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La Última Guerra

La Última Guerra

Autor: : DiegoAlmary
Género: Ciencia Ficción
Aleck ha intentado huir toda su vida de las miradas ajenas, creyéndose inferior y vulnerable por ser tan diferente, pero al quedar atrapado en medio de la cuarta guerra mundial, donde las últimas dos ciudades del planeta se destruyen hasta los cimientos, descubrirá lo que es ser realmente débil, y tendrá que tomar el valor del que no ha hecho acopio en toda su vida para intentar detenerla, al lado del hombre que le dará una razón para sonreír.

Capítulo 1 Prologo

Prologo.

La tercera guerra mundial absorbió el mundo con ira. Con un desgarrador grito explotó de la nada. Se libró una batalla en que las alianzas se rompieron, en la que los amigos y aliados se acuchillaron por la espalda, y con un festín de sangre se dio comienzo a la violenta guerra que devoró el mundo. Un todos contra todos fueron hundiendo la paz que se buscó por tantos años, y cuando se logró atisbar un momento de paz, una pequeña luz de esperanza, aunque fuese falsa, que anunciaba el fin, afloró el sentimiento que fue el principio y el fin. Orgullo. Y eso fue todo. Los grillos que arrullaban en la noche ya no cantaron, un silencio que anunciaba lo que estaba por venir. la hierba verde que adornaba los jardines perdió su color, de ahí en adelante las cosas se salieron de control, los ríos redujeron su cauce, los animales migraron masivamente buscando una mejor hábitat, pero la mayoría cayeron en el intento, y, lentamente, la tierra comenzó a marchitarse y a morir.

Al ver el daño que habían causado, los responsables trataron de remediarlo, pero ya era tarde, la tierra moría lentamente y arrastraba con sigo todo rastro de vida, incluso la humana.

Se perdió el 30% de la población, la esperanza se perdía y la tierra estaba condenada, y fue entonces cuando ya de nada servía llorar, dos propuestas se pusieron sobre la mesa. Cada una tan imposible como la otra, tan diferentes, tan drásticas. Cielo y tierra. La única manera de triunfar sobre la muerte que aquellos hombres se habían marcado a fuego.

Varias veces se rompieron los diálogos de los que dependía el destino de todos, pero cuando el setenta por ciento de la población humana cayó, se tomó la decisión. Los pocos vestigios que quedaron de la pobre y agobiada humanidad decidieron dividirse en dos. Rifados en un sorteo que separó familias enteras por la mitad, un sorteo llamado "La Lotería". Cada mitad tomaría una propuesta y la llevaría a cabo, con el fin de que alguno de los lados lograra vivir.

Dos lados de la moneda que giraba en el aire esperando a quien dar el voto de suerte.

Arduamente se trabajó, los que antes se mataban por la espalda ahora se daban la mano trabajando por el bien común, hasta después de dieciocho meses de arduo trabajo. La fecha que se habían planteado había llegado y moría con las luces del atardecer.

La primer propuesta consistía en sumergir la humanidad en las profundidades de la tierra, contra todo pronóstico y el miedo a la inminente evolución se construyó una enorme ciudad a groso modo, apodada la ciudad de Oz, la ciudad de la esperanza, y de su techo colgaron cientos de luces que como luciérnagas en la noche daban una chispa de ilusión.

La otra propuesta podría dividirse entre descabellada y magnifica. Consistía en construir barcas flotantes, para alejar los pocos sobrevivientes de la tierra envenenada. Gracias a la tecnología lograron construir 22 arcas; cada una suspendida en distintas partes de uno de los cañones más grandes del mundo. Lo único que las unía a la tierra eran cientos de millones de alambres sujetos a las paredes. Cada una tenía lo suficiente para producir su propia comida y albergar más de quinientas personas con muy escasas comodidades. Cada arca tenía un nombre diferente, pero la principal se apodada "Emma" en honor a la esposa de su diseñador que murió envenenada.

Hasta que llegó el día de decir adiós, el día en que cielo y tierra se dieron la mano por última vez...

Capítulo 2 Capitulo 1 Parte uno: El tigre blanco

"Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo:

La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y canta"

Abro los ojos de golpe. Mi cielo no canta, ni los astros brillan a lo lejos, azules, solo hay silencio y oscuridad. Aprieto los ojos con fuerza y continuo.

"Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

Mi aliento cálido provoca un pequeño remolino de vapor que se desaparece rápidamente, mis palabras apenas llegan a oírse, casi como si entonase un rosario arrodillado a los pies de un altar.

"En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito"

Pero ella ya no está aquí. Y puede que nunca haya estado. Ni siquiera lo puedo recordar, solo recuerdo su mano cálida en mi frente mientras recitaba el poema, Neruda, me decía, aquel hombre que lo había escrito hace tantos años que el tiempo ya no era capaz de recordar.

"Ella me quiso, a veces yo también la quería. ¿Como no haber amado sus grandes ojos fijos?

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

¿la he perdido? ¿se puede perder algo que no se recuerda? ¿se puede perder un vacío?

"La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos"

La noche no está estrellada, y a lo lejos nadie canta; grita, y grita mi nombre.

- ¡Aleck! - abro los ojos despacio. Tal vez lo aluciné, los cierro de nuevo tratando de menguar el sueño que me entra a esta hora - ¡Aleck! - me grita de nuevo la voz, ahora más cerca. Me incorporo de un salto - ¿me oyes? - vuelvo mi rostro hacia la escotilla y me encuentro con un rostro anguloso, de rasgos gráciles y suaves.

-No deberías estar aquí- le digo suspirando con resignación. Adiós escondite secreto.

-Tú tampoco- estira las manitos y trepa por la escotilla arrastrando su bata de dormir, es rosa, y no tiene nada estampado, como toda la ropa en la nave, neutra. Se trepa por completo y camina hacia mí. Está descalza y da pequeños brinquitos al tocar el metal helado. Me acuesto de nuevo y cruzo las manos por detrás de mí cuello mirando hacia el cielo.

Mi cielo sin estrellas.

-Si mi papá te descubre...-

-No lo hará si tú no le dices- la miro, trae el pelo alborotado amarrado en una fracasada cola de caballo, los ojos chinos y lagañas.

-Deberías estar durmiendo- le digo.

-Lo sé, yo no podía dormir, ¿y tú? -niego.

-Yo nunca puedo dormir.

-Deberías ir al doctor.

-No. Me gusta estar despierto a esta hora.

-¿Por qué? - la obligo a sentarse junto a mí, en el metal frío

-Por eso- le apunto al horizonte. El sol comienza a despuntar sobre las inertes montañas, desperezándose como ella. Su brillo es suave, un rosa claro que se riega a pinceladas por el cielo, ataca al frío del desierto en la mañana ahuyentándolo, trayendo un calor que al principio resulta agradable y, luego, insoportable, por eso me gusta disfrutarlo mientras puedo.

El alba nace con fuerza, dándome el aliento que necesito esta mañana para seguir adelante, para tener esperanza, para pensar que las cosas pueden ser mejor. Un poco mejor, que mi situación va a mejorar hoy, y si la suerte está de mi lado, tal vez no empeore más de lo que está.

-Es hermoso- me dice al cabo de un rato.

-¿Nunca habías visto amanecer? -le pregunto, y ella frunce el ceño, como si hubiera cosas más importantes que pensar. Hay cosas mucho más importantes que pensar

-Mi habitación no tiene ventana -dice, restándole importancia.

-Si te consuela, tampoco la mía- ríe un poco, y la miro por el rabillo del ojo; rubia de piel muy clara y ojos negros. Es mi prima, y aun no puedo comprender por qué no nos parecemos en nada, ni siquiera en el carácter: ella es mucho más valiente que yo.

-Si papá te descubre...- repite.

-Si mi tío nos descubre- le corrijo -porque estás aquí conmigo ¿no? ¿o acaso eres un fantasma? - hago un gesto dramático con la mano. Arquea una ceja. Es su manera de decir: me agradan tus payasadas, pero tengo que conservar una reputación de chica ruda, y claro que a veces soy capaz de arrancarle una sonrisa, es una niña, a los niños les gusta reír.

-Para serte honesta, pareces más tú un fantasma- mi sonrisa se borra, y trato de disimularlo, pero se da cuenta de todas maneras -Pero un fantasma bonito- añade, poniendo un pequeño puchero para tratar de remediarlo y finjo una sonrisa. Trato de que no me amargue más, pero ¿cuánto tiempo más me va a atormentar?

-Está en tu cabeza, Aleck - me dijo una vez el psicólogo -nadie cree que eres feo o raro, es más, he escuchado a las personas murmurar cosas cuando pasas, cosas buenas. ¿sabes cómo te dicen? El niño ojos de luna.

Tal vez el psicólogo tenga razón, pero no es fácil tratar de sentirme menos raro si resalto a kilómetros de distancia. Puede sonar inmaduro, lo sé, pero, ¿acaso no era de eso que se preocupaba la gente de antes de la guerra, de su aspecto? Medito por un segundo acerca de mis pensamientos y llego a la conclusión de que sigue siendo una inmadurez. La gente del pasado es del pasado, ahora ya nadie se preocupa demasiado por como luce. Hay cosas más importantes que hacer. talvez pueda subir un poco mi auto estima, si el psicólogo tenía razón...

-Marian- le digo temiendo que me trate de idiota -¿Qué dicen las personas respecto a mí? - frunce el ceño sin apartar la vista del sol que nace. Ella siempre está con las chicas grandes, mayores de quince o así, y aunque sólo tiene diez se acopla bien, le gusta estar con ellas, seguro cree que la hacen ver mayor.

-No se habla de eso- dice sin más, y un mechón mal colocado cae entorpeciéndole la visión -las cosas que hablamos las chicas se quedan entre chicas.

-finge que soy una chica.

-Aleck, mides uno ochenta y estas lleno de músculos, no pasarías por chica jamás, a menos de que hablemos de chicos - agacho la cabeza ignorando su comentario, es mi manera de manipularla, sigue siendo una niña, una niña que no le gusta ver a nadie triste.

-Bien- digo al fin -tenía que intentarlo- me sorbo los mocos con exagerada sobre actuación.

-Ush- dice con rabia -está bien- me enderezo colocándome frente a ella -ellas dicen muchas cosas de ti.

-¿Cómo qué?

-No sé si deba.

-Marian.

-Que eres lindo, que tienes cara bonita y unos ojos fantásticos- asiento con la cabeza. Eso no suena mal

-¿Qué más? - la invito a que continúe con un gesto de la mano.

-Además- continúa y su mejillas enrojecen -dicen que no te gustan las chicas si no los chicos, y que tienes unos buenos brazos, y un trasero de infarto, lo que sea que eso signifique- abro la boca, y la miro por un momento, eso la hace enrojecer, seguro estoy más rojo que ella. Pero es mi primita pequeña, la conozco desde siempre y estoy casi seguro que está mintiendo respecto a que soy guapo, ninguna chica me habla, al menos ninguna decente que no quiera sexo con el fenómeno de la nave. ¿por qué hablarían de esa clase de cosas si ni si quiera se animan a hablarme? Marian miente, supongo, pero tomo el rumbo por el otro tema que me genera incertidumbre.

-¿Enserio dicen todo eso? - lo digo con sarcasmo. Ella sonríe y asiente como diciendo: te aman Aleck. -¿Se me nota tanto? -añado, y ella sabe perfectamente de lo que hablo.

-¿De que te gustan los niños? -suspira -la verdad yo no lo sé, si tú no me lo hubieras dicho la otra noche yo no lo sabría, y los demás, pues... la gente lo murmura por ahí, aunque tampoco es que les importe mucho. Deberías decirlo, hay muchos gays en la nave y nadie les presta atención, los tratan normal y...

-¿Tus amigas lo saben? ¿se los dijiste? - le interrumpo, no quiero discutir sobre eso, a nadie tiene por qué importarle qué me gusta.

-No, no les he dicho nada, pero igual ellas ya lo sospechan. También dicen que eres un desperdició ya que debes ser fantástico en la cama porque te vieron bailar para el festival de hace unos meses -tapo mi cara con la mano. Maldito festival - y dicen que bailas muy bien, aunque no sé qué tiene que ver una cosa con la otra, pero bueno - mi boca se abre y y luego se cierra. Bueno, eso no lo pudo haber inventado, tiene diez años, y en la escuela lo que se dice de sexualidad no es lo suficiente para que ella entienda qué significa ese término, pero si ellas lo dijeron tiene sentido, una vez se acercó una chica, quería algo de mí que yo no podía darle, me negué argumentando una babosada, seguro se los dijo y por eso sospechan, pero no quiero pensar en eso ahora, no de nuevo, hoy hay un tema más importante -papá te desea suerte en la selección- me dice después de un rato tomando mi mano en su manita y apretándola, está tan tibia como la luz del sol que sale por el horizonte -que ojalá consigas la sección que deseas- le devuelvo el apretón de manos en agradecimiento por su apoyo. Le llevo doce años, y a veces pienso que es mucho más madura que yo, y lo es, porque mientras yo me preocupo por cómo me verán las personas hoy en la tarima, ella se preocupa por la selección, lo que debería estar haciendo yo, pero ya me he preocupado mucho por eso este mes, ¿y que gano con eso? Nada. Así que qué más da, la suerte ya está echada.

Estoy a punto de contestar cuando el arca se contonea con violencia, nos sacude hacia la izquierda y caemos de bruces en el metal frío.

-No de nuevo - grito cuando nos levantamos, nos miramos a los ojos por unos segundos, los dos sabemos qué va a pasar.

Me quedo observando los millones de alambres de los que se suspende el arca, cada uno de más de treinta centímetros de diámetro. Meto a Marian en mi pecho y me inclino un poco para protegerla mientas cálculo la distancia entre nosotros y la escotilla. La luz del sol ya es lo suficientemente fuerte para lograr ver el alambre que se desprende de la pared de piedra roja, vuela por el aire con la misma fuerza con la que me tiro hacia un lado con Marian y aterriza donde estábamos, a un metro de donde caemos. Los fragmentos de roca se estrellan contra la superficie de metal oxidado del arca, del tamaño de puños y cabezas humanas, se chocan contra mi espalda y mi cabeza haciendo un ruido que hiere los oídos, y un segundo después, todo se queda en silencio como si nada hubiera pasado. Un silencio aterrador, como el que anuncia la tragedia. Es el tercer alambre esta semana, ¿y aun así nos quieren hacer creer que todo va bien? Levanto a Marian del suelo y la pongo frente a mí.

-¿Estas bien? - casi le grito. Nos cuesta respirar por el polvo que se arremolina alrededor, menea a cabeza asintiendo, está pálida. Le aprieto la mano con fuerza y la arrastró tras de mi hacia la escotilla que se ha cerrado con el movimiento. Tenemos que salir rápido, no queremos que encuentren a la hija y el sobrino del general infringiendo la ley. Abro la escotilla y ésta emite un chirrido agudo. Meto a Marian. Las sillas y cosas que ella ha acumulado para alcanzar la escotilla que está a más de dos metros de altura yacen dispersas por todo el pasillo. Me lanzo cuando ella se aparta y cierro la tapa de un golpe. El corredor queda casi en tinieblas. La tomo por el brazo, hacia mi habitación, que está a unos metros y cierro la puerta justo cuando escucho los pasos de los vigilantes. Después de un rato en silencio los pasos se vuelven cada vez más lejanos.

-¡Wow! - exclama Marian. Me encojo de hombros.

-¿Qué?

-Diste un salto de dos metros como si fuera en escalón- me paso los dedos por el cabello. Por poco nos descubren -como un tigre- dice sin apartar la mirada de mi -un tigre blanco-

-Un tigre blanco... claro -murmuro -un tigre blanco un poco solitario, ¿no?

-Me pondré mi mejor vestido para asistir a tu gradua-selección - dice caminando hasta la puerta, me aparta para pasar y sacar la cabeza un poco para asegurarse que el pasillo esté vacío. -No estás sólo, Aleck, y los tigres blancos tampoco- añade y desaparece.

Me lanzo en la cama mirando las calcomanías pegadas del techo, las calcomanías de mi padre, las que dejó antes de irse. Una es de una mujer sonriendo a la cámara, trae un traje elegante y de fondo se puede ver la bandera de uno de los antiguos países, una fotografía de él, de cabello negro rizado y ojos azules, asumo que no tendría más de lo que tengo yo ahora. Era guapo, otra era del planeta tierra y una rosa pintada a lápiz. La flor me recuerda la prueba de aptitud y de repente de me entra frío.

Un señor llamado, Herman Rorschach, inventó unas figuras extrañas formadas a base de tinta distribuidas en diez hojas que forman manchas irregulares, cada persona ve en ellas lo que quiere ver, o, más bien, lo que su cerebro desea ver, o algo así. A las diez de la mañana tendré la cita con el psiquiatra y el psicólogo de la Comunidad De Arcas la C.D.A. Durante toda la semana se han pasado de un arca a otra haciendo la prueba de aptitud a todos los graduados para asignarles un trabajo, pues, según ellos, una persona trabaja mejor en lo que sabe hacer que en lo que le gusta, aunque la verdad para mí no tiene ningún sentido. Talvez tengan razón. ¿quién sabe? Hoy al atardecer será la selección. Ellos dos decidirán el destino de cada graduado, se basarán en la prueba de aptitud y complementarán con los resultados finales del instituto para dar un veredicto. Tengo miedo por eso, tal vez no me asignen al herbario, tal vez esa estúpida calificación en historia haga que cambien mis resultados, no puede ser que sea el único que sacó diez, es la materia más fácil de todas, ¿quién no conoce la historia? Si no me asignan al herbario... si eso sucede...

Me levanto de la cama de golpe, claro que me asignarán al herbario, mi segunda mejor calificación fue ciencias naturales, con énfasis en flora, le siguen: técnicas de supervivencia, atletismo, uso básico de armas y armas blancas, defensa personal avanzada, matemáticas y memoria. Mis peores puntajes fueron economía actual y trabajo en grupo. A veces me pregunto por qué la escuela parece más un entrenamiento militar que una escuela, pero no me atrevo a preguntar, nadie lo hace.

Miro el pequeño reloj de pared que marca las cinco con cincuenta. Tal vez tenga tiempo de ir un rato al herbario. Me pongo de pie y comienzo a desnudarme. En mi habitación sólo hay una cama, un espejo de cuerpo entero que tiene rasguños y partes despegadas, sin contar con varios pedazos faltantes, sus anteriores dueños no lo cuidaban para nada, también hay un pequeño armario, es gris como todo en el arca, el cuarto no tiene ventanas.

Desnudo me miro en el espejo, la escuela desde los ocho a formado mi cuerpo: músculos por todas partes, nada en exceso como el maestro de defensa personal, sus brazos daban miedo y un día pensé que moriría asfixiado con ello, pero todos los demás jóvenes de mi edad han hecho lo mismo que yo, así que en un mundo donde todos tienen músculos, los músculos ya no son atractivos, solo son normales, además la alimentación no es que sea la mejor, así que somos más bien delgados, excepto el trasero, no es una obligación entrenalo específicamente, así que nadie lo hace, pero me gusta ejercitarlo un poco, supongo que a eso se refieren las amigas de Marian, seguro eso me hace más gay, pero no soy el único, Pol también tiene un gran trasero, lo he visto en las duchas. Elimino ese pensamiento de mi cabeza, antes de que la erección en mi pene se haga incontrolable igual que todas las mañanas y me siento en la cama sin apartar la vista del espejo. Ahí acaba mi parecido con la gente normal. Mi cabello blanco como la leche no es tan lacio, eso ayuda a que cuando está demasiado largo no me descuelgue por la frente, sino que se amontone un poco. Mis cejas, pestañas y barba son exactamente iguales, hasta el vello de mis piernas y el poco que aparece en mi pecho son como la nieve, nieve que aún no conozco. El doctor dice que antes de la guerra era conocido como albinismo, aunque no se explica por qué mi piel, aunque sigue siendo más pálida de lo normal, no es tan blanca como debería ser en un albino, pero por mí, mejor. Luego están mis ojos, es lo que les gusta de mi a las chicas según Marian, son como el plomo derretido, como la misma luna, incluso con unos rasgos más oscuros que otros como sus cráteres. Me pongo de nuevo en pie y suspiro al observarme. El tigre blanco. El niño ojos de luna.

Pero no soy un tigre.

Tampoco un niño.

.................. ....................... ...............

Cuando salgo de mi cuarto lo primero que veo con la claridad que entra por la ventana es que han recogido el reguero de Marian. Me acerco a la ventana y veo a los trabajadores pegando de nuevo el alambre a la pared, como si funcionara de algo, toda esta arca es una gran bomba de tiempo. Sigo caminando por el pasillo y cuando llego a la esquina me detengo frente a su puerta. ¿debería tocar? ¿debería gritarle en la cara lo zorra que es? ¿Gritarle que creí que era mi amiga? La puerta se abre y doy un respingo, y aunque mi instinto de supervivencia me diga que corra, me quedo ahí. Un chico de cabello oscuro y ojos negros sale del cuarto abrochándose los botones de la camisa. Se sorprende un poco cuando me ve, luego sonríe.

-Hola, Al. ¿pensé que no habría nadie por aquí a estas horas? - mira para ambos lados. Es más pequeño que yo, podría aplastarlo como a un huevo.

-Me levanto temprano- digo cruzándome los brazos en el pecho -al parecer te equivocaste de habitación- se vuelve para mirar la puerta. Nunca he visto a este tipo y él sabe cómo me llamo. Sonríe.

-Ojalá me equivocara más a menudo- pasa por mi lado rozando nuestros hombros, aun sonriendo. Me quedo mirando el numero de la puerta, recordando. ¿cómo pudo pasar esto? ¿cómo pude dejarme arrastrar por ella? cuando ésta se abre. Esta vez no me sorprende, lo esperaba.

-Ah, tú- trae el cabello negro revuelto y su piel morena parece aún más oscura en contraste con las sombras de su habitación.

-¿A quién más esperabas? ¿al tercero de este día?

-Tu sarcasmo no me llega, Aleck.

-Pero sí sé con qué puedo hacer que te llegue- hago el gesto de contar dinero invisible y su rostro oscuro se ensombrece a un más.

-No todos tenemos un tío que trabaja con el gobierno y nos da dinero- se saca de en medio de los pechos un fajito de billetes desgastados y antiguos.

-¿Pero vender tu cuerpo? - le pregunto asqueado. Se encoje de hombros.

-El trabajo más viejo de la historia. A demás, era esto o morir de hambre, no sé tú qué hubieras preferido.

-Espero que la selección te dé un buen trabajo, no soporto escuchar los gemidos de tus clientes desde mi cuarto- es mentira, pero le duele la herida.

-Tal vez me den trabajo en el hospital- me giña un ojo, hace ademan de entrar de nuevo en su oscura habitación, pero lo evito.

-¿Porqué? - le pregunto, ya que tengo la pregunta atrapada en el estómago desde hace más de un mes -¿por qué querías acostarte conmigo? ¿por qué trataste de hacerte mi amiga si lo único que querías era que te llevara a la cama? ¿acaso sólo querías acostarte con el fenómeno de la nave? - me sorprende lo relajada y serena de mi voz, después de tanto tiempo esperando un acercamiento pensé que le gritaría. Sonríe con malicia y juguetea con su pelo en un gesto inocente.

-¿Acaso rompí tu corazón de muñeco de nieve? - siento la ira subir a mi cara y me abstengo de abofetearla.

-Jamás serías capaz de romper mi corazón de esa manera, nunca me fijaría en una...

-Mira, Aleck- comienza, apuntándome con el dedo, enojada -deja de acosarme. Búscate a quien más molestar, ya es hora de que madures, tienes veinte dos años. No será la primera vez que te rompan el corazón, te lo aseguro, ¿y sabes por qué?: porque a pesar de que te veas rudo, varonil y sarcástico eres demasiado sensible y dulce, como un tigre que se ve agresivo, pero al final resulta ser un peluche lleno de felpa. Tal vez tu problema no sea la inmadurez... En esta vida a estas alturas todos maduramos más rápido de lo normal -eso último lo dice más bien para sí misma, me mira a los ojos - el problema es que te sientes tan ridículamente sólo que te aferras a cualquier muestra de cariño- me quedo sin palabras. Ella continúa -¿sabes cómo puedes comprobarlo, ve allá afuera, deja de parecer tan amargado y frio y anímate a hacer amigos, cuando la nave entera te demuestre aprecio por el repentino cambio los querrás a todos, ¿y sabes qué? Ellos te romperán el corazón cuando los necesites de verdad igual que yo. Este mundo ya no está hecho para los que se encariñan demasiado con las personas. Ve lo que le paso a Luna- habla demasiado rápido, así que me quedo unos segundos meditando sus palabras.

-¿Acabaste? - pregunto conmocionado, pero fingiendo indiferencia.

-No eras el único que tenía algo que decir atrancado en el pescuezo. Lo siento si soy demasiado sincera- se forma un silencio incómodo.

-¿Qué querías de mí entonces? -pregunto, después.

-Sexo -Responde sin más -pensé que tal vez si me embarazaba del sobrino del general, tendría el futuro asegurado, pero aparte de que confundiste mi acercamiento con una muy sincera amistad, me di cuenta de que solo te gustan las vergas -Noto algo extraño en su mirada.

-Me tengo que ir- le digo y doy la vuelta para irme.

-Lo hice porque tenía que sobrevivir, Aleck, espero que entiendas - detengo mi avance - Si no quieres no le digo a nadie que te gustan los hombres, pero a nadie le importará en todo caso, a nadie aquí le importa quien vive, quien muere, solo no pienses en lo que dice la gente, tengo que prepararme para mi prueba de aptitud, espero que me asignen al hospital. Suerte, Aleck.

-Suerte, Jina- y luego el clic de la puerta me anuncia que ya no está.

Jamás me había puesto a pensar en los privilegios que tengo como sobrino del general, desde que perdí a mis padres el gobierno se hizo cargo de mí, pero al cumplir los dieciocho ya no somos su responsabilidad, pero mi tío nunca me desamparó económicamente, y apenas ahora me pongo a pensar en lo difícil que debió de haber sido para los demás hallarse sin nada al cumplir la mayoría de edad.

Mientas sigo por el pasillo, pienso si tal vez Jina tiene razón, ¿Y si nadie me habla porque soy yo el que me aíslo?

Bajo las escaleras que resuenan bajo mi peso, casi como si quisieran caerse. Todo en esta nave parece que quisiera caerse, incluso ella misma con más de quinientos pasajeros.

Suena imposible que haya tanta gente en un lugar como éste, sonó imposible al principio, pero cuando pones a la humanidad al límite, los límites desaparecen. Pero siempre van a estar ahí, escondidos. Hoy, hace un año, esos límites aparecieron de nuevo, en silencio, los fines que parecían insalvables y que fueron superados regresaron. Luna, una de las arcas, pereció ante una grave y contagiosa enfermedad con más de trescientas personas a bordo, Nunca se logró recuperar ni siquiera un cuerpo, y el arca fue lanzada al vacío. Los padres de Jina murieron allí, mis padres y los de todos murieron ahí. Sacudo la cabeza eliminando el pensamiento, nuestra arca va por el mismo camino.

Cuando bajo las escaleras me hallo en la sala común del sur. Hay estanterías con libros viejos, sillones desgastados y una humedad en el techo, queda justo debajo de la sala de lavado. Hay unas cuantas personas merodeando por ahí y levantan la mirada al verme pasar, se abstienen de saludarme, se cansaron de esperar una respuesta que no llega nunca, supongo. No es mi intención, pero cuando era pequeño los niños siempre me llamaban para burlarse de mí. Desde entonces no contesto a los saludos, saludar hace que me sienta obligado a seguir, a veces, una conversación que no quiero, era un niño, y un niño es una pieza de barro que se deja moldear, y a mí me modelaron con demasiada fuerza... O tal vez Jina esté en lo cierto.

Cruzo dedicando una fugaz mirada a unas cuantas personas, camino por un largo pasillo lleno de más habitaciones y llego al comedor, uno de los tres comedores. Solo se escucha el ruido de las mujeres haciendo el desayuno. La mitad de la nave está llena de habitaciones, la otra mitad se utiliza para generar los alimentos, así que llego rápido al lugar que llamamos el herbario, mi lugar favorito en el mundo. Cuando abro la pesada puerta el olor de la naturaleza me atrapa. El verde me llena los ojos, y cuando cierro la puerta me recuesto en ella respirando profundo. La parte superior es una compuerta que se abre hacia afuera y deja entrar la luz del sol que me golpea el rostro. Las plantas me rozan la ropa mientras paso por en medio de las macetas. Rojos, amarillos, violetas y cientos de colores se entremezclan en una danza apacible coreada por el susurro del viento que entra por el techo; se mueven, se acarician entre ellas, casi como admirándose unas a otras. Por desgracia, en el herbario, solo podemos cultivar plantan que sirvan para algo: comida, medicina y cosas por el estilo. Pero a veces nos permitimos jugar a ser Dios, aunque suene horrible. Me dirijo hacia el laboratorio donde logro ver por encima de las plantas la melena negra y peinada, como ella dice, estilo afro, que sobre sale por la ventana. Me acerco mientras ella mira por un gastado microscopio.

-Hola, Aleck. Llegas temprano- saluda levantando la cabeza. Sus casi cuarenta años no se notan, su piel es pulcra, y es un poco más morena que Jina.

-Hola Grace. ¿qué haces?

-Híbridas, como siempre - Separa su mirada del aparato y me mira -Hoy te gradúas - asiento, apartando la mirada -tu madre estaría orgullosa, ocupaste el segundo puesto, entre treinta.

- No es nada - digo, ella asiente con la cabeza, y noto que evita mi mirada, nerviosa, juguetea un poco con el microscopio y después de un pequeño rato me mira.

- Hace años hice algo, ¿quieres verlo? - asiento bastante emocionado, me aparto de las plantas que estaba observando y me siento en la silla a su lado, se inclina un poco, toma algo de una bolsita y la apretá en el puño, lo extiende hacia mí. Coloca la palma de mi mano bajo su puño mientras tragaba saliva.

-¿Muerde? - pregunto y sus ojos negros destellan.

-Lo hará- afloja el puño y algo verde cenizo y pesado cae en la palma de mi mano. Una semilla.

-¿Cómo lo has hecho? - pregunto, confundido -Las plantas híbridas que hemos creado las hemos mezclado después de que ya hubieran germinado- sonríe tímidamente.

-Llevo años trabajando en ella, Aleck, es especial, es la hija directa de la rosa que alteré, una F2, pero mucho mejor.

-¿Y especial significa?

-Una aberración para la humanidad. Aleck, necesito que cuides la rosa carnívora un tiempo, hay que sembrarla, para comprobar, estudiarla y todo eso, pero si la llegan a ver aquí no le perdonarán la vida, por eso confío en que la cuidarás, y confío más en tu criterio científico. Sé que me ayudarás - ¿Dijo rosa carnívora?

-Hablas de ella como si fuera... Grace, ¿qué hiciste? - no responde, se pone de pie y se vuelve hacia una estantería que hay aún lado, toma una maceta, ya reutilizada varias veces, y se pone a llenarla de tierra.

-¿Ya estas preparado? - evita mi pregunta. La dejo por el momento.

-Tengo miedo.

-¿De qué?

-de que mi prueba de aptitud lance otro resultado que no sea trabajar contigo

-Claro que lo hará- asegura tras darse la vuelta -llevo veintiún años aquí, y de todos los que han ingresado a esta sección eres el único que tiene el potencial. Las pruebas verán eso, te lo aseguro, aunque debes estar preparado por si las cosas no salen como esperas- pone la maceta frente a mi -dale agua tres veces a la semana y bautizala, recuerda, estudiala, analizala y luego me cuentas qué te parece, y como crees que la hice, si te convertirás en uno de mis aprendices, serás el mejor. Alguien tiene que aprender a cuidar todo esto cuando yo no esté - abre los brazos y muestra todo el herbario.

-Espero que esto no sea grave. El director nos permitió hacer mezclas siempre y cuando.

-Relájate, Aleck- me interrumpe -el director me dijo que si podíamos mezclar tomates con alguna planta para que produzcan en más cantidad y más rápido. ¿me ayudas? - odio como ella manipula siempre el tema de nuestras conversaciones. Me arrimo un poco y comenzamos a trabajar.

Media hora más tarde estoy en camino a mi cuarto, apretando la semilla de la rosa en mi mano y cargando la maceta llena de tierra. Me cruzo con unas cuantas personas y me animo a dar un estoico saludo levantando un poco el mentón. Saco la llave antes de llegar a la puerta y la introduzco. Miro para ambos lados, no sería bueno que me vieran entrar con una maceta. Más bien no sería normal, ya llamo suficiente la atención como para que ahora me tachen por loco. No hay nadie, así que giro la llave y entro. Siempre que entro en mi cuarto me abruma la estrechez, pero se necesita mucho espacio en la nave para cosas más importantes que la comodidad. Cierro la puerta y coloco el pestillo, enciendo la luz y avanzo hasta la pequeña mesita, coloco la maceta y me siento en la cama. Abro la palma de la mano y observo la semilla mientras recuerdo las palabras de Grace, "es especial" dijo, pero ¿qué tan especial? Me acerco a la mesita, pongo la semilla justo en la mitad y la entierro con el dedo índice un par de centímetros. Levanto la maceta y la llevo hasta el pequeñísimo baño, abro el grifo y humedezco un poco la tierra. La coloco donde estaba. Miro el pequeño reloj que marca la siete en punto, me tiro boca arriba sobre la cama y me estrego los ojos. ¿y si me asignan a otra sección? ¿y si miento en la prueba de aptitud para lograr llegar hasta el herbario? ¿me descubrirán? ¿sería lo suficientemente inteligente para lograrlo? Supongo que no. Entonces no me queda más que responder con sinceridad. Cavilo un rato hasta que me quedo dormido, donde tengo un un sueño intenso en el que trato de caminar, pero no puedo. para cuando despierto el reloj marca las nueve y quince.

Me pongo de pie en un salto, y camino hasta el pequeño armario, saco el mono blanco con franjas negras, el uniforme, y lo dejo sobre la cama con un par de medias y calzoncillos. El agua es fría, como siempre, pero me ayuda a relajar los músculos. Salgo del baño y me pongo el mono que ya comienza a quedarme demasiado ajustado. Por suerte dejaré de usarlo hoy, tal vez se lo regale a alguien que aún este en la escuela, incluso podría dejarlo para Marian, con un par de ajustes podría... Desecho la idea, no le quedaría nunca, ni siquiera con una modificación molecular como diría ella. Me paro frente al espejo y trato de arreglar un poco mi cabello. Mojado me cae más abajo del puente de la nariz, pero es un poco ondulado así que cuando se seca se arremolina y no hay poder humano que lo haga cambiar de posición. Decido dejarlo de cualquier manera, al menos no nos exigen tener el mismo corte militar que pedían antes de la guerra, bueno, excepto a los guardas de seguridad y ese tipo de personal. Antes de salir de mi cuarto le dedico una mirada a la maceta que conserva la semilla de la rosa. De Rosa, no suena mal.

Para llegar al hospital tengo que cruzar de nuevo por la desgastada sala común. Hay un par de personas y no les presto demasiada atención, pero cuando estoy acabando de cruzar por el umbral de la puerta, alguien me llama. Me detengo y me vuelvo hacia la voz femenina, es la maestra Alma (ella enseña matemáticas, con énfasis en memoria), lee un libro y no me quita la mirada hasta que me pongo frente a ella, debe tener unos cincuenta y tantos. Me extiende el libro y yo frunzo el ceño.

-Tómalo, te gustará- lo agarro con desconfianza. El libro está demasiado desgastado, la portada casi no se ve, se logra leer algo como: La quinta o, la otra parte del título esta rasgado.

-Nadie sabe cuidar los libros por aquí- sonrío.

-No, Aleck- dice ella -ese libro es mío. Era de mi madre.

-No. Entonces no puedo aceptarlo- le tiendo el libro, pero ella niega.

-Ya me lo sé de memoria, y a mi madre ya no le sirve de mucho- dejo de estirar el libro hacia ella y lo reposo en mi brazo.

-Gracias- es lo único que puedo decir. Ella sonríe y se saca un paquete de la espalda.

-No es todo- me extiende el paquete. Es cuadrado y está envuelto en papel de regalo reutilizado, de una esquina cuelga una tarjeta que reza: "felicitaciones".

-Tómalo como regalo de graduación.

-Gracias - digo, sin saber qué más decir, ella me mira a los ojos y suspira.

-Tu madre y yo éramos buenas amigas, ¿lo sabías? -asiento con la cabeza, en silencio, Grace me lo contó barias veces -Todo el tiempo hablaba de todo lo que te ibas pareciendo a tu padre mientras crecías, estaría muy orgullosa de ti si te viera graduándote hoy -un nudo se hace en mi garganta -y más orgullosa al ver que te convertiste en un gran hombre como lo era tu padre, un poco más introvertido, pero un gran ser humano -me abraza con fuerza. y me besa en la frente -suerte- añade y sale de la sala. Ellas eran apenas unas muchachas cuando los padres de la maestra Alma murieron, se hicieron casi como hermanas con Grace. Desde siempre la maestra Alma ha estado pendiente de mí, fue la promesa que le hizo a mi madre antes de morir, y ya la saldó. Saldar una promesa siempre es demasiado complicado.

Tengo tiempo de volver hasta mi cuarto a dejar el libro y el paquete, luego bajo las escaleras y corro por los pasillos. Cuando entro la sala de espera está atestada de jóvenes, todos me miran por un segundo y luego regresan a lo que estaban haciendo que, básicamente, es guardar silencio y esperar. Saludo con una sonrisa a un par de chicas que me caen bien, aunque nunca hablamos, ignoro al quinteto de oro, que es un grupito de amigos arrogantes y patéticos, y me siento junto al único chico que podría considerarse mi amigo.

Cuando estábamos pequeños siempre insistía en que fuéramos amigos, y aunque yo lo ignoraba por completo terminé cediendo a sus risas alocadas y pésimos chistes, y fue útil: yo lo ayudaba en flora y él me ayudaba en trabajo en grupo. Tiene los ojos rasgados, mi tío me contó una vez que su ascendencia era de un lugar que se llamaba Asia. Tal vez por eso me agrada, porque físicamente somos diferentes a los demás, y también porque es muy inteligente, ocupó el primer puesto en las notas finales de la escuela. Yo ocupé el segundo, no está tan mal, teniendo en cuenta todos los que somos.

-¿En dónde quieres quedar? - pregunta después de un rato.

-En el herbario, obvio ¿y tú? - se encoje de hombros

-En el hospital. Pero lo veo complicado.

-¿Por qué?

-Mis mejores puntajes fueron fauna y memoria, los animales son bonitos, tal vez me asignen a la granja. ¿y los tuyos?

-Historia, Ciencias naturales y flora- un hombre abre una puerta con una lista en la mano, luego de repasar la sala lentamente con la mirada llama a la primera en la lista que resulta ser Miranda.

-¿Crees que podamos mentir y funcione? - me dice y arqueo aúna ceja.

-¿Mentir en la prueba de aptitud y manipular los resultados? No lo sé - suspiro, sus ojos negros y rasgados me piden esperanza, pero, ¿cómo brindar esperanza a alguien si ni tú mismo la tienes? -es complicado- digo al fin y él hace una mueca.

-Lo intentaré.

- Edee Bunghan, no lo hagas- Él odia que diga su nombre completo, pero esta tan preocupado que no repara en ello.

-No quiero terminar mi vida limpiando estiércol de vaca, Aleck.

-Vele el lado positivo- le dedico mi mejor sonrisa y le aprieto la rodilla.

-Las vacas no te gritan cosas obscenas mientas dan a luz- sonríe.

-Lo que tu digas Jack Frost- es el único que puede bromear respecto a mi aspecto y no terminar con la nariz pegada al suelo. Nos pasamos la siguiente hora y media discutiendo acerca del aspecto que tendría Jack Frost, él dice que se parecería a mí, y yo digo que no tiene que tener el cabello blanco sólo por que controla el viento y la nieve, al final llegamos a la conclusión de que si nuestros hijos preguntan cómo era Jack Frost, les diremos que era calvo.

Media hora después mi nombre resuena por la pequeña sala de espera.

Capítulo 3 dos

Capitulo dos

Cuando estoy en la puerta me vuelvo hacia Edee y le doy un silenciosos adiós, él levanta ambos pulgares y sonríe exageradamente. Me agrada, que bueno que sea mi amigo, de esos en los que uno puede confiar.

Lo primero que siento al entrar es la fría y examinadora mirada del psicólogo. No lo veo desde que tenía diez, pero sigue siendo igual de atemorizante. Sus ojos azules siguen mi trayectoria, cada pequeño movimiento es observado hasta que me siento en la incómoda silla frente a él, su cabello negro y entre canoso se menea cuando se inclina para darme la mano. Es fría como el metal del arca en la madrugada.

-Bienvenido, Aleck - su voz es bastante grave. Meneo la cabeza asintiendo, con la boca seca - ¿cómo estás? -pregunta en un mero afán por romper la tensión mientras juguetea con los papeles manchados de tinta.

-Bien- no tengo más que decir así que me limito a observar el consultorio que es solo un poco más grande que mi dormitorio, las paredes están oxidadas, hay una pequeña ventana por donde entra un aire cálido y con olor a seco, la pintura verde claro se desprende por partes, formando manchas irregulares con formas extrañas.

-ya conoces el ejercicio Aleck, ¿lo recuerdas? - no me muevo -¿cuándo eras pequeño?

- Sí, sí. Lo recuerdo - froto mis palmas sudorosas en el mono. El psicólogo me ve nervioso y sonríe tratando de tranquilizarme, su sonrisa es aún más terrorífica, como cuando peleas con alguien a muerte y pierdes, y lo último que vez antes de morir es esa sonrisa diabólica de victoria.

-Vamos a empezar, ¿bien? - Trato de eliminar los pensamientos macabros que se acumulan por todas partes, mientras él saca uno de los cartones - me vas a decir lo primero que veas en él, depende del resultado te haré un pequeño grupo de preguntas relacionadas para estar más seguros - asiento, él voltea el cartón para que vea la tinta, pero no veo nada, parpadeo un par de veces y lo único que veo es una mancha irregular y sin sentido. Observo bien y tal vez logro ver una máscara, si, es una máscara que oculta un rostro.

- Es una niña - miento. El hombre parece imperturbable. Aprieto los ojos con miedo y respiro, no debería jugar con esto, me estoy jugando mi futuro . Cuando los abro decido que sea lo que sea que vaya a pasar, voy a decir la verdad, Grace tiene razón, nací para el herbario, ¿qué habría de temer?

- ¿Y este? - cambia el cartón por otro. Esta tiene color y si veo algo medianamente claro.

-Dos hombres que están subidos sobre otros hombres, como a caballo, parece que se despides o así-El psicólogo se remueve en la silla y saca uno un poco más grande -Dos hombres que hablan, o se esconden - saca la siguiente.

-¿Qué ves aquí, Aleck?

-Es como un monstruo, que está a punto de atacar -la siguiente es de un color similar -Es como una mariposa -él sonríe levemente mientras cambia a la siguiente -Es ...- me pongo un poco rojo, de seguro -en la parte de arriba parece un... pene -cambia a la siguiente, gracias a dios -Dos mujeres que hablan, o pelean -la siguiente está llena de color -hay dos lagartijas a los costados que trepan tratando de esconderse o huir -no sé por qué esa respuesta me hace sentir vulnerable.

-¿Qué ves en esta? -también es colorida.

-Arriba hay dos animales, en medio parece un perro y en la parte de abajo... son flores -¡Flores! Me alegra al fin ver flores o algo por el estilo.

-La última, Aleck, dime qué ves -me remuevo en el asiento, esta sí que tiene muchos colores.

- Son como animales del fondo del océano.

-Muy bien, Aleck - toma todos los cartones y los pone a un lado, luego saca un folio color negro y comienza a leer de un apartado que está casi al principio.

-¿Tienes claras tus metas en la vida? -me quedo boquiabierto.

-pues... no mucho a largo plazo, por ahora solo quiero entrar al herbario -el asiente, y luego continua.

-¿Eres ambicioso? -pienso por un momento.

-No mucho, la verdad.

-¿Cómo reaccionas a ambientes estresantes? - me aguanto las ganas de decir que salgo huyendo.

-Estoy seguro que actuaría con calma - digo al fin.

-Bien, ¿Cómo definirías tu relación con las personas? -Esta la tengo más clara, pero me da un poco de vergüenza confesarlo.

-Me gusta ayudar, si alguien me necesita lo ayudo...pero usted sabe que no soy muy sociable -él asiente.

-Estás mejor que cuando eras niño, Aleck, es normal que te sientas tan diferente y sé que lo entenderás algún día. Esta es la última pregunta -deja ese folio a un lado y toma otro de color verde en el que rebusca por un momento

- Si estás en un lugar en el que puedas esconderte y un hombre te persigue para matarte, ¿qué harías? - la respuesta es demasiado fácil para, me escondería hasta que el hombre se fuera. Pero suena demasiado cobarde así que me guardo esa respuesta sólo para mí.

-Buscaría como atacarlo, si me escondo siempre tendré miedo de que me encuentre- le contesto, escribe algo en su cuaderno. Un par de extrañas pruebas físicas, preguntas sobre mi salud en general, y una enfermera pasa a sacarme un litro de sangre para "estudios". Cuando salgo lo primero que veo es que Edee se ha quedado dormido, con la cabeza de lado y las piernas estiradas. Ya quedan pocos jóvenes en la sala, casi seis. Le muevo un poco la pierna y despierta con un sobre salto.

-¡No, yo no! - grita y lo tomo por la muñeca.

-Soy yo - afloja la expresión y se limpia la saliva que le escurre por la mejilla.

-Lo siento, tuve una noche ocupada- se estira, a él también le queda pequeño el mono -¿cómo te fue? - estoy a punto de contestar cuando el hombre de la lista lo llama, se pone de pie y me revuelve el cabello -nos vemos luego, Jack Frost.

Nos pidieron ir en ayunas, y ya son casi las dos de la tarde así que el estómago me duele como si tuviera dentro el quinto infierno, entones antes de ir a mi habitación paso por la pequeña tiendita. Mientras camino por el laberinto de pasillos pienso en que Jina tiene razón, de algo me sirve ser el sobrino del general, ya que cada mes recibo una pequeña suma de dinero que se desliza por debajo de la puerta. El dinero aquí no lo maneja cualquiera, al menos ningún estudiante, ya que no se nos permite trabajar hasta el día de la graduación, de ahí para allá podría decirse que somos mayores de edad, por lo tanto, nos toca conformarnos con las pocas miserias que nos da el gobierno: Comida, ropa y accesorios de aseo personal, y nada más.

Cuando llego me llevo dos paquetes de palomitas de maíz que están blandas, un pan con mermelada de mora, un pequeño trozo de panela y un vaso de té que no sé si será frío o caliente, pero está tibio.

Abro con dificultad la puerta de mi cuarto ya que tengo las manos llenas, enciendo la luz al entrar y lanzo la comida en la cama, me aflojo el mono y amarro las mangas en la cintura quedando sólo con la camisilla. Me lanzo a las palomitas de maíz que están más blandas de lo que pensaba, y aparte también están simples y grasosas. El pan se desmenuza en los dedos y al final termino con la mitad encima del mono. Sin ganas de desaprovechar ni una sola migaja me paso quince minutos lamiendo la mermelada que se ha quedado pegada de toda la ropa.

Cuando termino, estiro los brazos y me fijo en cada pequeño detalle de mi habitación, el techo oxidado, el espejo curtido, la maceta sucia con el pequeño tallo verde. Me pongo de pie como si de un resorte me tratase, y casi me caigo de la cama en un patético intento por ponerme de pie. Camino vacilante hasta la mesita y me inclino hacia la maceta. La semilla de la rosa a germinado, y un pequeño tallo verde del grosor de un dedo se alza un par de centímetros y se enrosca como el cabello de Marian. Doy un respingo cuando veo que el tallo se mueve, retrocedo unos pasos y caigo de culo cuando me enredo en el pequeño tapete que hay al pie de mi cama. ¡El pequeño tallo se mueve! Movimientos diminutos y casi imperceptibles, pero al fin y al cabo movimientos. Me pongo de nuevo de pie y me acerco a la mesita, el tallo es de un verde oscuro surrealista, casi como si fuera plástico. Medito la posibilidad de que sea falsa cuando tocan a la puerta. Tomo una camisa y la lanzo sobre la planta, pero parece demasiado evidente así que la meto bajo la cama, no me convenzo demasiado entonces termino metiéndola en el baño y cerrando la puerta. Me acomodo el mono y pregunto en voz alta:

-¿Quién?

-Yo- contesta, es un hombre, pero no reconozco su voz.

-¿Quién demonios soy yo?

-Aleck, soy yo Edee- suspiro aliviado mientras me limpio el sudor de la frente. Abro la puerta sólo un poco y me quedo allí plantado evitándole el paso, pero de un rápido movimiento se cuela sin que yo pueda evitarlo. Cierro de nuevo la puerta no sin antes revisar los pasillos y cuando me vuelvo Edee le da cuenta a uno de los paquetes de palomitas de maíz, saca la almohada de la cama y se recuesta en ella.

-¿No te parecían muy raras? - pregunta con la boca llena.

-¿Qué? - miro de soslayo la puerta del baño mientras me siento a los pies de la cama.

-Las preguntas- se encoge de hombros -eran raras.

-No creo que nos hubieran preguntado lo mismo.

-¿Qué te preguntaron a ti? - mueve la mano en el aire en un gesto que no entiendo -después de los dibujos - me enderezo un poco y sacudo la cabeza.

-¿Importa eso?

-Puede que no- deja de masticar y de repente parece abstraído -¿crees que te haya tocado en la sección que querías? - me encojo de hombros.

-No vi precisamente flores o células- cruza las manos detrás de su cuello mirando hacia el techo.

-Yo no vi jeringas ni bisturís- menea la cabeza y clava sus ojos negros en los míos -parece que perteneceremos al noventa por ciento de graduados que no conseguirán vivir una vida feliz.

-Eso es alentador, Edward- me mira de nuevo y me apunta con el índice.

-Edee, dime Edee, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir?

-Me gusta más Edward.

-Es el nombre de mi padre- se recuesta de nuevo -que chica tan sexi la que tienes ahí arriba- volteo los ojos y suspiro. No va a cambiar -¿qué pasa con Jina?, estaban juntos todo el tiempo y de repente ni se cruzan la mirada.

-Las chicas son complicadas- digo como única respuesta.

-Por eso te gustan los chicos ¿no? - pregunta, y lo miro con la cara caliente -no es cierto -sonríe y me golpea el hombro de forma amistosa - es broma- sonrió y me lanzo una palomita a la boca desviando la mirada hacia el baño, más bien por no mirarlo a la cara, Edee me ve y desvía su mirada hasta la puerta. Entrecierra los ojos y sonríe.

-Prestame el baño- se pone de pie tan rápido que no me da tiempo de reaccionar, camina y cuando tiene el pomo de la puerta en la mano le grito.

-¡No! - pero no me oye, entonces me lanzo sobre él cuando ya tiene la puerta entre abierta. Confío en él, claro, pero le prometí a Grace que nadie vería la planta y lo voy a cumplir, aunque tenga que patearle el trasero a mi amigo.

Ambos caemos al suelo y forcejeamos, sus manos son hábiles pero las mías fuertes. Le sujeto una mano y él mete los dedos de la otra dentro de mi nariz tirando hacia arriba. Cuando ya no puedo respirar me obligo a abrir la boca y aspirar, le suelto la mano y le aprieto un pezón, da un pequeño alarido poco masculino y saca los dedos de mi nariz, luego me prieta el cuello y presiona justo en los lugares exactos para no hacerme daño.

-No escondas a tu novio, Aleck- Después de un par de minutos parece más un juego, nos empujamos y reímos de vez en cuando. Diez minutos después nos extendemos en el suelo exhaustos y muertos de risa. Cuando nos calmamos pregunta:

-¿Quién hay ahí? - Meneo la cabeza.

-No te lo diré, y no estás en condiciones de pelear conmigo para averiguarlo por ti mismo- se sienta y hace un puchero infantil.

-¿No me dirás siquiera el nombre de tu nueva amiga? - me siento también y me recuesto en la cama.

-Rosa, su nombre es Rosa- frunce el ceño.

-¿Rosa? No me suena.

-No conoces a todo el mundo en la nave- le aseguro. Ríe con orgullo.

-Para mí no es un secreto que a ti te buscan las chicas más fáciles, siendo así, debería conocerla- me giña un ojo.

-Talvez ya quiero sentar cabeza con una chica decente- a veces olvido que Edee cree que soy hetero, y siempre me he preguntado por qué no se lo he dicho si él ya lo sospecha, es más, ambos sabemos que el otro sabe, yo sé que él lo sabe, y él sabe que yo sé que él sabe, en fin, siempre nos hacemos los idiotas respecto al tema, bueno más bien yo. Se encoje de hombros se pone en pie.

-Nos vemos en un rato- camina hasta las puerta del baño y temo que la vaya a abrir -oye Rosa- le grita a la chica inexistente -prometeme que cuidarás a Jack Frost por mi cuando yo no esté, es delicado y se rompe fácil- camina hasta la salida y se gira antes de salir -que rápido creces, ayer te hacías la paja tú solito- desaparece antes de que el zapato que le lanzo lo alcance y escucho como se ríe antes de decirle a alguien que seguramente pasa junto a él por el pacillo "Hola guapa". Me pongo de pie y abro la puerta del baño.

-¿Oíste rosa? - le digo a la planta -tienes una promesa que cumplir.

-¿Quién es rosa? - dice una voz a mis espaldas, cierro la puerta del baño tan rápido que me hago daño en la nariz.

-¿Qué te he dicho de que entres sin tocar a mi cuarto? - le digo a Marian mientras me agarro el puente de la nariz.

-La puerta estaba entre abierta, y Edee me dijo que entrara - se encoge de hombros. Está hermosa, trae un vestido rojo que le baja hasta las rodillas y un corsé, su cabello rubio peinado en una trenza de lado y un poco de maquillaje.

-Estas hermosa, gran vestido- le digo, mi nariz comienza a sangrar un poco. Saca un pañuelo blanco de los pliegues de su vestido y me obliga a sentar en la cama, lo pone contra mi nariz.

-Gracias. Tardé casi todo el año haciéndolo para este día, lo único que le pedía al cielo era que no te fueras a morir antes de la graduación para poner estrenármelo.

-Agradezco tus buenos deseos- mi voz suena rara con la nariz tapada

-¿Enserio lo hiciste tú? Está hermoso - su cara enrojece. La sangre se ha detenido y cuando Marian quita el pañuelo hace una mueca de hastío.

-Mierda- susurra. La castigo con la mirada por la palabrota. Se encoje de hombros restándole importancia -pareces un muñeco de nieve con una nariz de tomate.

Me pongo de pie y camino hasta el espejo, mi nariz esta tan roja como una manzana. Parece que ahora si voy a resaltar en la graduación.

-Tal vez el agua fría te ayude.

-Espero que sí.

-¿Qué estas esperando para darte una ducha? - Me meto en el baño teniendo cuidado de no abrir mucho la puerta para que Marian no vea la maceta. Cuando entro la pongo tras la puerta y me ducho procurando que el agua fría me caiga directo en la nariz por un largo rato. Estúpidos reflejos, se supone que para eso me entrenaron todo mi vida, y ahora me golpeo a mi mismo con la puesta de baño. Patético. He desperdiciado años de trabajo contigo, me imagino que diría el profesor de defensa personal, con todo y su acento poco seseante, la ocurrencia me hace reír he irremediablemente pienso si volveré a reír hoy.

Cuando salgo envuelto en la toalla Marian ya ha sacado mi nuevo mono del armario y lo observa sobre la cama.

-Que feo- dice. Es un mono completamente negro, de una tela suave y ajustado al cuerpo, de mangas cortas y cuello en v. Típico para la ceremonia.

-Cada año es el mismo, no sé de qué te quejas- le digo mientras tomo el mono. Ella me da la espalda cuando comienzo a quitarme la toalla y cuando me pongo el mono ella suspira.

-Llegaremos tarde.

-Tranquila- me siento en la cama y me calzo las botas que suben casi hasta las rodillas. Marian se voltea y comienza a peinarme, me tira el cabello hacia un lado y sonríe.

-Ya no está roja tu nariz- me pongo de pie y me veo en el espejo, está morada. El mono es bastante ajustado, pero es lo suficientemente flexible como para levantar las manos y tener buena movilidad -estas guapísimo, se te ve bien el trasero, las chicas se van a morir - me toma de la mano -¿vamos?

..................... ........... ...............

La sala de graduación es el lugar más amplio en el que haya estado en mi vida. Cien metros de altura y casi doscientos metros cuadrados, en realidad es la zona de aterrizaje, pero adecuada con una pequeña tarima para el evento. No hay sillas, así que las personas se amontonan frente a la tarima. Una marea de monos negros mezclados con ropas medianamente decentes debido a la ocasión, se mueve como las hojas al viento. En la tarima hay diez sillas, siete para los representantes de cada sección de trabajo, dos para el psicólogo y el psiquiatra y la otra para el general, mi tío. El presidente está demasiado ocupado para venir a una simple selección de trabajo.

Camino con Marian de la mano hasta que me uno a Edee que está concentrado mirando las sillas vacías de la tarima. Me saluda con un gesto de la cabeza, y aunque me mira la nariz con desconcierto se traga todas las preguntas cuando un aéreo deslizado tapa la luz que entra por el tragaluz del techo.

-Ya llegaron los chicos de las otras arcas- dice y sujeta también la mano libre de Marian, ella le dedica una de sus mejores sonrisas -tu primo es demasiado descuidado, seguro deja que te roben- Marian parece demasiado contenta sujetando nuestras manos. Ella y Edee siempre han tenido una buena relación, aún recuerdo las horas eternas de discusión entre ellos hablando de cómo se debe conquistar a una chica.

Quince minutos después las puertas que conducen a las placas de aterrizaje se abren dejando pasar decenas de jóvenes con monos negros. Nosotros tenemos ventaja al vivir en el arca principal, ya que nuestros familiares pueden asistir a la ceremonia mientras que los demás chicos tienen que viajar solos. Nosotros no tenemos a nadie más que a nosotros tres, nuestros padre murieron el mismo día, y es algo en lo que no nos gusta pensar mucho.

Hace doce años, cuando yo tenía diez, Edward once y Marian no había nacido, un virus se dispersó por el arca luna, se perdieron decenas de vidas, la gente moría por montones y el arca no tenía suficientes personas para ayudar, entonces comenzaron a llevar hombres y mujeres de otras arcas para que ayudaran con los enfermos; mis padres, los de Edward y los de cientos de niños más, incluidos los de Jina y Pol. Nunca volvieron. Edward nunca le perdonó a su padre que lo hubiera abandonado, desde entonces odia que le recuerden que ambos se llaman de la misma manera, tal vez le hace recordar que lo último que le dijo fue un "te odio". Las últimas palabras de mi padre fueron cuida a Edward, y de mi madre... sólo recuerdo el poema que me recitó la noche anterior. Vimos como todos partieron y como sus promesas de regresar nunca se cumplieron. Desde entonces siempre estamos los tres juntos, como una familia, ya que mi tío jamás visita a Marian, y su madre murió de cáncer cuando tenía dos.

Las sillas de la tarima se comienzan a llenar y Marian ahoga un grito al ver a su padre; altivo, firme e imponente, con su mono celeste y sus insignias, camina firme y decidido, con sus ojos azules escudriñando la multitud. Cuando sus ojos reconocen mi cabello por encima de todos, Edee y yo, que seguimos sujetando a Marian, la levantamos para que él la vea, cuando lo hace sonríe y niega con la cabeza. Seguro piensa que no tenemos remedio. Grace ocupa su puesto como representante del herbario, se ve demasiado seria y callada.

Suena el himno y todos se paran firmes. Cantamos unos segundos y luego el psicólogo se pone de pie, camina hasta el atril y golpea el micrófono un par de veces.

-Bienvenidos a Emma- su voz retumba por todas parte haciendo daño a los oídos -antes de iniciar la ceremonia de selección guardaremos un minuto de silencio por nuestros compañeros que perecieron en la caída de nuestra vecina Luna hace doce años justamente hoy- todos guardan silencio, Marian aprieta mi mano con fuerza y estoy seguro que también la de Edee, después del minuto el hombre dice:

-Como todos saben, la selección se realiza gracias a un previo examen de aptitud, el porqué del examen es cuestionado entre muchos, pero responderé a esos interrogantes de la misma manera en que los respondo cada año- Edee y yo lo imitamos mientras lo dice -una persona hace mejor lo que sabe hacer que lo que le gusta hacer, porque una persona que sabe lo que hace lo hace bien- es la frase más estúpida que he oído, se supone que una frase motivadora tiene que rimar, o al menos tiene que ser cursi, pero creo que los psicólogos no tienen creatividad para idear frases motivadoras o convincentes, no al menos estos.

-En esta lista- continúa y levanta una mano para que la veamos -tenemos los resultados de la prueba de aptitud y los trabajos ya están asignados- miro a Edde, luce preocupado, tal vez más preocupado que yo, seguro está pensando lo mismo.

En cada arca se puede trabajar con cualquier empleo, pero no en cualquier arca lo enseñan. Los únicos empleos que se enseñan en Emma son: el trabajo en el herbario, el hospital y la cocina. Si a alguno de nuestra nave le asignan otro empleo tendrá que mudarse, y cuando se gradúe lo asignarán permanentemente a una de las arcas, por lo regular nadie vuelve.

El psicólogo toma la lista, la abre y llama a la primera persona que resulta ser una chica de cabello rojizo, sale de entre la multitud y camina torpe hacia la tarima, se tropieza en el último escalón y la multitud ahoga un grito.

-Pobre- dice Marian -caerse el día de tu graduación y justo ser de primera- la chica se pone de pie como un relámpago y el psicólogo dice:

-Tú prueba de aptitud, realizada la semana pasada determina que tu sección es...- la chica da un respingo cuando el hombre casi grita -seguridad- se queda sin aliento y se dirige a la representante de esa sección que se pone de pie, camina hacia una mesa, toma un paquete que contiene el uniforme se lo entrega junto con la llave de su casillero, luego la chica le da a la mano a cada uno de los representantes, incluido mi tío, y baja del escenario.

Hay siete trabajos:

La escuela

El hospital

El herbario

La granja

La cocina

Oficios varios (Limpieza, mantenimiento, electricidad, construcción etc.) y la policía, o seguridad.

El siguiente chico entra al herbario, y como no es de esta arca tendrá que mudarse, no dejo de sentir envidia por él. Le entregan el uniforme y la llave, luego pasa a dar la mano, cuando pasa por Grace ella se le queda mirando, será uno de sus nuevos aprendices. No cualquiera pude entrar al herbario, allí se estudia mucho la química, producción agrícola y cosas así, es una de las sesiones más complicada.

La siguiente es una chica que entra a la cocina, no hay mucho que aprender en esa sección, así que se enseña en todas las arcas y nadie tiene que mudarse. Luego sigue Jina. Estiro la cabeza y veo como su piel canela resalta más que mi cabello blanco. Se ve segura y feliz, con una hermosa sonrisa que se borra cuando la asignan a la granja. Baja con su uniforme y la llave sin darle la mano a nadie, sale por la puerta, y yo me quedo mirando por dónde se ha ido. Un par de personas más y el estómago me da un vuelco cuando llaman a Edee. Él suelta la mano de Marian y se abre paso entre la gente, cuando llega al pie de las escaleras mi dedica una mirada rápida y sube.

-Edward, tu prueba de aptitud realizada hoy, sin ninguna novedad, determina que tu sección es...- hace una pausa dramática. Estúpido. -seguridad - Marian aprieta mi mano tan fuerte que me hace daño. Edee se queda un segundo petrificado y cundo vuelve en sí parece desubicado. Cuando le da la mano a mi tío parece tardarse un poco más de lo normal. Marian ahoga un gemido.

Edee tendrá que mudarse.

Cuando llega de nuevo hasta nosotros lo primero que hace es soltar la bolsa con el uniforme en el suelo y cargar a Marian que comienza a llorar en su hombro bajando el tono para no llamar demasiado la atención, Edee le acaricia el cabello destrozando su peinado.

-Tranquila- le dice -todo va a estar bien- luego me mira y cuando nuestros ojos se conectan lo único que puedo hacer para darle consuelo es apoyar mi mano en su hombro y no llorar. Después de tanto tiempo juntos nunca habíamos meditado la posibilidad de separarnos, y ahora siento un nudo en la garganta. después de treinta graduados más se escucha mi nombre. Cuando paso Edee me da un golpecito en el hombro.

Siento todas las miradas sobre mí, sobre el chico ojos de luna, el tigre blanco. El corazón me galopa en el pecho tan fuerte que lo siento en las cienes, me entran ganas de vomitar, pero me obligo a inhalar por la nariz y exhalar por la boca. Siento mi cuerpo más pesado de lo normal cuando subo por las escaleras. Soy consciente de las miradas de curiosidad de los chicos de las otras arcas, ellos nunca me habían visto y debo resultar curiosísimo. El psicólogo me mira, sus ojos me paralizan en la mitad del camino, trato de moverme, pero mis pies no responden, me quedo allí cuando él habla.

-Aleck. Tú prueba de aptitud realizada hoy, con ninguna novedad, indica que tu sección es...- aprieto los puños. Que sea el herbario, que sea el herbario, y no, no es el herbario -¡seguridad! - lo primero que veo es la cara de sorpresa de mi tío antes de que mi cerebro recopile la información necesaria para procesarlo. Cuando las llaves de mi nuevo casillero se agitan ante mi cara me obligo a tomarlas, luego me vuelvo para ver a el representante de la sección y me encuentro con un hombre de color, con dos metros de altura y una cara de pocos amigos que me ofrece la bolsa. Le doy la mano mientras finjo un poco de fortaleza que no tengo, luego camino hasta las sillas y le doy la mano a cada uno de los representantes, todos tienen las manos demasiado frías, Grace tiene los ojos brillosos y me da un pequeño abracito, Cuando llego hasta mi tío él ya está de pie, le ofrezco la mano, pero él la ignora, me toma por el hombro y me abraza tan fuerte como la noche en la que me dijo que mis padres no cumplirían su promesa.

-Tranquilo, Aleck, te sacaré de ahí, ese no es lugar para ti- respondo lo único en lo que me puedo preocupar en este momento.

-Marian. No la dejes sola.

-Me encargaré de eso, no te preocupes.

-Prometelo.

-Lo prometo- me suelta y de repente me siento desprotegido, a la intemperie. Bajo del escenario y cuando llego hasta Edee y Marian veo que ella ha llorado tanto que tiene los ojos hinchados, la tomo de la mano y los tres salimos sin decir nada, ¿Qué nos podemos decir?

Lo único que puedo asegurar de nuestro futuro es que esta noche no habrá fiesta.

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