Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Urban romance > Las 19 Humillaciones de Elena
Las 19 Humillaciones de Elena

Las 19 Humillaciones de Elena

Autor: : Gu Xiaolou
Género: Urban romance
"Elena, querida, sé que llevas un año casada con Iván, pero él ni siquiera te ha tocado. Es hora de ponerle fin a esta farsa." Esas fueron las palabras de Sofía Ramírez, las que marcaron el inicio de mi infierno personal: una cruel apuesta de 19 oportunidades para que mi esposo, Iván Castillo, me tocara. Si fallaba, debía firmar el divorcio y desaparecer. Mis intentos se convirtieron en 19 humillaciones: cenas románticas ignoradas, notas de amor despreciadas, palabras hirientes como "Me repugnas" o "Tu desesperación es vulgar". Él me ignoraba, me trataba con desprecio, mientras Sofía se movía a su lado como la verdadera dueña de su corazón y de nuestra casa. Pero el colmo llegó cuando, tras un incendio provocado por mi búsqueda de su atención, él me dejó tirada y sangrando, solo preocupado por el bienestar de Sofía. O cuando me forzó a mentir públicamente para proteger la reputación de su amante, exponiéndome a una multitud que me acusaba de ser la mujer de fotos escandalosas. ¡Fui alcanzada por ácido, dejando una cicatriz permanente, y él ni siquiera se dio cuenta! ¿Cómo podía haber sido tan ciega? ¿Cómo pude amar a un hombre que me humilló una y otra vez, que eligió a su amante sobre mí hasta la extenuación? ¿Por qué esta mujer me odiaba tanto y qué lazos retorcidos unían a Iván a ella? Fue entonces cuando lo supe: no iba a luchar más. Simplemente me iría, y no sola. Al final, solo quedaban ruinas y cenizas, y la promesa de que la verdadera historia saldría a la luz.

Introducción

"Elena, querida, sé que llevas un año casada con Iván, pero él ni siquiera te ha tocado. Es hora de ponerle fin a esta farsa."

Esas fueron las palabras de Sofía Ramírez, las que marcaron el inicio de mi infierno personal: una cruel apuesta de 19 oportunidades para que mi esposo, Iván Castillo, me tocara. Si fallaba, debía firmar el divorcio y desaparecer.

Mis intentos se convirtieron en 19 humillaciones: cenas románticas ignoradas, notas de amor despreciadas, palabras hirientes como "Me repugnas" o "Tu desesperación es vulgar". Él me ignoraba, me trataba con desprecio, mientras Sofía se movía a su lado como la verdadera dueña de su corazón y de nuestra casa.

Pero el colmo llegó cuando, tras un incendio provocado por mi búsqueda de su atención, él me dejó tirada y sangrando, solo preocupado por el bienestar de Sofía. O cuando me forzó a mentir públicamente para proteger la reputación de su amante, exponiéndome a una multitud que me acusaba de ser la mujer de fotos escandalosas. ¡Fui alcanzada por ácido, dejando una cicatriz permanente, y él ni siquiera se dio cuenta!

¿Cómo podía haber sido tan ciega? ¿Cómo pude amar a un hombre que me humilló una y otra vez, que eligió a su amante sobre mí hasta la extenuación? ¿Por qué esta mujer me odiaba tanto y qué lazos retorcidos unían a Iván a ella?

Fue entonces cuando lo supe: no iba a luchar más. Simplemente me iría, y no sola. Al final, solo quedaban ruinas y cenizas, y la promesa de que la verdadera historia saldría a la luz.

Capítulo 1

Sofía Ramírez me miró con una sonrisa torcida, su voz era suave pero llena de veneno.

"Elena, querida, sé que llevas un año casada con Iván, pero él ni siquiera te ha tocado. Es hora de ponerle fin a esta farsa".

Sostenía una copa de vino tinto, el líquido rojo oscuro se arremolinaba mientras hablaba.

"Hagamos una apuesta. Te daré 19 oportunidades. Si logras que Iván se acueste contigo, aunque sea una sola vez, yo desapareceré de sus vidas para siempre".

Hizo una pausa, sus ojos brillando con malicia.

"Pero si fallas las 19 veces, firmarás los papeles del divorcio y te largarás de México sin decir una palabra. ¿Aceptas?"

Mi corazón latía con fuerza. Era una apuesta cruel, humillante. Pero yo era la esposa de Iván. Legalmente, legítimamente. Confiaba en nuestro vínculo, en el juramento que hicimos.

"Acepto", dije, mi voz más firme de lo que me sentía.

Ella sonrió, como si ya hubiera ganado.

"Perfecto. La apuesta comienza esta noche".

Mis primeros intentos fueron un desastre.

Esa noche, preparé una cena romántica. Velas, música suave, el mejor vino de la bodega de mi familia en La Rioja. Me puse el vestido que Iván me había elogiado una vez.

Él llegó tarde, oliendo a perfume de mujer. El perfume de Sofía.

Ni siquiera miró la mesa. Pasó de largo, directo a su estudio.

"Estoy cansado, Elena. No tengo tiempo para juegos".

Ese fue mi primer fracaso.

Los siguientes diecisiete intentos no fueron mejores. Intenté ser sutil, intenté ser directa. Le dejé notas de amor, le preparé su desayuno favorito, lo esperé en nuestra habitación con lencería nueva.

Cada vez, su reacción era la misma: una indiferencia helada.

"Ten un poco de dignidad, Elena".

"Tu desesperación es vulgar".

"Me das asco".

Sus palabras me herían, pero no entendía. ¿Por qué me trataba así? ¿Qué había hecho mal? No sabía que su lealtad no era conmigo, sino con la mujer que le había propuesto la apuesta.

En mi decimoctavo intento, la noche antes de la fecha límite, lo esperé en la cama. Cuando entró en la habitación, intenté abrazarlo.

Él me agarró las muñecas con una fuerza brutal, inmovilizándome contra el colchón. Su rostro estaba a centímetros del mío, sus ojos llenos de un desprecio que me congeló el alma.

"¿No te cansas de humillarte?", susurró. "Me repugnas".

Me soltó y se fue, dejándome rota y temblando en la oscuridad. Mi espíritu se quebró.

Era la última noche. La decimonovena oportunidad. La desesperación me llevó a hacer algo impensable.

Conseguí un potente afrodisíaco en el mercado negro, una pequeña botella con un líquido incoloro. Se lo puse en su vaso de agua, el único líquido que bebía.

Me puse la lencería más fina y cara que tenía, un conjunto de seda negra que contrastaba con mi piel pálida. Lo esperé en su habitación.

Cuando entró, supe que la droga estaba haciendo efecto. Su respiración era agitada, sus pupilas estaban dilatadas y un sudor frío perlaba su frente. Por un momento, vi un destello de deseo en sus ojos.

Pero entonces, su rostro se contrajo en una máscara de furia.

"¡Zorra!", gritó.

Me agarró del brazo y me arrojó fuera de la cama con una violencia que me dejó sin aliento. Caí al suelo, el dolor agudo en mi cadera me hizo gritar.

Él ni siquiera me miró. Salió de la habitación dando un portazo, sus pasos resonando por el pasillo. Escuché el rugido del motor de su camioneta de lujo al arrancar y alejarse a toda velocidad.

Sabía exactamente a dónde iba.

Iba a casa de Sofía. Ella era la única que podía "curarlo". La única persona a la que recurría cuando perdía el control.

Tumbada en el frío suelo de mármol, recordé la primera vez que lo vi. Fue en una feria internacional de licores en Madrid. Él estaba de pie, solo, en medio del bullicio. No bebía, no socializaba. Parecía un hombre íntegro, diferente a todos los demás. Me enamoré de esa imagen, de ese ascetismo que yo creía que era una muestra de su carácter.

Qué ingenua fui.

Esa imagen era una mentira. Una fachada para ocultar su devoción por la amante de su padre.

A la mañana siguiente, el sonido de un motor familiar me despertó de mi letargo. Miré por la ventana. La camioneta de lujo de Iván estaba estacionada frente a la mansión.

Pero no era Iván quien conducía.

Era Sofía.

Bajó del vehículo con una sonrisa triunfante, moviéndose con la confianza de la dueña de la casa. Entró sin llamar.

Me encontró en el salón, todavía con la lencería de la noche anterior, una manta barata sobre mis hombros.

Me arrojó una carpeta sobre la mesa de centro.

"Firma", dijo, su voz goteando satisfacción. "Perdiste".

Dentro de la carpeta estaban los papeles del divorcio.

Ella se inclinó hacia mí, su sonrisa se ensanchó.

"¿Recuerdas la feria de Madrid, Elena? ¿Hace tantos años? Tú nos viste".

Mi mente voló hacia atrás. El recuerdo me golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Yo estaba allí, buscando a mi padre. Escuché ruidos extraños provenientes de un almacén. Curiosa, miré por una rendija en la puerta de madera.

Y los vi.

Iván y Sofía, sobre unos barriles de vino, enredados en un abrazo apasionado y prohibido. Él, el hombre que yo idealizaba, besándola con una desesperación que nunca me mostraría a mí.

Sofía me vio. Nuestros ojos se encontraron a través de la rendija. Y ella me sonrió. Una sonrisa maliciosa, triunfante. Sabía que yo estaba mirando. Y no le importó.

Ahora, en mi salón, su sonrisa era la misma.

"Él siempre ha sido mío, Elena. Tú solo fuiste un peón, un escudo conveniente".

Me sentí vacía. Derrotada. Toda la lucha, toda la humillación, todo había sido para nada.

Tomé el bolígrafo que me ofrecía. La tinta se sentía pesada en mis manos.

Firmé los papeles. Mi nombre, Elena Salazar, parecía el de una extraña.

"Tienes diez días para largarte", dijo Sofía, recogiendo los papeles. "Diez días para desaparecer de nuestras vidas".

Asentí, incapaz de hablar.

Decidí volver a La Rioja, a casa. A la bodega de mi familia. Lejos de México, lejos de Iván, lejos de esta vida que me había destrozado.

Tenía diez días para organizar mi partida y borrar todo rastro de mi existencia en la mansión Castillo.

Capítulo 2

Pasaron tres días. Iván regresó a la mansión. Yo lo había estado evitando, encerrada en mi habitación, empacando mis cosas en silencio.

Él entró en la habitación sin llamar. Vio las maletas abiertas sobre la cama.

"¿Qué estás haciendo?", preguntó, su voz extrañamente tranquila.

No lo miré. Seguí doblando una blusa.

"Me voy".

"¿A dónde?"

"A casa. A España".

Él frunció el ceño, confundido. "¿Por qué? ¿Es otro de tus berrinches?"

Su falta de comprensión me enfureció. Para él, mi dolor era un simple capricho.

"No es un berrinche, Iván. Es el final".

Se acercó y vio la caja donde estaba guardando mis joyas. Tomó un collar que él me había regalado en nuestro primer aniversario. Un aniversario que él no celebró.

"¿Vas a tirar esto? Me costó una fortuna".

Le arrebaté el collar de la mano y lo tiré a la basura junto con otras baratijas.

"No lo quiero. No quiero nada de ti".

Él me miró, una extraña expresión en su rostro. Quizás por primera vez, se dio cuenta de que hablaba en serio.

"Elena, no seas así. Sé que he sido... distante".

Era la primera vez que admitía algo.

"Hagamos un viaje. Como una luna de miel tardía. A donde tú quieras".

La oferta era tan ridícula, tan fuera de lugar, que casi me reí. Una luna de miel. Ahora.

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.

Vio el nombre en la pantalla y su expresión se suavizó. Era Sofía.

"Dime, Sofía... Sí, por supuesto... Voy para allá".

Colgó y me miró, ya sin rastro de la falsa calidez de antes.

"Tengo que irme. Sofía me necesita".

"¿Y nuestro viaje? ¿Nuestra luna de miel?", pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

"Lo hablamos después. Esto es importante".

Se dio la vuelta para irse.

"Voy contigo", dije, poniéndome de pie.

Él se detuvo. "¿A dónde?"

"A la fiesta de la vendimia de Imperio Castillo. Me invitaste, ¿recuerdas? Dijiste que sería nuestra compensación".

Él pareció molesto, pero asintió a regañadientes. "Está bien. Pero no causes problemas".

Mientras nos dirigíamos a la fiesta en su coche, vi el pequeño dije de plata que siempre llevaba colgado al cuello. La hoja de agave. Un regalo de Sofía, su primer amor. El símbolo de su eterna devoción por ella.

En la fiesta, me convertí en una sombra. Iván no me soltó la mano, pero era un gesto vacío, una actuación para el público. Todos sus gestos, todas sus sonrisas, estaban dirigidos a Sofía, que se movía a su lado como la verdadera señora de la casa.

Me sentí sola, invisible en medio de la multitud.

Decidí tomar un poco de aire. Salí al jardín, el aire fresco de la noche me aclaró la mente. Era hora de irme. No tenía nada más que hacer aquí.

Mientras regresaba para buscar mi bolso, pasé junto a un salón privado. La puerta estaba entreabierta. Escuché risas groseras y una voz femenina que protestaba débilmente.

Era la voz de Sofía.

"¡Suéltenme! ¡No saben con quién se están metiendo!"

"Tranquila, preciosa. Solo queremos divertirnos un poco", dijo una voz masculina, arrastrando las palabras por el alcohol.

Me asomé por la rendija. Tres empresarios, visiblemente borrachos, habían acorralado a Sofía. Uno de ellos le sujetaba el brazo.

Antes de que pudiera pensar en qué hacer, escuché un grito furioso.

"¡Quítenle las manos de encima!"

Iván irrumpió en el salón como un huracán. Su rostro era una máscara de ira.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022