Alejandro estaba saliendo de su consultorio, cuando se acercó Germán, él lo conocía bien, eran casi amigos y era el chofer del Brigadier General, Gabriel Venegas, jefe máximo de la fuerza aérea del país.
Estaban dentro de la base militar.
-Señor.
Germán lo saludó haciendo una venia .
Alejandro le correspondió al saludo, lo hizo sonriendo.
.¿Cómo estás?
Le preguntó.
-Muy bien, gracias, te requiere el Brigadier.
-Ok, ¿Voy en mi auto?
Le preguntó, porque eso siempre lo decidía Gabriel Venegas.
Germán negó con la cabeza.
Alejandro se encaminó hacia el auto oficial y subió acomodándose en el asiento trasero, tenía que seguir el protocolo y él lo sabía perfectamente, porque pese a ser psicólogo, también era parte de las Fuerzas Aérea del país.
Pensaba que tenía ganas de tirarse en su sillón, de tomar una cerveza y ver un partido de fútbol, pero no podía, jamás, dejar de ir cuando era requerido, la verdad era que desde hacía algunos meses, el Brigadier General lo mandaba a llamar muy seguido, y él no estaba muy seguro del porqué lo citaba.
Se suponía que él era el psicólogo y era quien tenía que escuchar a sus pacientes, pero muchas veces, en la oficina de Gabriel Venegas, sucedía lo contrario, era Alejandro quien respondía preguntas, lo raro era que las preguntas eran muy concretas y repetitivas.
En un principio pensó que era lógico que Gabriel Venegas, por el puesto que ocupaba, quisiera saber quien era el terapeuta que lo iba a atender.
Al correr de las sesiones, y al escuchar que el Brigadier General no decía mucho y seguía indagando sobre su adolescencia, y preguntaba sobre las zonas donde pasaba sus momentos de ocio, y hasta le preguntaba por sus recuerdos de esa época, dudaba de su propósito.
Luego de sortear a las 3 secretarias y una inspección sobre su persona, llegó a la oficina de Gabriel Venegas.
Se saludaron con el protocolo adecuado.
Luego, Gabriel le indicó a Alejandro, que podía sentarse.
-Alejandro, necesito que recuerdes si alguna vez viste, cuando eras adolescente, cómo secuestraban a una criatura.
Alejandro no esperaba que le preguntara algo así, pero lo atribuyó a algún tipo de obsesión que tenía Venegas.
-No señor, no, que yo lo recuerde.
-Pensalo bien.
Alejandro pensó que ese día en particular, el Brigadier General debía haber recordado algo específico de su propia adolescencia, tal vez ese trastorno se debía a que Venegas sí vio un secuestro y a lo mejor no pudo hacer nada.
Iba a anotar algo en su notebook, cuando su superior siguió hablando.
-No anotes nada, no tengo ningún trastorno, quiero saber si recordás el día que secuestraron a una niña de 4 años y si sabés en qué circunstancia fue.
Alejandro se quedó con su mano en el aire.
-No te asombres, pero cada palabra que anotás en tu computadora, queda registrada.
Alejandro estaba estudiando el panorama.
-No estoy obsesionado con nada, salvo con el supuesto secuestro de una niña, hace 12 años atrás, es que nunca pudimos dar con su paradero.
-¿Y usted piensa que yo vi el secuestro?
-No lo pienso, sé que lo viste, el tema es que no fue violento por lo que no llamó tu atención.
-¿Sabe cómo sucedió?
Le preguntó intrigado.
-Sí, por supuesto, eran tres mujeres, una mujer de unos 40 años y dos mujeres de alrededor de 20 o tal vez menos, tomaron de la mano a una niña, que se había soltado de los brazos de su madre y distraídamente le tomó la mano a una de las jóvenes e inmediatamente se abrió el portal.
Alejandro no anotó nada, pero pensó que decididamente Gabriel Venegas no era un hombre cuerdo, que lo que estaba diciendo era producto de algo que era realidad sólo en su mente, pero que nunca había sucedido realmente.
-A esa niña la tenés que traer de regreso a nuestro mundo.
Insistía con el tema.
El psicólogo decidió escucharlo, para poder aclarar su propia mente y buscar una solución a la obsesión que tenía su superior.
-Rastreamos un video de esa época y en él, se ve que estabas en un bar cercano, con el grupo de tus compañeros de colegio, pero sos el único que estaba mirando hacia dónde sucedieron los hechos.
-¿La madre de la niña no gritó cuando sucedió el secuestro?
-No... ella no fue consciente del hecho hasta que llegó a su casa...
-¿Una mujer que no era consciente salió sola con una niña?
Alejandro quería saber hasta dónde llegaba el invento del Brigadier General.
-Es que suponemos que al pasar, alguna de esas mujeres le debe haber metido una droga en su organismo.
-¿Quienes supusieron eso?
-Los investigadores y la familia, esa mujer, desde ese día está desesperada, ¡Su hija está en otra dimensión!
-Señor... si esa mujer estaba drogada... ¿Pudo haber alucinado eso de la otra dimensión?
-¡No alucinó! Ya ubicamos la dimensión, ¡La tenés que rescatar!
Eran tan seguras sus palabras que parecían certeras.
Alejandro decidió seguir con esa conversación, que para él, no tenía coherencia alguna.
-¿Cómo haría para rescatarla?
-¿Recordaste algo?
El pobre psicólogo buscó algunos recuerdos de su adolescencia, algún detalle que le permitiera recordar el momento que el brigadier General hacía alusión, pero no encontró nada en su mente, porque por más que él siempre prestó atención de lo que sucedía a su alrededor, una niña caminando de la mano de una mujer, no era algo que podría llamar su atención.
-No, no recordé nada.
-Vas a viajar a esa dimensión, allí la vas a contactar, de alguna manera lo vas a lograr, hasta te podrías enamorar de ella.
Alejandro levantó una ceja, pensando que el delirio de su superior, era supremo.
Él no podía reportar nada sin obtener más pruebas, ¡Estaba en juego la nación!
-El plan es que vos te presentes como psicólogo de las F F A A, en un principio también tendrías que ejercer como soldado, y estar en las calles, para encontrarla.
-¿Cómo haría eso?
-Es tu mujer predestinada, se van a encontrar.
A Alejandro no le cabía duda de que Gabriel Venegas estaba mal, que tenía algún delirio, tal vez él se perdió siendo niño o sufrió la desaparición de una hija,
hermana, sobrina o de algún familiar, y se jugaría por decir que se sentía culpable por dicha desaparición.
-No estoy loco, el "avión" ya está preparado, no le podés decir a nadie que existe otra dimensión.
El psicólogo pensó que no se le ocurriría hablar de la locura de Venegas con nadie. -Señor...
Se atrevió a decir.
-Escuchame por un momento, sin tratar de analizarme o de dilucidar que estoy loco.
Alejandro estaba expectante.
¿Se había obsesionado con la película volver al futuro?
Posiblemente secuestraron a alguien cercano y estaba mezclando realidad con fantasía.
-Mirá bien el video que te voy a mostrar.
Segundos después apareció una pantalla frente a él, hasta ese momento estaba resguardada dentro de un mueble.
En ese aparato aparecieron unas imágenes, en la que estaba él, siendo adolescente, dentro de un bar, mirando hacia la calle desde la amplia vidriera de ese lugar, estaba acompañado por 4 o 5 compañeros de clases, recordó ese día, porque se había escapado del colegio, él, particularmente no lo había hecho muchas veces, pero algunos de sus compañeros, los que no lograron ni siquiera pasar el primer examen de ingreso para alguna facultad, sí, ellos solían escaparse a menudo.
También (en el video) vio a una niña que iba de la mano de una mujer de unos 30 años y de repente se soltó, distraídamente de esa mano que la llevaba y siguió caminando, adelantándose unos pasos, ya que la mujer que estaba con ella, de repente se quedó parada sin ningún motivo lógico, pero notó, al mirar el video, que se paró luego de que ese grupo de tres mujeres, una de unos 40 años y dos mujeres que no pasaban los 20 años, chocaron con ella y parecieron hacerlo a propósito y sin dudas debió de ser así, porque segundos después, la más joven de las tres mujeres, tomó de la mano a la niña y, Alejandro creyó estar alucinando, porque vio como aparecía de la nada, una especie de neblina bastante densa que las rodeaba y vio una escalera mecánica, que momentos antes no existía y las tres mujeres con la niña desaparecieron, subiendo esa escalera, que se iba desvaneciendo tan rápido como apareció.
En ese instante, después de ver esa reproducción, recordó o creyó recordar esa situación, de repente nuestro psicólogo estaba confundido.
Ya no le parecía desatinado lo que momentos antes le parecía una locura.
-Quisiera volver a ver la reproducción.
Le pidió Alejandro a Venegas.
Realmente quería buscar detalles en esa imagen, para estudiar si todo eso era una puesta en escena.
En ese momento era fácil crear imágenes, con los programas adecuados, cualquiera podría hacer cualquier cosa.
Gabriel Venegas, en silencio, volvió a pasar el video.
Alejandro lo observó mucho más concentrado que la primera vez.
Vio, efectivamente, su propia imagen, al menos esa parte era real, pero él, en ese momento, no había visto la escalera mecánica, de eso estaba seguro...
Aunque su mente era un caos y daba vueltas como una calesita.
De repente, la carita de esa pequeña, llenó su alma.
Apenas se veía la niña, su cara sólo apareció unos instantes, pero él la observó tanto que creyó poder reconocer esos rasgos, casi perfectos y muy bonitos, la niña era menuda, delgada, de tez blanca, cabellos dorados, largos, un poco ondulados, porque a él eso no le parecía que eso fuese lacio, y tenía ojos inmensamente claros.
Todo eso lo observó al pasar, porque la imagen nunca se detuvo en la niña, por lo que Alejandro concluyó que ese video era verídico.
Se estremeció a su pesar.
¿Había varias dimensiones?
¿No era el deseo de un loco que él pensara así?
No sabía si estaba siendo manipulado.
Pensó que había tomado algo, que lo habían drogado, pero eso tampoco tenía sentido.
Era muy difícil la situación, no sabía si era una realidad tirana, que se reía de él, porque nada tenía sentido.
Todo lo que Alejandro pensaba de Venegas, quedaba en la nada, ante las pruebas presentadas, aunque tenía muchas dudas.
¿Mujer predestinada?
Eso lo dijo luego de insinuar que se podría enamorar de esa mujer, que según calculaba en ese momento debía ser una adolescente.
Eso era totalmente descabellado.
¿En otra dimensión tendría otra edad?
Alejandro no tenía intención de enamorarse, tener pareja, por el momento, para él no era una opción, porque se sentía muy joven y quería disfrutar de la vida.
Su intención era divertirse, salir, sentirse libre, ya tenía demasiado con la estructura de la milicia.
Porque, en realidad, a él le atraían las fuerzas militares, pero tanto protocolo, a veces, le fastidiaba.
Alejandro estaba fascinado y temeroso.
Si de verdad existía eso, eran muy pocas las personas que lo sabían.
Esas mujeres, las que raptaron a la niña, sin duda, sí, lo sabían.
Todo era muy descabellado.
Vieron el video varias veces, y nuestro psicólogo ya no tenía dudas de que todo eso era real.
-¿Qué tengo que hacer?
Venegas sonrió.
Esperaba esa pregunta desde hacía un rato largo.
-Tendrías que rescatarla y devolverla a su hogar...
-La tendría que encontrar, pero presiento que ustedes ya lo hicieron.
-Es verdad.
-Entonces me darían la dirección y...
-No.
Dijo enérgicamente el General.
-¿Entonces?
-Te vas a encontrar con ella y te vas a ocupar vos, de traerla de vuelta.
-¿A encontrar con ella?
Repitió sus palabras.
-Sí, te vamos a plantar en los sitios en donde ella suele moverse.
-¿Es un juego?
Preguntó Alejandro, bastante molesto.
-No, pero tenemos que probar, de alguna manera, que cuando una mujer está predestinada a un hombre, por más hechos fortuitos que sucedan, ese destino sigue en pie.
Alejandro pensó que eso era una estupidez, y que si algún día se enamoraba, él iba a elegir a la mujer.
Por las palabras de su superior, parecía que esa mujer se la estaban imponiendo.
-Sin embargo, me tomo el atrevimiento de decirle que no creo en amores predeterminados.
Venegas negó con la cabeza.
-No es lo que vos creas, porque hasta hace poco me creías loco y con delirios casi místicos.
Alejandro pensó que no tenía sentido negarlo, ya que momentos antes, el propio Venegas le había dicho que tenía acceso a todo lo que escribía en su computadora, en cierta manera se sintió violado, hasta tenía menos resguardo de su intimidad que los propios presos.
-No te espiamos, te doy mi palabra, solamente tenemos acceso a las notas que escribís de los militares de cierto rango en adelante y como todo surge a través de la inteligencia artificial, por lo cual, sólo se detecta y se interviene si tus notas tienen que ver directamente con la seguridad nacional.
Alejandro lo miró con incredulidad.
-Salvo con tus notas con respecto a mi persona.
El psicólogo pensaba que si bien no le hacía gracia que se metan directamente con su trabajo, entendía que la seguridad nacional era primordial.
Él sabía secretos de muchos oficiales, conocía los más íntimos temores de muchos hombres y algunos hasta eran temidos por sus subordinados.
Hasta sabía cada una de sus debilidades.
De repente se dio cuenta que tenía en sus manos, muchísimos secretos de personas terriblemente poderosas, pero eso no le provocó nunca ni un pesar, él jamás hablaría con nadie, ni siquiera con sus colegas, porque entendía la sensibilidad del tema.
¡Hasta Venegas confiaba en él!
Salvo que lo hayan drogado.
Mentalmente repasó todo lo que había ingerido.
Claro que en este nivel todo podría haber sido manipulado.
Entonces...
Trató de hacer pruebas en donde podría dilucidar si estaba consciente.
Miraba, con disimulo algunos objetos, y trataba de ver sus detalles, quería saber si algún objeto "hablaba" o si al menos se movían solos.
El reloj dio las 18 horas y las campanas de ese antiquísimo reloj de pared, sonaron suaves, acompañando el sonido con un leve movimiento.
Eso está bien.
Pensó luego de mirar por unos segundos el reloj.
-Firmá aquí.
Dijo el General, extendiendo unos documentos.
¿Será mi propia partida de defunción?
Se preguntó Alejandro.
-Son documentos de confiabilidad, aunque sé, fehacientemente que jamás hablaste con nadie sobre las debilidades de los hombres de nuestra patria.
¿Patria? ¿País? ¿Continente? ¿Mundo? ¿Dimensión?
No terminaba de comprender la situación y por supuesto, dudó en firmar.
-Llegado este momento, tenés que salir a la calle, participar en dónde seas requerido... y quizás la encuentres en dónde menos la esperes.
-¿Voy a seguir practicando mi profesión?
Alejandro vio venir una negativa, pero se asombró de la respuesta.
-Por supuesto, solamente que tu prioridad va a ser encontrarla.
-Sí, eso lo tengo claro, señor.
-Sabés pilotear un avión.
Alejandro pensó que su superior sabía perfectamente la respuesta.
-Sí, mi Brigadier, sé, aunque no lo practico asiduamente.
-Lo sé, vas a viajar acompañado por un comandante y por una persona, que es de tu círculo íntimo dentro del cuartel.
-¿Y mi familia?
Preguntó suponiendo que su misión ya había comenzado.
Venegas sacó un celular, que era distinto a los demás, el aparato llamó inmediatamente la atención de Alejandro..
-Te vas a poder comunicar con ellos, solamente en fechas especiales, como en cualquier misión, pero voy a hacer la más grande excepción de mi vida, jamás, alguién que ya conoce su misión, salió de mi oficina para despedirse de su familia, confío en vos, hoy te va a acompañar Germán, hasta la casa de tus padres, la misión puede durar años, sin embargo, de ser necesario, te vamos a extraer temporalmente, pero se va a terminar, solamente -Eso lo recalcó- Cuando la encuentres a ella y estés seguro de que es la mujer que buscás, tu Dama Predeterminada.
-¿Y se llama?
-No tenemos el nombre actual.
Eso, si es que la ubicaron, le pareció casi imposible de que no lo supieran.
-Recordá, te vas a enamorar de ella.
Esas palabras volvían loco a Alejandro, pero se cuidó muy bien de hacer alguna demostración.
Podría ser cualquier mujer la que trajera de vuelta...
-¡Hijo! ¡Qué alegría verte!
Su madre se abrazó a él, apenas lo veía, pero ella estaba acostumbrada a verlo poco, su marido también era militar y sabía cómo funcionaba el sistema militar.
-Yo también estoy feliz de verte...
-¿Qué sucede?
-Parto en una misión.
-¡Sos psicólogo!
-Si, madre, pero también soy militar.
-¿Cuándo volvés?
-No lo sé.
-¿Es peligroso?
-Para nada, te lo prometo.
Dijo con seguridad.
-¿Estás seguro?
-Completamente.
Su madre sabía que no podía preguntar nada más, y aunque lo hiciera, no iba a saber jamás hacia dónde se dirigía.
Se despidió de ella y también de su padre, que lo observó con tranquilidad, porque notó que Alejandro estaba muy tranquilo.
Su padre era un General al que le tenían muy alta estima y era de las pocas personas que sabían sobre el caso en el que su hijo acababa de involucrarse, sin embargo, ni siquiera con su esposa lo había hablado, ni insinuado, hay secretos que eran precisamente eso, secretos.
Sin embargo, aunque estaba adivinando la misión de su hijo, hasta el momento no fue informado por sus superiores sobre el tema.
-No es necesario que pasemos por tu casa, tus pertenencias te están esperando en el hangar 205.
-Lo suponía.
Contestó, porque estaba casi seguro de que eso iba a ser de esa manera.
Todavía estaba asombrado que le hayan permitido despedirse de su familia, aunque eso le hablaba de lo larga que iba a ser su misión.
Reconocía que también habían hecho una excepción con ese tema y no estaba seguro del porqué había sido así.
Alejandro tenía muchas dudas y ninguna respuesta.
Su padre era un General de la mesa chica, como suele decirse, pero ... ¿Eso significaba que su padre sabía que existía otra dimensión?
¿Si era así, sabía sobre su misión?
Alejandro no podía dejar de repetir esas preguntas.
Llegaron hasta el hangar 205.
-Gracias amigo.
Le dijo a Germán.
El chofer no le contestó nada.
-Nos vemos a la vuelta.
Su amigo negó con la cabeza.
-¿Qué?
-Por algo llegué hasta acá...
-No entiendo.
-Soy un compañero de viaje.
-¿Qué?
Le preguntó asombrado.
-Al saber sobre este hangar, tengo 2 opciones... te acompaño o de alguna manera desaparezco.
Dijo bromeando, aunque Alejandro se preguntaba si verdaderamente era una broma.
Se bajaron del auto y comenzaron sus pasos, caminaron por algunas horas, no fueron muchas y siguiendo el instructivo que cada uno tuvo por separado y solamente uniendo sus partes, pudieron llegar hasta...
Una escalera mecánica.
El corazón de Alejandro latía de prisa...
Él pensó, o al menos Venegas quiso que pensara, que se iba a trasladar en alguna nave espacial, o al menos en una que tuviera forma de avión.
¿Era tan simple pasar a otra dimensión?
¿Una escalera mecánica?
Ambos se miraron, así como en el instructivo, cada uno de ellos 2 sabían la historia por separado, aunque en este caso, el que tenía la misión concreta, era Alejandro y Germán estaba para protegerlo, para ser su seguridad personal, pero aun no le había dicho a su amigo, que él se hallaba allí solamente para cuidar sus espaldas.
De todos modos, Germán era un militar más, en una misión y apreciaba mucho a Alejandro.
Él era enfermero, y estaba estudiando medicina, solamente esperaba poder seguir haciéndolo en la otra dimensión o adonde quiera que fueran, él no creía mucho en todo eso.
Quizás los lleven a dar una vuelta, los duerman con alguna droga y aparezcan en algún otro barrio, otra ciudad u otro país...
Todo era muy raro y los dos incrédulos muchachos luego de un suspiro que no decía nada y significaba mucho, pusieron un pie en esa extraordinaria escalera.
Comenzaron a subir, pero pronto no sabían si estaban subiendo o bajando y fueron chapados por una fuerza que parecía centrífuga.
¿Qué estaba sucediendo?
Sin poder explicar qué había sucedido, Alejandro abrió los ojos y miró a su alrededor.
Germán estaba a su lado.
¿Se hallaban en un avión?
No era un avión normal, era un avión militar, de esos en los que viajaban unas pocas personas.
Estaban amarrados con muchos arnés hechos de soga, a las paredes de esa nave.
Él había viajado varias veces en ese tipo de vehículos, que no parecían ni siquiera seguros, ya que filtraba el ruido exterior y se sacudía como un lavarropas centrifugado.
Sin embargo debía ser seguro, mucho más que un avión comercial, aunque también más incómodo.
No podía precisar cuánto tiempo estuvo observando todo hasta que Germán abrió los ojos.
-¿Qué?
Le preguntó el chofer de Venegas.
-No tengo la puta idea de dónde estamos.
-Al parecer estamos volando.
-Muy gracioso.
-Eso siempre...
Germán se movía inquieto.
-¿Hace cuanto estamos viajando?
Le preguntó a Alejandro.
-No lo sé, no puedo ni calcular el tiempo.
-En estos malditos aviones el baño es precario o no existe.
-En este caso parece que es precario.
Dijo señalando un rincón que tenía una pared que no llegaba a dos metros de altura y de ancho no tenía ni un metro.
Germán, deslizando sus pies con cuidado y agarrándose muy fuerte de las sogas, se dirigió al improvisado baño.
Alejandro imitó a su compañero, tenía razón Germán, esos baños eran casi improvisados, pero podían ser peor.
Ellos, a pesar de sus títulos, recibían entrenamiento militar estricto.
Algunas veces han pasado una semana en lugares inhóspitos, para evaluar la temple en momentos cuyos resultados no dependía de ellos y todo escaba de sus manos.
Tanto Alejandro como Germán se preguntaban qué sentido tenía pasar por ese tipo de entrenamiento.
Luego de estar los dos en silencio por un largo rato, el estudiante de medicina interrumpió ese silencio, que no era tal, ya que el ruido de los motores de la nave sonaba bastante alto.
-Soy tu custodio.
-¿Qué?
Alejandro estaba confundido por las palabras de su amigo.
-Supongo que esta misión estaba programada desde hacía tiempo, por eso entrenamos varias veces juntos.
-Supongo.
-Venegas me envió para ser tu custodia, o al menos cuidar tu espalda.
-Eso no tiene sentido.
El psicólogo se quedó pensando cuánto había de verdad y cuánto de mentira en el relato de Venegas.
Tal vez no había mentiras, pero estaba seguro de que tampoco le había dicho toda la verdad.
-Tengo entendido que volvemos cuando rescates al objetivo.
-¡No sé quién es el puto objetivo!
Explotó con bronca.
-Esto va a llevar tiempo.
Dijo Germán, casi resignado.
-Posiblemente.
En realidad no tenía idea.
Descendieron, la nave aterrizó, casi con suavidad y parecía increíble que ese aparato, aparentemente tosco, tuviera las herramientas para no sentir el descenso ni el aterrizaje.
Ambos se pararon, casi no estaban cansados, pero ambos estaban muy ansiosos, al parecer iban a estar siempre juntos...
Alejandro sabía que su compañero, era experto en armas, siempre fue el más rápido en los entrenamientos, pero de ahí a ser su custodio...
Eso era tan ridículo como toda la misión.
¡Mujer predeterminada!
Fue lo más inverosímil que escucho y eso que en las últimas horas no había escuchado más que chácharas, manipulaciones y cosas más que extrañas.
Al poner un pie en el suelo, se les acercaron una docena de hombres, todos armados hasta los dientes.
¿Dónde mierda estoy?
Se preguntó Alejandro y por la expresión de Germán, supo que se estaba preguntando lo mismo.
Ambos miraban todo con cuidado, aunque disimuladamente, querían retener en su mente, la mayor cantidad de detalles de lo que había a su alrededor, luego compararían lo que ambos observaron, eso solían hacer en esas semanas que cada tanto les tocaba compartir juntos.
Alejandro tuvo la certeza de que en esas oportunidades, los estaban preparando para esta misión.
-Señores.
Los soldados les hicieron una venia a la que ellos respondieron.
Estaban dentro de lo que parecía un centro militar, tan grande como en donde ellos vivían.
Este se veía distinto, todo era color celeste y verde oscuro, de donde venían, los colores distintivos eran grises y amarillos.
Sin decir palabras, comenzaron a caminar, dejándolos en medio del grupo.
A nuestro psicólogo le dio la sensación de que estaban siendo arrestados.
Llegaron a un edificio sumamente lujoso, tanto que se sorprendieron.
Inmediatamente aparecieron varios pasillos, escaleras, ascensores, ellos seguían caminando detrás de dos hombres, que hacían todo como autómatas.
Detrás de ellos solamente habían quedado dos soldados más, el resto, Alejandro, no estaba seguro en que pasillo se habían perdido.
Llegaron a una oficina en la que había una docena de escritorios, con hombres y mujeres que trabajaban concentrados, sin levantar la cabeza.
Uno de los oficiales golpeó una puerta, que se abrió inmediatamente, entonces, dando un paso al costado, les indicó que entraran.
-Señor.
Ambos saludaron haciendo una venia.
Su posición era la de militar ante un superior.
-Descansen soldados.
Dijo el General que tenían frente a ellos.
-Soy el Jefe del Estado Mayor, General Lautaro Moreno.
-Señor.
Aunque ambos eran informales, volvieron a hacer su saludo militar, para demostrar respeto.
-Me gusta la actitud de ambos, lástima que solamente están prestados para esta misión.
-Gracias, General.
-Tomen asiento.
Ellos no hicieron repetir la orden.
-Hablé con el Brigadier General Venegas, quién los plató acá, si realmente logran completar la misión con éxito, van a lograr la estrella más prestigiosa en su dimensión, pero... no solamente tienen que rescatar a... su objetivo, también tienen que entregar a la cabeza del espionaje, es decir, quién ideó el secuestro de esa persona tan esencial.
Lautaro Moreno tampoco hablaba claro, pero al parecer, les había agregado una misión extra.
¿O eso también estaba predeterminado.
-Señores, mi intención solamente era conocerlos, y decirles que nadie es extraterrestre, todos somos iguales, con carnes, huesos y sangre corriendo por nuestras venas, por lo que Germán, ya tenés toda la documentación para cursar las pocas materias que te faltan para terminar tu carrera de medicina, es en el único momento en que se va a alejar entre ustedes, en el momento en que Germán cursa, vos, Alejandro, vas a
estar atendiendo pacientes, te vas a integrar al departamento de psicología, como jefe de área, aunque vas a atender X cantidad de pacientes por día, podés hacer maestrías, u otra carrera y recordá que nadie se puede enterar que estás custodiado.
Alejandro estaba asombrado.
-Van a vivir fuera de la base, aunque en un barrio cerrado, dónde todos son militares, nadie, absolutamente nadie, sabe sobre la misión, tal vez haya algún infiltrado en nuestras fuerzas, van a seguir entrenando, es imprescindible que se mantengan en el mejor estado posible y si es necesario, van a salir en misiones militares.
-¿Misiones?¿Qué clase de misiones?
Se atrevió a preguntar Alejandro.
-Vas a conocer a tu objetivo, está en vos reconocerla, aunque al ser tu mujer predeterminada, lo vas a hacer sin problema.
Eso puso muy nervioso a Alejandro.
¿Estaría soñando?
-Van a trabajar en el mismo centro médico, lo demás está en sus manos.
El General, sin más explicaciones, se paró y ambos hicieron lo mismo.
Los llevaron hasta el barrio privado en dónde iban a vivir, cada uno disponía de su propia vivienda, aunque no eran enormes, pero estaban una al lado de otra, estaban separadas por un jardín.
Las casas eran similares, en realidad todas las casas de ese barrio lo eran, aunque cada una tenía algo que la distinguía de otras.
-¿Soy tu custodio o tu compañero de juergas?
Preguntó jocoso Germán.
-Al parecer te voy a tener que aguantar hasta cuando vaya al baño.
Le respondió Alejandro en el mismo todo.
Cada uno en su casa, se encontró con sus pertenencias y hasta con un auto en el garaje.
A cada instante todo se volvía más extraño.
Ya se habían acomodada, ya que casi no tenían nada que hacer, Alejandro abrió la heladera y luego de prepararse un sándwich y tomar por fin, su lata de cerveza, se acostó, creyendo que no iba a poder dormir, sin embargo, se durmió inmediatamente.
Se despertó pensando en el sueño raro que había tenido...
Cuando miró a su alrededor, se dio cuenta de que no había sido un sueño.
Estuvo todo el día esperando instrucciones que no llegaron.
Estaba charlando con Germán, en el patio delantero de su casa, cuando apareció un camión militar, no se asombró cuando frenó delante de su domicilio.
Se asombró cuando uno de los uniformados se bajó y les extendió uniformes y armas.
-Señores, la misión de hoy nos está esperando.
Vaya que es rápido, posiblemente hoy conozca a mi objetivo.
¿Años?
Si hoy la conozco, la rescato y pronto se terminará este sueño loco, quizás alguien se ponga anteojos negros y me borre la memoria, pensó Alejandro, recordando una famosa película.
Ambos se montaron al camión que los iba a trasladar quién sabe a qué lugar.