El timbre sonó y la estampida habitual me agarró a mitad de camino para guardar las cosas. No tenía ninguna prisa por salir, pero tampoco quería quedarme a solas. Guardé el cuaderno en la mochila, subí el cierre y me colgué la tira al hombro, lista para salir rápido con el grupo del fondo.
-Señorita, un segundo antes de que se vaya -dijo él desde el escritorio.
Me detuve en seco cerca de la puerta. Me giré despacio, sintiendo la mirada de dos compañeras que pasaron a mi lado entre risitas. Apreté la correa de la mochila contra mi pecho.
-¿Sí, profesor? -preguntó apenas audible.
Él no levantó la vista de inmediato. Siguió firmando unas hojas con parsimonia, el bolígrafo haciendo un chasquido metálico cada vez que terminaba una hoja. La luz de la tarde entraba inclinada por la ventana, marcando las facciones de su cara y la sombra de su barba de un par de días.
-Cierre la puerta, por favor. Hay demasiado ruido en el pasillo.
Dudé un segundo. La petición era simple, pero el gesto de dejar la madera cerrada me provocó un nudo extraño en la garganta. La empujé despacio hasta escuchar el golpe del pestillo. Cuando me di la vuelta, él ya se había puesto de pie. Llevaba los brazos cruzados y se apoyaba en el borde de su mesa.
-Su rendimiento en las últimas lecturas ha bajado bastante -comentó con tono neutro-. En clase parece ausente.
-He tenido semanas complicadas, nada más -respondí de inmediato, mirando el suelo cerca de sus zapatos de vestir.
-Míreme cuando le hablo.
La orden no fue fuerte, pero tenía una gravedad que me obligó a alzar la cabeza. Me encontré con sus ojos oscuros, fijos en mí, analizando cada uno de mis movimientos. El silencio en el aula de repente se volvió enorme.
-No me gusta hablarle a la nada -continuó, dando un par de pasos hacia mí. Se detuvo a una distancia que todavía parecía profesional, pero que para mí se sentía demasiado corta-. Si hay algo que le impide concentrarse en mi materia, prefiero que me lo diga ahora.
-No hay nada, de verdad -dije, sintiendo cómo se me ponían las orejas calientes por la pura vergüenza de estar recibiendo un regaño a solas.
Él inclinó levemente la cabeza, observando la forma en que yo apretaba la mochila contra mi cuerpo, como si intentara usarla de escudo.
-Está nerviosa -observó en voz baja, casi para sí mismo.
-No estoy...
-Está a la defensiva -me interrumpió con suavidad, cortando mi excusa. Estiró la mano y, sin rozarme la piel, tocó apenas la tira de mi mochila para hacer presión hacia abajo-. Deje eso en la mesa. No la voy a regañar, solo quiero entender qué le pasa.
El leve contacto de sus dedos cerca de mi hombro hizo que se me erizara el cuello. No entendía por qué su presencia me pesaba tanto ni por qué la idea de dejar la mochila me hacía sentir expuesta, pero no fui capaz de negarme.
Salí del edificio caminando más rápido de lo normal, con la sensación absurda de que las piernas me temblaban. La tira de la mochila me pesaba en el hombro y el aire fresco de la tarde apenas me sirvió para bajar la calentura de las mejillas. No había pasado nada en el salón, nada objetivo a lo que pudiera agarrarme para justificar el nudo que traía en el estómago, pero la forma en que él me había mirado se me había quedado grabada debajo de los párpados.
Cuando llegué a mi cuarto, tiré la mochila en una esquina y me dejé caer de espaldas sobre la cama. Me quedé mirando el techo blanco en silencio. ¿Por qué me había puesto tan nerviosa? Era solo un profesor preguntando por mis notas, pero el tono de su voz y la distancia corta que había guardado no salían de mi cabeza. Me pasé la mano por el cuello, justo donde la manga de su camisa casi me había rozado, sintiendo un cosquilleo ridículo.
El vibrador del celular en la mesa de noche me sacó de golpe de mis pensamientos. Era Sofía.
-No sabes lo que acaba de pasar -soltó en cuanto contesté, sin siquiera saludar. Se le escuchaba la voz agitada y una risita entrecortada de fondo-. Casi nos atrapan.
-¿De qué hablas? ¿Dónde estás?
-En el auto de Mateo, estacionados a dos cuadras de la facultad -dijo bajando el volumen, aunque no podía ocultar la emoción-. Literalmente acabamos de hacerlo en el asiento trasero. Tengo la espalda destruida pero valió cada segundo.
Me senté en la cama, pasándome la mano por el pelo, sin saber muy bien qué decir.
-Sofía, están locos, las cámaras del parqueo...
-Ay, por favor, no seas tan aburrida -me interrumpió riendo-. El riesgo lo hace diez veces mejor. Deberías intentarlo alguna vez en lugar de pasarte las tardes encerrada estudiando. Ah, cierto, se me olvidaba que nuestra niña santa sigue intacta.
El comentario me cayó como un balde de agua fría. Apreté el teléfono contra la oreja, sintiendo un ardor punzante de vergüenza.
-No soy ninguna niña santa.
-Bueno, técnicamente sí -se burló con cariño, pero el dardo igual me dolía-. Con diecinueve años y ni un solo beso decente que contar. Mateo dice que te falta alguien que te desordene un poco para que te quites esa timidez.
No le respondí. Me quedé en silencio mientras ella seguía hablando de lo increíble que había sido y de los detalles del auto. Sin embargo, mi mente no estaba en Mateo ni en las historias de Sofía. Casi de manera involuntaria, la imagen del profesor Aranda cerrando la puerta del aula volvió a mi cabeza, junto con la forma tan firme en que me había ordenado mirarlo. Un escalofrío lento me bajó por la espalda.
¿Qué me parecería emocionante a mí?
Elegí a propósito el suéter más grande que encontré en el armario y unos jeans sueltos. Quería desaparecer, cubrirme del todo para que nadie -especialmente él- pudiera notar lo expuesta que me había sentido la tarde anterior.
Llegué al aula con el tiempo justo y me senté en el rincón más alejado. Durante toda la clase evité cruzar la mirada con el profesor Aranda. Él explicaba la lección caminando entre las filas, con su voz firme llenando el espacio. Cada vez que sus pasos se acercaban a mi pasillo, el pulso se me aceleraba contra las costillas y me enfocaba ciegamente en tomar notas sin sentido.
Al sonar el timbre, me apresuré a guardar mis cuadernos, pero su voz me detuvo antes de que pudiera pararme.
-Quédate un momento. Necesitamos revisar la estructura de tu ensayo.
Esperé en mi asiento mientras los demás salían. Cuando la puerta se cerró, él no fue a su escritorio. Caminó directamente hacia mi pupitre y se inclinó por detrás de mí, apoyando una mano sobre la madera de mi mesa, justo al lado de mis cuadernos.
La cercanía me dejó paralizada. Su pecho rozó ligeramente mi hombro por encima del suéter holgado. El olor a café y madera que desprendía me inundó la cabeza de inmediato.
-Página doce -dijo cerca de mi oreja. Su voz baja resonó directo en mi cuello.
Con las manos temblándome levemente, pasé las hojas del cuaderno. Él estiró el brazo para señalar un párrafo, y la tela de su manga me rozó la mejilla. Fue un contacto mínimo, pero sentí cómo la piel se me erizaba al instante.
-Aquí hay un vacío evidente -murmuró. Su mano bajó despacio y se apoyó en mi hombro, apretando con una firmeza que me impidió moverme-. Tu respiración está muy agitada. ¿Te molesta que esté cerca?
-No... profesor -balbuceé. La garganta se me había secado por completo.
Su mano no se retiró. Desplazó los dedos lentamente desde mi hombro hacia la clavícula, presionando apenas sobre la tela gruesa del suéter. El contraste entre la tela holgada que me cubría y la presión directa de su mano hacía que la sensación fuera el doble de intensa. Podía sentir el calor de su palma traspasando la ropa.
-Dijiste que habías estudiado, pero cada vez que me acerco pareces perder el hilo de todo -susurró, inclinándose un poco más. Su aliento cálido me dio de lleno en la piel del cuello, enviando un escalofrío directo hacia mi vientre.
Intenté tomar aire, pero la respiración se me cortó en un suspiro entrecortado. Apoyé las manos sobre el borde de la mesa para sostener el equilibrio, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho a un ritmo descontrolado. Él notó la reacción; su pulgar rozó la base de mi cuello y la presión de sus dedos se volvió aún más firme, marcando el dominio absoluto de la situación.
El sonido de su respiración cerca de mi oído era lo único que llenaba el salón. La presión de su mano en mi hombro bajó despacio, deslizándose por la tela gruesa del suéter hasta llegar a mi cintura. Me apretó contra la silla con una firmeza que me impidió cualquier intento de moverme, aunque en realidad no quería hacerlo.
-Levántate -ordenó en un murmullo grave.
Las piernas me temblaban tanto que me costó ponerme de pie. En cuanto me erguí, él dio un paso al frente, acorralándome contra el borde de la mesa. Me quedé atrapada entre la madera y la masa de su cuerpo. La diferencia de altura me obligó a alzar la cabeza, pero sus ojos oscuros me paralizaron.
-Profesor... -alcancé a pronunciar, con la voz ahogada.
-Cállate -dijo sin alzar la voz, pero con una autoridad que me cortó el aire.
Su mano subió directo a mi rostro. Agarró mi mandíbula con la firmeza justa para fijar mi posición y me besó.
No fue un roce suave. Fue un beso hambriento, directo y dominante que me tomó por sorpresa y me abrió los labios a la fuerza. El sabor a café amargo y el calor de su boca me invadieron de golpe. Un gemido involuntario se me escapó de la garganta y resonó entre los dos. Al escucharlo, él apretó más su agarre en mi nuca y profundizó el beso, empujando su lengua contra la mía con un ritmo exigente que me dejó sin aliento.
Me tomé de sus solapas para no caerme, sintiendo la tela de su saco bajo mis dedos fuera de control.
Sin romper el contacto de nuestras bocas, su otra mano bajó hasta el borde de mi suéter. Se metió por debajo de la tela holgada, buscando la piel desnuda de mi abdomen. El choque de sus dedos fríos y calificados contra mi vientre me hizo dar un brinco, pero él no se detuvo. Desplazó la palma hacia arriba, acariciando la curva de mis costillas hasta llegar al borde de mi sostén.
-Estás ardiendo -susurró contra mis labios al separarse apenas un milímetro, buscando mi mirada.
-Usted... no debería -logré articular, aunque mis manos no se soltaban de su saco y mi pecho subía y bajaba agitado contra el suyo.
Él sonrió de una forma helada, consciente del poder que tenía sobre mí. Deslizó la mano por debajo de la copa de tela y atrapó mi pecho, apretándolo con la fuerza justa para sacarme otro suspiro entrecortado. Su pulgar rozó el centro sensible que se endureció al instante bajo su tacto. Una ola de calor líquido me bajó directo entre las piernas, haciéndome apretar los muslos instintivamente.
-Dime que me detenga y me detengo -dijo en mi oído, mordisqueando apenas el lóbulo antes de bajar sus labios por la línea de mi cuello-. Pídelo.
El roce de sus labios en mi piel sensible y la presión continua de su mano en mi pecho me dejaron sin defensas. La culpa y la timidez que me habían acompañado toda la semana se disolvieron por completo bajo esa sensación abrumadora.
-No... no se detenga -confesé en un hilo de voz, rindiéndome del todo.
Él soltó una exhalación pesada contra mi piel, me tomó por la cintura con ambas manos y, de un solo movimiento, me levantó para sentarme sobre el borde de la mesa, abriendo mis piernas para colocarse justo entre ellas.
La madera fría de la mesa traspasó la tela delgada de mis jeans, pero el calor que emanaba del cuerpo del profesor Aranda me envolvía por completo. Estar sentada en el borde del escritorio me ponía casi a la altura de su rostro, con las piernas abiertas obligatoriamente para hacerle espacio entre ellas. La posición me hacía sentir expuesta, vulnerable de una forma que nunca había experimentado.
Él no tenía prisa. Apoyó ambas manos a los lados de mis caderas, encerrándome entre sus brazos. El brillo dorado de su alianza matrimonial volvió a cruzarse en mi campo de visión, recordándome exactamente dónde estábamos y quién era él.
-Mírate -dijo con esa voz grave y pausada que resonaba directo en mi pecho-. Te tiemblan las manos, tienes la respiración descontrolada y no puedes sostener la mirada más de tres segundos.
Intenté hablar, pero la garganta se me había cerrado. El aire del salón se sentía denso, pesado, cargado con el olor a su perfume y el rastro de mi propia excitación.
-No te pongas así solo por estar a solas conmigo -continuó, inclinándose un poco más hacia mí hasta que su aliento me rozó la mejilla-. Reaccionas así porque reconoces mi autoridad. Sabes que aquí mando yo, dentro y fuera del aula. Tu cuerpo lo sabe antes de que tu mente lo acepte.
Su mano derecha dejó la mesa y subió lentamente por mi muslo. El peso de su palma sobre mi pierna era firme, marcando cada centímetro que avanzaba. Me estremecí de la cabeza a los pies.
-¿No es verdad? -insistió, apretando los dedos alrededor de mi muslo con la fuerza justa para dejar en claro su control-. Responde.
-Sí, profesor... -susurré, rindiéndome por completo al tono de su voz.
Una ligera sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. Bajó la cabeza y volvió a buscar mi boca, pero esta vez con una parsimonia calculadora. Me besó sin apuro, sujetando mi nuca para mantener mi cabeza fija en su lugar. Su lengua se abrió paso con autoridad, dominando cada rincón de mi boca mientras me obligaba a responder al ritmo que él imponía.
Mientras me besaba, su mano libre desabrochó con agilidad el botón de mis jeans. El sonido del cierre deslizándose hacia abajo sonó alto en el silencio del aula. Se me cortó el aliento. Sentí la frialdad del aire entrando en el pantalón, seguido de inmediato por el calor de sus dedos buscando por debajo de la tela.
Desplazó la mano sobre la tela fina de mi ropa interior. La humedad que me cubría era evidente, imposible de ocultar.
-Mira cómo estás -murmuró al separarse de mis labios, dejando que su aliento cálido golpeara la piel de mi cuello-. Tan callada y reservada en las tres primeras filas, y ahora estás completamente empapada solo porque te ordene estarte quieta.
El ardor de la vergüenza se mezcló con un chispazo eléctrico que me recorrió el vientre. Pasó un dedo sobre la tela humedecida, presionando el centro exacto de mi deseo. Un gemido agudo se me escapó de entre los labios, pero él reaccionó de inmediato; llevó su mano a mi boca, cubriéndome la cara con la palma para ahogar el sonido.
-Silencio -ordenó en un susurro firme contra mi oído-. No queremos que nadie en el pasillo escuche lo obediente que eres.
Asentí con la cabeza sobre su palma. Sus dedos se metieron finalmente por debajo del elástico de mi panty. Cuando tocó mi piel desnuda, sentí una corriente intensa que me hizo arquear la espalda. Deslizó un dedo hacia abajo, hundiéndolo despacio entre mis pliegues empapados. La sensación de su tacto experimentado, combinado con la dureza de su postura, disolvió cualquier rastro de mi timidez.
Movió el dedo con un ritmo constante, sabiendo exactamente dónde presionar y qué fuerza aplicar. La fricción envió oleadas de calor directo a mi pelvis. Me tomé de sus hombros con desesperación, enterrando las uñas en la tela de su saco mientras intentaba seguir el movimiento de su mano, pero él usó su otra mano en mi cintura para mantener caderas fijas.
-No te muevas -dijo-. Yo marco el ritmo. Tú solo recibe lo que te doy.
Sacó la mano de mi ropa interior y se enderezó. Mis ojos, nublados por el deseo, lo siguieron mientras se llevaba los dedos a los labios para probar la humedad que me había sacado. El gesto fue tan directo, tan cargado de dominio, que mi corazón dio un vuelco salvaje.
Sin perder el contacto visual, Aranda se desabrochó el cinturón con movimientos precisos y bajó el cierre de su pantalón. Liberó su miembro, ya erecto y firme, que se mostraba con una presencia imponente en la penumbra del salón. Nunca había visto algo así tan cerca. La escala de su experiencia contra mi absoluta inexperiencia me infundió un vértigo que me hizo apretar los muslos.
Él notó mi duda y no esperó. Agarró mis piernas por la parte posterior de las rodillas y las abrió de par en par, acomodándome en la orilla exacta de la madera. Se acercó hasta que la punta de su miembro rozó mi entrada húmeda.
-Mírate -repitió, obligándome a sostener su mirada severa-. Esta es la lección de hoy. Vas a aprender a someterte.
Presionó hacia adelante. La cabeza dura de su miembro comenzó a abrirse paso despacio. El dolor inicial del estiramiento me hizo soltar un sollozo ahogado; la estrechez de mi cuerpo se resistía ante su tamaño. Me puse rígida y apreté los hombros, pero él no se detuvo, solo bajó la velocidad para mantener una presión constante e inexorable.
-Relájate -ordenó con voz grave, sujetándome la barbilla con firmeza para que no desviara la cara-. Deja que me acomode. Eres mía en este momento.
Sus palabras parecieron desbloquear algo en mi interior. Exhalé una bocanada de aire y dejé ir la resistencia. Con un empuje firme y decidido, se hundió por completo dentro de mí.
La plenitud del contacto me dejó sin aire. Sentir su cuerpo llenándome hasta el fondo, rompiendo mis barreras, desató una mezcla abrumadora de dolor dulce y placer desmedido. Me aferré a su espalda con las manos temblorosas, sintiendo el calor de su piel bajo la camisa.
Aranda se quedó inmóvil un segundo dentro de mí, disfrutando del estrecho abrazo de mi cuerpo. Luego, comenzó a moverse.
Inició con embestidas lentas, profundas y calculadas. Cada vez que se retiraba casi hasta el borde para volver a empujar hasta el fondo, el roce interno me hacía temblar la piel. La madera de la mesa crepitaba suavemente bajo nuestro peso con cada impacto. El sonido de nuestros cuerpos chocando y el ritmo acelerado de nuestras respiraciones llenaban el espacio vacío del aula.
A medida que aumentaba la velocidad, su tono dominante no cedió.
-Eso es... apriétame así -murmuró, incrementando la fuerza de cada embestida.
El placer fue escalando a una velocidad aterradora. Las sensaciones se volvieron más intensas, una ola tras otra de calor concentrado en mi vientre que amenazaba con hacerme perder el conocimiento. Me dejé llevar por su ritmo, ajustando mis caderas a sus impulsos, obedeciendo a la cadencia que él imponía sin oponer ninguna resistencia.
Él inclinó la cabeza y me besó la garganta mientras apretaba sus embestidas, más rápidas, más profundas, hasta que el techo del salón pareció dar vueltas. Una contracción salvaje me recorrió las entrañas; el orgasmo me atrapó de golpe, apretando mi cuerpo alrededor del suyo en una serie de espasmos incontrolables que me sacaron un gemido largo y rasgado.
Aranda sintió la opresión de mi clímax y aceleró el paso con un par de empujones finales y potentes antes de soltar un gruñido grave contra mi oído, entregándose él también y llenándome de su calor en el fondo mientras sostenía mi cintura con fuerza absoluta.