Andrew
El guardia de seguridad del centro de menores en el que me encontraba desde el día anterior tiró de mí sin ninguna delicadeza hasta que llegamos a la mesa de metal donde me esperaba el abogado de oficio que me había otorgado el estado. ¿Cómo sabía aquello? Bueno, eso era bastante fácil, era mi tercera entrada a un sitio como en el que me encontraba y siempre era lo mismo. Venía un pringado con traje barato que no tenía otra alternativa, me miraba con los dientes apretados, meneaba la cabeza, esperando que lo ayude a sacarme de allí porque necesitaba cobrar el maldito cheque. Intentaba meterme miedo, me prometía que se ocuparía de mí o que le recordaba a su hijo.
Todas mentiras, siempre mentiras. Dirían lo que fuese para terminar con el asunto.
Luego, cuando nada funcionaba cruzábamos varias miradas de odio, él pensaba que yo era escoria, un montón de basura que en un par de años iba a terminar de una de tres formas: con un balazo entre ceja y ceja, como un cadáver ambulante adicto al crack o algo peor, o entre las rejas como el resto de los chicos que vivían por mi zona. Y tenía que admitirlo, era posible que tuviese toda la razón, que uno de esos fuese mi final.
Mis padres habían muerto cuando era un bebé en un accidente, eso decían, yo creía que posiblemente eran adictos o quizás solo dejaron su pequeño bebé porque les importaba una mierd@. Pero en el hogar de acogida en donde estuve se inventaron el cuento del accidente porque era una realidad menos horrorosa que comunicarle a un niño pequeño, uno que estaba enojado todo el tiempo y que de saber la verdad tendría un brote violento cuando descubriera que efectivamente era descartable tal como se sentía.
Finalmente, a los once una pareja de yonkis se las apañó para convertirse en mi hogar transitorio, menuda suerte. Literalmente pensé cuando los vi que estaba mucho mejor en donde estaba. Sin embargo, a pesar de que veía mi panorama completamente negro, no fue así; no me trataban mal, no me golpeaban y se ocupaban de que tuviese tres comidas diarias. Mientras respirara y me las arreglara solo, todo estaba bien. El cuento entre ellos era muy diferente; él se llamaba Larry y ella Jamie. No eran malos cuando estaban limpios, lo que no era muy frecuente, aunque se respiraba una tensa calma que a veces nos impedía respirar casi a diario, hasta que Larry bebía de más, perdía todo lo que teníamos en las cartas o se colocaba más de la cuenta, entonces era siempre igual: las palizas, los insultos, la oscuridad...
Con el tiempo comencé a notar que en ciertos días estaban más colocados que de costumbre, mucho más.
Eso llamó mi atención y comencé a vigilarlos. Esperé a que estuviesen casi inconscientes para revisar sus cosas. Los hijos de put@ cobran casi una fortuna por mí cada mes, recibían cheques de una empresa, no tenía idea de porque, pero era malditamente mío y se lo gastaban en esa porqueri@ que se metían casi completito.
Estaba furioso, tomé todo el dinero que me quedaba y me fui dando un portazo. Tres días después fue mi última detención y me la pasé en grande.
Cuando el dinero se me acabó, volví a la pocilga en la que vivíamos. Antes de siquiera entrar, supe que había problemas.
Entré lentamente, sintiendo que algo muy malo ocurría, era algo que sentía en el pecho, en el cuerpo. Lo primero que me llegó fueron los golpes, los gemidos ahogados y los insultos confirmando mi primer instinto. Fui a la habitación cuando vi a Larry completamente fuera de sí, la habitación estaba patas arriba y él golpeaba la cabeza de Jaime contra el piso mientras proliferaba una batería de insultos.
Jaime no se defendía, apenas si respiraba. No podía explicarlo, solo sé que algo se rompió dentro de mí. Estaba cansado de aquello, de que golpease, la humillara y abusara. Eso era un infierno que no quería seguir soportando. El pánico me estrangulaba, temía que la matase, que terminase el trabajo allí frente a mis ojos.
Por lo que fui a mi habitación, tomé el palo de Hockey sobre hielo que escondía bajo la cama porque lo había robado una semana antes a un idiota que me miró de mal modo.
Cuando volví a entrar a la habitación el pánico me estrangulaba. Le grité que la dejase, no lo hizo. Volví a gritarle que la dejase o lo mataría. Entonces me escuchó y la dejó, tendida, lánguida sobre el piso. Se levantó precipitadamente con los nudillos ensangrentados y el rostro hinchado, mirándome furioso.
No lo dude, ni por un segundo, porque pude ver el odio reflejándose en sus ojos, porque de haber podido me hubiese asesinado en ese mismo instante, levanté el palo y le di con toda la fuerza que tenía. Solo recordaba que cayó como un costal de papas. Nada más, aunque los polis me habían dicho que continúe golpeándolo hasta casi matarlo.
Cuando le preguntaron a Jaime, les dijo que lo había atacado sin motivos, que era un chico problemático y violento. Probablemente, me quedaría allí un tiempo, luego me enviarían a prisión.
No sabía que esa sería la última vez que la vería, de haberlo sabido le hubiese dicho que escapase, que lo hiciera mientras ese maldito estaba en coma.
Cuando me senté en el banco frío, apenas si levanté la vista, sin embargo, me di cuenta de que no era uno de esos patéticos abogados de oficio que se encargaban de mí siempre. Este llevaba un traje hecho a medida, un maletín de piel de miles de libras y un reloj de oro.
-Andrew. -Dijo parándose para saludarme, extendiéndome la mano. -Soy Edward Wentworth, voy a representarte.
No le devolví el gesto, me limité a mirarlo de arriba abajo.
-¿Es el abogado que me designaron esta vez? -Le pregunté con el tono chulesco que me gustaba usar, con esos estirados que se creían siempre mejor que yo.
-No, en realidad... Yo elegí tu caso. -Levanté el mentón, antes de entrecerrar los ojos con cautela. ¿Por qué alguien como él se ocuparía de alguien como yo? -Pero no te preocupes por eso ahora, lo único que debe interesarte es que estoy aquí para ayudarte.
-¿Ayudarme? -Alcé una ceja divertido.
-Sí, ayudarte. -Sacó mi expediente y comenzó a hojearlo como hacían todos. -Impresionante...-Murmuró antes de mirarme. -Tus notas son excelentes, incluso podrías haber sido el primero de la clase de no ser por los constantes incidentes en los que te has visto envueltos. Tu promedio general es fantástico. ¿Piensas ir a la universidad? ¿Qué te gustaría estudiar? -Sonreí, me parecía francamente una broma y no de las buenas.
Nadie que conociese estudiaba en la universidad, tenían suerte si se transformaban en vendedores con un promedio de vida de cincuenta años.
-No he conocido a nadie que haya ido a la universidad. -Reí antes de inclinarme hacia adelante sobre la mesa. -De donde yo vengo -me encogí de hombros. -El futuro no es algo en lo que pensemos, nadie hace planes, nos conformamos con saber que sobreviviremos ese puto día. -El abogado, tragó saliva con fuerza.
-Yo estoy aquí para ayudarte, para cambiar tu vida. Te entiendo, estás enojado, tienes miedo y crees que necesitas ser duro para sobrevivir en las calles, pero golpear con un palo de hockey a tu tutor fue algo estúpido, no obstante continuar golpeándolo hasta dejarlo en coma fue terriblemente torpe. Algo que va a costar mucho tiempo y dinero resolver. Puedo sacarte de aquí; sin embargo, necesito que comiences a reflexionar en que necesitas en quien deseas convertirte. -Bajo el tono para que nadie lo escuchase. -¿Por qué lo hiciste? Tu tutora dice que lo atacaste sin motivo, yo no pienso que sea así. ¿Te golpeaba?
-No. Lo hice porque no me gustó como me miró.
Suspiró profundamente.
-Quiero ayudarte, debes dejarme, Andrew.
-Sí, como no... -Me tumbé sobre la silla nuevamente. -Le voy a decir lo que va a ocurrir; puede que me liberen, digo a quien le importa, casi mato a un adicto más como otros cientos. Puede que hasta le haya hecho un favor al mundo. Voy a volver y Larry me va a moler a palos, hasta que ruegue que me asesine. Quizás tenga los pantalones de no volver a ese agujero y vivir en la calle, puedo robar, convertirme en vendedor, con suerte voy a tener un par de años hasta que vuelva a estar en un sitio como este o peor, probablemente peor. A nadie le importa y a mí tampoco, señor abogado. -Me crucé de brazos, cuando vi que estaba a punto de llorar, realmente estaba conmovido.
Por alguna razón, me hizo sentirme mal y me removí incómodo.
-Te dije que estaba aquí para ayudarte. No volverás con ellos.
-¿Y a dónde iré? ¿Un hogar de acogida? -Me burlé. -No me recibirán, cumplí quince años hace un mes. Además, nadie adopta a un adolescente, menos a uno como yo. Nadie va a arriesgarse con un crío que puede pirarse y romperle la cabeza con un palo de hockey, debería saberlo.
-No tengo intenciones de hacer que vuelvas al sistema. -Me dijo y alcé las cejas, sorprendido. -Tampoco nadie va a adoptarte, me convertiré en tu tutor, tu benefactor, pero nadie podrá saberlo.
-¿Por qué? -Si algo había aprendido durante mi corta vida era que nada en el mundo era sin segundas intenciones. -No pienso chupársela. No es que tenga nada malo, pero me gustan las mujeres. -Le aclaré de inmediato, no sería la primera vez que me ofrecían sacarme de allí por algo a cambio. -Y si intenta obligarme, le juro que le voy a dar la paliza de su vida.
Lanzó una sonora carcajada y se le dibujaron unas arrugas alrededor de sus ojos azules.
-No pretendo que lo hagas, tranquilo. -Respiró lentamente para luego lanzar el aire. -Digamos que quiero saldar una cuenta que llevo sobre mis espaldas.
-¿Una deuda? ¿Con quién?
-Eso no importa, solo debes saber qué quiero hacer de ti un gran hombre.
Soundtrack: Say Something
Andrew
Londres: Dos años atrás.
No tenía ni idea porque decidí darme la vuelta cuando estaba a punto de salir por la puerta. Incluso era algo que desee durante gran parte del día, salir de allí. Llegar finalmente a casa, poner algo de música y comer algo de la lasaña que seguramente la señora Grant me había dejado en el microondas, mientras leía un poco probablemente. Luego con suerte ir a dormir e intentar conciliar el sueño, algo que la mayoría de las veces me resultaba imposible porque cuando todo a mí alrededor se calmaba debía finalmente escuchar mis pensamientos, enfrentarme cara a cara con lo que era. Sin embargo, allí estaba camino a ediciones esperando encontrarla.
No sabía exactamente por qué me había pasado dos días pensando en ella, en la forma en como hablaba sola, en como mordía el bolígrafo, en su sonrisa o en la tibieza que desprendía su cuerpo cuando estaba lo suficientemente cerca del mío.
No entendía que era lo que me ocurría, solo estaba seguro de que me parecía inofensiva. Me repetí muchas veces durante el día que no existía nadie inofensivo, que la experiencia me indicaba que ya no se podía confiar en nadie, ni siquiera en mí mismo. Sobre todo no debía confiar en mí.
Pero ella me parecía inofensiva, probablemente eso no parecía un cumplido, sin embargo para mí lo era. No parecía tener dobleces, no era del tipo que ocultaban cosas, casi siempre se iba de lengua, aunque para ella eso no parecía ser malo en lo absoluto por el contrario era bueno y en ocasiones sentía que si me acercaba lo suficiente podría experimentar algo de aquella candidez. Lo peor de aquello era que no podía dejar de mirarla y mucho menos dejar de pensar en ella.
Cuando abrí la puerta la vi haciendo una anotación en un post-it para luego colocarlo concienzudamente en el margen de una hoja. Ni siquiera me escuchó entrar por lo que la vi levantar la vista sorprendida cuando hablé.
-¿Otra día en el maizal? -Le pregunté mientras me apoyaba en el marco de la puerta, esperando ver su sonrisa y allí estaba, como siempre.
Inofensiva.
Siempre sonreía para cuando me veía o puede que es lo que yo deseaba. No importaba que tan malo fuese su día y podía apostar que había sido realmente malo. Tenía el cabello enredado en la parte de atrás, los ojos hinchados y tres vasos de café apilados al lado de las carpetas con los expedientes.
-Sí, otra vez me fui de lengua, aunque en mi defensa esta vez fue una encerrona. -Se justificó, colocándose un mechón de cabello tras la oreja, nerviosa, porque la avergonzaba ser vista allí. Porque para su jefe aquello era una especie de castigo. -¿Qué hora es? Creo que no me moví de aquí ni siquiera para ir por un sándwich de pavo como suelo ir. -Estiró los brazos antes de hacer crujir su espalada.
-Las ocho y treinta, ya todos se han ido. -Lanzó un pesado suspiro, cargado de frustración. -Podría hablar con él, si tú quisieras. Ni siquiera los becarios pasan tanto tiempo en ediciones como tú. -No estaba seguro de porque me provocaba protegerla.
-Eso empeoraría las cosas Andrew, no necesito que me defiendas, yo puedo hacerlo sola. Puedo salvarme sola. -Dijo con suavidad y poca convicción. -Además me van a pagar un bono extra por productividad. ¿Sabías que pagaban uno de esos? -Asentí sonriendo.
-Entonces, ¿qué te parece un respiro? -Ella me miró con una ceja alzada. -Estoy hablando de ir a tomar un poco de aire a la terraza. -Le aclaré y me devolvió una de esas sonrisas que parecían iluminar toda la habitación. -No hay dobles intenciones en mi propuesta, a menos que quieras que sea una propuesta indecente, en ese caso puedo cambiar mis intenciones rápidamente.
Rebecca se levantó negando con la cabeza, al tiempo que se alisaba el vestido con cuidado.
-Me bastara con tomar un poco de aire, antes de continuar. -Me incorporé cruzándome de brazos para observarla mientras se preparaba y dejé que mis labios se curvaran de manera casi perezosa, inconsciente de que observaba cada uno de sus movimientos. -¿Debería ponerme zapatos? Siento que los pies me van a estallar. -Ni siquiera me miró.
Continúe analizándola de forma intensa hasta que ella carraspeo porque esperaba alguna respuesta. .
-Creo que puede darte un poco de frío. -Dije finalmente.
-Es verdad. -Se los colocó. -No me gusta el frio, o quizás debería decir que lo que no me gusta es tener que usar vestidos con este maldito frio.
-Entonces, deberías haber escogido otro lugar más cálido para vivir. -Le dije tomando el único abrigo que se encontraba colgado en el perchero junto a la puerta, para ofrecérselo.
Caminamos por el pasillo hasta que llegamos al ascensor que abordamos para llegar a la azotea. Subimos en silencio con nuestros brazos rozándose sutilmente mientras la observaba por el rabillo del ojo, porque intentaba adivinar si ella sentía como yo que entre nosotros había algo más. Lo había sentido por primera vez, fuerte y latente cuando conocimos por pura casualidad en el metro, aunque luego esa sensación se fue diluyendo poco a poco hasta que simplemente se convirtió en algo cordial.
Cuando las puertas se abrieron, le indique con la mano que debía salir y me apresuré a abrir la puerta para ella.
En cuanto estuvimos fuera el frio nos golpeó con fuerza y se abrazó como para protegerse del frio, quizás debería haberla abrazado porque era lo que quería hacer, me apetecía sentirla de alguna forma que era diferente a la forma en la que quería tocar al resto de las mujeres en las que intentaba trazar cada curva con dolor. Junto a Rebecca sentía que de alguna manera dejaba de ser yo, para ser alguien más, alguien mejor, alguien que solo quería acunarla con ternura. Puede que de haberle dicho eso hubiesen cambiado las cosas. Si hubiese sido valiente para decirle que me importaba una mierd@ ser su amigo, que la quería, no estaba seguro de que nada cambiara. Pero nunca lo sabría.
Muchas veces me pregunté luego de esa noche si de haberla besado las cosas serían diferentes. Algunas noches daba vueltas pensando en cómo se habrían entretejido nuestros destinos de haber tomado diferentes decisiones. No podía estar completamente seguro de nada porque los recuerdos se iban volviendo borrosos. Como si la distancia física, precediera inevitablemente al olvido. De lo único que podía estar seguro, era de lo hermosa que se veía esa noche en contraste con el gris plomizo del cielo, con el viento alborotando su cabello y los labios ligeramente hinchados.
Se acercó con cautela a la cornisa, colocándose en puntas de pie para observar la vista.
-Es hermoso... -Concluyó sin dejar de ver las luces encendidas bajo nuestros pies. -Creo que lo más hermoso que he visto en mi vida. ¿Cómo sabias que esto me gustaría? ¿Qué me haría sentir mejor después de un día horrible? -Su voz era casi un hilo que me hizo sentir un nudo en la garganta difícil de ignorar.
-No lo sé, simplemente lo sabía. -Dije sin dejar de mirarla de perfil, con la boca ligeramente abierta, las mejillas sonrosadas por el frio.
-A veces siento como si nos conociésemos de antes, como si ya hubiésemos coincidido en otro mundo, en otro lugar, en otra vida. Cada vez que me siento mal, cuando creo que no hay un solo rostro amigable o estoy muy nerviosa de alguna forma estás allí. ¿Eso es raro? Porque en realidad no te conozco, ni tú me conoces. -El vaho que provocaba el frio salió de su boca. -No quiero que pienses que estoy loca o algo por el estilo.
Se quedó muy quieta esperando una respuesta.
-Yo te conozco. -Le dije tomando uno de los mechones de cabello que estaba suelto al frente, bailando sobre su rostro. -Sé lo que necesitas porque a veces necesito lo mismo, como ahora... Lo que quiero es bailar y puede que quieras lo mismo porque bailar es dejar de pensar, dejarse ir con las notas...¿Quieres bailar? -Le pregunté de pronto y ella se dio la vuelta para verme con el ceño ligeramente fruncido.
-¿Bailar? ¿Aquí? -Negó con la cabeza. -No se bailar, no pienso hacer el ridículo.
-Sí puedes, porque me has dicho que somos amigos y los amigos no se juzgan. Además tampoco estoy seguro de ser un gran bailarín, pero creo que leí que la música es curativa, puede hacerte sentir mejor y ya sabes. -Le extendí la mano. -Te conozco y sé que es justo lo que necesitas. Confía en mí.
Me tomó la mano y la mantuve sujeta en la mía, mientras ella me estudia en silencio. Definiéndose entre lo que su mente le decía que era una completa locura y lo que deseaba hacer. Ladee ligeramente la cabeza y le di mi mejor sonrisa para animarla.
-No hay música. -Me dijo. -Como si intentase buscarle una explicación racional a todo.
Por lo que tire de ella con cuidado, acercándola a mí. Rebecca apoyo su mano sobre mi hombro, asustada por lo sorpresivo de mis movimientos y se sujetó para no caer.
Saqué los audífonos del bolsillo, le coloqué uno de ellos en su oído y el que restaba en el mío. Tomé el móvil que se encontraba en mi otro bolsillo para buscar una canción y le subí un poco el volumen. Luego lo guardé nuevamente, para apoyar suavemente una de mis manos en su cintura.
El piano comenzó a sonar tan íntimamente que ella abrió sus enormes ojos café, me sostuvo la mirada, logrando que mis piernas flaquearan ligeramente como lo había hecho en el tren, analizándome de una manera tan intensa que sentí que algo se incendiaba en mi interior. La pegué a mi pecho, moviéndome y Rebecca finalmente se dejó llevar, apoyando su cabeza con cuidado en la curva del cuello.
No se podía decir que estuviésemos bailando, para ser franco simplemente nos movíamos, pero justo aquello era perfecto.
-Di algo, estoy renunciando a ti. Seré, él indicado si tú quieres que lo sea... -Mi mano apretó instintivamente su piel sobre la tela y le canté suavemente al oído, mientras sentía que temblaba ligeramente, se sentía tal como si una mariposa aletease suavemente entre mis manos. Entonces tuve miedo de que escapase, que volase a los brazos de otro.
Nos movimos, mientras ella me permitía que le siguiese murmurando la canción donde no llevaba el audífono con mis labios rozando su piel. Me dejo acariciarla, casi sin tocarla. Sintiendo latir su pecho contra el mío, permitiendo que el vaho que escapaba de sus labios rozara mi barbilla.
Giramos sin pensar en nada, sintiendo que aquello era único, especial. Respiramos hondo, mientras la música nos hacía flotar. Me concentré en las yema de su pulgar trazando suaves círculos en el dorso de mi mano, hasta que la canción terminó de sonar. Aunque ninguno de los dos, dimos un solo paso en busca de separarnos. Y sentí miedo porque aquello era nuevo para mí, porque estaba seguro de que a veces tener esperanzas era peligroso.
-Gracias...-Su voz era un hilo apenas perceptible. -Gracias por ser un buen amigo... -Tragué con fuerza porque en aquel momento, en esa terraza, entendí que no podía ser su amigo. -Prométeme que nunca vas a dejar que esto se rompa, nunca antes había tenido a alguien que me conociese tan bien sin siquiera conocerme.
Sonrió contra mi cuello.
-No voy a dejar que se rompa...-Mi voz se sintió áspera, profunda, bajo el crujir del viento contra los cristales. Un copo de nieve bailo hasta su cabello, luego otro cayó sobre su nariz y ella se separó para abrir su palma en busca del siguiente que planeaba de manera perezosa sobre nosotros. Entonces entendí que no podía prometerle nada sin salir herido. Que necesitaba algún tipo de garantía. Por lo que me acerqué a ella, Rebecca no se movió cuando me incliné con cuidado, moviendo mis movimientos hasta que estuvimos tan cerca que su nariz casi rozó la mía. Me sentí muy triste cuando su aliento acaricio mi mejilla, por lo que lo único que pude decir fue:-Pero tú prométeme que si se tensa lo que sea que exista entre nosotros, serás la que olvidé por los dos.
Si ella no olvidaba, no estaba seguro de poder hacerlo porque esa noche supe que la amaba a pesar de saber muy en el fondo que nunca podría ser correspondido. Era un amor condenado, un amor que no moriría tan fácilmente porque existía a pesar de ser ocaso, renuncia y vacío.
Alessia
Un año atrás
¿Qué estaba haciendo? En realidad sí que lo tenía claro. Sentía algo por alguien que solo había visto una vez en mi vida, ni siquiera podía definir exactamente que era, pero quería averiguarlo. Saber si él me veía realmente tal como yo creía.
Aquello era una locura, no es que antes estuviese demasiado cuerda. Pero ahora estaba en la puerta de un Pub, sola, esperando que aquella conexión que sentí con Andrew, no fuese simplemente producto de mi mente.
Claro que en el uber la idea de que él no tenía las mismas intenciones cruzó por mi cabeza, de otra forma hubiese llamado, pero no lo hizo. Eso me debería haber desalentado. Sin embargo allí estaba, esperando para dejar mi abrigo, apretando con fuerza la tela del vestido rojo y ajustado que Popys dijo que me quedaría pintado mientras se lamentaba por no haber logrado cancelar su cita.
Era bastante extraño porque de cierto modo creí que habíamos conectado durante la boda de mi hermana, hablamos durante horas, bailamos y me reí como nunca antes lo había hecho con ningún hombre. Nunca nadie me escuchó o me vio como él. No me miraba las tet@s como solían hacer, me prestaba atención, escuchaba lo que tenía para decir y no me hacía sentir como una idiota.
Sin embargo, cuando llegó el momento de despedirnos, me aproximé a él ligeramente, esperando ansiosa que me besase, que sus manos fuesen más allá, quería todo. Me importaba poco que fuese un caballero, porque su cercanía bastaba para sentir esas cosquillas en el estómago que te hacen respirar muy profundo solo para saber si tu corazón está latiendo todavía y realmente esperaba que él sintiese lo mismo.
Andrew me miró intensamente, de forma intima, como si me conociera, sonriéndome de una forma tan bonita que me entraron ganas de llorar. Nuestras miradas se enredaron por lo que tragué con fuerza ansiosa.
En ese momento tuve la percepción de que parecía incomodo cuando su brazo rozó mi costado frente al departamento de Popys. Aun así se inclinó y yo cerré los ojos disfrutando de su cercanía, concentrándome en la tibieza que desprendía su piel, esperando ese contacto que tanto ansiaba. No pasó, se limitó a dejarme un beso suave en la mejilla para separarse de forma repentina, mirándome de manera tensa. Ni siquiera dijo nada, simplemente se dio la vuelta para irse, desapareciendo de mi vista.
«¡Vaya mierd@!»
Fue confuso, decepciónate y sin sentido. No lograba entender que era lo que había ocurrido, que era lo hice para obtener su rechazo. Entonces Popys me dijo lo que ocurría, Andrew estaba enamorado de mi hermana o al menos lo había estado, aunque para ser sincera en el fondo sabía que él seguía sintiendo algo por ella.
No podía creer que nuevamente fuese tan idiota como para poner los ojos en alguien que estaba colado por ella. Era extraño, porque había crecido escuchando lo guapa que era, lo perfecta que era mi piel, mis labios, mi cuerpo, pero nunca me sentí especial por ello, no como ella por ser quien era.
Muchas veces tenía la sensación de que yo era como esas muñecas de bronceado perfecto que descansaban en un aparador, perfectas y vacías.
Cuando era niña, mientras mi hermana mayor podía pasar su día dándole de comer a los caballos o jugando al futbol con sus amigos. Yo debía hacerme faciales, comer ensaladas y no atreverme a descuidar una manicura perfecta. Todo el tiempo podía escuchar en mi pecho el sonido de un reloj corriendo como si todo mi interior estuviese a punto de estallar.
Mamá era preciosa, la mujer más hermosa que hubiese visto y se me exigía lo mismo ya que era dinero fácil, me recordaban que invertían mucho en mí, porque papá siempre se estaba metiendo en líos, por lo que necesitaban con desesperación los premios en metálico que la perfecta Allesia les podía hacer ganar.
Por eso allí estaba yo, creciendo como una muñeca en la parte superior del estante, vacía y sola observando a todos los demás sintiendo, viviendo, aprendiendo.
Mientras Becca se preparaba para una buena universidad, a mí me enseñaban a caminar con la espalda erguida, a tener la sonrisa perfecta o hacer dieta líquida cuando me sentía hinchada.
Siempre que ella iba de visita con su novio cuando ya estaba estudiando abogacía devoraba una enorme hamburguesa que ni en mis sueños podría haberme pedido, al tiempo que hablaba de lo emocionada que estaba por poder darle la asistencia a personas sin recursos que solo los ricos podían recibir, cuanto esperaba salvar vidas haciendo justicia. Hablaba con tanta pasión agitando los brazos, saltándose cada norma que dictaba la etiqueta sin culpa, que me parecía ilógico que su novio, Gregor la mirara extasiado, como si fuese una aparición o algo por el estilo, ni siquiera podía apartar la vista de ella cada vez que se enfrascaba en uno de esos discursos socialistas que le gustaba soltar.
Nunca nadie me había mirado de ese modo.
Me devoraban con la mirada, los hombres me hacían sentir su deseo todo el tiempo, incluso Gregor lo hacía de vez en cuando Rebecca estaba distraída, pero nunca nadie me había mirado como él lo hacía cuando ella hablaba. De hecho ni siquiera me escuchaban cuando hablaba. Seguía siendo la muñeca, el trofeo en la vitrina, vacío y solo. Ese que se presume durante un tiempo, para luego dejarlo juntando polvo.
Una mujer que despertaba deseo, buena para ser montada, para presumirla como una medalla frente a los colegas, pero nunca para ser vista realmente, ni menos oída. Porque Allesia nunca tenía nada interesante que decir, su boca no fue concebida para eso, porque a nadie le importaba una mierd@ lo que una muñeca sentía o pensaba.
Hasta Andrew, él fue el primero que me vio, me escuchó y se rio de mis chistes por muy malos que fuesen. Fue el único que no me hizo sentir una completa idiota, una muñeca inflable que solo servía para una cosa.
Esa era la única razón porque me atreví a retrasar mi vuelo, porque quería saber si aquello significaba algo realmente y por eso estaba allí esa noche, en una ciudad que no conocía, esperando que aquello fuese real y no otro intento inconsciente, desesperado por sentirme amada por primera vez en la vida.
Todo me daba vueltas cuando entre al club donde Nate me dijo que lo encontraría. Me sentía como una niña, le pedí a Popys que me ayudase a arreglarme y cuando estuve lista me vi tan bien como siempre. Era común para mí despertar miradas de hombres y mujeres, pero eso no me hacía sentir segura, todo lo contrario. Comer un trozo de pizza de más me llevaba a sentirme horrible, cada vez que un hombre me usaba aplacando su deseo, para luego descartarme, toda mi autoestima se iba por el caño.
Mis emociones se encontraban constantemente en una montaña rusa.
Cuando entré comencé a plantearme si aquello no era un error. Finalmente sentía algo por mi hermana y yo estaba orillándolo como también hice en el pasado con Gregor que también amaba a mi hermana. Parecía condenada a obtener las sobras de la mesa de otra persona.
Lancé una risa amarga, estaba jodida. Desesperada porque alguien me amase, rota, incapaz de discernir cual era mi lugar en el mundo, tan desesperadamente sola.
Caminé entre la gente con el piso retumbando bajo mis pies hasta que lo vi. Allí estaba, apoyado contra la barra del lugar. Llevaba un pantalón oscuro y una camisa color marfil, que se ajustaba perfectamente a sus fuertes brazos, se había quitado la corbata, abriendo el primer botón para parecer casual, aunque era evidente que acababa de salir de trabajar. Tenía el cabello oscuro, revuelto y la mirada perdida en el trago que estaba frente a él.
Andrew era uno de esos hombres que te provocaban orgasmos visuales y te dejaban sin aliento en cuanto están lo suficientemente cerca. Sin embargo, lo que más me gustaba de él, era sus ojos, puede que fuese que el color gris azulado me recordaba al cielo en invierno, con pequeñas motas negras y doradas rodeando la pupila. O quizás era simplemente que su mirada era triste, melancólica, como tenía la mirada alguien que no encaja en ningún sitio al igual que yo.
Fuese lo que fuese, allí estaba y me quitaba el aliento de solo verlo, la gente que estaba a mi lado se desdibujo por completo cuando mis ojos lo recorrieron. Puede que fuese mi mirada ardiente o la fuerza impetuosa de mis deseos lo que hicieron girarse para encontrarse conmigo. Frunció el ceño ligeramente, sin moverse de su sitio.
Me quedé muy quieta mientras un grupo de personas me rodeaban bailando, entre ellos un chico rubio, bastante guapo que se acercó lo suficiente como para hablarme al oído.
-Hola. -Se movió lentamente, con cautela esperando no ser rechazado.
-Hola. -Le respondí, mirándolo de frente, mientras observaba a Andrew erguirse junto a la barra por el rabillo del ojo.
Él me sonrío aliviado al no verse rechazado de inmediato. Me fije en que tenía una sonrisa muy linda y unos ojos verdes brillantes.
-Soy Ben, ¿Cómo te llamas? -Comenzó a reír. -No me estoy riendo de ti, que lo sepas. Es solo que te vi entrar, y cuando te quedaste aquí parada me sentí fatal, parecía como si estuvieses perdida o buscando a alguien. -"Perdida", me había descripto perfectamente. - En fin, les dije a mis amigos que vendría a echarte una mano, ellos estaban seguros de que ni siquiera me mirarías. -Rodó los ojos. -Ya sé, hablo demasiado, es que soy vendedor. -Comencé a reír, probablemente quería tirarme como todos, pero era gracioso y bastante agradable.
-Allesia, -Le extendí la mano y la tomó para darme una vuelta.
-Un gusto Allesia y por tu marcado acento, imagino que no eres de aquí. -Movió las manos como si estuviese intentando entrar en mi mente. -También te gustaría pasar una noche alucinante con un vendedor de seguros súper sexy. -Negué con la cabeza riendo.
-Realmente te lo agradezco, pero estaba buscando a un amigo. -Intenté disculparme.
-No me digas eso. -Hizo una especie de puchero. -Al menos déjame darte mi número por si necesitas un guía para conocer la ciudad. -Sus labios casi rozaban mi oreja y miré de soslayo hacia donde se encontraba Andrew, no estaba. Su lugar estaba ocupado por una pareja.
El alma se me fue a los pies.
-Lo siento, Ben. -Le dije nerviosa buscándolo con la mirada. Se había ido. Me entraron unas ganas locas de llorar. -Debo irme, muchas gracias por todo, pero tengo que irme. -Alguien que pasaba por detrás me empujó, perdí el equilibrio, y casi caí al suelo. Ben me atrapó, por lo que mi rostro quedó pegado a su pecho.
-Cuidado, preciosa. ¿Te encuentras bien? -Me preguntó sosteniéndome con su mano izquierda, mientras que con su mano derecha me quitaba el cabello de la cara, tomando un mechón que caía sobre mi frente para colocarlo detrás de la oreja.
Abrí la boca para disculparme, pero justo en ese momento sentí como alguien me sujetaba con fuerza de la cintura por detrás, ni siquiera tuve que darme la vuelta para saber de quién eran esas manos fuertes que me apretaban posesivamente. Un escalofrió recorrió mi espina y cerré los ojos al sentir el calor atravesando la tela del vestido.
-¿Estás bien, cachorrita Bianco? -Ronroneo a mi oído con suavidad.
Me di la vuelta para mirarlo, aunque tenerlo tan cerca me hizo trastabillar nuevamente, por lo que tuve que sostenerme de sus hombros para no caer.
-Yo...-Mi pulso se había disparado cuando su cuerpo se apretó ligeramente contra el mío. -Estoy bien, es solo que quiero que bailes conmigo. Te estaba buscando. -Me miró confundido cuando mis manos temblorosas rodearon su cuello.
Por eso estaba allí, por él. Nada más me importada y todo se volvió borroso a mi alrededor. La música, Ben, el resto de personas a nuestro alrededor.
-¿Por qué cachorrita Bianco? -Me preguntó. -Su cuerpo estaba tenso contra el mío, aun así sus manos subieron casi sin rozar la línea de mi columna. Me quedé muy quieta, cerré los ojos disfrutando del toque de las yemas de sus dedos sobre la piel desnuda de mi espalda. Levanté el rostro y me mojé los labios. -Joder... -Musito, tenso. Sus manos bajaron nuevamente recorriendo la curva de mi espalda.
-¿Por qué no hacerlo? -Pregunté sosteniendo la respiración cuando noté sus pupilas en mis labios.
-Porque eres la hermana de...-Comencé a temblar cuando se detuvo, ni siquiera podía decirlo. Y no podía porque le dolía.
Me aparté de él furiosa por ser tan idiota. Di un paso hacia atrás, porque esta vez no iba a ser quien forzara las cosas, necesitaba guardar algo de mi dignidad, dejar de ser el tapete de cada hombre al que le otorgaba poder. Me sentí estúpida otra vez y me dirigí hacia la barra ciega de rabia.
Entonces noté sus manos nuevamente rodeando mi cintura. Su pecho subiendo, bajando contra mi espalda y sus dedos moviendo mi cabello con suavidad hasta dejar mi cuello descubierto. Sus labios tibios se posaron en mi piel desnuda, dejándome un beso suave, como si quisiera calmarme.
Tomé aire a grandes bocanadas cuando él se movió detrás arrastrando sus manos por mis muslos, tomando el borde del vestido para subirlo un poco, solo un poco, arrastrando sus manos con parsimonia, acariciándome con su aliento cálido.
-Me estás tentando, cachorrita...No es que no me parezcas jodidamente atractiva, es todo lo contrario. -Su nariz acaricio la curva de mi cuello. -Ahora no estoy seguro de poder detenerme. -Contuve el aliento, sintiendo como la sangre hervía en mi interior. -¿Estás segura de que una cachorrita como tú puede salir a jugar con alguien como yo? Mmm...No estoy seguro de eso.
Apreté mi trasero contra su entrepierna tragando saliva, su erección chocó contra mi espalda y lo sentí curvar sus labios en una sonrisa contra mi cuello.
-No soy una cachorrita y puedo jugar con quien quiera, donde yo quiera...-Dije en un hilo de voz antes de darme la vuelta para encontrarme con su oscura mirada.
Levanté el mentón desafiándolo y él llevó su pulgar para trazar la curva de mi labio, mientras sus comisuras se alzaban de manera perezosa.
Nunca imaginé que sería un juego tan doloroso o que me perdería completamente en el camino, si es que eso era posible. Pronto sabría que era un juego sin reglas.