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Las bellezas del rey

Las bellezas del rey

Autor: : Lizy Kell
Género: Romance
Muchas bellezas entran al palacio. Todas se suman a la interminable lucha por el poder y amor del rey. Cuando Ezra Azzar entra a formar parte del haren imperial solo imagina una vida tranquila sirviendo al lado del rey. Pero las intrigas acecharán cada rincón de su solitaria vida. Son muchas las bellezas del rey. Flores hermosas al amanecer pero marchitas cuando anochece, ¿cuál de ellas logrará permanecer en el corazón del rey?

Capítulo 1 Ardid de concubinas

Una densa ráfaga de nieve sumergía en grandes capas blancas los tejados de los palacios del harén imperial. El invierno había llegado por primera vez desde la coronación del actual emperador, hace aproximadamente tres años.

Todas las esposas avistaban desde sus palacios la entrada del rey al complejo interior.

Poco había entrado el hombre al harén y dicha actitud fue tomada como perdida de interés del gobernante por las mujeres que lo conformaban, la emperatriz; su esposa principal, la consorte Akil; representante de una de las familias influyentes del imperio y esposa de segunda categoría. Y por último la Señora Cadi; mujer de gran intelecto y primera esposa de tercera categoría.

El rey avanzó por el largo corredor hasta llegar al palacio que se alzaba imponente sobre el resto, se trataba de la morada de la emperatriz Khatri.

Las demás esposas vieron al rey entrar en el palacio de su mortal enemiga. Nadie ayudaba en conjunto, cada una trabajaba de manera individual para conseguir el favor del rey. Pero resultaba casi imposible ganarse su aprobación compitiendo con una personalidad como la emperatriz; embaucadora, conspirativa y celosa. Aunque sabía esconder muy bien sus defectos frente al rey.

-Es primera vez en dos semanas que su majestad ingresa a los palacios y vuelve a reunirse con la emperatriz -habló indignada la consorte Akil.

-Alteza, no debe preocuparse. Su majestad seguro la recuerda -su doncella trató de consolarla.

La mujer ardiendo de la furia tanto por el favoritismo del rey con la emperatriz como por las estúpidas palabras de su doncella, la golpeó

-Lo siento, alteza. Fui descuidada con mis palabras -habló temerosa.

Hacía dos meses que el emperador no la visitaba y eso era algo que la asustaba y molestaba al mismo tiempo. Sin el favor del rey, las esposas eran nada. No era la favorita del rey y tampoco le había dado hijos, si una mujer entraba al palacio y eventualmente esta se ganara el favor del rey y además le diera hijos, eso significaría su destrucción. La consorte no se quedaría de brazos cruzados y algo se inventaría para llamar la atención del rey.

⟦···⟧

El rey caminó por el largo pasillo del palacio de la emperatriz hasta llegar a sus habitaciones. Esta al verlo se levantó para recibirlo.

-Recibo a su majestad -la mujer lo saludó con una reverencia.

-¿Cómo has estado? -preguntó el rey mientras le ofrecía su brazo.

-Muy bien ahora que su majestad está frente a mí.

-He estado ocupado y...

-No tiene que darme explicaciones, majestad. Usted es el jefe del estado y esos asuntos son más importantes que mis caprichos -lo detuvo en su hablar.

La emperatriz Khatri con acciones tan simples como aquellas lograba ganarse poco a poco el corazón del rey.

Ella utilizaba muy bien su arsenal de encantos con tal de ganar el favor del hombre.

-¿Cómo están las niñas?

-Estaban jugando con la niñera mientras yo bordaba un poco.

El hombre asintió con la cabeza y caminó inquieto por la habitación.

-¿Le pasa algo, majestad?

-La reina viuda ha oído los rumores sobre el supuesto desinterés en mis mujeres y está organizando una selección de concubinas.

La mujer mantuvo una expresión neutra ante las palabras, aunque por dentro la sangre le quemara. El simple hecho de saber de la selección hacía que la emperatriz se llenara de celos. En tres años esa sería la tercera vez que se celebraría una selección de concubinas, las primeras dos dieron escasos resultados siendo escogidas solo una mujer en cada una.

La emperatriz había demostrado sus muchas destrezas como la líder del harén del rey y una de esas era su capacidad para mantener reprimidas a las otras dos esposas; una más ambiciosa que la otra.

-Su majestad es aún joven, apenas acaba de cumplir los 30 años. Las esposas que conforman el harén pueden darle todavía herederos.

-No habrá forma de persuadir a mi madre imperial. Debes ayudarla, no olvides tu obligación.

La mujer asintió sin más alternativa mientras una sonrisa fingida aparecía en su rostro.

-Sus majestades, la habitación está lista-. Una doncella entró al lugar.

La pareja se internó en la habitación mientras los criados cerraban las puertas tras ellos. La noche auguraba ser corta para quiénes dormían, pero larga para los que vigilaban los aposentos de los monarcas.

⟦...⟧

Habían pasado muchas horas desde que el rey se había retirado del palacio de la emperatriz. Cuando la presencia de la señora Cadi dañó la mañana de la joven reina. Muy bien era conocido su carácter entre las demás esposas. Pero la señora Cadi parecía no importarle los desplantes y groserías que frecuentemente la reina le cometía.

-Saludos a su majestad, la emperatriz -saludó con cortesía la espigada dama.

-Sabes que somos como hermanas, no debes tener tal formalidad conmigo -expresó Khatri.

-Usted es la líder del harén y está por encima de mí. Le debo respeto -respondió melosa.

-¿Qué te trae a mi palacio?

-Han llegado noticias a mi pabellón de que el rey escogerá nuevas concubinas.

-Si, el rey necesita un heredero y nosotras solo le hemos dado princesas.

-Alteza, las princesas ya cumplieron 7 años. ¿Permitiría llevar a Naya a mi palacio?

La tercera esposa hizo la petición con miedo.

El rey se había casado muy joven. Y tan solo cuando era un principe ya tenía dos esposas, luego al cumplir los 23 años, adquirió otra, esta era la señora Cadi. Fue esa misma mujer quien le dio un primer hijo, aunque para su desgracia, no pudo darle al rey un varón.

-Claro, señora Cadi. Usted sabe cómo es nuestro trato. Si cumple lo que le pido, podrá llevarse a su hija, la princesa Naya.

-Alteza, por favor, se lo ruego -suplicó desesperada mientras caía al suelo con lágrimas en los ojos.

La emperatriz se acomodó en su trono, mientras sostenía en sus manos un hermoso gato persa de color blanco, la mujer acarició el animal mientras con desinterés escuchaba a la señora Cadi. En sus oídos las palabras de la mujer eran un teatrillo barato y sin sentido, pues, era absurdo dejarla ir tan fácil después de todas las cosas que había hecho. No iba a correr riesgos innecesarios.

-Te permití tener un hijo del rey y por eso eres una esposa oficial. Te permití elevarte, pero nunca lo harás por encima de mí.

-Alteza, yo no puedo hacer lo que me pide. Por favor, podría hacer cualquier otra cosa menos manchar mis manos con sangre.

La señora Cadi se arrastró por la hermosa alfombra del palacio hasta llegar a la especie de trono de la reina.

Con la ayuda de la emperatriz, la señora Cadi había logrado ser una esposa oficial logrando acomodar así ricamente a su clan. Para la emperatriz esta mujer era su lacayo de malas acciones, quien cometía todas las conspiraciones en contra de la Consorte.

Haciéndola a un lado con el pie, la emperatriz se levantó y avanzó a la salida de la pequeña cámara. La señora Cadi desde el suelo pudo escuchar el tintineo de los pendientes de ojo de tigre de la emperatriz, un sonido que había llegado a odiar con todas sus fuerzas.

-Debes agradecer que no te estoy apresurando, puedes gastar todo el tiempo que quieras, solo al final quiero el mismo resultado -ultimó la mujer.

La señora Cadi se levantó del suelo con la ayuda de su doncella y limpió sus lágrimas. No importaba cuántas lágrimas derramara ni cuanto suplicara, la emperatriz nunca la dejaría en paz.

Nota: Bienvenidos a esta historia. Hoy publico el primer capítulo de las bellezas del rey y poco a poco iré subiendo el resto.

Capítulo 2 Jerarquía del terror

Las puertas del gran complejo imperial se abrieron dando paso a la gran multitud de mujeres jóvenes, bellas y de buena familia que participarían en la selección.

La tensión se sentía en el ambiente, al igual que las miradas de envidia entre ellas.

Ezra Azzar, hija del sayid de la tribu Himyar, paseaba por el jardín imperial junto con su amiga Badar Alid. Ambas habían sido escogidas para presentarse en la selección de concubinas, siguiendo la tradición de muchas generaciones de su tribu.

Ezra miraba desinteresada las flores del inmenso jardín con una sola esperanza: no ser seleccionada. Si entraba a formar parte del harén imperial del rey perdería su libertad y todo contacto con su familia.

Tiempo después todas las jóvenes fueron ordenadas según el rango y mérito familiar.

Ezra veía como las muchachas con alegría y orgullo ocupaban los lugares delanteros, ella con una sonrisa oculta se ubica entre las últimas de la fila. Su familia no era muy influyente.

La sala se fundió en un silencio inquietante y deseosa de saber por qué, asomó la cabeza desde las hileras perfectamente demarcadas. Al final del largo corredor logró ver las figuras entrantes de la emperatriz viuda y la emperatriz regente, más atrás de ellas el emperador entró y se ubicó en su fastuoso trono. Finas capas de seda cubrían parte de sus cuerpos. Todo allí estaba recubierto en oro, no había lugar en ese salón que no brillara, y ni hablar de las emperatrices, sus espléndidas vestimentas estaban llenas de todo tipo de piedras preciosas; alejandritas, zafiros, esmeraldas, y ópalo, aquella visión era simplemente majestuosa, pues el esplendor de todo un imperio estaba representado en sus máximos dirigentes, los presentes en aquella sala.

-Saludos a sus majestades -dicen en una sola voz, dejando el precioso sonido de las voces femeninas en el ambiente.

Casi de manera inmediata un pequeño ejército de criadas entró al salón y tomaron posición al lado de cada doncella. Una vez estas reciben la orden del eunuco jefe empiezan a realizar un examen minucioso de cada mujer. Belleza, dientes, cabello, manos, olor corporal y pureza. Si alguna de estas mujeres no llenaba todas los requisitos le era entregado un obsequio y luego salía del salón. En esa etapa del examen muchas mujeres habían sido eliminadas y para desgraciada de Ezra, ella no había estado entre ellas.

Al final había quedado un selecto grupo, alrededor de 300 mujeres. A partir de ese momento la selección dependía del rey, su madre y la simpatía que sintiese con la mujer. Y por supuesto jugaba un papel muy importante la familia a la que pertenecía la futura esposa.

Ezra vio como sus demás compañeras se presentaban ante el rey, algunas eran seleccionadas en su mayoría por la emperatriz viuda, quien tenía en cuenta la belleza y estatus familiar. El rey declinaba las ofertas si la mujer no era de su agrado. Poco después su amiga Badar se presentó y luego de unos momentos tensos, el rey la seleccionó. El turno ahora era de Ezra y con pasos calmados caminó hasta hacerse visible.

-Saludos a su majestad. Soy Ezra Azzar, hija del sayid Himyar -habló con voz clara

-En esta selección la tribu Himyar ha enviado a dos mujeres. Es la primera vez que esto ocurre, ¿Cuál es la razón?

-Respondiendo a su majestad, agradecemos el cuidado que nos ha brindado. El que se presente a usted dos mujeres es muestra de agradecimiento de nuestro líder.

-Eres una joven elocuente, además de una belleza. Definitivamente harás parte del harén.

Ezra mantuvo la cabeza agachada por unos instantes. Luego consciente del hecho agradeció al rey por algo que ni siquiera había pedido.

Pasado un tiempo, Ezra alzó los ojos a las gradas de la sala y se sorprendió al ver dos mujeres sentadas en ellas. Los vestidos de corte de color amarillo y rojo que portaban ambas esposas eran de suprema calidad y exquisita belleza. Ezra estaba segura que se trataba de las dos esposas secundarias del emperador, el esplendor del imperio también se veía reflejado en aquellas mujeres.

Ezra no alcanzaba a imaginar del poder que podían alcanzar ellas dentro y fuera del harén, aquella entidad era un verdadero campo de batalla dónde solo la más fuerte lograba sobrevivir y alzarse sobre las demás.

La joven concubina regresó la mirada al emperador y descubrió que el hombre todavía la observaba a través del fino velo. Ezra no podía ver el rostro del rey pero las miradas del hombre se clavaron en su piel como dagas afiladas. La mirada del hombre no se despegó de la muchacha y aunque Ezra trataba de verse tranquila, el ligero temblor de sus manos la delataba.

Tal atención por parte del rey hacia Ezra no pasó desapercibida por la emperatriz Khatri, quien con una mueca de fastidio miró a la mujer.

Existía una ley casi innata entre concubinas y esposas: la primera en compartir la habitación del rey después de una selección era su enemiga declarada.

La emperatriz no permitiría que ninguna concubina novata sedujera al rey con medios baratos. Ella como la líder del harén del rey daría a conocer a todas las esposas y concubinas su jerarquía del terror.

Capítulo 3 El corazón de una concubina

Fueron seleccionadas alrededor de 100 concubinas para el rey. Muy pocas llegaban si quiera a cruzar palabras con el hombre y era por eso que estas mujeres; las bellezas del rey, harían todo lo posible para ser notadas por el monarca y así ganarse su favor. Pero cualquiera que lograba captar la atención del rey inconscientemente estaba cavando su propia tumba.

Pues, la emperatriz se encargaría de lanzarlas sin compasión por el precipicio, siendo olvidadas por todos, incluso por sus familias quiénes al verlas caer en desgracia negarían la existencia del nombre de dicha concubina en su registro genealógico.

Eran muchas las bellezas del rey, hermosas flores al amanecer pero marchitas cuando anochece. Esa era la naturaleza de las flores; ser hermosas, expresar encanto y frescura. Pero no por siempre, las flores se marchitaban, su belleza no era eterna. En ese otro sentido las bellezas del rey también eran flores. Pues, el tiempo pasaría sobre ellas, sus años de juventud serían efímeros, y finalmente se perderían entre las hojas amarillentas de la historia.

Ezra Azzar sabía muy bien los ardides que podían ser tramados por las concubinas y esposas junto con los vengativos eunucos. Y aunque, no tenía una fórmula secreta para evitar problemas, sabía que no debía ser la favorita del rey. Ella solo quería vivir tranquila.

La vida en el haren parecía ser sosegada, pero esa apariencia era solo la superficie de un inmenso castillo de maldades o una fina tela que dividía los elementos del agua y aire. Y que ante el menor movimiento se sumergía en las profundidades negras de sus intenciones.

Al finalizar la selección, todas las concubinas seleccionadas fueron distribuidas en palacios grandes, pequeños y casas señoriales de acuerdo con su estatus familiar y emblema dinástico. El complejo imperial tenía alrededor de mil habitaciones. Y solo los palacios más grandes eran destinados a la emperatriz, esposas oficiales y concubinas favorecidas.

Ezra entró al pequeño palacio que le fue asignado. Era pequeño pero habitable. Recorrió el lugar en pocos minutos y ajustó sus pertenencias sobre una empolvada mesa. Ahora, Ezra no estaba muy cómoda con el palacio, parecía más una casa abandonada. Mientras la muchacha revisaba el estado de su nuevo hogar, al lugar entraron dos sirvientes, una criada y un eunuco.

-Saludos a la asistente real, Madame Azzar -los criados dijeron con voz potente.

Madame Azzar aceptó con la cabeza y estos se relajaron en sus puestos. Ezra estaba segura que esas dos personas eran el único personal con el que contaría en la limpieza y su cuidado. Dejando que estos realizaran sus labores salió del palacio y alzó los ojos al lujoso e inmenso palacio que se perdía entre la neblina. Un palacio entre fantasías y leyendas, era la morada de la emperatriz; también llamado el palacio de la eterna luz. Aunque su nombre no atribuía en absoluto lo que en realidad se vivía; una oscuridad inmensa. Y Ezra todavía no imaginaba lo malvada que podía llegar a ser la mujer.

⟦..⟧

La señora Cadi entró en su palacio. Su doncella le quitó el grueso abrigo de piel de zorro una vez estuvo dentro de la calidez del palacio.

La ira carcomía su ser y todo por culpa de los caprichos de la emperatriz. Días antes había visitado su palacio con la esperanza de convencerla de entregarle a su hija. Sin embargo, la mujer se mantenía insensible ante sus pedidos.

Era cierto que la señora Cadi había podido ser una de las esposas oficiales gracias a la ayuda de la emperatriz. La garantía fue criar a su hija una vez esta tuviera los tres años. Pero ya habían pasado cuatro años desde la última vez que la había visto. Ella era una madre y su hija la necesitaba, por ella haría cualquier cosa.

La señora Cadi vio la nieve caer desde su palacio y en su mente ya organizaba el plan que seguiría para poder recuperar a su hija.

La noche llegó con su usual frío y la emperatriz esperó impaciente la llegada del rey. El hombre no había visitado su palacio en los últimos días.

La emperatriz se movió inquieta y deseosa del rey, era la primera vez que la mujer se sentía tan intranquila.

Pronto al palacio una criada entró apresurada y la emperatriz respiró aliviada al saber que ya había entrado el rey al haren imperial.

-Alteza, su majestad ha entrado al haren

La emperatriz se apresuró a mirar por la ventana el avance del rey. Sin embargo, la sonrisa que había en su rostro se desvaneció cuando el hombre se detuvo en medio del camino. ¿Qué había pasado? ¿Tal vez escogería una nueva concubina?

La caravana real se detuvo confusa en medio de la cruel nevada. Sin entender por qué el rey se había detenido y temiendo por la salud del monarca, el eunuco jefe se acerca a él con pasos apresurados.

-Majestad, ¿A qué palacio desea entrar? -el eunuco pregunta mientras mira con disimulo al emperador. Era una ofensa mirarlo a los ojos.

El emperador regresó sus pasos, consiguiendo salir del complejo interior, uno lleno con gran variedad de bellezas. Siguiendo los pasos del rey, el séquito de eunucos va tras él.

La nieve caía con más ahínco congelando la cara del gobernante; con los pómulos enrojecidos por el frío el hombre entró al gran palacio imperial, su morada como Califa de uno de los imperios más grandes del mundo.

Los eunucos se ubicaron en orden frente a él esperando sus instrucciones; estaban deseosos de que el rey pasara la noche con alguna concubina y así asegurar el futuro de la dinastía con un heredero.

-Majestad, desea...

-No deseo nada, váyanse.

El eunuco había fracasado en su objetivo y sin más alternativa se retiró con todo el ejercito de eunucos.

El rey se dedicó a mirar la leña de su hoguera arder. No estaba deseoso de visitar ningún palacio, no quería ver los rostros y sonrisas fingidas que todas sus esposas le dirigían.

Sin nada más que hacer, el rey quedó dormido en su inmenso diván.

...

Los días en el palacio habían pasado tan lentos como el andar de una tortuga y lo peor era que Ezra no podía salir de allí. De hecho, ninguna concubina estaba autorizada para salir de sus palacios mientras estaban aprendiendo la etiqueta del palacio.

Ezra aprendió que la vida en el haren del rey estaba sujeta a muchas reglas; incluso el como caminaba, como se sentaba o la inclinación de su rostro al hablar con el emperador o la emperatriz.

Al final de cada lección la pobre muchacha terminaba cansada y con un dolor intenso en su espalda debido a la rigidez.

Ezra no lograba entender por qué muchas jóvenes soñaban con entrar a servir al rey siendo que el haren era una jaula, sí una jaula solo que revestida en oro puro.

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