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Lazos Irrompibles

Lazos Irrompibles

Autor: : AnaValencia
Género: Romance
-¡Te odio! Él me observó sin emoción. -Bien. -Nunca te querré como tú quieres Sonrió con crueldad. -Lo veremos.

Capítulo 1 Introducción

Siempre creí que tendría a mi madre toda mi vida. Nunca ni en mis peores pesadillas contemplé la posibilidad de no tenerla. Era como si la roca que siempre me mantenía estable en los peores estados de mi vida, simplemente se hubiera pulverizado de golpe. En un segundo la tenía y al siguiente ya no estaba.

Quería culpar el tiempo por haberse llevado a una persona tan importante para mí, pero en esta ocasión, no había Sido el tiempo el culpable de no tenerla a mi lado.

Había sido un conductor alcoholizado; las constantes revisiones de mantenimiento o sus reglas estrictas de conducción, no le sirvieron de nada a mi madre para salvarse. En estadísticas, cada año, un poco más de dos millones de accidentes automovilístico son causados por estar manejando en estado de ebriedad, el cual alrededor de unos cuatro millones son las victimas afectadas. Algunas por heridas graves o como en el caso de mi madre, letales.

Saber que mi madre ahora era parte de ésa cifra me rompía el alma de una manera muy profunda.

Ver su ataúd cerrado porque las heridas habían sido tan graves para siquiera ser reconocida, me dejaba muy mal.

Sobre todo porqué mi madre siempre hablaba sobre el día que me iba a ser falta, en si llegaba el momento de irse, en qué debíamos de prepararle una decoración de muchas alcatraces en su velorio. Decía que su belleza era pura. No por nada eran sus flores favoritas.

Y en ésa mañana las tenía acompañándola por toda la eternidad.

Solo esperaba que se encontrará feliz haya arriba en el cielo, pues todo el lugar de su último adiós estaba rodeado de alcatraces. Ni siquiera la ligera llovizna arruinó la fantasía del lugar. Era como si ella misma lo hubiera decorado. Como si aún estuviera presente.

Temblé de frío.

-Vamos, Marie-dictó mi padrastro con voz dura cuando me incitó alejarme del ataúd de mi madre.

Pero yo no deseaba moverme ningún centímetro. Deseaba quedarme. Con ella.

-Aun no-pedí con un nudo en la garganta. Mis ojos se sentían irritados, dolía seguir llorando, pero no más de lo que me dolía no tener a mi madre.

Me sentía rota. Tan sola.

-Marie, por favor-habló Manuel a mi lado, y mi mejor amigo-, te vas a enfermas.

Negué con la cabeza.

-Solo un momento más-supliqué. «¿Acaso no podían entender que deseaba quedarme aquí?»

Al parecer no, porque sentí el agarré de una mano grande y fuerte sobre mi brazo.

-Es suficiente-ordenó mi padrastro en mi oído-, no puedes seguir aquí afuera, te enfermeras y no puedo permitir eso.

-Pero...-intenté decir, pero mi padrastro me detuvo en seco.

-No-espetó con dureza-, he dicho que nos vamos y eso se hará.

Por primera vez, alejé mi vista del lugar en donde ahora estaba descansando mi madre y miré a su viudo.

-Tú podrás haber perdido a tu esposa-espeté con odio-, pero yo perdí a mi madre. ¡Así que no me ordenes que nos vayamos! ¡Quiero estar aquí!

Roland Santana me miró con dureza. Quizás pensando una forma de controlar mis acciones o en palabras que pudieran hacerme más daño.

Nos quedamos mirando fijamente.

-No lo dice por no comprenderte-intervino Manuel a mi lado-, lo dice porque está preocupado por ti.

Mi padrastro y yo no desviamos la vista del otro.

No sabía si era cierto lo que decía Manuel sobre la supuesta preocupación del hombre que tenía enfrente. Pero para mí, Roland era, fue, solamente el esposo de mi madre. Nunca congeniamos bien. Siempre era crítico con mi comportamiento y yo siempre lo detesté por usar su dinero para controlarnos.

Incluso siempre había cuestionado las razones de por qué se había casado con él, excepto que estuviera enamorada. No podía negar que mi madre sonrió de nuevo gracias a él o que estos dos años fueron los más felices de su vida, pero Roland Santana nunca había sido un hombre cariñoso con ella. Siempre había tenido una máscara de indiferencia. Su frialdad era conocida. Por eso lo detestaba. Sin importar cuanto mi madre quiso verlo sonreír, él nunca lo hizo. ¡Y se fue sin ver si realmente la había amado!

-Deja de actuar como una niña-demandó mi padrastro, tomando mi brazo con firmeza-, y haz lo que se te dice.

Me acerqué a ese rostro sin emociones.

-Te odio-murmuré cerca de su rostro-, ahora sin mi madre, por fin, podré dejar de verte.

Roland Santana ni siquiera pestañó, así de acostumbrado estaba al escuchar mis palabras de desprecio

-Amas tanto a tu madre que haces este tipo de escenas aquí-espeto con frialdad-, ¿es así como te educó? ¿Es ese el ejemplo que das de su enseñanza?

Mi expresión se congeló. Toda mi lucha se fue con esas pocas palabras. Bajé mi cabeza avergonzada.

-Marie...-empezó a decir Manuel.

-No-interrumpió-, es hora de terminar esto. El lunes que tenga que ir a la escuela podrás hablar con ella. Antes no.

No pude contradecir nada, solo me dejé llevar por mi padrastro.

El camino hacía el coche, lo sentí como en un paseo en una neblina densa. Si no hubiera sido por el agarre de Santana, ni siquiera hubiera llegado a mi destino. Las únicas señales de reconocimiento sobre mi mundo exterior fueron cuando no sentí gotas mojar mi cuerpo y la sensación de movimiento.

-De ahora en adelante, nada de salidas a fiestas-ordenó Santana a mi lado-, ni a emborracharse como es tu costumbre. Guarda el luto como es debido.

Miré de reojo al hombre que se atrevía a decirme esa absurda reprimenda.

-¿Realmente piensas que tengo el corazón frío como tú?

Roland Santana miró a la ventana con la clara intención a ignorarme.

-Solo haz lo que se te dice-giró su rostro y me vio duramente-, y no tendremos ningún problema en el futuro.

-No eres mi padre.

-No lo soy, pero soy tu único familiar. Así que hazte la idea de que ahora, yo soy tu familia. No más gritos por desacuerdos. No más berrinches sin sentidos. Te comportarás como la señorita que eres. Porque al contrario de tu madre, Marie, yo no perdonaré tu falta de respeto.

Sonreí secamente.

-¿Y qué piensas hacer? ¿Castigarme?

Me observó a los ojos.

-No me retes, Marie-se me quitó la sonrisa al escuchar su tono oscuro-, no tienes idea de lo que soy capaz de hacer. Ni idea.

Capítulo 2 Cambios

Odiaba los lunes.

Sin embargo, nunca había odiado tanto un lunes como éste. Me sentía como en una exhibición. Donde todos parecía murmurar sobre la chica que se le había muerto su madre. La mayoría de los que me rodeaban me decían "lo siento", como si eso fuera hacerme sentir mejor o creer que de verdad lo dicen en serio.

Nadie sabía por lo que estaba pasando. A menos que de verdad lo hayan sentido. Eran unos hipócritas a mi parecer. Antes de la muerte de mi madre no intentaban hablarme, ¿ahora sí?

Lo mejor que podían hacer, era llevar sus malditas condolencias a otro lado.

-Deja de fruncir el ceño-comentó Manuel-, te saldrán arrugas.

Miré al chico que había estado conmigo casi toda mi vida. Prácticamente podía decir que teníamos un lazo irrompible. Había sido siempre mi compañero de aventuras. La voz de la razón. El estable en nuestra relación.

Mi mejor amigo.

-Me enoja la hipocresía-comenté mientras miraba al frente y observé más miradas de compasión. Regresé mi vista a Manuel-, detesto que ahora me hablen cuando antes no lo hacían.

-Lo sé-tomó mi mano y la entrelazo con la suya-, pero no le hagas caso.

Miré nuestras manos unidas. Su confort me ayudaba a no enloquecer realmente. Desde que había llegado a mi casa en el día anterior, Santana no volvió a dirigirme la palabra. Aunque tampoco es que quise que lo hiciera. Me ayudó a no sentirme asfixiada con su presencia. A no estar constantemente en guardia por sus ataques verbales. Aun no entendía del todo la razón, pero siempre buscaba una cosa que le caía mal de mí comportamiento. Una sola vez, me había emborrachado en mi fiesta de cumpleaños número diecisiete y desde entonces siempre que tenía oportunidad insinuaba que era una alcohólica sin remedio. Lo mismo pasó el miércoles pasado. Manuel había estado cumpliendo años y yo había querido estar con él. Sin embargo, mi madre había estado de viaje y había tenido que pedirle permiso a Santana. Su rotundo no, me hizo enojarme mucho. Sabía que, si mi madre hubiera estado con nosotros, me hubiera dado permiso.

En mi furia por esa negativa seca, me había escapado. Una hora después, Santana fue en mi búsqueda a la casa de mi mejor amigo. Me preparé para la batalla, pero para los único que nunca me preparé fue para la cruel noticia que me dio. Me sentía devastada. Simplemente dejé que me guiará el camino. Habían sido días sombríos. Esos días ni siquiera pude presentarme a clases. Santana había llamado al colegio para explicarles todos y ellos entendieron mi ausencia.

También creí que vería a un hombre roto, pero al contrario de eso, parecía igual de siempre. Como si la muerte de mi madre no hubiera alterado su equilibrada vida. Lo odiaba profundamente. No sabía ni cómo iba a poder vivir a solas con él. Mi madre había sido el muro para no matarnos. Sin ella, no creía que estuviéramos a salvo de los arranques de ira del otro.

En la mañana en que me había levantado, había decidido llevar la fiesta en paz. No faltaba mucho para que cumpliera la mayoría de edad. Dos meses y podría ser capaz de liberarme de los grilletes de Santana. Porque, aunque odiará admitirlo, Santana tenía razón. Él era mi único familiar. Mis abuelos al tener solo una hija, me habían dejado sin ninguna otra salida.

-¿Marie? -me llamó Manuel.

Lo miré y observé que estaba muy cerca de mi rostro.

-Lo siento-dije mientras me alejaba­-, estaba pensando.

-Eso veo-comentó suavemente-, ¿deseas ir algún lugar? Aunque sea para distraerte un poco.

Negué con la cabeza.

-No puedo, Santana me advirtió en la mañana que no me anduviera escapando-mentí. En realidad, el bastardo había prohibido que viniera al colegio.

-Es que no nos escaparemos-dijo Manuel con una sonrisa-, iremos después de clases. Eso no sería escaparse, ¿verdad?

Chocó su hombro con el mío.

-No-sonreí un poco-, me gustaría, creo.

Pasó un brazo sobre mi hombro y me acercó a él.

-Entonces está dicho...-me miró sonriente y muy cerca de mi rostro-, nos escaparemos.

-No lo sé-respondí mientras me alejaba de él y me levantaba de la maldita banca en que habíamos estado sentados, y continué diciendo mientras miraba a nuestros alrededores-, Santana se ha convertido en un tirano y ahora cree que debo de seguir sus estúpidas reglas.

-Nunca lo habías llamado Santana­-comentó Manuel. Lo miré y observé que estaba frunciendo el ceño.

-No pienso llamarlo papá-espete-, así que mejor aleja eso de tu mente.

-Puedes llamarlo padrastro, como antes.

Solté un suspiro mientras me cruzaba de brazos. Parpadeé rápidamente cuando sentí la aproximación de lágrimas.

-Llamarlo de esa manera, me hace sentir que todavía tengo viva a mi madre-mordí mi labio el interior de mi mejilla y desvíe la vista para continuar diciendo-, y simplemente no puedo. El día del entierro de mi madre aun me encontraba en shock, pero hoy en la mañana fue horrible. Toda la maldita casa se escuchaba como un silencio absoluto. Lo entendí. Supe que nunca iba a sentir sus brazos nuevamente.

-Marie...-intentó detenerme, pero las palabras ya no podían detenerse. Estaba saliendo a borbotones sin poder contenerlas en mi alma. Mi barbilla tembló.

-¿Sabes que fue lo peor? -sonreí secamente y miré a mi mejor amigo-, que Santana hizo mi desayuno. ¡El desayuno! ¡Pude hacerlo yo misma, pero lo hice él! ¡Como mi mamá! ¡Como mi mamá, Manuel! ¡El maldito se atrevió hacerme el desayuno!

Me tapé el rostro con mis manos. Un sollozo de puro dolor salió de mi boca.

Lo que no quería hacer desde que llegué al colegio, terminó sucediendo en la hora del desayuno. Frente a todos. Lloré con fuerza. Mi dolor fue expuesto sin que yo lo pudiera evitar. Fui la atracción interesante de la mañana. Los maldije a todos.

-Ven conmigo-dijo Manuel al mismo tiempo en que me envolvía en sus brazos-, todo estará bien.

Odié a Manuel en ese momento. Era un mentiroso de mierda. No iba a estar bien. Nada iba a estar bien. Mi madre había muerto. Todo estaba jodidamente mal. Me encontraba sola ahora. ¿Qué iba hacer ahora sin ella?

«¡¿Qué?!», pensé enloquecida de dolor.

(...)

Al parecer, mi recaída había sido tan grave que habían tenido que llamar a Santana.

Le había dicho a Manuel que no permitiera que nadie me viera, pero nada se pudo hacer cuando fuimos descubiertos por un maestro. El señor Fuentes terminó por llevarme a la enfermería y me dejaron ahí con la explicita orden de no moverme hasta que Santana viniera a recogerme.

Una hora después, aún seguía esperando.

-Perdón, Marie-volvió a decir Manuel sentado a mi lado en una de las camas de la enfermería.

Lo miré y apreté tomé su mano con la mía.

-No pasa nada­-dije con intento de sonrisa en mi rostro-, realmente fue mi culpa. Debí de hacerle caso a Santana y no venir al colegio.

-¿Tu padrastro te dijo eso? -preguntó Manuel mientras se acercaba un poco más a mí y me acomodaba el cabello-, ¿tan mal te veías como para que tuvieran que decirte eso?

-Santana dijo que podía tener una escena de falta de control-susurré imitando su postura altanera, y continué-, pero no le hice caso y le dije que deseaba ir a mi vida normal. Pura basura..., no hay forma de que tenga una vida normal ahora.

Manuel me abrazó.

-Tiempo-murmuró Manuel cerca de mi rostro-, eso dice mi madre, todo es cuestión de tiempo.

Giré mi rostro para verlo.

-Supongo que sí.

Manuel tomó mi cuello y juntó nuestras frentes. De la misma manera en que siempre lo hacía cuando todo se sentía caótico y buscaba tranquilizarme.

Cerré los ojos.

Por un instante, visualicé mi antigua vida. Cuando todo estaba bien.

Una puerta se abrió y...

-¿Qué está pasando aquí? -tronó una voz gruesa por toda la enfermería.

Abrí los ojos de golpe.

-Señor Santana, me da gusto que haya llegado por su hija-comentó la enfermera y al observar al hombre que acaba de entrar, me di cuenta que estaba mirándome furioso-, cuando guste, puede llevársela.

-Ven acá, Marie.

El agarré que tenía con Manuel se apretó. Me quejé de dolor. Al instante, Manuel me soltó. Lo miré de vuelta, pero solo observaba a Santana.

-Buenos días, señor Santana.

- Carpio-dijo sin mirarlo, y volvió a decir-, Marie, no volveré a repetirlo.

Suspiré.

-Te dije, un tirano-murmuré por debajo.

Manuel no le causó gracia mi comentario, su atención estaba en Santana. Negué con la cabeza exasperada y me levanté de la cama mientras tomaba mis cosas. La expresión sombría de Santana no cambió. Siguió igual. Aun cuando llegué a su lado.

Tomó mi brazo y se despidió de la enfermera.

Empezó a caminar y yo tuve que seguir el paso. Maldito. Giré mi rostro para despedirme de Manuel, pero ya era demasiado tarde. La puerta se había cerrado detrás de nosotros.

«Imbécil», pensé furiosa mientras me llevaba prácticamente a rastras por los pasillos del colegio. Caminamos por varios metros hasta que me cansé de ser tratada como una niña.

-¿Podrías dejar de arrastrarme? -Me ignoró-, Oye, idiota, me estás lastimando.

Me giró de golpe.

-Tu comportamiento es inaceptable-espeto cerca de mi rostro-, te ordené en la mañana que te quedarás en la casa y ahora me enteró de que estabas en el colegio. Pero eso no es todo, también descubro que perdiste en control enfrente de todo el maldito lugar. ¿Acaso no es suficiente para ti hacer el ridículo de esta manera?

Lo miré enojada e intente zafarme de su agarré. Pero simplemente hice que apretará más fuerte mi brazo y me acercará a él. Sus ojos me miraron con ira. «Era una lástima de que todos estuvieran en sus clases y nadie viera su actitud tan deplorable», pensé mientras ambos nos insultábamos con la mirada.

-Vine porque deseaba normalidad. Me daña estar en la casa sin ella.

Sonrió con crueldad.

-Me importa una mierda cuanto te duela-murmuró a centímetros de mi rostro-, te quedarás en la casa hasta que yo lo diga.

Respiré agitada.

-Eres un...-me detuve y dije en su lugar-, te odio.

-Bien, ahora camina.

Sin soltarme, volvió a llevarme a rastrar por los pasillos del colegio. Ninguno de los dos volvió hablar. Ambos igual de furioso con el otro.

Justo antes de llegar a su auto estacionado, murmuré:

-Disfruta el poder que tienes sobre mí, en unos meses, ten por seguro que no me tratarás así.

-¿Por qué? ¿Piensas irte?

La burla de su voz, me hizo mirarlo.

-Sí, pienso irme muy lejos de tu maldito rostro.

Abrió la puerta del copiloto y me sonrió.

-Lo veremos, pequeña.

Capítulo 3 Sonrisas de odio

El maldito me había sonreído de nuevo.

Aunque no eran verdaderas sonrisas, no me gustó que lo hiciera y ahora lo había hecho dos veces. Nunca, ni una sola vez le había dado una sonrisa a mi madre y me había sonreía a mí. Antes de que lo pensará correctamente, mi mano voló a su mejilla. El impacto de la cachetada resonó con fuerza en mis oídos. Pero no estaba arrepentida de lo que había hecho. Su maldita sonrisa se quitó de golpe.

Bien.

Estaba pensando en alejarme de él y correr, pero su agarre en mi brazo impidió que tuviera la oportunidad de hacer. Me observó con odio en sus ojos y se acercó hasta tener su cuerpo prácticamente encima del mío. Lo que vi en su mirada me hizo entender de que había sido un error llevarme por la ira.

No supe que tan cerca estaba de mí, hasta que sentí su cuerpo tocando el mío. Lentamente, para mi incredulidad su mana tomó mi cuello. Sin embargo, no fue eso lo que hizo que mi corazón se acelerará de golpe, fue que durante el trayecto Santana tocó mi cuerpo. No supe si fue accidental, pero lo miré con los ojos completamente abiertos.

Santana se acercó y reaccioné, di un paso atrás asustada, pero el auto terminó siendo la barrera que me impidiera alejarme completamente de él.

Desvié mi rostro cuando su cabeza se inclinó.

-Te arrepentirás de lo que hiciste-espeto Santana a centímetros de mi cara.

Me soltó del cuello y de un empujón por parte de él, caí dentro del auto. Jadeé tanto por sus palabras como de su acción sorpresiva. Aun en shock por lo que había hecho segundos anteriores, tuve que meter rápidamente mis piernas cuando me di cuenta de que Santana estaba por cerrar de golpe la puerta del auto.

En el interior, observé que mis manos se encontraban temblando y las convertí en puños. No, me negaba a tener miedo de él. Solté una respiración profunda para tranquilizarme. Cuando Santana entró en el auto, mi corazón ahora se encontraba estable. Su ira se mostraba en su rostro, pero no tanto como en sus manos. Parecía prácticamente blancas por lo mucho que apretaba el volante.

-El que esté bajo tu mando no te da derecho a que me hablas así-expuse con renovada furia-, no eres ni mi padre para hacerlo.

No habló, su atención estaba en el camino. Pasó el tiempo y se podía sentir la tensión asfixiante en ese lugar pequeño. Un semáforo rojo nos detuvo de continuar, y fue cuando Santana decidió hablar.

-Sé que no soy tu padre, Marie-la forma en que dijo aquello, me hizo verlo con el ceño fruncido y me di cuenta de que estaba mirándome-, eso lo sé muy bien. Pero ahora, tu educación depende de mí. Tu vida me pertenece.

-N-no te pertenezco.

Sonrió.

Era una sonrisa cruel. Dejé de mirarlo cuando él lo hizo. Mi vista bajó pensativa cuando dijo aquello. ¿A qué se refería con que mi vida le pertenecía? ¿Era por qué era mi único tutor o por otra cosa...? ¿Qué otra razón habría para decirme aquello? O tal vez..., se refería a que vivía en su casa y prácticamente ahora me mantenía con su dinero.

No, me negaba a ese pensamiento. No pensaba ser como mi madre. Quería ser diferente a ella. Si conseguir un trabajo impedía que Santana sintiera como que le pertenecía, pues que así sea. No tenía miedo trabajar.

Mi expresión se endureció cuando llegamos a la fachada de la casa. Santana salió rápidamente del auto y empezó a dirigirse a mi puerta. Sabía que la batalla estaba por comenzar cuando lo vi abrir la puerta en un tirón.

No tuve oportunidad de nada, Santana tomó mi brazo y me hizo salir con rudeza.

Me quejé del dolor. Pero Santana pareció disfrutar eso porque apretó con más fuerza. «Era un maldito sádico», pensé mientras sentía que volvía a enderezarme sobre mis propios pies. Observé sus ojos, su mirada parecía enloquecida. Parecía que el camino no hubiera amainado su ira, al contrario, era como si la hubiera incrementado.

Su rostro se acercó al mío.

-Te dije que no sería como tu madre, Marie, ahora sabrás las consecuencias de tu falta de respeto-espetó con frialdad mientras me acercaba a un tirón a su cuerpo. Intenté que mis manos quedaran rígidas a mis lados. No deseaba tocarlo. Sus ojos me miraron con tanto odio que me hizo preocuparme por mi seguridad.

-¿Q-que piensas hacer?

La maldita sonrisa apareció de nuevo en su rostro.

-Lo que mereces.

De un tirón, volvió a llevarme a rastrar como en la escuela.

Temblé por lo que haría.

-Perdón, perdón, ¿está bien? -empecé a decir asustada-, no volveré a levantarte la mano.

-Es demasiado tarde. Lo que voy hacerte, te lo has ganado a pulso.

El tono en que dijo eso, me hizo mirarlo con el ceño fruncido. «¿Qué había querido decir con eso exactamente? ¿Qué pensaba hacerme?», pensé con miedo y desesperación. Antes de que pudiera pensar realmente sobre esas preguntas, abrió la puerta de la casa.

Esperé ver a Marina, la mujer que hacía el aseo, pero no vino recibirnos. Todo el lugar parecía silencioso y oscuro. «¿O era por mi miedo que me hacía ver cosas que no eran?», pensé con el frío colándose en mis huesos por el temor que sentía. En el momento que caminamos por el recibidor y en dirección hacia las escaleras, me prometí no volver a retar a Santana. No sabía de lo que era capaz de hacer, pero no pensaba tentar mi suerte de ahora en adelante.

Antes de que subiéramos el primer escalón de las escaleras, escuché una risa femenina y eso detuvo en seco a Santana.

Lo miré asustada. Pero él no estaba mirándome.

-¿En serio eso te pasó, niña? -preguntó la voz inconfundible de Maggie. «¡La madre de Santana!», pensé con alivio. La seguridad de que no podía hacerme nada estando Maggie en la casa, me hizo reír.

Santana lo supo enseguida. Me observó con odio.

-No grites-ordenó Santana con voz helada, pero ya era demasiado tarde, lo miré a los ojos y con una sonrisa igual a la que me había dado hace unos minutos, grité con todas mis fuerzas:

-¡¿Maggie?! ¡¿Eres tú?!

Los ojos de Santana estaban perforándome con fuerza. Sin embargo, al escuchar los pasos de su madre, tuvo que soltarme a regañadientes. Con una expresión de puro deseo de venganza, Santana se alejó completamente de mí.

Lo miré fijamente y con una sonrisa más divertida por ver su impotencia, me di la vuelta. La sincronización fue perfecta. Pues en ese momento, apareció una anciana en un cuerpo pequeño. Pero con una fuerza que dejaba quieto a un hombre. Detrás de ella, se encontraba Marina.

-Mi niña, ven acá y déjame verte-pidió la cansada voz de Maggie.

Obedecí y me acerqué a ella. No tanto por fastidiar a Santana, sino porque realmente apreciaba a Maggie. Mi madre siempre había dicho que se alegraba de las visitas de su suegra. Pues era la única razón del porque Santana y yo nunca discutíamos en presencia de Maggie. La respetábamos demasiado para hacer eso.

Además, tendía a regañar mucho cuando no se hacían las cosas como ella quería.

-Hola, Maggie-saludé antes de abrazarla y a cambio recibí un golpe en la cabeza con su bastón de madera.

Gemí del dolor.

-Qué tú madre no esté con nosotros, no significa que tienes el derecho que faltarme al respeto, señorita. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Soy tu abuela.

Con una mueca por el golpe, tallé mi cabeza adolorida.

-Lo lamento-me miró duramente, y termine de decir-: Abuela.

Con un asentimiento seco, hizo una señal para que me acercará y la abrazará. Con un dolor en mi cabeza, lo hice.

-¿Has estado comiendo, niña? -preguntó cuándo nos alejábamos-, te ves muy delgada. Debes de comer más. ¿Acaso no te dan de comer aquí?

Miró a su hijo con reprimenda.

-¿Por qué me miras así? -preguntó el hombre detrás de mí, y cuando giré mi rostro, observé que estaba justo detrás de mí. Los ojos de Santana me miraron-, la he estado cuidando bien.

Me quedé callada.

-¿Te ha estado haciendo algo, niña? Habla, ya llegó tu abuela. Puedes hacerlo con confianza. Aun con estos viejos huesos, puedo darle su merecido a este chamaco del demonio.

Me reí por primera vez en días. La forma en que Maggie hablaba de Santana lo reducía a nada. Miré de nuevo a Maggie.

-No, todo ha estado bien.

Maggie me miró por un momento y después vio a su hijo. Frunció el ceño, pero después de varios segundos en silencio, sonrió. Aunque no era una sonrisa real, parecía... ¿tensa?

Me miró y me enderecé.

-Muy bien, niña, enséñame donde dormiré.

-¿Perdón? -soltó Santana con voz sombría-, ¿piensas quedarte?

Maggie miró a su hijo.

-Sí, ¿hay un problema en que lo haga? -la frialdad de la voz de Maggie era imposible de ignorar. Bien. Pude sentir la mirada de Santana en mí, pero yo simplemente bajé mi rostro ocultando una sonrisa.

-No, mamá, no hay ningún problema.

Alcé la mirada al escuchar ese tono extraño y observé que me miraba con ira.

-Muy bien, entonces-asintió Maggie mientras lo miraba, después, alzó la voz-: ¡Marina, trae mis cosas!

Santana hizo una mueca por el grito, pero por lo demás, no dijo nada.

Cuando Maggie se alejó unos pasos, Santana se acercó su rostro al mío.

-Una vez que ella se vaya, tú y yo, terminaremos lo que tenemos pendiente.

Iba a decir algo, pero Maggie gritó:

-¡¿Por qué te quedas atrás, Marie?! ¡Ven acá, jovencita!

No entendía que significaba la mirada que Santana me estaba dando, pero cuando Maggie volvió a llamarme, tuve que dar la media vuelta sin entender nada.

Aun así, pude sentir la mirada de Santana sobre mí.

Giré mi rostro mientras me detenía de golpe y observé esa mirada de nuevo.

Sus palabras resonaron en mi mente de nuevo:

"Sé que no soy tu padre, Marie, eso lo sé muy bien. Pero ahora, tu educación depende de mí. Tu vida me pertenece"

«Te equivocas, Santana, yo no te pertenezco», pensé mientras miraba esos ojos penetrantes y prometiéndome al mismo tiempo conseguir un trabajo.

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