Actualidad
Desierto de Mojave, base aérea Edward
Cerca de Los Ángeles
Nicky
Vivir en un mundo de hombres ya es una maldita guerra perdida, pero que esa misma presión te carcoma desde tu propia familia, eso es lo que termina de volverte mierda por dentro. Puedes matarte estudiando, ser la primera en todo, sonreír como una imbécil para cumplir con el papel de hija perfecta, y aun así no alcanza. Jamás alcanza. Porque si no te acomodas al molde rancio que tu sangre te exige, entonces da igual todo lo que logres. Da igual cuánto sangres.
Te hartas. Te revientas por dentro de tanta hipocresía y de tanto aplauso que nunca llega. Y un día decides que, si vas a cargar con el fracaso, al menos que sea por elegir tu propio camino. Que, si vas a ser una decepción, entonces lo serás a tu manera. Buscas tus propias metas, tus propios desafíos, construyendo algo solo para vos, como quien escupe en la cara de todos los que nunca creyeron: "No soy suficiente para ustedes, pero mírenme, carajo, miren todo lo que logré sin deberles nada."
¿Debería aliviarte? ¿Sentirte más liviana? Mentira. Lo único que logras es alejarte de ellos a patadas, construir paredes tan gruesas que ni siquiera los recuerdos pueden atravesar. Crece el resentimiento como un tumor, silencioso pero mortal. Quizás encontraste en hacer lo que amas un refugio. O quizás solo encontraste una forma de no volverte cenizas intentando ser lo que ellos querían.
En mi caso, me cansé. Me cansé de ser solo Nicky Collins, la hija del magnate de la aeronáutica, la sombra de Alfred Collins. Me cansé de no ser suficiente para él, de ser un adorno más en esas galas interminables, un nombre bonito para firmar acuerdos.
Me cansé de sus charlas de negocios, de su indiferencia disfrazada de exigencia.
Me cansé de intentar alcanzarlo cuando desde el principio ya había perdido: nací mujer. No era el hijo varón que él había soñado moldear a su imagen.
Aun así, me arrastraba detrás de su mundo, intentando aprender cada engranaje del negocio familiar, como si con eso pudiera ganarme un maldito atisbo de su respeto. Pero después de la muerte de mi madre, algo dentro de mí simplemente se quebró.
Recogí una valija, le di la espalda a esa mansión fría y silenciosa, y salí. Sin despedidas, sin explicaciones. No hubo palabras de su parte, tampoco súplicas. Solo su silencio de piedra mientras me veía marcharme.
Y fue ahí donde lo decidí. Si no podía ser su orgullo, sería su pesadilla. Demostraría que era mil veces mejor que Alfred Collins. Me alisté en las fuerzas armadas. Como piloto.
El comienzo fue un infierno. ¡Mierda! No bastaba con soportar el programa agotador, la presión que te exprimía los huesos. Encima estaban las burlas, el acoso, los insultos velados. "¿Una nena jugando a ser piloto?", se reían a mis espaldas. Ni mis instructores creían en mí. Para ellos era otra mocosa rica buscando aventuras. Y para colmo, el apellido "Collins" pesaba como una piedra en el cuello. Mi abuelo había sido un piloto legendario. Mi padre, un empresario reverenciado en la industria aeronáutica. ¿Y yo? Solo una chica con demasiadas expectativas sobre los hombros.
Pero no me quebré. Fui la mejor de mi clase. Aprendí a volar cualquier maldito avión de combate que me pusieran en frente. Me comí cada humillación, cada mirada de desprecio, y las transformé en combustible.
Hoy vivo cerca de la base, en un departamento modesto. Nada de lujos, nada de decorados vacíos. Solo lo necesario: espacio, paz, aire. Y entreno a los nuevos. Para forjarlos como a mí me forjaron. O mejor aún: para destruir a los débiles antes de que se destruyan solos en el aire.
Y en este instante ajusto el cierre de mi chaqueta de vuelo mientras camino por el hangar. El eco seco de mis botas retumba en el espacio vacío, mezclándose con el olor a combustible y metal caliente. Frente a mí, un grupo de novatos forma fila, tiesos, sudorosos, como si estuvieran frente a un pelotón de fusilamiento.
Uno de ellos, un muchacho delgado de cabello revuelto, apenas consigue sostener la cabeza. Veo sus nudillos blancos de tanto apretar los puños. Tiembla, aunque se esfuerza por ocultarlo. Resoplo en silencio. Otro niño bonito, probablemente acostumbrado a que mamá y papá le limpiaran hasta los mocos.
Me planto frente a él, el peso de mi mirada cae sobre sus hombros como un yunque.
El silencio se hace espeso. Puedo oler el miedo, ácido y crudo.
Entorno los ojos, midiendo cada uno de sus movimientos.
-¿Nombre? -pregunto, con voz seca, dura como un disparo.
El cadete traga saliva, da un paso torpe al frente, enderezando la espalda como puede.
-C-cadete Alan Reed, señora -responde, la voz le sale fina, quebrada.
Entorno aún más los ojos. Mis labios se curvan en una mueca que no llega a ser sonrisa. Cruzo los brazos despacio, dejando que el cuero de la chaqueta crujiera, reforzando el peso del momento.
-¿Señora? -repito en un susurro helado, como una amenaza velada.
Alan palidece. Lo veo pestañear rápido, sudor resbalándole por la sien.
Me acerco un paso, invadiendo su espacio personal hasta que la visera de mi gorra casi le roza la frente.
-¿Acaso parezco tu maestra de jardín, Reed? -escarbo en su dignidad, esperando que se le quiebre la voz otra vez.
El cadete se traga el pánico. Aprieta la mandíbula hasta que parece que le va a estallar.
-No, teniente Collins -corrige, atropelladamente, bajando un poco más la cabeza.
Siento la satisfacción amarga hervir bajo mi piel. Pero no basta. Quiero que todos entiendan quién manda aquí. Enderezo la espalda, mi voz se eleva, firme como un látigo.
-Más les vale grabarse esto en sus cabezas de inmediato: a mí me llaman Teniente Collins o Teniente, ¿está claro?
La respuesta es un murmullo desordenado. Frunzo el ceño, mi mirada recorre la fila como una cuchilla.
-¡¿Está claro?! -ladro, dejando que la autoridad me rebose en cada palabra.
-¡Sí, teniente! -responden esta vez, casi en sincronía, con un tono que tiembla en el aire.
Mis labios apenas se curvan en una sonrisa seca. Me acerco a Reed de nuevo, ahora mirándolo de arriba abajo como si evaluara un motor defectuoso.
-¿Sabes pilotar o viniste a pasear en helicóptero, Reed? -pregunto, modulando la voz con sorna.
El cadete endurece el gesto, inspirando hondo como si fuera a saltar de un acantilado.
-Sé pilotar, teniente -dice, esta vez con algo de fuego en la mirada, aunque la inseguridad lo traiciona.
Inclino levemente la cabeza, como si le diera el beneficio de la duda. Pero en realidad no espero nada de él. Ni de ninguno de ellos.
Me enderezo, dejando que el silencio pese antes de hablar.
-Aquí -digo en voz alta, paseándome frente a la fila- no importan sus apellidos, ni las medallas que mamá mandó enmarcar, ni los juguetes caros que les compraron. Aquí, o vuelan, o se estrellan. Y si se estrellan -hago una pausa, dejando que la amenaza se arrastre por el aire-, será su culpa. No la mía.
Camino despacio frente a ellos, mis botas golpeando el suelo con cadencia militar.
-En cinco minutos los quiero a todos en el simulador -sentencio, señalando con la barbilla hacia el edificio al otro lado del hangar-. El que llegue tarde, limpiará los baños toda la semana... con su maldito cepillo de dientes.
El murmullo de incomodidad recorre la fila como un soplo de viento. Las miradas se cruzan nerviosas. Reed baja la vista, apretando los labios en una línea fina. Me alejo de ellos sin mirar atrás, sintiendo cómo la vieja furia, esa furia que me formó, arde viva en mi pecho.
No es hacia ellos. No es personal. Es hacia todo ese maldito mundo que quiso aplastarme bajo expectativas que no pedí. Yo no nací para cumplir expectativas ajenas.
Yo nací para romperlas. Y todavía tengo mucho que destruir.
Un momento más tarde
Los cadetes sudan, concentrados en los controles, torpes en sus primeros intentos de mantener la aeronave virtual en el aire. Camino entre ellos con las manos cruzadas tras la espalda, observando cada movimiento, cada error. Mi mirada es una presión constante sobre sus nucas.
Reed pelea con los mandos. Lo veo fruncir el ceño, los dientes apretados de frustración mientras la alarma del simulador pita indicando pérdida de control. Me inclino apenas junto a él, dejando que sienta mi presencia como una amenaza.
-¿Así piensas sobrevivir en combate, Reed? ¿Pidiéndole permiso al joystick para moverte? -susurro con sarcasmo, dejando que la humillación cale.
Reed enrojece hasta las orejas. El joystick tiembla en sus manos. Estoy a punto de seguir presionándolo cuando escucho pasos rápidos detrás de mí.
Me enderezo de golpe, los músculos tensos como un resorte. El teniente coronel Harris, mi superior, irrumpe en la sala con su andar rápido y marcial, irradiando una tensión que se siente en el aire como electricidad antes de la tormenta.
La puerta se cierra de un portazo tras él, arrancando un respingo colectivo de los cadetes. Todos se encogen instintivamente en sus asientos, mientras Harris atraviesa la sala como un torpedo dirigido únicamente hacia mí.
Su rostro, normalmente imperturbable, está surcado de líneas duras; la gravedad en sus facciones no deja lugar a dudas: algo serio.
-Collins -ladra, su voz cortando el aire con la precisión de un disparo-. Tienes una llamada urgente. De Nueva York.
Un latigazo de inquietud me atraviesa el estómago. Frunzo el ceño al instante, sintiendo que la sangre me corre más fría en las venas.
Nueva York. No necesito que lo diga. Ya lo sé. Ya lo presiento.
Enderezo aún más la espalda, aferrándome a una fachada de absoluta neutralidad.
-¿Quién llama, señor? -pregunto, con una calma que apenas logro mantener. La garganta me arde.
Veo cómo Harris, por un instante apenas perceptible, afloja la mandíbula, como si las palabras fueran un peso que preferiría no soltar.
-Tu madrastra -responde al fin, en un tono más bajo, casi arrastrado-. Dijo que era un asunto urgente.
Un latido sordo me golpea en las sienes. Hillary. La imagen de su sonrisa hipócrita se dibuja en mi mente con brutal claridad. No es para invitarme a uno de sus eventos de caridad, eso lo tengo claro. Ella sabe que la mandaría al diablo en menos de cinco segundos. Entonces, ¿por qué llama? ¿Qué podía ser tan urgente? La incertidumbre se me enrosca en el pecho como un puño sumergiéndome en mis pensamientos más profundos.
Dos días después
New York
Nicky
Dicen que un segundo nos puede cambiar la vida, y no es una exageración, es una condena disfrazada de realidad. Ese segundo no avisa, no pide permiso, solo entra a tu vida como una patada directa en el estómago. Un suspiro, una palabra, una llamada, y todo lo que conocías empieza a desmoronarse. Es un minuto de absoluta brutalidad. La tierra bajo tus pies se resquebraja y, de repente, te enfrentas al abismo.
¿Y qué haces? ¿Te quedas ahí, mirando como el mundo te arrastra? No, no hay tiempo para eso. El caos no espera. Lo que sí te queda es cómo manejas las ruinas después. Porque lo peor no es la caída, ni el golpe: lo peor es levantarse del suelo, poner los pies nuevamente en el suelo cuando te queman los huesos y la cabeza te da vueltas por el impacto.
A veces, ni siquiera estamos listos. Nos mentimos, pensamos que somos fuertes, que hemos aprendido a manejarlo todo, pero al final, todos tenemos un límite. No lo aceptamos, porque no estamos hechos para aceptar que no podemos controlarlo todo. Pero cuando llega ese segundo, cuando el muro de tus expectativas se deshace, no tienes más opción que mirar de frente. No hay espacio para escapar, ni para esconderse. La vida no se detiene, ni siquiera para tus dudas.
Y al final, todo lo que te queda es enfrentar las consecuencias, poner la cara en alto y seguir caminando, aunque duela, aunque el peso sea insoportable. Como adultos. Aunque no tengamos ni idea de cómo hacerlo, ni la fuerza para hacerlo. Pero lo haces. Porque la vida sigue, para bien o para mal, y no te pide permiso para arrastrarte con ella.
Admito que ni en mis peores pesadillas habría esperado una llamada de Hillary, pero mis miedos más remotos se quedaron cortos. Esa bruja ambiciosa no me llamó por empatía, ni porque fuera lo correcto. Lo hizo por interés... por su maldita ambición disfrazada de cortesía barata, lágrimas ensayadas y palabras vacías.
Cuando escuché su voz en el teléfono, fue como recibir un golpe inesperado, uno que me dejó momentáneamente sin aire. Sentí que algo no encajaba, que detrás de cada palabra suya había una trampa esperando a cerrarse.
-Hola, querida -soltó, arrastrando las sílabas como quien lame una herida ajena-. Mi llamada no es por cortesía... Preferiría darte la noticia en persona, pero debemos ser pragmáticas...
Apreté los dientes, sentí cómo el calor me subía al rostro. Me hervía la sangre de solo escucharla fingir humanidad.
-Hillary, ahórrate tu cortesía fingida. -Mi voz salió tensa, cargada de veneno-. Ante todo, no me digas "querida". Saquémonos las máscaras de una vez y dime qué mierda quieres. ¿Para qué te diste el trabajo de llamarme?
Escuché un breve silencio al otro lado, como si tratara de contener la irritación detrás de una máscara de falsa compasión.
-Deja la agresividad, Nicky. -Su tono pretendía ser suave, pero se quebraba en los bordes-. No soy tu enemiga. Te llamo porque... porque es un momento difícil para la familia.
Contuve una carcajada amarga. Enemiga era decir poco. Ella había sido la termita que carcomió mi casa desde adentro.
-Eres peor que eso -espeté, casi escupiendo las palabras-. Mi maldita madrastra oportunista. Así que habla. No tengo tu puto tiempo, ni las ganas de escucharte. Estoy en medio de una clase de vuelo, ¿entiendes? Una maldita clase.
Sentí su respiración entrecortada al otro lado de la línea, como si estuviera peleando consigo misma para no colgar.
-¿Cómo puedes tratarme así? -soltó, su voz temblando, aunque no supe si era real o parte de su eterno teatro-. No tolero tu egoísmo... no ahora.
Hubo una pausa, un temblor apenas perceptible en su voz que me hizo fruncir el ceño.
-Tu padre... -empezó, y mi corazón, ese traidor, se detuvo un instante.
Me incorporé de golpe, mi cuerpo entero temblando.
-¿Qué le sucede a mi padre? -pregunté, apenas reconociendo mi propia voz, ronca, cortante.
Un silencio, un maldito silencio lleno de plomo, precedió sus siguientes palabras.
-Tuvo un accidente... -susurró, y por primera vez sentí un atisbo de verdad en su voz-. En uno de los aviones de prueba... Lo siento, Nicky. Murió en el acto.
Todo dentro de mí se paralizó. Un zumbido feroz me llenó los oídos, como el rugido de un motor antes de estrellarse. No podía ser. No debía ser. Hillary mentía, como siempre. Era su especialidad.
-¡No! -grité, sin importarme quién me oyera. Mi garganta ardió-. ¡Me mientes! ¡Él no pudo morir! ¡Debe haber un error!
Pero en el fondo... algo dentro de mí ya sabía que no lo era, lo peor era sentir que ni siquiera podía hacer las paces con él, se había dio sin un adiós, sin una charla sincera.
Nunca imaginé regresar a Nueva York así. Pedí una licencia en la base, armé mi valija a toda prisa y tomé el primer vuelo disponible. El estómago me ardía como si llevara piedras dentro. Apenas aterricé, la prensa amarillista me cayó encima como una plaga: micrófonos, cámaras, flashes... Todos hambrientos por una declaración, por una lágrima, por un escándalo.
Las portadas ya hervían de rumores: "¿Accidente o sabotaje?" "El imperio aeronáutico Collins en jaque." "¿Competencia desleal? Sospechas sobre la muerte del magnate." Pero no tuve ni cinco minutos para asimilar la noticia. La bruja de Hillary ya había organizado el funeral y todo un circo social alrededor de la tragedia. A veces me pregunto si de verdad lloró o si solo ensayó frente al espejo su cara de viuda digna.
Y ahora, aquí estoy. El funeral ya terminó y regreso a esa mansión que nunca fue mi hogar. La brisa fría arrastra el olor de las flores marchitas, mezclado con el de las mentiras. Siento que cada paso me pesa como si llevara grilletes en los tobillos, pero aun así avanzo, tragándome las ganas de salir corriendo.
Al abrir la pesada puerta, la veo. Hillary está junto a la chimenea, envuelta en su luto perfectamente calculado. Su vestido negro le queda impecable, su maquillaje ni siquiera muestra rastros de llanto. Sostiene una copa de vino con la misma delicadeza con la que empuña un puñal, y me recibe con esa sonrisa plástica que siempre me provocó arcadas.
-Nicky, me alegra que volvieras a casa -dice, acercándose un par de pasos, su voz dulzona, falsa como una moneda de hojalata-. Sé que este es un momento duro para ambas.
Lanzo mi bolso al suelo con un golpe seco que resuena en la sala. Ni siquiera disimulo mi desprecio.
-No me jodas, Hillary. -Mi voz corta el aire como un látigo-. Esta nunca fue mi casa. Y tú nunca fuiste mi familia.
Ella suelta un suspiro dramático, tan ensayado como una mala actriz de teatro de tercera. Lleva una mano a su pecho, como si quisiera representar su tristeza.
-Nicky, por favor... -finge ternura-. No es momento para reproches. Perdimos a un gran hombre.
La rabia me sube por la garganta como bilis. Aprieto los dientes para no gritarle en la cara.
-¿Tú lo perdiste? ¡Por favor! -escupo las palabras, mi voz cargada de veneno-. Tú lo enterraste antes de que yo pudiera llegar. ¡Ni siquiera esperaste un maldito día! ¿O es que te urgía más leer el testamento que despedirte de él?
Hillary se endereza, abandonando su papel de viuda triste para adoptar el de reina herida. Sus ojos destellan furia contenida, pero su boca mantiene esa línea rígida de superioridad.
-Todo fue para proteger su legado -dice, en un tono cortante-. Había que actuar rápido. No tienes idea de los rumores que circulan.
Frunzo el ceño, avanzando hasta quedar frente a ella. Siento el calor de mi propia furia ardiendo bajo la piel.
-¿Qué rumores? -escupo, con una sonrisa torcida-. Vamos, Hillary, sorpréndeme.
Ella mira nerviosamente hacia ambos lados, como si esperara que las paredes repitieran lo que está a punto de decir. Luego se acerca un poco más, bajando la voz hasta apenas un susurro:
-Dicen que el accidente no fue tan... fortuito como parece.
Un frío paralizante me atraviesa la espalda. Me obligo a no parpadear, a sostenerle la mirada.
-¿Estás insinuando que fue un asesinato? -pregunto, apretando los puños con tanta fuerza que siento las uñas clavarse en la palma-. ¿Mataron a mi padre?
Hillary traga saliva. Se lleva la copa de vino a los labios y bebe un sorbo largo, como buscando valor en el fondo del cristal.
-Alfred tenía enemigos, Nicky -dice finalmente, su voz ronca-. Estaba cerrando acuerdos que afectaban a muchos intereses poderosos. No todos juegan limpio en este negocio. -Hace una pausa breve, cargada de insinuaciones-. Como su competencia: Alan Parker. Ese hombre estaba perdiendo una fortuna en licitaciones... o quizás fue el propio gobierno al que sirves con tanto patriotismo.
Siento un latido brutal retumbando en mis sienes. Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio personal sin ningún respeto.
-¿Y qué hay de ti, Hillary? -escarbo, mi voz cargada de veneno-. Tal vez tú lo mandaste a asesinar. ¿Cuánto te dejó en su testamento? ¿Cuánto obtendrás del seguro de vida?
Por primera vez en la noche, Hillary parpadea con nerviosismo. Su fachada perfecta se resquebraja apenas un segundo.
-Estás dolida. No sabes lo que dices -masculla, apretando la copa como si quisiera romperla.
-Oh, sé exactamente lo que digo -respondo, sonriendo con frialdad-. Y te juro por su memoria que voy a descubrir quién mató a mi padre. Y cuando lo haga... -me acerco aún más, susurrándole al oído- ...no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte ¡Zorra!
Sin esperar respuesta, tomo mi bolso del suelo y me marcho, dejando tras de mí solo eco de amenazas y promesas de guerra. Hoy no termina la tragedia. Hoy empieza mi venganza.
Horas más tarde
No tenía a dónde ir. O, mejor dicho, empecé a llamar a cada maldito número de mi jodida agenda. Una por una. Y ninguna de mis antiguas amigas estaba disponible. Escuché cada disculpa más patética que la anterior: "Nicky, tengo reunión en la escuela de mi hijo", "Estoy en casa de mis suegros", "tengo trabajo atrasado", "No tengo niñera", "Mi novio llegó de viaje". ¡Mierda! Todas parecían unas viejas aburridas, atrapadas en vidas que juraron que nunca vivirían. Ni que fueran tan mayores. Y sí, reconozco que mi prioridad nunca fue atarme a nadie. Mi vida era mi carrera en la aviación. Mi libertad. Y ahora, aquí estoy, sola, con un vaso de tequila entre las manos, en un bar de mala muerte, escuchando al barman dándome consejos como si fuera mi maldito tutor.
-Muchacha, ya no te voy a servir más alcohol -dice el tipo, cruzándose de brazos, mirándome como si de verdad le importara-. Mejor te pido un taxi para que te lleve a tu casa. Dame tu dirección.
Lo miro como si me acabara de escupir en la cara. El coraje me sube en oleadas.
-¡Vete a la mierda! No necesito tu ayuda... -gruño, arrastrando las palabras con un tono venenoso.
De pronto, una voz masculina, grave, con ese toque arrogante que me crispa los nervios, irrumpe detrás del mostrador:
-¿Tony, tienes problemas con esta mocosa?
Mocosa.
La palabra me golpea como una bofetada en plena cara.
Me giro bruscamente, tambaleándome apenas, y lo veo: un hombre de unos treinta y ocho años, alto, de cuerpo sólido bajo una chaqueta oscura. El cabello castaño grisáceo perfectamente peinado hacia atrás, barba y patillas plateadas que acentúan su mandíbula cuadrada. Sus ojos azules, intensos, me escrutan con una mezcla de seriedad y diversión. Un galán de película... de esos que sabes que te van a partir el corazón si les das la oportunidad. Y, aun así, lo primero que quiero es partirle la cara.
-¿¡Mocosa!? -espetó, fulminándolo con la mirada mientras golpeo el vaso sobre la barra-. ¿A quién carajos le dices así?
Él ni se inmuta. Da un paso hacia mí, lento, como si estuviera midiendo cada movimiento, y se planta frente a mí con una media sonrisa que me dan ganas de borrarle de un puñetazo.
-A ti, mocosa -repite, su voz grave vibrando en el aire cargado de alcohol y malas decisiones-. Ahórrame el trabajo de levantarte a cuestas... -añade, su tono entre amenaza y burla- ...o no respondo de lo que pueda pasar si sigues bebiendo como una desquiciada.
Siento la sangre hervirme en las venas. Aprieto los puños, luchando contra las ganas de arrojarle el vaso a la cabeza. Él sostiene mi mirada, tranquilo, seguro, como si supiera que tarde o temprano voy a ceder. No por miedo. Por orgullo. Por rabia.
-¿Qué eliges, mocosa? -pregunta, con una sonrisa ladeada que me revuelve el estómago.
Un silencio espeso cae entre nosotros, cargado de electricidad y desafío. Y yo, que nunca fui de retroceder ante un cabrón arrogante, sé que esta noche apenas empieza.
La misma noche
New York
Alan
La vida no es más que una sucesión de decepciones envueltas en papel de regalo. Eso lo entendí después de unos cuantos tropiezos, o como prefieren llamarlo algunos: "experiencias que te hacen madurar".
Imbécil, idiota, bruto... Son solo algunos de los adjetivos que he escuchado salir de labios femeninos después de una noche juntos. Y en mi defensa, jamás les prometí amor eterno, ni juré fidelidad, ni hablé de construir castillos en el aire. No soy ese mujeriego empedernido que adora inventarse la prensa sensacionalista. La verdad es otra: son demasiadas decepciones acumuladas, una tras otra, como golpes sordos que ya ni duelen, solo adormecen.
Hubo un tiempo en que pensé que lo había encontrado. Esa mujer que sería mi compañera, mi hogar, mi futuro. Me vi de rodillas, anillo en mano, con una estúpida sonrisa esperando su "sí", su abrazo, su lágrima de emoción. En su lugar, Helena me entregó las llaves de mi departamento, agarró su valija, y me soltó con una naturalidad cruel:
-Alan, no estoy lista para más. Lo siento.
La vi irse. La vi cerrar la puerta sin mirar atrás. Me quedé parado como un idiota, con el corazón hecho trizas, aun creyendo que volvería en unos días, arrepentida, diciendo que había sido un error, que era el miedo. ¡Qué ingenuo! Ni un puto mensaje, ni una puta llamada. Solo rumores de mis amigos: "La vieron con un marroquí", "Se fue de viaje con su exnovio", "La vi en una discoteca con otro". Allí estaba la verdadera razón. No era miedo. No era presión. Era traición.
Así que dejé de complicarme. Dejé de buscar ese amor de película que solo existe en la imaginación de los idiotas y las novelas baratas. A estas alturas, disfruto mi soltería. Sin ataduras, sin promesas huecas, sin dramas. ¿Miedo a enamorarme otra vez? Puede ser. O simplemente aprendí que algunas heridas sanan mejor si no las vuelves a abrir.
Claro que mi hermana piensa diferente. Vive emperrada en querer enredarme con alguna de sus amigas solteras, como si de verdad creyera que esa ridiculez podría funcionar. Cada vez que insiste, sonrío, me sirvo un whisky y pienso: pobre ilusa.
Aunque no todo en mi vida se resumía a conquistas pasajeras, la realidad era que transcurría entre reuniones de trabajo, inspecciones interminables a los hangares, supervisando cada tornillo y cada válvula como si mi vida dependiera de ello. De vez en cuando, me daba el lujo de sobrevolar la ciudad en alguno de los prototipos que diseñaba. Sí, conocía todo lo relacionado con aviones, desde el engranaje más pequeño hasta el sistema de navegación más complejo. No era uno de esos magnates de escritorio que se llenaban la boca dando órdenes detrás de una cómoda oficina de cristal. Me gustaba meter las manos en la grasa, oler el metal caliente, sentir el rugido de las turbinas bajo mis pies.
Hoy, precisamente, planeaba refugiarme en los hangares, lejos del mundo, lejos de todo. Me estaba acomodando el saco, dispuesto a desaparecer unas horas, cuando la puerta de mi oficina se abrió de golpe.
Kelly entró como una tormenta: su cabello rubio caía desordenado sobre los hombros, los tacones resonaban como disparos contra el mármol, y sus ojos azules, tan intensos como los míos, centelleaban con furia pura.
-¡Alan! -rugió-. En todos los putos canales de televisión hablan de lo mismo. ¡De la muerte de Alfred Collins!
Solté un suspiro cansado, abrochándome el último botón de la chaqueta como si no hubiera un huracán a punto de estallar frente a mí.
-Hermanita... ¿y cuál es el maldito problema? -pregunté, ladeando la cabeza con una sonrisa sarcástica-. ¿Por qué traes esa cara de funeral?
Kelly cerró la distancia en unos pasos largos y agresivos, hasta plantarse frente a mí.
Pude ver cómo sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de rabia contenida.
-¡Mierda, Alan! -escupió la palabra como un latigazo-. ¡Hablan de un sabotaje! De que su muerte fue provocada. Y lo más grave no es eso... -hizo una pausa, apretando los labios como si le costara decirlo-, es que empiezan a señalar a Hillary como sospechosa... pero también a ti.
La habitación pareció encogerse por un instante. Yo me limité a girar los hombros en un gesto de indiferencia, caminando hacia la barra de whisky que tenía junto a los ventanales.
-Cuando salga la verdad a la luz -dije mientras me servía un trago generoso-, se acabarán los rumores.
-¡No, Alan! -Kelly golpeó el escritorio con la palma abierta, haciendo vibrar los papeles-. ¡¿No entiendes lo que significa este escándalo?! Las acciones bajarán en la bolsa, las aerolíneas comenzarán a cancelar rutas. ¡Nadie quiere su maldito nombre asociado a un asesino!
Me di la vuelta, el vaso en mano, y la miré con una calma calculada.
-¿Y qué quieres que haga? -enarqué una ceja-. ¿Qué me ponga a llorar ante las cámaras? ¿Qué organice una misa de arrepentimiento?
-¡No seas imbécil, Alan! -soltó ella, cruzándose de brazos, las uñas clavándose en su propia piel-. ¡Debes resolver este asunto antes de que termine de hundirnos a todos!
-Oh, claro -reí en voz baja, bebiendo un sorbo lento-. Ahora soy el salvador de la familia. ¿No era que la empresa era de los dos? ¿O solo eres una Paker cuando te depositan las ganancias en tu cuenta?
Vi cómo su rostro se endurecía, los pómulos tensos, la mandíbula apretada como una trampa de acero.
-Eres un idiota -masculló-. Pero uno útil si quieres seguir teniendo un imperio que administrar.
-¿Y qué propones, Sherlock? -pregunté, apoyándome despreocupadamente contra la barra.
-Que busques a la heredera de Alfred -soltó sin más, como si fuera la cosa más lógica del mundo.
Fruncí el ceño, despacio, saboreando la incredulidad que me subía por la garganta.
-¿La perra de Hillary? -pregunté con un deje de burla.
-No -aclaró Kelly, agitando la mano como si espantara una mosca-. No me refiero a ella. Hablo de la hija de tu maldito amigo.
-¿La mocosa? -bufé-. ¿Y qué demonios se supone que debo hacer con ella?
Kelly esbozó una sonrisa torcida, esa sonrisa venenosa que conocía tan bien.
-Hablas con la muchacha sobre el tema de la sociedad, acuerdan un comunicado para la prensa... y asunto cerrado. Sin dramas, sin escándalos, sin poner una bala en nuestra reputación.
Me reí, dejando el vaso sobre la barra con un golpe seco.
-Vaya, como lo dices suena tan fácil -ironicé-. ¿Y si no quiere cooperar? ¿Y si resulta ser una malcriada caprichosa?
Mi hermana se encogió de hombros, la mirada fría como una hoja de acero.
-Entonces usa tus encantos, hermanito.
Me quedé mirándola en silencio por un momento, pero agarré el celular y la billetera del escritorio, buscando la puerta sin responder. No quería seguir discutiendo con Kelly. Tenía algo de razón en todo este puto lío. Al ser competencia directa de Alfred Collins, mi nombre sonaba fuerte entre los rumores de sabotaje. Pero sabía que una simple charla con esa muchacha no iba a limpiar mi reputación. Haría falta mucho más. Encima, ni siquiera sabía cómo ubicarla.
En resumen: después de pasar la tarde entre motores y combustible en los hangares, lo único que necesitaba era una cerveza bien fría, sin tener que lidiar con los malditos reporteros. Por eso me refugié en el bar de mi viejo amigo Tony. No buscaba conversación, ni líos. Solo quería desaparecer un rato.
Entonces lo vi. Tony discutía con una muchacha rubia que no debía pasar de los veintisiete años, con el maquillaje un poco corrido y los ojos verdes chispeando de furia. Parecía más dispuesta a pelear que a dejarse ayudar y cometí la estupidez de abrir la boca para evitar que siga bebiendo.
Y ahora me lanza una mirada que podía incendiar el bar mientras un breve silencio se cola entre nosotros. Finalmente entreabre sus labios.
-¿Te conozco? -escupe, fría como el hielo.
Niego despacio.
-No. Pero parece que necesitas algo más que tequila esta noche.
-Y tú pareces necesitar una patada -revira, levantando una ceja desafiante.
Me contengo para no soltar una carcajada. La mocosa tiene agallas.
-Tranquila -digo, tomando asiento junto a ella-. Solo intento salvarte de morir de cirrosis antes de los treinta.
Bufa y me ignora, enfocándose en su vaso como si yo no existiera. Se lleva otro tequila a los labios como si nada. Tiene estilo, lo admito.
-¿Sabes qué? -apoyo el codo en la barra, acercándome un poco-. No tienes que contarme tus problemas. Solo ven conmigo. Un lugar tranquilo. Una cama cómoda. Te aseguro que dormirás mejor que aquí.
Ella suelta una risa seca.
-¿Me ves cara de idiota? -su voz suena rasposa, cargada de rabia contenida-. No me voy a ir con un desconocido solo porque se cree irresistible.
Me acerco un poco más, bajando la voz.
-No tienes que hacer nada que no quieras -susurro-. Solo propongo que no termines vomitando en este maldito bar delante de todos.
Ella me mira, furiosa, y por un momento creo que va a lanzarme el vaso a la cabeza.
-Estoy perfectamente -gruñe, pero su cuerpo la traiciona: tambalea apenas cuando intenta girarse en el taburete.
Sonrío, sin ocultarlo.
-Claro que sí -hablo, tomándola del brazo antes de que termine en el suelo-. Vamos, mocosa. Ya disté suficiente espectáculo por hoy.
-¡Suéltame, imbécil! -se revuelve, tratando de soltarse, pero su fuerza es ridícula comparada con la mía.
La acerco contra mí, firme, pero sin lastimarla.
-Hazlo fácil -murmuro junto a su oído-. No tienes que confiar en mí. Solo tienes que confiar en que afuera hay diez tipos peores que yo, esperando a ver si te desmayas.
Ella se queda quieta, respirando agitada, mordiéndose el labio inferior con rabia. Sus ojos verdes me fulminan, pero también brillan de frustración.
-Eres un idiota -escupe, pero ya no forcejea.
-Me lo dicen mucho -respondo con una sonrisa ladeada, guiándola hacia la salida mientras le paso un brazo alrededor de la cintura para estabilizarla.
Ella se deja llevar, tensa como un resorte. Tony nos mira desde detrás de la barra, moviendo la cabeza en silencio. Sabe que no va a detenerme, nadie lo hace.
Empujo la puerta del bar con el hombro y la noche fría nos envuelve.
Ella tirita, aunque no dice nada.
-¿Ves? -murmuro-. Ya estás mejorando. Al menos ya no me insultas cada cinco segundos.
Ella bufa, pero se apoya más en mí. Sonrío para mí mismo. Una mocosa furiosa, desconfiada, llena de veneno...pero peligrosa y seductoramente envolvente.
Al día siguiente
Aunque parezca mentira, no pasó nada con la mocosa. Estaba demasiado ebria, ni siquiera recordaba su dirección, y no, eso no significa que la llevé a mi casa. Siendo práctico -y, por una vez, sensato-, opté por dejarla en un hotel. Me comporté como se debe, incluso pagué su estadía. Pero no sé... sigo como un idiota recordando la noche extraña que tuve con esa muchacha. O simplemente hace tanto que ninguna mujer me decía tantas verdades en la cara, sin miedo, sin vueltas.
Me paso una mano por la nuca, gruñendo para mí mismo. ¿Quién carajos era esa mocosa? ¿Por qué no logro sacármela de la cabeza?
De pronto, el sonido de la puerta me arranca de mis pensamientos. Levanto la vista y allí está mi secretaria con su pose habitual: rígida, profesional, siempre impecable.
-Señor Parker, lamento molestarlo. -Hace una breve pausa, incómoda-. Alguien de la familia Collins insiste en verlo. Le dije que no recibe a nadie sin cita previa. ¿Qué desea que haga?
Me enderezo lentamente en el sillón, sintiendo un mal presentimiento instalándoseme en el pecho. ¿Collins? Justo ahora. ¿Quién será? ¿La perra de Hillary o la hija de Alfred?