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Las pastillas del Leteo

Las pastillas del Leteo

Autor: : Jaguar
Género: Fantasía
En Las pastillas del Leteo, la memoria se convierte en territorio movedizo, frágil y a la vez luminoso. La novela sigue la búsqueda íntima de un protagonista que intenta reconstruir aquello que ha perdido en las sombras del olvido, mientras se enfrenta a las huellas emocionales que persisten incluso cuando los recuerdos parecen desvanecerse. Entre cartas, silencios y fragmentos de vidas pasadas, la historia nos conduce a los límites de la identidad y el tiempo. El relato avanza en planos entrelazados: la vida presente, la evocación de un amor marcado por la ausencia y el misterio que rodea la desaparición de ciertos recuerdos clave. La prosa se despliega con lirismo, densidad emocional y una cadencia que invita a leer despacio, a detenerse, a sentir. Las preguntas sobre quiénes somos cuando recordamos -y quiénes dejamos de ser cuando olvidamos- se vuelven el corazón palpitante de la obra. Más que una historia lineal, Las pastillas del Leteo es una experiencia sensorial y reflexiva. Interroga nuestros vínculos más profundos, el peso de la pérdida y el deseo humano de recuperar lo que se ha ido. Con una narrativa que fusiona intimidad y misterio, John Solís R. ofrece una obra que acompaña al lector más allá de la última página, dejando la sensación de que hay memorias que no se pueden borrar, incluso después de la muerte.

Capítulo 1 1

A la memoria de María Belén

No somos seres humanos atravesando una experiencia espiritual; somos seres espirituales viviendo una experiencia humana.

Pierre Teilhard de Chardin

En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el mundo inferior es el reflejo del superior.

Los Teólogos – Jorge Luis Borges

Y he aquí que viene en bote hacia nosotros un viejo cano de cabello anti-guo, gritando: "¡Ay de vosotras, almas pravas!"

(Dante Aligueru - La Divina Comedia)

1

Los párpados de Beatriz se abrieron lento, con un aleteo, luego con otro, como una mariposa en vuelo primerizo. Fijó sus pupilas en el techo de ma-dera lacada e intentó descifrar el lugar que se le presentaba, el mobiliario amplio y desconocido que la rodeaba, la amalgama de olores y perfumes que se abrían paso a la vez. Con cierta dificultad, se incorporó apoyándose con las manos hasta arrimarse en el espaldar de la cama, apartó el cubre-cama cuadriculado, miró al suelo y se calzó las pantuflas que aparecieron bajo sus pies. Abrazó su propia delgadez con cierto alivio y caminó con difi-cultad hasta una cómoda blanca con flores lila talladas en los cajones.

De repente, se encontró con una joven de cabello recortado y ojeras de mapache, quien la miraba extraviada desde el otro lado de un espejo. Se acercó a ella, puso su mano sobre la superficie lisa y recorrió con el dedo índice su rostro, luego se tocó el suyo: lucía como la superviviente de un ca-taclismo atómico.

Su mirada se estacionó en las rosas estampadas de su pijama de al-godón. Junto a la cama se veía un velador, encima de éste un libro o una agenda con pastas de cuero que tenía impregnada la imagen de un reloj de arena. Encima de éste unos audífonos color negro. Abrió el cajón y vio la fotografía de una muchacha muy parecida a la que había visto en el espejo, solo que ésta tenía ojeras más pronunciadas y la cabeza totalmente rapada, llevaba una bata celeste, en cuyo pecho se leía un sello: Hospital Valencia.

La sonrisa de aquella muchacha se le antojó como una como mueca retorcida que ocultaba mal su dolor, pero al menos pudo comprobar que se hallaba en su propia habitación. Observó unos minutos a su alrededor, las cosas organizadas e impecables la convencieron de que ella, fuera quien fuera, era una chica ordenada y sistemática. Y si no lo era, sin duda alguien la cuidaba muy bien. Dio unos pasos atrás y se sentó en el filo de la cama para intrigarse otra vez con ese pequeño universo. Con curiosidad, repasó las cortinas blancas, recogidas, los anaqueles con libros. De todo, lo más llamativo eran los rostros enmarcados que colgaban en la pared: ¿familia-res?, ¿amigos?, ¿seres de otro mundo? En la primera imagen, una mujer morena, con sonrisa de gitana, clavaba sus ojos en un hombre con bigote café, lentes y un gesto de sargento. Era la celebración de algún aconteci-miento especial. Junto a ellos, aparecían rostros de jóvenes: uno rubio, del-gado y alto, de unos veinticinco años, con corbata roja y la sonrisa retorcida de quien confía en su autosuficiencia; otro moreno, cejas profusas y piel co-briza que contrastaba con su camisa blanca. Luego, una muchacha con ca-bellos negros, brillantes y lacios, ojos que contagiaban ternura. A más imá-genes, más confusiones: no solo eran las caras si no los sitios. ¿Dónde?, ¿por qué?

Beatriz apartó los ojos de la pared. Se fijó que sobre aquella cómoda se hallaba una caja café con incrustaciones plateadas que simulaban las de un pequeño baúl pirata. Se acercó para abrirlo y se llenó con un aroma a palo santo que le trajo sensaciones ambiguas y ajenas. "Ese olor...", susurró. Ce-rró los ojos ante lo que parecía una trampa en la que no quería caer. "Ese olor", repitió.

Si hay un momento en que dudan los seres humanos es cuando les dan a elegir entre la curiosidad y el miedo. Beatriz no identificaba la emoción que la hacía rechazar la figura vaporosa que se le aparecía en la cabeza. Aquél baúl era una perfecta caja de pandora de la cual no sabía si saldría vo-lando un murciélago, un canario o se toparía con un fogonazo de luz que la despertase de ese sueño. Pero nada, solamente fotografías, caras similares a las que había visto en la pared y varias hojas de papel, escritas y dobladas.

Cerró el primer misterio y se percató que, a su derecha, junto a la ven-tana, le desafiaba otro: un enigma del tamaño de su curiosidad yacía detrás de las puertas del armario. Por supuesto, aceptó el reto y las abrió de par en par. Entre varios vestidos y camisas, distinguió un abrigo grueso que rozó de-licadamente. Al instante, la sobrecogió un aire helado que le sopló en la nuca y la trasladó a otro lugar. Podía percibir el viento, ver las aves. Una inespera-da tibieza, con la forma de un dedo húmedo acariciando su piel la estremeció en la espalda. Se encogió al sentirse abrazada. Podía escuchar la voz de un hombre susurrándole al oído: "Tú y yo, somos dos aves majestuosas, somos como dos cóndores volando entre los nevados". Se llenó de ansiedad. Cada prenda, cada cajón y cada objeto de ese lugar estallaban revelándole una parte de su vida. Quiso llorar, explotar el globo de dudas que la agobiaban, que le impedían caminar hasta la puerta y salir a conquistar ese mundo. Pero no hizo falta, puesto que, aunque hubiese querido perderse de él, ese mundo llegaba a golpearle la puerta o más bien a girar la perilla. Un olor de agua de rosas inundó la habitación. Esa fue la primera vez que la vio:

-Hija... Despertaste.

Una mujer madura la observaba emocionada detrás de sus anteojos de carey.

-¿Usted es...? -dijo retrocediendo.

-Soy tu abuela -le contestó la mujer, sin poder ocultar su emoción- Graciela.

Lo primero que Beatriz sintió, fue la redondez del collar de perlas que aque-lla mujer llevaba en el pecho y que, al moverse, provocaba un chasquido. Debía tratarse de alguien muy cercana. Aunque ella no recordara aquél pelo entrecano, estirado, tampoco le eran familiares las cejas arqueadas y esa expresión de quien recupera un tesoro.

-Abriste los ojos, al fin -insistió.

-¿En dónde estoy?

-Es mejor que me acompañes a la sala -dijo secándose las lágri-mas-. En la

familia esperábamos en el feliz momento de verte. Sé que tu abuelo se pon-drá feliz.

Capítulo 2 2

El comedor se veía apacible. Un tragaluz de vidrio le daba la calidez de un invernadero. En las esquinas, se podía ver plantas o helechos colgando en macetas de cerámica. Sobresalían claveles con delgados pétalos color rosa. El centro lo ocupaba una mesa de laurel, adornada con un mantel verde con flores bordadas. Al acercarse, Beatriz notó que se trataba de un mueble rec-tangular y largo, con sillas cuyos espaldares tallados le daban un aire so-lemne. Al final de ella, un hombre con la lustrosa frente de un sabio, se aca-riciaba la cabeza.

A su lado, un jovencito, con ojos almendrados e indescrip-tible sonrisa de niño, mecía su ansiedad.

-Despertó -clamó la abuela con las manos juntas-, ya ven que despertó.

-Caramba, mi nieta hermosa -sonrió el hombre, acomodándose la corbata e intentando acercarse para darle un abrazo.

Pero la muchacha se sentía ajena, como si ese abuelo estuviese des-encajado en el rompecabezas de los afectos familiares que no recordaba.

-Es normal que te sientas confundida -dijo indicándole una de las sillas.

Beatriz buscaba infructuosamente en su memoria algo que justificara aquella cercanía, pero nada. Era como despertar en medio de la escena de una película de la cual no tenía una sola pista.

-¡Hermanita! -saltó el muchacho a abrazarla.

Esa presencia le resultó más próxima. Aunque no supiera o recordara de dónde venía, no podía evitar sentirse seducida por la dulce emanación de ese rostro, aquella compañía de duende o de ángel. Pese a que su voz era nasal y articulaba las palabras con cierta dificultad, no necesitaba decir mucho para hacerse entender. Había algo en ese chico que la vencía, como si tuviera enfrente la primera de las respuestas que necesitaba. Comproba-ba asombrada que no solo los recuerdos la convocaban a revivir emociones que creía imposibles, si no que éstas se le presentaban en carne viva.

¬-También te extrañé -contestó sorprendida.

¿Se puede deducir que con aquél abrazo comenzó el viaje?, tal vez. Podríamos decir que aquél jovencito con Síndrome de Down era más que una circunstancia, a lo mejor no tenía otra misión que instalarla en el pre-sente de sus sentimientos, obligarla a accionar el maltrecho músculo del co-razón.

-Claro que te recuerdo -le dijo, como si tuviera la certeza de que no podría desairar sus afectos-¿cómo era que te llamábamos hermanito?

-Pancho o Panchito.

El choque era descomunal y Beatriz no podía descifrarlo: ¿qué era aquello que salía de sus ojos?

-No desperdicies lágrimas -rio su hermano.

-Yo quisiera recordarte, pero no puedo -contestó ella secándose los ojos.

-Solo esperaba que volvieras del hospital hermanita.

-¿Y cómo llegué ahí, tú sabes?

-Ya lo sabrás. Ahora tenemos visita.

Un gato siamés, con ojos azules brillantes, entró ágilmente hacia la sala. Saludó en su lenguaje felino, movió con suavidad sus patas grises, que parecían tener incorporados finos guantes de seda. Se detuvo unos se-gundos para explorar el terreno y observó a todos los presentes con cautela, como si fuese verdad aquello de que los gatos pueden robar el alma.

-Lo llamamos Sócrates, no sabemos de dónde viene. Entró por la cocina hace unos días -dijo Panchito agachándose a acariciarlo.

-Tal vez viene de alguna casa vecina -interrumpió el abuelo-, le llamó la atención la comida.

-Es lindo -remarcó Beatriz.

-Ten. Agárralo un momento.

Panchito tomó al animal en brazos y lo colocó suavemente en los de su hermana, que no atinaba qué hacer.

- ¿Ves?, no siempre actúa mansamente, lo que significa que este gatito te quiere.

Beatriz no sabía qué sentir, se dejaba llevar por el suave ronroneo de aquél intruso, que le pedía caricias con sus maullidos.

Capítulo 3 3

En medio del silencio de la tarde, sonó una campana ¿o era el timbre? De cualquier modo, el sonido espantó a Sócrates, que salió despavorido a la cocina. El abuelo se levantó hasta la puerta: al otro lado solamente se escu-chó una voz leve, como si fuera un maullido agudo.

-Hola... Busco mi casa... -preguntó un niño. Tendría unos nueve o diez años y la expresión de un náufrago callejero recién abandonado-, acabo de llegar del Jardín Perdido y me dijeron que tal vez aquí me pudie-ran ayudar.

-¿Y quién es este gato pandillero? -preguntó don Antonio riendo.

-Yo lo puedo llevar -contestó Panchito-. Conozco a todos por aquí.

-Bueno, acompaña a este niño. Eso sí, regresa lo más pronto -ordenó el abuelo-, para que puedas pasar tiempo con tu hermana.

-No demoro –contestó con risa entrecortada-, Bachita.

Beatriz no dejaba de admirarse por los movimientos elegantes y suti-les de su hermano. Pasaron unos segundos e inesperadamente lo vio apa-recer otra vez en el umbral de la puerta. Por lo visto, si de algo sabía ese muchacho era de abrazos.

-No tardo -le dijo estrechándola a su pecho, antes de volver a la puerta.

El abuelo Antonio cerró la puerta.

-Otra vez un niño perdido ¬-sonrió.

-Parece que afuera hay un niño que está tan perdido como yo -contestó Beatriz.

-Pronto dejarás de estarlo. Todo es temporal y conveniente, créeme.

Mientras esto ocurría, la abuela se había ausentado para ir a la coci-na. De ésta se escapaban antiguos olores deliciosos. No tardó mucho en entrar a la mesa para colocar la vajilla. Una vez estuvieron los platos y la cubertería, se sentó con las manos entrelazadas. Algo que también hizo el abuelo. Sin duda, doña Graciela era una matrona.

-Antes de comer hay que rezar -dijo-, para agradecer a Dios.

-¿Qué es lo que comeremos hoy? -preguntó Beatriz con la intriga pegada al rostro.

-Puedes llamarme abuela, si lo deseas –le contestó en tono efusi-vo-. Pavo relleno con pasas y nueces, una delicia para una ocasión tan especial como esta –sonrió.

A Beatriz se le hicieron distantes, ajenas, aquellas oraciones. Nom-brar a un Dios que no veía, en una costumbre que no recordaba, le resulta-ba inaudito. ¿Agradecerle qué y por qué? ¿Acaso enviaba la comida por en-trega? Mientras los abuelos mantenían los dedos entrelazados, los ojos ce-rrados, la cabeza reclinada, a ella le resultaban más interesantes los cua-dros y las fotografías antiguas que, en diferentes marcos, yacían clavados en la pared. En medio de esa variedad de imágenes, notó que un elegante aparador con filigranas albergaba colecciones de platos de porcelana y cu-charas brillantes de plata.

-Este mueble guarda tesoros que heredamos de nuestra familia –dijo la abuela mirándola.

-Abuela, yo quisiera que me contase algo de mí, quiero decir de mi vida, si no es mucho pedir.

Un reloj de cuerda, con una luna blanca enorme, números romanos y manecillas gastadas, dio un par de campanadas, mientras el péndulo mar-caba sin cesar el compás del tiempo, como si fuesen los latidos del corazón que se iban de modo inevitable.

-Comprendemos tu situación y quisiera contarte algo –comentó el abuelo observándola, con los codos apoyados sobre la mesa.

-Todo, en su momento, Antonio, todo en su momento -interrumpió con firmeza la abuela, con los ojos clavados en Beatriz-. Bachita, acabas de salir de una situación delicada, de la que conversaremos cuando corres-ponda. Por lo pronto, no puedes, ni debes forzarte.

-Tengo el derecho -insistió-, siento que me desmorono. ¿Necesito saber quién soy?, ¿qué hago aquí?

-La verdad no es tan fácil de asimilar. Es entendible. Eres como un minero que quiere desesperadamente ver el sol tras haber pasado por años bajo la tierra.

-Tienes que acostumbrarte a la luz poco a poco –complementó el abuelo, callándose enseguida. Como si bastase una mirada de doña Gra-ciela para saber que no dejaría que se filtrara una astilla de duda en esa pa-red que eran sus determinaciones.

-Graciela...

-Todo en su momento, Antonio –remarcó.

Aquella fue su última palabra. Luego hubo un silencio; uno de aque-llos que se devoran las preguntas, un agujero negro, de esos que se traga hasta la luz, imponiéndose sobre cualquier duda. En un solo detalle, Beatriz comprendió que cualquier cosa, la que fuera, era preferible a enfrentarse con la mirada de aquella mujer a quien comenzaba a conocer en toda su bella, contradictoria, intensidad.

-Dejaré la comida para otro momento -susurró apartando su plato de ella-, es mejor que regrese a mi habitación.

-Si quieres saberlo, alguien muy importante va a venir a verte. No conviene irte -dijo la abuela-, mejor si te quedas.

-Esto recién comienza -susurró don Antonio.

Beatriz ya había apartado la silla de la mesa, pero volvió a acomodar-se. Al verla de vuelta, don Antonio la miró fijamente y luego le echó un vista-zo al plato.

-No tienes que comértelo todo -interrumpió con su sonrisa de abuelo feliz- solo lo que te apetezca.

De inmediato se notó que algo hizo conexión en su mente: la memo-ria de un sabor le llevó a dar una probada a la comida, luego otra y otra, hasta que terminó su plato, luego bebió el vaso con un jugo amarillento y espumoso.

-Es maracuyá -reconoció Beatriz, dejando el vaso encima de la mesa-, lo recordé.

El abuelo sonrió y sacó una navaja suiza multiusos. Con la delicade-za de un cirujano, cortó la cáscara y ofreció varios trozos de manzana pica-da a Beatriz. Ella se remontó a una casa y a un árbol, a una sensación leja-na que se extendía como un velero en medio del mar de sus mapas menta-les.

-No sé por qué, abuelos, pero se me viene a la cabeza la imagen ní-tida de un parque -dijo con los ojos entrecerrados-. Es un sitio espacioso, con árboles y flores. Lo miro, como si lo tuviera enfrente: el césped cortado, verde y resplandeciente. Las bancas blancas que lo rodean. Es como verlo ahora mismo.

-Seguro es un sitio que recuerdas -susurró don Antonio.

-Espera Bachita. Tengo una idea -se iluminó el rostro de la abuela Graciela-, mientras llega la persona que nos visitará, te acompañaré a tu dormitorio para que puedas darte un baño y ponerte algo bonito.

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