"Quiero el divorcio". Las palabras, tranquilas pero llenas de firmeza, cortaron la tensión del ambiente. Durante cinco años, yo, Harlow Love, fui la esposa de Kaden Barnes solo en apariencia, un matrimonio que existía únicamente para salvaguardar el honor de su familia después de que mi padre muriera salvándole la vida. En todo ese tiempo soporté su crueldad, sus humillaciones constantes y lo vi amar sin reservas a otra mujer.
Cuando finalmente reuní el coraje para pedir mi libertad, fue su madre, la cabeza de la familia, quien me informó con frialdad que tendría que aceptar el llamado "castigo físico severo" de los Barnes: treinta latigazos, para demostrar que no estaba siendo expulsada. Pero entonces, Kaden reveló una verdad impactante que derrumbó mi mundo: "Fue una falsificación, este matrimonio jamás fue válido". Cinco años de sufrimiento, de golpes y de vergüenza pública, todo por una mentira.
El alivio que sentí apenas duró un instante. Pues Brittaney, la amante de Kaden, me acusó de haber lastimado a su perro, y más tarde, de intentar asesinarla durante un paseo a caballo. Él, enceguecido por su devoción hacia ella, aceptó cada palabra como cierta. Me castigó brutalmente, fracturándome la pierna y dislocándome el brazo, dándome por muerta.
Yo no era más que un accesorio, un simple reemplazo, incluso menos importante que ese perro consentido. Mi sufrimiento y mi dignidad no tenían valor. ¿Por qué confiaba en cada palabra y cada lágrima de ella, ignorando la evidencia de mi cuerpo ensangrentado?
Y, sin embargo, cuando todo parecía perdido, apareció un salvavidas. Su madre, horrorizada por su crueldad, decidió enviarme en secreto a Londres, concediéndome por fin la libertad que tanto había ansiado. Finalmente era libre, y juré no volver a ver a Kaden Barnes nunca más.
Capítulo 1
"Quiero el divorcio".
Las palabras salieron de la boca de Harlow Love, calmadas pero decididas, cortando la tensión presente en el gran salón de la familia Barnes.
Se arrodilló en el frío suelo de mármol, con la espalda gritando de dolor a causa de las heridas ocultas bajo su sencillo vestido. Aunque se mantenía cabizbaja, su espíritu seguía en pie.
La señora Barnes, matriarca de esa poderosa familia, se sentó en una pesada silla de madera tallada, con una expresión de fría indiferencia. Desde lo alto, miró a Harlow y con voz desprovista de calidez dijo: "¿Y por qué desearías algo así?".
Con la voz ligeramente temblorosa, pero manteniendo el rumbo, ella replicó: "Tú sabes por qué; este matrimonio nunca fue real. Solo fue una transacción, una manera de limpiar la imagen de tu familia después de que mi padre muriera salvándole la vida a Kaden".
No era necesario detallar más. Todos conocían la historia; su padre, chofer fiel de la familia durante años, había recibido una bala destinada a Kaden, el único heredero. Para aparentar gratitud y silenciar rumores, la señora Barnes obligó a su hijo a un matrimonio arreglado con la hija del difunto.
Con la voz cargada con el peso de esos años, Harlow continuó: "Durante cinco años, he sido su esposa solo de nombre. He sido el blanco de su desprecio y la válvula de escape de sus frustraciones; he soportado su crueldad y sus humillaciones".
Bajó su voz hasta casi un murmullo inaudible: "Y lo he visto entregar su amor a otra mujer".
No hizo falta decir el nombre; todos sabían que se trataba de Brittaney Cortez, el amor de infancia de Kaden, su compañera constante, quien trataba la casa de Harlow como propia.
Con tono despectivo, la señora Barnes respondió: "Esa no es una razón válida, eres la esposa de Kaden Barnes; eso debería ser suficiente".
Harlow soltó una risa amarga. "¿La esposa? La ciudad entera sabe la verdad, todos murmuran sobre eso".
En la esquina del salón, dos primos lejanos ya estaban cuchicheando; sus voces eran bajas pero audibles.
"Está hablando de Brittaney, ¿verdad?".
"Por supuesto, si Kaden ni siquiera lo disimula; le compró una mansión justo al lado de su club y la lleva a todos lados".
La mandíbula de la señora Barnes se tensó antes de decir: "Solo son chismes sin fundamento".
"No son chismes cuando él abandona mi cama para contestar las llamadas de ella, cuando la exhibe en fiestas mientras yo permanezco en un rincón como una sirvienta", replicó Harlow, levantando el rostro para enfrentarla.
Con frialdad, la matriarca sentenció: "Los hombres poderosos tienen caprichos; es deber de una esposa ser tolerante. Además, posees un título y riquezas que jamás soñaste. No seas malagradecida, Harlow".
Un dolor punzante recorrió la espalda de la joven; era un recuerdo vivo del castigo de la noche anterior, una paliza con un cinturón de cuero porque había derramado vino accidentalmente sobre un traje que Brittaney había escogido para Kaden. Aun así, su voluntad era más fuerte que el dolor.
"No quiero fortuna ni títulos", confesó, mientras las lágrimas finalmente brotaban de sus ojos, borrando la fría expresión del rostro de su suegra. "Solo quiero mi libertad; te lo suplico, permíteme marcharme".
Un largo silencio se extendió entre ellas; la mirada de la señora Barnes se clavó en ella, con un destello difícil de descifrar. Quizás fue por la firmeza del tono de Harlow, o el agotamiento que desprendía con cada palabra, se dejó convencer.
"Está bien", concedió finalmente la matriarca, con un peso pétreo en su voz.
El corazón de la chica se agitó con una chispa de esperanza.
Por su parte, la señora Barnes añadió, con voz cada vez más helada: "Pero conoces las normas de esta familia, no es fácil salir; Kaden es el heredero del imperio Barnes, un divorcio sería una vergüenza. Para ganar tu libertad, deberás someterte a las medidas disciplinarias de la familia, demostrando que te marchas por decisión propia y no porque te han expulsado".
Ella comprendió al instante. La familia Barnes tenía su propia justicia, un código retorcido destinado a quebrar a quienes osaran desafiarlos.
Con frialdad, la matriarca declaró: "Las reglas dictan treinta latigazos para quien desee cortar lazos; después de eso, puedes irte".
Treinta azotes sobre un cuerpo ya marcado podrían significar la muerte.
Aun así, la mirada de Harlow no vaciló. De pronto, recordó el día de su boda, cuando Kaden ni siquiera apareció, ocupado en consolar a Brittaney, porque estaba molesta por el "matrimonio ficticio".
Rememoró cada cena donde él le servía a Brittaney sonriendo y hablando, mientras a ella la ignoraba como si fuera invisible.
Trajo a la memoria aquellas noches solitarias, escuchando su auto llegar, solo para dedicarle horas de ternura telefónica a otra mujer, un tono que nunca usaba con ella.
Recordó también la frialdad tras los escasos y obligados encuentros íntimos, cuando él le ponía una pastilla y un vaso de agua en la mano diciendo: "Tómalo; eres la señora Barnes, ese es tu título, pero nunca llevarás a mi hijo".
Cinco años había esperado, creyendo ingenuamente que su incansable gestión del hogar, su paciencia y su lealtad inquebrantable ante la humillación pública, serían reconocidas algún día con una pizca de su afecto; al menos como pago a la deuda con su padre.
Pero él nunca la amó, y nunca lo haría; todos lo sabían.
¿Por qué se quedaría? Fue un error haber venido aquí, haber creído en una deuda de honor con un hombre que no tenía ninguna.
Todo había sido un engaño, una burla cruel.
"Acepto", declaró Harlow con voz firme.
Luego, arrastró su cuerpo roto de regreso a la ostentosa mansión que se suponía debía considerar su hogar. Cada paso era un tormento; las heridas en su espalda ardían y las piernas le temblaban.
Al llegar a la escalera principal, escuchó voces en la sala; reconoció el timbre dulce y meloso de Brittaney.
"Kaden, amor, ¿cuándo te desharás de ella? No soporto verla".
"Pronto, mi amor", respondió él en un murmullo lleno de ternura, la misma que Harlow había ansiado durante cinco años. "Solo un poco más de paciencia".
Con un puchero, la chica protestó: "Pero tu madre parece tenerle aprecio, ¿y si no te permite divorciarte de ella?".
Kaden soltó una carcajada encantadora y cruel al mismo tiempo. "¿Aprecio? A ella solo le importan las apariencias. Además, ese matrimonio ni siquiera es válido".
Harlow se paralizó, aferrándose a la barandilla.
Brittaney se sorprendió. "¿Cómo dices? Pero... ¿Y el acta de matrimonio? Yo la vi".
Con voz suave, él explicó: "Es una falsificación, solo un pedazo de papel para contentar a mi madre y a la prensa; legalmente, esa mujer no significa nada para mí".
Al oír eso, el suelo pareció ceder bajo sus pies, el aire salió de los pulmones de Harlow y la sangre se heló en sus venas.
Una mentira;
cinco años de sufrimiento, golpes, vergüenza pública, de aferrarse a la única certeza que tenía: tener el título de esposa, y todo resultó ser una cruel y elaborada obra.
Ni siquiera había existido un verdadero certificado de matrimonio.
Y, sin embargo, sobre la desesperación emergió una extraña sensación de alivio. Si el matrimonio no fue real, entonces irse sería incluso más fácil; era verdaderamente libre.
Apretó los puños, dispuesta a girar y marcharse en ese mismo instante.
De repente, una bola de pelaje blanco salió disparada desde la sala. Era Princesa, la Pomerania mimada de Brittaney, que se lanzó a su pierna y le clavó los dientes mientras gruñía.
Un dolor agudo y punzante brotó desde su pierna, seguido de un grito que escapó de sus labios cuando la sangre empapó la media mientras trataba de sacudir al perro, pero este se aferró con fuerza, gruñendo.
Entonces, pasos rápidos irrumpieron en la sala. Brittaney apareció con una bata de seda, como si fuese la señora de la casa.
No acudió para ayudar. En su lugar, empujó fuertemente a Harlow contra la pared.
"¡Princesa, mi tesoro!", exclamó, tomando al perro en sus brazos. Luego se volvió hacia Harlow con una mirada llena de odio. "¿Qué le hiciste? ¿Intentabas dañarla?".
"¡Me mordió!", jadeó la chica señalando su pierna ensangrentada.
"¡Mientes!", chilló Brittaney. "¡Princesa nunca atacaría sin motivo! ¡Malvada, seguro quisiste patearla!".
Harlow estaba demasiado exhausta para discutir; el dolor en su espalda y su pierna la desbordaban. Solo quería irse, así que intentó ponerse de pie.
Al verla moverse, un brillo malicioso apareció en los ojos de Brittaney, y levantó la mano para golpearla en la cara.
Instintivamente, Harlow levantó un brazo para bloquear el golpe y con el otro la empujó.
Justo en ese instante, Kaden salió de la sala y, al ver a su esposa con la mano extendida hacia Brittaney, corrió para envolver a su amante en un abrazo protector.
Los ojos fríos de Kaden se fijaron en Harlow, llenos de disgusto.
"¿Qué crees que estás haciendo?", preguntó con firmeza.
Ella desvió la vista de su pierna ensangrentada hacia la imagen hiriente de él protegiendo a Brittaney como si se tratara de una muñeca delicada. Un dolor intenso se abrió paso en su pecho, mucho más punzante que cualquier herida física.
Hizo un esfuerzo por mantener la voz estable. "Intentó golpearme".
"¡Kaden!", sollozó Brittaney, escondiendo el rostro contra su pecho. "¡Trató de hacerle daño a Princess! ¡Le dio una patada a mi pobre bebé sin razón!".
La expresión de él se endureció todavía más. "¿Por qué herirías a un animal indefenso, Harlow? Sabes lo importante que es ese perro para Brittaney".
La impotencia y la desesperación se desbordaron en una lágrima que resbaló por la mejilla de ella. "¡No lo viste! ¡El perro me atacó primero! ¡Mira cómo está mi pierna!".
El dolor punzante en la espalda y la pérdida de sangre fueron demasiado. Sus piernas cedieron, y se deslizó por la pared hasta quedar desplomada en el suelo.
Por un breve segundo, los ojos de Kaden se posaron en la herida de su pantorrilla, y un leve tic tensó su mandíbula. Su voz bajó apenas un tono. "Voy a curarte eso".
Pero Brittaney lo sujetó con más fuerza, llorando de manera dramática. "¡No! ¡Kaden, ella lastimó a Princess! ¡Mi pobre bebé está aterrada!".
La chispa de preocupación que había mostrado por Harlow se apagó de inmediato. En su lugar, acarició el cabello de la otra mujer con ternura calculada. "Tranquila, cariño. Dime, ¿qué quieres que haga?".
Brittaney levantó el rostro húmedo de lágrimas y lanzó una mirada venenosa hacia el suelo donde estaba Harlow. "Quiero que le pida perdón a Princess".
Él volvió a clavar los ojos en su esposa, mientras su expresión se tornaba implacable. "Lo escuchaste; pide disculpas al perro y todo terminará aquí".
Harlow dejó escapar una risa seca, impregnada de amargura. Entendió, más que nunca, que para él su sangre, su dignidad y su dolor valían menos que un animal consentido.
Pálida pero firme, declaró: "No".
"¿Qué dijiste?", murmuró Kaden, con un tono cargado de amenaza.
"Que no", repitió ella, temblando pero con los ojos fijos en los suyos. "No hice nada malo".
Brittaney lanzó un suspiro exagerado, estremeciéndose como si el peso del mundo cayera sobre ella.
La paciencia de él se quebró. "¿Te atreves a desafiarme?", gruñó.
Ella le sostuvo la mirada, recordando cada vez que había cedido, cada momento en que había enterrado su orgullo esperando una chispa de bondad que jamás llegó. No había recibido nada.
"Sigo siendo la dueña de esta casa, ¿cierto?", susurró con ironía. "¿O ese título es tan falso como nuestro certificado de matrimonio?".
Los ojos de Kaden se estrecharon, y en sus labios apareció una sonrisa cruel. "No juegues conmigo, Harlow. No servirá".
Avanzó hacia ella, imponiéndose. "Discúlpate ahora, o te obligaré".
Harlow miró su rostro apuesto, despiadado, y sintió una ola de repulsión. Él estaba dispuesto a humillarla por un perro y por la mujer entre sus brazos.
Con un esfuerzo doloroso, se levantó apoyándose en el pasamanos. Alzó el rostro y lo encaró, sus ojos rebosando una mezcla de sufrimiento y compasión. Compasión, sí, porque ese hombre, poderoso en apariencia, estaba preso de su propia crueldad.
"Nunca", pronunció con firmeza.
La furia deformó sus facciones. "¡Guardias!", gritó. "Llévenla al patio. Que se arrodille allí hasta que esté lista para disculparse".
Dos guardias de gesto impenetrable acudieron al instante, apresándola por los brazos. Entre tanto, Brittaney, ya sin lágrimas, dejó asomar una sonrisa de triunfo dirigida a Harlow.
"Kaden", lo llamó ella con voz áspera mientras la arrastraban.
Él giró con fastidio, con la impaciencia marcada en sus facciones. "¿Qué? ¿Has cambiado de opinión?".
Quiso gritarle que ya se iba, que su madre había dado el consentimiento y que muy pronto quedaría libre de ella para siempre. Sin embargo, las palabras se ahogaron en su garganta, atrapadas bajo el peso de años de lágrimas reprimidas y de un dolor que jamás había encontrado salida.
Al final, lo único que logró pronunciar fue un susurro desolado. "Eres un hombre sin corazón".
Kaden respondió con un resoplido, dejando ver apenas un destello de fastidio en su rostro. "Quítenla de mi vista".
Sin añadir nada más, le dio la espalda y se alejó, sin dedicarle siquiera una última mirada.
Harlow observó cómo se marchaba, mientras el agarre implacable de los guardias se hundía en sus brazos. La punzada de sus propias uñas hiriendo sus palmas le devolvía la conciencia de su propia resistencia.
Entonces, se obligó a recordarse con firmeza: ya falta poco, solo un último esfuerzo y al fin recuperarás tu libertad.
Harlow pasó la noche arrodillada en el patio, con el frío calando hasta sus huesos y agravando cada una de sus heridas, hasta que todo su cuerpo se convirtió en un océano de sufrimiento. Cuando al fin amaneció, un sirviente se compadeció de ella y la ayudó a levantarse para llevarla de regreso a su habitación.
No obstante, ignoró las súplicas de ese hombre para que descansara. Sentía que debía acudir a la vieja finca de los Barnes, recibir su castigo y, en consecuencia, abandonar esa casa de una vez por todas.
Cojeaba por la gran escalera cuando, de pronto, Kaden apareció en el vestíbulo con el ceño fruncido. "¿Adónde crees que vas?".
La respuesta de ella fue plana, carente de emoción: "Tu madre me ha llamado a la casa principal".
El gesto de él se ensombreció, dispuesto a replicar, pero en ese instante la voz alegre de Brittaney resonó desde lo alto de las escaleras.
"¿Así que vas a la casa principal? ¿Ya corres a contarle chismes a la anciana, Harlow?", comentó con fingida dulzura, bajando lentamente los escalones mientras pronunciaba su nombre con un desprecio intencionado.
Harlow prefirió guardar silencio y continuó su camino hacia la puerta principal.
"Detente". La voz de Kaden sonó como una orden. La tomó del brazo con una fuerza de hierro y añadió: "No vas a ningún sitio. Brittaney quiere ir de compras, y tú la acompañarás".
Su mirada descendió por la figura de ella, marcada por un vestido sencillo y gastado. Con desdén, dijo: "Te daré dinero para que te compres algo decente; das lástima".
Una risa amarga estuvo a punto de escapar de la garganta de Harlow. En cinco años, jamás le había ofrecido comprarle nada. Esa súbita "generosidad" no era más que otra manera de complacer a Brittaney.
Con voz fría, replicó: "No, gracias. Debo ir a la casa principal".
Kaden, sin darle oportunidad de insistir, hizo un gesto a sus guardias. "Pónganla en el auto".
Ella fue obligada a subir al lujoso vehículo sin decir una palabra más.
El recorrido de compras se convirtió en un tormento. Brittaney revoloteaba de una boutique exclusiva a otra, rebosante de energía y risa, mientras Harlow la seguía con los brazos cargados de bolsas cada vez más pesadas.
El dolor de su espalda era insoportable, su pierna latía con cada paso y sus rodillas, aún marcadas por la noche en el suelo, temblaban bajo el peso. Finalmente, no pudo continuar; las bolsas cayeron de sus manos entumecidas, y se sostuvo en una pared, respirando con dificultad, incapaz de articular palabra.
Brittaney se acercó con una sonrisa presumida en su rostro. "¿Ya estás cansada? Eres tan frágil, Harlow".
Ella levantó la vista, mostrando un rostro sin expresión. Sabía que la otra mujer disfrutaba cada instante de su agonía, y comprendía que no tendría escape hasta que la señora Barnes aprobara oficialmente el divorcio.
Reuniendo voluntad, apretó los dientes y se inclinó a recoger las bolsas.
Sin embargo, Brittaney aún no había terminado con su juego.
Al regresar a la mansión, señaló la montaña de ropa nueva y dijo: "Lava todo esto".
Kaden, que leía un periódico, levantó la vista con indiferencia y ordenó sin emoción: "Haz lo que te pide".
Harlow no pudo evitar protestar: "Pero... hay criadas para eso. Y mi pierna... mi espalda...".
En ese momento, él la miró con más atención, y un leve destello de algo parecido a compasión cruzó su rostro.
Brittaney, que lo notó enseguida, fingió un suspiro dramático, dejando que lágrimas brotaran de sus ojos. "No importa, está bien. Lo haré yo misma; jamás quisiera incomodar a la distinguida señora Barnes".
El sarcasmo era evidente. La expresión de Kaden se endureció de inmediato y descargó su irritación contra Harlow.
"¿Ella se ofrece a hacerlo y tú solo permaneces inmóvil? ¿Qué problema hay en lavar unas prendas? No es como si contribuyeras en algo más dentro de esta casa".
Las palabras la hirieron más que cualquier golpe físico.
Guardó silencio, comprendiendo que, pese a cinco años como dueña de la mansión, para él no era más que la hija de un chofer, una sirvienta a la que nunca se le reconocería otro lugar.
Sin emitir respuesta, recogió las ropas y las llevó al cuarto de lavado.
Mientras se alejaba, escuchó a Brittaney rodear con afecto el cuello de Kaden con sus brazos. "Oh, Kaden, eres perfecto. Siempre piensas en mí".
Su voz, suave e indulgente, la siguió. "Por ti haría cualquier cosa, mi amor".
Frente a la pila de sedas y telas delicadas apiladas, Harlow se sintió la persona más ingenua del mundo.
Pasada la medianoche, terminó por fin, con las heridas de su espalda abiertas de nuevo y la pierna hinchada y ardiente por la infección. La fiebre la consumía mientras arrastraba su cuerpo hasta las escaleras.
Llegó tambaleándose a su habitación y cayó sin fuerzas, perdiendo el conocimiento.
Despertó en un entorno blanco y aséptico, donde una enfermera ajustaba el goteo conectado a su brazo.
"Ya despertaste", dijo la mujer con tono amable. "Tenías fiebre alta. El señor Barnes fue quien te trajo personalmente e insistió en que te cuidáramos con esmero; parecía muy preocupado".
El corazón de Harlow dio un vuelco doloroso. ¿Kaden? ¿Preocupado por ella? Sabía que no debía confiar en eso.
De repente, la puerta se abrió de golpe.
Kaden irrumpió en la habitación, con el rostro desencajado por la furia. En su mano brillaba una pistola, cuyo cañón frío colocó directamente contra la frente de ella.