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Los Perros de Llosa

Los Perros de Llosa

Autor: : M. Blanco
Género: Romance
Luther no ha tenido una buena vida, separado de su madre a temprana edad y siendo obligado a cumplir con deberes de eunuco. Ahora, duda de los verdaderos motivos del misterioso Sr. de Castilla para comprarlo.

Capítulo 1 I.

Hoy Se Relatará La Aparición Del Demonio De La Noche Sin Tiempo O Todos Los Santos Olvidados.

-¿Puedes contarme?

-Si el señor así lo desea.

...

La hierba crecía con dificultad entre el empedrado de la única calle del pueblo. Las construcciones se aglomeraban a los costados, ignorantes del resto del espacio alrededor. Chabolas, casuchas de barro y cimentaciones rusticas de piedra, viviendas acomodadas y cabañas que pese al humo que escapaba de sus chimeneas no dejaban de ser frías. El pueblo de Llosa jugaba a ser el lugar donde terminaba todo aquello esparcido por el paso de los años, aspectos sin importancia que ni siquiera el tiempo se tomaba la molestia de llevar.

Al inicio de la calle se hallaba la parroquia de "San Ignacio", rindiendo honores al lugareño homónimo que, en cierto y conveniente momento, afirmó ser el último profeta de la humanidad. Esto, mientras el humo del opio era escupido por cada poro de su cuerpo transpirado, fruto de una exhaustiva jornada de fornicación con la madre de su padre. El nombre del peculiar personaje colgaba en forma de precaria placa de cobre de uno de los muros de piedra de la construcción, misma que en el pasado fue apadrinada por un poco eficiente santo desconocido, placa que en antaño y antes de la autoproclamación de Don Ignacio, no habría podido ser visibilizada, aunque por razones menos conspicuas que una sucesión de cargos:

Llosa era asediado por una espesa niebla cada día llegadas las 06:00 de la tarde. El vapor casi líquido entraba a través de las grietas, ventanas y juntas de la madera de un modo casi obsceno para, momentos después, ser aspirado por los antes confundidos y ahora extasiados pobladores. Sintiéndose desinhibidos notaron que sus pequeños hijos tenían muslos gordos, que sus madres pese a su edad aún eran provocativas, que podían descerrajarse en medio de la espesura de la noche. Morderse, lamerse, alimentarse con trozos de los otros si las dos primeras provocaciones se hacían con más fuerza. Se permitían compelerse unos a otros como actos primarios, necesarios, y luego en venganza imperativa. Sin embargo, nadie dio mayor importancia a estos hechos pues, luego que todos los niños fueran violados y todos los golpes dados cada uno de ellos, víctimas y victimarios, eran inundados por la absoluta, única y completa calma.

Y así, por una vana recompensa, los males eran perdonados y las cuentas saldadas hasta la noche siguiente.

Fue en una de esas sesiones, transcurridos 53 minutos de la llegada de la niebla, que Don Ignacio Ponce, tras un peculiar encuentro de dormitorio, llegó a la propiedad de uno de sus vecinos. Esto provocó que tomara hasta la última gota de sangre de los cerdos, siendo una verdadera suerte, pues de no ser por el chillido de la cría más pequeña, no habría encontrado ocultos bajo el pórtico esos 8 ejemplares vietnamitas que el Sr. Randall, quien se encontraba ocupado friendo su propio pie en la cocina, ocultó por meses.

Con la sangre de porcino escurriendo de su mandíbula y la camisola pegada al torso debido al sudor, Don Ignacio consideró que ya había tenido suficiente de ese mundo. Por lo que tiró un huacal al extremo este de la calle y, con la agilidad que sus reumas le permitieron, se trepó al mismo para luego fajar su cinturón a la rama más baja de uno de mis sauces. Se dio la vuelta sobre su pequeño escenario y, como todo buen actor, entre la espesura miró a cada uno de los habitantes de Llosa, a los ojos y al mismo tiempo. Estos, en correspondencia, pararon en seco sus acciones.

Oscureció. Ponce proclamó un discurso de palabras ya olvidadas y desenvainó el cuchillo con que momentos antes liquidó a los cerdos, entrando en catarsis al advertir que al filetearse las muñecas sus venas escupían una especie de espuma brillosa. Acto seguido se despidió del huacal sosteniéndose del cuello.

Murió.

Brotó.

Los lugareños aceptaron su sangre beata.

Y como todas las noches a las 9 la niebla se disipó. Volvieron a sus hogares tras la vigilia donde, con las miradas fijas en el hombre que se secaba con la brisa, demoraron en volver a moverse. Tal vez el que transitase por aquella calle en una de sus más irreflexivas noches fuera testigo de una historia inconclusa de humillación gratuita, pues desde esa ocasión la niebla no volvió.

Así, la primera y única iglesia de Llosa tomó el nombre del Sr. Ponce tras ser escenario de su muerte, como recordatorio de lo que, por milagro o casualidad, desde aquella noche no volvería a suceder, y así fue... Por un tiempo. Éste último avanzó finalmente y por primera vez lo notaron: Notaron que sus hijos eran ahora hombres y mujeres, que las estaciones habían ido y venido, que ya no eran tan jóvenes como antes. Se percataron del desperdició que llamaron vida.

Como única consecuencia inmediata los lugareños se refugiaron en las más estrictas costumbres y normativas: Rezos multitudinarios a las 6:00 am, 12 del día y 6 pm. Servicio religioso de domingos enteros, todo para que la niebla no volviera.

Por otra parte, al extremo contrario de la calle, se encontraba la casona "Cloporte". Desde el tragaluz frontal de la parroquia se podía ver a una de las alas superiores de ésta, salvo que las cortinas siempre estaban corridas. El Sr. de Castilla, dueño de la propiedad, no salía a la calle en los días de cofradía, tampoco en los tiempos de la bacanal; pero después que la niebla mermase comenzó a transitar por Llosa como el más servicial de los hombres. Bien se podría tomar al caballero como taciturno y reservado, empero, parecía gozar de un desarrollado intelecto y presteza pedagógica que, a la menor duda, fuera de economía, historia, política, arte o filosofía, se mostraba apto y cordial. El Sr. de Castilla era el oráculo perfecto a la hora de verse en una disyuntiva. No obstante, era etiquetado como un hombre solitario, al punto que por mucho tiempo se pensó que vivía solo, pero era obvio que un único hombre no podría mantener una casa tan grande, sus criados debían ser de lo más discretos.

La sombra de la inmensa casona cubría por completo sus ejemplares jardines de trinitarias, rosas y plantas medicinales; enredaderas envolvían los muros oscuros de la casa incrustándose en la madera. En contraste, los ventanales y tragaluces, donde quizá en otra casa habría simples cristales, se encontraban vitrales del santísimo y su bienaventurada madre, si bien no sonreían, daban tranquilidad, o eso concluyó el aristócrata luego de las muchas veces que encontró acólitos rezando en su jardín en las horas libres de servicio. Mientras, en el estanque que colindaba con el jardín de la propiedad, se reflejaban las temblorosas imágenes de las gárgolas situadas en los peldaños superiores del tejado. Éstas, con sus endiablados ojos, mirarían con desdén a los impuros caminantes que, al jactarse de su nueva pureza en vida, a su vez, habían apartado su silla en el infierno.

Capítulo 2 II.

Recitación Referida A La Augurada Afluencia Del Demonio De La Extraña Justicia.

- ¿A caso no hay nadie en esta maldita casa?

El puño del hombre golpeaba la puerta de madera tallada, dándoles la bienvenida a los sudorosos individuos al abrirse tras el sexto puñetazo.

-Agradecería que no maldijera en esta propiedad. -Recomendó el joven mayordomo de piel morena y cabello suavemente rizado, examinándolos con detenimiento: Sus trajes cubiertos de hollín, botas de cuero agrietado y sombreros ruñidos por el sol y ratas. Eran los hombres a los que esperaban, percatándose de ello no por el escrutinio realizado en cuestión de segundos, sino al priorizar al maniatado muchacho que ambos sostenían: La camisa de franela roñosa y amarillenta pegada a su enjuto cuerpo; el negro pantalón polvoso, manchado en algunas porciones, embutido en las botas de trabajo que, rotas y gastadas, mal cubrían sus maltrechos pies vendados. Su rostro y todo rastro de piel visible estaba cubierto de tizne, haciendo resaltar el flujo carmesí que brotaba de las heridas en su cuello, provocadoras de bajos y dolorosos quejidos cada vez que alguno de los hombres ajustaba la cuerda que poco a poco lo estrangulaba. El empleado lo estudió por unos segundos más, sabiendo que el limpiar la muestra de su paso por la alfombra sería una tarea de lo más tediosa. -Pasen adelante, por favor.

Momentos después se encontraron en la estancia. Ésta se hallaba presidida por un candelabro de plata de cuyas veleras cargaban con estáticos caminos flotantes de cera, derretida y vuelta secar, cubriendo a su paso las pequeñas cruces incrustadas en piedrecillas rojas diminutas. Los muros, tapizados de pergamino pajizo, estaban atiborrados por grotescas y caricaturescas imágenes de aves dentadas, peces de aletas puntiagudas que saltaban sobre arbustos espinosos hacia charcos de agua espumosa e insectos anidados en cada uno de los espacios restantes, todo al carboncillo. La luz del exterior se colaba a través de los cristales de los bajos ventanales ocres, plasmando películas cobrizas y desteñidas sobre el amueblado color turquesa, y proyectado el rastro de las sombras de los árboles exteriores, en consecuencia, sus seres eran tajeados por densas líneas oscuras a suerte de superficial necropsia.

Los tres hombres se mantuvieron de pie hasta que el mayordomo les indicó tomar asiento. Sólo dos de ellos lo hicieron, el muchacho permaneció desfasado de la situación.

- ¿No quieres sentarte? -Fleur, quien sostenía la cuerda, haló de ésta haciéndolo caer de rodillas al momento que el sirviente se retiró en busca de un tal "Señor".

-Me causa tanto dolor el saber que esta será la última vez que te mire en esa posición frente a mí. -Comentó el otro, Clarence Moreau, mayor en peso y edad, tras incorporarse. Fingía, sabía que siempre lo devolverían. -Espero en Dios que cuando este hombre quiera su reintegro, como con toda seguridad solicitará luego de aprovecharte lo más posible, no estés tan acabado como para no apretar nada.

-Sólo un cuarto del precio de ser así. -Aclaró Fleur.

Recuperándose de la falta de aire el joven agitó los brazos en un forcejeo débil e inútil, pretendía meter los dedos como bien pudiera entre la cuerda y su cuello, pero sus manos estaban indispuestas tras la espalda. Era la misma escena de siempre: Dos hombres robustos, con más fuerza que él, con mejor alimentación que la suya, menos fatigados también. Querían una despedida como todas las otras veces que lo vendieron, así lo supo luego de que Fleur, tras patearle la espalda, lo sujetara por el nudo que ataba sus muñecas y brazos a la altura de los codos.

-Hemos hecho bien al no alimentarte tan seguido. Con tu tamaño ya era para que nos pudieras dar la talla. -Sintió el húmedo aliento apestoso a licor en la piel de la nuca. -... ¿O es que ya aceptaste que te gusta? -Clarence lo miraba con sus brillantes ojos azules cristalizados por el brandy, esa mirada que recordaba de los años finales de su infancia y ahora sería capaz de reconocer incluso en plena oscuridad.

En medio del hambre, la asfixia y la droga emponzoñada más temprano para que se dejara manipular, sólo vivía un día más de lo que fue su vida desde la despedida de su madre. Ya conocía la rutina: Lo golpearían amoratándolo en lugares que no pudieran hacerlos bajar el precio ante alguna queja, "ya estaba así, quién sabe qué habrá estado haciendo", lo usarían y, si el comprador los pescaba en el acto, aludirían a su compresión, pues sabiendo que ya no estará para ellos sólo querían una despedida que hasta él deseaba y como siempre, pese a los ruegos del joven, el comprador lo permitiría: "Sólo no lo agoten mucho", había sido la respuesta de todos los anteriores.

Sintiendo que la droga comenzaba a perder su efecto, pero no lo suficiente como para librarse de ello como logró hacer en algunas ocasiones, se preparó para abandonar su cuerpo como se obligó a aprender con el propósito de lidiar con momentos así. Respiró, tratando de verse a sí mismo desde arriba como aquella primera vez que sucedió, cerró los ojos y pensó que se desprendía. Tenía un método; pero cuando éste no funcionaba evocaba su segunda opción: Pensaba en "Ella", "Ella" era la imagen que evocaba cuando se veía obligado a permanecer, a sentir, cuando esto pasaba decidía sentirla a "Ella". Fue en esa frontera, entre la fuga y el apego imaginario, cuando escuchó un fuerte golpe que hizo vibrar el suelo de madera.

-Suelte a ese muchacho. -Un hombre corpulento y trajeado en tonos vino tinto, de más o menos 40 años, se aproximó a ellos en compañía del sirviente. Llevaba las manos en la espalda haciendo que su prominente abdomen semejara una suerte de colina que se elevaba en el horizonte de la pretina de sus pantalones. El cabello castaño engominado hacia tras y unos diminutos ojos azules, rodeados de sudorosos pómulos de poros abiertos, completaban la estampa de hombre bufo. Éste frunció el ceño. Los fuertes golpes, similares al primero, continuaban en alguna parte de la casa llegando sofocados por los muros a los oídos de los presentes. -Ricarte. -Silbó dirigiéndose al empleado. -Haz lo que sea necesario para que se detenga, pero que se detenga ya.

Ricarte asintió y acto seguido salió del lugar.

El caballero volvió la mirada a los otros tres, se habían incorporado al momento de su entrada.

-Buenos días, Sr. Carló de Castilla. Dueño de esta casa. -Se presentó. Los mercaderes hicieron lo propio, pero Carló hizo caso omiso de ellos. -Dueño de esta casa. -Reiteró. -Casa donde no permito tales comportamientos, casa donde no se tolerará la naturaleza de sus actos.

Los dos sujetos permanecieron silentes por varios segundos, creyendo que no era más que una farsa, opción que tuvieron que descartar al prevenir lo impertérrito de su gesto.

-Pedimos disculpas, señor. -Pidió Clarence al considerar que podría perder parte del pago de esa noche.

-La interacción sexual desabrida de toda filantropía es sólo una transfiguración a desecho del ser quien recibe dichas intenciones, bien podría reemplazarlo por una fuerte mano apretada, como por un almohadón de plumas y le aseguro que no habrá diferencia más allá de la falta de las quejas de su receptor. Me produce una repulsión fuera de lo común...-Luego se dirigió al más joven. - ¿Cuál es su nombre?

Se miraron mutuamente, pero el muchacho no respondió, estaba más concentrado en los golpes sordos que parecían provenir del interior de las paredes, limitándose a su estudio y a sobar con su hombro la herida chorreante que ostentaba su cuello. Después de todo, ese hombre sólo lo utilizaría... ¿Qué más daban nimiedades como un nombre? Bien podría valerse de mil apellidos de abolengo, haberse codeado con las más altas clases en el pasado; pero nada de eso importaba cuando te vendían a un burgués con suficiente dinero para ello (Aunque no con el suficiente para cambiar la expresión de urgido con la que Dios lo castigó).

- ¡Responde, retardado! -Vociferó Fleur antes de golpearlo con el fuete de los caballos.

Una vez más, el vejado ser se quejó y limitó a concentrarse en los golpes, tanto recibidos como de la casa, los cuales se detuvieron al igual que la mirada del Sr. de Castilla sobre los otros dos. El muchacho sabía que todo aquello no era más que un teatro de lo absurdo, un sucio hombre fingiendo ser empático, cuando irónicamente pagaba por su cuerpo.

-No vuelva a golpearlo que me da asco. -Carló siseaba en cada una de sus frases. Al momento, Ricarte volvió a la estancia, esa expresión indiferente parecía no abandonarlo nunca. -Gracias. -Volvió al muchacho. - ¿Cómo dijiste que te llamabas?

El interpelado, ahora no tan embrutecido, resopló tras haber perdido la mirada en el pasillo contiguo ante el paso de una oscura figura femenina que, ignorando su presencia a ojos cerrados y con las manos entrelazadas frente a los labios en silenciosa plegaria, atravesó el corredor camino a la escalera.

- ¿Disculpe...? -Miró entonces al sujeto frente a él. No obstante, quien repitió la duda fue Ricarte.

-Su nombre, joven.

¿Joven? Dudó, sólo debía llevarle unos cuantos años.

-Lu... Luther.

-¿Es nombre o apellido? -Quiso saber Carló.

- ¿Apellido? -Se mofó Clarence. -En absoluto. Sin apellido. Éste está recién "extraído", no sirve de nada.

Luther apretó los dientes, cuánto habría deseado que ese "nada" fuera cierto.

-Ricarte. -Carló sonrió apretando los labios, haciendo de estos una húmeda línea rosada que desparecía entre sus mofletes. - Resolveré los últimos detalles con los caballeros. Encárgate del joven Luther como ya lo conversamos, adecúalo. Después de todo, debe tener la apariencia propia de mi nuevo hijo.

Ante las extrañadas miradas de Clarence y Fleur el hombre asintió como era natural en él y estudió al muchacho con más atención que antes. Éste, por su parte, no supo cómo reaccionar ante aquel comentario tan sucio.

...

Tras un baño inesperado, pero necesario Ricarte llevó a Luther a lo que desde ese preciso momento pasaría a ser su alcoba: Una pequeña pieza escaleras arriba apareció al cruzar una angosta puerta en el fondo del desván. Estaba ocupada por una cama que abarcaba casi por completo el espacio, una silla de piel de cordero, un espejo, el tocador del cual habían salido y, por supuesto, su respectiva mirilla junto a una de las columnas, era más pequeño que el closet que jugaba a ser antesala.

El mayordomo le tendió una camisa, tirantes y demás piezas de un traje de invierno negro carbón. Luther, habiéndose puesto la camiseta interior y con los tirantes colgando a los lados del pantalón, vio al otro hombre desnudar la cama en un rápido movimiento y cubrirle los hombros con la sábana. Pidió que le siguiera nuevamente al tocador y tomara asiento frente a un pequeño espejo empañado por el frío. Con el índice le inclinó la cabeza hacia el frente y comenzó a cortarle el cabello. Los mechones húmedos caían sobre los hombros y regazo del muchacho, no sin antes dejar un crujido que pudo fragmentar, ese sonido era el resultado de decenas de cacofonías de delgados cabellos siendo cuarteados. Su cuerpo ya estaba casi seco, sólo una leve humedad persistía en su nuca, los mechones se le adhería a la piel. Al momento, Ricarte le aplicó polvo de menta, esto le quitó la pegajosidad, pero formó una espesa y olorosa masa en su cuello. Al ver las oscuras "comas" sobre la sábana notó Luther que semejaban una lejana migración de cuervos, aunque en un segundo vistazo, creyó que eran amputados rabos de ratón.

Hacía rato ese mismo hombre lo tomó por sorpresa al lavarle los pies, sin mostrar señas de asco ante las llagas que vomitaban a cada pulsación del corazón. No le importó llenarse las manos de un líquido translucido y denso que olía a grasa podrida y salitre. Algo similar sufrió en el pasado, cuando atado pusieron a una cabra a lamer sus pies cubiertos de miel por un tiempo prolongado, esto hizo que perdiera gran cantidad de piel y sangre. Ahora, entre quejidos de dolor, Ricarte estalló las pústulas y las desinfectó, haciendo luego de sus pies un manojo de vendas que habría da cambiar cada 8 horas.

- ¿Puedo hacer una pregunta? -Luther escupía los cabellos adheridos a sus labios, coincidiendo ese día con el hábito de inquirir. Éste último se iría haciendo más común conforme el tiempo pasara, atormentándolo con mayor agresividad, las dudas acabarían por consumirlo. Sin embargo, eso sucedería más adelante.

-Por supuesto. -El mayordomo hacía rondas a su alrededor, rosándole el lado más pegajoso del cuello. -Pero no garantizo que consiga responder.

- ¿Hay algo de lo que no deba estar al tanto? -Trató de mirarle de reojo.

-En absoluto. Pero hay muchas cosas que yo no. Esa búsqueda de conocimiento terminará por matarnos a todos; pero supongo que preferirá morir sabiendo.

Eso no hizo más que desconcertarlo.

- ¿Por qué no adoptó a un niño? -Esta interrogante fue arrojada al aire con una doble intención, pues la única conclusión lógica que podía sacar de esa bochornosa circunstancia era que tal hombre lo haría pasar por su hijo, esto para que nadie sospechara la verdadera naturaleza de su estadía en la casa. Al contemplar este panorama unas fuertes náuseas lo atacaron por varios segundos.

-Quizá el Sr. de Castilla no quería perder tiempo criando a un infante, deseando pasar de un salto a la educación empírica. Aunque éstas sólo son especulaciones de mi parte.

-Hay quien dice que se empieza con la crianza ¿Qué más empírico que eso?

-El Sr. de Castilla no es de esa clase...-Le sacudió el cabello de los hombros con graciosos movimientos que no parecían tocarle. -Asumo que usted mismo lo averiguará pronto. Por otro lado, noto que habla muy resueltamente pese a su origen.

El muchacho miraba sus propias rodillas con atención, no por temor a responder, sino por un insostenible cansancio.

-Mi madre me educó bien.

...

Al salir al comedor el Carló estudió al joven traído por el mayordomo: Le sorprendió lo erguida que se tornó su postura en tan corto tiempo. A pesar de ello ésta cambiaba en los omóplatos, encorvándose en esa última zona de su torso; piel pálida con un poco de pigmento rosado en la punta de la nariz y bajo las ojeras; cabello negro que aún no terminaba de secarse, corto de los lados y ondulaciones arriba; pero lo que más le llamaba la atención, incluso más que el particular tono purpureo de sus ojos, era lo grueso y rosado de sus labios. La postura podía corregirse, el tono de su piel pasaba a ser hermoso luego de superar el impacto inicial de creerlo enfermo (quizá lo estaba); pero sus ojos y sus labios...-El hombre se acercó y le subió la barbilla para verlo con mayor facilidad, el muchacho se apartó de una zancada sin cambiar de expresión. -Por suerte el maltrato y el hambre no habían arruinado un rostro tan bello. -Pensó Carló, sabiendo que dejarlo perder sería tamaño desperdicio.

...

Durante la cena el señor no le quitaba la vista de encima a sus propios dedos y, a su vez, Luther no le quitaba la vista de encima al hombre, incluso con el plato de comida al frente y estando hambriento. Tan inmerso estaba que no notó que en la casa "Cloporte" el mayordomo y la cocinera comían a la mesa con la dama de vestido oscuro y que Carló, pese a estar a la mesa, no lo hacía. Éste ahora lo miraba sin soltar la amagada sonrisa mostrada unas horas atrás, acompañándola ahora con los brazos reposando sobre el mantel.

Momentos antes de la inauguración de aquella escena redactada por la llegada del Sr. de Castilla, la dama de vestido oscuro se hizo presente en el umbral del comedor. Sus negras faldas rosaban sus tobillos cubiertos por botas. Su cabello liso, sin lucir algún peinado más cercano a la clase que Luther le adjudicó, semejaba una parvada de cuervos; mientras que su piel pálida y ojos carbonados delineados con alguna tinta hindú hacían resaltar sus labios teñidos de color caoba. Luther mantuvo su atención en ella desde ese preciso instante y hasta la entrada del hombre, primero al creerla una alucinación psicotrópica, cambiando esto en seguida para percibirla como un ente caminante, de apariencia meditabunda y, por último, para detenerse en sus manos delgadas enfundadas en guantes sin dedos. Al notar la presteza del joven al detenerse a mirarla y ponerse de pie al momento de su entrada, la muchacha soltó una leve sonrisa a ojos entrecerrados. Tras percatarse de que nadie se molestaría en presentarlos, sin perderlos de vista con una inusitada paciencia, ella se tomó la libertad de hacerlo.

-Aloice de Castilla. -Acompañó con una corta reverencia más propia de los caballeros.

-Luther.

Ahora, percibiendo que el encuentro de miradas entre ese muchachito y Carló no parecía tener fin, Aloice utilizó una de sus estudiadas manos para tocar la muñeca del primero, buscando sacarlo del estupor y que empezara a comer. No obstante, esto no fue posible hasta que el dueño de la casa hubo abandonado el comedor y las moscas hubieran reclamado más de medio plato.

...

El intensivo referido a lo que sería su detención y esperaba que también la aclaratoria de su propósito en aquel lugar, pues hasta ahora no había recibido exigencia alguna más que ese chiste de mal, no llegaría sino hasta la mañana del día siguiente, cuando el señor volviera de atender algunas encomiendas nocturnas. Más temprano que tarde Luther comprendería que, si bien el resto de las personas a su alrededor aparentaban desconocer el propósito de las ausencias del hombre, éstas formaban parte de las costumbres diarias de la casa.

Ahora se hallaba silente, sentado en un banquillo frente a la mesa de piedra de la cocina, terminó ahí por Celine, la cocinera, quien encontrándolo absorto frente uno de los ventanales del pasillo principal. Luther asumió que todas las puertas debían estar aseguradas y, en caso contrario, la debilidad no le permitía moverse con rapidez. Temía que se le castigara en caso de intentar algo.

-A veces siento que esta casa semeja más una vitrina o caja de disección que una casa real. -Comentó la rolliza dama al aire y al muchacho por igual. -Clavados por alfileres, en camas de terciopelo. -Canturreó tomándolo del brazo para luego quejarse de lo mal que la vida debió haberlo tratado para llevarlo a estar tan esquelético.

-Muchas gracias. -Luther la miró con los ojos enmarcados en un sentimiento que no lograba comprender al momento que la mujer dejó frente suyo un tazón de avena humeante y dos trozos de pan.

-Ya pasó la hora de la cena, pero te veo tan ido que sólo puedo atribuirlo al hambre. -Tomó asiento frente al joven. -No hay que ser un genio para saber de dónde te han traído. La vida allá fuera no es una feria... ¿Cierto?

Luther apretó los labios, desechando de su mente lo que días atrás tuvo que hacer para obtener un plato de comida menos lleno que ése que ahora le tendían de tan buena y, hasta el momento, desinteresada gana. Detalló a la Sra. Celine, misma que al igual que él no tenía apellido, misma a quien no se había detenido a definir del todo en un primer momento. Ahora reparaba en que sus ojos eran color caoba y su cabello castaño oscuro, que quizá había sido negro, pero con el paso del tiempo y el sol terminó quemándose, era sostenido por un tenso nudo en forma de cebolla; dejando su temple pleno a su vista, le sonreía, preguntándole si se sentía a gusto con los demás habitantes de la casa.

En contra de lo que su intuición le decía se decidió a comer, arriesgándose a que su plato estuviera adulterado con alguna droga. Estaba desesperado, aunque no lo dejaría ver.

-No quisiera ser maleducado, pero no veo por o para qué debería tener una opinión de ustedes. -Fue en ese momento que el joven percibió algo en la mirada de la Sra. Celine. Esto hizo que se mordiera la lengua y quisiera refutarse a sí mismo. -Hasta ahora sólo he tratado con Ricarte y usted.

-Y con el Sr. de Castilla. -Aclaró ella. -Aunque intuyo la acción de eludirle por el momento.

Quizá ella sí, porque él ni siquiera comprendía la razón de tal comentario. Luego recordó que trató, aunque por muy brevemente, con alguien más.

-La joven, asumo que la hija del señor, me pareció amable.

No podía negar que desde antes que ésta tocara su mano la joven reclamó un lugar en su atención de forma inconsciente, que su voz fue suave y serena al hablarle, simulando ser ajena a las conversaciones de alrededor y atrapante a pesar de ser baja. No diría que se encontró pensado en la forma en que el cabello enmarcaba su rostro redondo, como si un manto oscuro rodeara la luna; que se percató de que mientras su labio inferior era un poco más grueso que el contrario, la forma en que los relamió luego de tomar de su vaso no abandona sus recuerdos. No podía decir que su roce lo despertó por breves instantes del letargo que parecía llevar consigo donde fuera, tampoco mencionaría que su cuello delgado era del tipo que nunca tuvo la oportunidad de tocar; ni mucho menos confesaría que tenía unos dedos delgados y de apariencia cremosa que quisiera haber besado de inmediato, que al momento de distinguirlos al final de sus muñecas supo que ambicionaba ser tocado una vez más por ellos, acariciado, aunque fuera levemente, invadido...

Desde el momento que la vio lo supo: Ella era la imagen que siempre había tenido tras sus parpados fuertemente cerrados, imagen perfeccionada con los años a través de rasgos de distintas personas, aferrándose a ella para no caer en la locura y el asco. Qué joven y agraciada le parecía aquella que hasta el momento creyó moza, por ello no hizo menos que sorprenderse al enterarse que esa taciturna mujer era la esposa de Carló de Castilla.

-Para mañana te prometo una comida más completa. -Sonrió la Sra. Celine apretando levemente el brazo del confundido muchacho.

Capítulo 3 III.

Un Acontecimiento Que Delatada La Presencia Del Demonio De La Sospecha.

Por la mañana la joven Sra. de Castilla observaba como Celine, siempre presta a brindar amor y comida por igual, consentía al nuevo hijo de Carló, la cocinera se dispuso a complacer al muchacho en pedidos que ni siquiera había gesticulado. En gestos casi premonitorios le servía avena, porciones de carne, pan y café. Empero, éste último se lo arrebató de las manos al notar que, camino a llevárselo a los labios, volvía a dejar la taza en la mesa.

-No se moleste, lo tomaré. Es sólo que nunca lo había probado. -Aclaró a la apresurada señora. Puede que dicho comentario fuera cierto. No obstante, Aloice notó que ni siquiera había tocado el resto de la comida.

-Oh no, no, no. -Celine guardó la taza en la despensa y la cambió por una de té de moras. -Si no ha caído en el vicio del café no seré quien se lo promueva.

Aloice no pudo evitar reír ante el comentario, recordando que dicha precaución no fue tomada por ninguna de las partes al momento de su llegada a la casa. Teniendo como consecuencia que ahora frente a sus labios tuviera una taza de café bastante grande y tomara tres más a lo largo del día. Fuera de eso, Celine siempre fue igual de atenta, razón por la cual Aloice le guardaba un gran afecto, por no decir una suerte de amor.

Por su parte, Luther permanecía completamente descolocado ante las atenciones de la cocinera, mirándola con gesto sorprendido mal disimulado. Fue en ese momento que, al marcarse unas leves arrugas en su pálida frente, Aloice no sólo notó que éste tenía una cicatriz que le partía la ceja derecha, sino que la mirada nazarena del mismo ahora centellaba en su dirección. En el pasado estudió un poco sobre aquella condición tan extraña, pero nunca había visto alguien que la tuviera, ni mucho menos sabido que el "Síndrome de Alejandría" pudiera manifestarse en hombres, puede que sólo fuera un tono muy raro de azul. Lo cierto era que ahí estaba ese hombre con, al parecer, dicho síndrome; manteniendo un gesto confundido y a su vez dejándola percibir una fijeza y entendimiento que decidió no tomar en cuenta, desviando su interés hacia Ricarte quien, limpiando los cristales de las ventanas desde el exterior, proyectaba su sombra hacia ellos gracias a la posición del sol. El hombre le sonrió con cariño y ella devolvió el gesto, luego el mayordomo se retiró.

-Sra. Celine, de verdad, no tiene que preocuparse. -Interrumpió Luther los pensamientos de la dama, sorprendiéndola tanto con su facilidad de palabra como por el tono levemente grueso y andrógino de su voz. -Dudo tener las facultades para lo que voy a pedirle, pues debo ser sincero y considerar que esto no es más que un ardit. Aunque me extralimite debo decirlo: Siéntese, por favor.

La mujer sonrió para luego soltar una leve carcajada al mirar a la Sra. de Castilla. Celine siempre había tenido permiso de sentarse a la mesa cuando quisiera, pero que el muchacho se tomara licencia en pedírselo despertó en ambas un evidente afecto.

Aloice había aprendido a familiarizarse con las excentricidades de Carló: Tener como mascota un pequeño mono traído de la India, el cual terminó escapando en algún momento; o el criadero de sapos que por mucho tiempo mantuvo en el sótano de la casa, adecuándolo para el propósito. Eran situaciones controversiales que decidió aceptar siempre y cuando no le indicara al mono trepársele y la dejara visitar a los sapos de vez en cuando. Con todo, adoptar a ese muchacho que evidentemente ya llegaba a la adultez no sólo le parecía la más absurda de todas, sino que la hacía dudar de sus verdaderas intenciones.

Ahora que caía en cuenta de ello, Carló aún no volvía de su salida de la noche anterior.

- ¿Por qué no ha comido? -Celine tomó asiento junto a Luther y miró el plato incólume frente a éste. - ¿A caso sabe mal? -Con otro cubierto tomó una porción para olerla y luego probarla. Sólo así, luego de ello, el muchacho accedió a comer.

-Supongo que debo llamarla "madre". -Luther se dirigió nuevamente a ella, llevándose la taza de té a los labios tras sonreírle sin tapujos. El pavor y disgusto que le producía aquella situación tan poco clara lo hacía mofarse de sí mismo.

-Sí, supongo que sí. -Reconoció a voz queda bajo las miradas de los dos en su compañía y las que sentía a través de los muros.

...

Luther caminaba por el jardín a paso ralentizado en compañía, custodia, de Ricarte. Se sorprendió al notar que no había sido detenido al momento en que se dispuso a salir al patio trasero al darse cuenta que la puerta no estaba cerrada. Puede que no reconocieran aquello como un intento de fuga, pensó, para que todas las teorías fueran decapitadas al momento que cayó en cuenta del muro de fieles que rodeaba al jardín. Conglomerados como las piedras de la calle no existía espacio libre entre ellos, siendo iluminados por la acuarela compuesta por la temblorosa luminosidad del lago y los translucidos colores de los vitrales. Presintió lo tosco de sus temples y, de igual manera, su presteza a detenerlo si pretendía escapar, suposición que se convirtió en realidad al momento que, al decidirse a echar a correr, los fieles se alzaron sobre él como bestias, halando su cabello y piel... ¿Era eso?, ¿Sería, acaso, el eterno inmolado ante los cuerpos sucios y dientes partidos de otros?

Sentía sus caninos rasgar su carne, sorber sus fluidos y arañar su rostro, trataban de arrancarle los brazos; pero la verdadera desesperación apareció cuando al tratar de gritar su voz fue sofocada en alguna parte de su tórax. Un puño trataba de entrar por su boca y otros por distintas cavidades. Sintió que lo tiraban de los pies y, de repente, dos golpecillos en las mejillas.

-Se ha dormido muy rápido, jovencito.

Se reconoció a sí mismo en la sala de "Cloporte", hiperventilado, sudoroso y con la camisa pegada al pecho. La Sra. Celine, frente suyo, lo miraba con altruismo.

Había sido víctima del natural cansancio, desde hacía mucho que no tenía tantas horas físicamente tranquilas, haciendo que descartara la idea de que el té hubiera tenido algo, puesto que ya habían pasado largo rato desde que lo tomara.

-Como dijo que saldría a caminar lo creí fuera, pero ahora veo que se ha quedado reposando en la sala. Me disculpo por despertarlo de ese modo, pero me pareció que no se trataba de un sueño agradable.

Preso de la fatiga respiró con dificultad tratando de reponerse lo antes posible. Los arañazos en el suelo se hicieron presentes, haciendo vibrar la suela del zapato que tenía recargada en el mismo.

-Sí, un mal sueño. -Secundó buscando quizá una explicación.

Al momento de desviar la mirada se percató de la presencia de Ricarte y la Sra. de Castilla, ambos en el umbral de la puerta, lo miraban desapasionadamente.

-Ricarte. -Aloice recargó su mano en el hombro del mayordomo en un gesto de lo más familiar. -Acompañe al joven a su alcoba para que descanse como es debido.

-No será necesario. -Replicó poniéndose de pie. -Conozco la dirección.

Tomó el corredor lateral con el propósito de estudiar el jardín a través de sus múltiples ventanas observando así, sin mucha sorpresa, como los gentiles oraban bajo las translucidas pictóricas de los vitrales. Verlos capaces de desenfundar aquella expresión tan atroz lo anclaba al suelo, escucharlos gruñir o jadear lejanamente cuales perros le producía un miedo ridículo; siempre les había temido a esos animales, ahora se deba cuenta que, algunas veces, estos podían cambiar de forma. Fue en ese momento, al verse enfrentado con las afiladas y distantes sonrisas de algunos de ellos, que la idea de que aquello hubiera sido un sueño no le pareció tan posible y, aunque fuera ilógico, comenzó a considerarla una advertencia.

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