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Lisana

Lisana

Autor: : Carlota Hens
Género: Urban romance
Lisana vino al mundo con problemas de salud: al nacer fue diagnosticada con un soplo en el corazón. Entre sus familiares se murmuraba que era un verdadero milagro. Acostumbrada a que todos dedicaran mucho tiempo a atender sus necesidades y caprichos, se convirtió en una mujer dispuesta a transgredir las reglas de la sociedad en que vivía. Cuando conoció a Lucas, su vida cambió, se fue alejando de sus padres y cada vez era más frecuente que llegara a casa pasada la medianoche. Su familia hizo lo posible por apartarla de él, pero sus esfuerzos fueron inútiles. La arrastró a un mundo oscuro, muy diferente a la forma en que había sido educada. En una de las tantas fiestas a las que asistieron como pareja, aprovechó un descuido de Lucas para dar un paseo por la propiedad. Demoró el tiempo suficiente para sentir mucha sed y, cuando se disponía a regresar al salón, lo vio. Esa fue la noche en que conoció a Mateo y se empecinó en volverlo a ver, una y otra vez. Situación que se fue complicando conforme pasaban los meses. Mateo estaba enamorado de Dana, la mujer que amenazaba con quitarle al amor de su vida. No tenía dudas de que lograría arrebatárselo a Dana, pero ¿lograría que Mateo se enamorase de ella? ¿Lucas se quedaría tan tranquilo?

Capítulo 1 El Viaje

Esa mañana Lisana se acercó a la terraza de su habitación como lo hacía cada amanecer. Admiraba el tapete de vegetación que se alternaba con el naranja de los techos de las viviendas que se asomaban entre tanto verdor. A lo lejos, su mirada se detuvo en la casa de Lucas, aunque no quería acordarse de él, su pensamiento la traicionaba. Romper con su pasado era la decisión más acertada que había tomado en su corta vida, poner tierra de por medio le daría la ventaja que necesitaba para salvar su matrimonio.

La luz del sol tenía un brillo inusual que destacaba los reflejos de su larga cabellera. Vestía una elegante bata de seda, aunque no había dormido bien, ya estaba maquillada y peinada, lista para cambiarse de ropa y salir hacia el aeropuerto. Estaba revisando por cuarta vez el equipaje de su esposo cuando su madre entró a la habitación.

-Yo te hacía dormida, tu vuelo es en la tarde mi amor, ¿por qué no descansas un poco más? Ustedes dos necesitan despejarse, y además, tu padre y yo estaremos más tranquilos.

La mirada de Lisana se dirigió hacia el techo dejando ver lo blanco de sus ojos.

-Oye, mamá, ¿no ves que estoy ocupada? Quiero llevar las prendas indicadas, sobre todo quiero que a mi marido no le falte nada. Necesito que se sienta cómodo en nuestro nuevo hogar, todo tiene que ser perfecto.

-Si mi amor, te entiendo. Voy a pedir que te preparen un té para que puedas estar calmada-, la señora Ana sabía que si la contradecía no lograría nada, así que procuró ser paciente.

Con un gesto de su mano y arrugando los labios, se negó.

-Mira, ¿qué opinas? La verdad es que no sé si llevar este vestido -dice, mientras señala el vestido gris colgado cerca del espejo-. Pero, viéndolo bien, combina con el traje que he empacado para él. ¡Qué maravilla cuando estemos lejos de todo esto, lejos de esta pesadilla!

Su madre la observaba frunciendo el ceño, a sabiendas de que no estaba tan tranquila como le hacía creer. Su hija no podía engañarla bajo esa apariencia de normalidad.

-A ti todo lo que te pongas te luce, eres tan hermosa. Cuando te vi por primera vez supe que serías una verdadera princesa, la niña de mis ojos.

El teléfono sonaba sin parar y Lisana pudo presentir de quien se trataba. Su mandíbula se tensó y sus ojos miraron el aparato mientras deseaba que parara de aturdir.

Las ideas se cruzaban en su cabeza. Minutos antes, Mateo había salido al velorio del abuelo de Dana, lo que la puso de mal humor y muy nerviosa. Le advirtió que sería el último encuentro que tendría con esa mujer y ahora esto, aquella inoportuna llamada. Lo que planeaba era llevarlo lejos, aprovechando que Dana había anunciado que se casaría con Adán.

-Mira, ¿es que no piensas atender el teléfono?, ¿puedo responder? -dijo Ana.

Lisana suelta con brusquedad la ropa que tiene en sus manos y responde la llamada.

-Aló -dijo a secas.

-Soy yo, quiero que vengas en este momento.

Sus ojos se abrieron aún más al escuchar aquella voz. Algo se estremeció dentro de ella al confirmar que era Lucas.

-No, no voy a ir, no vas a verme más nunca -gritó, mientras le temblaban las manos.

-¿Qué estás diciendo? No sabes lo que dices. Tú necesitas un cariño mío, así se te quitan esos nervios que tienes.

Pensaba tan rápido que se quedó muda, no quería que ese hombre dañara sus planes y menos que sospechara que se iba a otro país para siempre.

El tono de él era suave y melodioso, seguro de cada una de las palabras que pronunciaba.

La madre de Lisana tomó el teléfono, mientras caminaba por la habitación visiblemente consternada.

-Oiga, habla la madre de Lisana, por favor deje tranquila a mi hija. No vuelva a llamar -dijo, bastante alterada.

-Señora, más le vale que no se inmiscuya en nuestros asuntos. Su hija y yo aún tenemos mucho por hablar. Nuestra historia debe continuar.

-No la moleste más, déjela tranquila, no voy a permitir que acabe con ella -alcanzó a decir mientras su voz se entrecortaba.

La señora estaba dispuesta a defender a su hija de aquel hombre.

-Dígale que la estoy esperando, que en media hora tiene que estar aquí en mi casa.

-No irá. Ya le dijo que no iría. No insista, se lo prohíbo.

-Vendrá, señora, porque Lisana sabe de lo que soy capaz, si no me obedece; si no pregúntale, ella se lo confirmará. Ese secreto que ella ha estado ocultando se va a saber, no tengo por qué callarme.

-No, usted no puede amenazarla, ella no está sola.

-¿Qué no puedo? -dice, entre una risa sarcástica tan insoportable que provoca náuseas en la señora-. Claro que puedo, doña. A mí no me importa que se sepa, es más, me resultaría muy divertido decirle la verdad en su cara a Mateo.

El caso es que Lisana quería alejarse de todo, en especial de la influencia que ejercía Lucas sobre ella, solo deseaba ser feliz con su esposo en un país lejano.

Ana se deja caer sobre la cama y suelta el teléfono, su rostro está pálido y la atención de su hija se centra en su bienestar.

-¿Te sientes bien?, ¡Mamá!, responde.

El rostro de Lucas resplandecía al escuchar el malestar que causaba en ellas y disfrutaba imaginando lo que estaba ocurriendo en aquella habitación.

Lisana tomó el teléfono y lo aventó contra la pared mientras gritó:

-¡Basta! ¡Fuera de mi vida!, ¡te odio!

Las lágrimas corrieron por sus mejillas y las retiró con brusquedad usando ambas manos.

-Voy a tener que ir, de otro modo puede aparecerse aquí y será peor. No voy a asumir el riesgo.

-No te arriesgues faltando tan poco, piensa, hija, piensa.

-Yo sé cómo manejarlo, no me tomará mucho tiempo. Quédate pendiente de todo, ya regreso.

Batiendo su pelo frente al espejo, se vistió con un enterizo del tono de su piel y se colocó los accesorios que reposaban en el cajón de su cómoda.

-¿Qué digo si tu marido pregunta dónde estás?

-Nada, no digas nada. La casa de Lucas está a pocas cuadras, voy y vengo rápido. Debe estar despertando de una noche de excesos, que sé yo. Estoy acostumbrada a entrar y salir ilesa de su turbulento mundo; deja que lo resuelva.

Con movimientos bruscos terminó de arreglarse, tomó el bolso y las llaves de su auto saliendo de la habitación.

Mientras atravesaba el pasillo para bajar a la planta baja, las palabras de su madre hacían eco en su cabeza. Lucas se negaba a salir de su vida, se había convertido en un obstáculo que se interponía en su camino a la felicidad. Sus padres se lo advirtieron desde que lo trajo a casa por primera vez y ahora cargaba con el peso de una decisión errada. Sin embargo, no podía dejar de admitir que sin su ayuda ella no sería en la actualidad la esposa de Mateo.

La complicidad de ambos traspasó los límites en su juventud, y en un inicio se ocupaban de travesuras menores. La adrenalina se apoderó de sus cuerpos y cada vez querían más. Las quejas de los vecinos alertaron de sus locuras, sin remedio. Sus irresponsables acciones escalaron hasta el punto de cometer un delito que los ataría, un secreto que juraron llevarse con ellos a la tumba y del que se jactaban cuando estaban a solas.

Capítulo 2 La Despedida

El día anterior, el abuelo de Dana estaba en su lecho de muerte y había pedido verlas. Necesitaba pedirles perdón a Vicky y a su querida nieta. Le insistió tanto a su hijo Ángel que este no se pudo negar a cumplir su último deseo a pesar de que estaba consciente de que quizás no accederán ir a verlo. Su padre se había ganado el desprecio de ambas, por la manera en que se comportó en el pasado.

-Perdona la hora, hija. Mi padre está muy mal, está muy grave. Te pido que vengas, te lo suplico, Dana. Ya Vicky viene en camino, aunque es tarde ya, dudo que alcance a pasar la noche, ya mañana será muy tarde.

Aunque sorprendida por la terrible noticia, no dudó en ir a cumplir con su deber. Pocas veces se había negado a ayudar a los demás y menos podía permitirse quedar con semejante remordimiento. Su corazón era noble, siempre dispuesto a olvidar, y hace mucho que había perdonado los desprecios de su abuelo paterno.

-Sí, sí, claro, papá, enseguida voy para allá, hazle saber que en unos minutos me reuniré con él.

-Gracias, hija, no sabes lo feliz que me hace que estés conmigo en esta noche tan deprimente para mí.

Adán se puso de pie al observar lo que pasaba.

-¡Vamos!, te llevo, a esta hora hay poco tráfico y llegaremos rápido, mantén la calma.

Dana había hecho lo posible por contener las lágrimas, dio unos pasos y se acercó a su abuelo sin quitar los ojos de Vicky, quien la miraba fijamente. Se apoyó en la cama para poder escuchar las palabras que este modulaba con dificultad.

-Quiero irme en paz. Tienes que perdonarme, promételo, hazlo -esas fueron sus últimas palabras.

Emocionalmente abatida, acababa de descubrir que en su corazón había mucho amor para él y, al mismo tiempo, le quedaba tan poco tiempo para despedirse. Extendió su mano, mientras lamentó los años que creció lejos de su abuelo, despreciada por un pecado que no había cometido.

Adán la ayudó a incorporarse, estaba allí como siempre a su lado, dispuesto a todo por ella.

Ángel y Vicky cruzaron miradas, ella altiva con un esbozo de emoción en su rostro y él tan enamorado como cuando la conoció.

Cuando volvieron a casa, era de mañana, por lo que Dana tomó un descanso antes de ir al funeral.

Su hermana Zoraida estaba preparándose para ir a trabajar cuando le dio la noticia. De inmediato, se ocupó de avisar a amigos y familiares de la muerte de su abuelo.

Mateo, al enterarse, no dudó en correr a despedirse de su amada.

El teléfono no paraba de sonar y Zoraida contestaba con mucha paciencia las preguntas de los allegados.

-No, mi amor, ella no fue sola. Adán la acompañó. Sí, opino lo mismo, tú vas a ver que esa relación nunca va a funcionar. Dana está descansando un poco y me dijo que la señora Vicky estuvo anoche allá.

-¿Dónde? -pregunta Becky.

-En casa de su abuelo, no sé los detalles.

-No puede ser -. Voy a ver cómo está Vicky.

-Sí, y que se perdonaron la una a la otra, deja que ella te cuente.

Vicky llegó a casa y pidió a la empleada que le preparara un café bien fuerte. Sin detenerse, siguió a tomar un baño, mientras recordaba las palabras de su hija.

Cuando salió de su habitación, se encontró a Becky sentada en el sofá, esperando para darle el pésame.

-Amiga, gracias por venir a hacerme compañía, imagínate, Becky, todo ocurrió así tan de repente, qué tragedia para la familia. Te juro que era lo que yo menos podía esperar.

-Lo sé, me sorprendió tanto que nada menos que ese hombre que te odió tanto durante toda su vida te llamara junto a su lecho de muerte, qué impresión.

-Yo estaba inmóvil, tanto que cuando llegué allí y lo vi en la cama tan desvalido, tan quebrantado, no pude hablar, me quedé sin palabras. Siempre fue tan fuerte e implacable. Nunca se dio por vencido.

-Yo pienso que en el fondo te quería, al final eres muy parecida a él. Quizás por eso te responsabilizó por la debilidad de su hijo.

-Si no fuera por Ángel, jamás hubiese puesto un pie en esa casa, lo sabes. El pobre siempre ha sido tan débil, no sé cómo pude fijarme en él, claro, yo era muy joven en ese entonces.

-Lo más importante es que te has arreglado con tu hija, no quiero verte tan deprimida, tan pesimista. Tienen una vida para enmendar todo lo que ha pasado.

-Es mi razón de vivir, lo único que me sostiene Becky es la fe. Por fin, después de tantos años, Ángel, Dana y yo, podremos sentarnos en una misma mesa, como una familia. No pierdo la esperanza de conseguir las cosas que yo deseo con todo el alma.

-¿Dónde queda Alejandro con todo esto?

Un suspiro lleno de melancolía antecede sus palabras.

-Fíjate, con Alejandro cada día estoy más desilusionada, no sé qué pensar, creo que tiene una amante y con Dana todavía no he logrado acercarme a ella del todo. No he logrado ni siquiera que ella me perdone y menos que me llame mamá. Lo de anoche fue producto de las emociones, veremos si nuestra relación tiene alguna solución, no creo en esas reconciliaciones apresuradas.

Ella sabía lo de Alejandro, pero no se atrevió a decirle nada a Vicky.

-Dale tiempo, Dana está algo traumatizada debido a sus complejos por el abandono en la niñez y por lo que le ha sucedido con Mateo. Aprovecha que la vida las unió en el lecho de muerte de ese señor, por algo pasan las cosas.

-En aquel momento, Dana se desahogó en lágrimas y buscó consuelo en los brazos de Adán, no en los míos. ¿Cómo crees que me sentí? Soy su madre.

-Tú y yo sabemos que ella hubiese preferido arrojarse a los brazos de Mateo, solo que él estaba en casa con su esposa Lisana. Adán es para ella un buen amigo, nunca lo va a amar, es alguien que está allí, eso es todo.

Se hizo un largo silencio, mientras la sirvienta retiraba la vajilla y los restos del desayuno. El amplio salón se aclaró, aún más, después de que la chica corrió las cortinas.

-Veremos qué pasa, amiga. Ahora nos toca lo más duro: asistir al funeral y cumplir con lo que la gente espera de uno en estos momentos. Si por mí fuera me acostaba a dormir el día entero, estoy exhausta. No tengo ganas de nada.

-Fuerza, amiga, vamos en mi carro. No te voy a dejar sola ahora que sé que me necesitas.

Vicky estrechó la mano de Becky con suavidad y sonrió.

-Nunca he dudado de tu amistad y te agradezco que estés a mi lado hasta que este amargo momento termine.

Los ojos de Becky se llenaron de lágrimas, escuchar las palabras de su amiga provocó esas emociones en ella. Ver a una mujer tan fuerte y altiva pidiendo ayuda era algo que no se esperaba.

Capítulo 3 La Confesión

Dana ingresó a la funeraria y fue a la sala de descanso a dejar sus cosas, se detuvo frente al espejo, lucía confundida y con falta de sueño, aunque impecable en presencia: vestida con un conjunto negro, lucía muy elegante.

Zoraida siempre sintió un poco de rabia al ver que su hermana era delgada y hermosa de pies a cabeza. Los comentarios siempre eran los mismos, la habían herido en lo más profundo de su corazón, no faltaba quien al conocerlas dijera que no se parecían en nada. No obstante, Zoraida buscó un espacio en el cual destacar. Vivía con un libro debajo del brazo, construyó su propia imagen de mujer inteligente y culta, aspecto que le permitió hacer que sus comentarios y opiniones tuvieran la debida aceptación.

-Hermana, ¿cómo te sientes? Yo sé perfectamente bien que este no es el momento para hacerte reproches, pero la verdad es que tú deberías decidir tu vida, no es bueno que vayan tras de ti esos dos hombres. Mira, me tiemblan las manos de solo pensar que en cualquier momento se crucen tras la puerta, peleándose, llamándote, viniendo a verte al mismo tiempo los dos y sin querer ceder ni el uno ni el otro.

El tono suave y pausado produjo en Dana un poco de vergüenza. Sabía que tenía que tomar una decisión lo antes posible.

-No te preocupes, esto se va a terminar -expresó con determinación.

-Bueno, yo creo que sí, eso se tiene que terminar -repitió Zoraida, mientras sentía un alivio que disimuló lo mejor que pudo.

-Lo he pensado muy bien y por fin he tomado una decisión, dijo mientras la miraba.

-Perdona, pero es lo correcto, mi amor. Bueno, no es que se vea bien o mal que tengas dos pretendientes y que para remate uno de ellos sea casado. No, no es eso, es que el asedio de Adán y de Mateo contigo no te conviene mi vida, eso te trastorna, te mortifica, te pone nerviosa, ¿no es verdad? Yo no te veo bien.

-Sí, es cierto, no me siento bien, me cuesta concentrarme. Me cuesta olvidar, mi vida es un desastre.

-Por eso es que yo te aconsejo que te cases y así podrás organizar tu vida y tus emociones.

-Es lo que voy a hacer, no voy a faltar a la palabra que le di a Adán. Aunque no sea lo que todo el mundo espera. Lo que pasa es que cada vez se complica más el asunto. Fíjate que me acaban de decir que los trámites se van a demorar todavía mucho tiempo, me faltan unos documentos, piden demasiadas cosas.

-¿Cuánto tiempo?

-Bueno, dos o tres meses, no lo sé.

-¿Tanto? ¿Cómo es posible?

- Sí, es lo que te digo, pienso que se puede acelerar el proceso, no sé. Vayamos al salón, luego seguimos hablando del tema.

Mateo se encuentra con Vicky e ingresan juntos al velorio.

-¿Qué haces aquí? Pero, entonces, ¿cuándo se van?

-El vuelo sale en unas horas. Lisana quería que fuera hoy mismo, tú sabes cómo es ella, con sus locuras de siempre.

-Entonces tú definitivamente has renunciado a Dana. ¿Ella lo sabe?

-¿Y qué remedio me queda?, ¿Qué más puedo hacer? He luchado, he agotado todos los recursos para resolver esta situación y no me queda más remedio que darme por vencido: aceptar que lo mío y lo de Dana es definitivamente imposible.

-Qué triste es conformarse, es más doloroso que sufrir. Yo sé lo que sientes, Mateo, yo también he llegado al convencimiento de que no queda ninguna esperanza.

-Ojalá quedara alguna esperanza, pues no ¿Y qué voy a hacer?, ¿atormentarme?, o lo que es peor, ¿atormentar a Dana?, al fin y al cabo yo la perdí por culpa mía, yo soy el único responsable, lo único que me queda es irme lejos, pagar las consecuencias, irme lejos donde no pueda enterarme de nada y no saber nada de lo que esté pasando.

»Lisana ya tiene todo listo y debe estar sentada en la sala de su casa esperando que llegue y yo aquí -murmura, mientras se pasa la mano por la cabeza.

La realidad es que Lisana ya estaba de vuelta, había solucionado su asunto con Lucas, llegó algo desaliñada y su madre notó de inmediato que algo más pasó entre ellos.

-¿Has vuelto tan pronto? No sabes lo angustiada que estaba. Me alegro tanto de que al fin te vayas lejos con Mateo, yo creo que eso es lo mejor para todos. ¿Ese bandido sospechó alguna cosa, le dijiste algo?

-No, ni hables de eso. ¿Viste?, ¿Viste cómo lo conseguí? ¡Ay, estoy tan contenta, tan entusiasmada con este viaje! Yo creo que ahora sí podré recuperar a Mateo, cuando estemos allá los dos solos entre otra gente, otro ambiente, lejos de todo esto. Sí, sí creo que seremos felices.

-¿Vas a cambiarte?, que tu marido no te vea así -dijo Ana, mirándola de pies a cabeza.

-Sí, me ha dado calor de repente, afirmó con disimulo.

La niña comenzó a llorar y Lisana a gritar. La sirvienta corrió a la habitación a calmarla porque sabía lo nerviosa que se ponía su jefa cuando eso sucedía.

-En lo que tenga edad, la pongo a estudiar lejos de nosotros, no la soporto. Llévatela de aquí, necesito darme una ducha.

-Tienes que guardar las apariencias, hija, no te olvides que Melina fue el motivo para que te casaras, no dejes que el personal comente a tus espaldas, puede llegar a oídos de tu esposo.

-Sí, tienes razón y bien que lo estoy pagando, cargar con ella es una verdadera pesadilla.

En tanto, en la funeraria, Mateo decide hablar con Dana, a pesar de que no la han dejado sola ni un instante. Al acercar su boca a su oído, le susurra:

-Necesito decirte algo muy importante, ven conmigo.

Sus miradas se cruzaron y Dana se hizo a un lado para poder estar unos minutos a solas.

Zoraida no los perdió de vista, hasta que el teléfono comenzó a sonar dentro de su bolso.

-Soy yo, sal un momento, por favor.

-No puedo, estoy en medio de mucha gente, ¿qué voy a decir?

-Sal, estoy en el café de la cuadra, a unos metros de la entrada.

-Está bien, espera, voy para allá.

Los presentes estaban atentos a lo que ocurría entre Dana y Mateo, y pocos notaron que Zoraida salió para hablar con Adán.

- Dana, ¿estás acompañada? -dice mirando a los lados y refiriéndose a su prometido.

-Si te refieres a Adán, debe estar por llegar y no es el lugar para una escena. Te lo pido, por favor, mantén el control de tus actos.

-Solo un momento, quiero decirte algo importante, tienes que saberlo de mi boca; no quise pasar temprano por tu casa para no molestarte.

-¿Qué pasa? ¿Cuál es el misterio que te traes, Mateo?

-Vine a despedirme, estoy arreglando todo para un viaje, voy a estar lejos por un tiempo.

El corazón de Dana se aceleró con la noticia, esta vez sintió que lo había perdido para siempre.

-Pues sí, es lo mejor que puedes hacer -dice, al tiempo que se arrepiente de sus palabras.

-Soy un cobarde, lo sé. En realidad, no quiero estar aquí para cuando te cases con Adán. Aunque sé que tienes todo el derecho a rehacer tu vida.

Dana lo miró a los ojos con determinación y sin dudarlo le dijo:

-Yo no me voy a casar con Adán, ¿es lo que quieres escuchar?

-¿Qué estás diciendo? ¿A qué se debe ese cambio?, ustedes anunciaron la boda, ¿qué ha cambiado en tu vida?

Mateo la miró incrédulo, muy confundido; las palabras de ella lo cambiaron todo para él. Le devolvieron la esperanza.

-No voy a casarme con Adán, esa es mi última palabra, no creo que haya mucho que decir al respecto.

-Dana, ¿hablas en serio?, ¿estás jugando conmigo?

-No, es muy serio. Lo he pensado bien y no puedo casarme con otro hombre queriéndote a ti.

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