El fuerte olor de azahares frescos, lirios blancos y cera de velas importadas llenaba cada rincón de la gran casa Sandoval. En las últimas tres semanas, el salón principal de la propiedad, una gran construcción colonial en el centro de la capital, con arcos de cantera y techos de caoba tallada, se había convertido en un taller animado de alta costura y de organización social.
Modistas francesas, floristas, banqueros y notarios entraban y salían todos los días bajo la atenta mirada de la alta sociedad local. Alessandra Sandoval, la única heredera del fallecido don Roberto Sandoval, se casaba. El evento se anunciaba como la boda del siglo.
Alessandra estaba de pie sobre un pequeño banquillo de caoba en el centro del vestidor principal. Llevaba puesto el primer armazón de lo que sería su vestido de novia. Eran metros de seda italiana, encaje de Bruselas y docenas de pequeñas perlas cultivadas cosidas a mano a lo largo del corsé.
A sus veintidós años, tenía una belleza tranquila. Sus ojos eran oscuros y expresivos. Mostraba una calidez natural que la hacía muy querida por toda la servidumbre de la casa. Después de la repentina muerte de su padre hace dos años, un hombre fuerte que había hecho una fortuna enorme con la minería, el ganado y la compra de tierras, Alessandra buscó consuelo emocional en Rodrigo Montenegro.
Rodrigo era el ejemplo del caballero perfecto. Era un hombre de aspecto impecable, con modales aprendidos en Europa y una forma de hablar tranquila que podía convencer al comerciante más escéptico. Pertenecía a una de las familias más antiguas de la región. Sin embargo, su situación económica había empeorado debido a décadas de malas decisiones financieras tomadas por sus antepasados.
-No te muevas ni un milímetro, sobrina -pidió la tía Eugenia, ajustándose los lentes de montura dorada mientras examinaba la caída de la cola del vestido desde el sofá de terciopelo verde. Este encaje fue traído a pedido especial desde Bruselas. Tu pobre madre, que en paz descanse, habría soltado una lágrima al verte así. Los Montenegro son una familia de apellido intachable. Aunque la fortuna de ellos haya decaído, el roce social que te dará Rodrigo es algo que a tu padre, con todo su dinero y sus botas llenas de barro, jamás le reconocieron en los clubes de la capital.
Alessandra suspiró con suavidad. Trató de mantener la espalda recta, como le pedían las modistas. Miró su reflejo en el gran espejo ovalado con marco de pan de oro.
-A mí no me interesa el roce social ni los clubes, tía -respondió Alessandra con voz firme pero dulce. A mí solo me importa que Rodrigo sea un hombre honesto y que me quiera. Él ha prometido hacerse cargo de la parte contable de La Herradura para que yo no tenga que cargar sola con los abogados. Sabe perfectamente cuánto amo esa hacienda y ha jurado respetar la memoria de mi padre.
-Por supuesto que sí, mi niña -intervino Jacinta, la anciana nana que había criado a Alessandra desde que era una bebé, entrando a la habitación con una bandeja de té. -Aunque si me dejas dar mi opinión, ese muchacho últimamente anda con demasiado misterio. A veces parece que le importan más los libros contables y las reuniones con los apoderados del banco que venir a sentarse a tomar el té contigo en la terraza.
-Está abrumado con los preparativos, Nana -la defendió Alessandra de inmediato, girando un poco la cabeza para mirarla. -Organizar la boda, coordinar las invitaciones para trescientas personas y revisar las finanzas de la transición no es tarea fácil. Rodrigo se ha encargado de todo con los juristas para que yo no tenga que preocuparme por los trámites pesados. Es natural que esté estresado.
Jacinta no contestó. Dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar. Solo miró a la joven con una mezcla de ternura y preocupación que apenas disimulaba. La anciana conocía la mirada de los hombres que amaban la tierra y a la mujer que tenían delante. En los ojos de Rodrigo, cuando miraba a Alessandra, Jacinta solo veía el brillo frío y calculador del comerciante que evaluaba una mercancía costosa.
Mientras las modistas fijaban los pliegues de la falda con alfileres en el piso de arriba, el ambiente en el piso de abajo de la mansión era muy diferente.
El despacho principal de don Roberto Sandoval seguía casi igual a como lo dejó el viejo hacendado. Las paredes estaban cubiertas de caoba. Las estanterías seguían llenas de libros sobre agronomía y contabilidad. Un enorme escritorio de roble contenía los sellos de la familia. Pero ahora, detrás del escritorio, ya no estaba la memoria del patriarca. Estaba Rodrigo Montenegro.
Rodrigo vestía un traje de tres piezas que le quedaba perfecto. Revisaba por tercera vez una pila de documentos notariales en papel sellado. Comprobaba las firmas y los sellos secos. A su lado, Valeria, la prima hermana de Alessandra, se servía una copa de brandy de la licorera de cristal tallado.
Valeria tenía dos años más que Alessandra. Cuando perdió a sus padres en la adolescencia, don Roberto la recibió en la casona y la crió con los mismos lujos y comodidades que a su propia hija. Pero Valeria no sentía gratitud. Al contrario, un resentimiento antiguo crecía cada vez que veía a Alessandra recibir la atención, la fortuna y los elogios que ella creía merecer gracias a su propia inteligencia.
-¿Poderes de administración total? -preguntó Valeria en un susurro grave, dando un sorbo a la copa y acercándose a la mesa para deslizar los dedos por el borde del saco de Rodrigo.
-Todavía no -contestó Rodrigo sin levantar la mirada de los papeles, manteniendo la voz baja para que el sonido no saliera por la pesada puerta de madera. -Mañana, justo después de la firma del acta matrimonial en la sacristía, el notario pondrá los documentos de La Herradura sobre la mesa de redacción. Con el bullicio de la fiesta, los abrazos de los invitados y la emoción del momento, Alessandra firmará la cesión de derechos de explotación comercial y bancaria sin detenerse a leer la cláusula de desmembramiento de bienes.
Valeria soltó una risa burlona. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar frente a él.
-¿Estás seguro de que no te temblará la mano a última hora, Rodrigo? La niña te mira como si fueras un santo bajado del altar. Si te empieza a dar lástima, tu dulce prometida, dímelo de una vez y tomo el tren de las cinco yo sola hacia el norte con el efectivo que logramos desviar el mes pasado de la venta del ganado.
Rodrigo levantó la vista. La frialdad en sus ojos grises era total. No había en ellos ni una pizca de duda ni de remordimiento. Extendió la mano, tomó a Valeria por la cintura con firmeza y la atrajo hacia él con brusquedad.
-Alessandra es una criatura mimada e ingenua que no tiene la menor idea de lo que cuesta mantener un apellido o mover dinero en el mundo real. Cree que la vida es una novela romántica y que la Tierra se rige por buenas intenciones. Y las escrituras de La Herradura habrán pasado a la sociedad que constituimos la semana pasada.
-¿Y la dejamos esperándote en la catedral frente a doscientos invitados de la alta sociedad? -Inquirió Valeria con una sonrisa maliciosa.
A las seis de la mañana, la casona Sandoval era un hervidero de actividad. Las peinadoras ajustaban las peinetas de carey, el sastre acomodaba los últimos pliegues del velo de seda de tres metros y la tía Eugenia corría de un lado a otro verificando que los arreglos de orquídeas blancas estuvieran listos para el carruaje. Alessandra, sentada frente al tocador, lucía radiante pero serena, con esa belleza atemporal que solo da la ilusión de un amor sincero.
A las nueve en punto, los carruajes de gala avanzaron por la avenida principal hacia la catedral metropolitana. A lo largo del trayecto, la gente del pueblo y miembros de la sociedad salían a las aceras para ver pasar a la joven heredera. El repicar continuo de las campanas retumbaba en el aire, anunciando la ceremonia que uniría dos de las familias más prominentes de la ciudad.
El carruaje de Alessandra se detuvo frente a las escalinatas de piedra de la catedral. El piso estaba alfombrado de rojo y flanqueado por arreglos florales monumentales. Cuando el chofer le abrió la puerta, Alessandra tomó la mano de su tío consorte para ascender las escalinatas, sintiendo que cada paso la acercaba al futuro próspero que su padre siempre deseó para ella.
Sin embargo, al atravesar los enormes portones de bronce del templo, un murmullo helado recorrió las naves laterales.
Las bancas estaban abarrotadas por más de trescientos invitados vestidos de riguroso chaqué y vestidos de fiesta, pero en el presbiterio no había nadie. El altar estaba iluminado por decenas de cirios, pero el espacio destinado al novio permanecía desierto. El sacerdote aguardaba a un costado, con las manos cruzadas sobre el alba y un rostro desencajado que presagiaba lo peor.
-¿Qué significa esto? -susurró la tía Eugenia, abriéndose paso bruscamente entre los invitados mientras el murmullo de la multitud crecía como una marea-. ¿Dónde está Rodrigo? ¿Alguien ha visto a los Montenegro?
Alessandra se quedó petrificada en el pasillo central, sosteniendo el ramo de azahares entre las manos. Su corazón comenzó a latir con una fuerza ensordecedora. La mirada de lástima de las matronas de la alta sociedad y las sonrisas burlonas disimuladas tras los abanicos empezaron a quemarle la piel.
En ese instante, las pesadas puertas de la sacristía se abrieron. El abogado de la familia Sandoval, don Aurelio Paredes, caminó hacia Alessandra con paso apresurado. Su rostro, habitualmente severo y profesional, lucía pálido y sudoroso. Traía en la mano un telegrama y una carpeta de cuero negro.
-Señorita Alessandra... por favor, acompáñeme a la sacristía de inmediato -pidió el abogado en un murmullo urgente.
-Dígalo aquí, don Aurelio -respondió Alessandra, con una voz que sorprendió a todos por su firmeza, aunque los nudillos se le habían puesto blancos de tanto apretar las flores-. ¿Dónde está mi prometido?
El abogado dudó un segundo, mirando a la multitud que contenía el aliento.
-El señor Rodrigo Montenegro no va a venir, señorita. Se ha emitido un informe de la estación central de ferrocarriles... Abordó el tren expreso del norte a las cinco de la mañana. Y no iba solo. La señorita Valeria, su prima, viajaba en el mismo compartimento de primera clase.
Un ahogado grito de horror se escapó de la garganta de la tía Eugenia, quien tuvo que ser sostenida por dos caballeros antes de desmayarse sobre una banca. Murmullos de escándalo e incredulidad detonaron por toda la catedral.
Alessandra no se desmayó. Tampoco soltó una sola lágrima. El aire en sus pulmones se volvió de hielo.
-¿Hay algo más, abogado? -preguntó ella, manteniendo la espalda erguida como una columna de mármol.
Don Aurelio bajó la vista, abriendo la carpeta de cuero.
-Lamento informarle que esta madrugada se ejecutaron varias órdenes de cobro presentadas por apoderados de Rodrigo Montenegro. Valiéndose de las cartas de poder que usted le firmó la semana pasada para la logística de la boda, vació las tres cuentas bancarias principales de la empresa en la capital y solicitó una hipoteca exprés sobre los terrenos ganaderos del sur. Se ha llevado casi todo el capital líquido de la herencia.
La multitud estalló en murmullos indignados. La humillación era absoluta; no solo la habían dejado plantada frente a toda la ciudad, sino que la habían despojado de la mitad de su patrimonio a ojos de todos.
Alessandra permaneció inmóvil durante diez interminables segundos. El dolor que amenazaba con destrozarle el pecho en mil pedazos fue consumido al instante por una furia fría, oscura y desmedida. Miró el ramo de azahares que llevaba en las manos -símbolo de su ingenuidad y entrega- y lo arrojó al suelo con desprecio, pisoteándolo con el taconazo de su zapatilla de seda.
Se giró lentamente hacia el altar y luego hacia los trescientos invitados que la observaban atónitos.
-La boda se cancela -anunció Alessandra. Su voz resopló con una potencia sobria que hizo eco en la nave central de la catedral-. Agradezco la presencia de todos. Pueden retirarse a sus casas a comentar la comedia.
Sin esperar a nadie, dio media vuelta. Levantó la pesada cola del vestido para no tropezar y caminó hacia la salida con la cabeza en alto, la mirada fija al frente y el rostro transformado en una máscara de piedra.
Al llegar a la casona, la servidumbre la miraba en absoluto silencio. Alessandra subió directamente a su recámara, cerró la puerta con llave y se paró frente al gran espejo donde horas antes soñaba con ser esposa.
Se despojó de la tiara de perlas con violencia, arrojándola contra el cristal, el cual se fracturó en una telaraña de grietas. Con un tirón seco, rompió el encaje del escote y se desabrochó el vestido de novia, dejándolo caer al suelo como un cadáver de seda blanca.
Jacinta tocó a la puerta desesperada desde el pasillo.
-¡Niña Alessandra! ¡Abra por favor, mi vida! ¡No se quede sola con ese dolor!
Alessandra abrió la puerta. Ya no vestía de novia; llevaba puesto un traje de montar de paño oscuro, botas de cuero rígido y el cabello recogido en una trenza apretada sobre la nuca. En sus ojos ya no había rastro de la joven dulce que sonreía al sol de la mañana; solo quedaba un abismo impenetrable.
-Preparen el equipaje de viaje, Jacinta -ordenó con una serenidad que infundía miedo-. Y que traigan el carruaje ligero.
-¿A dónde vamos, mi niña? -preguntó la anciana, enjugándose las lágrimas.
-Nos vamos a La Herradura. A partir de hoy, la capital ya no existe para mí.
-Pero allá en el campo no hay nadie para defenderte... Ese capataz Villaseñor y los peones son hombres rudos, no van a aceptar las órdenes de una mujer sola.
Alessandra se ajustó los guantes de piel sobre las manos, mirándose las palmas con detenimiento.
-Entonces aprenderán -sentenció Alessandra-. Rodrigo Montenegro cree que me dejó en la ruina y destruida. Se equivocó. Me quitó el dinero de las cuentas, pero la tierra sigue siendo mía. Y voy a hacer que esa hacienda rinda hasta el último centavo para ir a buscarlo al fin del mundo si es necesario.
Dos horas más tarde, el carruaje ligero de los Sandoval cruzaba los límites de la capital, dejando atrás las murmuraciones de la sociedad, los azahares marchitos en el suelo de la catedral y los restos de una mujer que había muerto ese mismo mediodía.
Camino al norte, el carruaje se internó en los caminos polvorientos que conducían a las tierras indomables. La guerra por el honor y por La Herradura estaba a punto de comenzar.
El carruaje avanzaba por el sendero empedrado hacia la estación de trenes bajo la luz vacilante de las primeras horas de la madrugada. Dentro del compartimento privado de primera clase, el silencio no transmitía la paz del triunfo, sino una tensión sofocante.
Rodrigo ajustaba los gemelos de oro de sus puños frente al espejo de cortesía, revisando con minucia los cheques de caja y las escrituras provisionales que guardaba en su maletín de cuero. A su lado, recostada contra el tapizado de terciopelo azul, Valeria mantenía los brazos cruzados a la altura del pecho. Su respiración era agitada, y los nudillos de sus manos lucían blancos de tanto apretar el abanico de marfil que terminó rompiéndose entre sus dedos con un crujido seco.
-Dejas de manosear esos papeles un solo segundo -espetó Valeria, con la voz ahogada por una rabia contenida que amenazaba con desbordarla-. Me estás volviendo loca.
Rodrigo ni siquiera la miró. Guardó los documentos con una calma exasperante y cerró el broche de bronce del maletín con un golpe seco.
-Es el dinero que nos asegurará la vida en el norte, Valeria. Modera tu vocabulario y bájale al drama. Ganamos.
-¿Ganamos? -repitó ella, dejando escapar una risa amarga y estridente que resonó en el reducido espacio del vagón-. ¡Tú ganaste! Tú te llevas el efectivo, los títulos de propiedad y el orgullo intacto. Mientras tanto, ¿qué me queda a mí? ¿Crees que me satisface huir como una ladrona a escondidas en la noche? ¡Yo quería verle la cara!
Valeria se puso de pie bruscamente, el vuelo de su vestido de seda verde chocado contra la pequeña mesa del compartimento. Tenía los ojos inyectados en sangre, encendidos por un odio añejo que la devoraba por dentro.
-¡Yo quería estar en esa catedral! -gritó, clavándole los dedos en el hombro a Rodrigo para obligarlo a mirarla-. Quería estar parada en el coro, en primera fila, para ver cómo se le deshacía la sonrisa de niña buena cuando el cura anunciara que no ibas a llegar. Quería verla arrastrarse por el pasillo central, rodeada de toda esa alta sociedad que siempre la trató como a una reina mientras a mí me miraban como a la prima huérfana que recogieron por lástima.
-Valeria, te estás perdiendo en estupideces -respondió Rodrigo con frialdad, apartando su mano con desprecio-. Quedarnos un segundo más en la ciudad era un riesgo innecesario. El abogado Paredes habría actuado rápido. Lo importante era la jugada financiera, no tu espectáculo.
-¡A mí no me importa el dinero! -rugió ella, dejando que las lágrimas de una furia descontrolada le mancharan el rostro perfectamente maquillado-. ¡A mí me importa destruirla! Desde el día en que mi tío me trajo a esa maldita casa, he tenido que tragarme el odio de ver cómo a ella le daban todo sin mover un solo dedo. Los vestidos importados, las joyas, la devoción de los sirvientes... ¡Y hasta a ti! Tuve que aguantar que la besaras, que le dijeras que la amabas, que le hicieras el amor en la mente mientras a mí me citabas en el despacho como a una cualquiera.
Valeria se dejó caer sobre el asiento, cubriéndose el rostro con las manos mientras sus hombros se sacudían violentamente por el llanto. No era un llanto de arrepentimiento; era la rabia pura de quien descubre que ni siquiera la traición le otorgaba la victoria completa.
-No la destruiste, Rodrigo... -murmuró entre sollozos envenenados, levantando la mirada para fijarla en él con una mueca de desprecio-. La humillaste hoy, sí. Pero Alessandra es como su padre. Esa mujer no se va a morir de amor. No va a llorar en un rincón. Se va a ir a La Herradura y va a reconstruir cada centavo que le quitamos. Y el día que sepa que no pudo tenerte, pero que tampoco logró aplastarme... nos va a cazar.
Rodrigo encendió un cigarrillo con parsimonia, soltando el humo denso hacia el techo del vagón mientras el tren dejaba escapar un silbato sordo y comenzaba a moverse sobre los rieles.
-Que lo intente -dijo él con una sonrisa oscura-. En La Herradura la espera la tierra seca, un capataz que no recibe órdenes de nadie y la ruina total. Alessandra ya no es nadie.
Valeria miró por la ventana la silueta de la capital alejándose en la penumbra de la madrugada. Apretaba los dientes con tal fuerza que sentía el sabor metálico de la sangre en su boca. Por dentro, el veneno de la envidia la consumía entera: sabía que mientras Alessandra Sandoval siguiera respirando y conservara un solo metro de tierra, ella jamás sería completamente libre.