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Los Mellizos de mi Cuñado y mi Esposo el CEO

Los Mellizos de mi Cuñado y mi Esposo el CEO

Autor: Mundo Creativo
Género: Romance
Alana pensó que su matrimonio con Garrison Sterling, el frío, calculador y todopoderoso CEO del Consorcio Sterling, sería una transacción perfecta y pacífica. A cambio de un apellido sagrado ante la alta sociedad y una posición impecable como Directora de Relaciones Públicas, ella aceptó someterse a una vida de apariencias y a un humillante "calendario médico de concepción" diseñado únicamente para asegurar el legado de la dinastía. Sin embargo, detrás de las paredes de mármol de su jaula de oro, el vacío emocional y la gélida indiferencia de su esposo la consumen por segundos. Todo cambia tras el regreso de Europa de Damian Sterling, el hermano menor de Garrison. Arrogante, posesivo y de una virilidad salvaje, Damian no vuelve solo por el control del consorcio, sino dispuesto a reclamar el territorio que su hermano ha descuidado. Aprovechando un viaje imprevisto del CEO a Fráncfort, Damian inicia un asedio implacable que derriba la última pizca de resistencia moral de Alana, arrastrándola a catorce noches de romance a puerta cerrada y una conexión tan profunda como peligrosa. Cuando Garrison regresa antes de tiempo a reclamar sus derechos matrimoniales, la farsa se vuelve insostenible. Pero el verdadero colapso de la dinastía se activa al día siguiente en mitad de un almuerzo ejecutivo, cuando un repentino mareo expone el secreto definitivo. Atrapada entre dos hermanos idénticos en poder pero opuestos en fuego, Alana se enfrenta al dilema más destructivo de su vida: está embarazada, y el hijo que crece en su vientre puede ser el heredero legítimo de su esposo... o el fruto prohibido del lobo que ya es dueño de su cuerpo y de su alma.
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Capítulo 1 La gala anual del Consorcio Sterling

El reflejo en el espejo de cuerpo entero devolvía la imagen de una mujer perfecta, pero Alana sabía que solo era un trofeo bellamente decorado. El vestido de seda color esmeralda se ceñía a sus curvas como una segunda piel, dejando al descubierto sus hombros y cayendo con una elegancia líquida hasta el suelo. Se acomodó el collar de diamantes que le rodeaba el cuello, sintiendo el metal helado contra su piel. Un recordatorio constante del precio de su jaula.

La puerta del vestidor se abrió y la imponente figura de Garrison Sterling bloqueó la entrada. Llevaba un esmoquin hecho a medida que acentuaba su porte aristocrático y severo. Sus ojos grises, siempre calculadores, la recorrieron de arriba abajo con una fría aprobación.

-Espectacular -dijo él, aunque su tono carecía de cualquier rastro de calidez humana. Era el mismo tono que usaba cuando cerraba una adquisición multimillonaria-. Los inversionistas asiáticos deben ver que el CEO del Consorcio Sterling no solo domina el mercado, sino que posee lo mejor en cada aspecto de su vida. Ven aquí.

Alana dio un paso hacia él. Garrison la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo rígido. Su mano, firme y posesiva, descendió por la curva de su cadera, apretando la seda del vestido. No había ternura en su toque, solo la afirmación de propiedad. Su boca buscó la de ella en un beso exigente, metódico, cargado de una intensidad dominadora que buscaba sumisión, no conexión. Garrison la besaba como si estuviera firmando un decreto. Cumplía con su papel de esposo apasionado, pero detrás de la fuerza de sus labios solo había una gélida necesidad de control. Cuando se separó, ni siquiera la miró a los ojos; simplemente le arregló un mechón de cabello suelto.

-Mantén esa sonrisa toda la noche, Alana. Hoy consolidamos el trimestre más importante del año. Y mañana... -su mano bajó deliberadamente hacia el vientre plano de ella, presionando con firmeza-, volveremos a enfocarnos en lo único que le falta a este imperio. Mi heredero. No toleraré más retrasos con eso.

Un frío sutil recorrió la espina dorsal de Alana, pero asintió con una perfecta sonrisa ensayada.

-Por supuesto, Garrison.

El salón principal del hotel más lujoso de la ciudad era un mar de luces de cristal, oro y conversaciones en voz baja. La crema y nata del mundo empresarial se abría paso para saludar al hombre del momento. Garrison se movía por el lugar como un rey absoluto, con Alana firmemente sujeta de su brazo. Ella interpretaba su papel a la perfección: reía en los momentos adecuados, sostenía la copa de champán con gracia y miraba a su esposo con la adoración que la sociedad esperaba.

Frente a las cámaras y los socios, eran la definición misma de la perfección matrimonial. Una pareja de oro. Nadie podía notar el abismo de distancia que existía entre ellos cuando las luces se apagaban.

-Garrison, un brindis por el nuevo proyecto en el extranjero -dijo uno de los directivos principales, acercándose con una sonrisa política-. Aunque escuché que la junta ejecutiva exige una supervisión interna muy estricta.

Garrison sonrió con suficiencia, enderezando la postura.

-Mis decisiones no necesitan supervisión, Richard. El Consorcio se mueve bajo mi dirección, y nadie en esta familia, ni fuera de ella, tiene la capacidad de cuestionar mi control.

-¿Nadie, hermano?

Una voz profunda, con un matiz oscuro y peligrosamente aterciopelado, resonó justo detrás de ellos, cortando el aire pesado del salón.

Alana sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Una corriente eléctrica, caliente y repentina, le encendió la piel bajo la seda del vestido antes de que pudiera siquiera darse la vuelta. Conocía esa voz.

Garrison se tensó de inmediato, y la calidez fingida de su rostro desapareció para dar paso a una máscara de pura hostilidad corporativa. Ambos se giraron lentamente.

Caminando con una elegancia felina, abriéndose paso entre la multitud sin el más mínimo esfuerzo, apareció Damian Sterling. El hermano menor. Llevaba el esmoquin con una sofisticación rebelde, un botón del chaleco sutilmente desabrochado y una sonrisa perezosa que prometía destrucción. Sus ojos, del mismo gris que los de Garrison pero encendidos con un fuego inteligente y peligroso, ignoraron por completo a los directivos.

Damian avanzó directo hacia ellos. Y cuando sus ojos se posaron en Alana, la intensidad de su mirada fue tan descarada, tan cargada de un magnetismo carnal y prohibido, que ella sintió que el aire abandonaba sus pulmones. En medio de la fría perfección del salón, Damian Sterling acababa de traer el fuego.

Capítulo 2 Las exigencias de Garrison por un heredero.

El eco de los aplausos y el tintineo de las copas de cristal en la gala anual del Consorcio Sterling aún resonaban en la cabeza de Alana como un zumbido ensordecedor. Para el resto del mundo, la noche había sido un triunfo absoluto. Las portadas de las revistas de finanzas ya debían estar imprimiendo la fotografía de Garrison Sterling en primera plana, posando como el titán indiscutible de la industria, con su esposa perfecta del brazo.

Sin embargo, detrás de las puertas cerradas del automóvil blindado que los conducía de regreso a la mansión, el cuento de hadas se desvanecía para dar paso a la cruda y gélida realidad.

Garrison no había dicho una sola palabra desde que abandonaron el hotel. Mantenía la mirada fija en la pantalla de su tableta, revisando los últimos gráficos del cierre del mercado asiático. Su mandíbula permanecía tensa, una señal inequívoca de que la inesperada aparición de su hermano menor, Damian, había perturbado su perfecta compostura.

Alana miraba a través de la ventana empañada por la fina lluvia de la madrugada. Se abrazaba a sí misma, sintiendo que el vestido de seda esmeralda, que horas antes la hacía lucir imponente, ahora no era más que una armadura sofocante. Un suspiro silencioso escapó de sus labios. Sentía un vacío profundo en el pecho, una ausencia total de calidez que la hacía experimentar una dolorosa soledad, incluso estando sentada a escasos centímetros de su esposo.

Al llegar a la residencia Sterling, una imponente estructura de piedra y vidrio que se alzaba sobre las colinas más exclusivas de la ciudad, el silencio se volvió aún más denso. Los empleados de seguridad abrieron las puertas con discreción milimétrica. Garrison descendió primero, caminando con pasos firmes y apresurados, sin esperar a Alana ni ofrecerle la mano. Ella lo siguió a una distancia prudente, escuchando el eco solitario de sus tacones sobre el suelo de mármol del vestíbulo.

-Sube a la habitación y prepárate -ordenó Garrison de espaldas, desabrochándose los botones del esmoquin mientras se dirigía hacia el bar privado del salón principal-. Necesito un trago. Estaré arriba en diez minutos.

-Está bien -respondió Alana con un hilo de voz que apenas alteró la acústica del lugar.

Subió las amplias escaleras de caracol sintiendo el peso de los diamantes en su cuello como si fueran eslabones de una cadena real. Al entrar a la suite principal, una habitación gigantesca decorada en tonos grises y blancos que reflejaba la personalidad minimalista y estricta de su esposo, Alana se despojó de las joyas. Las dejó caer sobre el tocador con un desdén silencioso. Se desabrochó el vestido y dejó que la seda resbalara por sus piernas, quedando únicamente en una delicada lencería de encaje negro que Garrison había seleccionado para ella semanas atrás.

Se miró al espejo. Sus ojos reflejaban el cansancio de una mujer que se pasaba los días actuando, fingiendo una felicidad que se le escapaba entre los dedos. Su matrimonio con Garrison nunca había sido una historia de romance apasionado; había sido un pacto de conveniencia, un acuerdo donde su linaje y su educación intachable encajaban a la perfección con las ambiciones dinásticas del Consorcio Sterling. Al principio, ella había creído ingenuamente que el respeto mutuo podría transformarse en amor. Qué equivocada estaba. Para Garrison, el amor era una debilidad, una variable incontrolable que no generaba dividendos.

La puerta de la habitación se abrió y Garrison entró, dejando el vaso de whisky vacío sobre la mesa de noche. Su mirada se oscureció al verla de pie junto al espejo. No había admiración estética en sus ojos, sino el hambre metódica de un hombre acostumbrado a reclamar lo que consideraba suyo.

Se acercó a ella con pasos lentos y felinos. Sus manos grandes y curtidas por el invierno empresarial se posaron sobre los hombros descubiertos de Alana. El contraste de sus palmas cálidas contra la piel fría de ella la hizo estremecer sutilmente. Garrison la giró con firmeza para obligarla a mirarlo de frente.

-Hoy fue un día importante para la corporación, Alana -dijo él, su voz era un murmullo grave que vibraba cerca de su oído-. Pero el mercado exige estabilidad a largo plazo. Los inversionistas necesitan ver continuidad. Un imperio sin un heredero legítimo es un imperio vulnerable.

-Garrison, es tarde... estamos cansados -intentó mediar ella, colocando sus manos sobre el pecho rígido de su esposo, sintiendo los latidos rítmicos y calculados de su corazón.

-Nunca es tarde para asegurar el legado Sterling -replicó él con una frialdad implacable que no admitía réplicas. Sus dedos se enterraron con firmeza en la cintura de Alana, atrayéndola bruscamente hacia su cuerpo vestigio de un gimnasio privado-. Llevamos meses en esto. Los médicos dijeron que ambos estamos en perfectas condiciones. Así que no hay excusas. Quiero mi heredero, Alana. Y lo quiero ahora.

Antes de que ella pudiera formular otra palabra, la boca de Garrison cayó sobre la suya con una urgencia dominante. No era un beso de reconciliación ni de deseo genuino; era una toma de posesión ritual. Sus labios presionaron los de ella con rudeza, forzando la apertura mientras sus manos descendían por su espalda, despojándola de la última barrera de encaje con movimientos bruscos y eficientes.

Garrison la empujó hacia la inmensa cama de sábanas de hilo egipcio. Alana se hundió en los cojines, cerrando los ojos con fuerza mientras el cuerpo pesado de su esposo se posicionaba sobre ella. El erotismo de Garrison era como sus negocios: agresivo, preciso, directo al objetivo. Sus manos aprisionaron las muñecas de Alana contra el colchón, inmovilizándola mientras sus labios descendían por su cuello, dejando marcas rojas que al día siguiente requerirían una gruesa capa de maquillaje.

Cada caricia de Garrison se sentía como una transacción. Él buscaba su propio placer con una intensidad gélida, moviéndose con un ritmo rudo y constante que llenaba la habitación con el sonido de la respiración agitada y el roce de la piel. Alana arqueó la espalda por puro instinto biológico, respondiendo a la estimulación física, pero su mente estaba completamente desconectada. Sentía un vacío abismal devorándola por dentro. Mientras el hombre que llevaba su anillo de bodas la poseía con una urgencia corporativa, ella se sentía más invisible y muerta que nunca. Era un receptáculo, una incubadora para el apellido Sterling, una pieza de ajedrez siendo utilizada para el movimiento final.

Garrison exhaló un gemido ronco, enterrando su rostro en el hombro de ella al alcanzar el clímax, asegurándose con una precisión casi matemática de completar el acto tal como los manuales médicos recomendaban para maximizar las probabilidades de concepción. Permaneció unos segundos en silencio, pesado y distante, antes de apartarse con la misma velocidad con la que había comenzado.

Se incorporó, se ató la bata de seda negra alrededor de la cintura y caminó hacia el baño sin mirar atrás. El sonido del agua de la ducha comenzó a resonar poco después.

Alana se quedó inmóvil en la penumbra de la habitación, con las sábanas revueltas alrededor de su cuerpo desnudo. Una lágrima solitaria, traicionera y caliente, resbaló por su mejilla, perdiéndose en la almohada. Sentía la piel encendida por la fricción, pero el alma completamente congelada. El vacío emocional la ahogaba. Estaba atrapada en una vida de opulencia donde tenía todo lo que el dinero podía comprar, pero carecía de lo único que daba sentido a la existencia: ser vista, ser querida, ser deseada por quién era y no por lo que podía producir.

Se dio la vuelta, dándole la espalda al baño, y miró fijamente hacia el ventanal que daba a la noche de la ciudad. Mientras intentaba regularizar su respiración, una imagen mental completamente prohibida y repentina cruzó por su mente, haciéndola jadear en la oscuridad.

Recordó la mirada de Damian Sterling en el salón de la gala.

Aquel par de ojos grises que, a diferencia de los de su esposo, no la habían mirado como a una propiedad o un trofeo de exhibición. Damian la había mirado con un hambre cruda, salvaje y genuina. Un fuego oscuro que parecía capaz de quemar la jaula de oro en la que se encontraba prisionera. Alana se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón. El peligro apenas comenzaba, y en el fondo de su ser, una chispa clandestina acababa de encenderse en medio del vacío.

Capítulo 3 El regreso de Damian Sterling tras años en el extranjero.

El sol de la mañana se filtraba sin piedad a través de los inmensos ventanales de cristal templado del edificio corporativo del Consorcio Sterling, una torre de sesenta pisos que dominaba el centro financiero de la ciudad. Alana se encontraba de pie en su oficina privada, contigua a la de Garrison, sosteniendo una taza de café humeante que apenas había probado. Llevaba un impecable traje de dos piezas de color marfil que acentuaba su figura y le otorgaba un aire de profesionalismo sofisticado, ideal para su rol como directora de relaciones públicas de la firma.

Sin embargo, bajo el cuello alto de la blusa de seda, una ligera capa de corrector cubría las marcas de la posesividad metódica de Garrison de la noche anterior.

Intentaba concentrarse en las notas de prensa del nuevo proyecto de expansión, pero sus ojos seguían desviándose hacia el vacío. El recuerdo de los acontecimientos de la madrugada la asfixiaba: la exigencia fría de su esposo por un heredero, el peso de un acto que se sentía más como un contrato de producción que como una entrega íntima, y, sobre todo, la irrupción de una mirada gris que no lograba sacarse de la mente.

La puerta de su oficina se abrió bruscamente, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Garrison entró con su habitual paso firme, revisando unos documentos en su tableta. Su rostro reflejaba la rigidez de un hombre que controlaba cada variable de su universo, excepto la que acababa de aterrizar en su territorio.

-La junta directiva se reúne en veinte minutos -dijo Garrison, su voz gélida y directa, sin un saludo previo ni una mención a lo ocurrido en la suite presidencial-. Quiero que estés presente. Los inversionistas necesitan ver el frente unido de la familia. Especialmente hoy.

-¿Es por la llegada de Damian? -preguntó Alana, manteniendo el tono neutral y profesional que había aprendido a perfeccionar.

Garrison detuvo sus dedos sobre la pantalla y levantó la mirada. Sus ojos grises eran dos cuentas de granizo.

-Damian cree que puede regresar después de cinco años en Europa y reclamar un asiento en el comité ejecutivo como si nada hubiera pasado. Olvida quién mantuvo este consorcio a flote mientras él se dedicaba a despilfarrar su herencia en proyectos rebeldes y noches de exceso. Es mi hermano, Alana, pero en este edificio es un empleado más. Y yo soy el CEO. Asegúrate de que las relaciones públicas transmitan exactamente eso: jerarquía.

Antes de que Alana pudiera responder, Garrison dio la vuelta y salió hacia la sala de juntas de la alta dirección. Ella exhaló el aire que contenía en sus pulmones, alisó los pliegues de su falda y recogió su cuaderno de notas. Sabía que la rivalidad entre los hermanos Sterling era una falla tectónica lista para desatar un terremoto, y ella estaba atrapada justo en el epicentro.

La sala de juntas del piso cincuenta y cinco era la máxima expresión del poder corporativo: una mesa de caoba pulida para veinte personas, sillones de cuero negro y una vista panorámica que hacía que cualquiera se sintiera dueño del mundo. Cuando Alana entró, varios directores ya ocupaban sus puestos. Garrison presidía la cabecera, con una postura rígida y dominante.

Alana tomó asiento a su lado izquierdo, la posición estratégica que siempre ocupaba para denotar la estabilidad del matrimonio de oro de los Sterling. Sin embargo, el asiento a la derecha de Garrison -reservado históricamente para el segundo al mando o el principal heredero de la dinastía- permanecía vacío.

El segundero del reloj de pared avanzó con precisión milimétrica. Faltaba un minuto para la hora exacta del inicio cuando las puertas dobles de la sala se abrieron de par en par.

Damian Sterling entró.

Si la noche anterior en la gala había lucido como un rebelde de esmoquin, la luz del día no hacía más que potenciar su magnetismo salvaje. Vestía un traje gris grafito de corte italiano, perfectamente entallado a sus hombros anchos y su torso atlético. No llevaba corbata; los dos primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, desafiando el estricto código de vestimenta que Garrison imponía en la empresa. Su cabello oscuro estaba peinado con un desorden calculado y en su rostro se dibujaba una sonrisa lánguida, cargada de una confianza absoluta que rayaba en la insolencia.

-Llegas tarde, Damian -sentenció Garrison, su voz resonando como un golpe de mazo en la sala. El silencio entre los directores era absoluto.

Damian ni siquiera miró el reloj. Avanzó con una elegancia felina, arrastrando las miradas de todos los presentes.

-El tráfico de esta ciudad ha empeorado en cinco años, hermano. O tal vez es que tus protocolos de seguridad en la entrada son demasiado... pretenciosos -respondió Damian. Su voz, profunda y de un timbre peligrosamente carnal, pareció vibrar en las paredes del salón.

Caminó directo hacia la cabecera de la mesa. En lugar de sentarse de inmediato, se detuvo detrás del asiento vacío a la derecha de Garrison, pero sus ojos grises no miraban a su hermano. Se posaron directamente en Alana.

El impacto visual fue inmediato. Alana sintió una oleada de calor recorrerle el cuello de forma súbita. Damian la recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada, descarada, despojándola mentalmente del traje marfil en un segundo. Había una fijeza tan intensa en su mirada, un hambre tan viva y contraria a la gélida indiferencia de Garrison, que Alana tuvo que aferrar sus dedos debajo de la mesa para evitar que sus manos temblaran. El vacío emocional que la había acompañado toda la mañana fue reemplazado de golpe por una tensión erótica tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo.

-Alana -murmuró Damian, pronunciando su nombre con una cadencia lenta, casi un susurro íntimo que rozaba lo prohibido-. Sigues siendo la joya más hermosa de esta oficina. Garrison realmente tiene suerte de que mantengas la fachada de su imperio.

-Gracias, Damian. Bienvenido de vuelta al Consorcio -respondió ella, forzando una voz firme que ocultaba el caos que se desataba en su interior.

Garrison golpeó levemente la mesa con su bolígrafo de oro, interrumpiendo el contacto visual.

-Toma asiento, Damian. Tenemos asuntos reales que tratar, no cumplidos de salón. Si vas a integrarte al comité de desarrollo internacional, debes entender que aquí trabajamos con números, no con encanto.

Damian soltó una risa baja, un sonido ronco que erizó los vellos de la nuca de Alana, antes de dejarse caer en el sillón de cuero. Cruzó una pierna con total relajación, contrastando drásticamente con la postura militar de su hermano.

La reunión comenzó, pero para Alana las siguientes dos horas se convirtieron en un suplicio de alta tensión. Mientras Garrison exponía las proyecciones financieras con su frialdad metódica habitual, Damian no dejaba de jugar sus cartas. Cada vez que intervenía para cuestionar la rigidez de los planes de Garrison, buscaba la mirada de Alana como buscando una alianza silenciosa.

Pero lo peor no era el debate corporativo; era la proximidad física. Al estar sentados frente a frente en la cabecera, las largas piernas de Damian, extendidas con descuido bajo la mesa de caoba, rozaron accidentalmente el zapato de Alana en un par de ocasiones. La primera vez, ella retiró la pierna de inmediato, sintiéndose culpable. La segunda vez, el roce no fue accidental. El zapato de Damian presionó sutilmente el empeine de ella, un contacto firme, cálido y deliberado bajo la mesa, mientras él miraba fijamente a Garrison y rebatía un punto sobre los contratos de suministro.

Alana contuvo el aliento. El corazón le latía con una fuerza salvaje en el pecho. Estaba en una sala llena de directores, a centímetros de su implacable esposo, y el hermano de este la estaba tocando de una manera que despertaba un deseo prohibido que creía muerto. Sintió un cosquilleo ardiente subir por sus piernas, una reacción física incontrolable ante la audacia de Damian. Su mente le gritaba que se apartara, pero una parte de su cuerpo, sedienta de calor, se congeló en el lugar, permitiendo que ese contacto clandestino durara unos segundos eternos antes de cambiar de postura.

Cuando la reunión finalmente terminó, los directores se apresuraron a salir, intuyendo la tormenta familiar que se avecinaba. Garrison se levantó de inmediato, recogiendo su tableta.

-Debo atender una llamada con el ministro de finanzas -dijo Garrison, mirando a Damian-. Alana te entregará los expedientes del proyecto internacional. Espero que los revises hoy mismo, sin retrasos.

-Déjalo en mis manos, hermano. Alana es excelente entregando lo que necesito -respondió Damian con una doble intención que hizo que la sangre de Alana hirviera.

Garrison salió de la sala con paso apresurado, dejando las puertas dobles cerrándose tras de sí. El silencio regresó a la estancia, pero ya no era el silencio corporativo; era un silencio cargado de una electricidad carnal insoportable.

Alana se levantó de inmediato, intentando recuperar el control de su entorno. Juntó los expedientes con movimientos rápidos, pero antes de que pudiera dar un paso hacia la salida, Damian se movió con la velocidad de un depredador.

En un par de zancadas, cortó la distancia entre ellos. Su mano grande se posó sobre la mesa de caoba, bloqueando el paso de Alana, mientras su cuerpo se inclinaba hacia ella. El aroma a madera, tabaco caro y un perfume netamente masculino invadió el espacio personal de Alana, embriagándola de inmediato.

-¿Vas a huir tan rápido, cuñada? -susurró Damian, su rostro a escasos centímetros del de ella. Sus ojos grises centelleaban con un fuego oscuro, fijos en los labios de Alana, que se habían entreabierto por la sorpresa-. Te vi anoche. Te veo ahora. Estás atrapada en su hielo, Alana. Él te toca como si fueras un balance de fin de año, pero tú estás hecha para arder.

-Damian, basta. Soy la esposa de tu hermano -dijo ella, con la voz temblorosa, intentando empujarlo por el pecho, pero sus manos solo encontraron la firmeza magnética de sus músculos bajo la camisa.

-Él no te merece, Alana. Y ambos sabemos que esa jaula de oro se está rompiendo -replicó él, inclinándose un milímetro más, su aliento cálido rozando la mejilla de ella-. He vuelto. Y no planeo ver desde lejos cómo te apagas.

La tensión erótica llegó a un punto de no retorno. El peligro de ser descubiertos en la misma sala de juntas por cualquier empleado o por el propio Garrison pendía sobre ellos como una espada de Damocles, pero en los ojos de Damian solo había una promesa: la de la pasión más absoluta y prohibida.

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