-¡Ay, ya! ¡Quítate! Ni para eso sirves -exclamó Salomé, empujándome con fuerza.
Se abrió paso hacia la mesa del estudio. Me había pedido que le redactara un informe acerca de los nuevos productos frescos que llegaron al restaurante, pero no le gustó.
A mi hermana mayor nunca le gustaba nada de lo que yo hacía, era como si mi simple presencia le enojara. No entendía, si yo lo único que quería era caerle bien. Me portaba bien con ella, sin recibir el mismo trato.
-Hermana, ¿no puedes volverlo a revisar? Estoy segura de que quedó bien -inquirí, acercándome.
Ella era una mujer castaña, de veintiocho años, cuyos ojos eran tan azules como el cielo, y yo los tenía igual. Me clavó su típica mirada de fastidio, esa que claramente me decía: vete.
Traté de colocar mi mano en su hombro para tranquilizarla, pero me la quitó de golpe, arrugando la nariz.
-¡Te he dicho que no me toques! Ash, me agotas la paciencia, Aurora. No entiendo cómo puedes ser tan estúpida -masculló, con una mano en su sien-. Yo haré el trabajo que nunca haces bien. Ya puedes marcharte.
Bajé la cabeza.
¿Por qué se molestaba todo el tiempo? No podíamos tener ni un momento tranquilo sin que se le salieran los humos.
Apreté los labios, sostuve los pliegues de mi sencillo vestido estampado con flores y me atreví a refutar en su contra, porque mi intención no era arruinar su día, solo quería que fuéramos hermanas normales.
Sin discusiones, sin peleas, ni nada por el estilo.
-Salomé, no creo que debamos llevarnos mal, te lo he venido diciendo desde hace años -solté, tratando que mi voz saliera con firmeza.
Ella levantó el mentón y me miró como si estuviera ofendida. Frunció el ceño y se levantó de su asiento, apoyando sus dedos en el escritorio con cautela. No sabía si estaba buscando intimidarme, pero esa sonrisa maliciosa me daba mala espina.
-¿En serio crees que tienes derecho de hablar? -Se cruzó de brazos-. Yo soy la responsable de seguir llevando a la cima a H&G. Te trataré como me dé la gana -añadió.
Se acercó hasta posar su dedo índice sobre mi frente, es lo que solía hacer cuando mis palabras la aturdían y quería liberarse de mí.
-Que te quede claro -Tomó una pausa para susurrarme al oído-: No me agradas, y nunca lo harás. Eres muy tonta, hermanita. Lástima que no te das cuenta de ello.
Se separó para soltar una aguda carcajada fingida. La miré con las cejas hundidas. En verdad, lo único que deseaba era caerle bien a mi propia hermana.
No me rendía, porque mi objetivo era hacer que dejara de odiarme, pero dadas las circunstancias, no iba a aguantar esos tratos para siempre.
Cada vez era más difícil hacerla cambiar de opinión.
-¿Por qué me odias tanto? ¿Qué te he hecho? -cuestioné, sintiendo el nudo en la garganta.
-¿Es que no lo entiendes? -bufó, con diversión-. Tu simple aspecto me desagrada, querida. ¿Crees que por ser rubia serás el centro de atención? ¿Crees que por tener una cara bonita y hacerte la inocente me ganarás? -escupió.
Caminó con lentitud por toda la habitación, ella exploraba el lugar con sus ojos. ¿Todo por mi apariencia? Eso no tenía sentido, si ella era muchísimo más hermosa que yo.
Su figura esbelta la hacía parecer una modelo, sobre todo sus firmes y bien formados glúteos que se notaban más gracias a su falda de tubo. Su blusa blanca de botones apoyaba al look de oficina, aunque estuviéramos en la mansión Hidalgo.
Salomé y yo trabajábamos en la misma empresa, solo que ella era la futura heredera del cargo de CEO, pero antes de poder asumir ese papel, debía contraer matrimonio... Nunca solía hablarme de ese tema.
Papá seguía siendo el CEO de H&G, nadie dudaba de él porque su restaurante era el más famoso de la ciudad, calificado con cinco estrellas y más de un millón de reseñas en la web.
-¡Pero hermana, yo no te voy a quitar nada! -exclamé, defendiéndome.
Algo en mí me decía que ella cambiaría el día que subiera a la cima. A Salomé le asustaba la posibilidad de que yo pudiera quedarme con el cargo, lo cual era totalmente imposible, pues nuestros padres dejaron en claro que ella era la heredera.
Yo solo sería su mano derecha, más nada.
En la empresa yo era una simple secretaria que trabajaba para Salomé, quien era la directora ejecutiva de operaciones. Ambas solíamos tener discusiones bastante fuertes en el trabajo.
Nuestros padres no apoyaban a ninguna de las dos cuando teníamos diferencias, o bueno; mamá estaba más del lado de Salomé. Nos veían como inmaduras a la hora de discutir por trivialidades, pero la que siempre llegaba a esas discusiones era Salomé.
-Cállate, Aurora. Tu voz es muy molesta, entiéndeme -dijo, entre dientes-. ¿Por qué no te vas? Déjame terminar este trabajo sola.
-Tenemos el día libre, deberías descansar un poco -recomendé, juntando ambas manos.
-¿Vas a cuestionarme otra vez? -inquirió, en tono burlón-. Es increíble que tu cabecita no comprenda lo que te digo.
-Hermana, yo solo me preocupo por ti -expresé, lastimada por sus palabras.
Yo la quería. Ella había sido mi ejemplo a seguir desde pequeñas. ¿Por qué no se sentía igual?
Haber crecido junto a Salomé fue bonito, pero también doloroso... No recordaba en qué momento empezó a tratarme así, si antes nos divertíamos mucho.
-Pues yo no me preocupo por ti, así que lárgate, Aurora -ordenó, señalando la puerta.
-Puedo ayudarte... -murmuré, con la vista en el suelo.
-¡Deja de decir estupideces! ¡No pudiste redactar bien el informe! ¿Cómo no quieres que esté molesta? -chilló, viéndose frustrada-. Mejor vete.
-Pero... -No me dejó terminar.
-Si no te vas ahora, le diré a papá que no dejas de hacer todo mal -amenazó.
Tragué saliva. Mis ojos se abrieron con sorpresa y horror porque Salomé cada vez caía más bajo al querer acusarme con nuestro padre.
Ya no éramos niñas, eso no le iba a servir para toda la vida.
-Salomé, estamos un poco grandes para esto... -titubeé.
-¡No me digas qué puedo hacer y qué no! -exclamó, con la mandíbula tensa.
Agarró el vaso de agua que estaba sobre el escritorio y con un movimiento rápido, lo derramó encima de mí. Cerré los ojos, esperando que el líquido terminara de recorrer mi frente, hasta bajar por mi cuello.
Apreté los puños con rabia. Estaba fría, y eso que no tenía hielo. Salomé hacía ese tipo de cosas cuando perdía la paciencia, pero era mi culpa, después de todo la hice enojar.
-Lo siento...
-¡Que te calles, tonta! ¡Vete de una buena vez! -Empezó a empujarme con sus manos.
Sus uñas se enterraron un poco en mi espalda, dejándome entristecida por no poder hacerla cambiar de opinión respecto a mí. Anhelaba que fuéramos unas buenas hermanas, pero por más que pasaran los años, no lo lograba.
Tenía que rendirme con ella.
Abrió la puerta del estudio, sacándome casi a patadas de ahí. Estaba mojada, sola y pensando en cada cosa que yo hacía para molestar a Salomé sin querer.
-Dios... -resoplé.
Caminé por los pasillos de la mansión hasta llegar al baño de mi habitación y poder cambiarme de ropa. Debía salir de ahí, aprovechando que tenía el día libre.
Mi horario de trabajo empezaba a la una de la tarde, por lo que también solía salir en las mañanas a mi lugar seguro: una biblioteca.
Leer libros me alejaba de la realidad, lograba que yo me metiera de lleno en una historia para poder ignorar todo lo malo que me sucedía.
Salí de la mansión, sin avisarle a mi madre porque era la que se encontraba en casa. Le pedí al chófer de la familia que me llevara. De todas formas, nadie se daba cuenta cuando yo salía de casa.
Era como si no tuviera importancia. Una vez estuve fuera durante dos días y no preguntaron por mí. ¿Debería de sentirme mal por eso?
Llegué a mi destino. Abrí las puertas de vidrio hasta toparme con la bibliotecaria, se podía decir que era mi única buena conocida. Una mujer de piel pálida y cabello naranja. Sus ojos azules me miraban con ternura, junto a una agradable sonrisa.
-Aurora, bienvenida. Hoy has venido temprano -comentó, con amabilidad.
-Sara, hoy me quedaré un buen rato... -resoplé.
-¿Otra vez problemas con tu hermana? Siempre vienes por eso -preguntó, con la palma de la mano en su mejilla.
-Adivinaste.
-De acuerdo. Hay una nueva maquina expendedora en el lugar donde te sientas siempre. Y como ya sabes, son sesenta la hora, pero como eres una fiel visitante, te la bajaré a cincuenta -informó con un guiño de ojo.
-Muchas gracias, aunque sabes que puedo pagarlo -reí.
Tomé el pase que me dio y caminé, mirando el montón de libros de diferente contenido en los estantes. Prefería leer en la biblioteca porque lo sentía mi lugar seguro, sin tener que llevármelos a casa.
Busqué el libro que estaba leyendo la última vez que estuve ahí... Lo encontré con facilidad, estaba en la misma estantería. Lo tomé y contenta me senté en mi sillón favorito, de una textura aterciopelada y color rosado.
Mi culo se hundía en el asiento, era una experiencia agradable. Solté una bocanada de aire, lista para comenzar con mi lectura.
Me dejé llevar por las palabras y lo atrapante que era la historia. Mi concentración se fue más allá de lo que imaginaba.
-¿Salvada por el CEO? Es un excelente libro -Una voz masculina y desconocida me habló.
Mi cuerpo se sobresaltó y me cubrí la mitad de la cara con el libro abierto, solo dejé a la vista mis ojos ante aquél desconocido.
Fue un poco extraño.
¿Quién era él?, ¿por qué me habló?
Me quedé observando a ese corpulento hombre con traje formal. Su corbata adornaba su trabajado pecho y tenía ambas manos en los bolsillos.
A simple vista, parecía ser un hombre importante por el estilo. Su cabello negro era tan liso como el de Salomé, y sus ojos oscuros me hipnotizaban de cierta forma por lo intrigantes que eran. Tenía poca barba que contorneaba su rostro. La tonalidad de su piel era café con leche, ni muy clara, ni muy oscura.
Una ligera curva se formó en sus labios, sin dejar de verme.
-¿Puedes hablar? -cuestionó, en tono divertido.
-¿Me hablas a mí? -pregunté.
Me di cuenta de lo tonta que fue esa pregunta, después de pronunciarla. Quité el libro de mi rostro para mostrar mi cara y poder hablarle con más normalidad, aunque había algo en él que despertaba mi curiosidad.
-Sí, ¿ves a alguien más aquí? -bromeó, explorando el lugar con sus ojos.
Éramos los únicos que estábamos en ese espacio. Apreté los labios, tratando de evitar su penetrante mirada. Por alguna razón, me hacía sentir nerviosa, o tal vez era porque ningún extraño solía acercarse a mí.
Yo pasaba desapercibida con facilidad, muchos reconocían de inmediato que yo era Aurora Hidalgo, por eso preferían no involucrarse conmigo, para no tener problemas con mi padre.
-¿Necesitas algo? -inquirí, apoyando mis manos sobre mis muslos.
-También estoy leyendo ese libro, solo me falta el último capítulo y da la casualidad que lo tienes tú -expresó, señalándome disimuladamente con el dedo-. Sabes que es su única edición, no han llegado más copias a esta biblioteca.
-Oh, vale... Yo a penas voy por la mitad -titubeé, un poco nerviosa.
¿Cómo es que su voz gruesa causaba un aumento en mis latidos?
Era un completo desconocido. Jamás lo había visto y ya estaba imaginando cosas raras.
-Pero no te preocupes, puedo esperar a que lo termines -resopló, con pesadez.
Se dejó caer, sentándose frente a mí en otro sillón de la misma tela que el mío. Él apoyó ambos antebrazos sobre sus rodillas y fijó sus ojos en mí.
¿En serio esperaba que leyera el libro siendo observada?
Un escalofrío me recorrió la nuca.
-¿Me vas a ver todo el rato? -cuestioné.
-Sí.
-¿No te parece un poco extraño? Creo que ver a una persona mientras lee no es para nada cómodo -argumenté, dejando el libro sobre mis piernas.
-Bueno, ¿por qué no cambiamos? Yo termino de leer el capítulo que me falta, y tú me observas -insinuó, con picardía.
¿Estaba loco?
Sí, seguramente era un tipo loco que casualmente decidió ir a la biblioteca a molestar.
-Oye, si vas a seguir incomodándome voy a tener que llamar a la bibliotecaria para decirle que eres un acosador -amenacé, poniéndome de pie con firmeza.
Estaba dispuesta a marcharme.
El hombre también hizo lo mismo, pero buscaba detenerme. Tomó mis muñecas con delicadeza, lo cual me sorprendió. Gracias a ese agarre, dejé caer el libro al suelo porque su tacto me generó una punzada desconocida que alertó a mi corazón.
-No tienes que hacer eso -murmuró, con una voz profunda que me heló la sangre-. No planeo molestarte. Si te soy sincero, llevo varios días observándote.
Abrí los ojos, todavía seguía imponiendo su agarre en mí, pero no era algo que me lastimaba. Sentí que lo hacía para que yo no huyera, porque la realidad es que planeaba salir corriendo.
-¿Qué? ¿Sí eres un acosador? -interrogué, extrañada.
Mi ceño estaba fruncido. ¿Cómo es que llevaba días observándome y no me di cuenta? ¿Qué se traía entre manos?
-No lo veas así. Estaba buscando la manera de acercarme a ti porque me di cuenta que tenemos el mismo gusto en libros. Sería agradable poder hablar sobre ellos cada vez que nos topemos -explicó, soltando un suspiro.
Me soltó. Yo me quedé quieta, sin poder mover un músculo, tratando de descifrar lo que decía. ¿Tenían sentido sus palabras? Puede ser, pero eso significaba que él no sabía quién era yo.
Carraspeé, sacudiendo mi vestido por instinto.
-¿De casualidad sabes quién soy? Las demás personas evitan acercarse a mí para no tener problemas con mi familia -confesé, cruzada de brazos.
-Pues, eres una linda chica que seguro tiene una personalidad única. Podría seguir halagando cada parte de ti, pero prefiero no incomodarte -soltó, mirándome con diversión.
¿Estaba escuchando bien y me dijo linda? Vaya tonto...
No quería incomodarme, pero lo ha estado haciendo todo el rato.
Aun así, no pude evitar sentir un ardor extraño en mis mejillas. Tragué saliva, buscando las palabras adecuadas. Mi familia tenía poder, por lo tanto estaban planeando unir a sus hijas en matrimonio en el futuro, o por lo menos a Salomé.
No podía darme el lujo de conocer a cualquier hombre si ya mi destino estaba escrito.
Pero, ¿y si no planeaban casarme a mí?
-Agradezco tus palabras -Hice una ligera reverencia-. Pero no creo que tengamos nada en común, a parte de los libros -zanjé.
Era hora de irme. Recogí el libro del suelo para dárselo con formalidad. Lo mejor sería evitar cualquier tipo de problemas.
Él tomó el objeto, pero arrugó un poco la boca en descontento.
-¿No me aceptas un café? En símbolo de disculpa. Creo que no supe expresarme contigo. No planeo nada extraño, en serio, es la primera vez que veo a alguien con mis mismos gustos literarios, ¿está mal que quiera conocerte? -aclaró, con unos brillosos ojos que me apretaron el corazón.
Se veía sincero, por lo menos tenía modales y no era un imbécil como los del trabajo que solían lanzarme unos cumplidos un poco morbosos. A veces pensaba que Salomé no me defendía a propósito y le gustaba burlarse.
¿Aceptar un café de un desconocido?
Solo yo haría algo tan estúpido... Es que su mirada me transmitía una increíble calma, no parecía un mal hombre. De todas formas, mi chófer seguía esperándome afuera.
-Tranquila, será en la cafetería de al lado, no estaremos lejos -comentó, dejándome sorprendida.
¿Había una cafetería al lado? Dios, el único lugar en mi mente era esa biblioteca, tanto para no prestarle atención a su alrededor.
-Oh... De acuerdo, no veo ningún problema -respondí, con una risa nerviosa.
¿Por qué me costaba tanto decirle que no a la gente?
Me encogí de hombros.
-Y no te asustes, no soy ningún secuestrador -bromeó.
Le devolví la sonrisa, pero más forzada. El hombre empezó a caminar y yo lo seguí, hasta que pasamos por la recepción, en donde Sara nos veía con sorpresa.
-¿Están saliendo? -La mujer llevó ambas manos a su boca-. Me parece increíble. Dos personas de alto nivel juntas. Tal para cual.
-Qué va... Sara -Negué con ambas manos.
-Somos amigos, nada más -informó el moreno.
Lo miré con incredulidad, ¿cómo se inventaba semejante cosa? Aunque, Sara nos bombardearía de preguntas si le decíamos que éramos desconocidos... Seguro ellos dos también se conocían.
Lo que quería decir, que él no mentía al dejarme en claro que visitaba la biblioteca seguido. ¿Por qué tardé en darme cuenta? Eso de meterme dentro de los libros me lo tomé muy a pecho.
Suspiré.
-Pues, espero que hayan tenido una excelente visita, aunque duraron menos de lo previsto -sonrió Sara.
Le devolvimos nuestros pases y me despedí de ella, prometiendo que iba a volver como siempre lo hacía. El hombre salió, atravesando las puertas de vidrio y conmigo detrás.
Mi chófer seguía esperando en el estacionamiento del frente. Por lo menos él no hacía preguntas cada vez que yo salía, tampoco le comentaba a mis padres...
No es como si yo fuera tan importante para ellos.
El desconocido tenía razón, había una cafetería al lado bajo el nombre: Sugar Coffee. Miré el letrero con detenimiento, era sencillo. Ambos entramos, haciendo sonar la campanilla que alertaba a los que ya estaban dentro.
-Vayamos a mi mesa favorita -expresó.
El lugar no era sencillo como el letrero. Me quedé boquiabierta porque la cerámica blanca relucía con las luces y todas las mesas eran de una madera gruesa y pura, sin ningún tipo de daño. Las sillas hacían juego con la decoración del lugar.
Había una barra donde atendían a las personas, con una caja registradora incluida y múltiples bebidas en la estantería de atrás.
Él escogió un sitio al lado de la ventana, pudiéndose ver el exterior con facilidad. Yo seguía apreciando el lugar, sobre todo porque las personas parecían ser del mismo estatus social que yo.
¿Qué tan costoso sería?
-Lamento los problemas que te he causado -habló, sacándome de mis pensamientos.
-Ah, no... Tranquilo, no pareces ser un mal chico -lo calmé, con una sonrisa sincera.
-Me halagas, pero al decirme chico siento que piensas que soy más joven que tú -expresó, con una curva de lado en sus labios-. Y tengo veintiocho años, un poco viejo si te pones a pensar.
La misma edad que mi hermana...
Era tres años mayor que yo, igual no eran muchos.
-Bueno, no recuerdo haberte preguntado tu edad -reí, cubriéndome un poco la boca.
-¿Te han dicho que tu risa es encantadora? -inquirió, con ambas manos debajo de su barbilla.
Abrí los ojos.
-¿Eres así con todas? -cuestioné, cruzándome de brazos.
Alcé una ceja, si me iba a tratar como a una más del montón, no iba a permitírselo. Tal vez yo era una tonta, como decía Salomé, pero no iba a rebajarme con los desconocidos.
-A decir verdad, es la primera vez que hago esto -confesó, me dio gracia su expresión de inocencia.
-¿Te refieres a ligar? -pregunté, divertida.
-Bingo -Chasqueó sus dedos-. No nos hemos presentado. Mi nombre es Jean Zelaznog.
Mis párpados se abrieron más que nunca. ¿Zelaznog? No podía creerlo, ¿era una jodida broma? ¿En dónde me estaba metiendo?
¿Zelaznog? ¿Estábamos hablando de esa familia?
Parpadeé varias veces, porque tenía entendido que esa familia era el más grande aliado de los Hidalgo, por lo que le debían muchísimo a mis padres... Aunque evitaban hablar del tema con la excusa de que lo harían en su momento.
-¿Zelaznog? ¿Los creadores de la marca ZP? -cuestioné, para estar segura.
Pero una mesera nos interrumpió para pedir nuestra orden.
-Disculpen, ¿qué desean ordenar? -preguntó, preparada para anotar en una libreta pequeña.
-Un café frío, sin leche. Y para la señorita... -El moreno me miró, esperando que continuara.
-Ah, solo café... Caliente, con mucha azúcar -murmuré.
-Enseguida.
-Yo invito, podías haber pedido algo más. Hay variedad de desayunos y postres -comentó Jean.
-No tengo hambre -respondí-. ¿Sabes quién soy? De otra forma, no me hubieras buscado...
Él me miró, con unos ojos curiosos que me aceleraron los latidos, ¿cómo es que sus expresiones eran capaces de causarme distintas emociones? Tal vez porque nunca había estado con un hombre.
Y los de la empresa no solían ser muy amables conmigo, gracias a Salomé.
-Eres la chica de la biblioteca, así te apodé -sonrió, echándose hacia atrás en la silla.
Se me formó una ligera "o" en los labios que pronto se transformó en una sutil carcajada que me hizo sostenerme el abdomen. Vaya ocurrencias tenía ese hombre.
Parecía ser un empresario y me ponía ese apodo infantil, era un poco extraño. Me intrigaba conocerlo, porque no resultó ser un imbécil como los hombres que me rodeaban.
Apoyé ambos codos sobre la mesa.
-Entonces, Jean, ¿solo me buscaste por tener el mismo pasatiempo? Supongo que sueles acudir a la biblioteca seguido -comenté, sin apartar la vista.
-Diste en el blanco, pequeña -expresó-. Leer es un escape de la realidad...
-Es lo que pienso -afirmé, sintiendo que por fin conectaba con alguien-. Pero... Nuestros padres son socios, no creo que debamos charlar como si nada.
-¿Socios? -Frunció el ceño-. Por favor, precisamente salgo de casa para no tener que aguantar sermones de mis padres en "no cometer ningún error y ser perfecto" -bufó, sin mucho interés.
-No pensé que el hijo de la familia Zelaznog llevara una carga tan pesada -bromeé, con una leve risa.
-¿Te estás burlando de mí? -inquirió, con picardía-. Me agradas, pero todavía no me has dicho tu nombre -añadió, curioso.
-Aurora Hidalgo -solté.
No estaba muy contenta de pertenecer a esa familia. Los lujos era lo único rescatable, pero no servía de nada si el amor familiar no existía en esa casa...
Suspiré.
Jean se quedó con los ojos abiertos y apoyó ambas manos sobre la mesa, sorprendido. Echó su cabello hacia atrás, como si no pudiera creerlo.
-Carajo... Siento que mis padres me están respirando en la nuca -definió, agobiado-. No sabía que eras una Hidalgo. Imagino que estás al tanto de que nuestras familias pronto llevarán a cabo un acuerdo que lleva años planeándose -comentó, con seriedad.
-Desgraciadamente, estoy al tanto -resoplé, recordando-. Sé que pronto se dará un comunicado, pero no me han dicho de qué trata.
-Lo mantienen en secreto, pero sé que nos involucra a nosotros... -murmuró, pensativo-. Sabes que soy un CEO ¿no?
-Eh... Sí, no sé mucho los detalles -respondí, nerviosa.
-Técnicamente soy un CEO plano, quiere decir, que asumiré ese papel por completo cuando mis padres decidan que es el momento -resopló, llevando ambos brazos detrás de su nuca-. Siento que me están ocultando algo, por eso están tardando. No me sorprendería si mañana me exigen contraer matrimonio con cualquier mujer que ellos escojan.
Matrimonio.
¿Por qué era tan importante en familias poderosas?
-Entonces, buscas escapar de tus padres cada vez que vas a la biblioteca -argumenté, alzando una ceja.
-¿Cómo es que me conoces tan bien? -cuestionó, halagado-. Podría enamorarme de ti si sigues así.
Tragué saliva.
-No... No juegues con eso -balbuceé, sintiendo mis palabras enredarse.
No le costaba expresarse, decía todos y cada uno de sus pensamientos. Era algo que me agradaba. Ojalá yo pudiera ser como él y alzar mi voz, pero me dominaba el miedo.
-Estoy bromeando, no te tomes todo muy a pecho -Me guiñó el ojo.
-Aquí tienen -habló la mesera.
Colocó ambas tazas en la mesa para luego hacer una reverencia y marcharse.
-Si gustas pedir algo más, no lo dudes -informó, bebiendo un sorbo.
-Creo que tengo más dinero que tú -me burlé.
Entre las dos familias, Hidalgo era más poderosa por tener el mejor restaurante de la ciudad. En cambio, los Zelaznog tenían una marca que fabricaba computadoras actualizadas, se movían al ritmo de la evolución.
Cada año mejoraban. Llegaron lejos gracias a la gran inversión que le hicieron mis padres en el pasado. Siempre les pregunté cuál fue el motivo de arriesgarse con una compañía pequeña, pero lo mantenían oculto. Ni la propia Salomé lo sabía todavía.
-Puede ser, pero un caballero no dejaría que una dama lo invite a comer -Se formó una curva coqueta en sus labios.
-Serás tonto -reí, bebiendo de mi café.
Se me fue la noción del tiempo en esa cafetería. Hablar con Jean era reconfortante porque a pesar de que recién lo conocía, sentí que teníamos una extraña y agradable conexión.
Ambos nos sentíamos excluidos, o no comprendidos por nuestras familias. Pude compartir esa parte de mí con él...
(...)
Un nuevo día había llegado y estaba de camino a la empresa. Salomé me había dejado atrás, solo me faltaba guardar mis cosas, pero ella no me esperó y se fue, por lo que tuve que tomar un taxi.
No era la primera vez que hacía eso, luego me regañarían por llegar tarde... Estaba preparada.
Llegué al edificio y pasé por la recepción para anotar mi asistencia rápidamente. Caminé a pasos rápidos con mis tacones, rogando para no tropezar. Subí por el ascensor, mi respiración estaba agitada.
No tardé mucho en pisar la oficina de Salomé, la cual me estaba esperando con una postura firme y moviendo el pie repetidas veces. A su lado estaba mi padre... El CEO de H&G.
Era un hombre barbudo y con una notoria panza. Salomé era la copia exacta de mi padre; cabello castaño y ojos azules. Tal para cual, hasta podía decir que tenían el mismo carácter gruñón y mandón.
Ese hombre tenía cincuenta y ocho años, y todavía no le había salido la primera cana. Lo que sí sabía, es que tenía planes de jubilarse pronto y dejarle el cargo a Salomé.
-Aurora Hidalgo, ¿por qué llegas tarde otra vez? -inquirió el señor, de brazos cruzados.
-Lo lamento mucho, padre -Me incliné, para demostrar respeto.
Aunque él fuera un poco ausente en mi vida, no me trataba mal como lo hacía mi hermana.
-Sabes que esto perjudica tu rendimiento en la empresa y me dolería bajar de puesto a mi propia hija -demandó, en un tono intimidante.
-Deberías despedirla de una vez -sugirió Salomé, mirándome con fastidio.
-De hecho, quería comentarte que la próxima semana dejarás de trabajar para los Hidalgo -habló papá, dejándome con la boca abierta.
Mi cuerpo no se movía, por más que intentara protestar, mi boca se quedó temblorosa por no saber qué había pasado.
¿A qué se refería?
¿Me iba a despedir? Porque no lo veía lógico. Llevaba trabajando años para Salomé. Era su secretaria y no fallaba en nada, exceptuando que ella no valoraba mi trabajo.
¿Se había cansado de mí y por eso le pidió a nuestro padre que me echara?
No, había algo más. Él no tomaría decisiones a la ligera, mucho menos para cumplir los caprichos innecesarios de su hija mayor. Papá era más maduro y sabía lo quisquillosa que podía ser Salomé.
-Que bueno, porque no deja de hacer todo mal. Me ahorras las molestias, papi -Usó su típica voz de niña mimada.
-Aurora, acompáñame a mi oficina -ordenó mi viejo, parándose en la puerta.
-C-claro -tartamudeé.
-Nos vemos, hermanita -La castaña me saludó con la mano, junto a una maliciosa sonrisa.
Seguí a mi padre por el largo pasillo de esa planta, hasta llegar a su oficina. Mi mente estaba nublada porque era imposible que me echaran tanto del trabajo como de la casa, ¿verdad?
Trabajé muy duro para mantener mi cargo y ser buena con todos ellos, a pesar de los malos tratos de Salomé.
Él se sentó en su escritorio, invitándome a que hiciera lo mismo. Apreté los labios, temiendo por mi destino.
-No te estoy despidiendo porque seas una mala trabajadora -comentó, juntando sus manos sobre la mesa.
-¿Sucedió algo? Porque puedo mejora, prometo que... -No me dejó terminar.
Alzó su mano y la puso en forma de pared para silenciarme.
-Aurora, como ya sabrás, hay una familia que nos debe muchísimos favores -explicó, y asentí-. Hice un trato en el pasado con dicha familia, por los momentos solo te puedo revelar una cosa y es que tienes que trabajar para ellos como parte del acuerdo.
¿Irme a otra empresa?
-¿Qué gana usted con eso? -pregunté, aturdida.
-Nuestro plan es unir las dos compañías en el futuro. Convertirnos en una sola familia y el primer paso es, entregarles una parte importante de nosotros. Un empleado cuyas capacidades superan a los demás, y esa eres tú -informó, mirándome con orgullo.
Era la primera vez que mi padre me regalaba esa expresión. No sabía si lo hacía para convencerme, o si de verdad estaba orgulloso de mí...