Hace ya mucho, pero mucho tiempo; cuando el fabuloso mundo de Nagarta estaba en pleno esplendor y sus reinos y castillos -desde sus colinas dominaban los horizontes- numerosos monarcas, quienes con ese hábito de querer más de lo que poseen, comenzaron a declararse la guerra.
Imperios, antes amistosos, ahora batallaban en nombre de sus reyes, dejando sobre las praderas y bajo los muros de incontables fortalezas a miles de cadáveres que se deterioraban bajo el aliento infernal del dios Diurnuss y se volvían putrefactos cuando los ojos del dios Xetrón, les enviaba su plateada luz en las misteriosas noches en las que cientos de animales y criaturas que no se atrevan a hacerlo de día, aprovechaban la oscuridad para convertir de aquellos cuerpos un festín, necesario para la supervivencia. Tan oscuros se volvieron aquellos lejanos tiempos en Nagarta, que un dios hastiado de tantas matanzas engendró a una criatura que sería tan perversa como los reyes mismos, que prevalecían a costa de miles de vidas y con ellos se ensañaría para demostrarle cuan indefenso puede ser aquel que presume de llevar una corona en su cabeza y ordena asesinar sin remordimiento alguno.
Por esos motivos una entidad siniestra y perversa descendió desde los cielos y pasó desapercibida, ya que se ocultó dentro de un diluvio de húmedas, viscosas y malolientes moléculas oscuras que anegaron con su fetidez grandes extensiones del territorio en el que se precipitó, con el paso de los días comenzó a extenderse y su presencia malévola ensombreció toda tierra conocida, y las calamidades, plagas y muertes se propagó a tales horizontes, que para perdurar al exterminio, cuantos humanos continuaban vivos no tuvieron más remedio que buscar amparo en las cavernas y cuando estas no eran tan profundas, cavaron sin secar ahondando más su fondo hasta donde el horrendo ente no estaba destinado a influir. Cientos de especies animales, también se ocultaron en cavernas, más pocas fueron las que sobrevivieron a tan cruel encierro.
Muchos años las únicas bestias que dominaban Nagarta eran los enormes drakgus, los cuales sobrevolaban los territorios comiendo cualquier cosa que se moviera.
Nunca nadie supo explicar que detuvo tal catástrofe. Si retornó a los cielos, o se desvaneció por no encontrar dónde desatar lo maligno que poseía. Únicamente se enteraron de su desaparición cuando los más osados subían a la superficie y descubrían el cambio. Con el paso de los siglos, la superficie recobró su vitalidad y vida, aunque muchas especies se apagaron, otras nuevas y diferentes surgieron para ocupar sitios vacantes. Nuevos castillos y reinos se consolidaban sobre las ruinas de otros y en lugares nunca construidos. Porque ahora Nagarta se les mostraba muy incomparable a lo que conocieron los ancestros de aquellos nuevos repobladores, quienes a su vez engendraron nuevas generaciones.
Sobre tal suceso, acaecido en él antaño, ya se abrigaba la esperanza de no ser más que una terrible historia de un pasado olvidado, o que se intentó desconocer, aun cuando era transmitido de concepción en concepción por aquellos que se resistieron a ser aniquilados; sin embargo, lo lúgubre aguarda pacientemente adormecido para que se cumpla el plazo y de nuevo desatar el motivo de su arribo, pues se ha llegado a creer que su despertar será invocado por esos sentimientos adversos que perduran y también brotan poniéndose de manifiesto una y otra vez con fuerzas imparables. Como esa maldad que se alberga muy dentro, muy agazapada en esas almas que se expresan con rostros indescifrables y que cubren muy bien el odio, la traición, el engaño, el egoísmo, y la envidia.
Por todo ello y tal vez más, la negra bestia durmiente, atraída por tanta putrefacción espiritual, se volverá a despertar y abandonará su retiro para alimentar su ímpetu de seres inferiores...
En el presente: Territorios medios; al este de los grandes valles rocosos
La numerosa partida ya divisa en el horizonte a las elevadas cúspides de los peñones del polvoriento cañón. Los habituales vientos que llegan temprano con la estación, esparcen sobre ella, el amarillento polvo que natural de la región y la envía a otras circundantes, por lo que quienes se aventuran a viajar relativamente cerca, sufren las consecuencias. Como ahora lo hace el príncipe, Rándat, quien cabalga a la cabeza de una fracción de la corte del próspero reino de Lenmar, que desde hace ya décadas es codiciado por otros reinos y hordas, no solo por sus riquezas y poderío, ya que también cuenta con esos místicos y pequeños, aunque innumerables lagos que durante la noche suelen moverse de posición irrigando las exuberantes tierras y abasteciendo de agua toda la región, convirtiéndola en la más hermosa, y asequible para la vida.
-Los dioses, se empeñan en cegar nuestros ojos, mi príncipe- le manifiesta uno de los fieles que cabalga a su costado.
Él, apenas gira el cuello, pues el cegador viento llega desde ese costado y ya no puede cerrar más los ojos para evitarlo.
-Y ni mencionar que nuestras ropas se saturan del molesto polvillo, ya no siento que cabalgo sobre una montura, desde hace horas creo que tengo las nalgas puestas sobre un balde con arenisca y traquetean como lo hace el mortero al machacar granos de avena- suelta de repente el desenfadado Vravat, que cabalga a su costado.
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El reducido grupo de jinetes, ríe a carcajadas que con sus bocas aun cubiertas por gruesas telas, se escucha más allá de los que los siguen.
-Los caballos respiran con dificultad y si esto no termina pronto perderemos a unos cuantos- argumenta otro.
-Ni miles de toneladas de polvaredas se interpondrán en lo establecido. Continuaremos, aunque nuestros pulmones ya no tengan capacidad para un gramo más- aseveró el príncipe, Rándat, sacudiéndose la capa y el paño que le cubría la mitad del rostro.
La selecta tropa compuesta por el monarca, caballeros, letrados y magistrados de la corte, partió del gran palacio: entre aplausos, ovaciones, sonidos de trompetas y despedidas con lágrimas en más de un rostro de doncellas desalentadas. Dado que el príncipe, aunque trajo doce carrozas, se negó a viajar en una de ellas, dicha comisión se vio precisada a cabalgar durante días y acampando en las noches hasta llegar a la mencionada Tierra Desolada, en la que persisten a cualquier embate -los ancestrales monolitos- que cómo devoción al dios Romancix, fueron erigidos por una casta de gigantes ya extinta, quienes pudiendo dominar con su descomunal tamaño y fortaleza toda la faz del continente, no fue así. No era su menester hacerlo ni imponerse por encima de los habitantes más insignificantes en intelectualidad, tamaño o fuerza, por el contrario, los misterios seres siempre fueron afables, amorosos y nobles. Atributos estos que causó que fuesen aniquilados sin compasión por hordas sedientas de gloria, y la buscaron justo donde no la encontrarían, ya que aquellos bonachones enormes y poderosos no dominaban el arte de la guerra, ni incluso como defensa. Y ante tal despliegue de atrocidad, otros imperios, que espiritualmente se veían en deuda con los cíclopes, sí les buscaron y enfrentaron, causándole el mismo ocaso que ellos les produjeron a la encantadora raza de seres.
Dichos monumentos con el cursar de los tiempos pasaron a ser emblemáticos a todo lo referente a la nobleza, la lealtad, el amor, a la felicidad o el matrimonio, tales atributos que en aquellos salvajes tiempos únicamente moraba en los corazones de quienes los levantaron sin pretender o imaginar que serían objetos de veneración en la posteridad...
El príncipe, Rándat y su séquito a pesar de transitar más de ciento cincuenta leguas por parajes tanto amistosos como intolerantes, lo lograron sin complicaciones fatales, ya que la caterva era numerosa e iba bien pertrechada en armamento y nunca se desviaron de su ruta hasta alcanzar y aguardar en el mencionado sitio la llegada de Laisessy la escogida, en su reino y cuando apareció con su cortejo, y las dos delegaciones ya estaban en el sitio acordado, representantes de ambas comenzaron a preparar los ritos y festejos preestablecidos; ya que debían aguardar tres noches más a que el dios Xetrón cerrara sus ojos en el cielo y en ese tiempo que según se pensaba descansaba de su vigilia sobre Nagarta, en el sitio que rodeaba los monolitos se escucharon cantos y leyendas de ambos gobiernos. Y cuando el dios abrió nuevamente los ojos, grandes, plateados, redondos y descansados. Fue en ese entonces que a la mañana siguiente el príncipe, Rándat, efectuaría lo que allí le llevó.
Ahora, ambos nominados por sus naciones, aguardan parados uno frente al otro sobre la meseta de piedra que se extiende a la redonda en la base de los monumentos: príncipe y princesa, lucían esplendorosos, radiantes y silenciosos, pues, un anciano de cada delegación se acercaba a ellos. El del reino de Lenmar conferenció de primero:
- Majestad, el contrato establecido para el matrimonio entre ambos reinos es sagrado e inquebrantable. Bien sabido es que si se presentó es porque cumplirá con su rol en tal evento; no obstante, se me ha otorgado el poder para conocer su disposición. Es entonces que le pregunto ante los cerrados ojos de Xetrón que ahora no vislumbra lo que acontece, no obstante, su igual Diurnuss ve, escucha y le comunicará lo sucedido cuando ambos dioses se turnen posiciones en el cielo y Xetrón vuelva a abrirlos conociendo lo que no presenció. ¿Lo acatará por decisión propia? ¿O por obligación para con su pueblo?
La bella joven dejó escapar un breve lamento, pues desde el primer instante en que vio al prometido, aunque reconoció que era a joven, apuesto, elegante y refinado, no le agradó cómo se suponía debía ser, sin embargo, estaba obligada a representar su linaje y acatar lo impuesto. Quizás el amor vendría con el tiempo y la convivencia, por lo que, decidida, manifestó:
- Yo, Laisessy, primera en su línea de sangre del vasto y magnífico imperio de Asubiss. Seré franca, salí del reino con ansias de conocer a mi futuro esposo, traía la incertidumbre y la esperanza en mi pecho. Ahora toda duda fue desvelada. Para que los de Asubiss amemos con fervor la pareja debe cumplir con estándares que no encuentro en el príncipe de Lenmar, no obstante cumpliré con mí acometido, y no seré quien deshonré el pacto hecho por los dos reinos.
Respuesta que el enviado de Lenmar esperaba, pues nunca antes un concertado matrimonio se realizó con la total aceptación de ambos representantes, pues siempre uno u otro encontraba motivos para exponer un desapruebo que irremediablemente nunca subsanaba las consecuencias deseadas, ya que el matrimonio como de costumbre se perpetraba. El amor y los sentimientos jamás prevalecían sobre los intereses de las dos potencias.
Como el príncipe era masculino, a él no se le preguntó -estatutos machistas a los que nunca nadie se atrevió a socavar por temor perder la vida- y realizaron el acuerdo como era tradición. Él le colocó en la frente la corona de flores ganikas y tras aguardar tres días en los que no se la quitó, pudo comprobar que estas no se marchitaban al contacto con sus cabellos y piel, entonces dio la orden, para que durante siete días más, se festejara en honor a ese amor que indudablemente representaban los monolitos, aunque el matrimonio fuese mera hipocresía y conveniencia.
Una nueva unión se consumó bajo la arcada de rocas cristalinas del dios del amor en las montañas sagradas. Cuando todo concluyó, el príncipe, Rándat, ordenó la partida para que juntos emprendieran el viaje hacia las serranías.
Ahora los recién casados regresan como los nuevos reyes, sellando un pacto establecido desde tiempos inmemoriales, entre los reinados de "Lenmar de las tierras llanas y lagos que se desplazan" y de "Asubiss de las tierras bañadas por el mar". Alianza, que surgió en aquellos lejanos tiempos que los historiadores apodaron como El siglo de las conquistas. Cuando sus dominios eran constantemente asediados por las hordas y los imperios enemigos. Los hijos de los monarcas vigentes se unirían en matrimonio, creando así una poderosa y duradera coalición, no siempre en ellos gobernaba el mismo linaje-cada diez años- otros diferentes eran elegidos para hacerlo, pero en ese tiempo debían demostrar su valía para ascender al trono, fuesen o no de noble cuna y este, con apenas quince años lo había hecho en la famosa batalla de los cerros brumosos.
Más no era la primera vez que un joven soberano acataba el pacto contra su voluntad, ya que Rándat, desde temprana edad, se veía a ocultas con jóvenes doncellas a las que ya les había arrebatada la virginidad con consentimiento o no. No obstante, si se negaba a llevar a cabo lo establecido, toda su familia sería desterrada al temido desierto de rocas humeantes y grietas de las que brotan los enjambres de larvas que se alimentan de carne humana y donde solo se aventuran a entrar los legendarios arqueros del fuego...
Mientras regresan a Lenmar, en el firmamento, destellos atemorizantes, les advierten que el peligro aún continúa latente para todo ser vivo. El ahora rey cabalga despacio y sin mirarla, ya que su declaración, aunque lo avergonzó, conocía perfectamente que no era el momento adecuado para vengarse de la humillación que le causó ante sus súbditos, ya tendría incontables ocasiones para hacerlo. Por lo que con sarcasmo le manifestó:
- Esposa, Laisessy, Los dioses se niegan a mostrarnos los senderos despejados, quizás tu rechazo al matrimonio, desagradó a los dioses, sin embargo, esta adversidad no ensombrecerá una perdurable unión que disfrutaré y de ello puedes estar convencida... Cada segundo de mi vida.
Ella, tampoco lo mira, su cabeza es un torbellino de vicisitudes, sabe lo que le aguarda por ser franca y nada puede hacer para remediar tal sinceridad. Desde que recibió la corona de flores, su vida ya no volvería a ser la misma, a pesar de todo pensamiento funesto tuvo fuerzas para reconocer:
-Las tormentas rojas, son un augurio de la oscuridad que siempre ha existido en Nagarta. Nosotros: sus hijos no estamos exentos de ella, rey, Rándat, y esos dioses que idolatramos, no son más que una creación de nuestros ancestros. Si se ofendieron con mi franqueza, entonces los dioses no son tan justos como suponemos o pretendemos. La verdadera divinidad debe surgir de lo más profundo de nuestros corazones.
La escucha y vislumbra en ella a una inteligente joven de pensamientos muy opuestos a los concebidos, por lo que decide permanecer en silencio mientras cabalgan y se limita a contemplarla de soslayo de vez en vez.
Ahora, la caravana, como se desplaza fuera de la ruta normal, va bordeando las quebradas de un majestuoso y desolado valle, nunca habían transitado por territorios tan lejanos de ambos reinos. Tierras inhóspitas y desconocidas para muchos de los viajeros más jóvenes. Lamentablemente, las tormentas de los resplandores que descomponen la piel, llegaron antes de temporada. Por lo que tuvieron que desviarse del trayecto establecido y de eso ya hace varias semanas, pero, para regocijo y tranquilidad del tortuoso viaje, estuvieron avistando innumerables aldeas amistosas y alguna que otra fortaleza donde gobiernan monarcas con los que el reino de Lenmar tiene comercios instaurados y pudieron pernoctar en ellos, y abastecerse...
Cuatro días habían pasado desde que salieron de la última fortaleza, en la que su caudillo del sitio los amparó. La reina, sin percatarse: cómo y cuándo comenzó a pensar diferente a la par de descubrir que su corazón latía con frenesí cuando el rey estaba junto a ella, ya que no dejaba de agasajarla y mimarla y quien con el pasar de los días no percibió de que si al principio todo no era más que un plan que había urdido para someterla sentimentalmente, y después humillarla hasta lo indescriptible, de a poco él también cayó rendido ante su carácter, modales y belleza.
La tarde se ha estado comportando con frescor, anunciando que la noche será fría y ya comienza a expandirse sobre el territorio. Como es de esperarse, los reyes, Rándat y Laisessy, montan a la cabeza del nutrido grupo. Él, otea el horizonte y repentinamente, tira de las riendas. A continuación levanta un brazo, para mirar a su costado derecho, buscando el rostro de la joven desposada. Ella, apenas le devuelve la mirada, con una triste sonrisa y en su cara se denota el aburrimiento de extenuantes jornadas. Segundos después, contempla el paisaje ante ellos, y las misteriosas ruinas que se elevan sobre una colina mustia y desolada -evidencia silenciosa de lo que queda del poderío de un ancestral monarca y cuanta vida allí desapareció- Rándat, desmonta y ordena a uno de sus caballeros que la ayuden a bajar del caballo, el séquito que les sigue aguarda por una orden que no se demora en ser transmitida cuando el rey le hace señas al mismo caballero para que se acerque.
-Guanat, que el séquito, se detenga. Pasaremos aquí la noche.
Girando su caballo, el caballero, grita a todas fuerzas:
-El rey ordena que pongan pie a tierra y levanten campamento, pasaremos la noche al pie del promontorio.
Muy cerca, el monarca Rándat, le murmura a su esposa:
-El ímpetu del dios, Diurnuss, ya cede y los ojos del dios Xetrón. A partir de esta noche se cerrarán para sumir a Nagarta en la más absoluta oscuridad. Ven señora mía, busquemos comodidad sobre las raíces, y cobija bajo las ramas del único árbol a la vista
Ella, le dice tendiéndole la mano:
-Amado, Rándat, las jóvenes de cabellos blancos de Asubiss poseemos la virtud de no sentir fatiga, sin embargo, percibo desfallecimiento en los ojos de las mujeres de tu cortejo y muchas viajan sobre cómodos carruajes, y en los míos te transmití sus pensamientos. Por lo que si detuvisteis la marcha por mí, os lo agradezco por ellas.
-Lo sé, esposa de ojos claros y cabellos níveos, quien más que yo para conocer a las mujeres de mi reino, pero la prisa no es esencial en estos días. Las tormentas se han encaprichado en enviarnos a territorios lejanos y debemos evadirlas con cautela y sosiego.
Ella, lo contempló por breve tiempo en el que pensó qué cómo podía ser posible que tanto ella y las mujeres de su estirpe se guiaran por erróneos estándares impuestos al alma y al corazón y desde tiempos inmemoriales. Cuando el que ahora resultaba ser su esposo. Poseía todos los atributos para ser amado y dulcemente le contestó:
-Esposo, mío. Hágase tu voluntad y esta reina te seguirá en silencio.
Él, la atrajo hacia sí y la besó, con su rostro entre sus manos le murmuró:
-Sé, que deseas conocer el reino al que decretos ancestrales te han atado; no obstante, los dioses se empeñan en atrasar que vuestras ansias se cumplan, más no desesperes, aunque el camino sea enrevesado, lo sortearemos.
Ahora es ella quien lo besa con pasión.
-Los dioses manejan nuestros destinos y a ellos debemos ofrendar, si enviaron las tormentas para demorar nuestro viaje, sus misterios tendrán. Quizás de las próximas familias reales sea la princesa de Lenmar quien tenga que viajar a Asubiss en iguales circunstancias.
Tomándola de la mano, le susurra:
-Ven, descansemos de la larga y extenuante cabalgata.
Con las manos entrelazadas, en silencio, caminan sin prisa. Ambos, con la mirada fija en el horizonte y los destellos que se perciben, tras sentarse sobre las grandes cepas que sobresalen de la tierra, ella le mira y le murmura:
-En el feudo que se eleva junto al vasto océano, una anciana de épocas remotas, nunca aceptó la unión de los reinos y profetizó que un matrimonio se vería plagado de oscuridad, desatando así una guerra entre los dos aliados que pondría fin a décadas de paz. ¿Seré yo la maldecida de tal presagio?
Rándat, se conmueve ante aquella revelación y solo encuentra a confesarle:
-Reina de dos reinos, Lenmar y Asubiss, nunca levantarán sus armas uno contra el otro. Despeja tus pensamientos de predicciones nefastas y poco certeras.
Laisessy, movió la cabeza, preocupada y con la mirada entristecida, y casi al instante le rebatió:
-En eso te equivocas gallardo Rándat, la anciana auguró varios sucesos y todos se sucedieron, incluso intuyó la manera de la que moriría y atinó.
Él, percibiendo que no lograría apartaría de tales pensamientos, optó por resignarse.
-No impugno más tus testimonios. Y por el bien de las dos naciones, espero que los dioses no permitan que una nefasta profecía se cumpla... Ahora, si me concedes un minuto, ordenaré que cocinen un suculento tabir de cola blanca. No sabemos lo que aguarda en el camino cuando amanezca y debemos fortalecer nuestros cuerpos y ánimos.
Desde la retaguardia, un anciano camina hacia ellos, -ayudándose con una larga vara de madera retorcida-. Se detiene a unos pasos y le saluda pidiendo ser escuchado, como es habitual en Lenmar.
-Vida y gloria para mi soberano, Rándat y su esposa la reina. Señor, estamos en tierras prohibidas y siniestras... Le ruego que no prolongue la estadía, el cansancio es merecido por las agotadoras jornadas, sin embargo, estamos en tierras malditas y aún nos quedan vastos territorios por franquear.
-La comitiva necesita descanso. ¿Dónde encontraremos otro sitio mejor para acampar? ¿A qué temes, sabio consejero Navertuss?
El anciano, nervioso, otea el firmamento y le responde:
-Mi señor, solo restan algunas noches para que las magnas lunas de Xetrón resurjan y esta vez se teñirán de sangre para que una ancestral profecía se ponga de manifiesto, desatando a la criatura de las tinieblas que busca el soplo de los herederos de tronos.
Rándat, sonríe despreocupado, ya que nunca fue los que creen en funestos vaticinios y suavemente le rebate:
-Me hablas de leyendas pasadas en tierras baldías, ¿acaso no denotas cansancio en los ojos de vuestra soberana? Recuerda que partimos siendo príncipes, pero regresaremos al reino como los reyes que gobernarán... ¿Dime sabio, anciano, serás el primero en desobedecer una orden patriarcal?
-Justo, Rándat, mi señora, la reina, Laisessy, ha demostrado tener el temple de su estirpe y sé que puede soportar retos más grandes que el que suplico por el bienestar de ambos reinos.
El rey impaciente, y sin escuchar sus ruegos drásticamente, le contesta:
-Hoy no escucharé tus ruegos, respetado, Navertuss, acamparemos y durante la noche y con las lágrimas de los dioses como espectadoras, me contarás de esa leyenda que tanto temes. Mañana retomaremos la marcha y todos sabrán que tu lengua y creencias son tan ineficaces como las armas de los enemigos.
El anciano, aunque se opone a la decisión superior, por temor, no le queda más remedio que aceptarla, mientras se aleja hacia el vagón en que viaja se detiene por un segundo para contemplar al cielo, y temeroso ve en el cenit a las diminutas y resplandecientes luces que presagian lo inevitable...
No obstante, bien entrada la madrugada y varios porrones de vino, han menguado el férreo carácter del monarca y viéndolo acercarse de nuevo, le ordena:
-Acerca tu cansado cuerpo, anciano, y compartiré el calor de mis rocas, la comida, el vino para que espantes la modorra que traen las penumbras y nos cuentes esa leyenda que te atemoriza-acompañando el pedido con un gesto de la mano, otros caballeros que le rodean le despliegan una silla al sabio consejero del reino, quien aceptando, y para ahuyentar la frialdad que trae la noche, se acerca al hoyo donde las rocas despiden ese fuerte color violáceo al expedir calor, entonces, frota sus manos cerca del vapor. Cuando sintió que ya el calor se expandía por su cuerpo, los miró a todos y después a los monarcas y comenzó:
-Lo que voy a relatarles no es una leyenda... está registrada en textos antiguos y aconteció hace mucho, mucho tiempo... En estas mismas tierras...
Reino de Duxorr: Cien años después de la caída de la lluvia negra. Fronteras del sur; Campaña militar contra los ejércitos de un distante y codiciado imperio.
La noche anterior los centinelas de los ejércitos atacantes, avistaron una pequeña partida que dejaba el reino asediado y sigilosos y diestros-los arqueros dieron muerte a todos sus integrantes-al acercarse buscando entre ellos al rey enemigo que creían intentaba escapar amparado por las lunas de Xetrón, solo encontraron a varios ancianos y a un niño de diez años que había sido alcanzado por tres dardos que le quitaron la vida instantáneamente, ahora a la mañana siguiente. Sobre la extensa colina y bajo toda ella, los ejércitos a pie, aguardan la señal. Descendiendo y bordeando el mismo cerro, donde millares de jinetes se dividen en tres fracciones para atacar al imperio desde los flancos y la retaguardia, las catapultas han cesado en sus envíos de rocas ardientes a los agrietados muros y los temidos caballeros veitanos forman la primera línea de combate...
El caudillo que guía a los atacantes y entusiasma con palabras que lleva repitiendo desde que comenzaron los asedios tres meses atrás, vuelve a exclamar:
- ¡Ejércitos que me siguen! ¡Hoy tomaremos las tierras imperiales de los domadores de trogos salvajes, y nos apoderaremos de cuanto poseen!
Miles de voces se levantan como un coro infernal y son acompañadas por el sonar de las armas contra los escudos y yelmos.
- ¡Que el dios Coloduss, guie la mano del rey Tarik! ¡Que la razón y la justicia siempre le acompañen majestad!
Tres veces más, se escuchan las ovaciones y él les responde enérgicamente:
- ¡De hazañas y gloria estará colmada mi leyenda!
Enardecido por la imperiosa victoria, desenvaina la espada y sobre su caballo da la orden de atacar:
- ¡Guerreros de mi reino, tomen la vida del enemigo o pierdan la suya en batalla! ¡Los dioses nos miran y a ellos entreguemos la victoria!
Dos ejércitos adversarios y decididos a triunfar se lanzan al ataque, sin embargo, el reino de Duxorr es más experimentado en las artes de la guerra y tras largas jornadas de constante batallar y desgastar a las hordas oponentes, su inminente victoria parece cuestión de horas. Miles de flechas sobrevuelan el campo y se hunden en objetivos que no las ven descender, el ruido del acero impactando contra armaduras vegetales y carne excitada, eleva a los vientos una escalofriante sinfonía de muerte.
Cuando el ímpetu del dios Diurnuss, comienza a debilitarse sobre el campo de batalla, miles de guerreros yacen tendidos si vida, centenares más son apresados por las legiones de Duxorr y otro tanto es rematado sin piedad. Ahora el rey es proclamado vencedor ante las huestes enloquecidas. Por fin, tras una larga campaña, cabalga victorioso por entre las legiones que le vitorean. Ante la tienda real desmonta y mientras un soldado se aleja con su caballo, envía a otro por uno de los jefes...
Aunque manifiesta tener más de cuarenta años, se le ve robusto y viste la reluciente armadura de los caballeros veitanos, solo que el brillo ha sido opacado por la sangre que cubre la mayor parte. Camina sereno y orgulloso, penetra en el toldo quitándose el yelmo y se para frente al monarca que le tiende una copa de metal con vino.
-Esencia de los dioses para una garganta seca, la mejor ofrenda para un guerrero cansado. Y victoria merecida, mi soberano- le expresa, levantando la copa en señal de gratitud.
-Comandante, Ottokan, que los caballeros veitanos supervisen el botín de guerra y que ordenen encadenar a todos los sobrevivientes, serán llevados al reino como muestra de nuestro poderío. En tres días nos adentraremos en territorios potomianos para tomar posesión de su fortaleza. Que busquen entre los enemigos al rey Klonatt, si sigue con vida, tráiganlo ante mí.
A pesar de la victoria sobre el adversario, varios días más, todavía continúan abatiendo turbas de rebeldes o ciudadanos que se les enfrentan. Pero el ejército que les invade es invencible, al menos eso había demostrado contra ellos y anteriormente en las últimas campañas libradas contra las hordas de los pantanos de las lluvias perpetuas, donde habitan aquellos seres resbalosos y repugnantes con membranas y cuerpos resbaladizos y escamosos, o la conquista del imperio subterráneo, a pesar de que algunos no la califican como victoria, pues los enemigos eran de baja estatura, armados con rudimentarias armas, y huidizos de los poderes del dios Diurnuss, pues su calor le levantaba ampollas en la piel, por lo que solo tuvieron que inundar sus túneles con rocas ardientes y untadas con savia vegetal. Provocando con ello que centenares se viesen precisados a brotar de lo profundo de la tierra, tratando de escapar del calor y el humo, solo para encontrarse con acero bien afilado que les arrancaba la vida.
Cuando terminan por diezmar a los pocos defensores y saquear el lugar y después de penetrar en la fortaleza, el rey Tarik se sienta en un trono vacío y ahora conquistado, pero no pretende quedarse en él, por lo que se vanagloria efímeramente como cada conquistador ha hecho desde épocas remotas. Uno de sus guerreros se detiene frente a él y le comunica:
-Mi rey, los prisioneros aguardan tras las puertas.
-Traedlos ante mí, junto con el cautivo real.
Son más de setenta ciudadanos y entre ellos el destronado Klonatt, camina con dificultad por las heridas. Dos largas filas de caballeros veitanos les vigilan atentamente. Entonces, el conquistador al verlos suelta una estridente carcajada.
- ¡Vencido rey, avanza hasta mí y muestra la derrota sufrida, arrodillándote! -le habla con esa prepotencia de un vencedor, y dos guardias se adelantan para custodiar al cautivo.
Klonatt, da unos pasos, dejando escapar leves quejidos, pues cada vez que apoya una de sus piernas, bajo el sucio vendaje continúa brotando sangre. Se detiene y observa al joven monarca que le ha derrotado y sumiso, se arrodilla ante él, pero no en silencio.
-Tarik, soberano del reino de Duxorr y ahora del imperio potomiano, toma mi vida y has más gloriosa tu conquista.
Lo mira sosteniendo en su mano un cetro usurpado. Con un ademán ordena a los guardias que se aparten del vencido.
-Rey Klonatt, no pretendo envejecer en tus tierras. Sabes bien que las conquisté porque posees las canteras de las rocas del calor más fructíferas de todos estos territorios. Los metales de tus tierras son inagotables, los robustos y gigantescos trogos solo se multiplican en tierras potomianas. El dios Coloduss, sembró la avaricia en mi corazón y a él le debo esta conquista. Tu vida nada me importa, no eres más que otro mísero y envejecido monarca al que he derrotado y más de seiscientos prisioneros de guerra ya fueron enviados a las mazmorras de mi fortaleza. Pero te ofrezco continuar reinando sobre tu estirpe, si aceptas mi propuesta, gobernarás bajo mis estandartes... Serás un súbdito más de mi reino, tú y los pocos supervivientes que aún te son fieles, pero todos deberán rendir tributos y lealtad.
Le escucha, y permaneciendo de rodillas, voltea la cabeza mirando al resto de los detenidos, entre su mayoría hay hombres viejos, y los jóvenes tienen tantas heridas como él, también, mujeres y niños, entre las que están varias de sus esposas e hijos, que ya tienen en los ojos la rebelde mirada de un potomiano. Entonces poniéndose de pie le contesta:
-La falsa generosidad de un conquistador se disfraza con futuros tormentos, como rey y descendientes de reyes potomianos, me negaría y rogaría por ser decapitado, sin embargo, debo pensar en el bienestar de mi raza y para poder permanecer cerca de mi deshecha familia, me veo obligado a aceptar tu propuesta.