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La traición en la noche de bodas: Un corazón que se apaga

La traición en la noche de bodas: Un corazón que se apaga

Autor: : Kong Chan
Género: Romance
Los doctores me dieron tres años de vida. Usé hasta la última gota de mi fuerza para casarme con Damián Luna, el hombre que amaba. En nuestra noche de bodas, me abandonó por otra mujer. La trajo a nuestra casa, obligándome a servirla. Me hizo pedir perdón por crímenes que no cometí. Su familia me despreciaba, pero a ella la adoraban. Luego vino el secuestro planeado. Para salvarla, Damián me entregó -a mí, su esposa embarazada- al hombre que sostenía un cuchillo. Mientras la hoja se apretaba contra mi garganta, escuché la voz de mi esposo gritarle a la policía. -¡Disparen!

Capítulo 1

Los doctores me dieron tres años de vida. Usé hasta la última gota de mi fuerza para casarme con Damián Luna, el hombre que amaba.

En nuestra noche de bodas, me abandonó por otra mujer.

La trajo a nuestra casa, obligándome a servirla. Me hizo pedir perdón por crímenes que no cometí. Su familia me despreciaba, pero a ella la adoraban.

Luego vino el secuestro planeado. Para salvarla, Damián me entregó -a mí, su esposa embarazada- al hombre que sostenía un cuchillo.

Mientras la hoja se apretaba contra mi garganta, escuché la voz de mi esposo gritarle a la policía.

-¡Disparen!

Capítulo 1

El reloj de pared marcaba casi la medianoche. Catalina Olivares estaba sentada sola en la inmensa suite nupcial. La habitación estaba llena de rosas blancas, las favoritas de Damián, pero su aroma se sentía sofocante.

Era su noche de bodas.

La puerta finalmente se abrió y Damián Luna entró. Pareció sorprendido de verla despierta, todavía con su vestido de novia.

-¿Cata? ¿Por qué no estás dormida?

Su voz era serena, sin rastro de culpa. Eso hizo que el vacío en su pecho doliera aún más.

Ella no respondió. Su mente regresó a la tarde. Estaban en la recepción, a punto de compartir su primer baile como marido y mujer. Entonces sonó su teléfono. Miró la pantalla y su expresión cambió al instante.

-Tengo que irme -había dicho él, con la voz tensa.

-¿Qué pasa, Damián? -le había preguntado ella, con la mano todavía en su brazo.

-Es Jazmín. Tuvo un accidente.

No esperó su respuesta. Simplemente se dio la vuelta y se fue, dejándola sola en medio de la pista de baile, mientras los susurros de los invitados crecían a su alrededor. Dejó a su novia por otra mujer el día de su boda.

Ahora, horas después, el recuerdo era un dolor agudo y físico. Su corazón, ya débil, sentía como si lo estuvieran estrujando. Los doctores le habían dado tres años. Tres años para vivir, para encontrar el amor, para sentir algo real antes de que su tiempo se acabara. Había pensado que lo había encontrado con Damián.

-El coche de Jazmín fue chocado -dijo Damián ahora, trayéndola de vuelta al presente. Se acercó y comenzó a desabotonarse la camisa-. No fue grave, solo unos rasguños, pero estaba asustada. Ya sabes cómo es.

Catalina lo sabía. Lo sabía demasiado bien.

-Necesito que entiendas, Cata. Tengo una responsabilidad con ella. -La miró, sus ojos pidiendo su sumisión, que fuera la esposa comprensiva.

Pero todo lo que ella sentía era un profundo agotamiento. Su condición cardíaca, una cardiomiopatía, hacía de cada día una lucha. Por eso lo había perseguido con tanta tenacidad. Cuando vio por primera vez a Damián Luna, el brillante CEO de tecnología, en la portada de una revista, sintió una atracción que no pudo explicar. Sabía que le quedaba poco tiempo y quería una gran historia de amor que lo consumiera todo.

Había hecho de todo para llamar su atención. Aprendió sus rutinas, su cafetería favorita, el Parque Chipinque donde corría. Orquestó una docena de encuentros "accidentales".

Al principio, él fue displicente, frío. La gente de su círculo se reía de ella, la desconocida que perseguía tan obviamente al inalcanzable Damián Luna. La humillación no era nada comparada con el reloj que hacía tictac dentro de su pecho.

Luego vino la gala de la empresa. Fue drogado por un rival de negocios, y fue ella quien lo encontró, desorientado y vulnerable. Lo llevó a su habitación de hotel, y una cosa llevó a la otra. Fue una noche caótica y no planeada.

A la mañana siguiente, esperaba que él estuviera furioso, que la echara. En cambio, la miró con una extraña expresión y dijo:

-Me haré responsable.

Así fue como empezó. Él la aceptó oficialmente y comenzaron a salir. Y para su sorpresa, fue un buen novio. Era sorprendentemente tierno y atento.

Recordaba que a ella no le gustaba la cebolla. Aprendió a cocinar su sopa favorita porque decía que la comida de los restaurantes no era lo suficientemente saludable. La abrazaba cuando se sentía débil, su presencia era un ancla cálida en su mundo incierto.

Una noche, su corazón falló. Se desplomó en casa, luchando por respirar. Él la encontró, con el rostro pálido de un terror que nunca antes había visto. La llevó de urgencia al hospital, y mientras ella yacía en la cama, él le tomó la mano y dijo:

-Cásate conmigo, Cata. Déjame cuidarte.

Ella había llorado, creyendo que su desesperada búsqueda finalmente había terminado. Había ganado.

Le dieron el alta una semana después. Mientras salían de su habitación, apareció una hermosa joven.

-¡Damián, estás aquí! -dijo la mujer, con voz brillante. Le enlazó el brazo-. Vine en cuanto me enteré. ¿Estás bien? -Había ignorado por completo a Catalina.

Damián le quitó el brazo con delicadeza.

-Jazmín, ella es Catalina, mi prometida. -Luego se volvió hacia Catalina-. Cata, ella es Jazmín Mora. Es como una hermana pequeña para mí.

Jazmín era la hija del difunto mentor de Damián. Él sentía un profundo sentido del deber hacia ella, una promesa hecha a un moribundo. Sus padres, Bernardo y Carolina Luna, adoraban a Jazmín. La veían como la nuera perfecta, compatible en estatus y origen. Veían a Catalina como una extraña, una intrusa inoportuna.

El conflicto comenzó sutilmente. En un retiro de la empresa, Jazmín se torció el tobillo. Fue un esguince menor, pero gritó como si le hubieran disparado. Damián la levantó en brazos de inmediato, con el rostro convertido en una máscara de preocupación, y la llevó corriendo al médico, dejando a Catalina de pie con sus colegas.

Se preocupó por Jazmín, su voz suave por la inquietud, sus manos delicadas mientras examinaba su tobillo. Mostró un nivel de pánico y cuidado que Catalina solo había visto una vez antes: cuando él pensó que ella se estaba muriendo.

Ese fue el momento en que un pavor helado se instaló en su corazón. Su ternura no era solo para ella.

Una semana después, Jazmín fue transferida del departamento de marketing para convertirse en la secretaria personal de Damián. Siempre estaba allí, una presencia constante en la vida de él y, por extensión, en la de ella.

La noche antes de la boda, Catalina había ido a su estudio a buscarlo. La puerta estaba ligeramente entreabierta. Vio a Jazmín sentada en su escritorio, inclinándose cerca, con la mano en su pecho. Damián la miraba, con una expresión indescifrable.

Catalina empujó la puerta para abrirla.

Jazmín no pareció sorprendida. Solo sonrió, una sonrisa lenta y cómplice.

-Oh, Cata. Damián solo me ayudaba con una basurita en el ojo. -Su voz era dulce, pero sus ojos estaban llenos de victoria.

Ahora, de pie en su suite nupcial, Catalina miró a su esposo. El hombre que acababa de abandonarla por esa misma mujer. La esperanza a la que se había aferrado durante tanto tiempo finalmente comenzaba a desmoronarse.

Capítulo 2

Catalina respiró hondo, el aroma de las rosas le provocaba náuseas. Se acercó a Damián, con movimientos rígidos. Le ayudó a quitarse el saco, sus dedos rozando su piel. Olía fuertemente a alcohol. Él nunca bebía tanto. Era malo para su salud, un hecho que ella sabía que él conocía bien. Debía haber estado bebiendo para cerrar un trato para la empresa de la familia de Jazmín. Otro sacrificio por ella.

Estaba más borracho de lo que pensaba. Mientras se tambaleaba, su cabeza se inclinó hacia un lado y murmuró un nombre.

-Jazmín...

Fue un sonido suave y arrastrado, pero golpeó a Catalina con la fuerza de un golpe físico.

Desde el pasillo, la voz de Jazmín llamó:

-¿Damián? ¿Estás bien? Te traeré un poco de agua. -Todavía estaba aquí. Por supuesto que lo estaba.

Catalina la ignoró y guio a Damián hacia el dormitorio. Le ayudó a subir a la cama y luego escapó al baño, apoyándose en el frío mármol del lavabo, tratando de recuperar el aliento.

De repente, unos brazos fuertes la rodearon por detrás. Damián presionó su rostro contra su cuello, su aliento caliente contra su piel.

-Catalina -murmuró, sus labios encontrando los de ella. El beso fue torpe, con sabor a whisky y arrepentimiento-. Mi esposa.

La palabra, que debería haber sido un consuelo, se sintió como otra mentira. Pero una parte desesperada y tonta de ella todavía quería creer.

Su cuerpo tembló.

-¿Todavía quieres casarte conmigo, Damián? -La pregunta fue un susurro, frágil y lleno de miedo.

Él se apartó lo suficiente para mirarla. Le tomó el rostro entre las manos, sus pulgares secando las lágrimas que no se había dado cuenta de que estaban cayendo. Le besó los párpados, las mejillas, la boca.

-Sí -dijo, con la voz cargada de emoción-. Por supuesto que sí. Quiero darte la boda más grandiosa. Quiero que tengamos un hijo. Una niña que se parezca a ti.

La presa dentro de ella se rompió. Le rodeó el cuello con los brazos, aferrándose a él. Ella era una enredadera, y él era el árbol alrededor del cual había envuelto toda su frágil vida. Si él caía, ella se haría añicos.

Se permitió creerle. Se permitió tener esperanza.

Al día siguiente, esa esperanza se sintió como una broma cruel. Sus promesas de la noche anterior se disolvieron con la luz de la mañana. Recordó la voz fría y electrónica que había sonado en su cabeza en el momento en que él salió corriendo de la recepción de la boda ayer. Era la voz de su reloj interno, la dura realidad de su diagnóstico. *Tres años, Catalina. Tu tiempo se está acabando.*

-Damián -dijo, con la voz cuidadosamente neutral mientras se sentaban a desayunar-, creo que sería mejor que Jazmín fuera transferida a otro departamento.

Él ni siquiera dudó.

-No.

-¿Por qué no?

-Es mi asistente. Hace un buen trabajo. No hay razón para moverla.

-No es solo una asistente, y lo sabes. Todos en la empresa murmuran sobre ustedes dos. Tus padres la tratan como a su hija. No es solo una empleada, Damián.

Él frunció el ceño, una señal familiar de su impaciencia.

-No seas irracional, Cata.

Se levantó, tomó su pijama y entró al baño, cerrando la puerta detrás de él. La discusión había terminado. Él había decidido.

Catalina sintió una opresión familiar en el pecho. Era una presión que no tenía nada que ver con su condición cardíaca y todo que ver con él.

Esa noche, cuando se fue a la cama, las luces estaban apagadas. Pero el techo sobre ella brillaba con una luz suave y hermosa. Él había encendido el proyector que había instalado, y la Nebulosa de la Roseta floreció en el techo. Era impresionante.

Se deslizó en la cama a su lado, atrayéndola contra su pecho.

-Lamento lo de ayer -susurró-. La boda fue un desastre. Te prometo que te lo compensaré. Tendremos otra, más grande y mejor que la de ayer.

Ella lo miró a los ojos, vio las estrellas de la nebulosa reflejadas allí, y su determinación se ablandó. Estaba tan cansada de luchar. Solo quería ser amada.

-Está bien -susurró.

Él se inclinó para besarla, pero justo cuando sus labios estaban a punto de tocar los de ella, sonó su teléfono. El sonido fue áspero en la habitación silenciosa.

Se apartó para contestar. Catalina escuchó la voz de Jazmín al otro lado, ahogada en sollozos.

-Damián... acabo de reservar un vuelo de regreso a casa.

Él se sentó de inmediato, su voz aguda por la alarma.

-¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó?

-Alguien publicó en línea... sobre que dejaste la boda por mí -lloró Jazmín-. Están diciendo cosas horribles, llamándome rompehogares. No puedo soportarlo, Damián. Tengo que irme.

Catalina sintió la mirada de él sobre ella, fría y calculadora. La calidez de hacía un momento se desvaneció, reemplazada por un frío glacial.

Ella se encontró con sus ojos.

-¿Crees que fui yo?

Él no le respondió. Habló por el teléfono, su voz de nuevo suave.

-No llores, Jazmín. Quédate donde estás. Yo me encargaré.

Colgó y se volvió hacia Catalina, su rostro una máscara de decepción.

-¿Por qué harías algo tan bajo?

La acusación la golpeó más fuerte de lo que esperaba.

-No fui yo.

-¿Entonces quién fue?

-¡No lo sé, pero no fui yo!

Él no le creyó. Podía verlo en sus ojos. Se levantó y la sacó de la cama.

-Vístete. Vamos al hospital.

-¿Para qué?

-Vas a disculparte con Jazmín. Y vamos a transmitirlo en vivo para limpiar su nombre.

-No -dijo ella, apartando su brazo-. No tengo nada de qué disculparme.

Él la agarró del brazo de nuevo, su agarre firme.

-Vas a hacer esto, Cata. Se lo debes.

La arrastró fuera de la casa y hasta el coche. Durante todo el camino al hospital, ella se sentó en silencio, su corazón una piedra fría y pesada en su pecho.

Cuando llegaron, un camarógrafo ya esperaba en la habitación del hospital de Jazmín. La propia Jazmín estaba sentada en la cama, con un bonito vestido, su maquillaje perfecto, luciendo pálida y frágil.

En el momento en que vio a Damián, sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Damián -susurró, luego su mirada se desvió hacia Catalina, y se encogió como si tuviera miedo.

-Cata, no la asustes -dijo Damián, con voz cortante. Se movió para interponerse entre ellas, su cuerpo un escudo protegiendo a Jazmín de ella.

La acción fue tan automática, tan instintiva. Estaba protegiendo a otra mujer de su propia esposa. La amargura era tan fuerte que Catalina podía saborearla. Nunca lo había visto proteger a nadie así antes. Ni siquiera a ella.

Capítulo 3

-Inicia la transmisión -le dijo Damián al camarógrafo.

Jazmín se enfrentó a la cámara, con lágrimas rodando por sus mejillas perfectas.

-Solo quiero decir... Damián y yo somos como hermanos. Dejó su boda porque escuchó que tuve un accidente de coche. Solo estaba preocupado por mí. Por favor, no lo malinterpreten.

Catalina observó la actuación, sintiéndose entumecida.

-¿Un accidente de coche? No tienes ni un solo rasguño.

La compostura de Jazmín flaqueó por un segundo. Miró a Damián con impotencia.

Él intervino de inmediato.

-Los doctores la dieron de alta, pero sufre de estrés emocional. Por eso está aquí. -Miró directamente a la cámara-. Advierto a todos que dejen estos rumores sin fundamento. Si esto continúa, mi equipo legal tomará medidas.

Hizo una seña al camarógrafo para que detuviera la transmisión. La actuación había terminado.

Jazmín se volvió hacia Catalina, tomándole la mano. Su tacto se sintió como hielo.

-Cata, lamento mucho que esto haya pasado. Es todo culpa mía.

Catalina apartó la mano y soltó una risa seca y sin humor.

-No. Es culpa mía.

Miró a Damián.

-Me equivoqué. Me equivoqué al confiar en ti. Me equivoqué al creer que alguna vez podría ser suficiente para ti.

-Me voy a casa -dijo, con la voz plana.

-Te llevaré -ofreció Damián, un destello de culpa en sus ojos.

Justo en ese momento, entró una enfermera.

-Señorita Mora, es hora de su análisis de sangre.

Jazmín se encogió inmediatamente contra las almohadas.

-Oh, no. Damián, sabes que no puedo... Tengo fobia a las agujas.

Damián dudó, mirando entre Catalina y Jazmín. La elección estaba clara en su rostro antes de que la tomara.

Catalina no esperó su decisión.

-Está bien. Iré sola.

Se dio la vuelta y salió de la habitación. Mientras la puerta se cerraba detrás de ella, alcanzó a ver por última vez a Damián, sentado en el borde de la cama, sosteniendo la mano de Jazmín, consolándola.

Su corazón se sentía entumecido. Ya no podía distinguir si era dolor o solo decepción. Una resignación final y aplastante.

Tenía que irse. No solo de este hospital, sino de esta vida por la que había luchado tanto. Desaparecería. Completamente. Sin cuerpo, sin rastro. Simplemente se iría.

Esa noche fue la primera cena familiar desde la boda. Se suponía que era una celebración. Para Catalina, se sentía como un funeral.

Entró y los vio a todos en la sala. Bernardo y Carolina Luna reían con Jazmín, que estaba sentada entre ellos en el sofá. Damián estaba arrodillado en el suelo frente a Jazmín, masajeando su pantorrilla.

-Ah, ya llegaste -dijo Carolina cuando vio a Catalina. Su sonrisa se desvaneció. La calidez de la habitación bajó varios grados.

-Jazmín estuvo todo el día en el hospital para chequeos -explicó Damián, sin levantar la vista-. Le duele la pierna. -Miró a Catalina-. Los mayores están aquí. No hagas una escena.

-No lo haré -dijo Catalina en voz baja.

En la mesa, era invisible. Toda la atención, toda la conversación, todo el afecto se dirigía a Jazmín. Damián pelaba camarones y rompía pinzas de cangrejo para Jazmín, colocando la carne cuidadosamente en su plato. Era un acto de cuidado que solía reservar para Catalina.

Recordó la primera vez que había venido a esta casa a cenar. Los Luna habían sido educados pero fríos, su desaprobación era algo tangible en el aire. Había pensado que solo eran personas estiradas y reservadas. Ahora lo entendía. No eran fríos. Solo eran fríos con ella.

Comió en silencio, la comida sin sabor en su boca, cada bocado una lucha. El dolor en su pecho era un latido sordo y constante.

-Damián, ¿te importaría servirnos un poco de sopa a todos? -preguntó Carolina, sonriendo a su hijo.

Catalina recordó una vez que Damián cocinó sopa de pescado solo para ella, diciéndole que era su receta familiar secreta.

Jazmín hizo un puchero juguetón.

-Pero Damián, prometiste que tu famosa sopa de pescado era solo para mí.

-Esta es sopa de pollo, tontita -dijo Damián con paciencia, su voz increíblemente suave-. La sopa de pescado sigue siendo solo para ti.

Eso era. Esa era la verdad que había estado evitando. La intimidad casual y despreocupada, el tono suave, las promesas exclusivas. Ese era su verdadero amor. La ternura que le mostraba a Catalina era solo una pálida imitación.

-¡Yo te sirvo la sopa, Cata! -dijo Jazmín, levantándose con una sonrisa brillante y falsa.

-Puedo servirme yo -dijo Catalina, tratando de detenerla.

-No hay problema. Conozco esta casa mejor que nadie -dijo Jazmín, una clara declaración de su lugar aquí.

Entró en la cocina. El fuerte olor a caldo de pescado flotó hacia afuera, revolviéndole el estómago a Catalina.

Jazmín regresó, llevando un solo tazón.

-¿Sabías -dijo, su voz baja y destinada solo a Catalina- que Damián y yo teníamos un compromiso de la infancia? Nuestros padres lo arreglaron cuando éramos niños.

Las palabras golpearon el ya magullado corazón de Catalina.

-Las promesas de los hombres -añadió Jazmín con una sonrisa burlona-, no valen mucho, ¿verdad?

Un dolor agudo atravesó el pecho de Catalina. El ácido le subió por la garganta.

-¿Estás bien, Cata? -preguntó Jazmín, su expresión de falsa preocupación-. Deberías tomar la sopa. Damián está esperando.

Catalina intentó negarse, apartar el tazón, pero sus manos temblaban. La sopa caliente se derramó por el borde, manchando todo el frente de su vestido. Pero no fue Catalina quien gritó.

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