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Libertinaje

Libertinaje

Autor: : MarPaula
Género: Romance
Alessandra Addison creció en un entorno conservador, creyente y sumamente religioso. Dedicó toda su niñez y adolescencia a la iglesia, asegurando que a su mayoría de edad sería monja. A los dieciocho años recibió una carta de admisión a uno de los monasterios más importantes de Canadá. A su llegada se encuentra en un mundo totalmente opuesto a lo que ella se imaginó, situaciones que la llevan al límite: sangre, mafia y sexo es algo que no esperas encontrar en un lugar sagrado. Jayden Glass es el causante de todo esto. Él le enseñó el mundo oscuro que se ocultaba tras esas paredes. Y ahora solo queda dos cosas, huir o hundirse con él.

Capítulo 1 Primer día

Alessandra

Horas después de haber entrado al monasterio, supe que no era uno

convencional, no solo se trataba de un convento para postulantes a monja, si no

también que la enorme instalación se dividía en tres: un grupo de estudiantes

menores entre 12 y 17 años en su totalidad huérfanos en su mayoría niñas. Y un

área en donde también se instruía monaguillos.

Todas las zonas estaban muy bien distribuidas. Primera regla: todas teníamos

prohibido la entrada a la zona "B", (donde se encontraban los monaguillos), y a

la zona "C", (orfanato), solo podíamos entrar con algunas de las hermanas

autorizadas.

Me sentía totalmente perdida con tan solo mirar lo enorme que era el

convento. Todos estábamos aquí por una razón: entregar nuestras vidas a Dios,

no estaba bien codiciar lo material, pero era inevitable no apreciar el lujo

que nos rodeaba, todo estaba inspirado en los años 30, sin embargo, se mantenía

en perfectas condiciones, era un castillo en toda la extensión de la palabra, o

quizás una mansión.

La hermana Dolores nos entregó una bolsa blanca con la ropa que deberíamos

vestir, una biblia y un rosario. Todas íbamos ordenadamente detrás de ella

mientras nos enseñaba las instalaciones, a qué lugares podíamos ir y a cuáles

teníamos estrictamente prohibido la entrada.

Súbitamente nos detuvimos.

Todas las postulantes nos acomodamos en bancos vestidas con una sotana azul

marino. Mirábamos concentradas a la hermana Dolores: una de las encargadas más

antigua en la institución, con raíces latinas y un respeto admirable por todos

los miembros de la institución. Después de casi 6 meses al fin estaba

aquí en el monasterio de Santa Clara. Alrededor de 150 jóvenes tan ilusionadas

como yo esperábamos entregarnos por completo a Dios. Después de hacer la señal

de la cruz y esperar unos minutos, nos encaminamos hacia nuestros aposentos.

-Aquí termina el recorrido, como os he mencionado las reglas son muy

específicas y meticulosas. Por ende y por obediencia a nuestro señor

respectadla -comentó la hermana Dolores-. Ahora os entregaran una celda e irán

al comedor, pronto caerá la noche, y recuerden que a la 20:00 en punto todas

deben encerrarse en sus celdas y sumirse en oración con el señor.

Nos incorporamos y nos dividieron en dos grupos las más jóvenes nos iríamos

con la hermana Carmen y el resto con la hermana Dolores. Cada una con un

rosario en la mano y con la cabeza gacha seguimos a pasos lentos a la hermana

Carmen, una mujer de unos 39 años, vestía una sotana negra con blanco y un

rosario colgando en su cuello.

Entramos por un pasillo largo y ancho, las paredes eran de ladrillos

antiguos muy bien conservados. Mientras caminábamos noté que el pasillo estaba

lleno de puertas de maderas. La hermana Carmen tomó un llavero y procedió abrir

las puertas asignando una habitación para dos chicas. Todas tenían un número

sobre la puerta y cada número una cruz a su lado.

-Esta será su celda, recuerden rezar y leer la biblia, mantener la comunión

con Dios como les explicó la hermana Dolores -recordó la hermana Carmen, a mí y

a la que sería mi compañera de celda.

-Amén -susurré. La chica que estaba a mi lado se limitó asistir con la

cabeza, manteniendo los ojos en la nada y apretaba contra su pecho el rosario.

La hermana Dolores se retiró con el resto del grupo de chicas. Y mi

compañera y yo entramos. Habían dos camas individuales, ambas cubiertas con una

manta marrón a juego con la almohada. A mi derecha estaba un crucifijo y al

lado de una mesa una biblia como centro de ella. Solo teníamos un pequeño

armario para nuestras cosas y no había mucha privacidad.

Me arrodillé frente a mi cama y tomé el rosario.

-No quiero estar aquí -murmuró la voz de mi compañera.

La miré.

-¿Entonces por qué estas aquí?

Ella se abalanzaba de adelante hacia atrás abrazada a su rodillas en una

esquina de la cama en posición fetal. Sus ojos apretados mientras tarareaba una

alabanza en otro idioma.

Me incorporé sentándome a su lado, y puse una mano en su rodilla para que se

tranquilizara.

-Tranquila, los primeros días son difíciles pero todo se hará más llevadero

-la animé.

Ella me miró con los ojos llorosos, enseguida supe que aquella chica

arrastraba un pasado que la atormentaba.

-Gracias -agradeció limpiándose la nariz con el dorso de la sotana-. Estoy

aquí por que solo en la iglesia puedo encontrar un poco de paz.

-¿Quieres que recemos un padre nuestro? -propuse. Ella asintió, y ambas nos

arrodillamos frente a su cama.

Unos minutos después, podía escuchar como las puertas de las celdas de mis

compañeras eran abiertas, ya se disponían a ir al comedor. Hice la señal de la

cruz antes de incorporarme.

-¿Vienes? -pregunté. Ella negó con la cabeza, pero escuché su estómago

rugir.

-Prefiero quedarme a rezar un poco más -aseguró apretando sus ojos y

juntando sus manos en plegarias.

-¿Cómo te llamas? -pregunté.

-Sofía.

-Yo Alessandra -susurré. Volví a escuchar su estómago y miré hacia la

puerta-. Voy a ir al comedor también trataré de traerte algo de cenar, ¿de

acuerdo?

Ella asintió y yo procedí a salir.

El pasillo estaba casi desierto. Apenas veía rastros de algunas chicas a la

salida y apresuré mis pasos para unirme al grupo.

Llegando al comedor todas tomaban una bandeja y ordenadas desfilaban por un

buffet donde solo te servían lo que ellos consideraban. Me uní al grupo y

cuando tocó mi turno me senté en una de las mesas.

Una de las hermanas presente bendijo los alimentos y el resto comenzó a

comer en silencio. Yo pensaba en Sofía, de seguro no podía sacar una bandeja de

aquí y me daba vergüenza preguntar, todo parecía tan solemne que opté por

llevarle un poco de mi plato y evitar una llamada de atención.

Guardé mi pan, y un poco de jamón en una servilleta. Instantáneamente sentí

que estaba menos observada, me escabullí a pasos rápidos hacia la puerta. El

motivo principal de todo era que teníamos prohibido salir del comedor antes de

las 20:00 y a esa hora iríamos directo a los aposentos.

Caminé con prisa sintiéndome un poco perdida entre los pasillos, giré en la

primera esquina, chocándome de bruces con un chico. Iba vestido de negro, sus

rasgos eran fuertes y un tamaño considerable entre la media.

-¿Quién eres? -balbuceé-. ¿Qué haces aquí?, está prohibido estar en esta

zona son reglas es un pecado -dije sobresaltada.

Él me miró con una amplia sonrisa y tiró de mi mano haciendo que mi espalda

quedara contra su torso y cubrió mi boca con sus manos.

-Shhh... -susurró cerca de mi oído. Intenté moverme, ¿qué estaba haciendo?

Pero en seguida noté el sonido de unos pasos, algunas de las monjas pasaban

cerca de donde estábamos, hablaban entre ellas y reían.

Cuando los pasos se alejaron, el chico me soltó y se dispuso a irse. Lo

seguí.

-No has respondido a mi pregunta, no puedes estar en la zona "A" esta

prohibido para ti.

El chico me ignoraba y parecía tener prisa. Yo miré hacia atrás mientras lo

seguía, me estaba alejando demasiado de mi habitación y corría el riesgo de

perderme, que una de las hermana superioras me encontrara y me pusieran en

penitencia por desobedecer el primer día. De repente el chico se detuvo

clavando dos pares de ojos marrones claros en mí.

-A partir de aquí ya no puedes acompañarme, y deberías de volver a tus

aposentos antes de que te metas en problemas -aseguró, poniendo la mano sobre

el pomo de una puerta negra.

-¿Qué hay detrás de la puerta y por qué no puedo pasar? -interrogué.

Demasiada curiosa-. ¿Quién eres?

Él sonrió de lado.

-Jayden. Se perfectamente en donde estoy metido, pero estoy seguro que tu

no. Este no es un lugar para ti, me refiero a donde voy a entrar, deberías

volver con las demás.

-¿Por qué? -insté ignorando sus últimas palabras-. ¿Qué hay detrás de la

puerta?

Jayden torció el gesto nada contento con mi interrogatorio.

-Libertinaje.

-¿Qué? -balbuceé.

-Una especie de club donde todo está permitido. Yo no debería de contarte

esto es una asociación secreta que costa de 67 habitaciones, por los 66 libros

de la biblia cada uno está destinado a una habitación diferente dependiendo

como sea el nombre de la biblia que lleve, viven bajo sus normas, sus reglas

por ejemplo: en Génesis, todos van desnudos y se permite lo básico beso y sexo.

Conforme va pasando los nombres bíblicos cada uno tiene cosas únicas que te

llevan a la frenesí.

-¿Lo básico? -Pestañeé varias veces-. ¿Y el último?, la biblia tiene 66

libros y has dicho que habían 67 habitaciones -pregunté con una voz ausente. No

creía lo que estaba escuchando. Es algo que no se cuenta algo que debes ver con

tus propios ojos.

-Nunca he llegado a ese pero dicen que es el más fuerte de todos. No todos

resultan interesantes, pero algunos son el completo infierno, locura y

libertinaje sin control.

Mis pierna estaban temblando y mi corazón latía más despacio casi ausente.

-No puedo creer lo que me cuentas es...

-¡Viene alguien!, vete -ordenó, y visualicé que miraba detrás de mi con

preocupación.

Con la cabeza gacha me encaminé en dirección contraria a donde se escuchaban

los pasos. Escuché una voz una de las monjas me gritaba que me detuviera. Doblé

por unos de los pasillos, corrí hasta conseguir perderla, iba de espaldas así

que dudo que me haya visto. Terminé saliendo al centro del jardín principal es

el centro que conecta todas las zonas, un especie de jardín enorme donde suelen

pasear las monjas, todo plano a excepción de una fuente central.

Entré a la zona "A" escuchando un grupo de murmullos, las chicas

volvían a las habitaciones. Los pasillos estaban muy oscuros a pesar de que

habían algunos focos en la zonas. Corrí para unirme al grupo. Entramos en

nuestros aposentos, minutos después escuché como ponían llaves a las puertas.

Trastornada me encaminé hacia mi cama y me persigné varias veces. «Padre

santo que es este lugar».

-¿Estás bien? -quiso saber mi compañera de celda.

Asentí con la cabeza y le entregué el pan que había traído para ella, estaba

tan tensa que el pobre pan estaba machacado. Ella lo tomó agradecida se refugió

en su espacio y luego volvió a rezar. Yo intenté hacer lo mismo pero no podía,

no podía rezar tranquilamente sabiendo lo que sucedía bajo mis pies.

Sofía dormía un poco inquieta pero al menos lo hacía a diferencia de mí, las

2 de la mañana y no había logrado pegar un solo ojo, no dejaba de pensar en el

pecado y todo lo que se estaba desatando bajo mis pies, y lo que más me

preocupaba era que una parte de mí necesitaba comprobar con mis propios ojos lo

que me había contado Jayden. Tenía muchas preguntas sin respuesta y solo Jayden

podía contestar a todas, necesitaba encontrarlo, volver hablar con él.

Un quejido en forma de clamor resonó del otro lado de la puerta. Me acerqué

temblorosa con el rosario en las manos buscando protección. Todo esto era una

abominación, siempre dediqué toda mi vida a la iglesia y tengo más que claro

que fuera o dentro de ella todo esto está mal.

Pegué mi oreja a la puerta escuchando voces, parecían de jovencitas.

Parecían negarse a ser llevadas a donde sea que estaban siendo trasladadas. Más

de unas, eran varias voces, Dios padre, las niñas del orfanato. Mis labios

apretados, una garras afiladas aruñando mi garganta. No podía creer que

llevaran niñas a ese lugar. Cubrí mi boca para no sollozar. Las voces se fueron

alejando hasta no escucharse.

Después de dar vueltas por un largo rato terminé arrodillada frente a mi

cama, rezando con los ojos muy apretados buscando desaparecer todas las

suposiciones que se habían creado en mi cabeza, comenzando a rezar con

desesperación.

***

Sentí una mano en mi hombro sacudirme con delicadeza, instantáneamente me di

cuenta de que había amanecido.

-Ya es hora de ir a misa -comentó Sofía-. Te has perdido el desayuno,

no te molesté por que pensé que quizás querías ayunar.

Asentí incorporándome. Me había quedado dormida y ya eran las 9:00.

-Gracias, tuve una noche difícil.

-Yo también, tuve unas cuantas pesadillas -confesó.

Asentí y mientras ella se iba hacia la puerta yo me dispuse arreglarme para

ir a misa. Nada de esto tenía lógica y si solo fue una pesadilla. Como podían

actuar así sabiendo lo que pasaba por las noches.

Después de cambiarme la sotana azul marino por

una marrón oscuro me uní al grupo de chicas que salían ordenadas hacia la

parroquia. Un edificio grande con una forma un poco diferente a lo tradicional,

tenía dos puertas grandes de caoba, al entrar todo era tan inmenso y una

decoración tan extravagante que me recordaba al vaticano.

Habían tres hileras de bancos largos una al lado de la otra dejando un

pequeño pasillo de por medio, y la nave central que sería por donde pasaría el

sacerdote. La hermana Dolores nos indicó colocarnos en la hilera que marcaba la

letra "A", y entendí que cada hilera pertenecía a cada grupo de la zona.

Los monaguillos entraban a la hilera "B", y los niños a la "C".

Una vez todos acomodados el padre comenzó con la misa, pero yo estaba más

pendiente a encontrar a Jayden.

-En el desayuno se rumoreaba que alguna de la postulante a monja se escapó

del comedor a noche -confesó Sofía a mi lado, y terminó realizando la señal de

la cruz en varias repeticiones.

-¿Saben quien es? -pregunté nerviosa.

-No, la hermana Carmen no logró ver de quien se trataba. Pero dicen que si

descubren quien es podría ser expulsada.

Asentí mirando hacia la puerta hasta que vi entrar a Jayden. Lo seguí con la

vista hasta que se sentó en el antepenúltimo banco.

-Iré a rezar en la parte de atrás -comenté incorporándome. Me moví

sigilosamente tratando de no llamar la atención. Al llegar a la parte de atrás

me senté en la esquina que se aproximaba a su lado. Con la cabeza gacha y el

rosario en la mano susurré:

-Jayden...

-¿Qué estas haciendo?, no podemos hablar podrían vernos y meternos en

problema -susurró serio.

-Lo sé, pero necesito que hablemos -pedí apurada-. Anoche escuché ruidos,

eran niñas..., pedían ayuda ¿A dónde las llevan y por qué?

Alcé la cabeza mirándolo de reojo.

-No es el mejor lugar para hablar de esto -aseguró mirándome de soslayo y el

ceño fruncido.

-Quiero entrar... -balbuceé sin pensar.

Jayden me miró de súbito, tan sorprendido como yo, y señaló a la salida.

-Ven...

Él salió primero. Y yo comenzaba arrepentirme de lo que le acababa de

proponer. Asegurándome de que nadie me vería, salí. Él estaba en una esquina,

dentro del la zona B.

Llegando a su altura me encaminó hacia una zona un poco más desierta, y

cerró la puerta.

-No puedes entrar, no te conviene y de saber que eras tu la que merodeaba

los pasillos anoche podrían matarte.

Tragué saliva.

-Sé que está mal, pero quiero unirme al club de ser así no podrían

matarme, ¿no? -pregunté temblorosa.

-No es tan fácil entrar. Si no te ganas el sello no puedes ser parte del

club.

-¿Cuál sello?

Él remangó la manga negra de su sotana. Una serpiente negra muy bien

dibujada estaba tatuada en el lado interno de su muñeca. Lo miré sobresaltada.

-Es el código para poder entrar, la mayoría de las monjas y los sacerdotes

incluidos monaguillos que llevan tiempo aquí los llevan -explicó como si nada-.

Este sello se gana.

-¿Cómo?

Jayden frunció el ceño y negó con la cabeza.

-Esa información no te la puedo proporcionar, es confidencial solo para

miembros, pero sí puedes entrar conmigo. Te llevaría a la puerta 1. Eso si,

debes participar.

Torcí el gesto sin dejar de mirar sus ojos marrones claros, en esta posición

brillaban un poco más incluso su pelo castaño parecía resplandecer por la luz

que nos enfocaba.

-¿Participar?

-Ir desnuda, besos y sexo... Lo básico -aclaró con un brillo lujurioso.

-¿Puedo pensármelo? -siseé. Él frunció el ceño desencantado-. Yo nunca he

estado con un hombre, siempre me guardé para Dios, no es tan fácil, sería mi primera

vez, y no es normal que me pidas una orgía -protesté.

-No te pido una orgía, dentro solo pueden hacer lo que quieran los miembros

lo que poseen el tatuaje. Como mi invitada solo estarías conmigo, yo sería tu

primera vez -matizó en un tono perverso y un brillo morboso en las pupilas.

-Quieres acostarte conmigo y ni siquiera sabes mi nombre -recalqué,

indignada.

-¿Cuál es? -Pronunció sin mucho interés.

Fruncí más el ceño, yo no vine a nada de esto, pero si quiero saber qué es

todo lo que se esconde ahí abajo, esta es una oportunidad.

-Alessandra -respondí, alejándome yendo hacia la puerta-. Me lo pensaré.

-No -dijo. Me detuve y lo miré-. Ya no puedes echarte atrás sabes demasiado

de la organización y eso es un peligro.

Capítulo 2 Secretos

Alessandra

Sus palabras me habían descolocado, me sentía media atrapada.

-¿Vas a obligarme a tener sexo contigo? -pregunté.

-No, solo te recuerdo que no te conviene hablar, nada de lo que te he

comentado puede salir de tu boca -amenazó-. Quieres entrar, ¿no?, no tienes que

pensarlo mucho, es algo que simplemente haces, y luego te dejas llevar, es como

una droga al principio piensas tener el control pero llega el momento en que

nada te sacia y necesitas algo más fuerte.

-Está bien, he dicho que quiero entrar, voy hacerlo, solo será una vez

-aseguré con una voz rasposa-. ¿Cuándo vamos a ir?

-Esta noche, el club solo está abierto en las noches, a las 19:45 se activan

las puertas y a las 20:00 cuando todos están en los aposentos empiezan. -Él se

quedó pensativo unos segundos-. Nos encontraremos en el mismo pasillo de ayer a

la misma hora, procura que nadie te vea y se puntual. Yo me encargaré del

resto.

Mi corazón latía en mi cabeza, no sabía a dónde iba a meterme. Estaba

demasiado asustada como para ser consciente de lo que estaba haciendo. O quizás

solo eran nervios.

-Estaré ahí -murmuré antes de perderme entre el marco de la puerta.

Al salir e ir en dirección a la parroquia vi una chica sentada en la fuente,

lloraba sin control e iba vestida con una sotana marrón oscuro, como yo. Dentro

de la iglesia se escuchaban cantos de alabanzas en coro, me desvié de mi

destino y me senté a su lado.

-¿Puedo ayudarte en algo? -me ofrecí, notando que la jovencita que debía de

ser de mi edad, tapaba su brazo y negaba repetidas veces con la cabeza.

Yo miraba con insistencia hacia su mano, ahora estaba frustrada y buscaba el

sello del club en todo el mundo. Pero ella no tenía nada.

-Debo irme -comentó sin darme tiempo a que dijera palabra, entró a pasos

rápidos hacia la parroquia.

Al incorporarme Jayden salió de lo que fue nuestro escondite minutos atrás.

Seguí sus movimientos con mis ojos, tampoco podía quejarme, era guapo, la

sotana negra que llevaba no me permitía apreciar con exactitud su cuerpo pero

sin duda prometía, sus ojos eran llamas ardiente un volcán lujurioso

predominaba en ellos, eso revelaba experiencia. Sus rasgos eran fuertes e

imponentes una belleza salvaje y a la vez matizada con suaves perfilaciones que

le hacían lucir más abrumador, estaba muy lejos de ser feo, eso es un plus para

lo que me espera esta noche, ¿no? «Dios mío, no me reconocía», aun no entraba a

ese lugar y ya tenía deseos pecaminosos. Sus ojos se posaron en mí. Él

pareció deducir lo que estaba pensando: una sonrisa insinuante dirigida a mí y

se adentró a la misa. No me sentía digna de entrar pero si yo no lo era la

mayoría tampoco, sin embargo, todos estaban ahí fingiendo.

Me encaminé hasta sentarme al lado de Sofía, aunque trataba de concentrarme

en el sacerdote no hacía más que mirar de vez en cuando hacia la parte de

atrás, justo en donde estaba Jayden. Él evitaba mirar en mi dirección pero

podía notar que sentía cuando yo lo hacía. Suspiré pesado y concentré mi vista

al frente.

Terminando la misa, los niños y el grupo de

monaguillos se dirigieron a la salida, mientras nosotras permanecíamos a la

espera de las palabras de la hermana Dolores.

-Como sabéis, este es un lugar donde todas queremos entregar nuestras vidas

al señor, pero sobre todo tenemos reglas, la mayoría adjuntadas a la biblia, y

en una de ella está la pereza. Es algo que no se consiente y no está bien visto

ante los ojos de Dios, así que se le asignará trabajos diferentes, todos los

días después de misa irán a sus trabajos, hasta la hora del almuerzo, después

del almuerzo tendrán unas horas libres donde podrán pasear por el jardín

central -explicó la hermana Dolores.

A su lado la hermana Carmen sostenía una libreta e iba llamando por nombres

formando grupos de 7. Al escuchar mi nombre me incorporé uniéndome a mi grupo.

A Sofía y a mí, no nos tocó juntas, pero si me gustó la zona que me

asignaron, ayudaría a los niños de la zona "C" con sus deberes y una que

otra cosa más.

Al terminar de formar los grupos, mis compañeras y yo nos encaminamos detrás

de la hermana que sería nuestra guía. Apenas entramos a la zona "C",

noté un ambiente pesado, no parecía un lugar donde vivieran niños felices, todo

era lo más parecido a un hospital infantil, pero uno siniestro y muerto, no se

escuchaban risas ni el murmullo de los niños, todo estaba tan calmado y serio

que desesperaba. ¿Cómo hacían para que todos se mantuvieran tranquilos?, todos

actuaban desinteresados incluso algunos parecían moverse de forma mecánica.

Todos, estaban ahí, pero simplemente no parecían estarlo...

-Aquí hay una zona de recién nacidos, son los hijos de mujeres que por lo

regular los han abandonado, o que sus padres simplemente han tenido problemas

con el alcohol y las drogas, no han podido hacerse cargo, algunos de ellos son

especiales y merecen mayor atención, ¿alguna quiere ir a esa zona? -preguntó la

hermana que nos guiaba. Dos chicas levantaron las manos, y terminaron entrando.

Por el rabillo de la puerta pude ver varias incubadoras todas en hileras y los

bebés en ellas. La puerta se cerró interrumpiendo mi escrutinio.

Nos seguimos moviendo hasta que entré a la zona que me asignaron, a mi

y a una chica nos tocaba encargarnos de las niñas de 12 a 14 años, entramos a

una especie de biblioteca, donde la mayoría estudiaba y ni siquiera nos

dirigían la mirada. Aunque te sentaras a su lado todas mantenían su vista fija

en lo que realizaban. Solo nos dirigían la palabra para preguntar cosas muy

específicas y directas.

Mientras iban pasando las horas comencé analizar a cada una de ellas, en mi

grupo solo habían 15 y estaban sentadas en mesas separadas. Pero una en

específico llamó mi atención, era la más apartada del grupo y la más callada.

Mantenía su espacio como algo privado decorado con varios dibujos de monjas

pegados a la pared.

Me acerqué a ella sentándome a su lado, posé mis ojos en la biblia que leía,

tratando de llamar su atención, pero ella no parecía dispuesta a instalar una

conversación con nadie. Su pelo castaño claro caía como cortina cubriendo parte

de su rostro, pero lograba distinguir una gran parte.

-Hola -susurré. Silencio...-. Dibujas muy bien -halagué.

Silencio. Esperé unos minutos a su lado, para darle tiempo de entrar en

confianza.

-Soy Alessandra -murmuré en un tono amable. Nada...

Me incorporé dispuesta a dejarla.

-Anastasia -balbuceó sin levantar la cabeza, casi fue un susurro, pero lo

escuché. Sonreí.

-¿Desde cuándo estás aquí?, Anastasia. -Ella se encogió de hombros-. Es muy

aburrido estar aquí ¿a qué sí? -insté, consiguiendo arrancarle una sonrisita

tenues.

-Está prohibido instalar este tipo de conversaciones, todo lo que hablemos

debe de ser de la biblia -murmuró.

Me volví a sentar a su lado.

-Pero aquí nadie nos ve, no tienen por qué saberlo -aseguré.

Ella me miró sorprendida, y volvió a sonreír. Una sonrisa tenues y oxidada,

podía notarlo.

Sabía que la mayoría de estos niños debían de tener una historia difícil,

supongo que algunos estaban aquí desde su nacimiento y una parte de mí entendía

que necesitaban algo más que solo la palabra de Dios, también le hacía falta

cariño. Anastasia comenzó a mostrarme algunos de sus dibujos y terminamos

siendo amigas. No manteníamos una conversación fluida, pero las pocas palabras

que intercambiábamos eran suficientes.

***

Las horas mañaneras, y gran parte de las horas de la tarde habían fluido

bastante lentas y tranquilas. Después de almorzar todas teníamos unas horas

libres como nos habían prometido. Habían chicas que simplemente preferían estar

en sus aposentos y otras que iban a la zona de taller donde enseñaban

diferentes tipos de manualidades, también hay quienes estudian, pero esas

debían salir a una zona más retirada casi fuera de el monasterio.

A pasos lentos deambulaba por el jardín, pensativa..., no dejaba de darle

vueltas una y otra vez a lo mismo, solo tenía en la cabeza lo que me esperaba

en la noche. Y mientras más se ponía el sol, más sentía como la bilis subía a

mí garganta.

Me senté en un banco, y froté mis manos varias veces en la tela de la

sotana. Mis manos estaban sudadas, siempre me pasaba cuando los nervios se

apoderaban de mí. Ya comenzaba a replantearme muchas cosas, cómo: ¿si hice bien

en venir aquí?, siempre estuve muy segura, pero, ahora no tanto.

-¿En qué te ha tocado trabajar? -preguntó Sofía sentándose a mi lado.

Tardé unos segundos en volver en si.

-Ayudar a las niñas en la biblioteca, ¿y a tí?

-En la cocina, ¿sabías que elaboran de manera artesanal galletas y las

venden? -pronunció con una voz vibrosa.

Forcé una sonrisa.

-No, pero veo que te gusta la cocina.

Ella asintió en automático. Entreabrió los labios dispuesta a decir algo,

pero las campanas resonaron anunciando la cena y eso la interrumpió.

-¿Vamos al lavatorium, nos lavamos las manos y vamos a cenar? -propuso.

Miré de soslayo algunas chicas alejándose.

-Prefiero quedarme en la celda.

Ella asintió sin mucho interés y se alejó uniéndose al grupo. Me encaminé

hacia los pasillos y me dirigí a mi habitación.

Fui específicamente a el armario en donde guardaba un pequeño reloj de

bolsillo y comencé a mirarlo fijamente sentada en la cama, casi podía escuchar

como se movía la aguja en cada segundo. Estaba desesperada...

Los minutos pasaron lentos pero avanzaron, apenas el reloj marcó las 19: 45

salí disparada por la puerta con sigilo y precaución.

Llegué más rápido de lo que pensé a mi punto de encuentro con Jayden y para

mí suerte un chico se acercaba desde el otro extremo del pasillo, di por echo

que era él. Y así fue.

Al llegar a mi altura sonrió, una sonrisa que no dice nada pero que a la vez

te lo dice todo.

-Vamos antes de que nos descubran -sugerí, dando pasos hacia la puerta de la

última vez.

-Tranquila... -murmuró, siguiéndome los pasos-. No puedes ir así, llamas

demasiado la atención.

No dije nada, hasta detenernos frente a la puerta, entonces lo miré

esperando que la abriera. Él me miró dudativo, desconfiado.

-Estoy tranquila -aseguré.

Suspiramos casi al unísono y entonces abrió. Asomé rápidamente la cabeza

pero no vi nada más que una pequeña habitación y un cuadro. Fruncí el ceño.

-¿Dónde está todo?

-Entra -ordenó, permitiéndome el paso. Pasé, y escuché como él cerraba la

puerta detrás de mí. Lo miré desconfiada, pero luego desvié mi vista a hacia el

cuadro: una virgen, un cuadro común.

Me giré para verlo, frente a nosotros teníamos una pared de cristal pero no

se veía nada, Jayden, sacó un botón negro redondo y lo presionó consiguiendo al

instante que el cristal se trasparentara. En automático distinguí una puerta

«Un cristal inteligente, no pensé que tuvieran ese tipo de tecnologías aquí».

Él se acercó, abrió la puerta esta vez sin dudar y lo seguí. Visualicé un

pasillo no tan largo, las paredes estaban llenas de pequeñas puertas de metal,

una al lado de la otra siguiendo un orden cronométrico. «Cajas fuertes». Dimos

algunos pasos hasta que se detuvo frente a una, la abrió con la huella de su

dedo índice, y sacó un antifaz negro.

-Desnúdate -pidió.

-¿Eh? -balbuceé-. ¿O sea, aquí, ahora?

-Sí.

-Pero...

-Aun no hemos entrado -interrumpió, señalando la puerta al final del

pasillo-. Todo está ahí. Ya debemos entrar listos, y debes ponerte esto -añadió

levantando el antifaz.

Miré en dirección de a donde veníamos, una parte de mí quería salir

corriendo pero me contenía.

-¿Te das la vuelta? -pedí, comenzando a quitar mi sotana.

Él sonrió perverso con cara de que lo que pedía no tenía sentido, pero se

giró.

Yo también me giré, y comencé a retirar mi ropa sin prisa, escuché un

movimiento a mi espalda; miré de soslayo a Jayden, él también se estaba

desnudando.

Quité todo de mí e hice una bola con la tela apretándola contra mi pecho.

-Ya... -informé, sin darme la vuelta.

Lo sentí acercarse por detrás y acto seguido procedió a colocarme el

antifaz.

-¿Por qué tengo que ponérmelo? -murmuré.

-Es un símbolo de sumisión para nosotros, solo las mujeres los llevan, ahí

solo buscamos complacernos. Sucumbir a la carne, y el hombre es el cabecilla de

la mujer así que es algo simbólico nada más -explicó bastante convencido de que

debería ser así.

-¿Estoy obligada a participar al 100%?, no es suficiente con solo ir desnuda

y ver... -quise saber.

-Mmm..., no te avergüences de tú cuerpo, ni de tu desnudez, tampoco de lo que

puedas hacer con ello, estar como Dios nos trajo al mundo es nuestra mejor

versión -susurró en mi oído, un tono demasiado suave que me erizó el bello de

la nuca.

Me giré para mirarlo. No pude evitar apreciar su desnudez, y el hacía lo

mismo que yo, contemplarnos sin descaro. Pestañeé desviando mi vista a su cara.

-¿Eso quiere decir que puedo no participar? -proseguí sacando de sus

palabras la conclusión que me convenía.

-Bien -zanjó, tomando mi sotana y su ropa para guardarla en la caja fuerte.

Cerró la puerta y me miró-. Me lo pedirás.

-¿Ah?

-Con lo que verás ahí adentro tú sola me lo pedirás. Lo necesitarás... -siseó,

demasiado seguro. Y procedió a ir al final del pasillo.

Lo seguí con el ceño ligeramente fruncido, hasta llegar a la puerta. Al

abrirla visualicé una escalera de hormigón e iba haciendo forma de caracol, al

bajar los 10 primeros escalones había un apartado y ahí una puerta y así

sucesivamente. Asomé la cabeza hacia el fondo de la escalera todo se veía

oscuro, como si te fuera a tragar el sótano, conforme íbamos bajando los

primeros escalones las luces se iban encendiendo. Esto era otro nivel, en todo

lo sentidos nada que ver con el edificio inspirado en la arquitectura de los

años 30 que es el conservatorio.

-Uff, son demasiados escalones, ¿no hay un ascensor? -pregunté.

El torció el gesto y arqueó una ceja divertido.

-¿Acaso piensas llegar hasta la puerta 67? -vaciló.

-No..., lo digo por los demás -aclaré con demasiada urgencia.

-Hay ascensores.

Lo miré curiosa.

-¿Entonces quieres decir que esta no es la única entrada?

-Así es -afirmó.

-¿Dónde está el resto? -quise saber.

-Preguntas demasiado -instó un poco más serio-. Todo a su tiempo.

Al llegar a la puerta, Jayden tecleó unos dígitos haciendo que se abriera

una pequeña ventana, introdujo la muñeca que llevaba tatuada, y segundos

después la puerta se desbloqueó. Instantáneamente escuché ruidos, lo miré,

apenas sentía mis piernas de lo nerviosa que estaba.

-Adelante -invitó, permitiéndome el paso primero.

Capítulo 3 Descubriendo cosas

Alessandra

Me quedé clavada en la entrada, a mi vista estaban alrededor de 20 personas

llenando el lugar sin ningún pudor. La enorme habitación resplandecía iluminada

con luces Leds violeta. En el centro de todo junto en el fondo estaba lo más

parecido a un mini bar, donde una chica no tan joven servía alcohol. Y

efectivamente todas las mujeres llevaban un antifaz parecido al mío. Todos iban

a lo suyo, nadie se detenía a mirar embelesado como lo estaba haciendo yo.

Sentía el corazón en la boca, tan solo la sutil música que se escuchaba de

fondo me erizaba la piel.

-Así que solo quieres ver...-vaciló Jayden a mi espalda cerca de mi oído,

ronco y suave. Su cuerpo hizo contacto con el mío haciéndome tantear su

desnudez piel con piel. Al instante sentí sus dedos paseándose por mi brazo

tocándome con avidez, sentía sus dedos envolviéndome con el poder endemoniado

de la seducción. Entrecerré los ojos. Sus dedos eran agradables, roces sedosos

y ardientes de los que no quieres que paren. Caricias subían y bajaban por el

lateral de mi brazo cortándome el aliento. No sabía qué me sucedía todo parecía

incrementarse aquí o quizás estaba muy sensible, un acercamiento extraño

y tan íntimo nunca antes experimentado que me ponía a flaquear como una

gelatina en un colador. Demasiado vulnerable.

-Sí, solo ver -me obligué a decir ignorando la piel que había erizado.

Dejé de sentir su aliento en mi cuello y mi cuerpo lo agradeció en silencio,

ya que mi boca no fue capaz de pedírselo.

-Entonces solo mira -casi fue un reto. Yo podía controlarme claro que podía,

llevaba tiempo reprimiéndome y esto solo era una prueba más de mi compromiso

con la iglesia. «¡Que hipócrita era!». Cómo podía pensar tal cosa, cuando

estaba aquí abriéndole mi corazón al pecado.

Apreté los ojos para borrar todas esas ideas de mi cabeza ahora solo quería

dejar mi mente en blanco.

-Puedes sentarte ahí -invitó Jayden, señalando un sillón de cuero negro-.

Está por comenzar.

El sillón estaba prácticamente en el centro dentro de las dimensiones de la

habitación. Mientras me encaminaba hacia el sillón visualicé en el otro extremo

dos camas cubiertas con sábanas negras. En la cama yacían un grupo de chicas

alrededor de tres hombres, a diferencia de las demás ellas si llevaban ropa

interior. Sus dedos jugueteando entre todas en un enredo donde no se sabía

quien era quién.

Cerca a ellos varios hombres estaban sentados uno al lado del otro en un

sofá, dos de ellos movían sus manos con rapidez masturbándose entre gemidos

roncos, mientras se deleitaban contemplando como una chica se tocaba, ella

deslizaba sus dedos desde sus senos hacia su entrepierna, con la boca

entreabierta lamía sus labios al tiempo que bailaba explícitamente en una

barra de pole dance. Próximo a ellos había otra pareja de hombres

besándose.

Desvié la vista al sentarme con lentitud en el sofá, y miré en

dirección a Jayden. Él contemplaba todo maravillado, la obscenidad que brillaba

en su rostro era descabellada.

Mi pulso latiendo al compás de los latidos de mi corazón, y sentía acabar de

correr un maratón.

Desvié la vista hacia mi izquierda donde había una mujer esposada con

cadenas a la pared, ella parecía disfrutar mientras una chica vertía cera sobre

sus senos. La cera roja caía en el centro de su pecho y se desplazaba con

lentitud por su vientre hasta su ombligo donde se detenía, y volvía a derramar

cera repitiendo el mismo proceso unas cuantas veces más. Sus sutiles gemidos

indicaban que realmente era delicioso lo que sentía cuando la cera caliente

hacía contacto con su piel.

Ambas comenzaron a mover sus cuerpos con agilidad en un baile lento y ágil,

la chica que vertía la cera deslizó su mano por el muslo interno de la mujer

que estaba atada e hundió suavemente sus dedos entre sus pliegues, arrancándole

gemidos desmesurados. La otra se dejaba tocar abriendo más las piernas,

ondulaba la curva de su espalda pegada a la pared invitando a su compañera a

que continúe. La que sostenía la vela arrastró su lengua por la mejilla

de su cautiva un desplazamiento lento..., y viscoso que endureció los pezones de

su presa y terminaron besándose lengua con lengua en el aire un beso demasiado

húmedo...

Bajé la vista a mis senos comprobando que efectivamente estaba igual, mis

pezones erectos.

«Dios mío, mi alma saliendo de mi cuerpo, ya había visto suficiente...».

De repente la música se detuvo pasando a una más lenta y provocadora, el

color violeta de las luces led, cambió a un rojo intenso. Y todos parecieron

activarse en automático.

Jayden se dejó caer en un sofá frente al mío, a una distancia considerable.

Su cuerpo se apreciaba a la perfección, las piernas semiabierta los brazos

desplegados reposados sobre el respaldo del sofá. Pasé saliva al encontrarme

con su miembro erecto. Él deslizó una mano acariciándose y eso me hizo alzar

los ojos a los suyos. Una mirada en llama que me insinuaba lo que quería de mí.

Y por una milésima de segundo imaginé que eran mis dedos lo que se enroscaban

en su erección, mojó sus labios adueñándose de todo lo que me definía, una pose

tan insinuante como insolente ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente

erótico? Mis uñas clavándose en la piel del sillón, mis rodillas vibrando y mi

entrepierna mojándose.

Una chica pasó por mi lado cortando mi campo de visión con una bandeja de

condones ofreciéndolo de lo más normal, se detuvo cerca de mi donde otras dos

chicas que no había visto se besaban y tocaban, una de ellas se encaminó al

sofá en donde estaba Jayden, se sentó ahorcajada sobre él descaradamente y como

si nada comenzaron a besarse, podía ver como sus lengua jugueteaban,

mientras ella movía sus caderas en círculo, frenético. El roce era

tangible no dejaban nada a la imaginación, ambos desnudos rosándose de esa

manera tan salvaje solo podía desencadenar enajenación, delirio infrenable.

Sin romper el beso, Jayden, se incorporó con las piernas de la chica

enrolladas a su cintura y la dejó caer sobre el sofá, él deslizó su lengua

húmedamente desde el mentón de la pelinegra hasta su vientre. Se desplazó hacia

abajo deteniéndose en su entre pierna y la abrió sin tapujos, hundiéndose entre

ella. La chica se arqueó al tiempo que hundía sus dedos entre el pelo de

Jayden, dejando salir gemidos altos y profundos, un disfrute contagioso.

Estaba demasiada concentrada en como él, lamía, jugaba y chupaba el clítoris

de la chica, lucia demasiado salvaje y placentero. Casi podía escuchar el

sonido húmedo de sus labios al succionar.

Mi saliva se hizo más líquida y comencé a sentirme rara.

Presenciar esto me incomodaba, me sentía fuera de lugar y, muy

caliente.

Me hundí en el sillón retorciendo mis piernas, la apretaba en un intento de

mantener el control y detener la oleada de calor que comenzaba acalambrarme las

piernas invitándome a que me tocara.

Mi respiración irregular y el deseo haciéndome esclava de la excitación.

Comencé a frotar mis piernas mientras las apretaba, mi clítoris hinchado latía

y mientras más apretaba mis piernas, más latía, más placer, más deseo. Me

arqueé contra el sillón clavando mis uñas en la piel e inclinando la cabeza

hacia atrás, mis ojos quedaron hacia el techo y lo que vi me hizo explotar,

todo el techo era un espejo enorme donde podía ver lo que la mayoría hacía,

como se besaban, tocaban, jugaban, fornicaban y ahí estaba yo con los ojos

blancos, asfixiada por la cúspide de el libido y sin dejar de pensar en lo que

me gustaría que me hicieran, gemí cerrando los ojos y retorciendo las piernas.

Iba a tener un orgasmos sin que nadie me tocara y no podía ni quería detenerlo,

cerré los ojos con más fuerza haciendo cómplice a mi respiración de cómo mi

cuerpo me engullía al orgasmo más placentero que jamás había experimentado.

Dos minutos tardé luchando para que el aire llegara a mis pulmones, y dos

minutos fueron los suficientes para volver a tener las ideas claras y comenzar

a sentirme culpable. Abrí los ojos y evité mirar en cualquier dirección que no

fuera mis pies, me sentía avergonzada y bastante enfadada con Jayden por

haberme traído aquí, no tuve que mirar en su dirección para saber lo que le

estaba haciendo a esa chica, me molestaba por que hacía nada quería acostarse conmigo

y ahora estaba sobre otra mujer en mis propios ojos sin importarle nada.

¿Acaso fui la única en sentir la chispa entre los dos en aquella intensa

caricia en mi brazo?

Me incliné hacia adelante apoyando mis codos en las rodillas con la cabeza

gacha entre mis manos, sintiéndome ridículamente indignada. Alisé mi pelo hacia

atrás y traté de desconectarme unos segundos, pero el ruido, todo lo que ya

había presenciado y el olor a sexo no ayudaba.

Me incorporé como un resorte disparada hacia la puerta y salí. Nadie me

impidió la salida y apenas cerré la puerta todo el ruido se esfumó. Subí los 10

escalones que había bajado y entre por el pasillo. Me recosté contra el metal

de la caja fuerte de Jayden, aquí lo esperaría.

Pasados unos minutos escuché unos pasos, pensé que era él, pero no, otro

chico se detuvo frente a donde me encontraba y abrió su caja fuerte sin

prestarme mucha atención, comenzó a vestirse. Que incómodo.

-Disculpa -dije, mirando dentro de su caja.

Él me miró como si acabara de notar mi presencia.

-¿Podrías dejarme ropa? -pedí. No me importaba que fuera una sotana de

hombre me bastaba para llegar a mi celda.

Él me miró de arriba abajo y terminó sonriendo de lado, al tiempo que sacaba

algo.

-Ten.

Sujeté la sotana negra que me pasaba y me la coloqué rápido.

-Deberías quitarte eso antes de salir.

Casi olvido el antifaz. Me lo retiré.

-Gracias -murmuré y me apresuré a salir.

Podía sentir sus ojos en mi espalda. Pasé la puerta de cristal y crucé la

última puerta hasta llegar al pasillo. Todo en silencio, demasiado tranquilo.

Me moví desubicada, no por que no conociera el camino, más bien estaba media

ida.

Yo quería saber que había en esas puertas y no creo que haya nada más fuerte

que lo que acababa de ver, ya lo había visto todo no necesito volver ahí, no

necesito saber nada más ¿Qué mas se puede esperar de ese lugar? «Que violen

niñas», me susurró mi voz interior, recordándome los quejidos que escuché la

última vez.

Resoplé. ¿Quién habrá creado este lugar?, quién está detrás de todo esto.

Intenté abrir mi celda, y las puertas estaban con llave. Miré a cada lado

pensando que hacer. ¡El baño!, la excusa perfecta. Ahí pasaría el resto de la

noche encerrada en el baño, apena suenen las campanas me visto y voy al

comedor. De paso sirve que me ducho.

***

La noche más estresante de mi vida. No dejaba de escuchar ruidos de vez en

cuando durante la madrugada sin olvidar que no dormí a pesar de que me

cabeceaba a momentos. Y el sonido de las campanas fue un reto para mí, tener

que ir rápido a vestirme sin llamar a la tensión y estar a tiempo en el

comedor. Pero lo conseguí. Agradecí con un gesto de cabeza a la hermana que

servía mi bandeja, y me dejé caer en una de las mesas. Estaba distraída pero de

fondo escuché la bendición de los alimentos y algunas palabras a las cuales no

le presté mucha atención.

-Estuve rezando casi toda la madrugada y no llegaste a dormir -comentó muy

bajo Sofía, sin levantar su vista de la bandeja.

-No me encontraba bien, tenía diarrea y no podía aguantar encerrada así que

me quedé en el baño -justifiqué.

Una espina clavándose en mi garganta, desde que llegué no he hecho más que

mentir, pecar y desobedecer.

-Entiendo -aseguró mirándome de soslayo-. Necesito confesarte algo

-pronunció ansiosa apretando el pan con las uñas.

Mordí pan, y le di un sorbo a mi taza de chocolate, esperando que hablara.

-Estoy embarazada -soltó.

El chocolate se me fue a la nariz acompañado de una tos seca. Varios ojos se

posaron en nosotras. Bajé la cabeza hasta que dejamos de ser el centro de atención.

-¿Qué? -balbuceé.

-No es nada de lo que piensas -justificó-. Recibí la carta de ingreso hace

más de 2 meses, ese día era mi cumpleaños tomé unas copas de vino, pero se nos

fue de las manos y no fui consiente de nada hasta el día siguiente, estoy

arrepentida. Y no sabía como remediarlo, así que simplemente no dije nada pero

hoy hace 2 meses que no me baja. No quería entrar aquí, pero tampoco quería

perder esta oportunidad, me siento tan mal, ¿qué voy hacer?

Me quedé en silencio, con los ojos como dos faroles sin saber que decir para

eso no había una solución más que abandonar el monasterio.

-No sé que decirte Sofía, es muy... -hice una pausa y bajé la voz-. Porqué no

te retiras un tiempo, tienes al bebé y cuando estés lista te vuelves a postular

para ser monja si es lo que realmente siente tu...

-No puedo tener al bebé -interrumpió-. Sé que es un pecado pero quiero

abortar -afirmó.

Sin duda no debíamos hablar esto aquí alguien podría escucharnos.

-Sofía... -traté de razonar para que lo pensara mejor.

-Es mi hermano -confesó. Y yo la miré de súbito-. Él padre de mi bebé es mi

hermano.

Me quedé muda, desencajada. Y Sofía casi pálida. Que una postulante a monja

estuviera embarazada después del meticuloso proceso de admisión que solían

llevar y conociendo el prestigio de honor que tenía el monasterios de Santa

Clara, seguro que la matarían solo por evitar un escándalo, después de todo no

eran tan honestos como decían en su fe.

-Ayúdame -suplicó en un murmullo.

-Sofía yo no...

-Por favor... -pidió desesperada-. Eres a la única que me he atrevido a

contárselo.

Puse una mano sobre la suya para que mantuviera el control estaba al borde

de saltar en lágrimas.

-Pensaré en algo -aseguré, teniendo a Jayden en la cabeza, él quizás pueda

echarme una mano.

Yo no pensaba volver a buscarlo no quería tener nada que ver con él. Estaba

un poco a la defensiva solo de pensar que tendría que verlo.

-Gracias -dijo honesta.

-No tengo nada seguro, pero dame unos días para encontrar la mejor solución

-aclaré. Ella me miró con una pizca de esperanza que me hizo sentir como una

asesina.

El sonido de todas las presentes incorporándose dando por terminado el

desayuno nos hizo unirnos al grupo. Ahora tenía que pensar en una manera de

hablar de esto con él. Más problemas y sentía que esto solo empezaba.

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