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La venganza de la CEO Adolescente

La venganza de la CEO Adolescente

Autor: : Coral Labrado
Género: Suspense
La licenciada Verónica Luna sentía que lo tenía todo: Era CEO de una importante empresa de hospitales, estaba casada desde hacía más de 25 años con el hombre que siempre amó y sus tres hijos eran exitosos. Un accidente lo cambió todo. Despertó en el cuerpo de alguien más pero lo peor fue descubrir que nada era lo que pensaba. Su marido la engañaba y confulaba con la asistente que ella tanto había ayudado, sus hijos tenían rencores ocultos, sus compañeros de trabajo querían quitarla de su puesto. Ahora, como Michelle, una joven influencer que quería quitarse la vida, tiene encontrar a los culpables de ambos accidentes, hacerlos pagar y volver a encaminar aquello que se ha descarrilado.

Capítulo 1 La fatalidad disfrazada de día soleado

Me miro al espejo antes de salir. La luz hace que mi piel color canela brille un poco. Alguna vez se burlaron de mí por ello, pero aprendí que es hermosa así. Cuando voy a la playa no me salen ámpulas, tomo un color dorado precioso y no ando como mi marido, que es muy blanco, con toda la espalda ardida. Acababa de cortarme el cabello, así que este cae delicadamente apenas sobre mis hombros. Originalmente era castaño, pero siempre me ha encantado traerlo de un tono rojo obscuro. Amo ese color. También lo uso en la sombra de ojos y en los labios.

Combina perfecto con lo negro de mis ojos y con el delineador con el que me gusta enmarcarlos.

Me reí recordando a Abril, mi asistente, que siempre me dice que no aparento mis cuarenta y cinco años y que espera llegar a esa edad al menos viéndose la mitad de lo bien que me veo yo. Era una exagerada, pero tiene buenas intenciones. Es una chica tímida a la que la vida no ha tratado tan bien y apenas empieza a encontrar su camino. Agradezco que sea tan eficiente.

Me doy un último retoque. Ciertamente casi no se me nota ninguna arruga. Ventajas de la genética, supongo. Mi madre a los setenta y cinco años se ve como de cincuenta y mi abuela era más o menos la misma historia.

Algo me hace voltear a ver mi casa. Es una hermosa mansión digna de nuestro status, pero aun así me gustaba más la primera que tuvimos. No era una mansión gigante, pero sirvió muy bien para nosotros dos y mis tres hijos. Era linda. Bastante esfuerzo me costó comprarla y no salía nada barato mantenerla.

- Si no te hubieras casado tan joven, lo hubieras logrado antes...

Me resuenan las palabras de mi madre. Nunca le pareció que yo me hubiera hecho cargo de casi todo durante cinco años, en lo que Mario terminaba la carrera. Pero de eso se trata el amor, de apoyarse.

Subo a mi camioneta pensando que es un fastidio tener que ir a la oficina justo en mi día de descanso. Pero Abril sonaba desesperada y no supo explicarme por teléfono que necesitaba. Hoy pensaba levantarme tarde y planear con calma una rica cena para celebrar que Santiago, Lina y Víctor están de visita por las vacaciones y mi marido prometió volver pronto de la oficina. Desde que le dieron el ascenso, cada vez lo veo menos. Por eso le insisto a mi madre que el dinero no lo es todo. Espero ir y volver pronto, por eso ni siquiera llamé al chofer. Pierdo más tiempo esperándolo.

Mario y yo nos conocimos en el último año de preparatoria. Yo quedé fascinada con él desde que lo vi: Alto, delgado, de piel muy blanca, ojos azul profundo. Tenía el cabello negro y le llegaba casi hasta los hombros, aunque estaba prohibido en nuestro colegio. Mis amigos decían que era el típico chico "malo", pero yo sabía que no era maldad, sino rebeldía. Él y sus hermanos casi no veían a su madre porque trabajaba de sol a sol para mantenerlos, ya que su padre los había abandonado cuando eran pequeños. En la primaria lo golpeaban los abusadores, por lo que aprendió artes marciales para poder defenderse y ahora nadie se atrevía a meterse con él. Su sueño era ser médico para tener una posición económica privilegiada y poder ayudar a su familia, pero su carácter y constantes peleas con la autoridad, lo hacían una realidad cada vez más lejana.

Al principio, pensé que sólo sería amor platónico, porque el parecía no darse por enterado de mi existencia. Hasta una noche que, en una fiesta con un grupo de amigos, todos subimos a la azotea a seguirla para que no nos acusaran los vecinos. En algún momento, todos huyeron por el frío y nos quedamos solos. Sería el alcohol, las hormonas o mi ilusión, pero después de un rato platicando, me besó apasionadamente. No nos separamos desde ese momento y yo quedé embarazada antes de entrar a la Universidad.

Mi familia por supuesto puso el grito en el cielo, pero él les dijo que cuidaría a los gemelos mientras yo estudiaba Administración y así lo hizo. A la mitad de la carrera, decidimos casarnos. Yo trabajaba ya medio tiempo, y con la ayuda de la familia, pudimos tener una boda sencilla pero bonita y memorable. Al graduarme, le dije que ahora yo trabajaría para que él pudiera estudiar medicina. A los dos años me embaracé de nuestro tercer hijo. En el trabajo me iba cada día mejor y escalé puestos rápidamente hasta llegar a Gerente General de Ventas. Gracias a eso, sobrevivimos casi sin problemas los últimos años de su carrera y sus años de residente.

Hoy, soy CEO de la empresa médica en la que comencé a trabajar desde joven y él es el jefe de enseñanza de nuestro hospital universitario.

Santiago, uno de los gemelos, estudió medicina igual que su padre y se especializó en cirugía plástica. Está haciendo una pasantía en Nueva York. Nosotros queremos que trabaje en alguno de nuestros hospitales, pero él tiene el sueño de ser aceptado por una de las clínicas más prestigiosas del rubro en Estados Unidos. Víctor, el otro gemelo, se graduó de arquitectura hace cinco años y se enfocó en edificios de especialidades. Él diseñó la nueva ala de Pediatría de nuestro hospital más prestigioso. Tiene un año en Europa como profesor invitado. Lina, mi hija más pequeña, vive con su hermano en Nueva York, y está casi por terminar la carrera de Diseño de Modas. Siempre ha sido muy creativa y quiere que su nombre llegue a las grandes pasarelas.

- Tiene la vida perfecta.

Me dijo un día tímidamente Abril. Sólo me reí. No, mi vida no es perfecta, pero se acerca mucho. No puedo pedir más y no hay nada de que quejarme.

El camino a la oficina tiene un tráfico terrible. Se enciende una luz en el tablero, pero no logro ubicar a que se refiere. Tendré que llamar al mecánico llegando a la oficina. El mapa me sugiere una ruta más despejada y la tomo sin dudar. Tenía razón. No siempre me agrada la tecnología, pero hoy definitivamente, tengo mucho que agradecerle. El camino está libre y dice que no tardo más de diez minutos en llegar.

Me distraje un segundo porque sonó mi teléfono y no conecté el manos libres por la prisas. Al levantar la vista, veo una barricada al frente cerrando el camino. Maldigo haber hablado tan pronto a favor de la tecnología, porque no es la primera vez que me lo hace. No se actualiza tan rápido y no toma en cuenta caminos cerrados, en reparación o bloqueados por alguna manifestación o evento. Trato de frenar para darme vuelta en U y regresar por donde vine, pero los frenos no responden. Entro en pánico y todo pasa en segundos. Me impacto contra lo que bloquea el camino y la camioneta da vueltas en el aire hasta caer pesadamente en una zanja, unos metros hacia abajo del camino.

No sé cuánto tiempo perdí la conciencia. Me duele todo el cuerpo e intento moverme, pero no puedo. Algo gotea sobre mí cara. Reconozco el olor, es gasolina. Se escuchan a lo lejos unas sirenas, debe ser la policía y los bomberos. Siento el sabor de la sangre en mis labios. No puedo ver bien, todo está nublado por el humo que llena la camioneta. En unos minutos que parecen horas, el ruido de las sierras eléctricas y las tenazas corta el aire; están tratando de sacarme de entre los fierros retorcidos. Siento como arrancan el cinturón de seguridad y el dolor en mi estómago y mi pecho es insoportable. Nuevamente pierdo la conciencia y al recuperarla, veo un techo blanco y metálico, debe ser la ambulancia. El ruido de la máquina de signos vitales, me taladra los oídos y la presión de las manos del paramédico tratando de reanimarme, me quiebra las costillas. Todo se vuelve obscuro.

Capítulo 2 La realidad no siempre es la verdad

Me incorporo violentamente al sentir que me ahogo. Reconozco el lugar. Es urgencias de mi hospital. Estaba casi por llegar, así que seguro era el más cercano. No entiendo porque estoy en el ala general, no es que me moleste, pero al reconocerme, mi equipo médico tendría que haberme llevado al área privada. Se acercan médicos y enfermeras a revisarme las pupilas, el corazón, el estómago...Quiero hablarles, pero no puedo, no me sale la voz. Me recuestan y me inyectan sedantes. Me siento pesada y una pareja como de mi edad, bañados en llanto, se acercan a la cama.

- ¡Michelle! ¡Michelle! ¡Hija!

No tengo idea de quienes son ni de que Michelle están hablando. Por eso no debía ser ingresada aquí, desgraciadamente son comunes las confusiones, porque entre las heridas y los vendajes, a veces los pacientes pueden estar irreconocibles. ¿Tan mal estoy?

Las enfermeras se los llevan hacia la sala de espera. A mi derecha, escucho la voz del Dr. Guzmán, director del hospital y estoy a punto de hablarle, cuando escucho también a mi marido y a mi asistente.

- Lo lamento mucho Doctor Estrada. Hicimos todo lo que pudimos, pero llegó en muy mal estado. Los paramédicos tuvieron que reanimarla al menos dos veces en el trayecto. Tuvo estallamiento de vísceras además de las múltiples fracturas y el trauma craneoencefálico.

- ¿Pero cómo? ¿Saben que pasó? Ella descansaba hoy, ¿Por qué...?

- ¡Es mi culpa Doctor! ¡Es mi culpa! Yo le dije que viniera, llegaron unos proveedores y exigían verla, me gritaron, no sabía qué hacer, y sólo ella...

- No Abril, no te culpes. Verónica no está aquí porque la llamaste. Fue un accidente, la policía...

- La policía llegó hace rato, están revisando el lugar del choque y el seguro se llevó la camioneta. Querían saber cómo estaba la Licenciada Luna y cuando podían interrogarla, pero...

- Creo que debe llamar al equipo legal Director. Será mejor que ellos se ocupen de todo. No quiero que perturben más a mi esposa, ni que hagan más dolorosa la herida con investigaciones innecesarias...

Quiero levantarme y decirles que esto es un error, pero el cuerpo no me responde. Apenas puedo girar la cabeza y alcanzo a ver el perfil de Mario. Me duele verlo encorvado y empequeñecido a pesar de su altura. Abril llora desconsoladamente y se cubre la cara con las manos. El Director se disculpa y pasa frente a mí, pero no puedo decirle que yo estoy en esta cama, no en esa y que se equivocaron, que debería estar en... Escucho la risa de Abril, como un murmullo.

- ¡Shhh! No te rías, nos puede escuchar alguien.

- No te preocupes, no hay nadie. Me dijiste que te ibas a hacer cargo, pero no me dijiste como.

Abril, se acerca seductoramente a él y le acaricia el trasero.

- ¡Espera! Ya te dije que aquí es muy peligroso...

- Y por eso es más excitante... Además, ahora que pronto serás viudo...

- Pero tengo que guardar luto, para evitar sospechas, y tú también.

- ¿Y exactamente cuánto tiempo?

Lo dice con un cinismo y una frialdad que no le había visto nunca.

- El necesario. Lo que vamos a tener, vale la pena eso y más...

Mario la toma por la cintura y desliza su mano bajo su falda. Ella gime. Esto es peor que la muerte.

- Lo importante ahora es evitar que la policía haga demasiadas indagaciones. Voy a presionar a Guzmán para que me entregue el dictamen lo antes posible. ¿Hablaste con tus contactos?

- Sí. Les dije que sobornaran al asegurador para que cambie su informe, y que manden cuanto antes la camioneta al deshuesadero. ¿Hablaste con tus hijos?

- Aún no. Esperaré un par de horas para que no intenten verla. Mientras tú ve a la oficina a avisarle a su equipo.

- ¿Te veo donde siempre al rato?

- No creo que sea conveniente...

Ella baja el cierre de su pantalón y mete la mano.

- ¿Seguro?

- Ya, ya, deja. Está bien, te veo al rato.

Le sonríe coqueta y cuando se da la vuelta para irse, él le da una nalgada mientras se sube de nuevo el cierre. Veo claramente su erección. Ella reprimió un grito y al cruzar la cortina, volvió a poner su cara de compungida. Pasó a mi lado y me miró burlona. Yo entre cerré los ojos para que no notara que estaba despierta. Ahogué el grito de dolor en la garganta. Mario mira con odio a quien está en la cama frente a él y se yergue en toda su altura.

- Por fin seré libre de tus humillaciones.

Salió intentando verse triste. Yo comencé a llorar. Se dispararon las alarmas de los monitores y el equipo de urgencias corrió a atenderme. Yo quería que esto sólo fuera una pesadilla o desaparecer. ¿Humillaciones? ¿En qué momento lo había humillado? Me había pasado toda la vida ayudándolo, apoyándolo para que terminara la escuela, para que creciera profesionalmente. Yo no lo forcé a cuidar a los gemelos; si me hubiera dicho que quería estudiar él primero mientras yo me encargaba de los niños, lo habría hecho. Siempre lo presenté a mis colegas y directivos con orgullo como mi marido. Un recuerdo me punzó la sien: El día que le dije que no podía nombrarlo Director General de los Hospitales. Que yo fuera la CEO de la empresa no significaba que pudiera recurrir al nepotismo e imponerlo sólo por que sí. Por más que le insistí durante años, no quiso forjar ni la experiencia ni el conocimiento para un puesto de esa magnitud. ¿Esa era la humillación? ¿Qué no pasé por encima de todos para darle lo que quería?

Me vencieron el dolor, la decepción y el cansancio, y me quedé dormida. En sueños le pedí perdón a Michelle porque al parecer estaba al borde de la muerte y seguramente la iban a cremar en mi lugar y sus padres no podrían tener ni siquiera sus cenizas para llevarla a donde descansara en paz.

Desperté no sé cuántas horas después, pero la paciente junto a mí ya no estaba. Los padres de la chica me miraban fijamente. Se acercó una enfermera.

- ¡Michelle! ¡Bienvenida de vuelta! Nos diste un buen susto, pero afortunadamente lograste reponerte.

De nuevo, quise decir algo, pero no me respondía la garganta.

- No intentes hablar, el tiempo que pasaste bajo el agua irritó tus cuerdas vocales. Estarás bien en un par de semanas.

- ¿Está segura señorita? Es que ella iba a ser parte de un concurso de canto...

- Si el concurso es dentro de un mes, no creemos que tenga mayor problema siempre y cuando haga caso de no intentar hablar ahorita.

- Y las vendas...

- Justo venía retirárselas.

Con una tijera quirúrgica, empezó a cortar el vendaje. Imaginé la cara de sorpresa, dolor y decepción que pondrían sus padres al darse cuenta que no soy su hija y la de mi equipo médico al darse cuenta de que soy yo y me tenían aquí, aunque, eso es lo que menos me importa ahora. No tengo idea de que voy hacer con mi vida a partir de este punto ni cómo voy a confrontar a Abril y Mario, a explicarle a mis hijos... Cayó el último vendaje.

La madre de Michelle se llevó las manos a la cara para reprimir un grito de horror. Su papá la abrazó y empezó a llorar apretando los labios. La enfermera desvió la mirada. Debe ser nueva porque no parece reconocerme. Yo sólo esperaba los gritos y reclamos de los padres por la terrible equivocación y que empezaran a exigir saber dónde está su hija... Pero la madre se fuerza a sonreír.

- Ahí está tú bello rostro... Son unas cuantas heridas leves, pronto se curarán...

- Como dice tú madre, todo estará bien. Si es necesario buscaremos al mejor cirujano plástico para que te veas como siempre en menor tiempo...

- Justo el hijo de la CEO de la empresa a la que pertenece este hospital, es cirujano plástico y es muy talentoso. Vive en Estados Unidos, pero en estos momentos está aquí de visita. Estoy segura que, si hablan con la Lic. Luna, ella podrá ayudarlos; se va a compadecer porque tiene una hija justo de la edad de Michelle...

El dolor volvió loca a esta gente y al parecer, no todo el hospital se ha enterado de mi accidente. No puedo estar tan deformada que ellos crean que soy su hija. Hago señas para que me pasen un espejo.

- No Michelle, no es lo más conveniente, lo que necesitas es descansar, seguir recuperándote. Ya después podrás verte y, como dice la señorita, podemos hablar con el cirujano de aquí o si no de otro hospital, no importa, buscaremos al mejor. Volverás a las pasarelas y a los escenarios, tú no te preocupes...

No puedo más con esta locura...

Capítulo 3 Mi funeral

Intento levantarme, una vez, otra y otra. Todos me detienen. Apenas siento nuevamente el piquete de la aguja en el brazo y voy perdiendo la conciencia. Esta pesadilla parece interminable... Ya perdí la cuenta de los días, pero si no fuera por los calmantes, no podría descansar ni un minuto. No deja de darme vueltas en la cabeza todo, pienso en donde está Michelle mientras yo estoy aquí, en que Mario y Abril se están divirtiendo a mis espaldas.

¿Y mis hijos? ¿Qué les dijeron a mis hijos? Mi pequeña niña debe estar destrozada, mis pobres gemelos, teníamos un año sin vernos, aunque hablamos tres veces a la semana por video llamada... ¿Qué le habrán dicho a la directiva? ¿Quién se va a hacer cargo de la empresa?

- Hora de tu comida Michelle.

Me rehúso a comer y sólo puedo emitir unos ruidos como gruñidos. La enfermera es delicada pero implacable. Me obliga a ingerir algo para tener "fuerzas". Si, fuerzas es lo que necesito para levantarme lo antes posible y arreglar este desastre. Hacerme cargo de esos dos infelices, calmar a mis hijos y poner en orden la empresa. Decido seguirles el extraño juego que parece están jugando, al menos hasta que me recupere lo suficiente. Me dejan el celular de Michelle para "ponerme al día" con mis "amigos". Miro sus fotos. Es hermosa. Tiene el cabello rubio y largo, los ojos verdes, la piel muy blanca y como dijo la enfermera, parece de la edad de Lina. Busco notas en el internet sobre lo que me pasó, pero sólo hablan de un accidente sin mencionar ningún nombre. Entre las drogas y el cansancio, otra vez me quedo dormida.

No sé cuánto tiempo después, me despierta el ruido de una televisión que se escucha a lo lejos. Seguramente es Gilda, la chica de recepción que le gusta poner el noticiario. Le he dicho mil veces que no lo haga, porque no hay nada más deprimente para quien espera saber sobre la salud de un familiar, que estar viendo reportajes tan amarillistas como los que abundan hoy en los medios. Se me hela la sangre.

- En otras noticias, por fin se ha revelado la identidad de la persona involucrada en el aparatoso accidente que sucedió hace dos semanas en el tramo en reparación de la desviación hacia la Av. Universidad. Se trata ni más ni menos que de la Lic. Verónica Luna, CEO de Medi Core Associates. Las autoridades informaron que no sé había notificado el mismo día del percance porque era una investigación abierta, ya que se tenía que descartar que hubiera sido provocado. Aunque de primera instancia el equipo médico del Hospital Universitario de Medi Core Associates puso a la Lic. Luna en un coma inducido esperando que se recuperara de sus heridas, desgraciadamente hoy por la mañana dieron el parte médico acerca de su fallecimiento. El cuerpo fue entregado a la familia y se le dará el último adiós en la funeraria González Mortis Zona Valle. A la Lic. Luna le sobreviven su madre, su marido, el Doctor Mario Estrada y sus tres hijos. Mañana será cremada al medio día, para finalmente descansar en el Mausoleo Capillas Marianas. Descanse en paz.

Por eso no veía a Michelle. La tenían en coma. ¿Pero cómo es posible que mi equipo médico no notó que no era yo? ¿También los habrán sobornado Abril y Mario? ¿Acaso ellos...? He tenido suficiente. Me levanto como puedo arrancándome todos los cables y los tubos. Tengo sólo unos segundos para salir de aquí antes de que aparezca todo el servicio médico de urgencias. Conozco tan bien mi hospital que puedo escabullirme entre los pasillos internos. Necesito llegar a uno de los depósitos de suministros para tomar un uniforme de lo que sea y así tratar de pasar desapercibida. Encuentro uno de limpieza, servirá. Casi al salir del cuarto de aseo, veo un espejo tras un estante. No lo dudo. Tengo que verme. Entender que pasó con mi cara que nadie me reconoce y los padres de Michelle me confunden con su hija cuando no nos parecemos en nada ni tenemos siquiera la misma edad. El corazón me late rápidamente. Cierro los ojos instintivamente pensando en lo grave que deben ser las heridas. Tras unos minutos, me armo de valor y me miro. No puedo evitar dar un grito que intento reprimir inmediatamente para que no me descubran. La imagen del espejo es la de Michelle, no la mía. La reconozco por las fotos de su celular. Tiene un par de cicatrices en la boca, en la frente. Moretones alrededor de los ojos, pero es ella, no soy yo. Sin embargo, si me muevo, si hago gestos, son los mismos que el espejo me devuelve. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo puedo estar en el cuerpo de alguien más? Mis piernas no responden y me desplomo llorando. Entonces es verdad. Estoy muerta, al menos mi cuerpo lo está. ¿Cómo voy ahora a recuperar lo mío? ¡Nadie me creerá!

Trato de reponerme. Debo llegar a mi funeral. Encuentro unas redes para el cabello y un cubrebocas para disimular este rostro. Salgo con uno de los carritos de limpieza y camino lentamente hacia los elevadores. En el estacionamiento mi auto de repuesto. Desde un día que salí de madrugada y la camioneta no quiso encender, decidí dejarlo ahí por cualquier cosa. Es un carrito de segunda mano, pero muy práctico. Le puse bajo el estribo una de esas cajitas de seguridad donde se guardan las llaves, porque, mal acostumbrada los autos modernos que no se cierran si no tienes la llave en la mano, solía dejarlas dentro y entonces de nada sirve tenerlo para emergencias. Rebusco en mi cabeza la clave para sacarlas y ruego porque no me detengan.

En el último piso casi nunca hay nadie, aunque estoy consciente que las cámaras grabarán todo, así que tengo que ser lo más invisible posible para que no levanten después una denuncia contra Michelle por robo. Mi cochecito está intacto. Con mucho polvo por la falta de uso, pero disponible. Tecleo y saco las llaves. Espero que este cuerpo esté lo suficientemente recuperado para manejar. La luz del sol me da en la cara al salir del estacionamiento y es una sensación agradable, pero agridulce. No puedo llegar así a la funeraria, por lo que decido hacer una escala en ese departamento que ni Mario conoce. Se lo compré el año pasado a una de las chicas de administración, le urgía el dinero. Esta cerca del hospital y tenía pensado rentarlo a estudiantes o médicos foráneos, o simplemente usarlo cuando saliera muy tarde de alguna reunión de trabajo o para comer a solas y en calma durante los congresos de tres días que organizábamos en el hospital universitario. No se lo dije a mi marido porque sabía que me cuestionaría por gastar el dinero en algo así y no en "nosotros"; porque tendría que aguantar de nuevo la cantaleta de que siempre trato de ayudar a gente externa y no a la propia. Ahora doy gracias al cielo por mi decisión.

Al entrar, reconozco las cosas que he ido dejando. Un par de fotografías, algunos vasos y platos que eran de mi abuela, y los muebles de nuestra primera casa. Sobre ese sillón concebimos a Lina. No puedo evitar llorar de rabia de nuevo. Pero no tengo tiempo. Me doy un baño rápido e instintivamente, evito mirarme demasiado, porque siento como si estuviera vulnerando la intimidad de alguien más. Salvo las cicatrices del accidente, el cuerpo de Michelle es tan perfecto como el de cualquier chica de 21 años. Tiene la piel tersa, firme y sus senos están al menos unos diez centímetros arriba de donde estaban los míos. Bendita juventud...

Exploro el clóset y sólo encuentro trajes sastre y vestidos formales. ¿En qué momento me volví tan anticuada? ¿Cuándo me creí eso de "usa ropa adecuada a tu edad"? Finalmente, en uno de los cajones, hay un conjunto deportivo. Creo recordar que se lo compré a una de las asistentes médicas que vende ropa para ayudarse a completar la quincena. Lo dejé aquí justo porque nunca uso esas cosas. Se ve muy extraño con botas de limpieza, pero mis zapatos son todos de tacón y del número cinco, y Michelle calza como del número tres. Me rio con amargura. Como si esas banalidades valieran ahora.

Me hago una cola de caballo y me tapo con la capucha de la sudadera. Conduzco hasta la funeraria, pero me estaciono a unas cuadras porque no quiero que nadie de la familia o allegados reconozca el auto. Hago un esfuerzo mayúsculo para no perder la compostura; todo esto me sigue pareciendo tan absurdo como un mal sueño.

A mi lado pasan caminando caras conocidas: Compañeros, personal médico, parientes lejanos, amigos... No lo dudo y entro a la sala principal. En el centro está mi ataúd rodeado por cuatro enormes cirios y el cínico de Mario hace guardia junto a tres de los directores. Hay arreglos florales por todos lados que mandaron clientes, proveedores... Que al parecer me querían más que la persona más importante de mi vida. Intento acercarme, pero una plática a mi lado me distrae.

Están hablando de mi la gente que creía cercana y no puedo creer lo que escucho...

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