Parece que el hartazgo nos llega a todos. No importa lo mucho que disfrutes lo que haces, siempre hay un momento en que necesitas "algo más".
Resulta que, como muchos de ustedes entenderán, el éxito profesional suele sacrificar el desarrollo interpersonal. Por más que tengas citas y amigos, de pronto se siente una ausencia, una carencia en el cuerpo.
Así me sentía yo. Después de intentar madurar, sin éxito, una u otra relación, estaba cansada de intentarlo. Solo quería un acostón con alguien que no me llamara a la semana siguiente para invitarme a salir.
Sexo en su más pura expresión, eso era lo que necesitaba y mientras más tardaba en conseguirlo, más caliente me sentía.
Un día de esos, mientras estaba en un concierto, la música me llegó muy profundo, no al corazón ni a la cabeza. A mis entrañas. Sentía que cada nota acariciaba mi entrepierna y me sabía cada vez más húmeda. Rodeada de extraños, solo podía presionar mis piernas entre sí para jugar con mi excitación. Me revolvía inquieta en mi butaca y notaba cómo las personas a mi lado, ambos hombres, me miraban de reojo. Quizá no lo disimulaba tan bien como quería.
Y el concierto terminó. Pero yo no.
Salí de la sala aún extasiada y estaba por pedir un auto para ir a casa, cuando un tipo salió de la nada, me empujó haciéndome caer al suelo y me arrebató el teléfono y mi bolso antes de echar a correr. De inmediato grité pidiendo ayuda esperando que algunos de los que pasaban pudieran detener al ladrón, pero nadie hizo nada, bueno, solo una persona. Me escuchó gritar y se encontraba justo en el camino del ladrón, este, confiado en que igual que los demás no haría nada, siguió corriendo hacia él, pero sin dudar lo empujó haciendo que perdiera el equilibrio y cayera tirando mis cosas al suelo. Asustado, el ladrón se levantó rápidamente y salió corriendo hacia el lado opuesto. Yo me había levantado mientras tanto y corrí hacia el lugar en el que ese tipo había caído y en donde el sujeto que me había ayudado ya levantaba mis cosas.
-Muchas gracias -le dije- pensé que nadie me ayudaría.
-¿Está usted bien? -me preguntó -¿No se hizo daño?
-No, estoy bien, solo un pequeño golpe.
Otras personas se acercaron para ver lo que pasaba, sí, claro, pero antes nadie más fue capaz de ayudar. En fin, supongo que es difícil tomar un riesgo por alguien que no conoces.
-Aquí tiene -me dijo entregándome mi bolso y mi teléfono -al parecer no pudo llevarse nada, aunque parece que el teléfono se llevó un buen golpe...
Tomé mis cosas y revisé mi celular, quizá por el golpe al caer o no sé por qué, pero no encendía.
-Demonios, bueno, de los males el menor. Le agradezco mucho señor...
-Enrique, Enrique Fuentes para servirle. ¿Está segura de que no se lastimó?
-No, estoy bien, le agradezco nuevamente. Creo que mejor me voy antes de que se haga más tarde. Gracias de verdad.
-Por nada, que pase una buena noche.
Nos dimos la mano y me fui. No podía pedir un auto si mi teléfono no reaccionaba, así que tendría que caminar a la avenida para tomar un taxi. Sí, me parecía lo más estúpido del mundo después de haber sido víctima de un asalto, pero no tenía opción. Llevaba ya algunos minutos esperando, cuando un auto se paró enfrente de mí.
Genial, pensé, algún idiota queriendo hacerse el interesante. No estaba de humor para comentarios obscenos, así que me alejé un poco del auto, pero el conductor abrió su puerta y bajó. Estaba a punto de echar a correr cuando lo vi. Era el mismo hombre que me había ayudado antes.
-Perdone, no quise asustarla, pensé que tal vez querría que la acercara a algún lugar. No parece muy seguro aquí.
-Mmm ya, me imagino que ofreces aventones a todas las personas que encuentras por aquí, ¿no?
-Ja, ja, ja. No, aunque nunca había visto a una mujer tan guapa como usted por aquí, la verdad.
Me le quedé viendo, parecía cerca de los cuarenta, llevaba camisa y pantalones negros; algunas canas resaltaban de su cabellera en la oscuridad de la noche y cuando volteó a verme pude distinguir sus ojos claros. De pronto esa sensación de éxtasis regresó a mí, quizá podría salir algo de eso.
-Podrías hablarme de tú, ya me has salvado una vez hoy. ¿Y hacia dónde vas? -Le pregunté.
-Debo atravesar la ciudad, pero puedo acercarte a donde quieras.
Lo medité por un momento, el tipo me había ayudado antes, seguro había salido del concierto, era guapo y parecía educado, tenía un buen auto. En fin. En unos segundos decidí que no parecía una mala persona y quizá podría hacer algo divertido por una vez.
-Está bien. Gracias.
Caminó hasta el otro lado del coche y me abrió la puerta. Al subirme, dejé mi falda lo más arriba posible y mientras él rodeaba el auto para subir, desabroché un botón de mi camisa.
-Bien, ¿hacia dónde? -preguntó.
-Voy hacia la Condesa, así que cualquier lugar que te quede cerca, está bien.
Encendió el auto y comenzó el trayecto. Notó de inmediato mis piernas y yo crucé una sobre otra para que quedaran aún más descubiertas.
-¿Puedo poner mi bolso atrás? -pregunté en una luz roja.
-Claro, adelante.
Me estiré para dejarla en el suelo atrás y pegué un poco mis senos sobre su brazo.
-Listo, gracias.
-¿Quieres escuchar algo de música? -Me preguntó.
-Sí, lo que tú quieras.
Esperaba que no fuera una de esas personas que amaban la música que estaba de moda porque entonces me bajaría en la primera esquina. Pero no, lo encendió y estaba en una estación que tocaba música de concierto, como la que acababa de escuchar en vivo y que aún resonaba en mi entrepierna.
En otra luz roja aproveché para sentarme de lado hacia él, dejando una de mis piernas sobre el asiento y dejándole ver toda mi ropa interior. Estaba muy excitada.
-Y dime, ¿estabas en el concierto?
-Si -dijo sin evitar dirigir su mirada hacia mi entrepierna y comencé a subir y bajar mi mano sobre mi pierna aprovechando su atención.
-Lindo, ¿no? -Le dije coqueta y me volteó a ver muy serio.
-Mucho.
-¿Cuál fue tu pieza favorita? -pregunté solo por hacer más plática, sin perderme la intensidad de su mirada.
Mientras me respondía continué sobándome las piernas cada vez más intensamente, sobre todo cuando notaba su mirada en ellas. Después, descaradamente me acaricié los senos sobre la blusa jugando con la orilla que separaba mi piel de la tela, la abría un poco como aireándome por el calor que sentía para que él lo notara y luego la regresaba a su lugar. Cada vez que nos detenía una luz roja él me miraba. Y entonces lo hizo, puso su mano sobre su miembro que ya dejaba ver una erección.
-Puedo ayudarte con eso -le dije. De inicio pareció sorprendido y quiso saber a qué me refería. -¿Me dejarías masturbarte? -No respondió.
Me acerqué a él y puse mi mano sobre su pantalón y lo sentí, completamente duro. Siguió callado, pero no retiró mi mano, teníamos la luz en verde y él no avanzaba.
-Debes conducir -le dije y se dio cuenta de la luz en el semáforo. Entonces avanzamos, tanto él llevando el coche, como yo con mis manos.
Me las arreglé para desabotonar su pantalón y meter mi mano por debajo de su ropa, me adueñé de su miembro erecto y lo masturbaba mientras me tocaba yo sola con la otra mano. Pero yo quería más.
Una nueva luz roja nos detuvo y aproveché tomar su mano de la palanca y la llevé hasta mi entrepierna. Qué suerte que fuera un coche automático. Empecé a acariciarme con su mano hasta que él empezó a hacerlo por su cuenta. Aunque aún sobre la ropa. En algún momento y adivinando lo que yo deseaba, metió su mano por el borde de mi ropa interior para meter sus dedos en mi vagina, entrando y saliendo.
Gemí con ganas.
Nos detuvimos nuevamente y una camioneta se paró a mi lado. El conductor volteó a verme y notó la mano del conductor masturbándome, me excité aún más y me descubrí un seno para él. Sonrió y me hizo una seña que sugería sexo oral. También sonreí.
Avanzamos y seguimos un camino diferente al de la camioneta así que volví mi atención al miembro viril que retorcía mi mano izquierda, tenía un buen tamaño y debo decir que también un buen aspecto, circuncidado y sin mucho vello en la zona. Sentí la necesidad de meterlo en mi boca.
Sin pensarlo mucho detuve la mano que entraba y salía de mi vagina y la saqué de mi ropa, él pareció extrañado, pero lo ignoré. Me moví en mi asiento para estirarme sobre él y lo metí entero en mi boca.
Ahora él gimió.
Comencé a jugar con mi lengua recorriendo su punta, chupando y lamiendo una y otra vez. Noté un giro brusco en el auto, pero seguí en lo mío metiendo y sacándolo de mi boca.
Detuvo el auto.
Solo notaba la oscuridad alrededor así que imaginé que había encontrado un buen lugar para estacionarse. Me detuvo un momento para echar su asiento hasta atrás e hizo lo mismo con el mío, junto con mi respaldo. Una vez ahí bajo su pantalón dejando completamente libre su erección. Yo lo veía a los ojos desde abajo así que, cuando estuvo listo, tomó mi cabeza entre sus manos y me acercó a él nuevamente. Obediente volví a meterlo en mi boca una y otra vez mientras me masturbaba a mí misma. Como estábamos más atrás mi cuerpo estaba prácticamente sobre mi asiento y noté que levantaba mi falda. Metió su mano por debajo de mi ropa y acarició mis nalgas. Con un dedo recorrió la línea que las separa hasta llegar a mi vagina en dónde su largo y fuerte dedo empezó a joderme una y otra vez.
Estaba tan excitada que alzaba mi trasero para que llegara más y más adentro mientras yo lo lamía.
Me gustaba tanto lo que estaba sucediendo en mi vagina que me detuve a disfrutarlo y me olvidé del oral que le estaba dando.
Entonces, sentí un tirón en mi cabeza. Había tomado mi cabello con una fuerza que dolía, sacó la otra mano de mí, empuñó su miembro y lo metió en mi boca, hasta mi garganta.
¡Yo no lo podía creer! Estaba tan sorprendida como excitada, de mis ojos empezaron a brotar lágrimas y empezaba a sentir el reflejo del vómito de tan profundo que estaba en mí, cuando de pronto lo sacó. Fue tan solo un momento, lo suficiente para permitirme exhalar y tomar aire antes de volver a empujarme su miembro hasta el fondo. Se detuvo nuevamente y ahora empezó a empujar y sacar de mí toda su dureza una y otra vez, me sujetaba tan fuerte que no podía hacer nada. Estaba auténtica y sencillamente jodiendo mi boca. Volví a masturbarme sola. Cuando hubo encontrado un ritmo, siguió presionando mi cabeza con una sola, pero firme mano y de nuevo entró por debajo de mi ropa hacia mis nalgas. Llegó a mi vagina, pero ahora su largo dedo distribuía mi humedad por toda la línea que separa mis nalgas hasta llevarla a mi trasero.
Lo hizo una y otra vez hasta que estaba lo suficientemente lubricado como para empezar a masajearlo. Sentir su dedo tratando de entrar por esa zona me hizo correrme. Gemí de placer con mi boca llena de él, pero no se detuvo. Seguía jodiendo mi boca y empezó a hacerlo también con mi trasero. Cuando por fin tuvo su dedo entero dentro de mí lo movía de tal forma que me retorcía de placer, soltó mi cabeza, y salió de mi boca. Echó su respaldo más atrás y me jaló hacia él, me dio un condón que sacó de quién sabe dónde y se lo puse de inmediato, me acomodó de cuclillas sobre él y me penetró por completo. Me corrí de nuevo al instante. Mis paredes vaginales se contraían de placer sobre su dureza. Se enderezó un poco y estábamos casi frente a frente, mis senos estaban a la altura de su rostro así que me abrí la blusa por completo y desabroché mi brasier para dejarlos al descubierto, noté su sonrisa justo antes de acercar su boca y empezar a besarlos, chuparlos y morderlos.
Yo era toda placer y no quería que terminara nunca.
Seguía empujándome arriba y recibiéndome con fuertes embestidas mientras movía su dedo dentro de mi trasero y me mordía los pezones cada vez con más fuerza. Yo gemía y sentía cómo se iba apoderando de mí un temblor en todo el cuerpo, él también gemía con mi pezón entre sus dientes, estábamos cerca.
-¿Estás lista? -Pregunto y negué con la cabeza incapaz de responder, pero lo cierto es que estaba a punto.
Y entonces, una ola de placer me bañó de pies a cabeza. Un último movimiento en mi trasero, una última embestida y un mordisco más fuerte fue lo último que sentí. Él estalló dentro de mí al tiempo que sacó su dedo de mi trasero y liberó mi pezón de su opresión. Todo al mismo tiempo. Y me corrí una y otra vez junto con él. Sentí un orgasmo tras otro mientras él seguía vaciándose en el condón. Fueron segundos, un par de minutos, pero yo sentí que pasaron horas y horas de intenso placer.
Cuando por fin los espasmos de ambos pararon, nos quedamos así un momento más, con él aún dentro de mí.
Nos vimos a los ojos e hicimos lo único que no habíamos hecho. Nos besamos. No fue un beso tierno, tampoco muy apasionado. Fue tan solo una forma de agradecernos el placer que nos habíamos dado.
No quería dejarlo ir de entre mis piernas, pero era claro que el momento había terminado, así que lentamente me moví por sobre él y regresé a mi asiento.
Me quedé recostada ahí sin tapar mis senos o acomodar mi ropa, él tampoco guardó su miembro ni subió sus pantalones. Simplemente nos quedamos ahí uno junto al otro, recobrando energía.
La luz de algún auto grande pasó junto a nosotros y nos devolvió a la realidad. Me cubrí el pecho antes de levantarme y él se subió los pantalones. Levantamos los respaldos y acomodamos los asientos. Terminé de acomodar mi ropa interior que estaba completamente mojada.
Alcancé mi bolsa del asiento de atrás, saqué mi cepillo, mi agua pulverizada, mi maquillaje. Comencé a acicalarme mientras él me observaba.
-Te ves mejor despeinada y esos labios se ven mejor alrededor de esto -me dijo mientras ponía una mano sobre su pantalón.
Increíblemente mi vagina se estremeció con sus palabras y él lo sabía. Me sonrió con malicia y encendió el auto.
En el camino yo solo pensaba en el placer que había sentido, en la locura de lo que había hecho con un completo extraño, pero sin culpa. Me sentía como una cualquiera y, honestamente, estaba encantada con la idea.
-¿Lo disfrutaste? -Me dijo sacándome de mis pensamientos.
-¿Ahora es cuando pides que te digan lo bueno que eres y esas cosas que alimentan tu ego? -Le pregunté sarcástica. Aunque lo cierto es que él había sido increíble, pero no sé lo diría, por lo menos no tan fácil.
Soltó una carcajada.
-Eso no hace falta que me lo digas con palabras, ya me lo ha dicho tu cuerpo, pero no me refiero a eso. Me pregunto si disfrutaste portarte como una cualquiera. Porque, a menos que me equivoque, fue tu primera vez.
Me quedé sin palabras, parecía que leía mi mente tal como leyó mi cuerpo mientras lo jodió como él quiso. Y es que tal vez yo lo había iniciado, pero lo cierto es que fue él quien me hizo como quiso.
-Sí -le dije honestamente -lo disfruté mucho y sí, fue la primera vez.
-Quizá no sea la última. A veces, ya que te entregas así y sales de ese closet, no quieres entrar jamás.
Quería sentirme ofendida por sus palabras, pero escucharlo hablarme de ese modo tenía un efecto directo en mi entrepierna.
De cualquier forma quise respingar al respecto, pero justo al empezar mi diatriba me interrumpió.
-Si no dejas de decir cosas sin sentido, tendré que castigarte.
Sentí cómo fluía mi excitación, estaba mojada de nuevo.
-¿Castigarme? ¿Cómo? -Pronuncié con la poca voz que encontré en mi interior.
-Quizá un par de nalgadas, para empezar.
Él seguía conduciendo sin parecer afectado por la conversación. Yo no sabía qué hacer, estaba completamente fuera de mi elemento, pero sabía que quería sentir sus manos en mi trasero, castigándolo.
Tenía una noción de lo que hablaba, siempre había querido probarlo, pero mis parejas solían ser muy aburridas en la cama. Incluso la forma en que se había cogido mi boca, con fuerza y haciéndome sentir dolor, era algo que siempre había querido que me hicieran. Aunque nunca imaginé que lo haría y menos en un arrebato de locura.
Pero ahí estaba este hombre que se había cruzado en mi camino por casualidad, del que pensé que me aprovecharía para apagar mi calentura y luego lo desecharía. Me había llevado al punto exacto en el que quería estar.
-Pues castígame -Aventuré.
Soltó otra carcajada.
-Sí que eres una zorrita caliente. Sería un placer educarte para que aprendas quien manda. ¿Ya estás caliente de nuevo? -Preguntó mientras metía su mano entre mis piernas para sentir lo mojada que ya estaba. -Lo sabía.
Yo gemí.
-Silencio.
Me mordí el labio para evitar hacer más ruidos. Y abrí más mis piernas con la esperanza de sentirlo hasta adentro.
-No tan rápido, guapa, ya tuviste mucho placer por esta noche, así que ya no vas a correrte.
¿Qué? Pensé, ¡¿cómo puedo evitarlo si estoy a punto?!
Pero entonces se detuvo.
Casi le reclamé, pero cuando me giré para verlo sus ojos estaban clavados en mí, me sentí tan cohibida que bajé la mirada.
-Así me gusta -Me dijo y empezó a mover sus dedos en mi interior nuevamente tan solo para detenerse cuando me sentía cerca de llegar al orgasmo.
-¡Oh, vamos! -Dije con frustración.
-Quizá si me lo pides de buen modo, deje que te corras.
¿Y eso qué significa? Me preguntaba mientras él empezaba de nuevo.
-¡Por favor! -Le dije suplicante cuando volvió a detenerse.
Volvió a poner sus dedos a trabajar y ahora con más fuerza.
-¿Por favor qué? -Preguntó en tono enérgico.
-¡Por favor! Deja que me corra -La desesperación en mi voz era palpable.
-Solo te correrás si yo quiero -me dijo.
-¡Por favor!
-Por favor, señor. Tienes que hablarme con respeto.
Dijo esa última frase con parsimonia, como intentando hacer que entrara letra por letra en mi cerebro para que entendiera bien lo que estaba pasando.
Y lo entendía. Durante un tiempo fue una inquietud personal saber sobre esas relaciones basadas en el poder, pero simplemente había leído o visto algunas cosas en internet.
Mil cosas pasaron por mi mente, la mayoría sin sentido no tenía mucha idea de lo que significaba, aunque lo imaginaba. Estaba tan excitada, pero él paraba en el momento justo para evitar que me corriera. Giré mi rostro para verlo y esa mirada penetrante seguía sobre mí, aunque ahora veía un poco más en ella, veía complicidad, así que lo dije.
-Por favor, señor, deja que me corra.
Sonrió y se movió con más intensidad dentro de mí hasta que por fin me dejó llegar al orgasmo. Me temblaron las piernas, me estremecí completa, gemí de auténtico placer.
Sacó su mano de mí, la acercó a mi boca y metió uno de sus dedos para que probara el sabor de mi excitación. Después llevó esa mano a su boca y chupó uno a uno los dedos que habían estado dentro de mí.
-Me gusta cómo sabes. Me encantará hacerte correr sobre mi cara.
-Oh, eso me encantaría -dije pensando en voz alta y luego me mordí la lengua por haberlo dicho.
Él rio nuevamente.
Apenas fui consciente de que nos habíamos quedado detenidos otra vez, cuando empezamos a andar de nuevo.
-¿En dónde vives? -Me preguntó y sin ser del todo consciente le respondí, estábamos realmente cerca y yo no sabía qué es lo que iba a pasar, cómo iba a terminar esta locura que estaba viviendo.
Hicimos el último trayecto en silencio.
Llegamos a mi calle y le indiqué en dónde detenerse. Él se estacionó justo afuera y apagó el coche.
Permanecimos en silencio algunos minutos, yo no sabía si salir corriendo o volverme a echar entre sus brazos.
-Tienes potencial -me dijo mientras yo veía firmemente hacia mis manos. -Si quisieras, podría ayudarte a explorar tus límites. No imaginas el placer que puedes llegar a sentir de la mano de alguien que te trate duro, tal y como te mereces. Pero ten cuidado -dijo mientras con su mano levantaba mi rostro hacia él -no todos los extraños te tratarán tan bien como yo, no tomes riesgos innecesarios.
Me sonrió casi con ternura.
-Y admito que me sorprendiste, eso no me sucede a menudo. Has sido un verdadero placer.
Me besó rápidamente en los labios. Se volteó, abrió la puerta del coche y salió.
Yo no terminaba de regresar en mí cuando él terminó de rodear el auto y abrió mi puerta. Sobresaltada empecé a aventar todo apresuradamente dentro de mi bolso, me giré y tomé la mano que me extendía para salir del auto. Me puse de pie con dificultad mientras él sonreía divertido. Caminamos hasta la puerta de mi casa y yo seguía sin saber qué decir. Rebusqué mis llaves sin éxito, de tan nerviosa que estaba. Me quitó el bolso y lo sostuvo frente a mí para que pudiera buscar con calma.
¡Basta! Me dije a mi misma. ¿Quieres calmarte? ¡Estás haciendo el ridículo!
Respire profundamente con los ojos cerrados para tranquilizarme. Cuando los abrí él me observaba aún divertido. Le sonreí. Saqué las llaves por fin, abrí mi puerta y me giré hacia él.
-Gracias por... todo -dije sinceramente.
-Gracias a ti, fue una noche singular.
Se acercó de nuevo a mí para otro beso rápido, pero lo detuve y lo hice más largo, más intenso, apretándome contra él y sintiendo su nueva erección contra mí.
-¿Quieres pasar? -le dije sin pensarlo realmente.
-Quizá después -dijo y me invadió una profunda decepción. Pero él volvió a besarme y me perdí en su boca. Lo rodeé por el cuello con mis brazos y él me recargó en la pared, levantando una de mis piernas para frotar su erección contra mi vagina. Sentí una urgente necesidad de volver a tenerlo dentro de mí, pero después de un tiempo dejó mi pierna bajar.
Nos separamos y me quedé medio frustrada, pero volvió a besarme con una especie de ternura que me hizo calmarme. Después los dos nos sonreímos, finalmente había sido un gran encuentro, aunque yo no quería que terminara.
-Cuídate -Me dijo simplemente, dio la vuelta y caminó hacia su auto. Al abrir su puerta levantó su mirada hacia mí por última vez y me sonrió. Después subió a su auto, lo encendió y sin más, se fue.
Lo vi dar la vuelta antes de entrar y cerrar.
Fui dejando mis cosas en el camino y mi ropa por el piso. Me fui directo hasta el baño y puse a llenar la tina. Vacíe sales en el agua y mientras se terminaba de llenar, regresé desnuda por mi bolso, pasé a la cocina por una botella de vino, una copa y un cenicero. Busqué en mi bolso mi cajetilla de cigarros y puse algo de música antes de ir de regreso al baño y acomodar todo en la mesita junto a la tina. Ahí serví el vino y me bebí una copa de un trago, estaba sedienta. Me serví de nuevo. El agua llegó al punto que quería así que cerré la llave, me metí y dejé que me cubriera por completo, solo dejando mi cabeza fuera. Estiré mi mano en busca de un cigarrillo y lo encendí. Di una larga bocanada para llenar mis pulmones y exhalé lentamente.
Las escenas que acababa de vivir se recreaban nítidamente en mi mente.
¿En qué demonios estaba pensando?
"No todos los extraños te tratarán como yo", me había dicho.
Y era cierto, me pudo tocar algún loco y las cosas no hubieran terminado tan bien. Pero no quería pensar en lo que hubiera sido, prefería quedarme con lo que fue. Y fue maravilloso.
Bebí más vino y seguí fumando mientras recreaba todo en mi memoria. Parecía tener miedo de olvidarlo. Mientras lo hacía me tocaba como si él lo hiciera. Me sentía excitada, pero no llegaba a nada, "solo te correrás si yo quiero" sus palabras daban vueltas en mi mente.
Sí, señor, dije en voz alta. Dejé de tocarme. Y sentí mucho placer al dejar de hacerlo.
¡Todo era tan confuso!
Estuve en la tina hasta que me acabé el vino.
Me envolví en una toalla y luego alcancé otra para mi cabello y caminé a mi habitación. Fui al tocador para secarme el cabello y cuando me senté frente al espejo me quedé viendo mi reflejo. Mi pecho estaba rojo por el agua, pero al mismo tiempo distinguía algunas marcas, recordé sus mordiscos, sus labios chupándolos con fuerza. Recorrí las marcas con mis dedos y sonreí.
Después de secar y cepillar mi cabello, lo amarré en una cola y me fui a la cama. El frío de las sábanas sobre mi cuerpo desnudo me hacía estremecer, pero me encantaba la sensación. Bajé el volumen de la música sin apagarla y me acomodé entre las almohadas.
-Enrique -dije en voz alta.
De la nada vino a mi mente su nombre, pensé que lo había olvidado pues no le puse mucha atención cuando me lo dijo al devolverme mis cosas, pero ahí estaba, había llegado a mi mente.
-Enrique -repetí. Y fue lo último que escuché antes de caer en un profundo y placentero sueño.
Desperté agitada, sudorosa y con la mano en mi vagina. Aún sentía el placer recorrer mi cuerpo y sonreí. Me estiré largamente sin abrir los ojos aún, quería disfrutarlo un poco más.
Cuando por fin abrí los ojos y miré el reloj en mi buró, vi que era casi medio día. Sonreí de nuevo. Después de meses durmiendo apenas un par de horas, por fin pude tener una noche de largo y placentero sueño. Estaba segura de que tenía que ver con mi locura de la noche anterior.
Tomé mi teléfono y la realidad me alcanzó. Había olvidado que no servía por el golpe de la noche anterior, así que lo conecté con la esperanza de que reviviera con un poco de carga. Puse música de nuevo y fui a la cocina por algo para desayunar, moría de hambre.
Mientras preparaba algo sencillo me puse seria conmigo misma y analicé a conciencia mis acciones previas.
1. Tener sexo con un extraño no es necesariamente malo, pero sí debería tener más cuidado al hacerlo, una nunca sabe con quién puede encontrarse.
2. Tuve sexo con condón. Lo cierto es que él lo tenía, pero estaba muy segura de que si no lo hubiera tenido, lo hubiera hecho de cualquier manera. Años cuidándome en lo sexual y pude haberlo arriesgado todo por una calentura, me sentí como una chica de secundaria.
3. Llevé a ese extraño hasta la puerta de mi casa, incluso le había preguntado si quería entrar. Ok, no podía imaginar que Enrique fuera un maniático predador sexual que me estaría acechando a partir de ahora y del que podría sufrir algún daño, pero tenía que admitir que podría existir esa posibilidad.
Vaya, ahora sí que se había esfumado toda sensación de placer de esa noche. Bueno, no me sorprendía, yo misma terminaba siempre con cualquier cosa que me hiciera ligeramente feliz. Ni modo. Debía analizar los hechos objetivamente y aún había un par en mi mente.
4. Lo llamé, señor. Le rogué que me llevara al orgasmo. Lo dejé que me tratara como una mujerzuela. Y, por sobre todo eso, me encantó hacerlo.
Sentí un cosquilleo en mi entrepierna. Vaya, ¿cómo podía tener ese efecto en mí, con tan solo recordarlo? En realidad, nunca me había sentido así con nada ni con nadie.
Dejé mi comida en la mesa y fui a mi habitación por mi computadora. Regresé al comedor, la encendí y abrí el navegador. ¿Qué debería buscar?
Lo pensaba mientras comía un bocado y no podía decidirme.
Probé con algunos juegos de palabras que involucraban, sexo, poder, dominación, etc.
La cantidad de respuestas me abrumaba, la mayoría de las cosas que llamaron mi atención se relacionaban con sumisión y prácticas de ese tipo. Al final me fui a la "confiable" Wikipedia.
Leí mientras comía, pasando de una página a otra, encontrando definiciones, estudios, noticias, imágenes muy explícitas, términos que no conocía, otros que tenía mal entendidos. Luego encontré algunos foros.
Me detuve en uno de esos foros sobre BDSM y empecé a explorar, había testimonios, literatura, preguntas, imágenes. Sin pensarlo demasiado me registré y no pasó mucho tiempo antes de empezar a recibir mensajes. Varios tipos se ofrecían a hacerme su "perrita" y a educarme. Me causó un poco de gracia. Los leí todos, pero no respondí a ninguno. Ni siquiera sabía qué decir, pero supe que en realidad algo tan extremo no me gustaba.
Seguí vagando en los foros. Encontré temas muy interesantes y me llamaban particularmente la atención las opiniones de otras mujeres que se denominaban sumisas. Entendí que en realidad era un mundo muy vasto y, sobre todo, que no es algo que haces de noche a la mañana. Hay que entablar confianza con la pareja, hablar de los gustos, límites y realizar un consenso sobre cómo llevar a cabo una "sesión". Vaya, al final lo que había tenido anoche fue solo un juego comparado con todo lo que leía en ese momento. Admito que me sentí un poco decepcionada, pero al mismo tiempo reafirmé esa idea de que cosas tan intensas en realidad no eran para mí.
Cerré la computadora, limpié el desayunador y me fui a la ducha. Abrí el agua y entré de inmediato, sin importarme que estuviera fría, de hecho lo prefería. Quizá era justo lo que me hacía falta para dejar de fantasear y olvidarme de todo este asunto de una vez por todas.
Mientras me bañaba escuché sonar el teléfono de casa y entró el contestador.
"Hola, guapa, ¿estás en casa? Te llamé al celular sin respuesta, solo quería confirmar el cine para hoy en la tarde. La película empieza a las cinco, pensé que podríamos vernos como a las tres para comer algo antes o quizá un café, tú decide. Llámame".
Aaggh... Había olvidado por completo esa "cita". Justo en ese momento no me apetecía salir y aguantar la charla de ese tipo que quería llevarme a la cama, pero no se atrevía a pedirlo. Pero bueno, sería una distracción de mis actuales pensamientos.
Salí de la ducha, tomé el teléfono y le llamé, en pocas palabras le expliqué que mi teléfono estaba muerto, pero que estaba bien, nos veríamos en el café que estaba junto al cine a las tres.
Me vestí sin mucho ánimo con lo primero que encontré, no quería impresionarlo o que creyera que me interesaba por vestirme bien para él, y se notaba: jeans, tenis y una playera. Me sequé el cabello y lo amarré en una coleta sin siquiera pensar en algún peinado elaborado.
Saqué una bolsa del closet y luego busqué la cartera, mis cigarros y el labial para guardarlos en ella junto con mi celular, que seguía sin encender. Apagué la música y me dirigí hacia la puerta.
Mientras abría la cerradura sentí un nudo en el estómago.
¿Y si estaba ahí? ¿Qué tal que si en verdad era un maniático sexual que me esperaba en la puerta para atacarme? Quizá se sentía con derecho después de cómo me había portado por la noche.
¡Tranquilízate, Ariana! Siempre exageras, me dije a mí misma. Aun así, me acerqué a la mirilla de la puerta y claro, no se veía nadie. Resoplé y abrí la puerta. Me detuve en el umbral y observé hacia todos lados, pero no lo vi. Un rastro de decepción se asomaba en mi interior, pero lo deseché de inmediato. Terminé de salir y cerré bien con llave antes de irme.
Decidí ir caminando al centro comercial, tenía tiempo y mientras lo hacía observaba a las personas que encontraba en el camino. ¿Cómo será su vida sexual? Me pregunté. Quizá no tan aburrida como la mía. Y entonces imaginaba escenarios para cada persona. Al tipo alto y delgado le gusta salir con chicas pequeñas. A esa señora le gusta salir con hombres jóvenes. Esos jóvenes tendrían ese día su primera vez. Esa pareja con hijos tiene siglos sin hacerlo. Me divertía.
Cuando llegué a la plaza me encaminé al centro de atención para que revisaran mi teléfono, al parecer el golpe fue demasiado fuerte y necesitaba alguna reparación que podían hacer ese mismo día, menos mal. Lo dejé y salí a recorrer la plaza, tenía mucho tiempo antes de ir a mi cita, así que hice algunas compras. Entré a la librería y me dispuse a perder mucho tiempo vagando entre los pasillos descubriendo algo que fuera interesante. Ya llevaba varios libros encima cuando recordé que en el foro vi algunas recomendaciones de lecturas sobre temas de sexo no convencional, así que fui a una sección de sexualidad y revisé varios títulos. Encontré un par que llamaron mi atención y decidí que eso era suficiente por el momento. Fui a la caja y pagué mientras la cajera veía un tanto sorprendida, dos de los cinco libros que llevaba, supuse que el sexo siempre sería un tabú.
Tenía aún casi una hora antes de mi cita, así que aproveché para hacer algunos pagos y comprar más cosas. Mientras caminaba pasé por una tienda de ropa que siempre me había gustado, pero en realidad sentía que no iba conmigo o con mi vida. Pero ese día sentí un impulso y entré.
Recorrí los pasillos y rebusqué entre las prendas. Un par de pantalones ajustados que imitaban piel acapararon mi atención igual que otros negros que parecían de látex. Busqué mi talla. Después un par de blusas con el escote pronunciado, otra con la espalda descubierta y con adornos llamativos.
La tienda también vendía ropa interior y encontré un par de corsés que me remitieron a las imágenes que vi en internet, los tomé igual que un liguero y lencería en encajes en color negro o rojo.
Una chica se me acercó y me preguntó si quería probármelo, me entró un poco de pena, así que le dije que no, que no era para mí. Quizá mi mentira fue tan obvia que ella se rio y no insistió, solo se ofreció a llevarlo todo a la caja. Mientras caminábamos algo más atrajo mi atención. Una gargantilla de piel negra con un dije de plata. No era particularmente especial, pero de nuevo revivió imágenes que había visto en alguna página de internet: una chica atada de piernas y manos con cuerdas en ropa de piel negra que apenas la cubría, llevaba un collar como ese que resaltaba porque tenía la cabeza echada hacia atrás, pues la mano de un hombre tiraba de su cola de caballo, mientras con la otra mano apretaba sus senos.
Otro cosquilleo.
La empleada me observaba y me preguntó si quería verlo. Le dije que no, aunque quería decir que sí. La verdad es que de nada serviría si no tenía a ese alguien que tirara de mi cabello. Salí de mi ensoñación y fui a la caja a pagar.
Ya era casi la hora de la cita, así que no tendría tiempo de ir a dejar las compras a casa, odiaba llegar tarde, aunque sin ayuda de mi asistente siempre se me complicaba estar a tiempo. Me encaminé hacia el café y al subir por las escaleras eléctricas algo llamó mi atención.
En el elevador que bajaba junto a las escaleras vi a un hombre alto de torso ancho, atlético sin ser musculoso, cabello oscuro con algunas canas, iba recargado en la pared con una pierna cruzada frente a la otra y las manos despreocupadas metidas en los bolsillos de sus jeans negros. Algo en él me hizo pensar en Enrique. Primero creí que era ridículo, no lo veía de frente y solo porque físicamente se asemeja a él ya pensaba que estaba ahí. Pero quería verlo.
El elevador llegó abajo antes que yo al final de la escalera y él salió detrás de una chica con su brazo rodeándola por la cintura. En mi mente parecía más un modo de guiarla que un gesto cariñoso. Caminaron alejándose de donde yo estaba, dándome la espalda. Repasé la plaza en mi mente y deduje la salida a la que podrían dirigirse. Eché a correr en esa dirección, debía dar varios giros por la forma en que estaba construida la plaza, así que apuré el paso, bajé un par de escaleras haciendo que la gente se hiciera a un lado, molesta. No me importó. Cuando llegué a la planta baja me puse de puntas tratando de verlo, pero no lo conseguía, quizá habían entrado en alguna tienda. Caminé buscando desde afuera entre aparadores sin éxito. Entonces me desanimé y pensé en lo ridículamente que me estaba comportando. Suponiendo que fuera él y lo hubiera alcanzado, ¿qué? ¿Me acercaría? Le diría frente a su novia, esposa, lo que sea: ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? Me diste la cogida de mi vida anoche en tu coche.
Solté una carcajada. La gente me miró extrañada, pero no me importaba. Suspiré profundamente y empecé el camino de regreso al cine. Casi inconscientemente volví la mirada hacia atrás una vez más y los observé salir de una de las tiendas del final. Sin meditarlo di la vuelta y caminé en su dirección, cada vez más rápido. Ya habían salido de la plaza y un coche se detuvo ante ellos, eché a correr los últimos metros y llegué justo cuando ella terminaba de subir al auto por la puerta de atrás, sin duda era el mismo coche en el que habíamos cogido anoche, aunque ahora conducía alguien para ellos.