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―¡Para!,¡para!― Él escuchaba los gritos desesperados de la mujer que venía a su lado.
―¡No puedo!,¡no sé que pasa!
―¡Detente te digo!― Gritaba desesperada mientras el auto corría a toda velocidad por la autopista.
Ella, con el cinturón puesto iba rogando que nadie se atravesara, que él encontrara una solución para lo que estaba pasando, ¿cómo es que la noche había terminado de esta manera cuando todo iba tan bien?
―¡Frena Saramago!, ¡frena te lo pido!― Le pidió angustiada mientras se aferraba con las manos a la parte de enfrente del lujoso auto que no dejaba de acelerar.
―¡No responden los frenos!, ¡no responden! ― Gritó él mientras trata de controlar el auto que cada vez se salía de control y era más difícil maniobrar.
Ambos veían como subía la velocidad y que por más que él querían frenar eso no era posible, estaban condenados. De pronto, a lo lejos vieron que se acercaba una bajada tan empinada que ambos supieron que era su fin.
―¡No por favor Dios mío! ¡No! ― Gritó ella al ver el escenario que estaba frente a ella― ¡así no Dios mío! Te lo pido, no― murmuró entre sus labios mientras el auto bajaba a toda velocidad; ya no había marcha atrás, era su fin.
Ella volteó a ver a su compañero y cómo si hubiese una conexión entre los dos, se miraron a los ojos sabiendo que sería la última vez que lo harían y que jamás regresarían a su casa. Se tomaron de la mano para sentir por última vez la piel cálida de un ser vivo, para despedirse.
―Lo siento― murmuró él―lo siento mucho.
―Así no, Fernando, así no.― Fue lo último que ella dijo para después sentir cómo el auto se elevaba por el aire al haberse salido por completo de la autopista hacia un acantilado que estaba frente de ellos.
Ambos vieron por última vez el hermoso mar que acompañaba a la pequeña ciudad puerto donde vivían, donde habían crecido, se había casado y criado a sus familias. Ella pensó en su hija, él en su familia y cuando los recuerdos de una vida vivida pasaron por su mente, todo se acabó.
Una, dos, tres, cuatro, cinco vueltas dio el vehículo golpeándose sobre las duras piedras, destrozando el elegante auto que él paseaba por las calles orgulloso y que al verlo todos sabía que era él siendo éste el primer identificador a la hora de buscarlos entre las rocas y la hierva crecida.
El auto cayó tan abajo que se necesitaron escaladores profesionales para sacar los cuerpos casi irreconocibles por el número de lesiones que había en ellos, destrozados, golpeados, llenos de una muerte terrible, sólo se supo que eran Claudia de la O y Fernando Saramago por las joyas que llevaba ella y el reloj que portaba él ya que era tan conocidos que no cabía duda de que las dos personas del acantilado eran ellos, sus familiares lo confirmarían horas después.
La señora Saramago fue la primera que llegó, vestida con ropas casuales, muy diferentes con las que se le solía ver. Le habían avisado mientras tomaba un té en la sala de su casa esperando justamente por su marido a que llegara de viaje. Entró sola, sin su hijo Fernando, que en ese entonces tenía trece años, ya que su hermano Fausto la encontraría ahí.
―¿Qué fue lo que pasó?― Preguntó―¿dónde está Fernando?,¿está bien?
―Minerva.― Murmuró mientras ella caminaba a paso firme dejándolo a un lado y yendo hacia la pequeña habitación donde se encontraba su marido.
Su hermano se quedó en silencio y de pronto ella, al ver el cuerpo destrozado del amor de su vida, sin poder evitarlo dio un grito tan doloroso que hizo que varias personas que se encontraban por ahí se unieran a su pena cubriéndose el rostro impactados.
―¿Pero cómo?, no puede ser.― Se lamentaba mientras su hermano la consolaba y ella se aferraba a la perilla de la puerta.
―El auto se salió de la autopista, Minerva, se fueron por un acantilado y murieron en el accidente, no hubo nada que pudiera hacer, los cuerpos de emergencia lo confirman.
―¿Murieron? ― Preguntó ella de repente alzando el rostro y viendo directo a su hermano―¿con quién murió?― y de pronto pasó de la tristeza a la incertidumbre en tan sólo unos segundos.
Su pregunta fue respondida cuando Santiago de la O, el esposo de Claudia, entró al lugar junto con su única hija, Paula quién tenía la misma edad que su hijo Fernando.
―No― murmuró―no, puede ser cierto, no.
―¿¡Dónde está mi esposa?! ― Preguntó él mientras dejaba a Paula atrás sentada sobre una silla.
―Señor de la O.― Trató de explicar el médico pero no hubo más que decir, él entró a uno de los conocidos cuartos y al ver la imagen lo supo, su esposa estaba muerta.
―¿Cómo sucedió? ― Preguntó mientras escucha a su hija Paula llorar a mares.
―El auto se salió de la autopista, cayó por el acantilado y...
―¿Un auto?, ¿un acantilado? ― Preguntó él confundido mientras trataba de entender qué sucedía, en eso Santiago de la O volteó a ver a Minerva que le lanzaba una mirada de odio―¿qué haces aquí?― Preguntó.
―Era le auto de mi marido.― Murmuró entre dientes.
―¿Fernando está muerto? ― Preguntó ―pero...― dijo él tratando de entender―¿qué hacía mi esposa con tu marido?, ella me dijo que iría a la ciudad a recoger unos papeles, que se iría en su propio auto, incluso puedes ir a mi casa y no está.
―Pues ya ves que no― contestó ella entre lágrimas de rabia― mi marido supuestamente se encontraba de viaje de negocios pero ya vemos que todo era mentira ¿no Santiago de la O?
―¿Qué estás insinuando?
Las miradas de todo sólo reflejaban confusión porque no tenían idea de lo que pasaba entre los dos, lo que significa esa conversación, esas miradas, ese odio que de pronto se formó entre los dos, ya que era bien sabido que ambas familias eran buenas amigas desde hace tiempo atrás y que se confiaban todo, absolutamente todo; tal vez eso había sido su error.
―¡Lo sabía!, ¡lo sabía!― Le gritó Minerva.
―¿Qué sabías? ― Defendió él.
―Sabía que mi esposo tenía una amante, mis sospechas era ciertas y hoy lo comprobé, era tu esposa, ¡me vieron la cara!, ¡me vieron la cara!
―¡Claro que no!, Claudia me amaba a mí, ¡a mí!― Gritó exasperado― yo confío en ella ¡era mi mujer!
―¡Pues ya ves que no!, ¡Tu mujer era amante de mi marido!, no sé durante cuánto tiempo, ta vez meses o no sé, años.
―Ella no hizo nada.
―¡Claro que lo hizo!, yo vi los regalos, las cartas yo sé que ella fue y tú lo sabes Santiago, tú lo sabes.― Le reclamó mientras ese hermoso y joven rostro que tenía Minerva cambiaba a uno duro y muy demacrado.
―No tienes pruebas, tal vez iban en el auto por otra razón.
―¿¡Qué razón!?― Gritó ella―¿Por qué demonios nos mentirían a dónde se dirigían?, ¿qué hacía tu mujer en el auto de mi marido? ¡Qué!,¡qué!, tu mujer era una cualquiera y así se murió como una cualquiera.― Explotó
―¡Retira eso!― Gritó Santiago tratando de controlarse.
―¡Jamás!, jamás lo haré, me encargaré que cada alma en este puerto sepa que Claudia de la O era una cualquiera, que se acostaba con mi marido.
―¡Tú marido tiene la misma culpa que mi mujer!― Gritó desesperado Santiago.
―¡Ah!,¿entonces lo admites?,¿estás reconociendo que tu mujer era amante de mi marido?― Preguntó Minerva.
Santiago se quedó en silencio, no lo creía pero de pronto recordó la conducta sospechosa de su mujer desde hace meses atrás y las alarmas se encendieron en su mente; no tenía pruebas pero después del accidente no tenía dudas.
Minerva, en su enojo volteó, a ver a Paula que lloraba desconsolada mientras escuchaba la conversación― lo siento por ti Paula, de verdad lo siento― habló fría― siento que te haya tocado una madre así.
―¡Basta!, ya no le digas nada a mí hija, ten respeto te lo pido.― Le rogó al ver la triste imagen de lo que estaba sucediendo.
―No quiero ver a tu familia cerca de la mía jamás, ¿entiendes?, nuestra relación de amistad se termina ahora Santiago de la O, y esto también va para tu hija.
―Ella no tiene la culpa.― Murmuró Santiago.
―No, tu familia tiene la culpa, y tu hija tuvo la desgracia de ser parte de ella― Respondió Minerva en un tono tan frío que podría helar la habitación. Después volteo a ver a su hermano que había permanecido en silencio toda la pelea― iré a la casa a avisarle a Fernando, la ceremonia será discreta y familiar.
―Entendido.― Contestó.
―Buena suerte― le dijo a Paula que sólo quería quedarse sola para que su padre y ella pudiesen llorar la muerte de su madre― la vas a necesitar y sin decir más se alejó del lugar.
Ese acontecimiento marcó por completo la vida de ambas familias, provocando una serie de acciones que llevaron a una familia a la desgracia y a otra a la soberbia total. No hubo necesidad de que Minerva esparciera el rumor de la infidelidad de Claudia de la O, fue la misma gente que se encontraba en el lugar a la hora de la pelea entre los dos.
Sin embargo, a pesar de que por un momento, Santiago de la O, había defendido a su esposa no hizo nada para parar el rumor, al contrario, dejó que este siguiera, que las personas hablarán, esparcieran los rumores e incluso dijeran que Claudia de la O no era sólo amante de Fernando, si no de muchos empresarios más.
El alcohol se apoderó de la vida De Santiago de la O al grado que olvidó a su hija la única que al final de todo, sin deberla ni temerla, pasó a ser la víctima de un pasado que no le pertenecía y marcándola por el resto de sus días, dejándola completamente desprotegida y alejada de todos los que pudiesen ayudarle, en pocas palabras, Paula se había quedado sola, perdiendo más que a una madre esa terrible noche.
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Las familias de la O y Saramago eran de las más importantes en el pequeño puerto donde vivían, ya que poseían dos de las empresas pesqueras más importantes y le daban trabajo a la mitad de los ciudadanos del lugar por lo que eran conocidos muy respetados por todos y donde iban se sabían quienes eran, por lo que sus hijos Paula y Fernando estaban siempre protegidos y vigilados por los lugareños.
Además de ser socios en algunas cosas, los de la O y Saramago, eran amigos, demasiado amigos para ser verdad. Santiago y Fernando habían ido a la escuela juntos, habían viajado por el mundo en sus años de soltería y habían sido padrinos en sus respectivas bodas, incluso se dice que Fernando le presentó a Claudia en una fiesta donde el cupido fue inmediato y los llevó al matrimonio. De ahí, vinieron los hijos, Fernando y Minerva tuvieron a Fernando unos meses antes de que Santiago y Claudia tuvieran a Paula y así le pasaron a sus hijos la amistad que a ambas parejas les unía.
Paula era igual a su madre, bella, ojos color miel que bajo el sol se veían verdes, cabello rubio obscuro y una sonrisa perfecta. Después, al crecer, también tendría el cuerpo de su madre, senos grandes, cuerpo curvado y una mirada profunda y provocativa que le quitaría el aliento a muchos, en cambio Fernando había salido como su padre, cabello castaño obscuro, ojos café brillantes y una sonrisa tan coqueta que lo perfilaban como todo un galán y con el dinero que tenia un excelente prospecto.
Ambos niños se llevaban bien, iban a la misma escuela, mismos lugares, eran inseparables e incluso se juntaban con el mismo amigo, Iván, el hijo de otra familia de clase media que eran dueños de tres bares de la ciudad y que con eso habían abierto un super mercado donde él desde joven trabajaba. Los tres siempre andaban juntos, solían ir a la playa los veranos para refrescarse del intenso calor que hacía, explorar un poco las afueras de la ciudad, pero principalmente se juntaban en la casa de Paula que era la más grande, con un amplio jardín que casi parecía un bosque y con una casa llena de tantas habitaciones que parecían laberintos.
En una de esas habitaciones, Paula y Fernando tuvieron su primer beso, uno que se quedó en su memoria durante años y que fue completamente enterrado cuando la distancia se hizo grande pero que marco el inicio de una relación que tiempo después daría respuesta a todo. Aún así, Paula lo recordaba como si fuera ayer, cuando en una fiesta de cumpleaños empezaron a jugar "7 minutos en el cielo", y les tocó a ellos dos entrar a ese obscuro cuarto que habían escogido como refugio y diversión.
Paula en ese momento no se sentía seguro de lo que estaba pasando, pero al parecer, todos, incluyendo a Iván y a Fernando estaban de acuerdo que el juego era de lo más normal y que todos debían jugarlo. Evidentemente los dos pre-adolescentes no estaban muy seguros que ese beso sería el primero y el último que se darían, ya que dos semanas después la desgracia caería sobre sus familias y ellos no volverían a verse.
En ese entonces, Fernando al escuchar su nombre no mostró ni una pizca de alegría o curiosidad, al contrario, un miedo aterrador le entró por el cuerpo, cuando su amiga Paula entró un poco tímida a la habitación y los otros cerraron la puerta.
― Son 7 minutos ¡Eh!― Escucharon afuera seguido por unas risitas cómplices de los otros invitados que cuidaban que los padres no subieran y les quitaran la diversión.
Ambos se quedaron parados en el cuarto semi obscuro de la casa, observando sus rostros con la poca luz que se reflejaba en la ventana y que apenas les permitía verse, esta vez la poca luz jugaba un factor importante para que ambos pudiesen cometer la hazaña que les habían impuesto.
―¿Y ahora qué?― Preguntó Fernando mientras se rascaba la parte de atrás de la nuca, sumamente nervioso de estar en esta situación con la que consideraba su mejor amiga.
― Pues no sé, tenemos 7 minutos para hablar.― Dijo ella inocente y divertida.
―¡No!,sin hablar.― Gritaron afuera, y así se percataron que estaban más atentos de lo que ellos pensaban.
Fernando sonrió, no sabía que pasaba en ese momento pero sintió como los nervios habían invadido el lugar, en verdad nunca había estado en una situación así.―Bueno, podemos hablar en voz baja.― Propuso.
Paula comenzó a jugar con su cabello, como siempre lo hacía cuando se encontraba nerviosa, un rasgo que Fernando había notado antes pero que en ese momento dio un giro diferente, lo que antes consideraba algo normal ahora lo veía sexy generando en la habitación una tensión inexplicable que lo envolvió de inmediato e hizo que sus instintos de hombre, ya presentes, tomarán lugar ese momento.
―Creo que nos hemos metido en peores cosas―comentó ella en un hilo de voz― Odio estos juegos ¿tú no?
―No lo sé, nunca lo había jugado antes― contestó él mientras no le quitaba la vista de encima por alguna razón que él desconocía o más bien que acaba de describir, Paula era hermosa y el no haberle dicho lo que sentía en ese momento se volvería una tortura en sus primero meses lejos de esa ciudad.
Fernando sonrió, este tipo de situación junto con paula le hacía sentir incómodo, los dos encerrados en esa habitación sin poder salir, con los nervios a tope. Ella sólo veía a la obscuridad como en busca de una salida y él de repente sólo la veía a ella, con ese pelo largo y lacio que todo el tiempo traía suelto y que siempre brillaba con el sol.
―Sabes, hoy te ves especialmente bonita Paula― dijo Fernando en voz baja iniciando lo que estaba destinado a pasar.
Ella le sonrió nerviosa―no creo que ese tipo de plática deba surgir entre nosotros, Fernando.― Contestó firme y viéndolo a los ojos.
―Pero, no estoy diciendo nada que no sea cierto Paula. Además es verdad, eres muy bonita.
Paula sintió como su rostro se tornaba caliente y supo que lo que su amigo le había dicho la había avergonzado.―Gracias.― Respondió.
―¡Menos plática y más acción!― Se escuchó la voz de Iván al fondo provocando que ambos chicos se sintieran un poco presionados.
―¿Entonces? ¿Haz besado antes?―Le preguntó Fernando recibiendo un "no" como negativa―yo tampoco, o al menos creo que no.
Paula se rió un momento liberando la tensión que tenía, buscando una alternativa para salir de ahí pero a la vez ansiosa por experimentar eso con su mejor amigo, con al único hombre, a parte de su padre, que tenía en su vida.
Fuera de la habitación se escuchaba como todos hablaban especulando de lo que estaban haciendo adentro ―¡ 3 minutos! ― escucharon, seguido de las típicas risas.
Fernando se acercó lentamente hacia Paula, y le sonrió. Ella suspiró profundo al sentirlo tan cerca y de una manera muy diferente a lo que estaba acostumbrada. Él, tomó con una mano uno de los mechones de su cabello y comenzó a acariciarlo con la punta de sus dedos sintiendo su suavidad. El calor entre ellos se sentía pesado, la tensión sexual había crecido y en ese momento ambos pasaron de ser niños a adolescentes sin que lo supieran, desenterrando en ellos un deseo que tiempo después los quemaría vivos. Fernando la miró a los ojos, perdiéndose completamente en ellos y cuando no pudo más pronunció la frase que marcaría su vida.
―Paula, bésame.― Murmuró cerca de sus labios en una forma tan seductora que hasta él se sorprendió.
Ella lo miró fijamente, tratando de encontrar en sus ojos una respuesta que le dijera que esta pasando, pero en lugar de eso descubrió una mirada nueva en Fernando, ya no era la típica mirada pícara que siempre traía, la que le daba después de hacer una travesura, en ella, ahora, encontraba el deseo, el mismo que reconocería años después cuando él volviese a besarla. Así que Paula de casi catorce años llevada por el impulso del momento, lo besó.
Primero fue un beso pequeño que apenas rosó sus labios y se separaron de inmediato para conocer la reacción que provocaba en ambos. Ambos sonrieron, y al notar que la respuesta era positiva, él tomó su rostro de nuevo con ambas manos y le dio oro beso, uno más intenso y largo que detonó ese deseo desconocido entre los dos. Sus labios se sincronizaban a la perfección haciendo que el beso fuera increíblemente pasional, más de lo que se le permite a dos personas de su edad; Fernando supo, en ese momento, que ellos dos sí habían llegado al cielo.
Dejándose llevar, Fernando pasó sus dedos entre el hermoso cabello rubio y lacio de Paula generando un poco de cosquillas sobre su piel y haciéndola sentir sensaciones inexplicables que jamás había sentido. Ella, acomodando las manos sobre su torso, lo acarició dando pequeños círculos que le provocaron tantas cosas que no supo cómo sobrellevar y esa escena formaría parte de sus sueños más atesorados en lo que restaba de su adolescencia.
―10,9,8, 7 ... ― Se escuchaban afuera los animados gritos.
Fernando, aferrado a la cintura de Paula, sintió un empujón cuando ella lo separó antes de que la puerta se abriera. Él, sumamente agitado la vio a los ojos mientras ella podía sentir como el calor se apoderaba de su cuerpo y de su rostro, si hubiese habido lio en ese momento, Fernando hubiera visto su rostro completamente rojo. Se quedaron viendo con los ojos perdidos en los labios del otro, tratando de explicar lo que había pasado entre ellos.
―Pau...― Trató de decir Fernando cuando la puerta se abrió de repente.
―¡Sorpresa!― Escucharon el grito y ambos jóvenes volearon a verlos con un rostro lleno de preguntas que por años no podrían contestar.
Paula salió de inmediato de la habitación, no estaba enojada ni molesta, sino confundida. De pronto, el que consideraba su compañero de juegos ahora se había convertido en algo más, en un sentimiento que se le había incrustado en el pecho y que necesitaba respuestas, necesitaba más.
En cambio Fernando quedó emocionado, pensando en ese beso, en los labios de Paula que ahora se había vuelto parte de él y se encontraba ansioso por hablar con ella y continuar con lo que era evidente, ambos se gustaban. Con lo único que no contaban es que semanas después ese deseo que había nacido en esa pequeña habitación, terminaría arrebatado por la desgracia de ambas familias y que Paula y él esperarían años para poder averiguar sus sentimientos.
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(16 años después)
Paula y Fernando crecieron juntos en un pequeño puerto, el Puerto de San Carlos donde todos se conocían y era imposible esconderse. Era evidente que al final el único amigo de Paula sería él, así como lo fue el hecho de que cuando ella crecería encontraría trabajo en uno de los bares del padre de Iván. Todo el mundo hablaba de eso, de su trabajo, de su reputación, de la caída de su padre y su alcoholismo que lo mantenía con jaquecas y refugiado en su casa por las mañanas y en los bares más bajos por las noches, nadie hablaba de los sueños perdidos de la chica y de como ella sola mantenía su casa desde los dieciséis años.
Paula no había tenido oportunidad de estudiar una carrera aunque ella lo deseaba, en sus sueños quería estudiar el universo, ser astrofísica, descubrir nuevos planetas y estrellas pero, todo murió cuando su padre la sacó del colegio y la encerró en su casa por mucho tiempo ya que los rumores de la reputación de su madre eran increíblemente fuertes. Por otro lado, unos meses después de la muerte de su madre, su tía Francisca había llegado a vivir con ellos formulando así un gasto más para la familia que ya no tenía nada, por lo que Paula se vio obligada a buscar trabajo a temprana edad.
Al tener un manejo increíble de las matemáticas y de las cuentas, el padre de Iván la contrató como empleada del cuarto local de venta de víveres que había recién abierto. Paula pasó de ser la tendera a administrar todo el lugar, llevar la lista de proveedores y las cuentas del local. Después pasó a ser gerente de los cuatro locales, dejándole así la oportunidad a su amigo de encargarse de los bares. La familia de Iván era la única que apoyaba, que la acogió, ya que el resto no hacía más que recordarle su mala reputación, desmoralizar sus logros y bajar su autoestima además, Francisca no ayudaba mucho, le gustaba entrar al juego de ser el centro de atención, de provocar uno que otro escándalo "defendiendo" a su familia que a veces se le salía de las manos, por lo que la familia de la O siempre estaba de boca en boca si no era con un escándalo, era un nuevo chisme inventado, algo a lo que Paula ya hacía oídos sordos y que le ayudó cuando Iván la invitó a trabajar en el bar.
Paula, al ser tan buena administrando las cuentas de los locales, por petición del padre de Iván, le pidió que ahora llevara las del bar convirtiéndola en su empleada estrella y gerente de todo. En verdad era muy buena pero otros decía que la razón por la que ella era tan protegida por la familia era porque el joven estaba enamorado de ella y eso no se podía negar. Iván estaba loco por ella desde que Paula había alcanzado esa belleza que la caracterizaba y provocaba miradas porque, habría que admitirlo, las mujeres de su familia eran guapísimas y ella no era la excepción.
Cuerpo curvado, cabello largo rubio y lacio, ojos seductores con pestañas grandes que los enmarcaban de una forma que le daba una gran potencia s su mirada, poseía labios gruesos y levemente rojizos que provocaban besarla hasta dejarla sin respiración, en pocas palabras era un monumento de mujer e Iván lo sabía por lo que quería casarse con ella, formar una familia y sobre todo protegerla de todo y de todos, pero Paula no tenía ni idea de lo que quería, nunca había pensando en hijos, ni en bodas, ni en nada que tuviera que ver con establecerse, ella vivía un día a la vez y por más que Iván le insinuaba ella simplemente ignoraba sus deseos porque muy dentro sabía que su reputación dañaría la vida que él quería formar y construir con ella.
―Imagínate, una casa para los dos, cerca de la costa, con un perro de esos que les gusta bañarse en el mar, con un balcón en nuestra habitación para que podamos despertarnos todas las mañanas con los rayos del sol.― Le decía el mientras ambos se encontraban en la barra del bar atendiendo a los clientes. No era el trabajo de Paula pero el personal no se daba a basto y ella había preferido quedarse para ayudar en la caja.
―Eso es muy bonito.― Respondió.
―No es bonito, es bello, y todo eso tengo planeado para ti, he ahorrado todos mis salarios por años para que cuando tú me digas que sí yo la compré de inmediato, el señor es viudo y está dispuesto a vendérmela al mejor precio.
Paula volteó y vió a Lorenza la mesera estrella del bar y le murmuró a Iván ―mejor guarda esos planes para Lorenza, Iván, ella está enamorada de ti desde hace años, ¿por qué no le das una oportunidad?
―Porque me gustas tú― habló apasionado mientras tomaba su rostro y la veía a los ojos― y lo sabes y no voy a dejar de repetírtelo hasta que me digas que sí.
Paula acarició su rostro y le sonrió― Iván, esto me lo repites todas las noches que me ves y siempre recibes la misma respuesta,¿qué te hace pensar que cambié de opinión de ayer para hoy?― Le preguntó en tono tierno.
―¿Esperanza?
―Vamos Iván, sabes mis razones y no es porque no te tenga cariño, sabes que te quiero, eres mi mejor amigo pero no te conviene andar conmigo, ya hay bastante rumores por todo el lugar como para que tu te estreses con ellos, a nadie le gustaría escuchar que su novia se "acostó" con Pedro el carnicero para poder obtener comida para su padre borracho.
―A mi no me importan esos rumores― le respondió― sé que no son verdad.
―Pero aun así te estresas, me enteré que ayer amenazaste con matar a golpes a uno de los trabajadores de tu papá porque te dijo que había obtenido este trabajo por "hacerte un favor especial".
―¡Estúpido!― Exclama Iván con coraje sólo de recordarlo.
―¿Ves?, por eso te lo digo ― Explicó Paula ―la solución es que yo me vaya lejos de aquí y créeme lo lograré, un día me iré lejos de aquí a una ciudad tan grande donde nadie me conozca y viviré feliz.
Iván le regaló una media sonrisa porque dentro de él sólo quería que Paula fuera feliz, él quería seguirla, escaparse con ella a otro lugar pero los negocios de su familia se lo impedían.
―Seguiré insistiendo hasta que me digas que sí― le murmuró― hasta que me aceptes.
Paula acarició su rostro mientras le sonreía, le daba mucha pena que Iván le rogara tanto pero ella misma sentía que no era suficiente buena para él, ni para nadie, a pesar de que se hacia oídos sordos a todos los rumores le habían afectado de cierta manera que sentía que no era la indicada para él ni para nadie, así que se conformaba con saber que era suficiente para ella.
―Me tengo que ir― le dijo― mañana tengo que estar en la central temprano para conseguir los mejores precios si no tu padre no estará feliz.
―Dame media hora y te llevo.
―No, no, está bien, todavía es temprano y tienes mucho trabajo aquí, si me voy ahora llego en segundos.
―Paula― murmuró él con un ruego ya que siempre tenía miedo de que algo le pasara― sólo son treinta minutos.
―Treinta minutos menos para que duerma, mejor pasas por mí a las cuatro de la mañana, ¿te parece? Y vamos juntos a la central.
Iván asintió porque no tenía de otra y antes de que se fuera acarició su rostro. Siempre veía a Paula con unos ojos de preocupación que a ella a veces le molestaba, a él no se le hacía justo que su amiga tuviese esta vida.
―Estaré bien Iván, no soy una niña, tengo veintinueve años sé cuidarme sola ― respondió y luego tomó su bolsa ― nos vemos a las cuatro, no toques el timbre, no quiero molestar a nadie, yo te esperaré en el portal.
―Está bien.
Paula se dio la vuelta y salió de la barra para así caminar entre la gente que se despedía de ella amablemente. Una de las ventajas de trabajar con la familia de Iván era que todos la respetaba, nadie hablaba de ella, al menos no en público, y la dejaban trabajar tranquila, sin enfrentamientos o desplantes.
Salió del lugar y después de despedirse de la seguridad de la puerta y escuchar la voz de Iván por el radio pidiéndole que de favor vigilara sus pasos, Paula caminó por la avenida semi vacía directo hacia su casa que quedaba en una de las áreas centrales por lo que en unos minutos estaría entrando por la puerta de su "hogar" y lo agradecía ya que el cielo amenazaba con una tormenta que se dejó caer tan solo ella atravesaba la plaza central.
Paula se cubrió con su bolsa y aceleró el pasó para no mojarse tanto pero la tormenta de verano se intensificó haciendo que su huida fuera inútil.
―Maldición.― Murmuró ella mientras bajaba la bolsa para caminar más rápido y atravesar la calle que la llevaría directo hasta su casa.
Tan sólo puso un pie sobre la calle para atravesar a la otra acera, un auto se frenó de inmediato provocando que Paula gritara asustada al sentir que estaba a punto de ser atropellada. Cuando el susto paso y las luces quedaron iluminando su rostro ella enojada pegó con fuerza el cofre del auto.
―¡Qué demonios te pasa! ― Gritó mientras sentía como todo el agua escurría por su cabello y empapaba el resto del cuerpo ―¡Qué no te das cuenta que hay un semáforo!
La figura de un hombre salió del lado del conductor y fue hacia ella― lo siento de verdad lo siento, no sabía que había un semáforo en esta avenida, no recuerdo la ciudad.
―¡No es necesario que la recuerdes sólo fíjate!― le reclamo mientras se quitaba el cabello del rostro.
―Lo sé, lo sé... lo siento ¿estás bien? ― Preguntó el hombre.
Después de que pasara el susto y de que ella tomara compostura volteo a ver al hombre del auto y sin poderlo creer, sonrió ―¿Fernando? ― Pronunció su nombre mientras su corazón no cabía de tanta felicidad.