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Las Cenizas de Nuestro Amor

Las Cenizas de Nuestro Amor

Autor: : Wu Shi Xian
Género: Romance
Mi madre murió por protegerme y en el mismo ataque perdí al bebé que esperaba. Creí que al fin sería libre de mi jaula de oro, pero el infierno apenas comenzaba. Mi esposo, Hugo, no solo me culpó de todo, sino que se refugió en los brazos de su amante, Fabiana, la misma mujer que orquestó mi desgracia. Mientras yo me recuperaba, ella me envió un video íntimo con él, burlándose de mi dolor. La crueldad fue tal que el abuelo de Hugo, Don Leopoldo, al enterarse de la verdad, sufrió un infarto fulminante y murió. Con mi madre y mi hijo muertos, y el último pilar de la familia Serrano derrumbado, las cadenas que me ataban a ese mundo de apariencias y dolor se rompieron para siempre. En el funeral, Hugo, destrozado, me rogó que me quedara. "Es demasiado tarde", le dije, y me di la vuelta, lista para reclamar la vida que me habían robado.

Capítulo 1

Mi madre murió por protegerme y en el mismo ataque perdí al bebé que esperaba. Creí que al fin sería libre de mi jaula de oro, pero el infierno apenas comenzaba.

Mi esposo, Hugo, no solo me culpó de todo, sino que se refugió en los brazos de su amante, Fabiana, la misma mujer que orquestó mi desgracia.

Mientras yo me recuperaba, ella me envió un video íntimo con él, burlándose de mi dolor.

La crueldad fue tal que el abuelo de Hugo, Don Leopoldo, al enterarse de la verdad, sufrió un infarto fulminante y murió.

Con mi madre y mi hijo muertos, y el último pilar de la familia Serrano derrumbado, las cadenas que me ataban a ese mundo de apariencias y dolor se rompieron para siempre.

En el funeral, Hugo, destrozado, me rogó que me quedara.

"Es demasiado tarde", le dije, y me di la vuelta, lista para reclamar la vida que me habían robado.

Capítulo 1

Silvana POV:

Mi madre murió por protegerme, y yo perdí al hijo que llevaba dentro en ese mismo ataque. Ahora, mientras mi cuerpo se recupera, solo me queda una verdad: la jaula de oro en la que vivía acaba de derrumbarse, y yo, por fin, soy libre.

El techo blanco del hospital me miraba fijamente. No era un techo lujoso, no como los que solía ver en la mansión Serrano. Era simple, limpio, y en cierta forma, liberador.

Podía escuchar el suave murmullo de las máquinas a mi alrededor, el pitido constante de un monitor que seguía el ritmo de mi corazón. Mi corazón, que ahora se sentía extrañamente vacío, pero también extrañamente ligero.

Mi mirada vagó por la habitación. Una maceta con una orquídea solitaria sobre la mesita de noche.

El aire olía a antiséptico y a algo más, algo que no podía identificar del todo, pero que me recordaba a la vida que había dejado atrás. Una vida llena de perfumes caros, flores exóticas y el aroma sofocante del poder.

Cerré los ojos. El dolor físico era una constante, un recordatorio agudo de todo lo que había sucedido. Pero el dolor emocional, ese que me había consumido durante años, ese se sentía diferente ahora.

Ya no era una herida abierta, sino una cicatriz fría y endurecida. Me sentía vacía, sí, pero esa vacuidad no era sufrimiento. Era la ausencia total de ataduras.

Mi madre. Su sonrisa, su voz, su amor incondicional. Todo se había ido. Y con ella, la única razón por la que soportaba a Hugo Serrano y su mundo de apariencias. La única razón por la que seguía respirando en esa jaula de oro. Ahora ya no.

El bebé. Mi pequeño, el que nunca llegaría a conocer la luz del sol. Se había ido también. Una parte de mí, arrancada brutalmente. Pero incluso esa pérdida inmensa, en este momento, no me encadenaba. Me liberaba. No tenía que luchar por dos vidas, solo por la mía. Y mi vida, ahora, era mía para recuperarla.

Un sonido estridente rompió el silencio de mi habitación. Era mi teléfono. Una vibración insistente contra la mesita. Lo ignoré. No quería hablar con nadie. No tenía nada que decir.

Pero la vibración continuó, implacable. Finalmente, lo tomé. Era un número desconocido. Dudé. Quizás era del hospital, un mensaje importante. Deslicé para contestar.

"¿Silvana? ¡Por fin contestas, ingrata!" La voz al otro lado de la línea era aguda, familiar, y rebosaba un odio que conocía demasiado bien. Fabiana Victoria. Mi pulso se aceleró, no por miedo, sino por una punzada de tedio.

"¿Qué quieres, Fabiana?" Mi voz salió plana, sin emoción. Me sorprendió a mí misma lo indiferente que sonaba.

"¿Qué quiero? ¡Ja! ¿Crees que puedes simplemente desaparecer después de todo el caos que has causado?" Su risa era falsa, estridente, como vidrios rotos. "Don Leopoldo está furioso. ¡FURIOSO! Y todo por tu culpa, por tus celos enfermizos."

"¿Mi culpa?" repetí. Mi mirada se posó en la cicatriz que sentía en mi abdomen, invisible para ella, pero tan real para mí. "No tengo tiempo para tus juegos, Fabiana."

"¡Ah, no! ¿Demasiado ocupada recuperándote de tu 'tragedia'?" El desprecio en su voz era palpable. "No creas que no sé lo que hiciste. Sabes que a Hugo no le gusta que lo avergüencen. ¡Y tú lo arrastraste al fango con tu circo!"

"No hice nada," respondí, mi voz aún monótona. No había energía en mí para discutir. No había ira, no había dolor. Solo un cansancio profundo.

"¡Claro que sí! ¡Tu madre, tu patético drama! Don Leopoldo está al borde de un ataque por tu culpa, ¿sabes? Su corazón no es de hierro." La voz de Fabiana bajó a un susurro amenazante. "Si algo le pasa, será tu responsabilidad. Tuya."

Una risa casi inaudible escapó de mis labios. "¿Mi responsabilidad?" La miré fijamente, aunque ella no podía verme. "No me importa. Ya no me importa nada que tenga que ver con los Serrano."

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Fabiana parecía desconcertada por mi reacción. No esperaba esta frialdad. Ni yo misma la esperaba, para ser honesta. Pero era real. Era la nueva Silvana.

"¿Qué diablos te pasa?" Su voz era una mezcla de sorpresa y rabia.

"Nada," respondí. "Estoy cansada de sus dramas, Fabiana. De los tuyos, de los de Hugo, de los de Don Leopoldo. Estoy cansada de ustedes."

"¡Cansada! ¡Por favor! Eres una don nadie. Siempre lo fuiste.

¿Crees que porque perdiste a ese... 'hijo' ... ahora tienes derecho a ser una mártir? ¡Ja! Ni siquiera lo conociste, ni siquiera era nada." Su voz se volvió cortante, hiriente. "

Por cierto, ¿sabes qué es lo más gracioso? El pequeño... el nuevo bebé de Hugo... sí, el que yo le voy a dar... él sí tendrá un nombre. Y un legado."

Mis ojos se estrecharon. Un nuevo bebé. Fabiana, tan descarada como siempre. Estaba tratando de romperme, de encontrar el último hilo de emoción que quedaba en mí. Pero no lo había.

"Ese bebé le dará a Hugo la estabilidad que tú nunca pudiste ofrecerle," continuó Fabiana, su voz ahora llena de una complacencia cruel. "Me ama a mí. Me quiere a mí. Siempre me ha querido a mí. Y ahora, con mi hijo, nadie podrá quitarme mi lugar."

"Felicidades," dije, sin un ápice de sarcasmo. Era una declaración de hechos. No había nada que pudiera hacer.

"¿Felicidades? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?" Fabiana sonó genuinamente perpleja. "Pensé que te pondrías histérica, que me suplicarías. Siempre fuiste tan débil, tan patética."

"Lo era," admití. "Pero ya no."

"¡Escúchame bien, Silvana! Yo soy la Señora Serrano ahora. Y tengo el poder de hacer de tu vida un infierno. No te librarás tan fácilmente de nosotros. Te perseguiré. Te recordaré cada día lo que perdiste.

Te haré pagar por cada humillación." Su voz se elevó, volviéndose una amenaza abierta. "Tu sufrimiento será mi droga. Y no te dejaré morir fácilmente."

Recordé los años. Las noches que pasé sola en la mansión, mientras Hugo se divertía con Fabiana en alguna fiesta de alta sociedad. Las portadas de revistas, las fotos, los chismes. Mi corazón se encogía un poco más cada vez. Mi madre, Emilia, me decía que aguantara, que era por su bien, por su tratamiento. Por eso lo soportaba. Por ella.

Recuerdo la última vez que intenté enfrentarme a Hugo por sus infidelidades. Fabiana se había encargado de que me viera como la loca celosa. Hugo, con su típica arrogancia, me había dicho que dejara de hacer dramas.

Que mi lugar era administrar la casa y sonreír. Que si no era feliz, podía irse. Pero no podía. Mi madre dependía de mí.

Recuerdo su sonrisa burlona cuando la humillación se hizo pública.

Recuerdo la vez que, en un evento benéfico de los Serrano, Hugo bailó con Fabiana toda la noche, ignorándome por completo, mientras los flashes de las cámaras explotaban a nuestro alrededor.

Yo solo sonreía, una sonrisa hueca, el alma hecha pedazos.

Intenté mantener la relación, intenté creer en el amor que alguna vez sentí. Pero cada intento era un clavo más en el ataúd de mi esperanza.

Ahora, mi madre estaba muerta. Mi hijo, también. Eran mi ancla, mi prisión.

Y ahora que se habían ido, la única persona que me ataba a este tormento había desaparecido. Ya no había ataduras. Había terminado.

"Mi madre y mi hijo están muertos, Fabiana," dije. Mi voz era un hilo, pero firme. "Y con ellos, todo lo que me ataba a la familia Serrano. No tengo nada que perder. Y tú, querida, ya no tienes nada que ganar conmigo."

Un silencio pesado. Fabiana no entendía. No podía entender.

"Quiero el divorcio," anuncié, las palabras saliendo fácil, sin esfuerzo. "Y te aconsejo que no me busques más."

Colgué. El sonido del teléfono al caer sobre la mesita resonó en la habitación silenciosa. Un eco final para una vida que había terminado, y otra que acababa de empezar.

Luego miré a la enfermera que estaba a mi lado. "Necesito que me ayude a hacer los arreglos para el entierro de mi madre. Y el de mi bebé." Mi voz era clara, mi resolución inquebrantable. "Quiero que se vayan a casa. A nuestro hogar."

Horas más tarde, el taxímetro se detuvo frente a la mansión Serrano.

El coche olía a hospital y a la tristeza que me acompañaba, pero por primera vez en mucho tiempo, también olía a libertad.

Abrí la puerta y bajé, mis pasos resonando en el empedrado. El sol de la tarde se filtraba entre los árboles, proyectando sombras largas y distorsionadas.

La mansión, que una vez fue mi jaula, ahora parecía un monumento vacío a mi pasado.

Fabiana estaba en el umbral de la puerta principal, esperándome.

Llevaba un vestido ajustado de seda, su cabello rubio impecablemente peinado.

Su rostro, usualmente marcado por una sonrisa de superioridad, ahora estaba contraído en una mueca de desprecio.

"Vaya, vaya. La viuda negra ha vuelto de entre los muertos," dijo, cruzándose de brazos. Su tono era mordaz.

Ignoré su comentario. Mi mirada recorrió su figura. La vio con una claridad brutal, la misma que había usado para colgarle el teléfono. No había nada en ella que me afectara.

"Te ves horrible, Silvana," continuó, sus ojos evaluando mi cuerpo demacrado por el aborto y la enfermedad. "Más delgada que nunca. Sin ese brillo en los ojos que tanto irritaba a Hugo."

"Me alegro de que estés contenta," respondí, mi voz sin inflexión.

Ella dio un paso hacia mí, su sonrisa se expandió en una mueca de triunfo. "Parece que mi llamada te sentó de maravilla, ¿eh? La verdad es que me encanta verte así, tan... rota." Se acercó más, su voz bajando a un susurro cruel que solo yo podía escuchar. "Por cierto, he decidido que la habitación de huéspedes principal es demasiado pequeña para nuestro futuro bebé.

Así que... nos mudaremos a la tuya. La que compartías con Hugo."

Mis ojos se encontraron con los suyos. No parpadeé.

"Y tú," añadió, su voz más fuerte ahora, "te encargarás de limpiar y preparar la habitación de invitados para el nuevo personal. Necesitaremos más gente con la llegada del bebé. Considera que es tu última tarea antes de que te largues de aquí."

Me quedé inmóvil, mi rostro una máscara de calma. Fabiana se deleitaba con el silencio, esperando una reacción, una lágrima, una súplica. Pero no hubo nada.

Ella se rió, una risa hueca y sin alegría. "Tu dolor es mi afrodisíaco, Silvana. Me encanta verlo." Se acercó, su aliento dulce y pesado, y pasó una mano por mi mejilla, con una crueldad calculada. "Espero que no se te olvide limpiar el baño. No quiero ni una sola mancha."

Ella retrocedió, esperando con ojos brillantes a que me derrumbara. Esperaba que su humillación fuera mi castigo. Pero yo solo sentí... nada. Su crueldad rebotaba en mí como una bala en un escudo. No había fisuras.

Fabiana suspiró, visiblemente decepcionada. Se dio la vuelta con un movimiento impaciente de su vestido. "En fin," dijo, "dónde está el niño? ¿Se lo llevaron ya a Don Leopoldo?"

"Sí," respondí. "Don Leopoldo se lo llevó hace un rato. Dijo que quería tenerlo cerca." Las palabras salieron de mi boca sin un pensamiento. Solo quería que se fuera.

En ese momento, su teléfono sonó. Fabiana lo sacó de su bolso, su rostro se iluminó con una expresión de anticipación. Su sonrisa se desvaneció un instante después. Su piel se puso pálida y sus ojos se abrieron de par en par. "¡¿Qué?!" gritó, su voz aguda y llena de pánico. "¡No! ¡No puede ser!"

Antes de que pudiera procesar lo que sucedía, Fabiana levantó la mano y me abofeteó con una fuerza brutal. Mi cabeza se giró, un zumbido agudo llenó mis oídos.

El impacto me hizo tambalearme, la fuerza de la bofetada envió una punzada de dolor a través de mi mejilla, pero no la sentí completamente. Era como si mi cuerpo se hubiera desconectado del dolor.

"¡Tú! ¡Tú eres la culpable!" gritó, su voz ahora histérica, la cara contorsionada por la rabia. "¡Por tu culpa todo esto se ha ido al demonio! ¡Por tu culpa Don Leopoldo...!"

Una de las sirvientas, la Sra. Elena, se acercó rápidamente, sus ojos llenos de preocupación. "¡Señorita Fabiana, por favor! La señora Silvana aún no se ha recuperado del todo. ¡Está muy débil!"

Fabiana ignoró a la sirvienta. Sus ojos estaban fijos en mí, llenos de un odio irracional. "¡Es tu maldita culpa! ¡Siempre fuiste una carga! ¡Una desgracia!"

Susurró algo incomprensible, su voz ahogada por la rabia, y luego se dio la vuelta, el vestido de seda ondeando a su paso, y corrió hacia la calle, donde un coche ya la esperaba.

Ni siquiera se giró para mirarme. Su preocupación, si es que la había, era para otra persona. Para la persona a la que acababa de hablar por teléfono.

La Sra. Elena me miró con lástima. Sus ojos estaban llenos de una tristeza profunda, pero mi rostro permanecía impasible. No sentía nada. El golpe, la acusación, la histeria de Fabiana... todo era lejano.

En mi mente, era como si una parte de mí se hubiera marchado hace mucho tiempo, dejando solo la cáscara. El amor, la esperanza, la ira, el miedo...

todo eso se había desvanecido, consumido por el fuego de la traición y la pérdida. Los golpes de la vida, uno tras otro, habían erosionado mi capacidad de sentir hasta que solo quedaba un desierto árido.

Silencio. Un vacío infinito. Eso era lo que habitaba en mi interior.

Fabiana creía que había ganado. Creía que mis lágrimas serían su victoria. Pero no había lágrimas. Solo una profunda indiferencia. La única victoria que anhelaba era la de mi propia paz. Y para eso, necesitaba desaparecer. Llevarme las cenizas de mi madre y el recuerdo de mi bebé, y convertirme en una sombra, lejos de este mundo de opulencia y veneno.

La Sra. Elena, con su voz suave y llena de compasión, me preguntó, "Señora Silvana, ¿está bien? ¿Necesita que llame a un médico?"

No respondí. Sentía el dolor físico, sí, el ardor de la mejilla, el cansancio en mis huesos. Pero era un dolor distante, como si le estuviera sucediendo a otra persona. Mi mente estaba en otro lugar, en la imagen de un camino polvoriento, lejos de aquí, donde nadie me conociera.

Mi corazón, una vez un jardín exuberante de emociones, era ahora un terreno baldío. Fabiana había ganado la batalla por la atención de Hugo, por el glamour, por el estatus. Pero yo había ganado la mía por la libertad. Y eso, en este momento, lo era todo.

Apenas me di cuenta cuando la Sra. Elena empezó a hablar por teléfono, llamando a alguien, supongo que a un médico. Me dejé caer en el sofá más cercano, cerrando los ojos. Mi cuerpo dolía, pero mi alma, por fin, anhelaba la quietud. La quietud de la nada.

Quería borrarlo todo. Las caras, las voces, el lujo, el dolor. Quería ser solo yo, Silvana, sin el apellido Serrano, sin el peso de un pasado que me había ahogado. Quería la paz. Una paz duramente ganada, pagada con la sangre de los míos y con mi propia inocencia.

Escuché pasos apresurados y voces que se acercaban. Un médico, supongo. Sentí unas manos suaves revisando mi pulso.

"Necesita descansar, señora," dijo una voz masculina, suave pero firme. "Mucha paz y tranquilidad."

Paz. Tranquilidad. Esas eran las únicas palabras que tenían sentido para mí ahora. Quería esa paz más que a la vida misma. Más que al recuerdo de un amor perdido o a la promesa de una venganza. Solo quería desaparecer.

Capítulo 2

Silvana POV:

La luz tenue de la lámpara de noche se reflejaba en el suero intravenoso que colgaba junto a mi cama.

Los sonidos del hospital eran un zumbido constante: el arrastrar de los zapatos de las enfermeras, el gemido ocasional de un paciente, el tic-tac de un reloj que marcaba el paso de las horas. Horas que se sentían como días, días que eran una niebla.

Desde mi cama, podía ver la silueta borrosa de los árboles a través de la ventana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, ajena a la tormenta que había arrasado mi vida y me había dejado como un naufragio.

Unas voces bajas de la habitación contigua llegaron a mis oídos. Eran las enfermeras, hablando en voz baja, creyendo que nadie las escuchaba.

"¿Ya te enteraste?" susurró una. "El señor Don Leopoldo tuvo un infarto. Parece que es grave."

La otra respondió, su voz llena de intriga. "Sí, lo escuché. Dicen que por culpa de esa... Fabiana. La nueva esposa del señor Hugo."

Mis ojos se abrieron lentamente. ¿Fabiana? ¿Un infarto?

"Al parecer," continuó la primera enfermera, bajando aún más la voz, "le revelaron algunos secretos sucios sobre ella. La forma en que obtuvo su lugar. Y algo sobre el bebé que perdió la señora Silvana..."

La segunda enfermera soltó un jadeo. "¡No me digas que ella tuvo algo que ver con eso!"

"Dicen que se descubrió que ella filtró información a los rivales de los Serrano," dijo la primera. "Información que llevó al ataque donde la madre de la señora Silvana murió y ella perdió a su bebé. Don Leopoldo la había echado de la mansión, estaba furioso."

Así que la histeria de Fabiana al teléfono, su rápida huida... Tenía sentido.

Hugo no había podido proteger a su abuelo de Fabiana. Su ambición era más fuerte que cualquier lealtad.

Don Leopoldo, el patriarca, el hombre que había orquestado mi matrimonio, había descubierto la traición de Fabiana. Y eso casi le costaba la vida.

Pero entonces, recordé la bofetada. La furia en el rostro de Fabiana. Su grito: "¡Por tu culpa Don Leopoldo...!"

Oh, Fabiana. Tan predecible. Ella siempre intentaba manipular a Hugo, siempre distorsionaba la verdad para su beneficio. Estaba segura de que Hugo creía su versión, que yo era la causante del dolor de Don Leopoldo.

Recordé la última vez que Hugo me había herido físicamente. Fue hace apenas unas horas, antes de que me desplomara. Después de que Fabiana me abofeteara, él no estaba allí. Estaba con ella, con su nueva prometida, con la mujer que había causado la muerte de mi madre y de mi hijo.

Fabiana siempre había sido astuta. Cuando me casé con Hugo, ella ya era su amante. Ella, la socialité ambiciosa, había visto en mi matrimonio por conveniencia una amenaza para sus propios planes.

Me había convertido en la administradora impecable de la compleja agenda social de la familia Serrano, una pieza clave que mantenía el corporativo funcionando sin problemas desde las sombras. Pero para Fabiana, yo era solo un obstáculo.

Ella había logrado que Hugo me despidiera de mi papel en la familia. Ya no era la organizadora de eventos, la encargada de las relaciones públicas. Mi puesto, según escuché, lo había tomado una de sus primas. La degradación había sido pública, un mensaje claro para todos.

Hugo, bajo la influencia de Fabiana, había comprado un collar de diamantes increíblemente caro. No para mí, por supuesto. Ese collar era para Fabiana. Lo había visto en las redes sociales, Fabiana luciendo la joya, posando con Hugo en una alfombra roja. "Mi amor me sorprendió," había escrito. "El precio del amor es incalculable."

Eso había sido un regalo que mi madre siempre había querido, una réplica de una joya familiar que había sido vendida durante un tiempo difícil. Había trabajado incansablemente para conseguir los fondos para dárselo a mi madre, pero Hugo, con su arrogancia, lo había tomado y se lo había dado a Fabiana.

Era el mismo collar que mi madre pensó que me pondría en mi boda. "Para que un día tu hija lo use en su boda," le había dicho mi abuela a mi madre. Pero Hugo lo había regalado como si nada. Mi madre nunca se recuperó de esa decepción. Y su enfermedad, que ya era grave, se había agravado por la tristeza.

Y luego murió, protegiéndome de los hombres que Fabiana había enviado. Los hombres que habían venido por mí, no por Hugo.

Fabiana, en sus redes sociales, publicaba fotos de su "amor" con Hugo. Subía videos de ellos riendo, besándose, mientras yo estaba en casa, lidiando con el dolor y la humillación. La gente comentaba, algunos la felicitaban, otros me criticaban a mí, llamándome "la sombra," "la esposa fantasma."

"El verdadero amor siempre encuentra su camino," había subtitulado Fabiana una de sus fotos, con Hugo mirándola con adoración. "Algunos son ciegos por elección, otros simplemente no entienden el significado de la conexión del alma."

Esas palabras, me parecían irónicas. Hugo cambiaba de pareja como de camisa. Una vez me había dicho que yo era el amor de su vida, que éramos almas gemelas. Me había prometido un futuro brillante, un hogar lleno de amor. Yo le creí. Creí que había encontrado a mi compañero para siempre.

Pero la luna de miel apenas había terminado cuando Fabiana reapareció en su vida, o quizás nunca se fue, y él se dejó llevar por la novedad, la emoción de la aventura. Yo, la esposa fiel, me convertí en un mueble más en la mansión, una parte de su imagen pública, pero nunca de su corazón.

Y ahora, el collar. El collar que mi madre había soñado con recuperar. Ella había muerto sin verlo. Hugo se lo había dado a Fabiana.

La crueldad de Hugo, su egoísmo, su interminable búsqueda de validación y placer... Me di cuenta de que él nunca cambiaría. Los patrones se repetían. La misma historia, solo con diferentes víctimas.

Mi dedo se movió por la pantalla del teléfono. Abrí la red social de Fabiana. Vi su último video, el que había publicado hace unas horas. Era un video de ella y Hugo, brindando con champán, celebrando algo. El collar brillaba en su cuello.

Deslicé hasta la sección de comentarios. Había miles. La mayoría eran felicitaciones. Pero vi un pequeño icono que indicaba que podía dejar un comentario.

Mi mente estaba clara. Escribí, mis dedos tecleando con una precisión sorprendente: "Espero que ese collar te traiga tanta felicidad como le trajo tristeza a una madre moribunda. Y a la hija que lo perdió todo por tu ambición."

No esperé una respuesta. Bloqueé la aplicación y borré mi cuenta. Cerré los ojos. No había ninguna emoción en mí. Solo un deseo ardiente de desconectar todo lo que me unía a ellos.

Apenas unos minutos después, mi teléfono volvió a sonar. Era Hugo. Su foto apareció en la pantalla, su rostro enojado. Lo ignoré. Volvió a llamar. Una y otra vez. Finalmente, deslicé para contestar.

"¡Silvana! ¿Qué diablos significa ese comentario?" Su voz era un rugido, llena de una furia que rara vez había escuchado. "¿Estás tratando de arruinarlo todo? ¿De humillarme?"

"¿Humillarte?" respondí, mi voz monótona. No había miedo en mí. Solo un vacío. "No estoy tratando de humillarte, Hugo. Estoy diciendo la verdad."

"¡La verdad! ¡Fabiana está destrozada! ¡Don Leopoldo se ha enterado de la mentira! ¡Estás arruinando mi vida!" Su voz era un grito desesperado, pero yo solo escuchaba el eco de su ego.

"Tu vida ya estaba arruinada, Hugo," dije. "Tú la arruinaste. Yo solo la estoy dejando."

Silencio. Un silencio aturdido por su parte. Sabía que no esperaba eso. Nunca me había enfrentado a él de esta manera.

"Voy a colgar," le dije, mi voz aún firme. "Ya no tenemos nada que decirnos."

"¡No te atrevas a colgarme! ¡Soy tu esposo!" Su voz era una amenaza, pero sonaba hueca.

"No, no lo eres," respondí. "Quiero el divorcio. Y ahora, no eres nada para mí."

Colgué el teléfono. Y lo bloqueé. Para siempre.

Mientras mi dedo deslizaba el botón de bloqueo, recordé una fecha. Mañana. Era el día de la lectura del testamento de mi madre. Necesitaba estar allí. Necesitaba llevarle sus cenizas a casa.

Llamé a la enfermera de mi habitación. "Necesito salir de aquí," le dije. "Ahora. Es urgente."

Ella me miró con preocupación. "Señora Cruz, su estado es delicado. No es recomendable que se vaya."

"No es una recomendación," respondí, mi voz firme. "Es una orden. Soy mayor de edad y me responsabilizo de mi salud. Necesito irme. Y si no me ayuda, lo haré sola."

Ella suspiró, pero asintió. "Muy bien, señora. Le prepararé los papeles. Pero debo decirle que no estoy de acuerdo."

"Lo entiendo," le dije. "Pero gracias."

En cuestión de minutos, tenía mis papeles de alta. Una de las enfermeras, la que me había ayudado a procesar la muerte de mi madre y mi bebé, me entregó una pequeña urna. Era pesada, fría. Las cenizas de mi madre y de mi hijo, juntos.

No sentí el nudo en la garganta, ni las lágrimas que esperaba. Solo un peso en mis brazos. El peso de una vida terminada y otra que debía comenzar. Era el peso de mi libertad. El último vestigio de mi pasado. Y era un peso que llevaría conmigo con dignidad.

Salí del hospital, el sol de la tarde bañando mi rostro. Me despedí de la enfermera, que me observó con una mezcla de lástima y preocupación. "Cuídese, señora Silvana," me dijo.

"Lo haré," respondí. Y por primera vez en mucho tiempo, lo decía en serio.

Llegué a la mansión Serrano. La puerta principal estaba abierta de par en par. La vi. Fabiana. Estaba sentada en el sofá con Hugo, sus cabezas juntas, susurrándose. La imagen de la intimidad que nunca tuve con él.

Hugo tenía una copa de whisky en la mano. Su mirada era sombría, pero cuando me vio, un destello de ira cruzó sus ojos. Fabiana, al verme, se separó de él como un resorte, alisándose el vestido. Su labial estaba corrido, su cabello revuelto. Las marcas en el cuello de Hugo eran inconfundibles, frescas incluso a la distancia. Habían estado ocupados.

No sentí nada. Ni celos, ni dolor, ni rabia. Solo una profunda indiferencia. Era como ver una película, una historia que ya no me pertenecía.

Caminé directamente hacia la escalera, mi rostro una máscara de piedra. No los miré. No les di el placer de verme afectada.

"¿Adónde vas?" La voz de Hugo era áspera, ronca por el alcohol.

No respondí. Sentí sus ojos en mi espalda, los de Fabiana también. Pero no me detuve. Subí las escaleras, mis pasos firmes, decididos. Entré en la habitación que una vez había sido mía, la que Fabiana reclamaba ahora.

Abrí el armario. Con manos metódicas, empecé a empacar mis cosas. No había mucho. La mayoría de mis pertenencias eran regalos de Hugo, cosas que me había comprado para llenar el vacío de su ausencia.

No quería nada de eso. Elegí solo lo esencial, la ropa más simple, las pocas cosas que realmente eran mías. Cada artículo que metía en mi maleta era un paso más hacia mi libertad, un corte más con el pasado.

Cuando terminé, mi maleta era pequeña, ligera. Me di la vuelta. Fabiana ya no estaba. Hugo estaba solo en el salón, bebiendo. Su cabeza estaba inclinada, su figura un cúmulo de sombras en la penumbra.

Levantó la cabeza lentamente cuando sintió mi presencia. La luz tenue de la habitación no permitía ver bien su expresión, pero su voz... su voz era inconfundible.

"¿Te vas?" preguntó, su voz baja, casi inaudible sobre el tintineo del hielo en su vaso. Había una mezcla de sorpresa y algo más, algo que no pude identificar, en su tono.

"Sí," respondí, mi voz carente de emoción.

"¿Adónde?" Su voz se endureció, un atisbo de la vieja autoridad reapareciendo.

"Lejos," respondí, sin dar más detalles. No le debía explicaciones.

De repente, Hugo tiró la copa al suelo. El cristal se hizo añicos, esparciendo esquirlas por la alfombra. Se levantó, el vaso humeante en la mano, sus ojos rojos de ira y alcohol.

Se acercó a mí, sus pasos pesados y erráticos. Su aliento olía a whisky, un hedor amargo que me revolvió el estómago.

"¡No puedes irte!" gritó, su voz un rugido. Me agarró el brazo con una fuerza brutal, sus dedos apretando mi piel. "¡No puedes dejarme! ¿Crees que puedes simplemente desaparecer después de arruinarlo todo?"

Me sorprendió su ataque, pero no me moví. Sentía el dolor físico, pero de nuevo, me era ajeno.

"¡Tu comentario! ¡Fabiana está llorando! ¡Don Leopoldo en el hospital por tu culpa! ¡Estás destrozándome! ¿Es eso lo que quieres? ¿Verme destruido?"

"No es lo que quiero," respondí, mirándolo fijamente, sin parpadear. "Es lo que te mereces. Tú lo causaste."

"¡Mentirosa!" gritó, sacudiéndome. "¡Estás celosa! ¡Celosa de Fabiana! Siempre has querido mi atención. Siempre has sido una... ¡una arrastrada!" Su voz era un gruñido. "¡Pero esta vez no te saldrás con la tuya! ¡No vas a dejarme!"

Sus ojos se nublaron, llenos de un deseo febril, un deseo retorcido y sucio. "Quieres atención, ¿verdad? ¡Te daré atención! ¡Te daré lo que tanto anhelas!" Sus manos se movieron, rasgando la tela de mi blusa. El sonido del desgarro resonó en la habitación.

Me arrastró hacia el dormitorio. Me resistí, mis piernas flaquearon bajo su fuerza bruta. "¡Hugo, estás borracho! ¡No sabes lo que haces!" grité, mi voz finalmente encontrando un poco de fuerza.

"¡Sé exactamente lo que hago!" Su voz era un rugido salvaje. "¡Sé que te quiero! ¡Sé que eres mía! ¡Siempre lo fuiste!"

"¡No! ¡Nunca más! ¡Piensa en nuestro hijo, Hugo! ¡Piensa en lo que perdimos!" Grité, desesperada, intentando inyectar algo de cordura en su mente nublada.

Pero él no escuchaba. Sus ojos estaban en blanco, ausentes. El alcohol lo había convertido en una bestia. Me arrojó sobre la cama, la cabeza golpeó contra el cabecero de madera con un golpe seco. Un dolor agudo explotó en mi nuca.

Sentí su peso sobre mí, su aliento caliente y fétido en mi rostro. Su boca se estrelló contra mi hombro, no en un beso, sino en una mordida salvaje. Sentí el dolor agudo, el sabor metálico de la sangre. Un grito se ahogó en mi garganta.

Con la poca fuerza que me quedaba, lo empujé. No esperaba que cediera. Pero lo hizo. Lo empujé con tanta fuerza que se cayó de la cama. En un instante, recogí el resto de mi fuerza y le di una bofetada.

El sonido resonó en la habitación, más fuerte que el golpe que me había dado Fabiana. Su cabeza se giró, un hilo de sangre brotó de la comisura de sus labios.

Hugo se levantó, volviéndose contra mí con una furia desatada. Pero esta vez, no era solo alcohol. Era algo más. Una energía oscura, una rabia primigenia que emanaba de él. Sus ojos ardían con una intensidad aterradora.

Mi cuerpo, ya debilitado por el aborto y la convalecencia, no pudo soportar más. Me tambaleé, mi cabeza palpitaba por el golpe contra la madera. Todo a mi alrededor empezó a dar vueltas.

"¿Tan débil eres?" La voz de Hugo era un gruñido, su rostro una máscara de furia y confusión. "¡Qué diablos te pasa!"

"Hugo..." Intenté hablar, intenté explicarle, pero mi cuerpo me traicionó. Mis piernas se doblaron. Caí.

Un velo negro cubrió mi visión. Lo último que escuché fue un grito ahogado, mi propio grito, antes de que todo se volviera oscuridad.

...

Desperté sobresaltada, el sonido de voces alteradas a mi alrededor. Un zumbido, un murmullo. Me dolía la cabeza, una punzada constante detrás de mis ojos. Lentamente, abrí los párpados. Techo blanco. Pitidos de máquinas. El olor a antiséptico. Había vuelto al hospital.

Capítulo 3

Silvana POV:

Las voces alteradas provenían de fuera de mi habitación. Las reconocí. Eran las de Hugo y Don Leopoldo. Me dolía la cabeza, pero mi mente estaba clara, demasiado clara.

Abrí los ojos. Don Leopoldo estaba allí, sentado en una silla junto a mi cama. Su rostro era una mezcla de furia y preocupación. Hugo estaba de pie, apoyado en el marco de la puerta, su camisa arrugada, el cabello revuelto.

Sus ojos se fijaron en mí cuando me vio parpadear. Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Era casi imperceptible, pero lo vi. Podía sentir su preocupación.

"¡No puedo creer que sigas culpando a Silvana!" La voz de Hugo era áspera, llena de resentimiento. "¡Ella es la culpable de esto! ¡Ella trajo la desgracia a esta familia!"

Don Leopoldo golpeó el suelo con su bastón. El sonido resonó en la habitación. "¡Cállate, Hugo! ¡No sabes de lo que hablas!" Su voz temblaba de ira. "Silvana no tiene la culpa de nada. Fabiana... esa víbora... ella es la única culpable."

"¡Fabiana es mi prometida!" rugió Hugo. "¡Y Silvana solo está intentando destruirme, como siempre! ¡Ha estado mintiendo! ¡Manipulando!"

"Basta," dije, mi voz aún débil, pero firme. Los dos hombres se giraron para mirarme.

"Silvana, mi niña..." Don Leopoldo se inclinó, su rostro lleno de disculpa.

"Ya no importa," lo interrumpí. "Nada de lo que pasó antes importa."

Don Leopoldo me miró, y por un instante, vi comprensión en sus ojos. Se enderezó, su ira se dirigió nuevamente a Hugo. Su espalda, aunque frágil, se irguió.

"¡Siempre la defiendes!" gritó Hugo, frustrado, golpeando la pared. "¡No ves que solo quiere hacerme daño!"

"Silvana ha sufrido más de lo que jamás podrás imaginar, Hugo," dijo Don Leopoldo, su voz baja y llena de reproche. "Y tú, con tu ceguera y tu egoísmo, no hiciste más que añadir a su dolor."

Hugo hizo un gesto de desdén con la mano. "No tengo tiempo para esto. Ella está despierta, así que mi trabajo aquí ha terminado." Sus ojos se posaron en mí, fríos y distantes. "Fabiana me está esperando."

Se dio la vuelta para irse.

"¡Hugo!" El rugido de Don Leopoldo lo detuvo en seco. Golpeó el suelo con su bastón. "¡No eres más que una bestia! ¡Un salvaje! Mañana, a primera hora, irás con Silvana. Ella tiene que decir adiós."

Hugo se fue antes de que Don Leopoldo pudiera decir otra palabra. La puerta se cerró con un golpe seco. Don Leopoldo suspiró profundamente, su espalda encorvada, su figura más pequeña de lo que recordaba.

Se acercó a mí, sus manos temblorosas. Me entregó una carpeta de cuero. "Aquí está," dijo, su voz apenas un susurro. "El testamento de Emilia. Y el certificado de... de nuestro nieto."

Mis ojos se posaron en la carpeta. La tomé con manos que no temblaban.

"Lo siento, Silvana," dijo, sus ojos llenos de lágrimas. "Debí haberte protegido. Debí haber visto la clase de hombre en el que se estaba convirtiendo Hugo." Sacudió la cabeza. "Fallé. Fallé como padre, y fallé como abuelo. Fui un tonto al pensar que podía atar el amor con un contrato. Pensé que aseguraba el futuro de mi familia, pero solo sembré amargura."

Sus palabras, llenas de un arrepentimiento genuino, me conmovieron. Por primera vez, vi al hombre detrás del patriarca, al abuelo que había perdido a su propio hijo.

"Nuestro nieto," continuó, su voz ahogada. "También era tu hijo, Silvana. Tu sangre. Sé que es un pedido egoísta, pero... ¿podrías... podrías despedirte de él? Por última vez."

Lo miré. Sus ojos, llenos de dolor y súplica, me rompieron el corazón. El viejo, encorvado por la pena, me pedía un último acto de humanidad. No pude negarme.

"Sí, Don Leopoldo," respondí. "Lo haré."

A la mañana siguiente, el aire era frío y gris. Vestida de negro, llegué al cementerio. Un pequeño ataúd blanco, más pequeño de lo que debería ser, descansaba junto a una t tumba recién excavada. No había nadie más. Solo yo.

Era un entierro silencioso, sin honores, sin pompas. Para un niño que nunca había conocido el mundo. Para mi hijo, mi pequeño. No pude evitar un escalofrío. Nunca pude abrazarlo, nunca pude sentir su piel contra la mía. Un vacío inmenso.

Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla. Eran lágrimas de liberación, no de pena. Lágrimas por la inocencia perdida, por la vida que nunca sería. Pero no había remordimiento. Solo la resignación de que, a veces, la vida te arrebata todo para darte lo más valioso: la libertad.

Coloqué una rosa blanca sobre el pequeño ataúd. Un símbolo de pureza, de un amor que nunca pudo florecer.

"Adiós, mi amor," susurré. "Descansa en paz. Donde sea que estés, sé libre."

Sentí una extraña paz. Era lo mejor. No habría más ataduras. No habría más razones para quedarme en ese infierno. Había pagado mi deuda. Había amado a Hugo con toda mi alma, había soportado su desprecio, había sacrificado mi felicidad por mi madre. Y ahora, no quedaba nada.

Mientras me alejaba de la tumba, el teléfono vibró en mi bolsillo. Era una notificación. Fabiana había publicado un nuevo video. Una foto de ella y Hugo, sonriendo, felices.

En la foto, Hugo llevaba un traje oscuro, el mismo que había usado en su último encuentro con Don Leopoldo. Fabiana, a su lado, resplandecía. El collar brillaba en su cuello.

"Cosas de pareja," decía el pie de foto. "Don Leopoldo se recupera. Y Hugo y yo... ¡más unidos que nunca! El amor verdadero siempre gana."

Mi teléfono vibró de nuevo. Era un mensaje directo de Fabiana. "Silvana, ¿lo ves? Hugo me eligió a mí. Siempre a mí. Y anoche, mientras tú estabas inconsciente, él y yo... bueno, digamos que celebramos nuestro amor de una manera muy... íntima."

Adjunto al mensaje, había un breve video. En el video, yo estaba en la cama del hospital, con el rostro pálido y los ojos cerrados. Y a mi lado, Hugo y Fabiana, abrazados y desnudos. Fabiana sonrió a la cámara, los labios manchados, los ojos llenos de triunfo.

No sentí nada. Solo un clic. El último.

Sin dudarlo, reenvié el mensaje y el video a Don Leopoldo. Sin una palabra, sin una explicación. El video, la foto, el mensaje de Fabiana. Era la prueba. Era la verdad que él necesitaba ver. Dejé que el silencio hablara por mí.

Luego, volví a la mansión. Entré en la habitación de Hugo y en el vestidor. Tomé la alianza de matrimonio, el anillo de compromiso, el reloj de oro que Don Leopoldo me había regalado en mi boda. Los dejé sobre la chimenea. Símbolos de una vida que ya no era mía.

Tomé la pequeña urna de mi madre y de mi bebé.

"Adiós, mamá," susurré, mis dedos acariciando la fría superficie de la urna. "Adiós, mi pequeño. Me voy. Pero siempre los llevaré conmigo."

Salí de la mansión sin mirar atrás. No había lágrimas, no había despedidas. Solo el eco de mis pasos resonando en el silencio.

...

Esa noche, la mansión Serrano estaba sumida en una calma tensa. Hugo llegó tarde, tambaleándose ligeramente, el olor a alcohol impregnando su ropa. La puerta principal estaba abierta, revelando un salón inusualmente silencioso.

En lugar del bullicio habitual, encontró a todos los sirvientes vestidos de negro, con cintas blancas prendidas en sus solapas. Sus rostros estaban sombríos, sus ojos rojos e hinchados.

Hugo se detuvo en el umbral, su mente confusa por la bebida. "¿Qué... qué está pasando aquí?" preguntó, su voz ronca. "¿Quién ha muerto?"

Nadie respondió. Solo el silencio, pesado y opresivo.

"¿Qué diablos les pasa? ¿Por qué nadie me dice nada?" Hugo se frotó la frente, un nudo de preocupación y confusión formándose en su estómago. "¿Fabiana? ¿Don Leopoldo? ¿Por qué nadie me informó de esto?"

Don Leopoldo, sentado en su sillón favorito, se levantó con dificultad. Su rostro estaba pálido, sus ojos inyectados en sangre. En su mano temblorosa, sostenía el teléfono de Silvana. Lo lanzó a los pies de Hugo.

"¡Ella se ha ido, Hugo!" gritó, su voz desgarrada por el dolor. "¡Silvana se ha ido! ¡Se llevó las cenizas de su madre y de nuestro nieto!"

Hugo se quedó inmóvil, el shock penetrando su bruma alcohólica. Las palabras de Don Leopoldo resonaron en el salón.

"¡Hoy!" rugió Don Leopoldo, su voz un trueno. "¡Hoy era el entierro de nuestro nieto! ¡Tu hijo, Hugo! ¡Y tú estabas revolcándote con esa víbora!"

La ira reprimida de años, la decepción, el dolor... todo explotó en un torrente de reproches. Don Leopoldo se derrumbó, su cuerpo temblaba, las lágrimas corrieron por su rostro.

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