En un mundo donde vampiros y hombres lobo convivimos en secreto entre humanos, la paz no es más que una ilusión cuidadosamente sostenida. Bajo esa fachada de normalidad, la tensión, entre vampiros y hombres lobos, late como una herida abierta, antigua y peligrosa.
Yo soy Sofía I, reina de los vampiros.
Gobierno desde mi castillo, oculto a las afueras de la ciudad, rodeada de cien sirvientes humanos que obedecen sin cuestionar. No por lealtad... sino por miedo. Así es como siempre ha sido. Así es como debe ser.
O al menos, eso creía.
Aquella noche salí a la ciudad como cualquier otra vez: discreta, elegante, invisible entre la multitud. Necesitaba un vestido nuevo para la gala que se celebraría en mi castillo a la semana siguiente. Una reunión importante que reuniría a vampiros de todo el mundo. Era algo político. Estratégico. Aburrido.
Las luces de las tiendas iluminaban las calles húmedas por la lluvia reciente. El aire olía a asfalto, perfume barato... y sangre lejana. Caminaba entre humanos sin que ninguno sospechara lo que era. Era fácil. Siempre lo había sido.
Hasta que lo sentí.
Un olor distinto.
Más fuerte. Más vivo.
Salvaje.
Me detuve en seco frente a una vitrina. Mi reflejo me devolvió la mirada: piel pálida, ojos rojo oscuro, implacable. Pero no era mi reflejo lo que me inquietaba.
Era él.
No lo había visto aún, pero sabía que estaba cerca.
Un hombre lobo; hace mucho que no me topaba con uno.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: tensión en los músculos, los sentidos agudizados, el impulso primitivo de atacar... o huir, según lo que encontrara. Los de su especie eran nuestros enemigos naturales. No había excepciones. No debía haberlas.
Y, sin embargo, no me moví.
Giré lentamente.
Ahí estaba.
Apoyado contra una pared, a pocos metros, observándome como si también me hubiera sentido desde antes. Alto, de complexión fuerte, cabello oscuro ligeramente desordenado. Pero no era su apariencia lo que me impactó.
Eran sus ojos.
Dorados.
Clavados en los míos sin miedo.
Sin odio.
Eso era lo más perturbador.
-Sabía que eras tú -dijo, con una voz grave, calmada.
Fruncí el ceño.
-Si sabes qué soy, deberías correr -respondí con frialdad-. Estás en mi territorio.
Una leve sonrisa apareció en sus labios, como si mi amenaza fuera un chiste.
-Podría decir lo mismo.
Silencio.
El ruido de la ciudad parecía desaparecer a nuestro alrededor. Solo existíamos él y yo. Dos depredadores en medio de una jungla de presas que no sabían nada de nosotros.
Di un paso hacia él.
-¿Sabes quién soy?
-Sí -respondió sin dudar-. Sofía I. Reina de los vampiros.
Mi mandíbula se tensó.
-Entonces sabes que podría matarte aquí mismo.
Él no se movió. Ni un centímetro.
-También sé que no lo harás.
Esa afirmación me atravesó como una estaca invisible.
-¿Y por qué estás tan seguro de eso?
Por un instante, su expresión cambió. Se volvió más... intensa.
-Porque sé que tú también lo sentiste.
El silencio cayó entre nosotros, pesado, eléctrico.
Y tenía razón.
Lo había sentido desde el primer instante.
Algo imposible.
Algo prohibido.
Algo que no debía existir entre un vampiro... y un hombre lobo.
Apreté los dientes, furiosa conmigo misma.
-Aléjate de mí -ordené, más para convencerme a mí que a él.
Pero no se movió.
-Me llamo Adrián -dijo suavemente-. Y esto... -Señaló el espacio invisible entre nosotros-. No es casualidad.
Lo miré con desprecio... o al menos intenté que lo pareciera.
-Para mí sí lo es.
Me di la vuelta, dispuesta a marcharme, a ignorar lo que había ocurrido, a enterrarlo como tantas otras cosas inconvenientes en mi larga existencia.
Pero cuando di el primer paso, lo supe.
Esto no había terminado.
Ni siquiera había comenzado realmente.
Porque, por primera vez en siglos... algo había logrado inquietar mi inmortalidad.
Y eso... era mucho más peligroso que cualquier guerra entre nuestras especies.
-¿Te vas a ir así sin más? -dijo Adrián.
-Tengo cosas más importantes que hacer que seguir hablando contigo.
-¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles?
-Eso no es de tu incumbencia.
-¿Puedo acompañarte?
-Claro que no -dije como si me hubiera ofendido. Un lobo y un vampiro caminando lado a lado como si fueran amigos, eso sí que era impensable y yo, como la reina, debía dar el ejemplo.
-Ok, ok, entonces no. -Respondió él moviendo las manos de un lado a otro.
Seguí mi camino, pero él no se fue; podía olerlo a unas tres cuadras de mi, me seguía de lejos, me empecé a poner nerviosa, me detuve al lado de un callejón y me escondí en las sombras. Cuando él me alcanzó, lo derribé.
-¿Qué mierda quieres? -dije mostrando mis dientes con mis ojos brillando en un brillante color carmesí- Confiesa.
-Solo quiero estar cerca de ti
-¿Por qué? -dije sin bajar la guardia.
-No lo sé, algo en ti me atrae y no puedo ignorarlo -respondió.
Lo entendía, era el encanto del vampiro, pero eso no debería funcionar en hombres lobos; era solo aplicable a humanos y debía haber una intencionalidad de mi parte. Él parecía joven; quizás fue convertido hace poco. Es imposible que un lobo de nacimiento se viera afectado por mi encanto.
-¿Hace cuánto te convirtieron?
-¿Es tan obvio que no soy de sangre? -dijo con una sonrisa triste -Hace unos 15 años.
-Oh, fue hace poco, eso tiene sentido -dije, más para mí que para él -Está bien, puedes seguirme en silencio si eso quieres, pero no interfieras en mis asuntos.
-Gracias, juro que no molestaré -dijo con cara de perro faldero.
-Sí, sí, como sea -dije moviendo la mano con aburrimiento; el encanto debería dejar de hacer efecto luego, sobre todo si lo usé sin darme cuenta. Salvo que... No pasó; él me siguió toda la noche, hasta que terminé de hacer mis cosas y lo mandé a casa
Esa noche compré mucho más de lo que necesitaba; en algo tenía que gastar la cantidad obscena de dinero que ganaba cada mes a raíz de mis muchas "donaciones" no tan voluntarias que recibía mes a mes, humanos que sabían de mí y por miedo me pagaban a cambio de un día más de vida, y vampiros de menor rango que pagaban por protección; todos recibíamos lo que queríamos.
Como sea, guardé las bolsas en el auto y, al llegar a casa, mis sirvientes llevaron mis compras a mi habitación. En cuanto entré, una criada me anunció que mi cena estaba servida, me acompañó al comedor y ahí había una joven de unos 20 años, amarrada a la silla, amordazada y con los ojos vendados. Me acerqué a ella y le quité la mordaza y la venda de los ojos.
-Por favor, no me hagas daño -dijo en cuanto tuvo la boca libre.
-Shhh. -Dije poniendo un dedo en sus suaves labios- Esto dolerá solo un poco -iba a morderla pero ella no dejaba de chillar, lo cual me molestó así que usé mi encanto para hacerla callar- así está mejor -agregué acariciando su mejilla, tomé su cabeza con una mano y su hombro con la otra, ladeando, su cabeza para tener más acceso a su cuello, la mordí y ella lanzó un grito de dolor, su sangre era algo único, algo que no se encontraba facilmente, me detuve antes de desangrarla, no podía desperdiciar una sangre tan sabrosa en una sola cena.
-¿Cómo te llamas humana?
-Elisa, majestad -Dijo con un hilo de voz
-Dime, Elisa ¿Quieres seguir con vida?
-Sí, claro que quiero.
-Bien, entonces conviertete en mi esclava de sangre,
-¿Esclava de sangre? ¿Qué es eso? suena peligroso.
-No lo es, en lo absoluto, si te conviertes en mi esclava de sangre, mis mordidas no te doleran; tendrás todos los lujos que puedas imaginar, estarás siempre a mi lado, lo cual significa que te llevaré a viajes y lugares que ni siquiera sabías que existían.
-¿Cual es el truco?
-Ninguno, si sigues las reglas todo eso será tuyo.
-¿Y cuales son esas reglas? -Dijo con desconfianza.
-Simple, una esclava de sangre debe siempre estar dispuesta a alimentar a su ama, en cualquier situación, a cualquier hora, tu único proposito debe ser alimentarme, de ahí el nombre de esclava de sangre, segundo, no puedes desobedecer y debes estar dispuesta a obedecer todas mis ordenes, si no me obedeces de inmediato sentirás un dolor intenso en tu pecho hasta que obedezcas y como último punto, si desobedeces más de 3 veces seguidas, a la tercera, sufrirás un muerte lenta y dolorosa. Pero estarás bien si eres obediente y sumisa.
-¿Por qué me lo preguntas? Sé que los vampiros pueden obligar a la gente controlando la mente de los humanos.
-Porque quiero que sea tu decisión, más allá de la amenaza persuasiva, tu eliges, someterte o morir ahora mismo...
-Sin presión, ¿eh?- dijo con una sonrisa nerviosa- no quiero morir, así que supongo que no tengo opción, seré tu esclava.
Me sorprendió la calma con la que aceptó su destino, pero era como ella había dicho, no tenía opción.
-¿Estás segura? quiero que seas mi esclava por convicción, no por temor a que te mate.
-Estoy segura de que no quiero morir, trataré de ser una buena esclava para usted.
-Perfecto, dame tu mano- Dije después de desamarrarla, ella dudó pero finalmente tomó mi mano, yo la tomé del brazo y enterré mis uñas en su brazo, ella no se quejó pero puso una expresión de mucho dolor, tres tatuajes con forma de gotas de sangre aparecieron en su antebrazo- Esas gotas son el recuerdo de que debes ser obediente y complaciente, cada vez que desobedezcas o te niegues a hacer algo una de esas gotas se borrará con un dolor insoportable, si se borra la última, ya sabes que pasara.
-Si majestad, no se preocupe seré una buena esclava.
-eso espero
Los primeros días con Elisa fueron... curiosos.
Esperaba miedo constante, sumisión automática, obediencia mecánica. Y sí, había obediencia. Pero lo que comenzó a llamar mi atención no fue eso.
Fue la forma en que me miraba. No era solo temor. Era fascinación.
La primera vez que la llamé a mi habitación, llegó casi de inmediato. Llevaba un vestido sencillo que le habían dado las criadas, el cabello aún húmedo por el baño.
-¿Me llamó? Majestad -dijo, inclinando la cabeza.
La observé unos segundos.
-Sí. Acércate.
No dudó.
Cuando estuvo frente a mí, tomé su mentón con delicadeza y ladeé su rostro. Su pulso se aceleró bajo su piel. Podía oírlo. Sentirlo.
-¿Sigues teniendo miedo? -pregunté en voz baja.
-Sí... -admitió-. Pero ya no es solo eso.
-¿Ah, no?
-También... hay admiración y... curiosidad.
Sonreí apenas.
-Eso puede ser peligroso.
No respondió.
No se apartó.
No tembló.
Sonreí satisfecha, Incliné mi rostro hacia su cuello y la mordí.
Esta vez no gritó.
Un leve suspiro escapó de sus labios, tenso al principio... pero luego distinto. Su cuerpo se relajó lentamente, como si comenzara a acostumbrarse, como si lo hubiera estado esperando con ansias.
Bebí con calma, controlando cada gota. Su sangre seguía siendo exquisita, casi adictiva.
Cuando me aparté, ella abrió los ojos despacio.
-No dolió tanto... -susurró.
-Te lo dije.
La sostuve un segundo más antes de soltarla.
-Te estás adaptando rápido.
-Quiero hacerlo bien.
Esa respuesta... me agradó más de lo que debería.
Con el paso de los días, Elisa dejó de ser solo una fuente de alimento.
Se convirtió en una presencia constante.
A mi lado en el comedor.
A mi lado en los pasillos.
A mi lado incluso en momentos inesperados.
Una tarde, mientras revisaba documentos en mi despacho, sentí la necesidad.
No esperé.
-Elisa.
-Sí, majestad.
Se acercó de inmediato, dejando lo que estaba haciendo.
Sin decir nada más, la tomé del brazo y la acerqué a mí. Ni siquiera preguntó. Solo inclinó levemente la cabeza, ofreciéndose.
Como debía ser.
Como había prometido.
Me alimenté de ella allí mismo, entre papeles y decisiones importantes, como si fuera lo más natural del mundo.
Y, para mí... empezaba a serlo.
Pero algo más estaba cambiando.
No solo en mí.
En ella.
Su forma de caminar se volvió más segura. Su voz, más firme. Su mirada... más intensa.
Ya no era solo obediencia.
Era devoción.
Y eso requería algo más que simples vestidos de sirvienta.
-Prepárate -le dije una mañana.
-¿Majestad?
-Saldrás conmigo.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
-¿A la ciudad?
-¿Prefieres quedarte?
-No -respondió rápido-. Quiero ir.
Asentí.
-Entonces compórtate como lo que eres.
-¿Y qué soy? -preguntó con cautela.
Me acerqué a ella, acomodando un mechón de su cabello detrás de su oreja.
-Mi esclava de sangre, debes estar orgullosa de serlo.
Tragó saliva, pero no apartó la mirada.
-Sí, majestad.
La ciudad se sentía distinta con ella a mi lado.
Caminaba medio paso detrás de mí, como correspondía, pero no como una sirvienta cualquiera.
Las esclavas de sangre eran otra cosa.
Más cercanas.
Más valiosas.
Más... visibles.
Entramos en varias boutiques exclusivas. Los humanos nos atendían con una mezcla de admiración y nerviosismo, sin entender del todo por qué mi acompañante recibía un trato tan distinto al resto.
-Este -dije, señalando un vestido oscuro-. Y ese.
Elisa observaba todo con asombro contenido.
-¿Todo esto es para mí?
-No vas a caminar a mi lado vestida como una criada común.
-Gracias... majestad.
La miré de reojo.
-Acostúmbrate, esto es solo el principio, sientete libre de pedir lo que quieras.
En el probador, cuando salió con el primer vestido, se detuvo frente a mí, insegura.
-¿Está bien?
La recorrí con la mirada.
Encajaba.
Más de lo que esperaba.
-Sí -respondí-. Empiezas a parecer lo que eres.
Sus mejillas se sonrojaron levemente.
Y sonrió.
No una sonrisa temerosa.
Sino... orgullosa.
Esa noche, de regreso en el castillo, caminamos juntas por los pasillos.
Elisa cargaba algunas de las bolsas, a pesar de que no era necesario. Insistía en hacerlo.
-Majestad -dijo de pronto.
-Habla.
Dudó un segundo.
-¿Puedo hacer una pregunta?
-Claro.
-¿Las esclavas de sangre... siempre están tan cerca de sus amas?
-Sí.
-¿Y... hablan con ellas? ¿Les cuentan cosas?
La miré de reojo.
-Algunas.
-Entonces... ¿podría...?
Se detuvo, buscando las palabras.
-¿Podría ser algo más que solo... su alimento?
Me detuve.
El silencio se extendió entre nosotras.
Me giré lentamente hacia ella.
-Eso depende de ti, Elisa.
Su respiración se volvió más lenta, más expectante.
-Las esclavas de sangre que permanecen... -continué- son las que saben escuchar... y guardar silencio.
-Puedo hacerlo.
-También son las que no traicionan.
-No lo haré.
La observé unos segundos más.
Había determinación en su mirada.
Y algo más.
Algo que crecía cada vez que la miraba.
-Entonces... quizás -dije finalmente- puedas convertirte en algo más.
Elisa bajó la cabeza, pero no para ocultarse.
Sino como una promesa.
-No la decepcionaré, majestad.
Retomé el camino.
Y, como siempre...
Ella me siguió.
Pasaron días en que no salí de mi castillo y estuve sola con mi dulce esclava, era extraño pero me sentía cada vez más cercana a ella, hablamos de cosas que nunca le conté a nadie, como mi familia humana, que el último de ellos murio en 1532, le conté del tiempo que quise hacerme pasar por humano utilizando el anillo del sol, reliquia obsequiada por mi creador, quien solo estuvo un año conmigo y luego me abandonó a mi suerte, años después me enteré que le habían clavado una estaca en el corazon, le conte sobre la cacería de vampiros, donde tuve que esconderme.
Al mismo tiempo ella me contó sobre su familia, como eran malos con ella lo que la hizo huir, no dio muchos detalles sobre que tan malos eran, solo que era lo suficiente como para que quisiera huir. Tambien me contó que pasó una semana en las calles, hasta que encontró trabajo en un pequeño restaurante, yo no le preguntaba nada, ella solo lo decía de forma casi espontanea.
Por otra parte no podía sacarme de la cabeza a Adrián, era ridiculo, lo había visto una vez, por no más de 2 horas considerando el tiempo que pasó siguiendome, y aún así, estaba clavado en mi mente como una estaca que me mataba lentamente, nunca lo admitiría en voz alta pero necesitaba verlo.
Un día cuando daba mi paseo matutino por mi jardin de rosas, vi que algo se movía entre los matorrales, no le di importancia, seguramente era un conejo o algo así, mi fortaleza era impenetrable, elisa me seguía de cerca. De repente algo salió de entre los matorrales era Adrián
- ¿Qué haces aquí? - le pregunté- no deberías estar aquí- enfaticé
-Vine a verte, ya no podía estar sin ti.
-¿ De qué estás hablando?
- hablo de ti y de mí, ¿de qué más? O me vas a decir que tú no lo sentiste.
- ¿sentir qué?, estás loco.
-Loco estoy, por ti, Majestad.
-¿Quién es él? Su Majestad- preguntó Elisa tímidamente.
- él no es nadie, y ya se iba
- yo no voy a ninguna parte - dijo Adrián.
- entonces tendré que llamar a seguridad- dije con seriedad.
- llámalos, esos humanos débiles, ¿en serio crees que podrían conmigo? A todo esto ¿por qué no tienes vampiros como guardias?, Eso sí sería más efectivo.
- Eso no es de tu incumbencia, Yo veré cómo trato a mi personal Y a quién contrato.
-¿Contratas o esclavizas? quizás por eso no tienes a vampiros como sirvientes, son más difíciles de controlar tu encanto no serviría en ellos.
- no tengo que usar mi Encanto para controlar a mi personal- dije ofendida.
Adrián sonrió apenas, como si mi molestia le resultara divertida en lugar de amenazante.
-Claro que no -respondió con calma-. Tú no necesitas encantarlos... solo necesitan tenerte miedo.
Mis ojos se oscurecieron peligrosamente.
-Estás cruzando un límite, lobo.
El ambiente se tensó de inmediato. Elisa, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un pequeño paso hacia atrás, pero no se alejó del todo. Podía sentir su nerviosismo... y también algo más.
Algo parecido a los celos.
-¿Y qué vas a hacer? -replicó Adrián, avanzando un paso-. ¿Echarme? ¿Matarme? Porque si fuera tan simple, ya lo habrías hecho.
Apreté los dientes.
Maldito.
Tenía razón.
-No me tientes -murmuré -No soy una vampiro cualquiera, por eso soy la reina, podria descuartizarte en tres tiempos.
Elisa intervino entonces, con una voz suave pero firme, lo suficiente para llamar nuestra atención.
-Majestad...
Ambos la miramos.
-Quizás... no es necesario pelear.
Fruncí el ceño.
-Esto no es asunto tuyo esclava.
-Soy su esclava de sangre -respondió, bajando la mirada solo un instante antes de volver a alzarla-. Mi deber es velar por usted... en todos los sentidos.
Adrián soltó una risa baja.
-Interesante -dijo, observándola con atención-. No es una simple humana.
Di un paso al frente, colocándome ligeramente delante de Elisa, en un gesto casi instintivo.
-No la mires.
Elisa notó el gesto y sonrió levemente.
Ese pequeño detalle... no pasó desapercibido para ninguno de los dos.
Adrián ladeó la cabeza, analizándome.
-Así que también proteges lo que es tuyo.
-Ella no es un "algo".
-No -corrigió él con calma-. Pero tampoco es libre.
El silencio cayó como un golpe.
Elisa bajó la mirada esta vez, más lentamente.
-Yo elegí quedarme -dijo en voz baja.
Lo miré de reojo.
No había miedo en su voz.
Adrián arqueó una ceja.
-¿Elegiste?
-Sí -respondió ella, más firme ahora-. Y no me arrepiento.
Sus palabras me sorprendieron.
Más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Adrián la observó unos segundos más... y luego volvió a mí.
-Tienes algo que no esperaba, Sofía.
-¿Y qué es eso?
-Lealtad real.
No respondí.
Porque no sabía si lo decía como un cumplido... o como una advertencia.
El viento atravesó el jardín, moviendo ligeramente los rosales a nuestro alrededor. Todo parecía en calma... pero la tensión seguía ahí, latente.
-Ya viste lo que querías -dije finalmente-. Ahora vete.
Adrián no se movió de inmediato.
Su mirada se suavizó apenas, solo un instante.
-No vine solo a mirar.
Mi paciencia se agotaba.
-Entonces habla.
-Quiero un trato.
Eso sí no me lo esperaba.
-¿Un trato? -repetí, incrédula-. ¿Entre un vampiro y un hombre lobo?
-Entre tú y yo.
Elisa levantó la mirada de inmediato.
Podía sentir su atención completamente enfocada en nosotros.
-Escucho -dije con frialdad.
Adrián dio otro paso más cerca.
Demasiado cerca.
-Déjame quedarme.
Elisa contuvo la respiración.
-¿Perdón?
-No como enemigo -aclaró-. Como aliado... o lo que sea que esto es.
Señaló nuevamente ese espacio invisible entre nosotros.
-Estás completamente loco -respondí.
-Puede ser -admitió-. Pero tú no me has echado todavía.
Silencio.
Otra vez ese maldito silencio cargado.
Miré a Elisa.
Ella me observaba con atención, expectante... como si supiera que esa decisión cambiaría algo importante.
Volví a Adrián.
-No confío en ti.
-No te lo estoy pidiendo.
-Y aun así quieres quedarte en mi territorio.
-Quiero estar cerca de ti.
Directo.
Sin rodeos.
Exasperante.
Mi mirada se endureció... pero mi decisión no llegó de inmediato.
Porque, para mi desgracia...
Una parte de mí no quería que se fuera.
Y eso era, sin duda, lo más peligroso de todo.
-Elisa, sacalo de aquí, no quiero ver su asquerosa cara- Dije, por ser mi esclava de sangre elisa, sin saberlo, había desarrollado una fuerza sobre humana.
-Sí, majestad, con gusto -Dijo enseguida con una sonrisa- Por favor acompañeme- le dijo a adrián.
-Eres adorable, En serio que lo eres, creyendo que podrás contra mí.
Elisa lo tomó de un brazo y lo arrastró hacia el interior del Castillo para sacarlo por la entrada principal, Adrián la miró sorprendido era imposible que un humano común y corriente pudiera arrastrarlo de esa manera, Había algo en esa chica, algo especial, algo sobrenatural, entonces recordó que había dicho que era la esclava de sangre de Sofía " Quizás por eso tiene esa fuerza, quizás una esclava de sangre es más que solo un objeto que obedece" pensó mientras era arrastrado.
- por favor no vuelva - dijo Elisa cuando ya estaban en la entrada principal.
- lo siento por ti bonita, pero yo no me voy a ir de aquí
- su majestad quiere que salga de aquí, no quiere verlo.
-Pues mala suerte, Yo no soy su subordinado, a mí no me manda ella, así que puedo hacer lo que se me dé la regalada gana.
- por favor señor, si no se va tendre problemas.
-Ella dijo literalmente "sácalo de aquí" tú cumpliste con su orden, me sacaste del lugar en el que estaba, tranquila, me mantendré escondido para que no tengas problemas, pero yo de aquí no me voy.