminar.

Dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal hasta que su aliento frío tocaba su mejilla. Ilein sintió que se le quedaba sin aire, que su corazón se paraba -y aún así, se mantuvo de pie, agarrándose a la escultura como si fuera su única salvación.

En ese momento, como una aparición, Joana surgió de un pasillo lateral, interrumpiendo el tenso encuentro con una sonrisa enigmática. La luz que se filtraba a través de los ventanales iluminaba su rostro, resaltando sus rasgos exóticos y su mirada penetrante.

-Máximo, lei è Ilein, nuestra nueva stagista. Le assegneremo un appartamento nell'edificio -anunció con una mirada desafiante que parecía encender una chispa en los ojos de Máximo.

(Ella es Ilein, nuestra nueva becaria. Le asignaremos un apartamento en el edificio)

Máximo entrecerró los ojos hasta que se volvieron dos rendijas azules peligrosas, y su mandíbula se tensó tanto que se le veían los músculos en la cara. Ilein sintió que la temperatura de la habitación descendía varios grados, y el aire se volvió tan frío que le dolió la garganta al respirar.

-Non ne ero al corrente. Y menos aún que sería en MI apartamento -replicó con un tono venenoso que hacía temblar el aire, enfatizando "mi" como si fuera una advertencia de que ella estaba entrando en su territorio prohibido, y que pagaría las consecuencias.

(No lo sabía. Y menos aún que sería en MI apartamento)

Joana, ignorando la hostilidad de Máximo, continuó con una sonrisa forzada:

-Ilein, te quedarás en uno de los apartamentos tipo estudio propiedad de Máximo. Spero che sia di suo gradimento -su voz era calma, pero sus manos estaban cerradas en puños.

(Espero que le guste)

La incomodidad era palpable, como una corriente eléctrica que recorría el aire. Máximo no parecía estar de acuerdo con la decisión, pero se limitó a asentir con la cabeza con una frialdad absoluta antes de alejarse con paso firme -cada uno de sus pasos resonaba en el vestíbulo como un golpe.

Solo cuando su figura desapareció por el pasillo, Ilein pudo soltar el aire que no sabía haber estado aguantando. Sus piernas le cedieron, y se desplomó en el borde de un banco cerca de la escultura, temblando de pies a cabeza. El sol ya empezaba a inclinarse hacia el oeste, pintando las ventanas con tonos naranjas y rosados -el mediodía había pasado sin darse cuenta, absorbida por el recorrido y el encuentro con Máximo. Mientras miraba la pieza retorcida frente a ella, procesaba lo sucedido: había visto al hombre que controlaba todo aquello, y el rumor del aeropuerto volvía a su mente, más creíble que nunca. El sueño que había venido a cumplir ahora tenía un matiz peligroso -pero también, una fuerza nueva en su interior: no se iba a dejar amedrentar. Sacó el pañuelo de encaje que le había dado Susy, se secó el sudor de la frente y se enderezó.

Luego, salió del edificio y esperó un taxi en la acera. La ciudad de Milán, con su vibrante energía y su arquitectura imponente, parecía un escenario de sueños y peligros. El sol brillaba aún, pero con menos fuerza, y las sombras del encuentro con Máximo se extendían sobre ella, tiñendo su visión de un matiz oscuro y amenazante -igual que las sombras en la escultura.

Esa misma tarde, cuando el sol ya estaba cerca de ponerse, Ilein se instaló en su nuevo hogar, un apartamento tipo estudio con una decoración minimalista y una vista panorámica de la ciudad. Las paredes blancas, los muebles de metal y cristal y la ausencia de colores creaban un ambiente frío e impersonal que le hizo extrañar su casa en Caracas: el piso de baldosas de colores, las paredes pintadas de azul claro con fotos de la familia, el ruido de los vecinos que compartían comida. Mientras desempacaba sus pertenencias -incluyendo el tejedor que le había dado su abuela y un rollo de tela de manta criolla que trajo de Venezuela-, sus pensamientos volvieron a sus esperanzas: quería presentar una colección en la próxima Semana de la Moda de Milán, una que llevará el aroma de la playa de Chichiriviche y la elegancia de la calle Via Montenapoleone. Quería que su abuela, donde quiera que estuviera, pudiera verla triunfar. Quería demostrar que una chica de raíces humildes podía dejar su marca en el mundo de la moda, a pesar de los peligros que lo rodeaban. La luz del atardecer se filtraba a través de los ventanales, proyectando sombras largas y fantasmales sobre las paredes -sombras que le recordaron a la escultura y a los ojos de Máximo, pero que ahora no le producían solo miedo, sino también determinación.

Durante los días siguientes, Ilein se sumergió en la rutina del taller, aprendiendo nuevas técnicas y perfeccionando su estilo bajo la tutela de Camila y Joana. El taller era un hervidero de actividad, con telas de todos los colores y texturas apiladas en estantes, maniquíes adornados con diseños vanguardistas y el zumbido constante de las máquinas de coser. El aire olía a algodón, seda y el sutil perfume de las diseñadoras, creando una atmósfera estimulante y creativa -un refugio temporal de las sombras que la esperaban fuera.

Una tarde, mientras trabajaba en un boceto que mezclaba telas italianas con motivos venezolanos, recibió una llamada de Joana. La voz de Joana, cálida y reconfortante, rompió la tensión que la había estado consumiendo desde su encuentro..._

Capítulo 3 Los encuentros casuales entre Máximo e Ilein

Máximo parecía haber convertido la paciencia de Ilein en su nuevo campo de juegos, un tablero de ajedrez donde cada movimiento era calculado y cada encuentro, una provocación. No eran simples coincidencias; eran escaramuzas cuidadosamente planeadas. Él se deleitaba con la incomodidad de ella, como un gato jugando con su presa.

Los encuentros habían sido, hasta ahora, breves, pero intensos. Una mirada que se prolongaba demasiado en el ascensor. Un comentario mordaz lanzado en el taller. Una interrupción inesperada en el lobby. Cada interacción era una sutil demostración de poder, un recordatorio constante de que, aunque se esforzara por encajar, siempre sería una forastera en el mundo Moretti.

Una mañana, Ilein esperaba el ascensor. El vestíbulo respiraba una atmósfera tranquila, casi irreal, con el suave murmullo de las conversaciones matutinas y el eco amortiguado de los pasos sobre el mármol pulido. El aire olía a café recién hecho y al perfume floral de Joana -una fragancia que siempre le recordaba a su madre. La luz dorada que se filtraba a través de los ventanales realzaba la belleza de las esculturas y los arreglos florales, pero también parecía ocultar oscuros secretos en los rincones.

Las puertas del ascensor se abrieron con un suave susurro, e Ilein contuvo el aliento al ver a Máximo dentro. El ascensor estaba vacío, iluminado por una luz tenue que acentuaba la dureza de su mandíbula y la frialdad de sus ojos. Ilein dudó, sopesando sus opciones. ¿Fingir que olvidaba algo? ¿O entrar y enfrentarse al depredador en su guarida? Una curiosidad que se negaba a admitir la impulsó a entrar.

El silencio se hizo denso, casi palpable. Ilein sintió la mirada de Máximo como un peso invisible que la oprimía. Sus ojos azules, fríos e incisivos, parecían desnudarle el alma, buscando miedos ocultos y deseos inconfesables. ¿Qué la atraía realmente de ese hombre enigmático? ¿Era su poder, su arrogancia, o la vulnerabilidad que vislumbraba solo en contadas ocasiones?

-Buongiorno, signorina Valentino -dijo Máximo, con una sonrisa arrogante que curvó sus labios, revelando unos dientes blancos y afilados. Su voz grave y resonante vibró en el aire, haciéndola sentir pequeña.

(Buenos días, señorita Valentino)

-Buongiorno, signor Moretti -respondió Ilein, forzando la compostura. Sus manos temblaban ligeramente; podía sentir el pulso acelerado en su cuello.

(Buenos días, señor Moretti)

El ascensor comenzó a descender. Ilein sintió la mirada de Máximo quemándole la piel. El aire se cargó de una tensión eléctrica que le robaba la respiración. El perfume de él, una mezcla embriagadora de cuero y especias, la mareaba y la atraía al mismo tiempo.

Para romper el silencio asfixiante, comentó:

-Milano è bellissima al mattino.

(Milán es bellísima por la mañana)

-Dipende con chi la si guarda -respondió Máximo, sin apartar la vista de ella, con una voz cargada de doble intención. Sus ojos brillaban con un fulgor que la dejaba expuesta y vulnerable.

(Depende con quién se la mire)

Ilein sintió un vuelco en el estómago. La tensión sexual crepitaba entre ellos, una fuerza invisible que los atraía y los repelía. Sus miradas se cruzaron, y por un instante, el tiempo se detuvo. Se preguntó si Máximo sentía lo mismo, si él también luchaba contra esa atracción prohibida.

Las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, rompiendo el encuentro. Ilein salió rápidamente, necesitando aire fresco. Camila la esperaba con una sonrisa amable, pero Ilein notó una sombra de preocupación en sus ojos. ¿Había notado algo? ¿Sospechaba la tensión entre ella y Máximo?

Un fin de semana, Ilein visitaba una galería de arte cerca del edificio Moretti. El espacio era amplio y luminoso, con paredes blancas que realzaban los colores vibrantes de las pinturas y las formas abstractas de las esculturas. El ambiente era tranquilo, roto solo por el suave murmullo de las conversaciones y el eco de los pasos sobre la madera pulida. Ilein se sintió atraída por una escultura en particular, una representación retorcida y caótica de dos figuras entrelazadas, que parecía reflejar el peligro de su relación con Máximo.

Estaba absorta, admirando la obra, cuando una voz a su espalda la hizo estremecer.

-Interessante, vero? -dijo la voz, con un tono grave e inconfundible.

(Interesante, ¿verdad?)

Ilein se giró lentamente, y su corazón dio un vuelco. Máximo estaba de pie detrás de ella, vestido con un traje elegante, hecho a medida, que realzaba su figura imponente. Parecía un depredador que acababa de encontrar su presa.

-Sì, molto -respondió Ilein, anclándose al suelo para no flaquear.

(Sí, mucho)

Máximo se acercó un paso más, invadiendo su espacio. Ilein sintió su aliento frío en el rostro y un escalofrío le recorrió la espalda. El aroma a cuero y especias la mareó. Sus ojos se posaron en la escultura, y una sonrisa enigmática curvó sus labios.

-El arte puede ser un espejo del alma -dijo Máximo, con una voz suave que apenas superaba el murmullo del ambiente-. ¿Qué ves tú en esta obra, Ilein?

Ilein ya no podía creer en la casualidad. Esos encuentros parecían orquestados, intencionales. Siempre aparecía con esa sonrisa y esa mirada que la desnudaba. ¿Qué pretendía? ¿Estaba interesado en ella, o solo era una pieza en su juego de poder? Las preguntas la atormentaban, alimentando su creciente inquietud y sembrando la semilla de la duda. ¿Y qué papel jugaba Joana en todo esto? ¿Estaba al tanto de los juegos de Máximo, o era simplemente una espectadora inocente?

Un destello de valor se encendió en su interior: tal vez era hora de dejar de huir, de preguntarle directamente a Máximo qué pretendía con ella. O tal vez debería hablar con Joana, preguntarle si sabía algo sobre el comportamiento de su hijo -si era solo su forma de demostrar poder, o si había algo más detrás de esas sonrisas enigmáticas..._

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