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Las Advertencias de Mi Abuela Muerta

Las Advertencias de Mi Abuela Muerta

Autor: : Guxin Ruchu
Género: Urban romance
El olor a desinfectante fue mi bienvenida al despertar, con la cabeza palpitando y la pierna vendada. Pero mi angustia mayor era ver a mi prometido, Iván Lawrence, al otro lado de la habitación del hospital. Entonces, sus ojos se encontraron con los míos, vacíos. "Disculpa, ¿quién eres?" La pregunta me clavó una daga. Pero el verdadero terror comenzó cuando una voz familiarmente furiosa y áspera retumbó en mi mente: «¡Idiota! ¡Te lo advertí! ¡Él es veneno y tú, como una tonta, te lanzaste a sus brazos!». Era mi bisabuela, la que murió hace décadas. La madre de Iván intervino con falsa compasión: "Iván ha perdido la memoria". Pero la voz de mi bisabuela gritó: «¡Mentiras! ¡Finge para poder seguir usándote mientras se acuesta con esa zorra de Sasha!». Un escalofrío de náusea me recorrió. La voz me reveló: «En otra vida, te casaste con él. Te robó el arte, destruyó tu carrera y te dejó morir sola». Mi abuelo, el patriarca, entró con un rostro severo. "El accidente ha debilitado nuestra posición. Debes elegir un marido. Ahora. Para asegurar el futuro de los Salazar". Todos esperaban que eligiera a Iván, pero la voz de mi bisabuela vociferó: «¡No lo hagas! ¡Elige a cualquiera menos a él! ¡Elige al diablo si es necesario!». Miré la habitación, deteniéndome en el heredero de nuestros enemigos jurados, Máximo Castillo. Mi mano tembló. "A él".

Introducción

El olor a desinfectante fue mi bienvenida al despertar, con la cabeza palpitando y la pierna vendada. Pero mi angustia mayor era ver a mi prometido, Iván Lawrence, al otro lado de la habitación del hospital.

Entonces, sus ojos se encontraron con los míos, vacíos. "Disculpa, ¿quién eres?" La pregunta me clavó una daga. Pero el verdadero terror comenzó cuando una voz familiarmente furiosa y áspera retumbó en mi mente: «¡Idiota! ¡Te lo advertí! ¡Él es veneno y tú, como una tonta, te lanzaste a sus brazos!». Era mi bisabuela, la que murió hace décadas.

La madre de Iván intervino con falsa compasión: "Iván ha perdido la memoria". Pero la voz de mi bisabuela gritó: «¡Mentiras! ¡Finge para poder seguir usándote mientras se acuesta con esa zorra de Sasha!». Un escalofrío de náusea me recorrió. La voz me reveló: «En otra vida, te casaste con él. Te robó el arte, destruyó tu carrera y te dejó morir sola».

Mi abuelo, el patriarca, entró con un rostro severo. "El accidente ha debilitado nuestra posición. Debes elegir un marido. Ahora. Para asegurar el futuro de los Salazar". Todos esperaban que eligiera a Iván, pero la voz de mi bisabuela vociferó: «¡No lo hagas! ¡Elige a cualquiera menos a él! ¡Elige al diablo si es necesario!».

Miré la habitación, deteniéndome en el heredero de nuestros enemigos jurados, Máximo Castillo. Mi mano tembló. "A él".

Capítulo 1

El olor a desinfectante y el pitido monótono de los monitores me dieron la bienvenida de nuevo a la consciencia. Mi cabeza palpitaba, un dolor sordo que competía con el ardor de mi pierna vendada.

Pero un dolor más agudo, uno que no era físico, me atravesó el pecho. Era una voz.

«¡Idiota! ¡Te lo advertí! ¡Te dije que ese hombre era veneno y tú, como una tonta enamorada, te lanzaste a sus brazos!»

La voz era áspera, llena de una furia antigua y un desprecio que me resultaba extrañamente familiar. Sonaba como mi bisabuela, la legendaria bailaora, la que murió hace décadas.

Miré al otro lado de la habitación del hospital. Allí estaba Iván Lawrence, mi prometido, el hombre con el que iba a casarme. Tenía la cabeza vendada y una expresión de confusión. Su madre, una mujer de sonrisa helada, le acariciaba la mano.

«¿Iván? ¿Estás bien?» pregunté, mi propia voz sonaba débil.

Iván me miró, pero sus ojos estaban vacíos, sin el amor que yo conocía.

«Disculpa, ¿quién eres?»

Su madre intervino rápidamente, su voz falsamente compasiva. «Luciana, querida, el médico dice que Iván ha perdido la memoria por el golpe. No te recuerda.»

«¡Mentiras!» gritó la voz en mi cabeza. «¡Todo es una farsa! ¡Está fingiendo para poder seguir usándote mientras se acuesta con esa zorra de Sasha!»

Sentí un escalofrío. Sasha Riley. Su amor de la infancia. El nombre me provocó una náusea repentina.

«¡Escúchame bien, niña tonta!» continuó la voz de mi bisabuela. «Esto ya ha pasado antes. En otra vida, te casaste con él. Te robó el arte, destruyó tu carrera y te dejó morir sola y con el corazón roto. ¿Vas a cometer el mismo error dos veces?»

Antes de que pudiera procesar esa locura, mi abuelo, el patriarca de la familia Salazar, entró en la habitación. Su rostro era una máscara de severidad.

«Luciana, el accidente ha debilitado nuestra posición. He convocado a las familias más importantes de Andalucía. Los Lawrence con sus bodegas de jerez, los Ortega con sus olivares, y los Castillo, los malditos toreros.»

Hizo una pausa, mirándome fijamente. «Debes elegir un marido. Ahora. Para asegurar el futuro de los Salazar.»

Todos esperaban que eligiera a Iván, el hombre al que supuestamente amaba. Su madre ya sonreía, triunfante.

Pero la voz de mi bisabuela resonaba en mi cráneo, una advertencia desesperada. «¡No lo hagas! ¡Elige a cualquiera menos a él! ¡Elige al diablo si es necesario, pero no a ese mentiroso!»

Mis ojos recorrieron la habitación, pasando por encima de la cara de sorpresa de Iván. Se detuvieron en un hombre apoyado contra la pared, lejos del resto. Alto, de pelo oscuro, con una cicatriz apenas visible en la ceja y una expresión de fría indiferencia.

Máximo Castillo. El heredero de la familia de toreros. Nuestro enemigo jurado desde que tengo memoria.

Nuestros ojos se encontraron. Su expresión no cambió, pero vi un destello de algo, una sorpresa momentánea.

Levanté una mano temblorosa y lo señalé.

«A él.»

Mi voz, aunque débil, resonó en el silencio atónito de la habitación.

«Elijo a Máximo Castillo.»

Capítulo 2

La madre de Iván soltó un grito ahogado. «¡Luciana! ¿Te has vuelto loca? ¡Iván te ama! ¡Solo necesita tiempo para recordar!»

Iván me miraba con una expresión de dolor fingido. «Luci... aunque no te recuerdo, mi corazón me dice que eres importante. No me hagas esto.»

«¡Qué buen actor!» se burló la voz de mi bisabuela en mi cabeza. «¡Debería ganar un Goya por esta actuación!»

Mi abuelo frunció el ceño, claramente sorprendido, pero asintió lentamente. «Una elección audaz. Pero los Castillo son una familia poderosa. Que así sea.»

La decisión estaba tomada.

Unos días después, en la primera reunión familiar oficial, el aire estaba cargado de tensión. Máximo estaba a mi lado, rígido como una estatua, su presencia era un muro silencioso entre mí y el resto del mundo.

Iván estaba allí, por supuesto, con Sasha Riley pegada a su brazo. Ella me miraba con ojos de falsa inocencia, la misma mirada que recordaba de las advertencias de mi bisabuela.

«Luciana, querida,» dijo Sasha con una voz dulce y empalagosa, «he oído hablar mucho de tu talento. Tu bisabuela era una leyenda.»

Cogió mis castañuelas, una reliquia familiar que mi bisabuela me había dejado. Eran de ébano antiguo, con incrustaciones de nácar. Las manejó con una torpeza deliberada.

«Son preciosas,» continuó, y entonces, "accidentalmente", se le resbalaron de las manos.

Las castañuelas cayeron al suelo de mármol con un crujido seco y enfermizo. Una de ellas se partió por la mitad.

El silencio se apoderó de la sala.

«¡Oh, Dios mío! ¡Lo siento tanto!» exclamó Sasha, llevándose una mano a la boca. Las lágrimas brotaron de sus ojos al instante.

Iván la rodeó con el brazo. «Tranquila, Sasha, ha sido un accidente. Luciana, no seas dramática. Son solo unas castañuelas.»

«¿Solo unas castañuelas?»

La voz en mi cabeza gritó con tanta furia que sentí que mi cráneo iba a estallar. «¡En la otra vida, dijo exactamente lo mismo cuando quemó tu primer mantón de Manila! ¡El que te regalé yo!»

El recuerdo, que no era mío pero se sentía como si lo fuera, me golpeó con la fuerza de un tren. La humillación, la rabia impotente...

Todo encajó.

Mi mano se movió por sí sola. La primera bofetada resonó en la sala, dejando una marca roja en la mejilla de Sasha. La segunda, más fuerte, hizo girar la cabeza de Iván.

«¡Fuera!» grité, mi voz temblando de una furia que nunca supe que poseía. «¡Salid de mi casa ahora mismo!»

Iván me miró, el shock y la ira luchando en su rostro. Por un segundo, vi su máscara caer, revelando al hombre frío y calculador que mi bisabuela me había descrito.

Se marcharon, y yo me quedé allí, temblando, con el corazón latiendo desbocado. Me agaché y recogí los trozos de la castañuela rota.

Sentí una presencia a mi lado. Máximo se había arrodillado junto a mí, su mano grande y callosa rozó la mía mientras recogía el otro trozo. No dijo nada, pero su silencio era más reconfortante que cualquier palabra.

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