"¡Janice, eres muy cruel! ¿Te das cuenta de lo que le hiciste a tu hermana? ¡Hoy te daré una lección!", gruñó Laurie Edwards. Muy enfurecida, golpeó a su hija con un látigo.
El agudo chasquido resonó en la enorme mansión, silenciando a los sirvientes y dejándolos como esculturas, sin atreverse a decir nada.
Pero Janice Edwards permaneció estoica. Su delgada figura temblaba mientras apretaba los dientes y soportaba el dolor que parecía desgarrar su piel.
"Te traje de vuelta, te di todo lo que necesitabas y te ofrecí un lugar al que pertenecer. ¿Y así es como me lo agradeces?".
Laurie daba un latigazo con cada palabra que pronunciaba, marcando la espalda de Janice con profundas rayas carmesí. A pesar de que tenía el rostro pálido, su mirada permaneció firme. Tal vez ya se había vuelto insensible a esos castigos brutales.
"Ahora, pídele perdón a Delilah". Jadeando por el esfuerzo, Laurie permaneció parada con una mano en su cadera, fulminando a Janice con la mirada.
"¿Por qué debería disculparme si no hice nada malo?", preguntó ella, sosteniéndole la mirada.
La furia de Laurie explotó ante su postura inflexible. Agarrando el látigo con más fuerza, declaró: "Entonces, no me detendré hasta que te disculpes".
De repente, Delilah Edwards, la hija adoptiva de Laurie, agarró su brazo y suplicó con los ojos llenos de lágrimas: "¡Mamá! Por favor, no sigas golpeando a Janice. En realidad, fue mi culpa. Nunca le conté sobre mi alergia al mango".
"Delilah, tu corazón es demasiado bondadoso. Ella casi te mata, pero tú estás defendiéndola". Laurie suspiró y acarició la mano de la joven. "Esta chica es muy maliciosa", agregó gentilmente. "Como está tan desesperada por llamar la atención, te dio pudín de mango, sabiendo muy bien que tenías alergia. ¿No te parece una crueldad?".
"Lo diré una vez más: ¡no lo sabía!", protestó Janice con lágrimas en los ojos mientras veía a madre e hija. "¡De verdad no sabía que tenía alergia!".
"¿Sigues poniendo excusas?", espetó Laurie y le asestó otro golpe. Sus palabras fueron gélidas y mordaces mientras el dolor se expandía por la piel de Janice, provocando un escalofrío en su columna.
Desde que regresó con su familia, cualquier problema que involucrara a Delilah invariablemente terminaba con ella asumiendo la culpa. No importaba los argumentos o pruebas que presentara, siempre eran consideradas un engaño.
En una ocasión, Delilah se cayó por las escaleras y acusó a Janice de empujarla. Sus padres se pusieron del lado de Delilah sin pensarlo dos veces.
Aunque Janice tenía la misma sangre que ellos, parecía ocupar un lugar más pequeño en sus corazones que Delilah, quien era adoptada.
A sus ojos, no era más que una conspiradora, siempre dispuesta a lastimar a Delilah para obtener un poco de afecto.
Ésta última le dio una mirada comprensiva. "Mamá, entiendo a Janice. Después de todo, he sido tu hija durante más de una década. Si yo estuviera en su lugar, también sentiría resentimiento. Tal vez si me voy, ella finalmente estará tranquila y la familia podrá recuperarse".
Su dizque preocupación no era más que una hábil artimaña para arruinar a Janice, y Laurie se tragó el anzuelo.
El corazón de Janice se hundió más en la desesperación y recordó en silencio todos los agravios que había sufrido a manos de su familia.
Pero entonces un látigo afilado la devolvió a la dura realidad. Miró fijamente a Laurie, cuyos ojos estaban llenos de desprecio.
"¡Mira a Delilah, siempre tan atenta y educada!", espetó. "Si fueras la mitad de considerada que ella, estaría más que encantada. Pero estás negando tus errores, como si quisieras molestarme a propósito".
Janice se mantuvo firme. "Te lo volveré a repetir, el pudín que le di no tenía mango. Si dudas de mí, solo mira la lista de las compras".
"¿Por qué me molestaría en comprobarlo? No es como si Delilah fuera capaz de engañarnos con esas cosas". Laurie confiaba plenamente en ésta última, así que no veía la necesidad de confirmar los artículos comprados.
"Mamá...", susurró Delilah con voz temblorosa, fingiendo vulnerabilidad. "Si eso tranquiliza a Janice, entonces asumiré que me equivoqué".
"Delilah, por favor, no llores. No mereces sufrir así. Me aseguraré de que esta malagradecida pague las consecuencias". La mirada de Laurie se volvió más severa y agarró el látigo con autoridad. "Si no quieres disculparte, es tu problema. En tres días, Efrery celebrará su primer concurso de diseño de moda. Si le das tu borrador de diseño a Delilah, te perdonaré esta ofensa".
¿De nuevo?
Esas palabras gélidas perforaron el corazón de Janice, provocándole un profundo escalofrío.
A lo largo de ese año, había cedido incansablemente, desesperada por un poco de reconocimiento y elogio de su familia.
Desde el principio, el dormitorio había sido suyo por derecho, pero la convencieron para que se lo entregara a Delilah, alegando que ella se había encariñado con sus comodidades.
Incluso habían ocultado su legítima identidad como hija de la familia Edwards para salvaguardar el orgullo de Delilah.
La lista de sacrificios era interminable.
Para quedarse con ellos y ganarse su favor, Janice había renunciado a más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Pero ahora Laurie quería obligarla a renunciar a su borrador de diseño para el concurso de moda, haciendo que su futuro pendiera de un hilo.
"Di algo", insistió Laurie al verla en silencio. "¿Te quedaste sin voz?".
"Mamá, por favor", intervino Delilah, agarrando el brazo de Laurie mientras sacudía la cabeza. "Janice también es parte de la competencia. ¿Qué hará si me entrega su diseño? Aunque estoy segura de que ganaré...". Hizo una pausa y tosió débilmente. Su cuerpo tembló como si fuera a desmayarse. "No creo que mi salud me lo permita".
"Ella te hizo daño, así que lo justo es que haga concesiones". Laurie le dio una mirada penetrante a Janice. "Te lo preguntaré por última vez: ¿renunciarás al borrador o no?".
El pecho de Janice se apretó mientras respiraba profundamente. "Mamá, ¿no soy tu hija también?", preguntó con la voz ligeramente quebrada.
"Afirmas ser mi hija, ¿pero ignoras mis deseos?".
Ese evidente favoritismo rompió completamente el corazón de Janice. Con los ojos cerrados, murmuró: "Le daré el borrador".
Una sonrisa maliciosa se extendió por el rostro de Delilah. Aunque Janice era demasiado complaciente, tenía unas excepcionales habilidades de diseño. Con su borrador, el primer puesto estaba prácticamente garantizado.
"Después de todo, tienes conciencia", comentó Laurie con una ceja arqueada. Luego, arrojó el látigo y le dio una cálida sonrisa a Delilah. "Con el borrador de Janice, puedes dejar de estresarte por la competencia. Solo relájate y disfruta el premio cuando llegue".
"Gracias, mamá", respondió Delilah con una sonrisa alegre. Sin embargo, luego miró tímidamente a Janice. "Pero ¿Janice no se resentirá conmigo por utilizar su borrador?".
"¿Se atrevería siquiera?", espetó Laurie, dándole una mirada severa a ésta última. "Si se resiente contigo, acabará en la calle. La familia Edwards no quiere a malagradecidos, sean familia o no".
"¿Y si ella me acusa de robar su diseño?", insistió Delilah ansiosamente.
"Me aseguraré de que cada parte de su participación sea eliminada, y te daré el crédito solo a ti".
Janice se quedó atónita mientras su corazón se hundía más en la desesperación.
¿Su año de resistencia y compromiso había sido en vano?
"¡Ja!". Janice soltó una risa amarga cuando los últimos restos de sus esperanzas se desintegraron. Estaba completamente desilusionada de su familia.
"¿Qué te parece tan gracioso, Janice?", preguntó Laurie.
"Me río de lo estúpida que fui, de cómo una y otra vez he tenido que ceder para alimentar su ilimitada codicia", resopló ella.
"¿Codicia? Como hermana mayor, ¿no es tu deber ceder ante Delilah?", preguntó Laurie con moralismo. No se había dado cuenta de que la esperanza en los ojos de Janice se había extinguido hacía mucho.
Ésta respiró profundamente para tranquilizarse y declaró: "Todo este tiempo he retrocedido, esperando que mis sacrificios despertaran un poco de afecto en ti. Pero mis esfuerzos fueron en vano, han sido pisoteados como si no fueran más que fracasos".
Su voz resonó con fuerza en todo el lugar.
Janice se levantó del suelo con una postura desafiante. "Me prometiste una vida de opulencia si regresaba a la familia Edwards. ¿Y qué es lo que recibí? Ni siquiera son lo suficientemente amables como para darme una comida decente. Más allá de usarme y aplastarme, ¿alguna vez te has comportado con un poco de humanidad?".
Con las manos en su pecho, agregó: "¡Yo soy tu hija! ¿Alguna vez, así sea una, me has llamado cariño?".
Luego, lanzó una risa histérica pero triste.
Laurie frunció el ceño y espetó: "¿Haces todo esto solo para que te llame cariño? Muy bien. ¡Cariño! ¿Eso es lo que querías?".
Janice negó con la cabeza mientras seguía riéndose maniáticamente. "Señora Edwards, me da risa tu patético intento de fingir amor".
Luego, dejó de reírse abruptamente y su mirada se volvió penetrante. "Ya no anhelo tu afecto. A partir de ahora, rompo todos mis vínculos con la familia Edwards".
"¡Esto es una rebelión!", exclamó Laurie furiosamente mientras volvía a agarrar el látigo para arremeter contra Janice.
Pero ella lo agarró sin esfuerzo, con una expresión férrea. "¿Quieres seguir pegándome? Una vez fui tu hija y toleré que me disciplinaras como madre. Pero ahora no tenemos ninguna relación. ¿Con qué derecho quieres pegarme?".
Una sonrisa maliciosa crispó los labios de Janice. Su comportamiento gentil había sido reemplazado por un tono rebelde.
Le arrebató el látigo a Laurie y lo agitó en el aire. "Me acabas de golpear, así que lo justo es que te lo devuelva".
"¿Qué vas a hacer?". Laurie se tambaleó hacia atrás con una expresión sorprendida mientras veía a Janice convertirse de una víctima dócil a una mujer imponente.
Con un chasquido ensordecedor, el látigo golpeó a Laurie, dejando una marca ardiente en su cuerpo.
"¡¿Cómo te atreves a golpearme?!", bramó ella. Su rabia había llegado al punto de ebullición. "¡No podrás escapar de esto!".
"Janice, ¿cómo pudiste golpear a mamá?", exclamó Delilah.
Janice le lanzó una mirada tan escalofriante que ella se estremeció. Delilah no podía evitar sentirse angustiada ante su drástico cambio.
"Si estás tan preocupada, ¿por qué no recibes el castigo por ella?", espetó Janice.
Luego, agitó látigo y golpeó a Delilah con fuerza.
Ésta última lanzó un grito mientras un intenso dolor abrumaba sus pensamientos.
No podía creerlo. Janice tenía que haber perdido la cordura para golpearla.
"¡Janice, detén esta locura! ¡No permitiré que lastimes a Delilah!", rugió Laurie y se apresuró a protegerla con sus brazos, ignorando su propia agonía.
Pero Janice fue implacable y volvió a golpear a Laurie sin piedad una y otra vez.
Los gritos de la mujer resonaron en todo el lugar. Su cuerpo tembló y sus ojos se pusieron en blanco, como si estuviera a punto de desmayarse.
Pero esa agonía no se comparaba con el sufrimiento que Janice había sufrido durante un año. Ahora se estaba conteniendo; de lo contrario, Laurie ya habría muerto.
"¡Janice, por favor, detente! ¡Vas a matar a mamá! Todo es mi culpa. Golpéame si quieres, pero, por favor...", suplicó Delilah, pero fue interrumpida cuando Janice la apartó del abrazo protector de Laurie.
"¡Janice, suelta a Delilah!". A pesar de su sufrimiento, Laurie todavía estaba preocupada por ella. ¡Qué buena madre era!
"¿No eres alérgica al mango?", resopló Janice con una sonrisa siniestra.
"¿Qué demonios estás haciendo? ¡Suéltame ahora mismo! ¡Papá regresará en cualquier momento, y cuando se enteré de lo que le hiciste a mamá, te destrozará!". El corazón de Delilah latía fuertemente y sus manos temblorosas se congelaron mientras la veía horrorizada.
"Entonces, me aseguraré de que ya no estés aquí antes de que él pueda ponerme la mano encima".
Janice agarró el pudín de mango de la mesa y lo presionó contra los labios de Delilah.
Ésta última se contorsionó, pero Janice tenía un agarre de acero, dejándola ahogarse mientras introducía el pudín en su garganta.
"¡Detente, Janice! ¡La matarás!", bramó Laurie con terror. "¡Por favor, que alguien detenga esta locura!".
Los sirvientes se acercaron rápidamente a Janice.
No obstante, sin dudarlo, ella sacó el látigo y golpeó duramente a un sirviente. "¡Si dan un paso más, estarán jodidamente muertos!", declaró con una resolución escalofriante.
Los sirvientes se detuvieron en seco e intercambiaron miradas de incredulidad. ¿De verdad esa era la muchacha que siempre había sufrido en silencio?
"¡Delilah, por favor, háblame!". Con el rostro bañado en lágrimas, Laurie se arrastró hacia ella. "¡No me asustes!".
"Señora Edwards, tal vez sea hora de que veas cómo tu querida hija maneja sus reacciones alérgicas", resopló Janice antes de irse.
Ese lugar ya no se sentía como un hogar.
Los sirvientes se reunieron alrededor con una mezcla de angustia y confusión. No estaban acostumbrados a ver a Janice tan desafiante, ya que normalmente era mansa y complaciente.
El recuerdo de ella golpeando a Laurie y alimentando a la fuerza a Delilah con pudín de mango les provocó escalofrío.
Janice salió de la mansión de la familia Edwards. Su mirada estaba vagando por la silenciosa y vacía calle. A pesar del dolor que la aquejaba, una peculiar ligereza floreció en su pecho.
Al reflexionar sobre su año con la familia Edwards, tuvo que reconocer que había estado viviendo en un ambiente sofocante. Como ansiaba tener calor familiar, había encadenado sus propios deseos, esperando en vano una pizca de su afecto.
Pero lo único que encontró fue apatía y exigencias implacables.
Janice le dio una última mirada a la mansión, cuyas paredes exudaban un esplendor altivo, un testimonio de su orgullo aristocrático.
"Veamos cuánto dura su grandeza sin mí", susurró y giró la cabeza. Mientras avanzaba hacia su nueva libertad, una voz la detuvo inesperadamente:
"Señorita Edwards, estás realmente llena de sorpresas".
Janice se dio la vuelta. Frente a ella, guiado por un guardaespaldas, estaba un hombre en una silla de ruedas.
Sus rasgos eran sorprendentemente atractivos. Los marcados contornos de su rostro llamaban la atención y su presencia dominaba la luz que lo rodeaba, a pesar de encontrarse sentado.
No obstante, era un hombre que tenía una discapacidad. Esa era la razón por la que Delilah lo despreció, forzando a los Edwards a traer a Janice de regreso para ocupar el lugar de su hija menor en ese matrimonio arreglado.
"Señor Green, ¿qué estás insinuando?", preguntó Janice. Sus ojos se entrecerraron con una intensidad que sugería un peligro inminente.
Aiden Green alzó ligeramente una ceja y la miró con curiosidad. "Debo reconocer que estoy desconcertado. No esperaba que alguien tan dócil como tú revelara un lado tan formidable. Es bastante inesperado".
"¿Me has estado observando?", espetó Janice. Sus puños se apretaron sutilmente mientras se preparaba para alguna confrontación.
Pero Aiden no se inmutó y le hizo un gesto sutil a sus guardaespaldas para que se quedaran en su lugar. "Teniendo en cuenta que eres mi prometida, me parece bastante normal que me interese por tus asuntos. ¿No te parece?".
"Sí". Janice suavizó su postura mientras se acercaba a él. "¿De verdad quieres aceptarme como tu prometida? Si mal no recuerdo, tu actitud hacia mí era indiferente, como si me despreciaras".
"Eso era antes", respondió Aiden con la voz entrecortada mientras observaba a Janice, cuya mirada ya no mostraba vulnerabilidad. Fue entonces cuando percibió un cambio en ella, como si fuera una persona completamente diferente. "Ahora creo que eres la indicada para estar a mi lado".
La sonrisa de Janice bailaba con la brisa de la tarde y su cabello se agitaba como hilos de seda. Aunque tenía una sonrisa hermosa, se veía gélida. "Señor Green, vamos al grano. ¿Qué es lo que realmente quieres?".
Intrigado, él arqueó las cejas. Los cambios de esa mujer eran más grandes de lo que había imaginado. "Hagamos un trato", sugirió.
"Muy bien, continúa", declaró Janice mientras lo miraba con aplomo.
"Has roto tus lazos con la familia Edwards. Una vez que Connor regrese, no te lo perdonará", murmuró Aiden. "Puedo protegerte de ellos y darte el apoyo que necesitas para perseguir tus ambiciones. Ahora los odias, ¿no? Supongo que quieres vengarte".
Janice entrecerró los ojos mientras se daba cuenta de la situación. Aiden había visto a través de ella. Los Edwards habían considerado un acto de caridad traerla de regreso. Pero le demostraría que estaban equivocados. Les demostraría que eran unos ignorantes, y que habían perdido una inmensa riqueza y prosperidad.
"¿Y qué es lo que quieres a cambio?", preguntó.
"Vayamos a registrar mañana nuestro matrimonio".
Janice se quedó atónita, pero luego esbozó una sonrisa. "Trato hecho".