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Lo que fui sin ti

Lo que fui sin ti

Autor: : As de Trébol
Género: Romance
Dinaí Macías dejó su pueblo natal para ir a la universidad con la promesa de jamás regresar. Aiden y Elisa, sus mejores amigos, le hicieron la vida imposible y la traicionaron emparejándose, eso fue más de lo que ella pudo soportar. Durante la vida en la ciudad Dinaí cambió, se hizo fuerte, segura de sí misma, aprendió a quererse y encontró lo que creía era amor verdadero. Sin embargo, un año después, su padre la obligó a volver al pueblo y tendrá que enfrentar a Aiden y Elisa, deberá probar que ya no la pueden herir y deberá resistir unos cuantos meses mientras encuentra la manera de volver a la ciudad. Pero los planes de Dinaí se pueden ver interrumpidos cuando varios secretos oscuros comienzan a salir a la luz.

Capítulo 1 Prefacio

Recorría, tambaleante, el oscuro pasillo repleto de gente que se apartaba con asco en cuanto notaba mi presencia. Las luces de colores que parpadeaban al son de la música me provocaban una jaqueca terrible. Ahí caí en la cuenta de la caótica sabiduría que nace de la decadencia, pues con cada paso que daba, revivía las malas decisiones que había tomado a lo largo de mi vida. No son malas, Di, son terribles. Y es que fue fácil reprocharme las acciones que me trajeron hasta aquí, definitivamente debí pensar en las consecuencias.

Tenía náuseas, pero reprimí el vómito, lo que menos necesitaba era hacer enojar a la gente que me rodeaba; pues podrían echarme a patadas del sótano maloliente y perdería lo último que me quedaba de dignidad. Estar ebria y drogada sin compañía es de lo más peligroso que pude hacer.

Supe que me estaba dando el bajón porque mi visión se volvía opaca y borrosa, además, pude sentir mareo, una punzada en el interior del cráneo, la típica dificultad para respirar y las infinitas ganas de llorar. Estaba a punto de desfallecer, de no haber sido por la pizca de amor propio que encontré arrumbada en lo más profundo de mi ser, me habría dejado caer; pero encontré la fuerza de voluntad para llegar al sanitario.

Me encerré en uno de los cubículos, el retrete estaba limpio, pero el piso mojado desprendía un olor a orina. De nuevo me dio náusea, pero intenté no vomitar; con ese mareo no atinaría al excusado. Una vez que me deshice de las arcadas, recargué mi frente contra la puerta.

¿En qué mierda estaba pensando cuando llegué al bar sola y no dudé al tomar esa pastilla desconocida? En el fondo sabía que la única responsable de hallarme ahí era yo, pero quería echarle la culpa a alguien, a una maldita persona en específico... a él.

Aiden, su nombre es Aiden. Ahora que estaba lejos de él no tenía por qué temer pensar (no se diga decir), su nombre; ya no podía hacerme daño... Ya no más. Y aun así, a mil kilómetros de distancia, una simple fotografía causó dolor. Logró destruirme.

Aiden Laredo fue mi mejor amigo durante la secundaria. Nos conocimos el primer día de clases debido a que nos castigaron por romper un casillero al intentar abrirlo y cumplimos condena juntos limpiando utilería de laboratorio.

A partir de entonces fuimos inseparables, no necesitábamos de nadie más, nuestras bromas y risas bastaban. Pasábamos juntos los recesos, nos escabullíamos de nuestras casas por la noche, ya que vivíamos a dos cuadras y nos sentábamos bajo la protectora cubierta de las ramas de un árbol para intercambiar chismes o teorías de la vida y la muerte.

Su padre era mecánico. Fue él quien (sin permiso de mis padres) nos enseñó a conducir. Aiden nunca fue un curioso de los automóviles, creo que incluso le disgustaba manejar, pero a mí me fascinaba el poder del motor de esas máquinas.

Cuando finalizamos tercer año de secundaria y cumplimos la edad suficiente para sacar nuestro permiso de conducir, mentimos a nuestros padres para ir a una carrera clandestina. El lugar era conocido como "El Arco" y al ver tantos autos en un mismo lugar, supe que necesitaba correr alguna vez, sentir esa adrenalina.

Recuerdo aquella noche como la mejor de mi vida, con una persona que fue de las más importantes para mí. Ese día le regalé mi broche de cabello, aquel que mi madre me obsequió en mi sexto cumpleaños. Me arrepiento, pero en aquel entonces quise darle algo para sellar nuestra amistad. Ahora sé que no fue una simple amistad lo que quise sellar, fue algo más, pero en ese momento no entendía bien mis sentimientos.

Nos llevábamos tan bien, que los profesores creían que terminaríamos siendo una pareja del tipo felices para siempre, pero la vida real no es un cuento de hadas y no todos tenemos un final feliz.

Al pasar a preparatoria, algo cambió y hasta la fecha seguía sin saber la razón. Lo único que tenía por seguro era que, después de nuestra escapada a "El Arco", me fui mes y medio de vacaciones a un lugar hallado al otro lado del país. Fue un mes parecido a las películas del típico amor de verano, algo sin mucha importancia y que se termina olvidando pronto. Una vez que terminó, volví a mi pueblo, a la escuela... A Aiden. Pero entonces me dejó de hablar.

Al inicio todo se redujo a la ley del hielo; me ignoraba y evitaba por más que intentaba revivir nuestra amistad, pero después comenzaron las notas humillantes e hirientes. Posteriormente fueron las burlas y comentarios sarcásticos al oído. Más tarde me gritaba en los pasillos mientras varios expectantes reían... a partir de ahí todo se fue a la mierda. Mi casillero lo hallaba pintado con palabras tipo: "retrasada" "zorra" "inútil", entre otras. También se corrieron rumores sobre tener liendres o herpes; incluso que pagaba por pasar de año.

Ir a la escuela se volvió un infierno, era el peor castigo. El padre de Aiden a veces me saludaba, pero yo lo ignoraba; no sabía si estaba enterado de que su hijo me hacía la vida imposible, pero llegó un momento en que odiaba todo lo que concerniera a Aiden. Mis padres preguntaban por él, pero tal era mi vergüenza que no podía decir la verdad, algo en mí deseaba gritar, pero solo callaba.

Ese año, conocí a Elisa; una chica de cabello claro, ojos oscuros y voz angelical. Al contrario que todos los demás, ella me apoyaba y con el tiempo se convirtió en mi amiga. Hacía caso omiso a los rumores y burlas, era reconfortante. La preparatoria no fue la muerte gracias a ella.

A finales de segundo año, falleció mi madre en un accidente de tránsito; su coche se desvió del camino y cayó por un barranco cuando regresaba de un viaje. La despedida fue la última vez que la vi y no fue una buena; mi padre fue quien resolvió todos los asuntos sobre su accidente. Con ese suceso, supe que fue un error regalar el broche que ella me dio, así que reuní el valor necesario y le pedí amablemente a Aiden que me lo devolviera.

Él apenas me dirigió una mirada gris, indiferente e hizo una mueca parecida a desagrado en cuanto me escuchó hablar. Por un instante no dijo palabra, pero después se acercó lentamente y me susurró al oído: "Esa mierda la tiré a la basura hace mucho. Apuesto a que tu madre se desvió a propósito para no tener que seguir viendo tu cara."

Quedé tan impactada con sus palabras que solo pude verlo alejarse a paso lento por el pasillo de la escuela mientras algo dentro de mí se rompía. Fue tanto mi dolor que me di cuenta de que el minúsculo sentimiento de amor hacia él que todavía conservaba, se había evaporado.

Elisa me aconsejaba mandarlo a volar, sacarlo de mi vida e ignorar todos sus comentarios porque era un imbécil. Un cabrón con rostro tallado por los dioses, pero que el ser un idiota lo opacaba. Claro, pero no era tan fácil, no después de tanto daño emocional; mi autoestima estaba por los suelos. Y más aún cuando media escuela le seguía el juego.

Porque Aiden Laredo era un imbécil, pero tenía el mundo a sus pies.

La mejor decisión que pude haber tomado fue largarme a otro estado para estudiar la universidad. Quisiera decir que me fui porque las oportunidades eran mejores o porque la licenciatura que quería se hallaba allá. Sin embargo, la realidad fue que quise dejar todo atrás no para superarme, sino para escapar de un infierno.

Mi padre, después de lo ocurrido con mi madre, dejó su puesto en la policía y se dedicó a los negocios. Viajaba mucho, así que ya estaba acostumbrada a arreglármelas sola. Me iría y no regresaría, mi padre y yo ya estábamos distanciados, no tendría que visitarlo. Mi pueblo, Sores, quedaría en el olvido junto con los malos recuerdos.

Elisa era la única que conocía mi plan, como siempre, me apoyó en todo. Se veía triste por mi partida, pero supe que se la pasaría mejor sin mí. Ya no sería amiga de la rechazada, tendría invitaciones para las fiestas y se le abriría un mundo de oportunidades. Le deseé lo mejor, lo merecía, fue mi sostén todo este tiempo y de verdad le agradecí. Nos despedimos en el aeropuerto y prometimos hablar seguido.

Pero mi final feliz que apenas empezaba se derrumbó una semana después. En cuanto aterricé en la ciudad de Estrada, me contacté con ella. Era cortante, pero me respondía, después dejó de hablarme y finalmente me bloqueó de todas las redes sociales. Si no fuera por mi curiosidad, lo habría dejado pasar, pero cometí el error de incursionar y eso me destruyó.

Salomón, el mejor amigo de Aiden, subió una foto de la fiesta en su casa; con jacuzzi y todo. Muchos estaban ahí, seguramente celebrando la primera semana de universidad. Vi vasos de cerveza, cigarros, chicas en bikini y hasta el fondo, casi como si no quisieran ser vistos, Aiden y Elisa se besaban. La mano de Aiden reposaba sobre la piel desnuda de la cadera de mi mejor amiga y ella le acariciaba el pecho.

Nunca me lo esperé, nunca lo imaginé; sentí la traición como una daga clavada en el corazón, me atravesó hasta caer en lo más profundo de mí. En ese momento mi mundo se derrumbó; las lágrimas escaparon de mis ojos y entonces comenzaron los sollozos.

Y así fue como terminé en el bar de mala muerte, metida en un cubículo con varias chicas que gritaban desde fuera que me apurara. Estaba drogada y con el corazón hecho trizas.

Sí, estaba llorando, sí, el bajón me pegó. No debí beber, no debí tomar esa mierda... Pero por un efímero momento, la tristeza desapareció, por un instante olvidé. Pero entonces volvió más fuerte.

Salí corriendo de ahí, ignoré insultos y ofensas, no paré hasta que llegué a la salida. Y entonces tomé una profunda bocanada de aire, tan profunda que dolió. Me recargué en un poste y esperé a que el mareo decreciera. Al incorporarme, vi a una persona mirarme a lo lejos. Una figura masculina que fumaba un cigarro y adoptaba una pose desconfiada, tiró el cigarro y con su zapato lo aplastó. Podría ser alguien de la universidad, pero como no conocía a nadie porque era la chica rarita asocial, no confié en mi vista.

Dejé de prestar atención, lo mejor era volver al departamento. Apenas di dos pasos y caí torpemente al suelo. Maldito tobillo, se me dobló. Quise llorar de nuevo, no podía demostrar debilidad en la calle.

-Esa caída estuvo fea -dijo una voz masculina y agradable-. Sé que no es de mi incumbencia, pero no creo que sea apropiado que estés sola tan noche.

Una mano apareció en mi visión y ofreció a levantarme. Dado mi estado físico y emocional, acepté la ayuda y me levanté. Delante de mí, me encontré a un hombre alto, fornido, de cabello castaño y ojos color miel que me miraba con una ceja arqueada. Era el tipo que me veía hace rato.

-Gracias -mi voz era apenas un murmullo-. Mucho gusto, soy...

-Dinaí, lo sé -sonrió y al verme retroceder asustada, rio-. No te asustes, voy contigo en Química Inorgánica. Soy Mateo, el gusto es mío.

Resultó que Mateo desde el inicio se interesó en mí, la chica triste que siempre caminaba cabizbaja y miraba sin ver a su alrededor. Justo el día que salí destrozada, él fue en mi busca para invitarme a salir, pero al verme escapar al sótano de mala muerte, me siguió y me esperó.

Ese día morí, ese día Di fue enterrada en un lugar que nadie encontraría jamás. Pero nací de nuevo y esta vez Dinaí obtendría su nuevo comienzo.

Aunque no vivimos en un mundo de cuento de hadas y los finales felices solo unos pocos los alcanzan.

**Hola a todos, soy As de Trébol, autor de esta novela y otras que pueden encontrar en mi perfil. Quiero agradecerles por interesarse en la historia y espero verlos por el final, el cual me encantó escribir. Los invito a seguirme en mis redes sociales para enterarse de más proyectos: Instagr*m: asdetrebol08 Facebook: Historias de la noche AdeT, saludos y espero que les guste mi historia :) **

Capítulo 2 Bienvenido a Sores

Un año después.

Actualidad.

Conforme atravieso los pasillos de la pequeña y poco agraciada universidad, me doy cuenta de que muy poco me reconocen, algunos simplemente me miran de reojo. Este lugar no es nuevo para mí, desde fuera se ve más grande de lo que es en realidad; pero bueno, qué se va a esperar de un edificio de cuatro pisos con 38 aulas y cuatro laboratorios, además del estacionamiento y la minúscula cafetería. Si estudias medicina, tienes suerte, pues tendrás el turno de la tarde y la universidad será solo para ti.

Calculo tres mil alumnos matriculados en total.

Gracias al cielo, no hay casilleros aquí, me traería malos recuerdos. Agacho la mirada para echarle un vistazo a mi teléfono, llegué de improviso al pueblo, así que no estoy en mi mejor momento. El horario me indica que mi aula asignada se encuentra en el segundo piso "A203". Me pregunto si habrá otro edificio escondido, en dado caso tendría sentido la A antes del número.

Subo las escaleras de dos en dos, en este piso soy ignorada en modo legendario. Me doy un respiro, esto se siente más cómodo, me recuerda un poco a mi primera semana del primer año de universidad; todo era tranquilo, todo era lindo; nadie me conocía, no tenía un pasado. Y entonces a mi mente vuela la imagen de Mateo.

Recuerdo esa sonrisa dulce, los dientes alineados, el cabello castaño rizado que tanto amaba acariciar. Recuerdo sus caricias recorriendo mi cuerpo, el sonido de su voz susurrando mi nombre cuando sabía que yo estaba a punto de terminar... Oh, dios mío, ahora me invade un hormigueo que recorre mis brazos, dentro de poco, si no me controlo, comenzaré a temblar. Aparto la imagen de los ojos color miel de mi mente y prosigo con la caminata. No puedo mirar al pasado, no puedo anclarme a lo que fue y no volverá a ser.

Miro el reloj en mi mano derecha, marca las siete. Mierda, primer día y ya voy a legar tarde.

Paso por enfrente de las aulas mientras busco con la mirada el número que me corresponde. ¡Bingo! Doy con el número correcto. Guardo mi teléfono y me acomodo el cabello. Vamos, esto no puede ser tan malo, ya estoy en segundo año, mi promedio de primero era destacable, puedo lograr algo mejor.

Abro la puerta y lo primero que veo es un lugar desocupado junto a la ventana. Amigo, te tengo en la mira, serás mío por todo el semestre. Lo segundo que veo es a dos chicas besándose como si su vida se fuera en ello. Pero lo que me hace parar en seco; lo que me corta la respiración y hace que por poco se me pare el corazón es un rostro que en algún momento me pareció divino. El cabello negro azabache, la piel bronceada y los ojos grises gélidos me hacen trastabillar.

Aiden Laredo me mira con sorpresa. Se ha quedado estupefacto y creo que es la primera vez que ocurre desde que tengo memoria. Por un minúsculo instante no soy la chica débil y rara que él usaba para descargar toda su furia. Por un instante no veo desagrado en sus ojos, por un instante entreveo sorpresa, dolor... y luego nada, solo una fría mirada cargada de indiferencia.

Junto a él se hallan dos chicos, uno de ellos trae chaqueta de cuero y pantalón de mezclilla negro, está de espaldas. Al otro lo conozco, es Salomón, un imbécil más que pertenece al círculo social de la paria Laredo. Hasta acá escucho el incesante parloteo sobre el porqué la fiesta del viernes tiene que ser en su casa.

Vamos, Di, tienes que... No, eres Dinaí, venga Dinaí, has pasado muchas cosas, te has enfrentado a gente peor que un patán, simplemente ignóralo.

Aparto la mirada fingiendo que no lo conozco, me encojo de hombros con aburrimiento y tomo asiento en mi lugar. Respiro profundamente tres veces. Sonará tonto, pero funciona, no para los ataques de pánico, pero sí para tranquilizarme.

A la tercera exhalación, proceso lo que está ocurriendo: He regresado a Sores, mi pueblo natal. De nuevo respiro aire con olor rural, ese aroma a viejo, a pasto húmedo y a rocío matutino. Son las siete de la mañana, el sol se asoma reluciente por el horizonte; sin embargo, para mí todo tiene un tinte gris.

Estaba muy feliz en la ciudad, conocí gente increíble, aprendí lo divertido que tiene la vida y viví experiencias que jamás imaginé. Todo fue bello, todo fue hermoso, viví en un cuento de hadas retorcido por un año entero y ahora... ahora todo estaba de la mierda. ¿Por qué? Misma pregunta. Estando en un momento crucial y decisivo acerca de mi futuro, mi padre llamó para decir que era urgente e inevitable mi regreso a casa; que él ya estaba aquí. Cuando me rehusé, tomó la medida de cancelarme la tarjeta, de no pagar más la renta del departamento y me exigió de la manera menos agradable que volviera a Sores.

No tuve opción, carezco de ahorros y la convocatoria para poder estar en la residencia estudiantil ya estaba cerrada. Mi beca del 50% era buena, pero aun trabajando, no me alcanzaría para mantenerme sola. Si tan solo me hubiese avisado con un mes de antelación, sería distinto.

Tenía la otra opción, la que daría dinero suficiente, pero eso involucraba adentrarme en un mundo que no comprendía del todo. Sí, durante mi primer año hice cosas que no puedo explicar porque ni siquiera vi el panorama completo. Pero no tomaría esa opción, era peligroso y no estuve dispuesta a aceptarlo.

El día que me fui, fue como morir. Dejé atrás amigos, proyectos, sentimientos, asuntos inconclusos... y a Mateo. Es la única ventaja de que mi padre me obligara a volver, así no habría manera de verlo de nuevo. Porque eso es lo malo, de haberlo visto una vez más, volvería a caer. Cambié mi número, destruí documentos, destruí lo que forjé. Sabes que era lo correcto. Y no por eso dolía menos.

De nuevo veo a Mateo en mis pensamientos, escucho su voz, escucho mi nombre de sus labios, me pierdo en esa mirada que derrocha ternura cuando me ve. Un peso cae sobre mi pecho.

Aún recuerdo aquella noche en que lo conocí. La noche en que estuve perdida y gracias a él me reencontré. Recuerdo nuestras charlas, su sonrisa, los días que llegaba a alegrarme los días. También recuerdo la vez que descubrí su otra faceta, su otra vida. Aquella parte de él que me hizo amarlo aún más. El peor y más agrio recuerdo es del día de la ruptura, el día en que simplemente no pude soportarlo más. Esa vez que le dije que no me buscara porque no quería saber más de él. La razón por la que discutimos fue por lo que me propuso, unirme a él. A ellos.

Listo, ese fue mi último lamento, eso ha quedado atrás.

-Buenos días -por la puerta entra una profesora delgada peinada de chongo-. Soy Tatiana, doctora en letras clásicas. Si esta es la clase de Literatura, no tengo que explicar de qué trata.

Se avienta un choro sobre la importancia de las letras mientras miro por la ventana para distraerme del calor que provoca la mirada de Aiden en mi nuca. Jamás le daré el gusto de voltear a verlo, no pienso hacerle saber que me molesta. Aparte, qué me importa, un año transcurrió, tengo otras prioridades, tengo cosas más importantes de las que preocuparme.

Al concluir la primera clase, me levanto y salgo casi corriendo del aula. De pronto, una bola de papel vuela hacia mí. Di habría sido golpeada de lleno en la sien, pero Dinaí no, mis reflejos son tales, que estoy a punto de sacar el cuchillo que escondo bajo mi falda. Bueno, no es para tanto solo la atrapo con la mano izquierda. Mi mirada se cruza con la de Aiden, ahora es mi turno de mirarlo con asco.

Supongo que quiere que desdoble el papel. Al hacerlo, veo escrito con tinta roja el comentario: "La perdedora con herpes ha vuelto." Sí, se refiere a mí. Arrugo el papel y lo lanzo hacia su cara. Apuesto a que no esperaba mi movimiento, seguramente pensó que correría como niña asustada a refugiarme. Así que me invade la satisfacción cuando no le da tiempo de esquivarlo y le pega en la mejilla.

Con una sonrisa triunfante, salgo del aula.

Una vez que concluye el primer día, el único pensamiento que tengo es el de tirarme en la cama y dormir hasta que las emociones negativas desaparezcan, pero aún tengo que hablar con mi padre para exigirle respuestas. Ayer no pude hablar porque llegué poco antes de media noche y ya estaba dormido. Hoy por la mañana no estaba en su habitación.

El olor del interior de la casa me es familiar. Huele al estofado de carne que hacía mamá. Mi padre nunca fue buen cocinero y como casi no estaba, yo sola aprendí. El verlo en la cocina es una sorpresa.

-Supongo que me darás una buena noticia.

-Hola, Di -ugh, el diminutivo ya no lo uso-. Pensé que llegarías más tarde.

Mi padre es un hombre distraído, sus lentes redondos lo hacen ver gracioso, pero le da un aire de siempre estar ausente.

-Caminé rápido -respondo indiferente, lo normal sería abrazarlo porque no lo he visto desde Año Nuevo, pero se sentiría incómodo-. Me alegra que estés bien.

Parece estar a punto de decir algo, pero una risa aguda y un gritito infantil resuenan por la estancia y lo interrumpen. Casi pego un brinco del susto. Me doy la media vuelta y me topo de frente con una mujer de treinta y tantos, cabello rizado oscuro y un par de ojos verdes. Es tan linda que siento que está fingiendo.

-Di, ella es Valentina... Mi prometida.

Esa no me la esperaba. En Año Nuevo mi padre comentó que le gustaba una mujer, pero jamás creí que fuera algo tan serio. Aunque han pasado seis meses, claro.

-Querida, mucho gusto.

Me extiende la mano y se la estrecho. Su piel es tan pálida y fría que presiento que es un muerto. Incluso siento un escalofrío.

Durante la cena no hablo mucho. Más que nada me dedico a escuchar. Valentina cuenta la forma en que se conocieron, sus citas, lo que le gusta de mi padre, que moría por conocerme... Vamos, como si me importara. Sé que la noticia no debería impactarme, pero siento que algo no cuadra. Mi padre no es el más comunicativo, pero hoy parece más distante.

-Tu padre y yo decidimos mudarnos -espera ¿qué?-. Venderemos esta casa y las pertenencias, como es tuya también, tendrás la mitad. No quedarás desamparada, querida, estarás cubierta hasta concluir la licenciatura.

¿Es en serio? El tono divertido de la señora me hace ver que cree que esto es como una aventura.

-Papá -me voltea a ver- ¿Estás de acuerdo con eso?

-Sí, hija, es momento de rehacer nuestras vidas. En este pueblo no nos queda nada.

No puede ser. De verdad no logro procesar lo que me está diciendo. La señora sonríe como si nada y mi padre está de sumiso. Concuerdo con él; no nos queda nada aquí, pero hacerme venir hasta acá por eso es excesivo.

Aviento mi tenedor y me levanto de la mesa. ¿Para eso me hizo venir? ¿Para decirme que ya no quiere esta casa y que me dará la mitad? Eso me lo pudo haber dicho por teléfono. Mi vida en la ciudad iba a cambiar e iba a ser complicado tener que convivir con Mateo, pero es mil veces preferible que volver a Sores.

Por el día de hoy tuve suficiente. Durante mi tiempo en la ciudad, asistí más de una vez a carreras clandestinas, corrí en cada una de ellas. Me ayudaba con el estrés y la tristeza además de que era útil para... Otras cosas.

Me cambio la falda por unos ajustados pantalones negros, elijo una blusa color rojo carmín y unos tenis negros. Solo una vez en mi vida fui a El Arco, es momento de hacer otra visita.

*****************************

El Arco se ve muy distinto, de no estar segura de que es el lugar indicado, pensaría que me equivoqué de carretera. Es un buen lugar, de tamaño adecuado para el pueblo y con gente indeseable, pero sin llegar a provocarme miedo. He estado de infiltrada entre gente que verdaderamente te hace querer correr hacia el otro lado, así que ver algunos pandilleros y los típicos chicos malos no me causa tanto terror. Pero algo que aprendí de la ciudad de Estrada es que nunca tienes que confiarte; los rostros engañan, las voces endulzan el oído, pero las acciones son las que cuentan.

No tendría por qué sentir nervios, menos aún la inseguridad que me comienza a embargar, sin embargo, las veces que me metí en lugares relativamente peligrosos siempre iba acompañada de amigos, conocidos, de él... Y esta vez estoy sola. No literalmente, quiero decir; llego en un Audi R8 color rojo que me parece hermoso, pero los chicos que están conmigo son meros desconocidos que me recogieron en la carretera. Creo que dos de ellos están ebrios, no por nada huele a cerveza y hay al menos ocho botellas destapadas.

El conductor es un tipo llamado Germán, él no está ebrio, lo noto a la distancia. De hecho, siento que está un poco a la expectativa. Él es quien me dice que viven en la zona alta del pueblo y por alta se refiere a rica; allá viven los privilegiados. Y no es que yo no lo sea, digo, mi papá es un empresario importante, claro que tiene dinero, pero antes de eso, su sueldo de policía daba para la cómoda casa que tenemos.

El punto es que se cansaron de las fiestas en sus mansiones y quieren una probada de "acción". Palabras de los chicos ebrios, no mías. A veces, este tipo de gente me causa gracia, están metidos en su burbuja color de rosa e ignoran todo lo malo que tiene el mundo. El Arco no me parece un lugar tan peligroso, no hay trata de personas, no hay prostitución, aunque no dudo que haya compra-venta de drogas. Mientras no se metan con la gente equivocada y paguen sus apuestas si es que llegan a perderlas, estarán bien.

Al inicio dudé en subirme con ellos al automóvil, pues pocos en su sano juicio le dan un aventón a un desconocido y pocos aceptan aventón de un desconocido, pero me arriesgué. Claro, por qué no, no sabes quién es, capaz que es asesino; eso es todo Dinaí, nada puede salir mal. Estas cosas son las que no se deben hacer, anotado.

Por suerte llegamos sanos y salvos.

Estacionamos el hermoso auto rojo de Germán y le echo un vistazo. Es precioso y brilla. Me pregunto qué diría mi padre si le propongo que me compre un automóvil. Estoy segura de que puede permitírselo.

Desecho el pensamiento de mi mente, venga, es momento de seguir adelante. Y el día de hoy quiero divertirme como si la vida se me fuera en ello. Estoy lista para cualquier situación que se anteponga.

Capítulo 3 El Arco

Me aventuro con mi nuevo grupo hacia el montículo de gente que discute a gritos. Cuatro hombres con chaquetas de cuero se alzan imponentes sobre dos muchachos, uno de los chicos parece estar a punto de romper a llorar. El otro adopta una actitud fiera, pero vamos, por mucho que quiera, no podrá salir triunfante de un enfrentamiento contra los hombres furiosos. Un tipo grande, de barba y calva, empuja al muchacho con fuerza y lo manda hacia el piso.

Algo básico en las ley de la vida y la supervivencia, es que la mayor parte de la gente piensa que es débil y viven pisoteados por los que creen que tienen más poder. Sin embargo, ¿qué pasaría si esos débiles se unen entre ellos y enfrentan a los grandes? Claro, nos hacemos más fuertes, nos defendemos y los derrocamos. Le echo un vistazo a los tipos esos, tienen fuerza bruta, pero no se ven muy inteligentes.

Los abusones me recuerdan a Aiden y eso solo merece mi odio. Es momento de poner a alguien en su lugar.

-Vaya, qué calor se siente acá -digo en tono juguetón, ahora que tengo la atención de todos, me dan ganas de reír-. ¿Qué pasa, gente? ¿Por qué se ha armado tanto ajetreo?

-Lárgate, morenita, esto no te incumbe.

La mirada lasciva del tipo grande, calvo y barbón me causa asco, vaya imbécil, ahora solo voy a disfrutar más si lo humillo.

-Hey, guapo -me acerco a él con pasos seductores-. Mira que estos dos -señalo a los chicos asustados-, son de mi incumbencia. Si hoy fuera viernes, los dejo en paz y se arreglan ustedes, pero hoy es lunes y no estoy de humor. Ahora, dime, ¿qué pasa aquí?

El que me llamó "morenita" me recorre con los ojos, pero no me dejo intimidar, sé que mi cuerpo no es de actriz porno, pero no estoy tan mal. Se acerca tanto a mí, que me siento su calor y furia irradiar hacia mí. Sus ojos son oscuros, casi tan negros como la noche, pero viéndolo tan de cerca, alcanzo a ver su pupila. No sé si es la cercanía, pero percibo perfectamente su aroma: una mezcla de loción masculina con jengibre, trato de no sentir arcadas; el olor me recuerda a un suceso desagradable... Algo que pasó tiempo atrás. ¿Qué mierda?

Me incomoda su cercanía, no lo niego, pero no retrocederé como una niñita asustada. Una vez que haces tu movimiento, lo tomas, jamás lo dejas a la mitad. Y juro que este cabrón me está haciendo enojar.

-A ver, morena, dices que estos dos idiotas te incumben -habla lo suficientemente alto como para que nuestra audiencia escuche, asiento en respuesta-. Entonces supongo que tú te harás cargo de la lana que me deben.

-No te debemos nada, hiciste trampa.

Uno de los chicos, el que tiene aspecto de ser menos perdedor, habla. Admiro cuando alguien tiene cojones u ovarios para enfrentar a los abusones, pero hay un límite entre valor y estupidez. Cuando te ganan en número, tamaño y aspecto, no te pones de arrogante. Hablas, discutes y llegas a un acuerdo.

El niñato está cerca de la idiotez y no me ayuda a ayudarlo. Casi parece que quiere ser machacado a golpes.

-En cualquier carrera, apuesta y juego hay un código de honor. ¿Cuánto te deben y por qué?

-Juego de póquer, veinticinco mil pesos.

Vale, no es tanto dinero, pero no creo que estos niños lo tengan y siendo honesta, yo tampoco los tengo. En una semana podría juntarlo, pero dudo mucho que nos den tanto tiempo.

-¿Hiciste trampa?

-¡Cómo te atreves... !

-Tranquilo, guapo -digo sin mostrar miedo-. Solo pregunto. Mi amigo aquí presente dice algo, tú dices otra cosa, ¿cómo podemos comprobarlo?

-No hay forma, no hay cámaras.

-Ya veo... -ahora sí viene lo bueno-. Entonces arreglemos esto aquí y ahora. Juguemos, si gano, nos dejas en paz; si ganas, te pago el doble.

Ajá, veo la mirada. Aquí y en la ciudad, la mirada de la gente se ilumina cuando escuchan que obtendrán más dinero del que esperaban. Y a este tipo se le iluminó hasta la calva.

Un murmullo se alza entre los presentes, sus amigos se miran entre ellos, algunos de los espectadores se ríen supongo que de mí. Veo entre la multitud a mis nuevos amigos ricos, todos me miran casi con terror, Germán me ve con lástima. Casi suelto una carcajada, por mí ni se preocupen, puedo manejar el asunto.

-Aceptaré tu propuesta con una condición -claro que la aceptará, si no, quedará como un cobarde delante de todos-. No será un juego, será una carrera. Tú contra mi conductor, ¿qué dices, morena?

¿Qué digo? Que soy mejor corriendo que jugando póker. Por supuesto que ese machito ni se imagina que conduzco mejor que muchos, que destrocé a muchos conductores fieros. Que se prepare, yo nací lista.

-¿Y por qué no compito contra ti?

Silencio y una mirada enfadada.

-No compito con mujeres

-¿Te da miedo?

Exclamaciones, burlas, gritos y murmullos nos invaden. Vale, creo que di un golpe bajo, pero este idiota ya me hizo enojar. Algo me dice que la razón va más allá del hecho de ser mujer.

-Una palabra más y me limpio el culo con el trato.

-De acuerdo, acepto -alzo las manos en señal de rendición-. Solo hay un inconveniente -en eso sí no había pensado y ahora me siento una idiota-. No tengo auto.

Las risas y carcajadas estallan como fuegos artificiales, todos se burlan. Por un instante regreso varios años atrás cuando era Di estaba en la preparatoria siendo insultada por mis compañeros, siendo agredida por Aiden... Por un instante me siento chiquita y toda mi seguridad se va por el retrete. Pero entonces una voz potente se alza sobre el barullo.

-Puede competir con el mío.

Germán me mira a los ojos y no parece dudar. Me mira de frente mientras camina hacia mí sin romper nuestra mirada. Aunque quisiera, no podría despegar la mirada de sus ojos oscuros, una minúscula llama se enciende dentro de mí.

De pronto, las risas desaparecen, ahora solo hay tensión en el ambiente.

-Como sea -el calvo escupe asquerosamente-. Que sea rápido, ida y vuelta, déjame decirte que la vuelta está peligrosa. Y acá no vienen ambulancias.

No creo que más peligrosa que la avenida principal transitada, pero agradezco la advertencia.

-Traigan el auto a la línea de salida, esta morenita se queda aquí, no quiero trampas.

Y así, frente a todos nos damos la mano y sellamos el trato. Nos dirigimos a la línea de salida y solo pienso que nada lo puede arruinar.

El otro auto ya está en la línea de salida, tiene los vidrios polarizados y alzados, el carro es un Aston Martin gris y si no fuera mi contrincante, me darían ganas de hablar con el dueño del auto para pedirle probarlo.

Germán conduce lentamente el Audi hacia la línea de salida, la gente abre paso mientras susurra. Algunos aficionados gritan, vitorean, otros abuchean. El auto llega a la línea de salida. De verdad, este hombre me salvó.

Germán sale del auto y me mira preocupado.

-Espero que sepas lo que haces.

-No te preocupes y gracias, te debo una.

Nos damos la mano y me meto al coche. Respiro profundamente, esto es algo que ya he hecho, sé manejar hasta con los ojos cerrados, nada malo puede pasar. Venga, Dinaí, no será difícil.

Siempre volteo a ver el auto de al lado cuando corro, siempre echo un vistazo rápido, esta vez también lo hago. Y ese es mi error.

El conductor tiene el vidrio abajo, sus ojos me miran duramente... es una mirada gris, gélida, llena de odio.

Aiden me mira y parece que me quiere asesinar. Mi pulso se dispara, mi respiración se agita y comienzo a ponerme nerviosa. Me centro en mantener una expresión neutra. Volteo la vista al frente y casi grito cuando reconozco a la chica que nos dará la salida.

Es Elisa y está más bella que nunca. Nuestras miradas se encuentran, veo incredulidad y sorpresa mientras mantiene las dos banderas en alto. A juzgar por su reacción, aún no se enteraba de mi regreso.

Trago saliva y tomo el volante con más fuerza. En un solo segundo, pasan mil pensamientos por mi mente, incluidos los años de infierno escolar, la decepción, la derrota.

Es tal mi pesar, que siento que una crisis de pánico se avecina, no he sufrido una desde que dejé de tomar el medicamento, el que me recetó el doctor de la ciudad. Mateo me llevó con él. Oh, Mateo... su imagen aparece en mi mente; tan risueño, tan inteligente, tan audaz, puedo verlo tan nítidamente que llego a pensar que es real. Casi puedo oler su aroma a naranja y una mezcla de chocolate, puedo ver el reflejo de su cabello cuando la luz solar le pegaba de lleno.

"Vamos, Dinaí, solo tienes que respirar, habla conmigo, dime algo. La medicina está por hacer efecto." Me decía mientras acariciaba mi mejilla. "Te quiero y estoy contigo." Pero no solo era la medicina, era él; su simple presencia me tranquilizaba, el verlo junto a mí me daba una sensación de seguridad que nunca alguien me dio; ni siquiera mi madre.

Y entonces aparto su imagen de golpe. No necesito a nadie a mi lado para salir de situaciones difíciles, soy capaz de hacerlo por mi cuenta. Todos los sentimientos negativos desaparecen y entonces nace en lo más profundo una jugosa satisfacción.

Voy a disfrutar ver cómo Aiden queda como idiota.

Mi pulso va a mil por hora, siento que el corazón se me saldrá en cualquier momento, la respiración quema en mi garganta, pero comienzo a pensar en todo lo que me hizo sufrir el idiota que está en el coche de al lado, en todas las lágrimas que por su culpa derramé. Pienso en la "mejor amiga" en la que deposité toda mi confianza y en como agarró mi amistad y la tiró a la basura.

Mi estupor se convierte en emoción, el odio se convierte en voluntad de ganar. He conducido antes, he ganado en carreras antes. Esta no será la vez en que caeré.

Tomo el volante con más fuerza, estando en neutral, piso un poco el acelerador. Oh, el potente rugido del motor me hace sentir viva, pronto mi inseguridad es suplida por una dosis de adrenalina. Estoy lista, estoy preparada, que me pongan al rival más difícil.

Un segundo de silencio inunda el lugar, la carrera está por comenzar. Elisa entorna los ojos como si me quisiera retar "No podrás, Di" casi siento que me dice, pero está equivocada.

Los espectadores miran emocionados, esperan la señal, esperan ver las banderas bajar... De un momento a otro, Elisa baja ambos brazos y las banderas tocan el piso; meto segunda y piso el acelerador sin piedad.

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