El Gran Salón de Garra de Roble apestaba a carne asada, vino añejo y arrogancia. Cientos de antorchas ardían en los apliques de hierro forjado, arrojando sombras titilantes sobre los estandartes dorados que colgaban de los altos techos abovedados. Más de quinientos lobos de la nobleza local reían, chocaban jarras de barro y festejaban el Solsticio de Invierno. Todos ellos ignoraban, o fingían ignorar, la ejecución emocional que estaba a punto de llevarse a cabo.
Astrid permanecía de pie en un rincón apartado de la galería superior, vestida con un sencillo vestido de lana gris ceniza que no llamaba la atención de nadie. Sus manos, aparentemente frágiles y pálidas, descansaban cruzadas sobre su regazo con una calma que cualquier observador casual habría confundido con resignación. Durante setecientos treinta días -dos años enteros de paciencia corrosiva- se había asegurado de cultivar esa imagen: la huérfana inofensiva, la loba sin garras, la prometida que apenas levantaba la voz cuando los guardias se burlaban de su estirpe caída.
Había soportado cada desaire, cada mirada compasiva y cada humillación calculada por una sola razón. La venganza no se sirve caliente en el primer arrebato de ira; la verdadera venganza se congela hasta convertirse en una aguja de hielo que perfora el corazón del enemigo sin que este sienta el frío hasta que ya se está desangrando.
En el estrado principal, sobre un trono tallado en una sola pieza de roble milenario, Kieran lucía deslumbrante. Su armadura ceremonial de bronce pulido reflejaba el fulgor de las llamas, y su mandíbula cuadrada lucía rígida por la falsa solemnidad. A su derecha no estaba el asiento reservado para Astrid, sino un sillón tapizado en terciopelo carmesí donde se sentaba Camille. Llevaba un vestido de seda escarlata con un escote pronunciado y una tiara de perlas de río que Kieran había mandado a traer del sur hacía tres semanas, pagada con los impuestos de las granjas fronterizas.
-¡Silencio ante el Alfa! -rugió Boros, el fornido lugarteniente de Kieran, golpeando el asta de su lanza contra las baldosas de piedra.
El bullicio de los comensales se apagó como una vela soplada por el viento invernal. Las risas se cortaron, los sirvientes detuvieron sus bandejas y las miradas de los ancianos del Consejo se clavaron en la tarima. Kieran se puso de pie con lentitud coreografiada. Sabía que los ojos de toda la manada estaban sobre él, y su pecho se hinchó con la vanidad embriagadora del depredador que se cree dueño indiscutible del bosque.
-Hermanos de Garra de Roble -comenzó Kieran, modulando su voz para que el tono profundo y autoritario de su rango de Alfa vibrara en los huesos de los presentes-. Esta noche celebramos el renacimiento de la luz sobre la oscuridad. Pero un líder no puede guiar a su pueblo hacia la gloria si carga a su espalda con un fardo que amenaza con arrastrarnos al abismo.
Una serie de murmullos cómplices recorrió las mesas de los nobles. Varios miraron de reojo hacia el rincón donde aguardaba Astrid.
-Durante dos años -continuó Kieran, fijando su mirada dorada en Astrid con una frialdad ensayada-, he intentado por todos los medios despertar el espíritu de una compañera digna. He esperado con paciencia que la sangre de los caídos floreciera en dignidad. Pero los dioses no pueden ser forzados, y Garra de Roble no puede permitirse una Luna que tiembla con el viento y cuya loba ni siquiera es capaz de emitir un aullido de guerra. Una manada fuerte requiere una reina fuerte.
Camille sonrió con coquetería desde su asiento, acariciando la copa de plata con dedos cargados de sortijas de oro. En sus ojos brillaba el triunfo mezquino de quien cree haber ganado una batalla sin haber arriesgado el cuello jamás.
-¡Astrid de la Casa de Plata! -llamó Kieran, extendiendo su mano hacia el centro del salón con desdén-. Desciende ante el estrado y acata la voluntad de tu señor.
Astrid no se apresuró. Ajustó el dobladillo de su modesta túnica y comenzó a bajar las escaleras de piedra con pasos medidos, suaves y rítmicos. Cada pisada resonaba en el silencio absoluto del recinto. Por dentro, su loba -aquella a la que todos creían dormida o atrofiada- no temblaba; se relamía los colmillos con una ferocidad contenida que amenazaba con quemarle las venas. La bestia interna de Astrid sabía lo que venía: el momento exacto en que la trampa que habían cavado durante dos largos años se cerraría sobre la garganta de Kieran.
Al llegar frente al estrado, Astrid se detuvo a tres metros de distancia. No bajó la cabeza. Mantuvo la barbilla erguida, lo que provocó que Kieran frunciera el ceño ligeramente, irritado por la falta del temblor habitual en los hombros de su prometida.
Kieran desenvainó la daga ritual de hueso de oso que descansaba en su cinto y se cortó superficialmente la yema del pulgar, dejando caer tres gotas de sangre carmesí sobre el cuenco de cobre que reposaba en el altar de la manada.
-Ante los ojos de nuestros ancestros, ante el Consejo de Ancianos y bajo la luz de la luna menguante -proclamó Kieran con voz atronadora-, yo, Kieran, Alfa gobernante de la Manada Garra de Roble, te rechazo formal y públicamente a ti, Astrid, como mi mate predestinada y futura Luna de este territorio. Quedas despojada de todo título, de toda dote y de todo reclamo sobre mi sangre.
Un silencio sofocante cayó sobre el salón. Varios nobles contuvieron el aliento esperando el estallido habitual: lágrimas desesperadas, una mujer arrojándose a los pies del Alfa implorando misericordia, o la humillación pública de quien es desterrada a las cocinas o a las tierras salvajes.
Pero las lágrimas no llegaron.
En su lugar, los labios de Astrid se curvaron en una sonrisa. No era una sonrisa temblorosa de histeria o dolor, sino una mueca gélida, precisa y afilada como una hoja de afeitar. Una chispa dorada, profunda y peligrosa relampagueó en el fondo de sus pupilas avellana.
Kieran retrocedió medio paso de manera involuntaria, desconcertado por esa expresión que jamás había visto en el rostro de la mujer a la que había pisoteado a diario.
-¿Te estás riendo? -escupió Kieran, su voz perdiendo por un instante la serenidad del Alfa para teñirse de una molestia visceral-. ¿Acaso la pérdida de juicio acompaña a tu debilidad, Astrid?
Astrid metió la mano bajo los pliegues de su capa gris. Varios guardias tensaron las empuñaduras de sus espadas, pero lo que Astrid extrajo no fue un arma. Era un rollo de pergamino amarillento atado con un cordón de cuero negro y sellado con un bloque pesado de cera oscura. Sobre la cera no estaba el blasón de Garra de Roble, sino el cuervo tricéfalo del Alto Tribunal de las Manadas.
Con un movimiento seco y rotundo, Astrid avanzó dos pasos, sacó una pequeña daga de acero puro que llevaba oculta en su manga y la clavó con fuerza salvaje en el centro de la mesa principal del estrado, atravesando el mantel bordado y fijando el pergamino a la madera.
El estrépito de la madera partida resonó como un trueno en la estancia. Los Ancianos del Consejo se pusieron de pie de un salto, palideciendo al unísono al reconocer el sello imperial.
Astrid levantó la mirada y clavó sus ojos en los de Kieran, su voz resonando con una autoridad que hizo enmudecer a los quinientos comensales:
-Gracias, Kieran. Estuve esperando exactamente setecientos treinta días para que pronunciaras esas palabras.
El chasquido del metal hundiéndose en la mesa de roble resonó en los oídos de Kieran como una bofetada a mano abierta. Durante dos segundos que parecieron estirarse en la eternidad, nadie en el gran salón se atrevió a respirar. Los soldados que custodiaban las puertas permanecían petrificados, y los tres Ancianos que presidían el Consejo de Ancianos miraban el sello de cera negra como si una serpiente venenosa acabara de deslizarse sobre el banquete.
-¿Qué insolencia es esta? -rugió Kieran, su rostro encendiéndose con una llamarada de furia carmesí mientras el vello de sus antebrazos se erizaba por la rabia de su bestia interna-. ¡Guardias! ¡Arránquenle las manos y arrástrenla a las mazmorras por desacato al Alfa!
Cuatro guerreros acorazados dieron un paso al frente con las lanzas en alto, pero antes de que pudieran acortar la distancia, una voz cascada y autoritaria cortó el aire con la fuerza de un látigo de cuero.
-¡Alto! ¡Nadie ponga un solo dedo sobre esa mujer! -exclamó el Anciano Garek, el decano del Consejo, cuya túnica bordada con runas ancestrales temblaba levemente mientras se inclinaba sobre la mesa.
Kieran giró la cabeza hacia el anciano, con los ojos inyectados en sangre.
-¿Se atreve a cuestionar mi orden en mi propio salón, Garek? Esta ramera acaba de profanar la mesa ceremonial de mi linaje.
-Esta mesa puede ser reemplazada por cualquier leñador, muchacho imprudente -replicó Garek sin mirarlo, fijando sus ojos temblorosos en la cera negra atravesada por la daga de Astrid-. Pero lo que hay bajo esta hoja no puede ser ignorado por ningún lobo vivo que no desee que el juicio de la Luna caiga sobre su cabeza. Esto es el sello del Alto Tribunal Imperial de las Siete Manadas. Y lo que está escrito aquí es la invocación formal del Código de Sangre.
Un coro de jadeos sofocados recorrió la multitud. Camille, que hacía apenas unos segundos sostenía su copa con gracia principesca, dejó caer el vino sobre su regazo. El líquido rojo tiñó la seda escarlata como un presagio funesto, pero ni siquiera se molestó en limpiarse; miraba el pergamino con los ojos desorbitados por el desconcierto.
Astrid dio un paso lateral, dejando que las antorchas iluminaran con crudeza el brillo metálico de su daga. No había en ella ni un rastro del temblor servil que había fingido durante los últimos dos inviernos. Su postura era recta, sus hombros estaban firmes y su respiración fluía con la cadencia pausada de un cazador que contempla a su presa caer en el lazo corredizo.
-El artículo cuarenta y dos del Tratado Sagrado de la Primera Luna -dijo Astrid, su voz clara y melódica elevándose por encima del murmullo del salón sin necesidad de gritar-. Cuando un Alfa gobernante rechaza públicamente a su compañera predestinada sin haber demostrado ante el Consejo un acto probado de felonía, adulterio o traición a la manada, la rechazada queda absuelta de todo lazo de sumisión mental. La obediencia al Alfa queda anulada de raíz.
Kieran apretó los puños con tal fuerza que los nudillos crujieron como ramas secas. Astrid continuó, mirando fijamente a los Ancianos:
-Y la ley no termina ahí. Una loba que ha sido repudiada sin causa legal adquiere el derecho sagrado a la Reclamación por Duelo. Treinta días de inmunidad territorial a partir de esta misma medianoche. Durante ese plazo, ningún guerrero de Garra de Roble puede levantar la mano contra mí, bajo pena de que toda la manada sea declarada exiliada y maldita por el Alto Tribunal. Y al trigésimo día, tengo el derecho irrefutable de pisar la arena del Coliseo de la Luna para reclamar este territorio... o morir en el intento.
-¡Esto es una farsa absurda! -bramó Camille, poniéndose de pie con la voz quebrada por la histeria-. ¡Tú eres una loba tullida, una muerta de hambre a la que Kieran mantuvo por caridad! ¡Ni siquiera puedes transformarte por completo! ¿Vas a retar a un Alfa de pura sangre en combate singular? ¡Deberían quemarte viva por blasfema!
Astrid ni siquiera la miró. Su desprecio hacia Camille era tan absoluto que la trataba como si fuera aire viciado.
-La ley no discrimina entre fuertes y débiles, Camille -respondió Astrid con frialdad-. Solo reconoce la sangre y el derecho. Kieran quería deshacerse de mí para subirte a ti a ese trono sin pagar el costo político ni perder el respaldo de las familias tradicionales. Creíste que me arrojarías a la calle como a un perro apaleado para luego repartirse las tierras que pertenecieron a mi padre. Pero cometiste un error de cálculo fatal, Kieran: me diste exactamente el arma jurídica que necesitaba.
Kieran no pudo contenerse más. El aullido de su lobo interno desgarró su garganta y sus ojos se tornaron completamente amarillos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas mientras daba un salto sobre la mesa, arrojándose hacia el cuello de Astrid con el instinto asesino desatado:
-¡Te mataré aquí mismo antes de permitir que pronuncies una sola mentira más!
Pero antes de que sus garras pudieran rozar la túnica de Astrid, una barrera de lanzas cruzadas se interpuso entre ambos. No eran soldados rasos; eran los doce miembros de la Guardia Sagrada del Consejo, guerreros veteranos que no respondían a la voluntad personal de Kieran, sino al juramento milenario que sostenía las leyes de la raza licántropa.
-¡Contente, Kieran! -advirtió el Anciano Garek, interponiéndose con su báculo de plata reluciente-. Si derramas una sola gota de su sangre esta noche, la manada entera será repudiada por las manadas del Norte, del Este y del Oeste. Perderás tus alianzas, tus rutas comerciales y el Alto Tribunal enviará a sus ejecutores a decapitarte en tu propia plaza. La ley ha sido invocada formalmente. Astrid tiene treinta días de salvoconducto.
Kieran cayó pesadamente sobre las baldosas, jadeando como un animal acorralado. El sudor le empapaba la frente y su pecho subía y bajaba con violencia mientras observaba a los Ancianos respaldar el documento con sus propios anillos ceremoniales.
Astrid dio un paso atrás, realizando una reverencia impecable y burlona ante el estrado.
-Disfruta tus últimos treinta días en ese trono, Kieran -susurró ella con una voz que cargaba la promesa de una tormenta implacable-. Asegúrate de que Camille coma bien y elija un vestido hermoso para el torneo. Porque el día que vuelva a pisar esta fortaleza, no habrá Consejo ni súplica que te salve del filo de mi justicia.
Dicho esto, Astrid giró sobre sus talones y caminó hacia las puertas del gran salón. Nadie se atrevió a cerrarle el paso; los comensales se apartaban a su paso como si la sombra de la muerte misma cruzara entre las mesas.
El ala este de la fortaleza estaba sumida en un silencio sepulcral cuando Astrid empujó la pesada puerta de roble de sus aposentos. La orden de Kieran ya se había hecho efectiva con la velocidad ruin propia de los tiranos: las dos doncellas que antes la atendían habían sido desalojadas a gritos por los guardias, el fuego de la chimenea no había sido atizado y las pocas velas de sebo apenas iluminaban los rincones de la estancia helada.
Astrid no encendió más luces. No las necesitaba. En la oscuridad, sus ojos dorados veían con una nitidez sobrehumana que jamás había revelado a nadie en Garra de Roble.
Caminó directamente hacia el armario empotrado en el muro norte, donde guardaba los vestidos austeros que Kieran le obligaba a vestir para proyectar la imagen de una loba insignificante. Astrid empujó la estructura de madera hacia la izquierda hasta escuchar el chasquido sordo de un resorte metálico. Detrás del panel trasero no había mampostería, sino un compartimento secreto de un metro de profundidad tallado directamente en la roca viva del castillo.
Allí descansaban sus verdaderas pertenencias, los tesoros que había rescatado de las cenizas la noche en que su clan fue masacrado cuando ella apenas tenía dieciocho años.
Con reverencia casi religiosa, Astrid extrajo una pechera de cuero endurecido de lobo estepario, teñida de marrón coñac y reforzada en los costados con placas flexibles de aleación ligera. No era una armadura tosca como las que usaban los guerreros de Kieran, sino una obra maestra de artesanía de la Casa de Plata, diseñada para permitir una movilidad total sin sacrificar la protección contra mordiscos y estocadas. A su lado reposaban dos dagas gemelas de hojas curvadas forjadas en acero estelar, con empuñaduras envueltas en piel de ciervo y guardas con relieves de plata pura: las hojas gemelas de su madre.
Junto a las armas había un morral de viaje de lona encerada que contenía lo más peligroso que poseía: tres cuadernos encuadernados en cuero negro que contenían los registros contables secretos de Kieran, sus acuerdos ilícitos con contrabandistas del sur y, lo más importante, las cartas confidenciales enviadas por un remitente que solo firmaba con un sello de cera en forma de serpiente enroscada en una calavera.
-¿Haciendo las maletas para mendigar en el bosque, basurilla? -resonó una voz chillona y empapada de rencor desde el umbral de la puerta.
Astrid no se sobresaltó. Ya había olido el perfume empalagoso de flores de jazmín y el rastro etílico de vino dulce diez segundos antes de que Camille pisara el pasillo.
Camille entró en la habitación tambaleándose levemente sobre sus zapatillas bordadas. Sostenía en la mano derecha una copa de cristal con vino especiado, y su tiara de perlas estaba ligeramente torcida sobre su peinado elaborado. Los guardias que debían custodiar el pasillo no estaban; Kieran los había convocado a todos a una reunión de emergencia en el salón de guerra, dejando a su nueva consorte libre para saciar su vanidad herida.
-Creíste que fuiste muy inteligente ahí abajo, ¿verdad? -dijo Camille, dando un sorbo a su copa mientras cerraba la puerta tras de sí con el pie-. Código de Sangre... Reclamación de territorio... ¿De verdad crees que alguien en este continente te va a tomar en serio? Eres una huérfana patética a la que Kieran mantuvo bajo este techo por pura lástima. Si no fuera por la comida que te dimos, habrías muerto congelada hace dos inviernos.
Astrid terminó de abrocharse la funda de las dagas en los muslos con movimientos metódicos y precisos. No se dio la vuelta de inmediato.
-Deberías estar en la cama de Kieran celebrando tu victoria, Camille -dijo Astrid con un tono suave y desapasionado-. En lugar de eso, vienes a mi cuarto como un sabueso buscando migajas de atención. ¿Tanto miedo te da que no haya llorado ante tu coronación?
La mención del miedo golpeó a Camille como una chispa en pólvora seca. La mujer arrojó la copa contra el suelo de piedra; el cristal estalló en mil pedazos salpicando vino rojo contra las faldas de su vestido escarlata.
-¡No te tengo miedo, perra insignificante! -gritó Camille, dando tres pasos furiosos hacia ella con la mano alzada lista para propinarle una bofetada-. ¡Mañana mismo le rogaré a Kieran que envíe a los rastreadores para que despedacen a tu loba en el bosque! ¡Nadie se burla de mí frente a toda la corte y sobrevive para...!
Camille no llegó a terminar la frase.
En una fracción de segundo, antes de que la mano de Camille pudiera descender un solo centímetro, la figura aparentemente dócil de Astrid desapareció del campo visual de la cortesana. El aire se desplazó con un silbido sordo y, antes de que Camille pudiera parpadear, sintió un impacto seco en la articulación de su rodilla que la obligó a caer de rodillas sobre las baldosas.
Un instante después, una mano con dedos de acero le sujetó la garganta desde atrás, cerrándole la tráquea con la fuerza justa para no asfixiarla pero impidiéndole emitir el más mínimo grito. Al mismo tiempo, una hoja gélida de metal pulido se apoyó con delicadeza aterradora contra el párpado izquierdo de Camille.
-Muévete un milímetro y te saco ese ojo para que veas el torneo con la mitad del rostro cosida -susurró Astrid al oído de Camille. La voz no temblaba; era un susurro gutural, helado y desprovisto de cualquier atisbo de debilidad humana.
Camille se quedó paralizada como una liebre bajo las garras de un halcón. El terror más puro y primitivo se apoderó de su cuerpo al sentir la vibración asesina que emanaba de la mujer a la que durante dos años había considerado un trapo de piso.
-Durante dos años fingí ser dócil para que tú y Kieran se sintieran cómodos en su propia arrogancia -continuó Astrid, su aliento rozando la oreja enrojecida de Camille-. Te dejé ganar cada pequeña discusión mezquina, te dejé lucir los vestidos que compraste con el dinero que Kieran le robó a los campesinos, y permití que me insultaras en cada cena porque necesitaba que estuvieras exactamente donde estás ahora: cegada por tu propia soberbia.
Astrid presionó la punta de la daga apenas una fracción de milímetro más; una gota diminuta de sangre carmesí brotó del rabillo del ojo de Camille y rodó por su mejilla pálida.
-Disfruta tu tiara estos treinta días, Camille. Duerme en las sábanas de seda y gasta el oro de la manada. Porque cuando regrese a cruzar estas puertas con el ejército del Norte a mis espaldas, la primera cabeza que haré rodar por estas escaleras será la de tu querido Alfa... y la segunda será la tuya si no aprendes a mantener la boca cerrada.
Astrid le propinó un golpe seco con el pomo de la daga en el punto de presión del cuello. Los ojos de Camille se pusieron en blanco y su cuerpo flácido se desplomó inconsciente sobre la alfombra.
Astrid enfundó la daga con un chasquido suave, se ajustó la capa oscura sobre la armadura y cargó el morral a su espalda. Miró el cuerpo de Camille en el suelo durante un segundo, apagó la última vela de un soplido y se deslizó hacia la penumbra del pasillo.