Me senté a la orilla del acantilado, Mala'ikan había vuelto a aparecer y no permitiría que otra vez acabara con mi familia. Mi hermano no quería entender que seguir los consejos de ese ser no era lo mejor para nadie, pero en su depresión, en su culpabilidad, no era capaz de entender nada.
Y recordé aquel primer tiempo, cuando fui creado, cuando conocí a Selena, cuando nació mi hija y, sobre todo, cuando Mala'ikan acabó con todo lo que me importaba.
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Conocí a Selena una noche de eclipse total. Se contaba en ese tiempo, que los dioses tenían sus batallas en sus moradas celestiales y por ello desaparecían del manto negriazul. Ella escapaba de algo o de alguien, llegó casi sin vida al castillo donde vivía y mis padres la acogieron. Era una mujer realmente hermosa; en ese momento sentí que me encontraba ante una diosa, sin embargo, sabía que eso era imposible, pues, a pesar de haberme criado en un hogar muy crédulo, yo era distinto a los demás y no creía en ese tipo de mitos.
Selena permaneció una semana en recuperación, aunque a mi parecer se encontraba bien al segundo día. Sin embargo, se quedó, como dije, una semana en sus aposentos sin querer salir ni ver a nadie. Al estar a cargo de la seguridad, acudía con mis hombres cada vez que debía alimentarse o cuando la visitaba nuestro curador. En realidad, si soy honesto, no era mi deber asistir con ellos, si lo hacía era porque quería verla.
Una semana después de su arribo, salió de su habitación, más linda que nunca. Puedo asegurar que casi brillaba, con una palidez que hacía juego con sus ojos de aceituna y su cabello plateado.
Aquella noche, Selena salió a caminar y yo la seguí; poco rato después, al darse cuenta de que iba detrás de ella, se giró para mirarme.
―¿Qué quieres? ―me preguntó con dulzura.
―Nada, solo cumplo con mi deber.
―Tú no tienes deber para conmigo.
―Mi deber es protegerte.
―¿Crees que esté en peligro? ―inquirió algo burlona.
―¿Tú no? No llegaste en las mejores condiciones ―repliqué igual de burlón.
―Eso fue un descuido, no muchos tienen el poder de destruirme y, siendo ese el caso, poco podrías hacer tú para defenderme.
―Me subestimas.
―No, no te subestimo, te doy tu propio lugar.
Eso no me agradó, me sentí demasiado inferior, ella me estaba humillando, aunque claro, ni su voz ni sus gestos lo expresaban de ese modo.
―No te sientas mal, no quiero decir que tú no seas capaz de ayudar a otras personas, pero yo no soy una persona normal, quienes me pueden hacer daño a mí, bien pueden hacértelo a ti sin ninguna dificultad.
―Yo puedo defenderte si hace falta.
―Lo sé, sé que puedes defenderme si aparece algún hombre que quiera hacerme daño, pero si se trata de otro tipo de fuerzas, dudo mucho de que tú puedas ayudarme.
―¿Otro tipo de fuerzas?
―Fuerzas en las que no crees.
―¿Me vas a decir que tú crees en hechiceros, dioses...?
―Y todas esas cosas ―aseveró con firmeza.
―¿Y todas esas cosas?
―Escucha, Medonte, todo en lo que no crees, existe de verdad.
―¿Cómo así?
―Así, tal como lo escuchas.
―¿Qué cosas, exactamente, existen?
―Dioses, eternos, brujos, hechiceros, intraterrestres, ángeles, extraterrestres.
―Por favor, Selena, no puedes creer de verdad en ese tipo de cosas, nada de eso es real.
Ella, por respuesta, miró al cielo. La imité por inercia. Lo que vi me desarmó. Una lluvia de estrellas fugaces atravesó el cielo.
―¿Lo viste? Los prodigios existen.
―¿Qué fue eso?
―Yo lo hice.
―¿Cómo que tú lo hiciste?
―Yo no soy lo que imaginas.
―¿Qué es lo que imagino?
―Imaginas que soy una mujer normal, perdida en este territorio, llegada aquí por casualidad escapando de alguien, buscando protección.
Aquello me puso a la defensiva.
―No, no soy un monstruo si es lo que piensas ―aclaró.
―No lo pienso.
―¿Entonces?
―No entiendo qué eres o a dónde quieres llegar con esta conversación.
Continuó su camino y yo avancé con ella, Selena alentó su andar y se tomó de mi brazo.
―Mira el mar, ¿no te parece maravilloso? ―comentó con voz tenue.
―¿Te parece?
―¡Es hermoso! ―exclamó sorprendida por mi falta de interés.
―Sí, puede ser.
―Escucha, Medonte, eres demasiado escéptico y las cosas están cambiando, algún día, no muy lejano, quizá todo lo que conozcas sea diferente.
―Las cosas no van a cambiar, Selena, a no ser que tú sepas algo que nosotros no.
―Medonte, hay tanto que te falta aprender, pero no te preocupes, ya tendrás el tiempo suficiente.
Se soltó de mi brazo y caminó hacia la playa, me quedé inmovilizado a pesar de mis deseos de querer seguirla; fui incapaz. La observé entrar en el agua y, de pronto, como una aparición, una luz salió del mar en el sitio preciso donde se encontraba ella e iluminó el firmamento. Esa luz se hizo más densa y, desde la Tierra al Cielo, fue desapareciendo. Al final, cuando llegó por completo arriba, una pequeña sonrisa blanca se dibujó en el espacio; la luna había vuelto a aparecer y estaba en creciente.
Busqué a Selena y no la encontré. No podía creer lo que había visto, ¿acaso en realidad era Selena, la diosa lunar?
―Más vale que te alejes de ella ―me advirtió un hombre a mis espaldas.
―¿Quién eres tú?
―No quieres saberlo.
―Vienes aquí, a mis terrenos, a advertirme acerca de algo que ni siquiera he pensado hacer ¿y no quieres identificarte?
―Medonte, ¿quieres un consejo? Deja tus aires de altanería y engreimiento para gente de tu raza y de tu pueblo, no intentes combatir con seres superiores a ti, con seres en los que siquiera crees.
―¿Qué quieres decir? Dime, ¿quién o qué eres tú?
―Depende.
―¿De qué?
―De lo que decidas.
―¿A qué te refieres?
―Selena volverá, si tú la abandonas, seré un amigo que pasó por aquí y te dejó vivir; si insistes en querer algo con ella, que lo quieres, deberás atenerte a las consecuencias, porque yo no perdono y Selena es mía.
―Si fuera tuya, como dices, ¿por qué no está contigo?
Me miró de un modo espeluznante.
―No es asunto tuyo.
―Lo es de momento que quieres que me aparte de Selena.
―Pues lo harás. De otro modo te arrepentirás.
―¿Quién lo ordena?
Alzó la barbilla con orgullo.
―Mala'ikan, el Ángel de los muertos.
―Según los hebreos ese ángel se llama Azrael ―me burlé.
―Azrael es el ángel de la muerte, Medonte, yo soy el ángel de los muertos.
―No creo en esas supercherías.
―Acabas de ver una manifestación de aquello que tú llamas superchería, ¿no te bastó?
―¿Qué quieres en realidad, Mala'ikan?
―Quiero que te alejes de Selena, si no lo haces, sabrás, con exactitud, quién soy yo y créeme cuando te digo que entonces sí creerás en supercherías.
No contesté. En realidad, no me permitió contestar, pues desapareció ante mi vista, frente a mí. Y comprendí que las supercherías, en las que no creía, estaban a punto de convertirse en realidad para mí.
No puedo negar que las últimas palabras de Mala'ikan me calaron hondo. Su amenaza había sido muy clara, no obstante, no podía decir que estuviera en mis planes dejar a Selena, si ella volvía. El problema era que yo no tenía idea si ella tenía pensado volver o no a mi lado, si al final, me había dejado sin aviso.
Decidí dejar de pensar en Selena y, sobre todo, en Mala'ikan. Yo, en ese tiempo, tenía cosas más importantes de las que preocuparme. El reino de mi padre iba en franca decadencia por lo cual, debía buscar el modo de reactivarlo; yo, como heredero al trono, tenía el deber de velar por la continuación del reino.
Codro, mi padre, había recibido una advertencia, o premonición, como él la llamó, que anunciaba la invasión de los dorios a nuestro pueblo; obviamente, no permitiría, ni que ellos se adueñaran de nuestro reino, ni mucho menos que mataran a mi padre.
Poco tiempo después, nuestros enemigos se encontraban al acecho, avanzaban hacia nosotros asolando ciudades vecinas. Mis hombres y yo estábamos dispuestos a dar la batalla, cuando Selena apareció de nuevo en mi vida.
―No te enfrentes a ellos, Medonte ―me advirtió―, no vienen solos.
―¿Cómo es eso de que no vienen solos?
―Eso, vienen sostenidos por una fuerza por mucho muy superior a la tuya y no podrás vencer.
―No les tengo miedo.
―Por favor, no te enfrentes a ellos, no salgas a su encuentro, ellos no se acercarán aquí y si ustedes salen, estarán perdidos. Por favor, no vayas ―me rogó con intensidad.
―No dejaré que asesinen a mi padre.
―El destino de tu padre ya está escrito en las estrellas.
Fijé mi vista en su rostro.
―¿Qué quieres decir?
Suspiró.
―No hay nada que puedas hacer para cambiar su destino; ya está fijado.
―Selena...
―Lo siento, Medonte, lo único que puedes hacer es luchar por tu vida, por la de tu hermano y su familia; la vida de tu padre ya está sentenciada.
―¿Por qué? Él es el Rey, él no puede morir, mucho menos a manos de nuestros enemigos ―protesté con fiereza.
―Medonte, Medonte, escucha. Su vida ya ha sido reclamada por los dioses, no hay nada que puedas hacer, ni tú, ni nadie.
Resoplé.
―Hay fuerzas poderosas que tú no comprendes, Medonte, fuerzas que, aunque no creas en ellas, existen, están allí afuera y pueden hacerte mucho daño.
Esbocé una sonrisa irónica.
―¿Fuerzas como Mala'ikan, por ejemplo?
―¿Cómo sabes de él? ―Se asustó.
―Estuvo de visita hace algún tiempo para exigirme que me alejara de ti.
―No puede ser ―musitó.
―Sí, lo fue, me amenazó y desapareció, tal como lo hiciste tú.
―Medonte.
―No digas nada, por favor, necesito estar solo.
―No me rechaces.
Puso su mano en mi pecho y yo atrapé su pequeña extremidad con la mía.
―No he dejado de pensarte ―confesé―, cada día y cada noche, pero no puedo evitar pensar que tú y ese hombre están coludidos en alguna especie de conspiración en contra de mi gente y de mi pueblo.
―Jamás te haría daño.
―¿Por qué me abandonaste?
―Debí hacerlo, no me es permitido venir, de hecho, solo vine a advertirte, debo marchar enseguida.
―¿Me dejarás otra vez? Quédate conmigo.
―No puedo. Volveré, te lo juro que volveré, mientras tanto, no te enfrentes a tus enemigos, quédate tranquilo, aún no es tiempo para la guerra.
―¿Cuándo volverás?
―Cuando la luna se oculte por una larga semana.
―¿Cuándo será eso?
―Medonte. ―Me acarició la mejilla―. Cree. Cree en lo que no puedes ver, cree en lo que está ante tus ojos y te niegas a ver, cree en ti y cree en mí.
―Yo creo en ti.
―¿Qué crees que soy?
Me turbé ante su pregunta.
―Sé que me amas, pero no sabes quién soy ―aseguró.
―No me importa lo que eres ―afirmé con solidez.
―No se puede amar lo que no se conoce.
―Yo te amo a ti, de eso estoy seguro y sé que tú también me amas a mí ―aseveré con total confianza.
Sonrió, se acercó muy despacio y unió sus labios con los míos. Me dejé llevar sin miedos ni dudas, no me importaron las amenazas de Mala'ikan, ni las frases veladas de Selena, ni mi familia, ni nada. Para mí, en ese momento, no existía nada más que mi amada Selena, mi Luna, la mujer que me robaría el alma y el cuerpo y a la que le hubiese entregado, gustoso, mucho más.
Así como llegó, se fue. Y debo admitir que, desde aquel día, nuestra primera vez juntos, yo ya no me pertenecía. Un mundo nuevo y desconocido se abrió para mí al compartir mi vida con la de ella, al enlazar nuestros cuerpos en unión celestial.
Ya no volví a ser el mismo, poderes insospechados para mí, me fueron otorgados; según mi Luna, solo habían salido a la luz. Comencé a distinguir a los seres de otras dimensiones, entes que no eran humanos y que se preciaban de no serlo. Me percaté también de que los hombres son capaces de muchas cosas, solo tienen que aprender a descubrirlo y conocí en plenitud a Selena, su esencia, su existencia: la diosa lunar, la Luna en persona, guardiana de la Tierra y protectora de los cielos. Sí, solo entonces pude percibir su naturaleza.
Regresó unos meses más tarde, esperaba un hijo mío. Íbamos a ser padres. Confieso que al principio me dio miedo. Luego lo procesé y fui el más feliz de los mortales. Sería padre y mi diosa estaba conmigo. Además, nuestros enemigos habían reculado y mi familia, mi reino y mi pueblo, estaban en paz, ¿qué más podía pedir?
Mi hija nació una lluviosa tarde de primavera, casi como un milagro. Era una preciosidad, una niña hermosa que había heredado los rasgos de su madre.
―Te amo ―le repetí por enésima vez a mi mujer.
―Yo también te amo ―contestó con voz sombría.
―¿Ocurre algo malo?
―Todo. El fin se aproxima a pasos agigantados.
―¿El fin? ¿El fin de qué?
―El fin, Medonte, el fin de tu mundo. Perdóname, debí verlo venir y no... No fui capaz. Perdóname.
―No entiendo lo que dices, mi Luna, dime qué es eso tan grave, explícame.
―¿Recuerdas cuando te dije que el futuro de tu padre estaba escrito en las estrellas?
―Sí ―contesté con temor.
―Pues ha llegado el tiempo. Tus enemigos prevalecerán sobre ustedes y tu padre debe morir.
―No entiendo, ¿por qué?
―Los tiempos cambian, cariño, y es hora de que tu mundo también cambie.
―¿Qué va a pasar con nosotros, con nuestra hija?
―Debes protegerla, hay quienes la quieren lastimar.
―Con mi vida protegeré a Abril, mientras pueda evitarlo, nadie le hará daño.
―Lo sé.
Nos besamos, en realidad, ella me besó a mí, y en su boca percibí su temor, un temor muy bien justificado, por lo que sucedió después.
―Hijo ―me llamó una noche mi padre―, necesito hablar contigo.
Me llevó al Salón Real y allí expulsó a sus guardias.
―¿Qué pasa? ―inquirí.
―Me he enterado de algo y creo que debes saberlo.
―¿Qué ocurre?
―Un oráculo acompaña a los dorios en su escalada, vienen hacia acá y quiere conquistar estas tierras.
―No lo permitiré, tengo órdenes y...
―No. Escúchame, hijo, ellos tienen una profecía.
―¿Una profecía?
―Así es.
―Papá... ―Supuse, erróneamente, que hablaba de la superioridad de los dorios sobre nuestro pueblo y que él sería asesinado.
Mi padre se dejó caer en el trono.
―Ellos prevalecerán sobre nuestro pueblo solo si yo continúo vivo.
―¿Qué dices? ―interrogué estupefacto.
―Así es, solo si yo permanezco con vida, esos hombres se podrán hacer de nuestro pueblo y de nuestro poder.
No me esperaba aquello. Cuando mi Luna me decía que mi padre moriría, creía que sería a manos de los dorios.
―Debes ocupar mi puesto, Medonte.
―Papá, ¿qué...?
―No me quedaré en este mundo a ver cómo arrasan con mi gente, con mi pueblo, no permitiré que mis mujeres sean atacadas y mis hombres muertos, mucho menos que mis niños sean esclavizados, Medonte; no, mi pueblo no merece tan penoso final.
―¿Qué harás?
―¿No está claro? Haré la única cosa que puede detenerlos.
―No, papá, no puedes hacer eso.
―Puedo. Y lo haré. De mí depende mi pueblo y no los defraudaré. Pero antes, necesito que me prometas que cuidarás de nuestro pueblo.
―Sabes que eso no necesitas pedirlo.
―Lo sé, hijo, lo sé ―repuso con lágrimas en los ojos―, solo necesitaba escucharlo.
―Padre, no tienes que hacerlo.
―Debo, hijo, es mi deber, mi vida no vale nada comparada a las vidas de mi pueblo. Un rey debe hacer lo que tenga que hacer para defender a su gente y si eso significa entregar su vida, bienvenido sea. No olvides que somos servidores no señores.
―Está bien, padre, así es como debe ser.
―No se lo digas a tu madre.
―¿Qué harás?
―Mañana iré al pueblo, no te diré más.
―¿A qué hora saldrás?
―Antes del amanecer.
―Déjame ir contigo.
―No, es mejor que te quedes.
―¿Ya no te volveré a ver?
―No ―afirmó.
Nos quedamos en silencio un momento. De pronto, él se levantó de su asiento y nos abrazamos.
―Te quiero, hijo, cuida de tu madre y tus hermanos.
―No te preocupes por eso, papá.
―Sé que serás un buen rey.
―Espero seguir tu ejemplo.
―Sé mejor que yo, hijo.
―Dudo mucho que eso sea posible.
―Ven, vamos a caminar.
Sin cruzar palabra, nos dirigimos a la playa, la luna brillaba en todo esplendor como si, con su luz, nos hiciera compañía.
―Cuando tú naciste, una revelación me fue entregada. Yo sé que tú no crees en estas cosas, no obstante, te aseguro que son cosas que existen.
Él no creer ya había quedado atrás para mí.
―Como decía ―continuó―, cuando tú naciste, bajó un ser celestial, un enviado de los dioses. Debo decir que tu madre siempre aseguró que el niño que estaba en su vientre era diferente y especial, nadie le creyó, tú eras su primer hijo y toda madre piensa que su hijo es especial, pero ¿sabes?, ella tenía razón y eso lo confirmé la misma noche que tú naciste.
Hizo una pausa con los ojos llenos de recuerdos.
―Este ser celestial apareció ante mí y me reveló que tú serías parte importante en una gran empresa, ni más ni menos que la de salvar la tierra, no solo a nuestro pueblo, hijo, a todos los pueblos del mundo, ¿te das cuenta? Y si vas a hacer algo de esa naturaleza, bien puedes cuidar de nuestra gente, ¿o no?
―Claro que cuidaré nuestros territorios, papá, pero de ahí a salvar el mundo, creo que son palabras mayores.
―¿Por qué? Si los dioses lo dicen, es verdad, quizá, con mi muerte, tú conquistarás otros reinos y te harás poderoso en la Tierra.
―No lo creo, pero si sucede, estaré preparado para ser tan buen rey como lo has sido tú.
―Mejor, hijo, estoy seguro de que serás mejor.
Nos devolvimos a casa en completo silencio, a la entrada, me abrazó y me bendijo.
No lo volví a ver con vida. En realidad, sí, desde mi ventana, lo vi salir de palacio, solo, disfrazado de mendigo; supe que era él, pues en el castillo no había mendigos.
Dos días después, recibimos la mala nueva.
―¿Por qué salió así? ―gimió mi madre al conocer la noticia de la muerte de su esposo―. Yo lo noté raro... La otra noche... La otra noche sentí que despedía de mí, sin embargo, jamás me imaginé que se fuera a entregar a la muerte sin luchar, sus enemigos están al acecho ―protestó.
Abracé a mi mamá y a mi hermana que lloraban desconsoladas.
―Había una profecía, madre ―comencé a explicar―, decía que los dorios prevalecerían sobre nosotros solo si mi padre vivía, él se fue, tuvo la dicha de asesinar a uno de los espías del pueblo, el otro lo asesinó, de todas formas, terminó tan mal herido que falleció poco después. Mi padre entregó su vida por su pueblo, mamá, no debemos permitir que nuestra gente olvide eso.
Mi madre se apartó de mí, se secó las lágrimas con su mano y alzó la barbilla.
―Tienes razón, hijo, tu padre no quería esto. Hay que preparar todo.
―Claro.
Mi hermano Licurgo llegó en ese momento, justo antes de dirigirnos al gran salón para resolver los detalles del funeral de papá y ordenar todo para tomar su lugar.
―Me acabo de enterar, ¿qué ocurrió? Me dijeron que a nuestro padre lo mataron fuera de la ciudad.
―Así es, tuvimos que reclamar su cuerpo, se vistió de mendigo y salió para atacar a los espías.
―¿Por qué no fue con el ejército? Además, se suponía que estábamos preparados para repeler el ataque.
―Así es, hermano, pero un oráculo informó a los dorios que solo prevalecerían sobre nosotros si papá se mantenía con vida. Él sacrificó su vida por su pueblo. Por todos nosotros.
―Pienso que no debió hacerlo.
―Opinamos lo mismo todos, pero él tomó esa decisión, él quería que su pueblo fuera libre.
―Aun así, no debió sacrificarse de esa forma.
―Él tenía miedo de que los dorios, con lo crueles que son, mataran a nuestros hombres, abusaran de nuestras niñas y mujeres y esclavizaran a nuestros niños. No quiso ese futuro para su gente.
―Él era un buen rey.
―Y por ello debemos hacerle justicia. Nos prepararemos en caso de que quieran atacarnos de todos modos, no obstante, hermano, debemos engrandecer a nuestro pueblo.
―Tomarás su lugar.
―No como rey, mi padre fue el último con esa dignidad, yo seré un arconte, un servidor. Él será recordado como el último gran rey del Ática, Atenas jamás volverá a tener un rey, pues no habrá otro como nuestro padre.
Sin querer, había dicho una profecía para mi pueblo, la que se cumplió poco después ya que mi gobierno sobre el reino del Ática no duró mucho.