Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Lamento haberme enamorado de ti.
Lamento haberme enamorado de ti.

Lamento haberme enamorado de ti.

Autor: : Larine Books
Género: Romance
Cuenta la historia de Katrina, un alma rebelde que nunca sigue las reglas, viaja en busca de trabajo a la ciudad, aunque dentro de las razones también se encuentra la venganza. Luego de un par de días de búsqueda un extraño caballero le ofrece ser sirvienta en su mansión y ella sin dudarlo acepta porque necesitaba el dinero. Conforme van pasando los días se van conociendo y volviendo amigos, el amor va creciendo entre ellos mientras menos lo esperan. Pero hay algo que lo iba a cambiar todo: En su relación, ¿Y en su venganza?

Capítulo 1 1

La vida es tan simple pero todos insistimos en complicarla, ¿No es verdad? Hay quienes desean tener todo y al mismo tiempo no se dan cuenta de lo muy afortunados que son: Tienen un techo, una cama abrigada, ropa distinta para vestir los distintos días de la semana, si abren su canilla tienen agua potable, si quieren ducharse ni deben calentar el agua, no tienen el miedo de no saber si el día de mañana podrán comer al menos un pedazo de pan viejo, hay zapatos en sus pies, hay privilegio en cada una de estas cosas, y te lo afirmo porque yo, se lo que es vivir sin todo esto.

A pesar de esto, tenía muchas cosas: Podía dormir cada noche bajo el techo de mi abuela, y la tenía viva que no es algo menor, mi pequeño hermano Patrick estaba sano, mi madre también se encontraba bien, tenía agua aunque fuese de un aljibe, podía bañarme aunque no fuese con agua caliente, tenía ropa para vestir a pesar de que solo fuesen 5 juegos, no teníamos mucho por comer pero al menos me aseguraba de que Patrick y mi abuela no se quedaran con hambre, mi madre y yo a veces dejábamos nuestro bienestar de lado.

Mi cabello era negro y rizado, mis ojos verdes y mi piel vestía un tono café claro inclinándose hacia el blanco, no como el de mi madre que era bien oscuro, al igual que el tono de piel de Patrick. Me llamo Katrina, como aquel huracán tan destructivo del dos mil cinco, me apellido Domínguez, como mi padre, ya que compartían el apellido por su matrimonio, del que nos dieron como fruto. Mi cuerpo era normal, ni tan pechugona ni tan sin nada, tenía un hermoso lunar en mi mejilla izquierda que me volvía única.

Mi madre, Sam Domínguez, siempre me recordaba lo hermosa que era, pero la verdad era que ella lo era: Era perfecta, sus ojos verdes, su piel oscura, su pelo rizado como el mío, tenía un poco de sobrepeso, pero eso no le quitaba nada. Mi abuela, Denisse Santos, era el calco exacto de mi madre, pero con un par de arrugas más.

Fui a sacar la ropa que ya se había secado para doblarla y guardarla. Una vez que ya había preparado todo comencé a dirigirme a la habitación de mi abuela, pero escucharlas hablar me detuvo y sentí curiosidad en escuchar, pues lo poco que hablaban siempre lo hacían a escondidas.

-No puede ser que ya no haya ni pan -Manifestó Denisse.

-Lo lamento madre -Contestó apenada Sam.

- ¡No merecemos esta vida! Podríamos tener todo -Insistió Denisse.

-No sigas por favor -Pidió Sam.

- ¿Acaso es mentira Sam? -Preguntó Denisse.

-Sabes que no hay más remedio, ya no tengo nada -Murmuró apenada Sam.

En ese momento decidí entrar, quería averiguar más, no quería que me ocultaran más esto, después de todo ya tenía veinte años y estaba apta para saber todo. Un poco molesta dejé la pila de ropa sobre la cómoda.

- ¿De qué hablan? -Pregunté molesta- Siempre cuchichean y nunca me dicen nada, ¿Cuál es ese secreto que por tantos años me están ocultando? Porque no es la primera vez que escucho una conversación referida a esto.

-No es nada, mi sol -Respondió Sam.

- ¿Y por qué no le dices? -Planteó Denisse.

- ¡Porque no! ¡Ella no tiene porqué saberlo! -Exclamó Sam.

-Mi querida nieta -Dijo Denisse- A tu madre le robaron su fortuna.

Y esa noticia fue como si me cayera un balde de agua fría, realmente no me esperaba que me dijeran semejante cosa.

- Pero ¿qué? ¿Cómo es eso? -Pregunté confundida.

-No sigas madre -Exigió Sam.

- ¡Voy a seguir! -Contestó Denisse- ¿Cuánto tiempo más planeas seguir ocultándole esto?

-Deja el pasado atrás, deja que el pasado muera de una buena vez -Insistió Sam.

- ¡Dejen de discutir! Que no entiendo nada y me harán perder la cabeza -Argumenté- Madre, por favor explícame cómo sucedieron las cosas.

Sam suspiró profundamente, se sentó en la cama donde Denisse estaba acostada. Me miró con los ojos llenos de lágrimas, ¿Tanto dolor esto le causaba?

-No llores mamá, me vas a hacer llorar también -Afirmé.

-Está bien hija, no te pongas mal -Contestó Sam e hizo una pausa- Cuando era joven me enamoré, me enamoré muchísimo de un caballero con dinero aunque su fortuna no alcanzaba a la mía.

- ¿Eso es verdad entonces? -Pregunté.

-Sí -Afirmó Denisse- Nuestra vida solo tenía lujos, teníamos tanto que no nos preocupaba que el día de mañana nos faltará algo.

- ¿Y qué pasó? -Insistí.

-Un joven empleado, Ignacio Orozco, con sus aires de grandeza y su dulce trato conmigo lograron que yo me enamorara de él -Contó Sam- Creía ser correspondida, me demostraron ser correspondida, ojalá nunca te toque sentir que no le correspondes a alguien.

Sam volvió a suspirar, limpió sus lágrimas con un pañuelo blanco bordado por Denisse.

-Y lo perdí todo, ese desgraciado modificó papeles de la empresa que administraba -Comentó Sam- ¡Y con mi consentimiento! ¡Que idiota me volvió su amor que no logré ver qué lo único que le interesaba de mí era su fortuna! Un día todo se cayó hacia abajo, no logré encontrarlo, cambió su nombre y fundó una empresa, me cansé de buscarlo al igual que la policía, ¡Pero nada! Ese ruin me lo quitó todo.

-Perdón mamá, no lo sabía -Contesté dolida.

-Ahora lo sabes Katrina -Afirmó Sam- Pero ya no importa, no puedo hacer nada, me robaron una vida que nos merecíamos.

- ¿Cuándo pasó esto? -Pregunté.

-Antes de que nacieras, mi sol -Contestó Sam.

- ¿No hay nada más que le quieras contar a tu hija? -Preguntó Denisse.

-No madre, no hay nada -Respondió Sam- Hay cosas que no tienen lugar en este momento.

Sam se fue de la habitación y la seguí, remover esos antiguos recuerdos le provocaban un gran dolor que no podía soportar ver, ¿Acaso a quién le gusta ver sufrir a su madre? No se merecía esto, no merecía nada de lo que le hicieron, ahora era yo quien debía poner las cartas sobre la mesa, y enseñarle al señor Ignacio Orozco como se jugaba con un Domínguez.

Se hizo la noche, me acosté acurrucada con Patrick para que el pequeño niño de siete años no pasará frío pero no pude dormir ni un poco, no dejaba de pensar en lo que me habían dicho y eso me impacientaba. Pensar en toda la ropa que podría tener, todos los platos de los que podría disfrutar no me permitían descansar, y no, no era materialista, pero hubiese sido lindo poder disfrutar de esa vida que nos correspondía.

Me puse mi vestido verde, el cual ya estaba bastante gastado, preparé el desayuno para mi familia aunque fuera poco lo que hubiera para deleitar, un par de panes viejos con una taza de té de un saco usado más de una vez. Pensar en que podríamos disfrutar de una mesa larga llena de los más ricos manjares, mermeladas de múltiples sabores, pan recién horneado, manteca, un vaso de leche, almendras, nueces y frutos secos, pero yo estaba dispuesta a recuperar todo eso.

-Buenos días mamá -Saludé.

-Buenos días mi sol -Dijo Sam- ¿Has dormido bien?

-No tanto -Admití- Ayer me enteré de muchas cosas que no sabía y simplemente pensé en ello.

Sam se acercó a mí, me sujetó por los hombros y me miró con sus intensos ojos.

-Deja el pasado atrás -Suplicó Sam- Así como yo lo he dejado.

-Solo contéstame una cosa más -Pedí.

Sam suspiró, afirmó con su cabeza y me soltó, se sentó en una silla y yo en otra.

- ¿Dónde vivías cuando tenías tu empresa? -Pregunté.

-Hija, eso ya no importa, te conozco lo suficiente como para tener la certeza de que deseas ir por todo eso -Argumentó Sam- No te diré ni una palabra más.

- ¡No es justo! -Exclamé.

- ¡No me levantes la voz, Katrina! -Exclamó Sam.

Patrick llegó a la sala de la mano de Denisse, dejamos de discutir en ese momento, ninguno de los dos se merecía escuchar esto. El desayuno fue tranquilo, la risas y ocurrencias de mi hermano alegraban cualquier situación.

Cómo todos los días, amase pan, lo cociné y salí a venderlo por la calle, en el camino a la calle del comercio, donde hay muchos vendedores ambulantes de diversas cosas, fui cantando mi canción favorita, amaba profundamente la música, memorizaba a la perfección las canciones que había en la radio porque no tenía de dónde reproducirlas de nuevo, la melodía cantaba sola en mi cabeza mientras yo entonaba la letra con tonos perfectos: Hoy no había razón alguna para que fuese un mal día.

Llevé diez panes, no tenía ingredientes para más, con el dinero que gané seguí comprando los ingredientes, además del dulce que prometía llevarle a Patrick una vez por semana. Veía telas tan lindas, brillantes, coloridas, a pesar de que preferiría los colores opacos, deseaba tanto tener alguna para armarme ropa nueva, a mi hermano, a mi madre y a mi abuela, pero para comprar la tela necesaria como para vestirme, debía vender treinta y cinco panes, sin comprar ingredientes para poder hacer más.

De un momento a otro todo se volvió tumulto, las personas comenzaron a correr, cargando sus cosas como podían pero no entendía que pasaba. Me metí en un pequeño callejón antes de que me empujaran y pudieran lastimarme. La lluvia empezó a caer y el viento acompañaba, un vendaval que parece haber estado anunciado y que podía arruinar gran parte de su mercancía. En frente mío estaba un negocio de telas finas, de las más caras de las que aquí vendían, de las que compraba vendiendo casi ochenta panes.

Se fueron rápido, cargaron cosas en su camioneta y los vi irse como si tuvieran el mayor tesoro exhibiendo sobre esa mesa, tal vez tenían razón. En el piso vi una pequeña montaña de tela, mis ojos se iluminaron de inmediato y aproveché ese alboroto para tomarlos disimuladamente, conseguí meterlos a mi bolso de mimbre y de esa forma logré también que los ingredientes de mi humilde trabajo no se estropearan, me fui corriendo lo más rápido que pude sin poder parar de sonreír: ¡Tendría un vestido nuevo luego de tres años!

Llegué de prisa, Sam me esperaba con una toalla para secarme un poco y así no pasar frío.

-Mi sol, rápido cámbiate de ropa, antes de que enfermes -Pidió Sam.

-Está bien mamá, ya me cambio -Contesté.

-Si hubiese sabido que se venía tal tormenta ni te hubiese dejado ir -Argumentó Sam.

Metí las manos a mi bolsillo y le puse el dinero que había ganado en sus manos.

-He ganado esto -Admití- No podemos seguir así.

-Haremos lo que podamos, mi sol, si es necesario me buscaré un trabajo más -Sugirió Sam.

-No -Negué- Soy yo quien debe buscar un trabajo de verdad. Ya no puedes atarme, y agradecería profundamente que apoyes mi decisión para no tener que irme sin tu consentimiento.

-Ya hablamos de esto, Katrina -Contestó Sam.

-La abuela no tiene medicación, Patrick necesita lentes -Argumenté- Esta vez no es una amenaza, debo irme a la ciudad a buscar trabajo y poder mandarles el dinero suficiente.

Me di media vuelta y me dirigí a mi habitación, me cambié de ropa y luego fui a dejar los ingredientes para el pan de mañana. Volví a mi alcoba, observé esas telas tan lindas que el destino había puesto en mi cama, eran tan caras para mí que sentía que por solo mirarlas ya las estaba desvalorizando. Corté lo necesario, cocí a mano con dobles costuras dos vestidos de distinto color: Uno blanco con flores celestes y violetas, y otro color mostaza, mientras no dejaba de cantar al ritmo de la lluvia que caía por la ventana. Quedaba suficiente tela como para que mi madre cociera un par más.

-Kat -Llamó Denisse.

- ¡Abuela! No debes caminar sola -Dije- Es mi culpa y te pido mis más sinceras disculpas, te he estado descuidando el día de hoy.

-No te preocupe Kat, puedo caminar, estoy mejor -Contestó Denisse.

Me paré. Ayudé a Denisse a sentarse en mi cama y tomé sus manos, ella besó mi frente: Que afortunada era por tenerla con vida.

- ¿Por qué no cantas un poco más para tu anciana abuela? -Pidió Denisse- Tienes la voz tan angelical como tu abuelo.

- ¿De verdad? -Pregunté.

Denisse afirmó con su cabeza y con una gran sonrisa en tu rostro.

-Complace a esta anciana, por favor -Pidió Denisse.

Canté, canté como si fuese la última vez que mi querida abuela fuera a escucharme y a la vez como si tuviera un público de miles de personas escuchándome aunque siempre me importaría que me escucharan tres personas: Denisse, Sam y Patrick. Noté sus ojos llenarse de emoción, dejé de cantar en se momento, me arrodillé apoyando mi cabeza sobre sus piernas.

-No llores por favor -Pedí.

-Preocúpate cuando llore de tristeza y no de alegría -Argumentó Denisse.

De alguna forma mi abuela tenía razón, era diez mil veces mejor llorar de tanto reír que llorar de tanta tristeza acumulada, ella acarició mi pelo una y otra vez lográndome relajar mucho.

-Te escuché discutir hoy con tu madre -Comentó Denisse.

Me separé de ella y la vi.

-Tienes mi aprobación para abrir tus alas y volar -Afirmó Denisse- Tu madre no quiere que te pase lo mismo que a ella, a pesar de que no se arrepienta de haberte tenido en ese proceso, ella perdió muchísimas cosas. A veces hay que perder algunas cosas para poder encontrar muchas otras.

- ¿Sabes dónde vive quien nos quitó toda la fortuna? -Pregunté.

-Si prometes no involucrarte lo diré, no tienes que buscar nada, no tienes que reclamarle nada -Dijo Denisse.

-Está bien abuela, me mantendré al margen -Mentí- Sólo quiero saber.

-Escuché que volvió a la ciudad hace pocos años, tu madre continuó buscando pero a la distancia que tenemos imposibilitó mucho, no hay registros de que él lo haya hecho pero era la única persona de confianza de Sam -Contó Denisse.

-Necesito saber cómo hizo todo -Insistí.

-Bueno, era como una mano derecha, le permitía muchas cosas, entre eso se fueron desviando los fondos de a poco, el dinero desaparecía sin siquiera haberlo manipulado, sin que quedaran registros de eso. No hay nada que afirme que en realidad había sido él, pero el hecho de que desapareciera cuando el caos se hizo grande le hizo confirmarlo a Sam -Explicó Denisse.

-Está bien abuela, no lo buscaré -Mentí.

¿Cómo no buscarlo? ¿Cómo no vengar la traición hacia mi madre? Además, ¿Quién más podría ser? Si ella sólo confiaba en una persona para manejar sus finanzas, además que cualquier persona podía engañar una mujer enamorada. Esto a mi criterio no podía quedar impune, nunca había mentido pero esta vez lo haría.

-Mañana por la mañana me iré, antes de que todos despierten -Comenté.

-Lo imaginé -Admitió Denisse.

Metió la mano a su bolsillo derecho, sacó una cadena de oro que mi abuelo le había regalado y la dejó sobre la cama, también sacó de su otro bolsillo un poco de dinero y lo dejó en el mismo lugar.

-Esto es para ti, Kat -Afirmó Denisse.

- ¿Qué haces? -Pregunté confundida- Necesitas estas cosas más que yo.

-Cuando nuestra hija o alguno de nuestros nietos desee emprender vuelo, le brindaremos las alas -Dijo Denisse.

- ¿A qué te refieres? -Pregunté confundida- Ese es el regalo del abuelo, no puedes dármelo.

-Esas eran las palabras que tu abuelo me encomendó -Contó Denisse- Y es el momento de que cumpla con la promesa que le hice a tu abuelo, no quiero que te falte nada y lamentablemente no puedo ofrecerte más.

-Abuela, es el regalo más grande que puedes estar dándome -Afirmé- Pero el mayor privilegio es que me des esta oportunidad.

- Con el mayor de los gustos, Kat -Dijo Denisse.

Mi abuela se fue al poco tiempo, yo preparé un bolso viejo y gastado color marrón. Puse un vestido nuevo y dos de los que mejor estaban de antes, cargué mi par de zapatos extra, los cincuenta centímetros cúbicos que me quedaban de perfume, además de jabón y algunas cosas de higiene personal. Escondí ese bolso debajo de la cama para evitar que mi madre lo viera, al igual que el vestido. Ya era la hora de la cena y estaban llamándome para que me presente en la mesa.

Parecía un banquete a pesar de lo poco y sencillo que había: Arroz, perejil, zapallos hervidos; A decir verdad, cualquier comida se convertía en un manjar si tenía a quienes amabas al lado. La cena fue muy divertida, Patrick esta vez nos hizo reír como nunca, alegra nuestras vidas.

Una vez que terminé de juntar y limpiar la mesa me fui a dormir, ya estaba Patrick totalmente dormido en mi cama, yo tomé una hoja y un lápiz para dejarle una carta a mi madre.

"Mamá, voy a empezar esta carta pidiéndote perdón desde lo más profundo de mi alma, pero yo ya no soporto esto, no soporto verlos con hambre, con miedo, y quiero cambiar eso. Me voy en busca de trabajo a la ciudad, realmente me hubiera gusta tener tu bendición para esto pero no la he conseguido.

Te amo mucho no quiero que lo olvides, dale un beso cada día a Patrick de mi parte y cántale una canción a mi abuela por favor. Cuando encuentre el lugar indicado te informaré, trataré de mandar dinero lo antes posible. Y recuerda tus propias palabras: Lo imposible sólo está en tu mente; Es momento de abrir mis alas y volar aunque choque en este camino.

Con amor, Katrina Domínguez."

Todo estaba listo, dormí un poco ya que la noche anterior no lo había conseguido, me desperté cerca de las tres de la mañana, tomé un par de botellas con agua, tomé uno de esos panes que vendía y lo envolví en telas, partí hacia la ciudad, ese nuevo mundo que no conocía, era momento de afrontar los miedos y de también recuperar lo propio.

Pase lo que pase, enfrentarme a lo que me tuviera que enfrentar, siempre iría con el coraje por delante del miedo, tal y como me lo había enseñado mi sabio padre: Y él nunca se equivocaba con lo que decía, pues crió a una niña valiente y rebelde.

Capítulo 2 2

Paso a paso, camino tras camino, verdes árboles en sus últimos días me rodeaban indicando la llegada del frío, y yo sin dejar de cantar en ningún momento, la naturaleza era mi guía instrumental, los árboles se movían con la brisa y se escuchaba como si fuese un arpa, las piedras con las que mis zapatos hacían ruido eran como los golpes de un tambor.

Antes de salir tome la precaución de ponerme uno de los vestidos viejos, ya que planeaba salir con uno nuevo pero podría estropearse en el camino. Caminé durante diez horas, con algunos momentos de descanso, pero para las diez y media de la mañana mis pies ya estaban parados sobre la ciudad, esa tan magnífica, llena de los edificios tan altos como nunca antes los había visto, gente vestida tan formal que me hacía sentir que mis vestidos nuevos no estaban a la altura. Entre a un baño y me puse el de color mostaza, lamentablemente no tenía suficientes pares de zapatos como para combinar las distintas prendas por lo que tuve que quedarme con los que tenía.

¿Qué había hecho? ¿Desde cuándo yo era tan impulsiva? Estaba en una ciudad que mis ojos nunca antes la habían visto, con un trozo de pan y un poco de agua. Respiré profundo mientras me miré en el espejo del baño público con los brazos extendidos sosteniéndome de la mesada de baño.

- ¿Qué has hecho Katrina? -Me pregunté en voz alta.

Una mujer me miró de forma extraña, tal vez tenía razón. Salí de ese lugar una vez que retomé fuerzas.

Me cansé de contar las veces que paré a pedir empleo, ¿Habrán sido cincuenta? ¿O setenta? Y en todas fui rechazada, no sabía si por mi apariencia, por racismo o por no tener ninguna experiencia laboral más que haciendo pan en un lugar y forma que no se podía corroborar. Esa noche dormí en el piso de un callejón sin salida, pasé frío y pasé hambre, me quedaban solo un par de migajas de pan.

El sol volvió a salir, iluminó mi cara sin dejarme otra opción que levantarme, pero ahora no tenía desayuno a quien prepararle, panes que hornear o saludos de buenos días que dar. Me tenía solamente a mí.

Mi segundo día aquí fue muy parecido al primero con la diferencia de que ya no tenía comida. Ya en el tercer día el hambre me estaba matando, jamás había pasado tanto tiempo sin un bocado que probar.

Gasté un poco del dinero en una fruta, la empecé a comer con gusto ya que estaba deliciosa, además la falta de alimento volvía todo más sabroso.

Me empujaron bruscamente llevándose mi bolso con ropa, empecé a perseguirlo como una loca entre toda la gente, corrí y corrí con el corazón en la garganta, no podía perder lo poco que tenía. Logré alcanzarlo, salté sobre mi bolso y caí al suelo desplomada mientras aquel ladrón salió corriendo.

- ¿Estás bien? -Preguntó un muchacho.

Ofreciendo su mano para ayudarme a levantarme y eso me parecía extraño, su cabello era negro y tenía bucles, su mirada llevaba unos intensos ojos negros, su sonrisa era perfecta y en sus cachetes se formaban hoyuelos, llevaba una camisa azul con pantalones color negro. Lo miré sorprendida y un tanto asustada, últimamente eran pocas las personas que se ofrecían ayudar además de que era un completo extraño.

-Soy Pablo Campos -Se presentó- No temas, sólo quiero ayudar.

-No es necesario -Dije con mi terquedad.

Intenté pararme pero al apoyar mi pie derecho volví a caer al suelo. Pablo volvió a ofrecer su mano como si no le hubiera contestado mal, esta vez acepté y él me ayudó a pararme.

-Parece que te lastimaste el pie -Comentó Pablo- Necesitas ir a un hospital.

-No tengo tiempo ni dinero para eso -Admití.

-Te invito un café y charlaremos -Propuso Pablo.

Café, algo tan sencillo y tan privilegiado de deleitar para mí, hacía varios años que no disfrutaba de tal delicia, no parecía un mal muchacho.

-Está bien -Acepté.

Él puso su brazo a mi disposición para que pudiera sostenerme, no podía caminar muy bien, me ayudó a sentarme a muy pocos metros de ahí. Nos sirvieron el café con un par de galletas, nunca tampoco había podido sentarme en un lugar así y ordenar algo por falta de presupuesto, era como un sueño pendiente, un propósito, y gracias a él lo estaba logrando.

- ¿Cómo te llamas? -Preguntó Pablo.

-Katrina Domínguez -Me presenté.

- ¿Y eres tan intensa y revolucionaria como el huracán? -Preguntó bromeando Pablo.

- ¿Perdón? -Pregunté un poco molesta.

-Disculpa, no quería faltarte el respeto -Dijo muy apenado Pablo- Solo quería hacer una broma para romper el hielo.

Comencé a reírme en ese momento, pues yo también estaba jugando le una broma.

-Estoy jugando -Admití- Y sí, soy peor que el huracán, si juegas conmigo yo te enseñaré como se juega.

Pablo se relajó un poco y se rio también.

- ¿Te han dicho que tienes una sonrisa muy linda? -Preguntó coqueteando Pablo.

-Me lo dicen bastante -Mentí.

No era la primera vez que me coqueteaban, pero esta vez lo sentía distinto, quizá era el echo de que los demás se pasaban de tono demasiado rápido.

- ¿Cuantos años tienes? -Preguntó Pablo.

-Tengo veinte años -Respondí e hice una pausa- ¿Y usted?

-Por favor, no me trates de usted que tenemos casi la misma edad, yo tengo veintiún años -Dijo Pablo e hizo una pausa- Sabes, nunca te había visto por aquí.

-Llegué hace dos días -Afirmé- Aun sigo buscando trabajo y si no lo hago deberé volver a mi pueblo.

Vi a Pablo pensante durante unos segundos.

-Creo que mi padre estaba buscando una sirvienta para la casa.

- ¡Me interesa! -Exclamé de inmediato- De verdad necesito trabajo, necesito mandarle el dinero a mi familia.

-Está bien, yo hablaré con él para que te acepte, ve mañana a la calle Francia al seis cientos quince, allí te esperaré -Afirmó Pablo e hizo una pausa- Se te brindará un uniforme y una habitación.

Algo raro había en esa propuesta, ¿Cómo contratas a una desconocida para trabajar en tu casa? Era algo muy extraño, pero no podía desaprovechar ninguna oportunidad, una sonrisa se apoderó de mí y no la quise por ningún motivo disimular.

-En verdad se lo agradezco -Contesté.

- ¿De dónde vienes? -Preguntó Pablo.

-De un pequeño pueblo, que está cerca del Río de las obsidianas -Respondí.

- ¿Río de las obsidianas? Jamás escuché de él -Comentó Pablo.

-Ese río dicen que estaba lleno de ellas, y cuando se hizo público muchas personas fueron y las saquearon, antes había tantas que no llegabas a encontrar otro tipo de piedras, pero ahora es muy raro encontrar una simple obsidiana -Conté.

-Una piedra majestuosa que absorbe las energías negativas -Comentó Pablo.

Mis ojos se abrieron de inmediato al escuchar eso, no podía creer que supiera sobre las energías de las piedras, ese era un tema que me interesaba mucho.

-Aunque prefiero las turmalinas negras -Argumentó Pablo.

- ¡No lo puedo creer! -Exclamé- Es la primera persona que conozco que le interese estos temas.

- ¿De verdad? -Preguntó sorprendido Pablo- ¡Con mi prima Fátima siempre hablábamos de ello!

Y esa sensación extraña se apoderó de mi después de haber estado conversando con él por solo media hora, esa sensación de hogar que no la había experimentado antes, sentir que lo conocía desde siempre, que conocía su vida y él la mía, tantas cosas en común, tantas risas, era una sensación sin duda inigualable. Era tan extraño que no quería seguir enfrentando esto, yo no había venido hasta aquí más que por dinero y por venganza.

- ¡Me tengo que ir! -Comenté.

- ¿Tan pronto? -Preguntó Pablo.

-Sí -Afirmé un poco nerviosa- Tengo que arreglar un par de cosas.

Me levanté de golpe, sin querer empujé un poco la mesa haciendo que ambos vasos cayeran dirigidos hacia él, agradecí tanto como nunca que no hayan tenido tanto contenido y solo se terminara derramando un poco sobre la mesa.

- ¡Mil disculpas! -Pedí- No fue mi intención.

-No te preocupes -Dijo riendo- ¿Nos vemos mañana?

-Nos vemos mañana -Confirmé.

Me di vuelta y sonreí como una niña de catorce años, ni nuestras manos se habían tocado y aun así me sentía en el cielo. Estaba tan nerviosa como esa vez que canté frente a todo mi pueblo a petición de mi colegio. Más vergüenza de la que sentí cuando me caí sobre el barro y tuve que caminar hasta mi casa con todo eso encima. Respiré hondo y caminé con un poco menos de dificultad que antes.

Me senté en ese frio callejón hasta que la noche se asomó, memoricé esas canciones nuevas que escuché por las calles, eran muy bonitas y dulces. La noche llegó tan rápido que apenas noté al atardecer, me dormí de inmediato, estaba muy cansada y al mismo tiempo feliz por la posibilidad de poder conseguir un empleo.

El día volvió a asomar, mi estómago era como una jauría indomable, tenía mucha hambre en verdad, comí un poco de pan que compré junto con un vaso de té. Me cambié en un baño público y me puse el otro nuevo vestido que tenía, usaba los viejos para dormir y lavaba los nuevos en un baño público antes de dormirme para que estuviesen limpios y secos al despertar.

Me fui con mi bolso y todo a la mansión, que no sabía que era mansión, era mucho más grande que mi casa, como cincuenta de mis casas juntas, me quedé maravillada realmente por tanto lujo, subí unas pequeñas escaleras que me llevaban a la gran puerta de roble negro con sus múltiples detalles, toque con tres golpes de puño y luego ambas manos se escondieron tras mi cintura, estaba muy nerviosa en verdad, era la primera vez que me tocaba trabajar fuera de mi propia casa y se sentía muy extraño, la casa se volvía más grande mientras yo me tornaba más pequeña.

-Buen día -Saludó el mayordomo- ¿Qué se le ofrece?

-Muy buenos días a usted señor Campos -Dije ofreciendo mi mano- Soy Katrina Domínguez.

El mayordomo comenzó a reír, hasta ese momento desconocía el hecho de que alguna gente adinerada tuviese gente únicamente para abrirle la puerta a las visitas, supongo que tenían tanto dinero que no sabían en qué gastarlo.

-Soy el mayordomo de la mansión Campos -Argumentó el mayordomo.

- ¿Mayo qué? -Pregunté confundida y sorprendida.

El hombre volvió a reír, debería haberme enojado pero seguramente en su lugar estaría actuando del mismo modo.

-Me llamo Samuel -Se presentó- Espera después de la puerta e iré a anunciarte.

Hice lo que me pidió, me limpié lo mejor que pude los zapatos antes de entrar, había un gran espejo al costado de la puerta sobre un mueble antiguo con muchos adornos encima, del otro lado había muchos cuadros con fotos de la familia. Luego había una media pared que dirigía a una sala más grande que no podía ver bien. Samuel volvió hacia donde estaba mientras yo miraba con detalle un cuadro.

-Señorita Katrina, la espera el señor Campos en la sala -Dijo Samuel.

Pasé a dónde me indicó con un poco de miedo y de vergüenza, sentía que hasta mi vestido más fino y nuevo quedaba pequeño para hasta ser la sirvienta. Había sillones color manteca haciendo un círculo en el centro, junto con una mesa de té de vidrio. Un gran ventanal a la izquierda que mostraba el hermoso jardín que tenían, un par de perros de raza corriendo por ahí mientras jugaban con una niña de unos nueve años.

Un gran cuadro pintado con un precioso paisaje se veía sobre la chimenea con ladrillos verdes, las paredes tenían un color muy claro y cálido, el piso brillaba como nunca antes había visto brillar algo, se reflejaba hasta el aspecto aunque un poco borroso, había un par de macetas con plantas sintéticas.

-Tome asiento señorita -Pidió el señor.

Me senté en frente suyo con mis rodillas juntas, con una postura casi perfecta y con las manos entrelazadas sobre mi falda, miré con detenimiento sus intensos ojos café y su sonrisa me dio mucha paz, me hizo sentir en casa.

- ¿Cómo te llamas? -Preguntó el señor.

-Katrina Domínguez -Respondí con un poco de miedo.

- ¿Tiene alguna experiencia? -Preguntó el señor.

¿Acaso estaba bromeando conmigo? He limpiado mi casa desde pequeña, se cómo barrer y lustrar, ¿Qué quiere? ¿Qué mi madre y mi abuela testifiquen a mi favor? ¿Qué les pasaba a la gente rica en todo caso? Les faltaba aprender como era que se tomaba una escoba aunque fuera.

-He limpiado desde pequeña mi casa -Argumenté.

El señor se rio y eso me incomodó un poco.

-Me refiero a que si en otras casas, ¿Qué trabajos has tenido? -Insistió él.

He horneado pan durante quince años de mi vida, he vendido el noventa y cinco por ciento de esos panes teniendo que caminar más de un kilómetro para ir, he tenido que llorar porque me habían robado el dinero y no podía llevar nada a casa, me he alimentado también hasta un mes seguido solo de pan y té, ¡Creo que soy una excelente panadera! Con años de experiencia.

- ¿De qué has trabajado antes? -Preguntó el señor.

-Horneaba pan y lo vendía en mi pueblo -Admití.

Lo noté observarme con mucha inquietud, miraba mucho mi cara y mis cabellos rizados, los cuales se encontraban un poco despeinados y mal arreglados por no poder haber podido limpiarlos como correspondía para que llevaran un mejor aspecto.

-Sabes, tus ojos me recuerdan a alguien especial -Comentó él.

- ¿Ah sí? Qué raro, siempre vivimos en un pueblo pequeño -Dije.

-Estas a prueba Katrina, bienvenida -Afirmó serio.

Una felicidad se apoderó de mí, tenía ganas de saltar de mi lugar y abrazarlo fuerte en forma de agradecimiento pero sabía que no era lo correcto, aquí seguramente no se les acostumbraba hacer eso.

-Se lo agradezco de corazón -Agradecí.

-Samuel te mostrará tu cuarto y tu uniforme -Dijo el señor e hizo una pausa- Te mostrará la casa, tus elementos de trabajo y lo que necesitas saber.

Agaché mi cabeza saludando cortésmente, seguí a aquel mayordomo de la mansión a una habitación un tanto escondida detrás de unas máquinas extrañas donde unas muchachas estaban colocando ropa dentro junto con jabón.

-No sé cómo lo has logrado -Comentó Samuel.

- ¿Disculpa? -Pregunté confundida.

-He presenciado entrevistas mucho más largas, de gente con muchísima más experiencia, creo que ya pasaron más de cincuenta entrevistas y has quedado -Agregó Samuel.

- ¿Enserio? -Insistí más sorprendida- La verdad, supongo que fue suerte.

-También traían su currículo de trabajo -Comentó Samuel.

-Curri... qué? -Pregunté.

-Es como una ficha, donde especificas tus estudios y experiencias laborales, además de poner tus datos personales -Contestó Samuel.

Katrina Domínguez, veinte años, terminé una secundaria pública, no hay mucho que agregar: No tengo teléfono, no tengo tampoco un lugar para vivir aquí, no hay cursos o prácticas profesionales realizadas aunque haya leído tanto como para que sienta que un certificado en verdad no valía la pena tener.

Samuel volvió a girar y dio un par de pasos más, abrió una puerta roja que daba paso a una habitación pequeña: Una ducha con un inodoro en una habitación extra dentro de la misma, jamás había visto algo así, una cama de una plaza con un muy suave acolchado color beige, una mesa de luz con una lámpara de pie pequeña, también una ventana de cincuenta por veinte centímetros, las paredes eran oscuras aunque no tanto y el piso era bastante claro.

-Es pequeña pero bueno, las demás chicas tienen un espacio un poco más grande. El señor Juan preocupa mucho por sus empleados -Dijo Samuel.

-Disculpa, ¿Podrías decirme el nombre de las personas que viven aquí? -Pregunté amablemente.

-El señor Juan es el dueño, suele levantarse cerca de las siete de la mañana, es con quien hablaste hoy -Dijo Samuel- Él tiene dos hijos, el joven Pablo que pronto estará por aquí ya que ha salido de compras temprano, y la pequeña Samanta que creo estaba jugando por el jardín.

Estaba concentrada en lo que él decía hasta que alguien lo empujó y tuvo que retroceder un poco. Miré de inmediato y en el piso se encontraba una pequeña niña rubia con su cabello recogido con dos moños, llevaba un vestido en tonos ocre.

- ¡Samanta! -Exclamó Samuel- No deberías correr por acá, te podrías hacer daño.

-Lo siento Samuel, estaba persiguiendo a Daisy -Argumentó Samanta.

-Está bien pequeña -Dijo Samuel.

- ¡Qué no soy pequeña Samuel! -Exclamó un poco molesta Samanta- Pequeño serás tú.

- ¡Eres muy pequeña! -Exclamó riendo Samuel, como un juego.

- ¡Qué no soy pequeña! ¡Soy muy grande porque ya tengo nueve años! -Exclamó Samanta.

- ¡Eres tan pero tan pequeña! -Exclamó Pablo entrando.

- ¡Hermano! -Llamó Samanta y saltó a sus brazos.

-Hija de Lucifer, ¿Qué maldades hiciste en mi ausencia sin esperarme para acompañarte? -Preguntó bromeando Pablo.

-Muchas -Respondió Samanta.

Era una chica en verdad preciosa: Su pelo rubio, sus ojos celestes, su lunar pequeño bajo su mejilla izquierda como también tenía el señor Juan. La pequeña compartía los mismos hoyuelos que tenía su hermano Pablo, podía notarse el cariño que se tenían mutuamente. Me transportaban a mi casa nuevamente y me llevaban de alguna forma a volver a estar junto a Patrick.

- ¡Katrina! Qué bueno es verte aquí -Comentó Pablo.

-Gracias, le debo un favor -Contesté.

Y también le voy a terminar debiendo toda la ayuda que le voy a poder brindar a mi familia gracias a esto, le voy a deber el techo que tengo ahora sobre mi cabeza porque sin preguntar me ofrecieron un lugar donde vivir, que no tenía, le voy deber los platos de comida que voy a poder disfrutar y que rara vez puedo degustar.

La vida te lleva a apreciar distintos tipos de cosas una vez que te hace pasar hambre, frio y tempestades emocionales a causa de los mismos. Esas eran cosas que no muchos tenían la dicha de agradecer ni de disfrutar.

-Cómo está tu tobillo? -Preguntó amablemente Pablo.

-Muchísimo mejor, muchas gracias por preguntar -Dije.

- ¿Se conocen? -Preguntó Samuel.

-Algo así -Contestó Pablo- Nos encontramos de casualidad ayer por la calle del mercado, luego de que unos delincuentes intentaran robar su bolso.

-Sí -Afirmé- Gracias a Dios tengo todo en mis manos.

-Sí, está lleno de personas malas, debes tener cuidado -Insistió Pablo.

Continuamos charlando un poco más, dejé las cosas en mi cuarto y ordené mi poca ropa en el armario, me recosté sobre esa suave cama por unos segundos y simplemente sonreí: ¡Logré mi cometido! ¡Conseguí trabajo! Ahora la vida de mi familia por fin podría cambiar, al menos hasta que encontrara a aquel desgraciado de Ignacio Orozco, y lo iba a encontrar aunque eso me llevara toda la vida.

Era la cama más suave sobre la cual me había recostado en toda mi vida, ¿Acaso todo el mundo trataba de esta manera a los empleados? Daba igual si eran todos o si yo en este momento me convertía en una persona privilegiada por poder estar disfrutando de la suavidad de estas sábanas. A partir de ahora todo sería distinto y tenía más fuerzas que nunca para enfrentar todo lo que viniera por delante.

Capítulo 3 3

"Querida madre:

Estoy bien, conseguí un trabajo como sirvienta en una mansión, cuyos dueños se apellidan Campos. El señor Juan me aceptó casi sin problemas aunque creo que su hijo Pablo tuvo bastante que ver. No he pasado frío ni hambre, y espero que ustedes tampoco, ni bien consiga mi primer pago enviaré dinero para que puedan vivir y alimentarse.

Los extraño mucho, eso no pienso negarlo pero creo que todo esto es necesario por muchas cosas, entiendo que estés molesta pero quiero que entiendas que también necesitaba abrir mis alas para intentar tomar vuelo y que las tormentas que tenga que pasar, también las voy superar. Te amo, como a mi abuela y como a mi hermano.

Intentaré volver lo antes posible para aunque sea abrazarlos por un par de minutos.

Los quiere, Katrina."

Cerré esa carta en un sobre color beige, pero no sabía siquiera donde enviarla, la guardé en el bolsillo de mi uniforme.

Comencé limpiando la sala con dedicación, debía hacer todo de la mejor forma para evitar que me despidieran, no podía ni siquiera arriesgarme a perder esta oportunidad. Luego me pidieron que me encargara de tender la ropa en otra habitación. Tuve que llevar la ropa a un lugar en una esquina del jardín donde solo había sogas para tender la ropa mojada, ¿Acaso en cosas tan absurdas gastaban el dinero los ricos? ¿Qué tenía de malo que la ropa estuviese colgada en el jardín del fondo donde la gente no la ve normalmente?

Comencé a cantar, de todos modos nadie podía escuchar nada, dos canciones me habían llevado terminar de colgar todo, con el balde vacío me di vuelta de prisa, verlo hizo que gritara del susto y terminé tirando al piso el balde haciendo bastante estruendo.

-Tranquila -Dijo Pablo.

-Lo lamento, me asusté mucho -Me disculpé.

-Ya veo -Dijo Pablo.

Levanté el balde y lo dejé cerca de la puesta para poder descolgar lo que ya estaba seco.

-Cantas muy bonito -Comentó Pablo.

-Muchas gracias -Agradecí.

- ¿Te gusta la música? -Preguntó Pablo.

-Sí, la música es mi vida, no podría vivir sin ella -Afirmé.

- ¿Sabes tocar algún instrumento? -Preguntó Pablo.

¿Cómo explicarle? Sí, se tocar la guitarra o al menos eso creo, pues jamás había tenido el privilegio de poder demostrar que podía, pasé años observado a un artista callejero amigo durante mi trabajo vendiendo pan, sabía que si ponía dos dedos, uno sobre otro, en el tercer lugar tenía una melodía muy aguda y que en cuando más me acercaba al cuerpo más grave se escuchaba, a veces cantaba con él pero solo en algunas pocas ocasiones, solía decirme siempre que triunfaría en todo lo que me propusiera, quizá falte tiempo para descubrir si lo que él me decía era verdad. Mi gran amigo Federico, la vida le ofreció un obsequio a la muerte de muy poca edad.

Comencé a juntar la ropa, cada prenda la doblaba y dejaba en la mesa para cargarla.

-Algo así -Contesté- Nunca he tocado ningún instrumento.

- ¿De verdad? -Preguntó Pablo- Tienes una entonación perfecta.

-Gracias -Dije amablemente- Supongo que mi padre me ha enseñado bien.

- ¿Enserio? Eso es muy bueno -Comentó Pablo- Si algún día lo conozco quizá podría escucharlos cantar juntos.

Se hizo un silencio un poco incómodo.

-Volveré a cantar con él cuando yo me vaya al cielo -Conté.

-Lo lamento, no lo imaginé -Dijo rápidamente arrepentido Pablo.

-No te preocupes, no tenías por qué saberlo -Manifesté.

-En verdad lo lamento, prometo preguntar la próxima vez -Aseguró Pablo.

-Está bien -Respondí.

Se volvió a hacer otro silencio, yo continué con mi trabajo mirando a través de la ventana, seguía movilizándome un poco hablar de mi padre a pesar de que ya había fallecido hace cinco años. Independientemente de lo seguro que nos podamos encontrar sobre haber superado a una persona o una situación, a veces esa pequeña arena en el fondo del frasco del dolor podía terminar completando todo el frasco en apenas un segundo.

Recuerdo como si hubiera pasado ayer esta desgracia, las últimas palabras que me dedicó: "Siempre serás mi hija porque yo te elegí, mi amor". No las había entendido mucho en ese momento, aun sigo sin entenderlas, creo que simplemente las dijo por el deseo que tenía de tenerme, siempre fue muy cariñoso conmigo, en cada oportunidad que había tenido me colmó del amor más lindo y sincero que pudo, hasta el último día en el que había escuchado su voz. Pero sin embargo la muerte le llegó faltándole mucho por vivir.

Me gustaba pensar en que las personas buenas y los padres jamás morirían, pero a veces eso no nos garantiza que no llegue a suceder en el momento más inoportuno.

Pablo comenzó a cantar una de mis canciones favoritas, de esas que no te cansas de escuchar aunque ya se haya reproducido cinco veces en el día, de esas que nuestra mente canta a la hora de dormir y no te dejan conciliar el sueño. Me quedé realmente sorprendida, abrí bien los ojos y volteé a verlo, tenía una voz maravillosa y gruesa aunque no tanto, me encontraba realmente maravillada.

-Continúala por favor -Pidió Pablo.

-Lo lamento, no la conozco -Mentí.

Me moría de vergüenza de cantarla por más de que mi mente y mi corazón ya la estuviesen gritando, hasta me sorprendía que no lograra escuchar lo fuerte que sonaban, mientras se acompañaban de los retumbes de mi corazón que parecía que se me saldría por la garganta: Me había puesto tan nerviosa que no tenía muy en claro como poder reaccionar ahora.

Pablo pensó durante unos segundos más, mi voz tartamudeaba tanto y mi rostro estaba tan acalorado que volví a darme vuelta intentando calmarme. Suponía que los tomates rojos que tenía al frente de mis ojos estaban más pálidos que mis mejillas, ¡Quería que la tierra me tragara en este momento!

El joven Campos no se rindió, comenzó a cantar una de las canciones que antes estaba cantando a todo pulmón.

-Dale, continúala -Insistió Pablo.

-Gracias pero no puedo, estoy trabajando -Argumenté.

-Sólo una -Pidió Pablo.

Lo pensé durante unos segundos, después de todo esa canción también me gustaba mucho y entonar canciones muchas veces me ayudaba a poder lidiar con los nerviosismos que cargaba, él no tenía intenciones de permitirme irme sin cantar así que cumplí con su pedido. Fue un momento realmente único, como si la hubiésemos ensayado durante meses, ¡Era magia! Su timbre mezclándose con el mío se oían tan bien que me generaba la sensación de que tendría que cantar con él por siempre y nunca más sola: Como si nuestras voces hubieran sido fabricadas para superponerse una sobre la otra.

Era como tocar el cielo con las manos y al mismo tiempo tenerlo a merced de mis pies, los colores vibraban, la vida dolía un poco menos. Su sonrisa se me tornó perfecta como sus ojos, no debía permitir que esto avanzara, tomé la ropa ya ordenada y me diría hacia la puerta.

-Lo lamento señor Campos, pero debo seguir trabajando -Dije disculpándome.

Pablo no me prohibió el paso, se corrió de la entrada y con su mano me indicó que podía pasar. No pude evitar sonreír como una niña con un juguete nuevo en una fecha insignificante, donde no esperas recibir nada, sólo esperaba que nadie me viera en tal situación que por más de que no tuviera nada de malo, me avergonzaba bastante.

Me dirigí al cuarto de Samanta para ordenar su ropa, no tendría problemas para identificar cuál era la de ella, ni tampoco su cuarto: Tenía una puerta color rosa con su nombre escrito en letras cursiva, me hubiese gustado podido tener ese privilegio, cuando era pequeña apenas me separaba una cortina del resto de la casa.

Su cuarto era muy grande, como si fuesen ocho habitaciones de la que tenía en esta casa, las paredes vestían un tono pastel, el techo era de color azul oscuro y no entendía porque, le sacaba mucha luz al lugar, tenía una cama de dos plazas adornada con finos tules blancos, peluches tan grandes y limpios, tenía que prestarle suficiente atención si quería contarlos ya que a simple vista no lo podía hacer. Me hizo recordar que cuando tenía su edad yo tenía dos: Uno como de veinte centímetros color blanco en forma de oso que se volvió bastante percudido y un perrito marrón de orejas largas un poco más chico que el otro, ambos se los heredé a mi hermano en cuanto nació, entendí en ese momento que tenía que cumplir responsabilidades para ayudar a que no le faltará nada y no tendría tanto tiempo para jugar.

También tenía unos finos y elegantes muebles blancos, un gran espejo que ocupaba media pared pero tenía una barra de metal en el medio, ¿Para qué le habían puesto? ¡No tenía sentido! ¿Acaso no se dieron cuenta que había una barra delante de donde ponían el espejo? ¿O no se dieron cuenta de que la pusieron sobre el mismo? ¡Los ricos son tan raros! Ordené su ropa en ese enorme mueble que abarcaba media pared mientras intentaba sortear un poco de espacio entre toda la ropa que ya había dentro, ¡Era demasiada!

Como no sabía en qué lugar iba el resto de la ropa lo dejé en el área de servicio, mis compañeras de trabajo dijeron que se encargarían de ello: Suponía que era de los señores Campos. El día había sido bastante agotador, trabajé mucho más que en cualquier otro día de mi vida pero no iba a quejarme de nada, tan solo los pies me dolían por haber estado parada durante tantas horas, la verdad era que la casa era mucho más grande de lo que me había parecido al llegar. Ni bien toqué esas suaves y perfumadas sábanas caí sumamente rendida.

A la mañana siguiente pedí ayuda a una de mis compañeras como mandar la carta para mi madre, fui a primera hora antes de que todos despertaran y logré enviarla por un costo menor, un poco más de un cuarto de mis panes. Volví a la mansión al poco tiempo, tuve el privilegio de bañarme con agua caliente como pocas veces había podído deleitarme a lo largo de mi vida, ya que en invierno solamente calentábamos agua y aun así no era tan caliente como esta, prácticamente ni sentía el agua caer sobre mi cuerpo por lo muy pequeñas que eran las gotas, el jabón era tan cremoso y suave, despedía un aroma tan dulce, los producto para el cabello tan finos y dejaban el pelo tan suave y casi sin nudos, realmente era una linda experiencia que muchos la tienen normalmente, aunque yo no.

No quería salir de esa sensación tan reconfortante pero no podía quedarme a vivir debajo del agua que caía sobre mi cabeza.

Me vestí con mi uniforme, me puse el perfume casero que siempre preparaba, no tenía dinero para comprar otra cosa, quizá no era el más delicioso del mundo pero me hacía sentir afortunada ¡Al menos tenía uno!

- ¿Quién ordenó mi ropa? -Gritó Samanta.

Repetidas veces, mientras caminaba por la casa con los brazos extendidos, los puños firmes y cerrados, y los hombros rígidos, podría decirse que hasta se podía ver el odio en su mirada.

- ¿Nadie piensa hacerse cargo? -Gritó molesta Samanta.

- ¿Qué pasó Samanta? -Pregunté amablemente.

- ¿Fuiste tu novata? -Insistió Samanta.

-Yo he puesto la ropa en tu armario -Admití.

- ¿Por qué mezclaste los colores? -Preguntó molesta Samanta- La ropa debe ordenarse respecto a una gama de colores, no como se te den las ganas. No es mi culpa que no tengas sentido del orden y perfección, deberías irte por dónde viniste.

Si esas palabras hubieran venido de Patrick, que en realidad lo dudo bastante, se hubiera conseguido una buena cachetada de mi parte, y seguramente también del resto de la familia, si había algo que había aprendido desde niña era que si no me gustaba como alguien más hacía las cosas para mí, tenía la opción de hacerlas por mi cuenta y no quejarme por lo tanto de ello. Pero debía calmarme, no era mi casa, no era mi familia, y ella claramente no era Patrick. Tenía que concentrarme en que no tenía a dónde ir si me despedían. Respiré lo más hondo que pude sin dejar que lo percibiera y conté en mi mente hasta tres.

- ¡Samanta! -Exclamó Juan- ¿Acaso yo te he enseñado a tratar así a las personas?

-No son personas, son servidumbre -Argumentó Samanta.

-Ya hablaremos de esto, pídele a Katia que ordene la ropa a tu gusto -Pidió Juan.

La niña se fue, un poco más calmada pero aún molesta. Juan se acercó hacia mí, yo crucé mis manos al frente.

-Mil disculpas, tendré más cuidado de preguntar la próxima vez -Dije apenada.

Aunque no creía que fuese correcto pedir disculpas por tal estupidez.

-El que pide disculpas soy yo, por Samanta y la situación que te hizo vivir -Dijo Juan y me sorprendí- Samanta tomó las malas costumbres que su madre le enseñó, he discutido muchas veces con ella por ese asunto -Dijo Juan.

-No tiene porqué pedir disculpas por comportamientos que son ajenos -Afirmé.

-Lo sé, lo sé, pero como es una niña se supone que ha sido mi deber cuidarla -Argumentó Juan- Hace apenas un año que hemos perdido a su madre y aún le cuesta aceptarlo, en su cabeza hasta se le ocurren ideas de que cualquier mujer que entre aquí es candidata a ocupar su lugar cuando no es así.

Juan hizo una pausa, tomó dos vasos los cuales los llenó de agua fresca, uno me lo ofreció y lo acepté mientras que el otro se lo comenzó a tomar él.

-Su madre tenía esa idea de que la gente que nos sirve simplemente era descartable, que debía exigir que las cosas se cumplieran exactamente de la forma en la que querían sin importar si eso traía consecuencias, de lo contrario había que dejarle el lugar a otro. Trato todos los días cambiar eso y acepto que también es mi culpa, por no ser consciente de lo que pasaba mientras me sumergía en el trabajo -Comentó Juan.

Sus palabras me reconfortaron mucho, hicieron que disminuyera todo aquel enojo que me había provocado su forma de hablar y actuar, ¡Y sí! Una niña pequeña lo había logrado, no quería ni imaginarme como sería lidiar con la adolescencia de mi hermano, ni quería imaginarme como sería la de Samantha.

-Espero entiendas -Dijo Juan.

-Ahora entiendo todo -Dije- Muchas gracias por explicármelo.

Juan me saludó con una sonrisa y se fue hacia la habitación de su hija, yo mientras tanto seguí con mis labores. Lavé los platos y tazas del desayuno con detergente por primera vez en mi vida, ya que antes sólo lo hacía con un trapo y agua tibia que debía calentar previamente en una olla al fuego, parecía tan mágico tener agua caliente con solo abrir una canilla.

-Katrina -Llamó Juan.

Terminé de secarme las manos rápidamente y me acerqué a él.

- ¿Qué se le ofrece? -Pregunté.

-Necesito que me acompañes a comprar unas cosas, yo no sé elegirlas -Pidió Juan.

-Está bien -Contesté- Cuando quiera, estoy a su disposición.

-Cámbiate, ponte ropa cómoda, yo te espero -Insistió Juan- Estaré en la sala.

Afirmé con mi cabeza, me dirigí a mi pequeño armario y me puse uno de mis vestidos nuevos: Opté por el blanco con flores celestes y violetas que llegaba hasta mis rodillas y cuyos hombros no estaban tapados, solté mi cabello y puse un pañuelo blanco sobre él para que este no se fuera a mi cara, volví a ponerme mi perfume y comencé a volver a la sala.

Esta situación se sentía un poco extraña, apenas me conocían y me pedían que los acompañara, tal vez las demás sirvientas estaban ocupadas y por eso terminaban recurriendo a mi, a pesar de que tenía entendido que era una costumbre mandar a esas personas en vez de ir los patrones, debía estar confundida.

Me topé con Pablo y Samanta también en la sala, él estaba con una camisa a cuadros y un pantalón color mostaza un tanto ajustado además de llevar zapatos de vestir, no voy a negar que se veía sumamente atractivo vestido de esa forma, su perfume conseguía invadir toda la sala y era imposible no querer deleitarse con el mismo. La pequeña llevaba un vestido color rosa y unas hermosas trenzas que corrían tras sus orejas.

Me detuve ni bien los vi, realmente no esperaba que ellos también fueran de compras, no obstante imaginé que me usarían como una bolsa ambulante, después de todo Samanta tenía razón: Yo era parte de la servidumbre y cargar peso y demás cosas de las tiendas no era para gente rica.

- ¿Estás lista? -Preguntó Pablo.

-Eso creo -Respondí.

-Vamos -Dijo Juan.

Nos subimos a un auto negro muy elegante, mucho más del que tenía mi padre. Todos nos pusimos el cinturón de seguridad e hicimos un viaje de aproximadamente diez minutos. Un gran local había allí, entramos y procedí a tomar un carro y llevarlo, supuse que era lo correcto. Caminamos un poco buscando lo que Juan quería.

- ¡Estoy tan aburrida! -Exclamó Samanta- Papá, ¿Puedo ir a comprar ropa?

-Espera que te acompañe -Dijo Juan.

Él me dio una lista que tenía en sus manos y se fue rápidamente tras Samanta que había comenzado a correr, Pablo comenzó a reír.

- ¿Qué pasó? -Pregunté.

-Recuerdo las razones por las que no acompaño a comprar a Samanta -Respondió Pablo.

- ¿Y eso? -Insistí.

-Yo la he dejado comprar a su voluntad, que no está tan bien tampoco, y mi padre es un poco más cuidadoso con el dinero, logra convencerla de no gastar de más -Contó Pablo.

-Entiendo -Dije e hice una pausa- ¿Siempre vienen todos a comprar?

-Generalmente, es como el único momento que tenemos para pasar juntos a veces -Comentó Pablo- Mamá solía elegir las cosas, desde que murió solemos traer otra gente que en verdad sepa elegir, lo hemos intentado y hemos fallado.

Pablo tomó un coco, lo acercó a su nariz como si pudiese sentir su olor perfectamente y me lo dio en mis manos.

-Creo que este coco está bien -Comentó Pablo y reí.

-Debes fijarte sus ojos -Comenté.

- ¿Sus ojos? ¿Dónde están sus ojos? -Preguntó imitando estar preocupado.

Volví a reírme, realmente era muy gracioso. Le señalé lo que decía en la parte superior del mismo.

-Eso está en mal estado -Comenté- Los ojos deben estar suaves y no húmedos como están.

También golpeé un poco la cáscara de costado notando un ruido hueco.

-Además está vacío -Agregué.

-¿Cómo es que sabes todo eso? -Preguntó sorprendido Pablo.

Una compañera odiosa en verdad, con aires de superioridad a flor de piel, solía llevar siempre esas frutas a clases y presumía de tenerlas y poder tener los recursos para comprarlo ya que no era algo tan barato de comprar. Presté atención a todas las veces que lo hacía, notaba cada detalle y luego descubría el estado en el que encontraba en cuanto decidía abrirlo.

-Supongo que en la verdulería -Comenté.

-¡Para mí este coco está bien! -Exclamó Pablo.

-Está bien, podemos llevarlo pero no te servirá -Insistí.

-Lleva uno también -Pidió Pablo- Si gano tendré derecho a pedirte algo y viceversa.

No me agradaba normalmente seguir este tipo de juegos, pero estaba bastante segura de que podría ganar esto, tomé uno y corroboré que estuviera bien según mis hipótesis y lo dejé en el carro. Pablo tomó un bolígrafo y marcó el que había elegido él como si fuera un pequeño niño seguro de que iba a ganar una apuesta tan absurda como esta. Sus acciones me hacían reír mucho, se notaba que era una persona agradable.

Continuamos comprando lo que pedía la lista en la cantidad correcta.

- ¿Qué has estudiado? -Preguntó Pablo.

¿Estudiar? Mucho, he leído desde que tengo uso de razón, a veces novelas y otras veces cosas un poco más prácticas, como electricidad, biología, fisiología o ciencias matemáticas, pero no tengo títulos, porque debía pagar mucho para obtenerlos y sinceramente prefería tener un plato de comida para mí y mi familia en vez de poder enmarcar un pedazo de papel.

-No mucho, terminé apenas la secundaria -Contesté- ¿Y usted?

-Me encuentro estudiando ingeniería industrial -Contó Pablo.

- ¿Y qué te llevó a eso? -Pregunté.

- ¿A qué te refieres? -Preguntó confundido Pablo.

-Claro, ¿Por qué elegiste eso y no elegiste algo distinto? ¿Qué es lo que te motiva a no querer abandonarlo? ¿Cuál es la pasión que eso te da? -Insistí.

- ¿Siempre haces preguntas que te hagan pensar? -Respondió preguntando Pablo.

-Lo lamento -Dije.

Y las palabras de mi abuela se me vinieron a la cabeza: "Jamás debes pedir perdón por ser como eres", y tenía razón, pero estaba tan estereotipado que debemos hacer eso para complacer a otro que nos terminamos traicionando a nosotros mismos.

-Disculpa, no voy a lamentarme por eso -Agregué.

-Y me parece bien -Contestó pensante Pablo e hizo una pausa- Déjame pensar en la respuesta y luego te la contesto.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022