Alessandra
Horas después de haber entrado al monasterio, supe que no era uno
convencional, no solo se trataba de un convento para postulantes a monja, si no
también que la enorme instalación se dividía en tres: un grupo de estudiantes
menores entre 12 y 17 años en su totalidad huérfanos en su mayoría niñas. Y un
área en donde también se instruía monaguillos.
Todas las zonas estaban muy bien distribuidas. Primera regla: todas teníamos
prohibido la entrada a la zona "B", (donde se encontraban los monaguillos), y a
la zona "C", (orfanato), solo podíamos entrar con algunas de las hermanas
autorizadas.
Me sentía totalmente perdida con tan solo mirar lo enorme que era el
convento. Todos estábamos aquí por una razón: entregar nuestras vidas a Dios,
no estaba bien codiciar lo material, pero era inevitable no apreciar el lujo
que nos rodeaba, todo estaba inspirado en los años 30, sin embargo, se mantenía
en perfectas condiciones, era un castillo en toda la extensión de la palabra, o
quizás una mansión.
La hermana Dolores nos entregó una bolsa blanca con la ropa que deberíamos
vestir, una biblia y un rosario. Todas íbamos ordenadamente detrás de ella
mientras nos enseñaba las instalaciones, a qué lugares podíamos ir y a cuáles
teníamos estrictamente prohibido la entrada.
Súbitamente nos detuvimos.
Todas las postulantes nos acomodamos en bancos vestidas con una sotana azul
marino. Mirábamos concentradas a la hermana Dolores: una de las encargadas más
antigua en la institución, con raíces latinas y un respeto admirable por todos
los miembros de la institución. Después de casi 6 meses al fin estaba
aquí en el monasterio de Santa Clara. Alrededor de 150 jóvenes tan ilusionadas
como yo esperábamos entregarnos por completo a Dios. Después de hacer la señal
de la cruz y esperar unos minutos, nos encaminamos hacia nuestros aposentos.
-Aquí termina el recorrido, como os he mencionado las reglas son muy
específicas y meticulosas. Por ende y por obediencia a nuestro señor
respectadla -comentó la hermana Dolores-. Ahora os entregaran una celda e irán
al comedor, pronto caerá la noche, y recuerden que a la 20:00 en punto todas
deben encerrarse en sus celdas y sumirse en oración con el señor.
Nos incorporamos y nos dividieron en dos grupos las más jóvenes nos iríamos
con la hermana Carmen y el resto con la hermana Dolores. Cada una con un
rosario en la mano y con la cabeza gacha seguimos a pasos lentos a la hermana
Carmen, una mujer de unos 39 años, vestía una sotana negra con blanco y un
rosario colgando en su cuello.
Entramos por un pasillo largo y ancho, las paredes eran de ladrillos
antiguos muy bien conservados. Mientras caminábamos noté que el pasillo estaba
lleno de puertas de maderas. La hermana Carmen tomó un llavero y procedió abrir
las puertas asignando una habitación para dos chicas. Todas tenían un número
sobre la puerta y cada número una cruz a su lado.
-Esta será su celda, recuerden rezar y leer la biblia, mantener la comunión
con Dios como les explicó la hermana Dolores -recordó la hermana Carmen, a mí y
a la que sería mi compañera de celda.
-Amén -susurré. La chica que estaba a mi lado se limitó asistir con la
cabeza, manteniendo los ojos en la nada y apretaba contra su pecho el rosario.
La hermana Dolores se retiró con el resto del grupo de chicas. Y mi
compañera y yo entramos. Habían dos camas individuales, ambas cubiertas con una
manta marrón a juego con la almohada. A mi derecha estaba un crucifijo y al
lado de una mesa una biblia como centro de ella. Solo teníamos un pequeño
armario para nuestras cosas y no había mucha privacidad.
Me arrodillé frente a mi cama y tomé el rosario.
-No quiero estar aquí -murmuró la voz de mi compañera.
La miré.
-¿Entonces por qué estas aquí?
Ella se abalanzaba de adelante hacia atrás abrazada a su rodillas en una
esquina de la cama en posición fetal. Sus ojos apretados mientras tarareaba una
alabanza en otro idioma.
Me incorporé sentándome a su lado, y puse una mano en su rodilla para que se
tranquilizara.
-Tranquila, los primeros días son difíciles pero todo se hará más llevadero
-la animé.
Ella me miró con los ojos llorosos, enseguida supe que aquella chica
arrastraba un pasado que la atormentaba.
-Gracias -agradeció limpiándose la nariz con el dorso de la sotana-. Estoy
aquí por que solo en la iglesia puedo encontrar un poco de paz.
-¿Quieres que recemos un padre nuestro? -propuse. Ella asintió, y ambas nos
arrodillamos frente a su cama.
Unos minutos después, podía escuchar como las puertas de las celdas de mis
compañeras eran abiertas, ya se disponían a ir al comedor. Hice la señal de la
cruz antes de incorporarme.
-¿Vienes? -pregunté. Ella negó con la cabeza, pero escuché su estómago
rugir.
-Prefiero quedarme a rezar un poco más -aseguró apretando sus ojos y
juntando sus manos en plegarias.
-¿Cómo te llamas? -pregunté.
-Sofía.
-Yo Alessandra -susurré. Volví a escuchar su estómago y miré hacia la
puerta-. Voy a ir al comedor también trataré de traerte algo de cenar, ¿de
acuerdo?
Ella asintió y yo procedí a salir.
El pasillo estaba casi desierto. Apenas veía rastros de algunas chicas a la
salida y apresuré mis pasos para unirme al grupo.
Llegando al comedor todas tomaban una bandeja y ordenadas desfilaban por un
buffet donde solo te servían lo que ellos consideraban. Me uní al grupo y
cuando tocó mi turno me senté en una de las mesas.
Una de las hermanas presente bendijo los alimentos y el resto comenzó a
comer en silencio. Yo pensaba en Sofía, de seguro no podía sacar una bandeja de
aquí y me daba vergüenza preguntar, todo parecía tan solemne que opté por
llevarle un poco de mi plato y evitar una llamada de atención.
Guardé mi pan, y un poco de jamón en una servilleta. Instantáneamente sentí
que estaba menos observada, me escabullí a pasos rápidos hacia la puerta. El
motivo principal de todo era que teníamos prohibido salir del comedor antes de
las 20:00 y a esa hora iríamos directo a los aposentos.
Caminé con prisa sintiéndome un poco perdida entre los pasillos, giré en la
primera esquina, chocándome de bruces con un chico. Iba vestido de negro, sus
rasgos eran fuertes y un tamaño considerable entre la media.
-¿Quién eres? -balbuceé-. ¿Qué haces aquí?, está prohibido estar en esta
zona son reglas es un pecado -dije sobresaltada.
Él me miró con una amplia sonrisa y tiró de mi mano haciendo que mi espalda
quedara contra su torso y cubrió mi boca con sus manos.
-Shhh... -susurró cerca de mi oído. Intenté moverme, ¿qué estaba haciendo?
Pero en seguida noté el sonido de unos pasos, algunas de las monjas pasaban
cerca de donde estábamos, hablaban entre ellas y reían.
Cuando los pasos se alejaron, el chico me soltó y se dispuso a irse. Lo
seguí.
-No has respondido a mi pregunta, no puedes estar en la zona "A" esta
prohibido para ti.
El chico me ignoraba y parecía tener prisa. Yo miré hacia atrás mientras lo
seguía, me estaba alejando demasiado de mi habitación y corría el riesgo de
perderme, que una de las hermana superioras me encontrara y me pusieran en
penitencia por desobedecer el primer día. De repente el chico se detuvo
clavando dos pares de ojos marrones claros en mí.
-A partir de aquí ya no puedes acompañarme, y deberías de volver a tus
aposentos antes de que te metas en problemas -aseguró, poniendo la mano sobre
el pomo de una puerta negra.
-¿Qué hay detrás de la puerta y por qué no puedo pasar? -interrogué.
Demasiada curiosa-. ¿Quién eres?
Él sonrió de lado.
-Jayden. Se perfectamente en donde estoy metido, pero estoy seguro que tu
no. Este no es un lugar para ti, me refiero a donde voy a entrar, deberías
volver con las demás.
-¿Por qué? -insté ignorando sus últimas palabras-. ¿Qué hay detrás de la
puerta?
Jayden torció el gesto nada contento con mi interrogatorio.
-Libertinaje.
-¿Qué? -balbuceé.
-Una especie de club donde todo está permitido. Yo no debería de contarte
esto es una asociación secreta que costa de 67 habitaciones, por los 66 libros
de la biblia cada uno está destinado a una habitación diferente dependiendo
como sea el nombre de la biblia que lleve, viven bajo sus normas, sus reglas
por ejemplo: en Génesis, todos van desnudos y se permite lo básico beso y sexo.
Conforme va pasando los nombres bíblicos cada uno tiene cosas únicas que te
llevan a la frenesí.
-¿Lo básico? -Pestañeé varias veces-. ¿Y el último?, la biblia tiene 66
libros y has dicho que habían 67 habitaciones -pregunté con una voz ausente. No
creía lo que estaba escuchando. Es algo que no se cuenta algo que debes ver con
tus propios ojos.
-Nunca he llegado a ese pero dicen que es el más fuerte de todos. No todos
resultan interesantes, pero algunos son el completo infierno, locura y
libertinaje sin control.
Mis pierna estaban temblando y mi corazón latía más despacio casi ausente.
-No puedo creer lo que me cuentas es...
-¡Viene alguien!, vete -ordenó, y visualicé que miraba detrás de mi con
preocupación.
Con la cabeza gacha me encaminé en dirección contraria a donde se escuchaban
los pasos. Escuché una voz una de las monjas me gritaba que me detuviera. Doblé
por unos de los pasillos, corrí hasta conseguir perderla, iba de espaldas así
que dudo que me haya visto. Terminé saliendo al centro del jardín principal es
el centro que conecta todas las zonas, un especie de jardín enorme donde suelen
pasear las monjas, todo plano a excepción de una fuente central.
Entré a la zona "A" escuchando un grupo de murmullos, las chicas
volvían a las habitaciones. Los pasillos estaban muy oscuros a pesar de que
habían algunos focos en la zonas. Corrí para unirme al grupo. Entramos en
nuestros aposentos, minutos después escuché como ponían llaves a las puertas.
Trastornada me encaminé hacia mi cama y me persigné varias veces. «Padre
santo que es este lugar».
-¿Estás bien? -quiso saber mi compañera de celda.
Asentí con la cabeza y le entregué el pan que había traído para ella, estaba
tan tensa que el pobre pan estaba machacado. Ella lo tomó agradecida se refugió
en su espacio y luego volvió a rezar. Yo intenté hacer lo mismo pero no podía,
no podía rezar tranquilamente sabiendo lo que sucedía bajo mis pies.
Sofía dormía un poco inquieta pero al menos lo hacía a diferencia de mí, las
2 de la mañana y no había logrado pegar un solo ojo, no dejaba de pensar en el
pecado y todo lo que se estaba desatando bajo mis pies, y lo que más me
preocupaba era que una parte de mí necesitaba comprobar con mis propios ojos lo
que me había contado Jayden. Tenía muchas preguntas sin respuesta y solo Jayden
podía contestar a todas, necesitaba encontrarlo, volver hablar con él.
Un quejido en forma de clamor resonó del otro lado de la puerta. Me acerqué
temblorosa con el rosario en las manos buscando protección. Todo esto era una
abominación, siempre dediqué toda mi vida a la iglesia y tengo más que claro
que fuera o dentro de ella todo esto está mal.
Pegué mi oreja a la puerta escuchando voces, parecían de jovencitas.
Parecían negarse a ser llevadas a donde sea que estaban siendo trasladadas. Más
de unas, eran varias voces, Dios padre, las niñas del orfanato. Mis labios
apretados, una garras afiladas aruñando mi garganta. No podía creer que
llevaran niñas a ese lugar. Cubrí mi boca para no sollozar. Las voces se fueron
alejando hasta no escucharse.
Después de dar vueltas por un largo rato terminé arrodillada frente a mi
cama, rezando con los ojos muy apretados buscando desaparecer todas las
suposiciones que se habían creado en mi cabeza, comenzando a rezar con
desesperación.
***
Sentí una mano en mi hombro sacudirme con delicadeza, instantáneamente me di
cuenta de que había amanecido.
-Ya es hora de ir a misa -comentó Sofía-. Te has perdido el desayuno,
no te molesté por que pensé que quizás querías ayunar.
Asentí incorporándome. Me había quedado dormida y ya eran las 9:00.
-Gracias, tuve una noche difícil.
-Yo también, tuve unas cuantas pesadillas -confesó.
Asentí y mientras ella se iba hacia la puerta yo me dispuse arreglarme para
ir a misa. Nada de esto tenía lógica y si solo fue una pesadilla. Como podían
actuar así sabiendo lo que pasaba por las noches.
Después de cambiarme la sotana azul marino por
una marrón oscuro me uní al grupo de chicas que salían ordenadas hacia la
parroquia. Un edificio grande con una forma un poco diferente a lo tradicional,
tenía dos puertas grandes de caoba, al entrar todo era tan inmenso y una
decoración tan extravagante que me recordaba al vaticano.
Habían tres hileras de bancos largos una al lado de la otra dejando un
pequeño pasillo de por medio, y la nave central que sería por donde pasaría el
sacerdote. La hermana Dolores nos indicó colocarnos en la hilera que marcaba la
letra "A", y entendí que cada hilera pertenecía a cada grupo de la zona.
Los monaguillos entraban a la hilera "B", y los niños a la "C".
Una vez todos acomodados el padre comenzó con la misa, pero yo estaba más
pendiente a encontrar a Jayden.
-En el desayuno se rumoreaba que alguna de la postulante a monja se escapó
del comedor a noche -confesó Sofía a mi lado, y terminó realizando la señal de
la cruz en varias repeticiones.
-¿Saben quien es? -pregunté nerviosa.
-No, la hermana Carmen no logró ver de quien se trataba. Pero dicen que si
descubren quien es podría ser expulsada.
Asentí mirando hacia la puerta hasta que vi entrar a Jayden. Lo seguí con la
vista hasta que se sentó en el antepenúltimo banco.
-Iré a rezar en la parte de atrás -comenté incorporándome. Me moví
sigilosamente tratando de no llamar la atención. Al llegar a la parte de atrás
me senté en la esquina que se aproximaba a su lado. Con la cabeza gacha y el
rosario en la mano susurré:
-Jayden...
-¿Qué estas haciendo?, no podemos hablar podrían vernos y meternos en
problema -susurró serio.
-Lo sé, pero necesito que hablemos -pedí apurada-. Anoche escuché ruidos,
eran niñas..., pedían ayuda ¿A dónde las llevan y por qué?
Alcé la cabeza mirándolo de reojo.
-No es el mejor lugar para hablar de esto -aseguró mirándome de soslayo y el
ceño fruncido.
-Quiero entrar... -balbuceé sin pensar.
Jayden me miró de súbito, tan sorprendido como yo, y señaló a la salida.
-Ven...
Él salió primero. Y yo comenzaba arrepentirme de lo que le acababa de
proponer. Asegurándome de que nadie me vería, salí. Él estaba en una esquina,
dentro del la zona B.
Llegando a su altura me encaminó hacia una zona un poco más desierta, y
cerró la puerta.
-No puedes entrar, no te conviene y de saber que eras tu la que merodeaba
los pasillos anoche podrían matarte.
Tragué saliva.
-Sé que está mal, pero quiero unirme al club de ser así no podrían
matarme, ¿no? -pregunté temblorosa.
-No es tan fácil entrar. Si no te ganas el sello no puedes ser parte del
club.
-¿Cuál sello?
Él remangó la manga negra de su sotana. Una serpiente negra muy bien
dibujada estaba tatuada en el lado interno de su muñeca. Lo miré sobresaltada.
-Es el código para poder entrar, la mayoría de las monjas y los sacerdotes
incluidos monaguillos que llevan tiempo aquí los llevan -explicó como si nada-.
Este sello se gana.
-¿Cómo?
Jayden frunció el ceño y negó con la cabeza.
-Esa información no te la puedo proporcionar, es confidencial solo para
miembros, pero sí puedes entrar conmigo. Te llevaría a la puerta 1. Eso si,
debes participar.
Torcí el gesto sin dejar de mirar sus ojos marrones claros, en esta posición
brillaban un poco más incluso su pelo castaño parecía resplandecer por la luz
que nos enfocaba.
-¿Participar?
-Ir desnuda, besos y sexo... Lo básico -aclaró con un brillo lujurioso.
-¿Puedo pensármelo? -siseé. Él frunció el ceño desencantado-. Yo nunca he
estado con un hombre, siempre me guardé para Dios, no es tan fácil, sería mi primera
vez, y no es normal que me pidas una orgía -protesté.
-No te pido una orgía, dentro solo pueden hacer lo que quieran los miembros
lo que poseen el tatuaje. Como mi invitada solo estarías conmigo, yo sería tu
primera vez -matizó en un tono perverso y un brillo morboso en las pupilas.
-Quieres acostarte conmigo y ni siquiera sabes mi nombre -recalqué,
indignada.
-¿Cuál es? -Pronunció sin mucho interés.
Fruncí más el ceño, yo no vine a nada de esto, pero si quiero saber qué es
todo lo que se esconde ahí abajo, esta es una oportunidad.
-Alessandra -respondí, alejándome yendo hacia la puerta-. Me lo pensaré.
-No -dijo. Me detuve y lo miré-. Ya no puedes echarte atrás sabes demasiado
de la organización y eso es un peligro.
Alessandra
Sus palabras me habían descolocado, me sentía media atrapada.
-¿Vas a obligarme a tener sexo contigo? -pregunté.
-No, solo te recuerdo que no te conviene hablar, nada de lo que te he
comentado puede salir de tu boca -amenazó-. Quieres entrar, ¿no?, no tienes que
pensarlo mucho, es algo que simplemente haces, y luego te dejas llevar, es como
una droga al principio piensas tener el control pero llega el momento en que
nada te sacia y necesitas algo más fuerte.
-Está bien, he dicho que quiero entrar, voy hacerlo, solo será una vez
-aseguré con una voz rasposa-. ¿Cuándo vamos a ir?
-Esta noche, el club solo está abierto en las noches, a las 19:45 se activan
las puertas y a las 20:00 cuando todos están en los aposentos empiezan. -Él se
quedó pensativo unos segundos-. Nos encontraremos en el mismo pasillo de ayer a
la misma hora, procura que nadie te vea y se puntual. Yo me encargaré del
resto.
Mi corazón latía en mi cabeza, no sabía a dónde iba a meterme. Estaba
demasiado asustada como para ser consciente de lo que estaba haciendo. O quizás
solo eran nervios.
-Estaré ahí -murmuré antes de perderme entre el marco de la puerta.
Al salir e ir en dirección a la parroquia vi una chica sentada en la fuente,
lloraba sin control e iba vestida con una sotana marrón oscuro, como yo. Dentro
de la iglesia se escuchaban cantos de alabanzas en coro, me desvié de mi
destino y me senté a su lado.
-¿Puedo ayudarte en algo? -me ofrecí, notando que la jovencita que debía de
ser de mi edad, tapaba su brazo y negaba repetidas veces con la cabeza.
Yo miraba con insistencia hacia su mano, ahora estaba frustrada y buscaba el
sello del club en todo el mundo. Pero ella no tenía nada.
-Debo irme -comentó sin darme tiempo a que dijera palabra, entró a pasos
rápidos hacia la parroquia.
Al incorporarme Jayden salió de lo que fue nuestro escondite minutos atrás.
Seguí sus movimientos con mis ojos, tampoco podía quejarme, era guapo, la
sotana negra que llevaba no me permitía apreciar con exactitud su cuerpo pero
sin duda prometía, sus ojos eran llamas ardiente un volcán lujurioso
predominaba en ellos, eso revelaba experiencia. Sus rasgos eran fuertes e
imponentes una belleza salvaje y a la vez matizada con suaves perfilaciones que
le hacían lucir más abrumador, estaba muy lejos de ser feo, eso es un plus para
lo que me espera esta noche, ¿no? «Dios mío, no me reconocía», aun no entraba a
ese lugar y ya tenía deseos pecaminosos. Sus ojos se posaron en mí. Él
pareció deducir lo que estaba pensando: una sonrisa insinuante dirigida a mí y
se adentró a la misa. No me sentía digna de entrar pero si yo no lo era la
mayoría tampoco, sin embargo, todos estaban ahí fingiendo.
Me encaminé hasta sentarme al lado de Sofía, aunque trataba de concentrarme
en el sacerdote no hacía más que mirar de vez en cuando hacia la parte de
atrás, justo en donde estaba Jayden. Él evitaba mirar en mi dirección pero
podía notar que sentía cuando yo lo hacía. Suspiré pesado y concentré mi vista
al frente.
Terminando la misa, los niños y el grupo de
monaguillos se dirigieron a la salida, mientras nosotras permanecíamos a la
espera de las palabras de la hermana Dolores.
-Como sabéis, este es un lugar donde todas queremos entregar nuestras vidas
al señor, pero sobre todo tenemos reglas, la mayoría adjuntadas a la biblia, y
en una de ella está la pereza. Es algo que no se consiente y no está bien visto
ante los ojos de Dios, así que se le asignará trabajos diferentes, todos los
días después de misa irán a sus trabajos, hasta la hora del almuerzo, después
del almuerzo tendrán unas horas libres donde podrán pasear por el jardín
central -explicó la hermana Dolores.
A su lado la hermana Carmen sostenía una libreta e iba llamando por nombres
formando grupos de 7. Al escuchar mi nombre me incorporé uniéndome a mi grupo.
A Sofía y a mí, no nos tocó juntas, pero si me gustó la zona que me
asignaron, ayudaría a los niños de la zona "C" con sus deberes y una que
otra cosa más.
Al terminar de formar los grupos, mis compañeras y yo nos encaminamos detrás
de la hermana que sería nuestra guía. Apenas entramos a la zona "C",
noté un ambiente pesado, no parecía un lugar donde vivieran niños felices, todo
era lo más parecido a un hospital infantil, pero uno siniestro y muerto, no se
escuchaban risas ni el murmullo de los niños, todo estaba tan calmado y serio
que desesperaba. ¿Cómo hacían para que todos se mantuvieran tranquilos?, todos
actuaban desinteresados incluso algunos parecían moverse de forma mecánica.
Todos, estaban ahí, pero simplemente no parecían estarlo...
-Aquí hay una zona de recién nacidos, son los hijos de mujeres que por lo
regular los han abandonado, o que sus padres simplemente han tenido problemas
con el alcohol y las drogas, no han podido hacerse cargo, algunos de ellos son
especiales y merecen mayor atención, ¿alguna quiere ir a esa zona? -preguntó la
hermana que nos guiaba. Dos chicas levantaron las manos, y terminaron entrando.
Por el rabillo de la puerta pude ver varias incubadoras todas en hileras y los
bebés en ellas. La puerta se cerró interrumpiendo mi escrutinio.
Nos seguimos moviendo hasta que entré a la zona que me asignaron, a mi
y a una chica nos tocaba encargarnos de las niñas de 12 a 14 años, entramos a
una especie de biblioteca, donde la mayoría estudiaba y ni siquiera nos
dirigían la mirada. Aunque te sentaras a su lado todas mantenían su vista fija
en lo que realizaban. Solo nos dirigían la palabra para preguntar cosas muy
específicas y directas.
Mientras iban pasando las horas comencé analizar a cada una de ellas, en mi
grupo solo habían 15 y estaban sentadas en mesas separadas. Pero una en
específico llamó mi atención, era la más apartada del grupo y la más callada.
Mantenía su espacio como algo privado decorado con varios dibujos de monjas
pegados a la pared.
Me acerqué a ella sentándome a su lado, posé mis ojos en la biblia que leía,
tratando de llamar su atención, pero ella no parecía dispuesta a instalar una
conversación con nadie. Su pelo castaño claro caía como cortina cubriendo parte
de su rostro, pero lograba distinguir una gran parte.
-Hola -susurré. Silencio...-. Dibujas muy bien -halagué.
Silencio. Esperé unos minutos a su lado, para darle tiempo de entrar en
confianza.
-Soy Alessandra -murmuré en un tono amable. Nada...
Me incorporé dispuesta a dejarla.
-Anastasia -balbuceó sin levantar la cabeza, casi fue un susurro, pero lo
escuché. Sonreí.
-¿Desde cuándo estás aquí?, Anastasia. -Ella se encogió de hombros-. Es muy
aburrido estar aquí ¿a qué sí? -insté, consiguiendo arrancarle una sonrisita
tenues.
-Está prohibido instalar este tipo de conversaciones, todo lo que hablemos
debe de ser de la biblia -murmuró.
Me volví a sentar a su lado.
-Pero aquí nadie nos ve, no tienen por qué saberlo -aseguré.
Ella me miró sorprendida, y volvió a sonreír. Una sonrisa tenues y oxidada,
podía notarlo.
Sabía que la mayoría de estos niños debían de tener una historia difícil,
supongo que algunos estaban aquí desde su nacimiento y una parte de mí entendía
que necesitaban algo más que solo la palabra de Dios, también le hacía falta
cariño. Anastasia comenzó a mostrarme algunos de sus dibujos y terminamos
siendo amigas. No manteníamos una conversación fluida, pero las pocas palabras
que intercambiábamos eran suficientes.
***
Las horas mañaneras, y gran parte de las horas de la tarde habían fluido
bastante lentas y tranquilas. Después de almorzar todas teníamos unas horas
libres como nos habían prometido. Habían chicas que simplemente preferían estar
en sus aposentos y otras que iban a la zona de taller donde enseñaban
diferentes tipos de manualidades, también hay quienes estudian, pero esas
debían salir a una zona más retirada casi fuera de el monasterio.
A pasos lentos deambulaba por el jardín, pensativa..., no dejaba de darle
vueltas una y otra vez a lo mismo, solo tenía en la cabeza lo que me esperaba
en la noche. Y mientras más se ponía el sol, más sentía como la bilis subía a
mí garganta.
Me senté en un banco, y froté mis manos varias veces en la tela de la
sotana. Mis manos estaban sudadas, siempre me pasaba cuando los nervios se
apoderaban de mí. Ya comenzaba a replantearme muchas cosas, cómo: ¿si hice bien
en venir aquí?, siempre estuve muy segura, pero, ahora no tanto.
-¿En qué te ha tocado trabajar? -preguntó Sofía sentándose a mi lado.
Tardé unos segundos en volver en si.
-Ayudar a las niñas en la biblioteca, ¿y a tí?
-En la cocina, ¿sabías que elaboran de manera artesanal galletas y las
venden? -pronunció con una voz vibrosa.
Forcé una sonrisa.
-No, pero veo que te gusta la cocina.
Ella asintió en automático. Entreabrió los labios dispuesta a decir algo,
pero las campanas resonaron anunciando la cena y eso la interrumpió.
-¿Vamos al lavatorium, nos lavamos las manos y vamos a cenar? -propuso.
Miré de soslayo algunas chicas alejándose.
-Prefiero quedarme en la celda.
Ella asintió sin mucho interés y se alejó uniéndose al grupo. Me encaminé
hacia los pasillos y me dirigí a mi habitación.
Fui específicamente a el armario en donde guardaba un pequeño reloj de
bolsillo y comencé a mirarlo fijamente sentada en la cama, casi podía escuchar
como se movía la aguja en cada segundo. Estaba desesperada...
Los minutos pasaron lentos pero avanzaron, apenas el reloj marcó las 19: 45
salí disparada por la puerta con sigilo y precaución.
Llegué más rápido de lo que pensé a mi punto de encuentro con Jayden y para
mí suerte un chico se acercaba desde el otro extremo del pasillo, di por echo
que era él. Y así fue.
Al llegar a mi altura sonrió, una sonrisa que no dice nada pero que a la vez
te lo dice todo.
-Vamos antes de que nos descubran -sugerí, dando pasos hacia la puerta de la
última vez.
-Tranquila... -murmuró, siguiéndome los pasos-. No puedes ir así, llamas
demasiado la atención.
No dije nada, hasta detenernos frente a la puerta, entonces lo miré
esperando que la abriera. Él me miró dudativo, desconfiado.
-Estoy tranquila -aseguré.
Suspiramos casi al unísono y entonces abrió. Asomé rápidamente la cabeza
pero no vi nada más que una pequeña habitación y un cuadro. Fruncí el ceño.
-¿Dónde está todo?
-Entra -ordenó, permitiéndome el paso. Pasé, y escuché como él cerraba la
puerta detrás de mí. Lo miré desconfiada, pero luego desvié mi vista a hacia el
cuadro: una virgen, un cuadro común.
Me giré para verlo, frente a nosotros teníamos una pared de cristal pero no
se veía nada, Jayden, sacó un botón negro redondo y lo presionó consiguiendo al
instante que el cristal se trasparentara. En automático distinguí una puerta
«Un cristal inteligente, no pensé que tuvieran ese tipo de tecnologías aquí».
Él se acercó, abrió la puerta esta vez sin dudar y lo seguí. Visualicé un
pasillo no tan largo, las paredes estaban llenas de pequeñas puertas de metal,
una al lado de la otra siguiendo un orden cronométrico. «Cajas fuertes». Dimos
algunos pasos hasta que se detuvo frente a una, la abrió con la huella de su
dedo índice, y sacó un antifaz negro.
-Desnúdate -pidió.
-¿Eh? -balbuceé-. ¿O sea, aquí, ahora?
-Sí.
-Pero...
-Aun no hemos entrado -interrumpió, señalando la puerta al final del
pasillo-. Todo está ahí. Ya debemos entrar listos, y debes ponerte esto -añadió
levantando el antifaz.
Miré en dirección de a donde veníamos, una parte de mí quería salir
corriendo pero me contenía.
-¿Te das la vuelta? -pedí, comenzando a quitar mi sotana.
Él sonrió perverso con cara de que lo que pedía no tenía sentido, pero se
giró.
Yo también me giré, y comencé a retirar mi ropa sin prisa, escuché un
movimiento a mi espalda; miré de soslayo a Jayden, él también se estaba
desnudando.
Quité todo de mí e hice una bola con la tela apretándola contra mi pecho.
-Ya... -informé, sin darme la vuelta.
Lo sentí acercarse por detrás y acto seguido procedió a colocarme el
antifaz.
-¿Por qué tengo que ponérmelo? -murmuré.
-Es un símbolo de sumisión para nosotros, solo las mujeres los llevan, ahí
solo buscamos complacernos. Sucumbir a la carne, y el hombre es el cabecilla de
la mujer así que es algo simbólico nada más -explicó bastante convencido de que
debería ser así.
-¿Estoy obligada a participar al 100%?, no es suficiente con solo ir desnuda
y ver... -quise saber.
-Mmm..., no te avergüences de tú cuerpo, ni de tu desnudez, tampoco de lo que
puedas hacer con ello, estar como Dios nos trajo al mundo es nuestra mejor
versión -susurró en mi oído, un tono demasiado suave que me erizó el bello de
la nuca.
Me giré para mirarlo. No pude evitar apreciar su desnudez, y el hacía lo
mismo que yo, contemplarnos sin descaro. Pestañeé desviando mi vista a su cara.
-¿Eso quiere decir que puedo no participar? -proseguí sacando de sus
palabras la conclusión que me convenía.
-Bien -zanjó, tomando mi sotana y su ropa para guardarla en la caja fuerte.
Cerró la puerta y me miró-. Me lo pedirás.
-¿Ah?
-Con lo que verás ahí adentro tú sola me lo pedirás. Lo necesitarás... -siseó,
demasiado seguro. Y procedió a ir al final del pasillo.
Lo seguí con el ceño ligeramente fruncido, hasta llegar a la puerta. Al
abrirla visualicé una escalera de hormigón e iba haciendo forma de caracol, al
bajar los 10 primeros escalones había un apartado y ahí una puerta y así
sucesivamente. Asomé la cabeza hacia el fondo de la escalera todo se veía
oscuro, como si te fuera a tragar el sótano, conforme íbamos bajando los
primeros escalones las luces se iban encendiendo. Esto era otro nivel, en todo
lo sentidos nada que ver con el edificio inspirado en la arquitectura de los
años 30 que es el conservatorio.
-Uff, son demasiados escalones, ¿no hay un ascensor? -pregunté.
El torció el gesto y arqueó una ceja divertido.
-¿Acaso piensas llegar hasta la puerta 67? -vaciló.
-No..., lo digo por los demás -aclaré con demasiada urgencia.
-Hay ascensores.
Lo miré curiosa.
-¿Entonces quieres decir que esta no es la única entrada?
-Así es -afirmó.
-¿Dónde está el resto? -quise saber.
-Preguntas demasiado -instó un poco más serio-. Todo a su tiempo.
Al llegar a la puerta, Jayden tecleó unos dígitos haciendo que se abriera
una pequeña ventana, introdujo la muñeca que llevaba tatuada, y segundos
después la puerta se desbloqueó. Instantáneamente escuché ruidos, lo miré,
apenas sentía mis piernas de lo nerviosa que estaba.
-Adelante -invitó, permitiéndome el paso primero.
Alessandra
Me quedé clavada en la entrada, a mi vista estaban alrededor de 20 personas
llenando el lugar sin ningún pudor. La enorme habitación resplandecía iluminada
con luces Leds violeta. En el centro de todo junto en el fondo estaba lo más
parecido a un mini bar, donde una chica no tan joven servía alcohol. Y
efectivamente todas las mujeres llevaban un antifaz parecido al mío. Todos iban
a lo suyo, nadie se detenía a mirar embelesado como lo estaba haciendo yo.
Sentía el corazón en la boca, tan solo la sutil música que se escuchaba de
fondo me erizaba la piel.
-Así que solo quieres ver...-vaciló Jayden a mi espalda cerca de mi oído,
ronco y suave. Su cuerpo hizo contacto con el mío haciéndome tantear su
desnudez piel con piel. Al instante sentí sus dedos paseándose por mi brazo
tocándome con avidez, sentía sus dedos envolviéndome con el poder endemoniado
de la seducción. Entrecerré los ojos. Sus dedos eran agradables, roces sedosos
y ardientes de los que no quieres que paren. Caricias subían y bajaban por el
lateral de mi brazo cortándome el aliento. No sabía qué me sucedía todo parecía
incrementarse aquí o quizás estaba muy sensible, un acercamiento extraño
y tan íntimo nunca antes experimentado que me ponía a flaquear como una
gelatina en un colador. Demasiado vulnerable.
-Sí, solo ver -me obligué a decir ignorando la piel que había erizado.
Dejé de sentir su aliento en mi cuello y mi cuerpo lo agradeció en silencio,
ya que mi boca no fue capaz de pedírselo.
-Entonces solo mira -casi fue un reto. Yo podía controlarme claro que podía,
llevaba tiempo reprimiéndome y esto solo era una prueba más de mi compromiso
con la iglesia. «¡Que hipócrita era!». Cómo podía pensar tal cosa, cuando
estaba aquí abriéndole mi corazón al pecado.
Apreté los ojos para borrar todas esas ideas de mi cabeza ahora solo quería
dejar mi mente en blanco.
-Puedes sentarte ahí -invitó Jayden, señalando un sillón de cuero negro-.
Está por comenzar.
El sillón estaba prácticamente en el centro dentro de las dimensiones de la
habitación. Mientras me encaminaba hacia el sillón visualicé en el otro extremo
dos camas cubiertas con sábanas negras. En la cama yacían un grupo de chicas
alrededor de tres hombres, a diferencia de las demás ellas si llevaban ropa
interior. Sus dedos jugueteando entre todas en un enredo donde no se sabía
quien era quién.
Cerca a ellos varios hombres estaban sentados uno al lado del otro en un
sofá, dos de ellos movían sus manos con rapidez masturbándose entre gemidos
roncos, mientras se deleitaban contemplando como una chica se tocaba, ella
deslizaba sus dedos desde sus senos hacia su entrepierna, con la boca
entreabierta lamía sus labios al tiempo que bailaba explícitamente en una
barra de pole dance. Próximo a ellos había otra pareja de hombres
besándose.
Desvié la vista al sentarme con lentitud en el sofá, y miré en
dirección a Jayden. Él contemplaba todo maravillado, la obscenidad que brillaba
en su rostro era descabellada.
Mi pulso latiendo al compás de los latidos de mi corazón, y sentía acabar de
correr un maratón.
Desvié la vista hacia mi izquierda donde había una mujer esposada con
cadenas a la pared, ella parecía disfrutar mientras una chica vertía cera sobre
sus senos. La cera roja caía en el centro de su pecho y se desplazaba con
lentitud por su vientre hasta su ombligo donde se detenía, y volvía a derramar
cera repitiendo el mismo proceso unas cuantas veces más. Sus sutiles gemidos
indicaban que realmente era delicioso lo que sentía cuando la cera caliente
hacía contacto con su piel.
Ambas comenzaron a mover sus cuerpos con agilidad en un baile lento y ágil,
la chica que vertía la cera deslizó su mano por el muslo interno de la mujer
que estaba atada e hundió suavemente sus dedos entre sus pliegues, arrancándole
gemidos desmesurados. La otra se dejaba tocar abriendo más las piernas,
ondulaba la curva de su espalda pegada a la pared invitando a su compañera a
que continúe. La que sostenía la vela arrastró su lengua por la mejilla
de su cautiva un desplazamiento lento..., y viscoso que endureció los pezones de
su presa y terminaron besándose lengua con lengua en el aire un beso demasiado
húmedo...
Bajé la vista a mis senos comprobando que efectivamente estaba igual, mis
pezones erectos.
«Dios mío, mi alma saliendo de mi cuerpo, ya había visto suficiente...».
De repente la música se detuvo pasando a una más lenta y provocadora, el
color violeta de las luces led, cambió a un rojo intenso. Y todos parecieron
activarse en automático.
Jayden se dejó caer en un sofá frente al mío, a una distancia considerable.
Su cuerpo se apreciaba a la perfección, las piernas semiabierta los brazos
desplegados reposados sobre el respaldo del sofá. Pasé saliva al encontrarme
con su miembro erecto. Él deslizó una mano acariciándose y eso me hizo alzar
los ojos a los suyos. Una mirada en llama que me insinuaba lo que quería de mí.
Y por una milésima de segundo imaginé que eran mis dedos lo que se enroscaban
en su erección, mojó sus labios adueñándose de todo lo que me definía, una pose
tan insinuante como insolente ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente
erótico? Mis uñas clavándose en la piel del sillón, mis rodillas vibrando y mi
entrepierna mojándose.
Una chica pasó por mi lado cortando mi campo de visión con una bandeja de
condones ofreciéndolo de lo más normal, se detuvo cerca de mi donde otras dos
chicas que no había visto se besaban y tocaban, una de ellas se encaminó al
sofá en donde estaba Jayden, se sentó ahorcajada sobre él descaradamente y como
si nada comenzaron a besarse, podía ver como sus lengua jugueteaban,
mientras ella movía sus caderas en círculo, frenético. El roce era
tangible no dejaban nada a la imaginación, ambos desnudos rosándose de esa
manera tan salvaje solo podía desencadenar enajenación, delirio infrenable.
Sin romper el beso, Jayden, se incorporó con las piernas de la chica
enrolladas a su cintura y la dejó caer sobre el sofá, él deslizó su lengua
húmedamente desde el mentón de la pelinegra hasta su vientre. Se desplazó hacia
abajo deteniéndose en su entre pierna y la abrió sin tapujos, hundiéndose entre
ella. La chica se arqueó al tiempo que hundía sus dedos entre el pelo de
Jayden, dejando salir gemidos altos y profundos, un disfrute contagioso.
Estaba demasiada concentrada en como él, lamía, jugaba y chupaba el clítoris
de la chica, lucia demasiado salvaje y placentero. Casi podía escuchar el
sonido húmedo de sus labios al succionar.
Mi saliva se hizo más líquida y comencé a sentirme rara.
Presenciar esto me incomodaba, me sentía fuera de lugar y, muy
caliente.
Me hundí en el sillón retorciendo mis piernas, la apretaba en un intento de
mantener el control y detener la oleada de calor que comenzaba acalambrarme las
piernas invitándome a que me tocara.
Mi respiración irregular y el deseo haciéndome esclava de la excitación.
Comencé a frotar mis piernas mientras las apretaba, mi clítoris hinchado latía
y mientras más apretaba mis piernas, más latía, más placer, más deseo. Me
arqueé contra el sillón clavando mis uñas en la piel e inclinando la cabeza
hacia atrás, mis ojos quedaron hacia el techo y lo que vi me hizo explotar,
todo el techo era un espejo enorme donde podía ver lo que la mayoría hacía,
como se besaban, tocaban, jugaban, fornicaban y ahí estaba yo con los ojos
blancos, asfixiada por la cúspide de el libido y sin dejar de pensar en lo que
me gustaría que me hicieran, gemí cerrando los ojos y retorciendo las piernas.
Iba a tener un orgasmos sin que nadie me tocara y no podía ni quería detenerlo,
cerré los ojos con más fuerza haciendo cómplice a mi respiración de cómo mi
cuerpo me engullía al orgasmo más placentero que jamás había experimentado.
Dos minutos tardé luchando para que el aire llegara a mis pulmones, y dos
minutos fueron los suficientes para volver a tener las ideas claras y comenzar
a sentirme culpable. Abrí los ojos y evité mirar en cualquier dirección que no
fuera mis pies, me sentía avergonzada y bastante enfadada con Jayden por
haberme traído aquí, no tuve que mirar en su dirección para saber lo que le
estaba haciendo a esa chica, me molestaba por que hacía nada quería acostarse conmigo
y ahora estaba sobre otra mujer en mis propios ojos sin importarle nada.
¿Acaso fui la única en sentir la chispa entre los dos en aquella intensa
caricia en mi brazo?
Me incliné hacia adelante apoyando mis codos en las rodillas con la cabeza
gacha entre mis manos, sintiéndome ridículamente indignada. Alisé mi pelo hacia
atrás y traté de desconectarme unos segundos, pero el ruido, todo lo que ya
había presenciado y el olor a sexo no ayudaba.
Me incorporé como un resorte disparada hacia la puerta y salí. Nadie me
impidió la salida y apenas cerré la puerta todo el ruido se esfumó. Subí los 10
escalones que había bajado y entre por el pasillo. Me recosté contra el metal
de la caja fuerte de Jayden, aquí lo esperaría.
Pasados unos minutos escuché unos pasos, pensé que era él, pero no, otro
chico se detuvo frente a donde me encontraba y abrió su caja fuerte sin
prestarme mucha atención, comenzó a vestirse. Que incómodo.
-Disculpa -dije, mirando dentro de su caja.
Él me miró como si acabara de notar mi presencia.
-¿Podrías dejarme ropa? -pedí. No me importaba que fuera una sotana de
hombre me bastaba para llegar a mi celda.
Él me miró de arriba abajo y terminó sonriendo de lado, al tiempo que sacaba
algo.
-Ten.
Sujeté la sotana negra que me pasaba y me la coloqué rápido.
-Deberías quitarte eso antes de salir.
Casi olvido el antifaz. Me lo retiré.
-Gracias -murmuré y me apresuré a salir.
Podía sentir sus ojos en mi espalda. Pasé la puerta de cristal y crucé la
última puerta hasta llegar al pasillo. Todo en silencio, demasiado tranquilo.
Me moví desubicada, no por que no conociera el camino, más bien estaba media
ida.
Yo quería saber que había en esas puertas y no creo que haya nada más fuerte
que lo que acababa de ver, ya lo había visto todo no necesito volver ahí, no
necesito saber nada más ¿Qué mas se puede esperar de ese lugar? «Que violen
niñas», me susurró mi voz interior, recordándome los quejidos que escuché la
última vez.
Resoplé. ¿Quién habrá creado este lugar?, quién está detrás de todo esto.
Intenté abrir mi celda, y las puertas estaban con llave. Miré a cada lado
pensando que hacer. ¡El baño!, la excusa perfecta. Ahí pasaría el resto de la
noche encerrada en el baño, apena suenen las campanas me visto y voy al
comedor. De paso sirve que me ducho.
***
La noche más estresante de mi vida. No dejaba de escuchar ruidos de vez en
cuando durante la madrugada sin olvidar que no dormí a pesar de que me
cabeceaba a momentos. Y el sonido de las campanas fue un reto para mí, tener
que ir rápido a vestirme sin llamar a la tensión y estar a tiempo en el
comedor. Pero lo conseguí. Agradecí con un gesto de cabeza a la hermana que
servía mi bandeja, y me dejé caer en una de las mesas. Estaba distraída pero de
fondo escuché la bendición de los alimentos y algunas palabras a las cuales no
le presté mucha atención.
-Estuve rezando casi toda la madrugada y no llegaste a dormir -comentó muy
bajo Sofía, sin levantar su vista de la bandeja.
-No me encontraba bien, tenía diarrea y no podía aguantar encerrada así que
me quedé en el baño -justifiqué.
Una espina clavándose en mi garganta, desde que llegué no he hecho más que
mentir, pecar y desobedecer.
-Entiendo -aseguró mirándome de soslayo-. Necesito confesarte algo
-pronunció ansiosa apretando el pan con las uñas.
Mordí pan, y le di un sorbo a mi taza de chocolate, esperando que hablara.
-Estoy embarazada -soltó.
El chocolate se me fue a la nariz acompañado de una tos seca. Varios ojos se
posaron en nosotras. Bajé la cabeza hasta que dejamos de ser el centro de atención.
-¿Qué? -balbuceé.
-No es nada de lo que piensas -justificó-. Recibí la carta de ingreso hace
más de 2 meses, ese día era mi cumpleaños tomé unas copas de vino, pero se nos
fue de las manos y no fui consiente de nada hasta el día siguiente, estoy
arrepentida. Y no sabía como remediarlo, así que simplemente no dije nada pero
hoy hace 2 meses que no me baja. No quería entrar aquí, pero tampoco quería
perder esta oportunidad, me siento tan mal, ¿qué voy hacer?
Me quedé en silencio, con los ojos como dos faroles sin saber que decir para
eso no había una solución más que abandonar el monasterio.
-No sé que decirte Sofía, es muy... -hice una pausa y bajé la voz-. Porqué no
te retiras un tiempo, tienes al bebé y cuando estés lista te vuelves a postular
para ser monja si es lo que realmente siente tu...
-No puedo tener al bebé -interrumpió-. Sé que es un pecado pero quiero
abortar -afirmó.
Sin duda no debíamos hablar esto aquí alguien podría escucharnos.
-Sofía... -traté de razonar para que lo pensara mejor.
-Es mi hermano -confesó. Y yo la miré de súbito-. Él padre de mi bebé es mi
hermano.
Me quedé muda, desencajada. Y Sofía casi pálida. Que una postulante a monja
estuviera embarazada después del meticuloso proceso de admisión que solían
llevar y conociendo el prestigio de honor que tenía el monasterios de Santa
Clara, seguro que la matarían solo por evitar un escándalo, después de todo no
eran tan honestos como decían en su fe.
-Ayúdame -suplicó en un murmullo.
-Sofía yo no...
-Por favor... -pidió desesperada-. Eres a la única que me he atrevido a
contárselo.
Puse una mano sobre la suya para que mantuviera el control estaba al borde
de saltar en lágrimas.
-Pensaré en algo -aseguré, teniendo a Jayden en la cabeza, él quizás pueda
echarme una mano.
Yo no pensaba volver a buscarlo no quería tener nada que ver con él. Estaba
un poco a la defensiva solo de pensar que tendría que verlo.
-Gracias -dijo honesta.
-No tengo nada seguro, pero dame unos días para encontrar la mejor solución
-aclaré. Ella me miró con una pizca de esperanza que me hizo sentir como una
asesina.
El sonido de todas las presentes incorporándose dando por terminado el
desayuno nos hizo unirnos al grupo. Ahora tenía que pensar en una manera de
hablar de esto con él. Más problemas y sentía que esto solo empezaba.