En la antigua Rumania, tierra donde había nacido la leyenda del temido y respetado Drácula, un barco mercante cruzaba las aguas inquietas del Mar Negro con rumbo a la gran Inglaterra. Un viaje que tardaba meses dependiendo del humor caprichoso de las aguas. Dentro del navío comercial, había cajas puestas ordenadas de acuerdo a las ordenanzas del noble caballero. Las maderas debían de llevar tierra del hogar para que no se sintiese debilitado el huésped. El aroma húmedo de la turba impregnaba el ambiente, mientras que los gusanos se removían felices en la frescura del polvo oscuro.
Afuera las olas del mar eran endurecedoras y las personas poco a poco comenzaron a desaparecer uno por unos. Lo que menos reinaba era el silencio, pero la calma se debía de mantener. Los humanos eran demasiados ansiosos para tener que soportar las calamidades que estaban padeciendo, pero el huésped necesitaba ser alimentado con sangre fresca.
-¿Qué haremos?-el desgarrado grito de una mujer se escuchaba aún en la tormenta-¡El monstruo nos matará a todos!, ¡Los alimentos están escaseando y en las noches nos atormenta con su presencia!.-
Incluso si en el día había personas que buscaban por todo el barco, no había forma de hallarle. Se escabullía en cada sombra, mimetizándose con ellas en su derredor. Él era la sombra.
En cuanto el barco llegó a las costas de Inglaterra, en una adormecedora y siniestra noche. Nadie había para recibir el flotante, pero los pocos humanos que aún servían fielmente transportaron las cajas y al huésped hacia un lugar en donde habitaban huesos viejos y memorias olvidadas. Un lugar lleno de oscuridad y dolor para los vivos. En su lápida estaba escrito Crad Duvall.
-Mi señor, es hora de despertar- un humano se reverenció a los pies de la tumba-
Los ojos rojos del conde se abrieron lentamente, y su piel pálida tomó vida cuando inhaló el dulce olor de la sangre de la ciudad.
-He tocado las estrellas- una risa malévola se expresó en sus labios-
Recorrió los sitios de placer, donde seleccionó sus concubinas para que cuidasen de su corazón. Sin embargo, no había forma de satisfacer sus fríos sentimientos, si bien su carne era alimentada por ellos. Se seguía sintiendo vacío.
Una tarde, mientras salía de paseo en conjunto sus mujeres. Un carruaje ornamentado avanzaba por la principal avenida. Trasportaba a la princesa consorte del príncipe heredero, una mujer de ojos peligrosos. Sus cabellos rubios trenzados, preciosamente, se agitaban ante el traqueteo del carro. Los gritos de felicidad del pueblo, acompañaban la festividad. Aun así, la princesa ceñía sus cejas, como si la felicidad ajena le apuñalara sus entrañas.
-Hermosa- susurró el noble-
El sonido llegó hasta los oídos de la bella princesa, que tan solo un segundo fue capaz de clavar sus marrones ojos en él. Vlad sintió un frío, recorrer toda su médula espinal. Había algo en esa mirada, vio en sí maldad furtiva que le pareció la sensación más tierna que había contemplado.
El carro llegó hasta la entrada del castillo, resplandeciente de oro y diamantes que nunca antes había visto. Espléndido era una forma corta de pronunciar la descripción visual. Los guantes blancos de un hombre interceptó sus manos cubiertas de una tela suavemente rosadas.
-Sea bienvenida, mi princesa- un joven de rostro adorable le sonreía- Le saluda Thomas Spinghter, su prometido-
La joven sonrió avergonzada, aun sosteniendo las manos de su prometido.
-Me presento, su majestad, Catherine de Luxiner. Me anuncio ante usted como su prometida-
Con sus brazos entrelazados le guio hasta la presencia de la reina, debido a que el rey había muerto por una herida de combate. La espléndida mujer entrada en años, mantenía una actitud seria, tal vez asquienta por la dulce presencia de la joven señorita.
-Madre, te presento a mi prometida. Catherine de Luxiner, espero que disfrutes de tu hija- el aura de bondad era resplandeciente en él-
-Deseo hablar con ella a solas- la tajante respuesta incomodó a la sala-
El príncipe palmeo las manos de la joven, dándole su apoyo ante la monarca. Cuando la sala se vació, la reina se acercó con elegancia hacia la altura de la mujer. La estatura de la monarca sobresalía de la joven, demostrando confianza en su caminar.
-Realmente no deseaba tenerte en estas tierras. Tu rostro me hace acordar demasiado a tu madre. Solo espero que mueras pronto- se acercó al oído de ella susurrando- Como yo lo hice con tu sucia madre-
Al finalizar, subió a su trono, en donde su risa se escuchaba hasta las puertas de la entrada. Con su orgullo por los suelos, contuvo sus lágrimas. Aun cuando las sonrisas de príncipe trataban de desviar su atención. Un matrimonio arreglado por su hermano, que deseaba obtener el apoyo absoluto de Inglaterra. Y como no, la mujer más fuerte del continente, con su único hijo dispuestos a ceder un poco de poder a cambio de una princesa.
-Princesa, si desea podemos dar un paseo- una de sus doncellas había preparado una canasta con quesillo y pasteles y un poco de té francés- He preparado todo para que disfrute su estadía- la simpática niña motivaba a la joven a avanzar poco a poco-
-Creo que he estado un poco tensionada, aceptaré tu invitación. ¿Me podrías decir tu nombre?- dijo mientras se levantaba de su escritorio-
-Bler, mi princesa-
Ambas caminaron hasta un jardín de flores blancas, el cual ella siempre había odiado. El blanco hablaba de pureza, el cual ella sabía que su interior no lo era.
Mientras se sentaban en una de las mesas decoradas con la plata más pura, y el brillo de perlas del océano. Un grupo de niños aparecieron jugando con una pelota casi redonda, sin intensión alguna saltó manchando la exquisita tela que provenía de Asia. La joven soltó una pequeña risa, había intentado estar impecable, pero aun así su vestido fue manchado por unos traviesos niños.
-Lamentamos mi lady haber arruinado su vestido- uno niño sudoroso intentaba hablar ante el cansancio mostrando respeto-
Un grupo de soldados que pasaba vio la situación, interpretando todo mal, debido a como la joven sonreía.
-Señorita, usted es mayor, no creo que deba de intimidar a los niños solo por machar su vestimenta- un joven soldado tomó al niño para protegerlo-
-Creo que usted está equivocado soldado. El joven niño puede explicarlo, y esta señorita es la princesa Catherine de Luxiner- la criada defendía a la princesa, quien injustamente fue acusada-
El soldado se sintió avergonzado cuando el niño explicó los hechos. Se sentía avergonzado de acusar a una inocente mujer que solamente estaba disfrutando de las exquisiteces de los ingleses. Con un poco de ayuda, decidió buscar información que tuviese relación con ella, le parecía que sus ojos eran tristes. Sentía la necesidad de cuidarla.
-Guardián de la justicia- un erudito de la corte se burlaba-
-Señor John, sabe cuanto odio ese apodo- puso sus ojos en blanco al recibir los archivos-
Al caer la luz ya había finalizados sus servicios, por lo que podía dedicar su ocio a extraer lo importante de la joven. Había visto muchas miserias, y entre ellas Catherine había resurgido como el ave fénix, de las cenizas que habría dejado las personas de su entorno. Incluyendo a monarca actual de Inglaterra. La pena le conmovió el corazón, era demasiado para ella, incluyendo la soledad que le amonestaba.
Esa noche, dos humanos pensaban en la joven Catherine, pero un vampiro aprovechaba su sombra para acercarse a su presencia. Quién diría que la princesa, con su primera aparición, cautivaba a simples hombres.
-Catherine- susurraba el vampiro desde la sombra- Oh, Catherine-
La joven se movía desde los extremos de su acolchado lecho. En su mente sentía como un joven sin rostro, le llevaba a conocer lugares que nunca había conocido. Oscuro, húmedo, con seres que tampoco había visto. Sobreexcitada de sus sueños, se incorporó, buscando a su sirviente.
-Bler- llamaba una y otra vez-
Sin embargo, Bler no venía. Cuando finalmente se incorporó, sintió un líquido tibio bajo sus pies. Pegajoso y cálido, como pudo, salió corriendo al pasillo, en donde los soldados que custodiaban las puertas la vieron envuelta en sangre debido a que había caído en intentos de abandonar la habitación. Como pudieron llevaron a la princesa que aún temblaba hasta el palacio del príncipe, el lugar más seguro para un monarca.
-¡Quiero que busquen al asesino, no se tendrá compasión de aquel que hizo sufrir a la princesa!- gritaba para que todos los soldados fuesen consientes de la orden-
En su baño privado, Catherine, disfrutaba de un baño caliente eliminando cualquier rastro de sangre. Sus lágrimas evidenciaban el dolor que sostenía al ver que muchas personas deseaban verle muerta y como los inocentes debían de pagar por su debilidad.
Thomas se acercó, conmovido por todo lo sucedido.
-Princesa, duerma en mis aposentos. Usted puede tomar mi cama, yo dormiré en mi sillón- se acercó y sobó sus hombros- Lamento que pases un mal día en tu llegada, prometo que te protegeré con mi vida si es necesario. Nada malo te tocará de nuevo, lo prometo- tomó sus desnudas manos y las besó con ternura-
Y en algún lugar, oculto entre sombras y deseo, Vlad sonreía, limpiando los últimos rastros de sangre en sus labios.
Las sirvientas despertaron con sumo cuidado a Catherine. Bajo sus ojos, una franja de piel oscurecida revelaba la mal noche de insomnio que había padecido. El desayuno llevado en una bandeja de plata, con detalles de flores blancas. Al verlo, un violento malestar le recorrió; las náuseas le subieron como un oleaje implacable. Una de las doncellas corrió por un balde de madera, aunque en vano. Después de tantos días
-El aroma dulce de las rosas me ha dejado aturdida, por favor. Dejalo en el escritorio de su majestad- dijo, lavándose el rostro con manos temblorosas. Luego mascó las hojas de menta para disimular cualquier mal olor-
Eligió un vestido negro, simple y un poco ordinario para ser llevado por una princesa. Las doncellas que le acompañaban guardaron silencio, si bien no había ninguna prenda que dejase en ridículo u opacara la belleza de Catherine. La tela hablaba por sí misma. Algo añeja, deslucida, casi apagada.
A su encuentro estaba el príncipe, que con suavidad tomó su brazo y le condujo hacia donde aguardaba su madre. Catherine apretó su diente son gran disimulo. La señora que sonreía con superioridad se burlaba sin disimulo. De pronto sintió como una lluvia fría le atravesaba su piel. Ahora todo coincidía, un asesino, y una muerte. Estaba ahora convencida de que la reina habría mandado a un asesino a tomar posesión de su vida, y la dulce joven Bler había fallecido protegiéndola. Al levantar su vista sintió un deseo de ser ella quien hubiese caído, no Bler. Las burlas silenciosas de la reina no hacían más que avivar el odio.
-Madre -intervino Thomas con firmeza- está haciendo que mi Catherine se sienta incómoda. Anoche sufrió un atentado por parte de un desconocido- le sirvió en su vajilla, queso francés y unos tomates cherris-
La reina guardó silencio mientras tomaba una copa de vino.
-Deseaba avisarle-continuó el príncipe- que en dos noches se celebrará la boda que nos unirá en matrimonio para toda la vida- sonrió mostrando sus sonrojadas mejillas- Le ruego que respete a mi Catherine-
Tomó un parasol que una de las sirvientas sostenía, para cubrir el cuerpo de Catherine. Mientras caminaban a las alturas de una enredadera verde. Tomaron un poco más de té, y charlaron sobre infinitos libros y compartieron conocimientos de diversos temas que los unía poco a poco.
-Mi querida Catherine, debo marcharme a mis lecciones de esgrima. Un joven de Rumania me ayudará- se levantó rápidamente- Me complacería que me diera el honor de acompañarle en al almuerzo de esta tarde-
La princesa asintió tímidamente.
Un grupillo de cuatro señoritas se acercaron hasta donde estaba ella, cada una era más hermosa que la otra. Se podía decir que sus bellezas eran arrancadas de la historia pasada y futura.
-Buenos días su majestad- las jóvenes señoritas se inclinaron a ella- El conde Lucard Dalv nos envió a hacerle compañía- suavizaron sus expresiones-
-Un gusto conocerles a todas señoritas, me complacería escucharle sus nombres- sonreía- Por favor, tomen asiento a mi lado, no permanezcan de pie-
-Que amable su majestad-
Las sillas fueron acomodadas por los sirvientes de Catherine, nombres cuáles no le incumbía conocer. Ya no sentía el deseo de acercarse a ello, temía que al fin de los tiempos solo tuviesen que padecer la tragedia de Bler.
-Las cuatro somos sirvientes del Conde. Larisa, Mihaela, Iona y Raluca-
-El Conde es muy respetado en nuestras tierras y posee el poder de un rey- reían de forma exagerada e inclusive un poco incómoda-
-Debería intentar ir algún día- Raluca extendía la invitación-
A pesar de las risas incontrolables y las maneras poco éticas de ser. Catherine se había sentido acompañada y comprendida. La hora que compartió con ellas le resultó sorprendentemente amena.
-Tal vez desea ir a ver su prometido practicar con la espada- sugirió Mihaela, la pelirroja-
No pensó mucho y decidió ir a verle. Deseaba ver como manejaba el arma punzante y letal, para que cuando estuvieran casados le pediría que le enseñaras esas habilidades asombrosas.
Uno de los eunucos del príncipe las llevó hasta el arenal de los soldados. Ahí estaba, el muchacho más dulce que había conocido, con su espada brillante y sus cabellos oscuros desacomodados ante los movimientos ásperos del combate.
-Oh, mi querida Catherine- trotó hacia ella- ¿Has venido a ver mi vergüenza de espadachín?-
-No, mi príncipe, sé que usted es lo suficientemente fuerte para reinar con compasión y justicia-
Las mejillas del príncipe no ocultaban sus sentimientos puros.
-¡Ven acá, mi buen amigo!- llamó Thomas al Conde- Quiero presentarte a mi prometida: la princesa Catherine de Luxiner-
Ella levantó la mirada viendo al sujeto de ojos rojos que antes había visto cuando pasaba en su carruaje, aun así su rostro no le resultaba conocido. Los ojos eran penetrantes, a tal punto de perturbarle. Con pasos elegantes y llenos de seguridad se acercó tomando el aliento de ella. Sus manos tomaron suavemente las de ella, y con suma delicadeza depositó sus labios fríos en su piel. Hermoso hombre para no tener vida.
-Majestad,-sonrió con una curva perfecta- es un grato placer conocerla-Nuestro querido príncipe ha hablado de usted con gran entusiasmo-
-Le agradezco conde. Sus escoltas me han llenado de cariño y compañía.-
El conde se veía fresco y sereno, mientras que Thomas estaba agitado y cubierto de polvo.
-Veo que es un excelente profesor, ninguna gota de sudor cae de su frente-
-Es muy observadora- rio- Mi cuerpo posee una extraña enfermedad, que no me deja sudar, aunque me canso con regularidad-
Su respuesta fue sorprendente, nunca había escuchado de aquella enfermedad. Supuso que podría haber, aún más, pasando las olas del furioso mar o las secas tierras del sur.
Al despedirse de los extranjeros, tuvo su reunión con el príncipe que con atención le servía los mejores alimentos. Siendo observador de los bocados que más degustaba Catherine.
Los canapés de acelga con ajo frito, más las ensaladas turcas y quesillo. Eran uno de los tantos platillos que se estaban sirviendo. Pero para Catherine era los más exquisitos, tal vez sus favoritos. El pollo rehogado en cebolla morada, aceitunas rellenas de pimiento y hierbas frescas con huevos reposados en aceite de oliva. Además de un vino de cien años de antigüedad.
-Con lo sucedido anteriormente, necesito que tu seguridad esté primero- dijo Thomas gravemente- Lucard y yo seleccionamos al mejor de los soldados. Él cuidará de ti cuando yo no pueda hacerlo-
-¿Es necesario?- ya antes había sido vigilada por los soldados de su hermano-
-Lo es. Es por tu seguridad, no soportaría que nada malo te suceda-
Después del almuerzo caminaron hasta el establo. En las caballerizas, los corceles aguardaba en la entrada la llegada de los futuros monarcas. A pesar de las corrientes frescas y el sol efusivo, era el perfecto momento para disfrutar de la libertad de la tierra. Aun entre risas, miradas melifluas, y leves roces bajo los guantes. Entre las sombras en sanguinario conde observaba la dulce Catherine, en su interior deseaba quitar todo encanto de ella. Trastornarla, poseer la maldad que sentía desde la distancia fluía en sus azules venas. Era casi evidente que la mujer ocultaba algo, no era posible que antes los ataques de la monarca, se mantuviera cuerda.
Cuando la calidad del cielo descendido a la otra parte del mundo, y las estrellas bañaron el papel oscuro. Un soldado, que todos le aclamaban por su contante pasión a la justicia, aguardaba en la llegada de la princesa consorte. En ella se veía reflejado, también había pasado momentos de angustia, aun cuando sumamente transcendía cualquier entendimiento de la realeza.
Con la compañía de Thomas, Catherine se asomaba a otra habitación. La anterior había perdido todo sentido, y suplicó al príncipe que le diera su espacio hasta la noche de bodas.
-Oh, sos el joven de ayer.- se sorprendió levemente- Gracias por tu protección, lamento que debas de hacerlo. No te daré problemas, lo prometo-
-Su majestad, me disculpo por mi soberbia, aprendí mucho de usted- apaciblemente bajó su cabeza- Por usted y mi nación, moriría-
-Edward, no mueras aún. Te necesitamos hasta el día en que decidas abandonar este castillo-
Catherine encontraba a Thomas más y más fascinante. Bondadoso, servicial y lleno de compasión, nadie en su vida había sido así. Humilde y respetuoso con aquellos que menos tenía. Se expresaba con cuidado y amor hacia ella, aunque a veces podía llegar a ser un poco difícil de manejar su pasión, era genuino. Había descubierto, además, el poco deseo de seguir los protocolos estrictos de la sociedad.
-Oh, mi dulce niña Catherine- soltó un suspiro- Aun cuando desee estar contigo, el firmamento se empeña en mantenerte lejos de mí-
Las aniñadas palabras avergonzaron de gran manera a Catherine.
-Le agradezco, príncipe Thomas por su interés en ayudarme a pasar el mal trago de anoche, ha logrado que me sienta en paz. Además, trajo las niñas eufóricas del conde, si su gracia me lo permite, anhelo visitarlas.-
-Cuando te despiertes, la carroza te estará esperando-
Al recostar su cabeza en la extraordinaria almohada de pluma, cayó en un inmenso abismo. La criatura de alas gélidas y ojos de color rojo, sobre ella sonreía, abrazando los sueños y las pesadillas.
Un manto de sudor frío cubría su cuerpo por completo al despertar. No podía recordar sus sueños, aunque tenía la certeza de que no habían sido benignos. En su blanca piel permanecía la sensación de una respiración ajena, escalofriante, como si alguien hubiese estado demasiado cerca durante la noche. El miedo, extraño y silencioso, se mezclaba con el sabor de una bebida tibia y espesa que parecía haber recorrido su garganta lentamente. No recordaba qué era, aun así sabía que lo había soñado, y aquella certeza permanecía adherida a su conciencia como una sombra persistente.
Aún era de noche. La luna descendía justo sobre su cuerpo, envolviéndola con una luz pálida que la abrazaba y le otorgaba una falsa sensación de plenitud. En un suave pestañear, un eclipse tomó posesión del cielo, y la claridad fue reemplazada por un rojo profundo e inquietante. Aquel firmamento la observaba con detenimiento, absorbiendo cada parte de su ser, hasta envolverla nuevamente en el refugio incierto de los sueños.
El tintinear de unas campanillas descolocadas anunció la llegada de la mañana. Doncellas sonrientes sostenían los diminutos artefactos mientras se acercaban con pasos medidos y sincronizados. La ayudaron a asearse en una tina de porcelana ornamentada con oro fino y puro. El agua estaba perfumada con pétalos de rosas y aceites persas; posteriormente, el baño de crema que toda mujer de la realeza debía realizar una vez a la semana fue aplicado con precisión ritual. Como si limpiar la carne pudiera purificar también el alma; un acto de vanidad que pretendía elevar el espíritu, pero que no hacía más que alimentar el corazón con silenciosa resignación.
Unas niñas limaron sus uñas, otorgándoles un aspecto noble, digno de tomar la mano del príncipe o de ser alzada ante el pueblo como símbolo de sanidad y virtud. La preparación se extendió durante dos horas completas. A las ocho, ya estaba lista. Levantarse temprano era algo que disfrutaba, pero la espera, esa pausa obligatoria antes de sentirse libre, jamás le resultaba grata ni amable.
Al salir de su habitación, Edward la aguardaba firme, como un luchador dispuesto a marchar a la guerra sin temor. Percibió el aroma dulce de su piel y la sonrisa magnífica que despertó sus sentidos, aunque él mantenía la compostura con disciplina férrea.
-Buenos días, Edward -sonrió-. ¿Quién será el que me acompañe hoy?
-Buenos días, su alteza -respondió inclinándose, con la mirada al suelo-. Yo seré su sombra en todo momento.
Ambos se dirigieron al carruaje, aunque solo ella lo ocupó. Edward la acompañó montado en un corcel gris, atento a cada movimiento, a cada respiración. Las polvorientas calles se hallaban repletas de personas que iban y venían, inmersas en sus actividades y tiempos dispares. Los niños ayudaban a sus padres o jugaban entre ellos sin preocupación alguna. Los observaba con detenimiento y cierta melancolía. Ojalá pudiera ser libre, como en los cuentos que alguna vez escuchó de labios de su nana, donde las sirenas recorrían sin ataduras cada rincón del mar profundo. Ella deseaba ser como aquellas criaturas: libertad absoluta. Aunque el pensamiento de Thomas la detenía. Con poco tiempo, había ido ganando su corazón. Entre ellos existía comprensión y un apoyo mutuo que crecía en silencio.
Sus pensamientos la distrajeron del paisaje verde que se desplegaba a su alrededor. Al desviar el camino, llegaron a un sendero opuesto al del reino: ramas secas, raíces sobresalientes, un cielo oscurecido y una neblina espesa capaz de alterar los nervios del más firme. El castillo emergía grisáceo; truenos resonaban a lo lejos, soltando un eco ambiguo que parecía advertir peligro.
Edward ayudó a Catherine a descender de la carroza. Sus manos temblaban al contacto, aunque intentó disimularlo. Entre risas escandalosas, las mujeres bajaban de manera extraña, como si sus pies apenas rozaran el suelo húmedo.
-Sea bienvenida a este humilde hogar -anunciaron, señalando el vasto territorio con gestos amplios.
Las medidas superaban las cincuenta hectáreas, una extensión que demandaba autoridad y superioridad. Los nobles rara vez poseían más de veintiocho; solo el rey tenía la potestad de obtener mayor volumen territorial. Las paredes verdes de humedad y el firmamento oscuro contrastaban con el azul visible desde el castillo principal. No había soldados custodiando el condado, hecho que despertó su curiosidad. Aunque el conde era un espléndido espadachín, carecía de la fortaleza física necesaria para enfrentar enemigos, más aún estando acompañado solo por damas bajo su cuidado permanente.
Como si fuese el más noble de los reyes, el conde descendió con túnicas rojas y blancas que contrastaban con lo sanguinario de su presencia imponente. Su cabello sedoso flameaba mientras depositaba un beso delicado en la mano derecha de la princesa.
-Damas, sean consideradas con la princesa -ordenó con suavidad-. Caballero Edward, junto al príncipe, hemos sido testigos de su esgrima. Debo admitir que el poder de su espada supera al de muchos soldados experimentados. Será una pieza importante en el reino.
-Me halaga demasiado -respondió Edward con serenidad-. Mis esfuerzos se centran en el bienestar del imperio, y ahora también en el de la princesa consorte.
Ambos observaron a la doncella mientras tomaba un dulce té tibio de aquellas tierras oscuras. Se admiraba su tranquilidad entre mujeres carentes de modales refinados. Aun así, dentro de aquel enredo aristocrático y clasista, ella se sentía extrañamente confortable y protegida.
Las galletas rojas con miel y nuez cautivaron su estómago hambriento. No eran excesivamente dulces ni desagradables, pero su cuerpo rogaba por aquel manjar simple.
-Coma las que guste, el conde las preparó con cariño para usted -ofreció Larisa.
-Le diremos que le prepare algunas para enviar a su castillo -añadió Iona-. Por cierto, mañana es su gran día. ¿Está preparada?
-Siento un gran respeto por el príncipe Thomas, y creo que seremos felices juntos por mucho tiempo -respondió Catherine, sonrojándose levemente.
Los consejos iban y venían. La situación de la princesa era lamentable, pero todas sabían que estaba sola. Sin su alteza a su lado, sería alimento para lobos hambrientos. La amabilidad y el silencio eran indicios de su cordura, la pureza que emanaba a simple vista sin esfuerzo.
En el palacio, los servidores leales al heredero del trono desplegaban sus fuerzas en perfecta sinergia y disciplina. El bienestar de su amo era su mayor propósito. La muerte del rey había sido un golpe devastador para el reino entero. La emperatriz se había beneficiado del suceso; el poder que ahora manejaba superaba todo límite previo. El duque, hermano del rey, había sido perseguido sin causa justificable y su parcela destruida sin piedad. El príncipe, aún joven, cargaba con la culpa silenciosa. Amaba a sus padres, pero no podía justificar la desgracia que los envolvía. Ahora que podía amar a Catherine con libertad, sospechaba de su madre, aunque su bondad le impedía actuar contra ella.
Un vestido puro, con perlas marfil y joyas doradas, colgaba de un biombo rojo. Al otro lado, un traje rojo con botones negros reposaba envuelto en seda dorada. Las mujeres preparaban el lecho nupcial con rosas blancas y rojas cuidadosamente dispuestas. Aceites finos y perfumes de lavanda rodeaban el catre. Las comidas, el alcohol y los postres sobreabundaban en la cocina real. El gran salón deslumbraba en oro y plata, reflejando la opulencia del imperio.
-Príncipe Thomas, los últimos detalles han sido finalizados -anunció su asistente-. La princesa ha llegado hace dos horas y lo espera en el jardín.
Sin esperar más, tomó rumbo hacia ella. No era la primera vez que la veía. En su país de origen, la había encontrado humillada, encerrada entre anfibios y serpientes. Sus lágrimas caían sobre mejillas rosadas manchadas de sangre. La imposibilidad de actuar lo había marcado profundamente.
Ahora, en su jardín, estaba ella. Cabellos sueltos, aroma único, ojos marrones contrastando con el verde intenso de los árboles. Thomas sintió unas inmensas ganas de llorar, incapaz de comprender su propia fortuna.
-Bienvenido, su alteza -dijo Catherine al levantarse con rapidez.
-Te he dicho que no es necesario -respondió-. Escuchar mi nombre basta para sentirte cerca.
-Querida, hay una gran dicha en mi corazón.
-¿Puedo saber la razón, Thomas?
-Te lo diré mañana -sonrió para sí mismo.
Pese al silencio compartido, algo distinto flotaba en el aire, latente y expectante. A partir del mañana, uno y otro compartirían sus vidas para siempre, o eso se dice.