El eco de la sirena de la ambulancia aún perfora mis recuerdos.
Un listón suelto, según ellos. Mi carrera de bailarina, mis sueños en el Festival Nacional de Danza Folclórica, se hicieron pedazos junto con mi tobillo.
Pero la verdadera tragedia fue ver a mi madre, mi única familia, consumirse por el dolor y la injusticia de todo lo que me hicieron. La enfermedad que se la llevó fue un veneno lento, goteando de cada titular que me acusaba de mi propia "negligencia".
"La joven promesa, Sofía, descuidó su propio vestuario en un acto de irresponsabilidad imperdonable", repetían, mientras Catalina sonreía, inocente, detrás de su fachada de preocupación. ¿Cómo podían creerles? ¿Cómo podían culparme a mí, la víctima, de mi propia desgracia?
La desesperación me llevó al borde, pastillas en mano, una carta de despedida a un mundo que me había traicionado. Pero la oscuridad no fue el final.
Un parpadeo. El olor a laca. El murmullo del público. Mi tobillo, perfecto.
"¡Sofía! ¡Sales en cinco minutos! ¿Estás lista?"
Había vuelto. No era un sueño, ni el más allá. Era la noche del Festival, mi segunda oportunidad. Y esta vez, no caería en la trampa.
El eco de la sirena de la ambulancia todavía resonaba en mis oídos, una melodía terrible que se mezclaba con los gritos ahogados de mi madre. La vi desplomarse junto al escenario, su rostro una máscara de horror mientras los paramédicos me subían a una camilla. El dolor en mi tobillo era agudo, blanco, pero nada comparado con el dolor de ver mis sueños hacerse añicos. El Festival Nacional de Danza Folclórica, la noche que debía consagrarme, se había convertido en mi tumba artística.
Todo por un listón. Un maldito listón en mi zapato de baile, uno que yo no había amarrado de esa forma. Sabía quién lo había hecho. Catalina. Su sonrisa, falsamente preocupada desde el otro lado del escenario, era la única prueba que necesitaba. La envidia la carcomía desde que me eligieron para el solo principal.
La investigación fue una farsa. El padre de Catalina, un pez gordo en el mundo del espectáculo, movió todos sus hilos. Compró testigos, silenció al personal de vestuario y giró la narrativa. De repente, la víctima era yo, pero de mi propia negligencia. "La joven promesa, Sofía, descuidó su propio vestuario en un acto de irresponsabilidad imperdonable", decían los titulares. Me humillaron públicamente, mancharon mi nombre y destruyeron mi carrera antes de que pudiera empezar.
La lesión fue permanente. El médico fue claro, "Nunca volverás a bailar a nivel profesional". Esas palabras fueron el clavo final en mi ataúd. Mi madre, mi única familia, no pudo soportarlo. El estrés, la injusticia, la impotencia, todo se acumuló en su frágil cuerpo. Su salud se deterioró rápidamente, consumida por una enfermedad que los doctores atribuían al profundo sufrimiento emocional.
Verla postrada en una cama de hospital, pálida y débil, fue mi punto de quiebre. La culpa me devoraba. Era mi sueño el que la había arrastrado a este infierno. Sin dinero, sin reputación y con mi madre muriendo, me sentí completamente sola. Una noche, en el silencio de nuestro pequeño apartamento, tomé una decisión. Si mi vida de baile había terminado y mi madre se iba, ya no quedaba nada por lo que luchar. Sostuve el frasco de pastillas en mi mano, un amargo final para una historia que debió ser de triunfo. Las lágrimas caían sobre la nota de suicidio que escribí, una disculpa a un mundo que me había dado la espalda.
Y entonces, todo se volvió negro.
Un parpadeo.
Un destello de luz cegadora.
El olor a laca para el cabello y a madera recién pulida inundó mis sentidos. El murmullo de un público expectante era un zumbido familiar. Estaba de pie, tras bambalinas, con el corazón latiéndome a mil por hora. Mi tobillo... no dolía. Lo moví, incrédula. Estaba perfecto, fuerte. El vestuario, el mismo vestido rojo con flores bordadas, se sentía ligero sobre mi piel.
Miré mis manos. No eran las manos de una mujer derrotada de veintitantos años, sino las de una joven de dieciocho, llenas de vida. El calendario colgado en la pared del camerino lo confirmó. Era la noche del Festival Nacional de Danza. Había vuelto.
Una oleada de conmoción y euforia me recorrió. Esto no era un sueño. No era el más allá. Era una segunda oportunidad. Una oportunidad para reescribir mi final, para salvar a mi madre, para obtener justicia.
"¡Sofía! ¡Sales en cinco minutos! ¿Estás lista?"
La voz del director de escena me sacó de mi trance. Mi primer instinto, el de mi vida pasada, fue sonreír y decir que sí, caminar hacia mi destino como un cordero al matadero.
Pero esta vez no.
Con una claridad que me heló la sangre, recordé cada detalle. El listón, la caída, el dolor, la sonrisa de Catalina. Todo estaba a punto de suceder de nuevo.
"No", dije, mi voz sonando más fuerte y firme de lo que esperaba.
El director de escena, un hombre gordo y siempre apurado, se detuvo en seco.
"¿Cómo que no? Niña, es el solo principal. ¡El público te espera!"
"No voy a salir", repetí, y empecé a desatarme los listones de los zapatos de baile. No los que Catalina había manipulado, sino los míos. Tenía que cambiar la jugada por completo.
Mi decisión inesperada creó una onda de choque inmediata. El director de escena palideció.
"¿Te has vuelto loca? ¿Sabes lo que esto significa para tu carrera? ¡Para la reputación de la academia!"
Su voz se elevó, atrayendo la atención de otros bailarines y personal. El pánico empezó a extenderse por el área tras bambalinas. Me negaba a moverme, manteniendo la calma mientras el caos crecía a mi alrededor. Este era mi primer movimiento en una partida de ajedrez que ya había perdido una vez.
En medio de la confusión, mis ojos se encontraron con los de ella. Catalina. Estaba de pie a unos metros de distancia, observando la escena con una expresión de desconcierto que rápidamente se transformó en una delgada línea de ira. La confusión en su rostro era la confirmación que necesitaba. Ella esperaba que yo saliera al escenario, que cayera, que me destruyera. Mi negativa había arruinado su plan. Vi el destello de malicia en sus ojos, el mismo que recordaba de mi lecho de muerte, y supe, sin la menor duda, que ella era la causa de toda mi miseria. La conexión entre este momento y el final de mi otra vida era innegable, y la sospecha se convirtió en una certeza de hierro. No iba a permitir que ganara. No esta vez.
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La presión a mi alrededor era sofocante. El director de escena sudaba, gesticulando con las manos mientras me suplicaba.
"Sofía, por favor, recapacita. Es solo el nerviosismo del debut. Todas lo sienten. Sal ahí y brilla, es tu momento."
Pero yo me mantuve firme. La Sofía que conocían, la chica dócil y trabajadora que solo vivía para complacer a sus maestros, había muerto en un futuro que solo yo recordaba.
"No son nervios", dije con calma, quitándome las flores del cabello. "He tomado una decisión. No voy a bailar esta noche."
Mi negativa era una roca contra la que las olas de sus súplicas y amenazas se rompían en vano. Catalina se acercó, fingiendo una preocupación que me revolvió el estómago.
"Sofi, ¿qué pasa? ¿Te sientes mal? Podemos pedir un médico. No dejes que algo así arruine tu gran noche."
Su voz era miel envenenada. La miré directamente a los ojos, dejando que viera el hielo en los míos.
"Estoy perfectamente, Catalina. Simplemente no quiero bailar."
Unos días después, la academia organizó una evaluación de emergencia para decidir el futuro de mi beca. Era una prueba teórica y práctica sobre historia y técnica de la danza. En mi vida anterior, me esforcé al máximo, obteniendo una calificación casi perfecta, tratando de demostrar mi valía después del "incidente" que nunca ocurrió en esta nueva línea de tiempo. Esta vez, tenía un plan diferente.
Me senté para el examen teórico y deliberadamente contesté mal. No de una manera obvia, sino con errores sutiles. Escribí respuestas que parecían lógicas para un estudiante promedio, pero que un experto reconocería como fundamentalmente incorrectas. En la parte práctica, ejecuté los pasos con una técnica mediocre, sin la pasión y precisión que me caracterizaban. Me sentí como una traidora a mi propio cuerpo, a mi propio arte, pero era un sacrificio necesario.
Los resultados se publicaron en el tablón de anuncios. Mi nombre estaba en la parte inferior de la lista, con una calificación que apenas aprobaba. Los murmullos me siguieron por los pasillos. "No puedo creerlo, ¿qué le pasó a Sofía?", "¿Será que la presión la superó?", "Quizás nunca fue tan buena como pensábamos".
Y en la cima de la lista, con una puntuación perfecta de 100, estaba el nombre de Catalina. Un 100 perfecto. Algo que era prácticamente imposible de lograr en una evaluación que incluía componentes subjetivos de interpretación artística. El resultado era tan extraordinario que generó admiración en lugar de sospecha.
La directora de la academia, la señora Morales, una mujer estricta pero que siempre había creído en mí, me llamó a su oficina. Su rostro mostraba una profunda decepción.
"Sofía, no entiendo. Tu desempeño fue... atroz. Este no es tu nivel. Miré tus respuestas del examen y son el trabajo de una principiante. ¿Qué está pasando contigo? Catalina, en cambio, estuvo impecable. Su ensayo sobre la influencia del Jarabe Tapatío fue brillante."
Sentí un nudo en la garganta. Ver la decepción en sus ojos era casi tan doloroso como el recuerdo de mi tobillo roto. Quería gritarle la verdad, decirle que Catalina era una fraude, que algo oscuro estaba sucediendo. Pero no tenía pruebas, solo un conocimiento imposible de un futuro que no había ocurrido.
"Lo siento, señora Morales. Quizás... quizás todos me sobreestimaron."
Salí de su oficina sintiéndome más sola que nunca. El sacrificio dolía. Había manchado mi propia reputación, había decepcionado a la única figura de autoridad que me apoyaba. Pero entonces vi a Catalina en el pasillo, rodeada de un grupo de admiradores, riendo y aceptando felicitaciones. Su éxito, construido sobre una mentira que yo aún no entendía del todo, encendió una llama fría en mi interior. La tristeza se convirtió en rabia. Ya no se trataba solo de evitar mi trágico destino, se trataba de exponerla. Cueste lo que cueste, iba a arrancar esa máscara de perfección y mostrarle al mundo quién era realmente Catalina.
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