En una habitación de hotel, Irene Dixon estaba sentada en el borde de la cama, mareada. Apretó la mandíbula, luchando por no perder el conocimiento.
Su vida había caído en una espiral de caos cuando su padre fue encarcelado por asesinato, y el impacto provocó la enfermedad de su madre, llevándola a la UCI.
En medio de esta turbulencia, los antiguos aliados de su padre hacían leña del árbol caído. Ignorando la considerable ayuda que su progenitor les había prestado en el pasado, difundieron rumores maliciosos y se fugaron con los fondos de la empresa, todo para su propio beneficio. Como resultado, muchos socios comerciales se estaban retirando, exigiendo tanto la cancelación de los contratos como indemnizaciones al Grupo Dixon.
De la noche a la mañana, el Grupo Dixon se vio cargado con una deuda de 380 millones de dólares, al borde del colapso.
Decidida a no dejar que el trabajo de sus padres se viniera abajo, Irene sintió que debía asumir el abrumador desafío. La salvación del Grupo Dixon parecía depender de conseguir un lucrativo acuerdo con el proyecto del hotel turístico Montaña del Cisne. Sin embargo, el gerente del proyecto la evitaba, y si no conseguía el depósito inicial en un plazo de tres días, el Grupo Dixon se enfrentaría a la quiebra.
En su desesperación, Irene buscó la ayuda de su esposo distanciado, Cade Hudson.
El Grupo Hudson era una fuerza dominante en Eimwell, y la Familia Hudson mantenía una posición prominente desde hacía más de un siglo.
Hace años, la madre de Irene le había salvado la vida a Cade, lo que llevó a Damián Hudson, el abuelo de este, a organizar un matrimonio entre Cade e Irene una vez que alcanzaran la mayoría de edad.
Su matrimonio, sin embargo, existía solo en el papel. Nunca habían celebrado una boda ni consumado el matrimonio. Cade se marchó por negocios poco después de casarse y no regresó en dos años.
Ahora, desesperada por conseguir una presentación con el escurridizo gerente del proyecto, Irene contactó a Cade, quien, sorprendentemente, le propuso que primero consumaran su matrimonio.
Aceptó una copa de vino que Cade le había enviado. Irene tomó la llave de la habitación que él le dio y se dirigió a la habitación designada, sintiendo su cuerpo extrañamente caliente. Nunca había estado íntimamente con hombres y no podía contener su nerviosismo.
Mientras Irene se sumergía en una niebla de somnolencia, un hombre se le acercó. Este arqueó una ceja y murmuró: "Eres muy hermosa y tienes una figura preciosa".
Por instinto, Irene se apoyó en el toque del hombre, agarrando su mano y susurrando: "Cade...".
El rostro del hombre se endureció de inmediato y soltó una risa burlona: "¿Estás llamando a otro hombre por su nombre en mi cama? ¿Te parece apropiado?".
Confundida, Irene miró al hombre, sus pensamientos cada vez más nublados. Sin embargo, cuando lo vio moverse para marcharse, extendió la mano impulsivamente y se aferró a él desde atrás, suplicando: "¡No te vayas!".
El hombre se detuvo y se volvió hacia la aturdida Irene. Sus delicados rasgos y sus ojos entornados, resaltados por un leve rubor en las comisuras y una mirada involuntariamente seductora, despertaron en él una sensación de familiaridad. Contempló a la extraña mujer que tenía ante él, que de algún modo había llegado a su habitación, y un fugaz recuerdo cruzó su mente, pero antes de que pudiera concentrarse en él, sintió que ella lo agarraba con más fuerza por la cintura.
El hombre soltó una risa entre dientes y dijo: "De acuerdo. Solo no te arrepientas de esto después". Dicho eso, la abrazó, le pellizcó suavemente la barbilla y sus labios se encontraron mientras caían sobre la suave cama.
Cuando la penetró agresivamente, el aroma agudo y amaderado de su colonia llenó el aire, y ella se aferró con más fuerza a su bata mientras dejaba escapar un suave gemido.
El sonido que ella emitió sirvió de catalizador, desatando una reacción más fuerte en él.
La soltó, contemplando su aspecto ahora desaliñado, luego se quitó la bata y la tiró a un lado.
Poco a poco, empujó su miembro unos centímetros más adentro de ella.
Un gemido de dolor escapó de Irene y las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
Cuando el hombre se apoyó, descansando sus musculosos brazos cerca del rostro de Irene, ella le agarró las manos y, con la voz entrecortada, imploró: "Por favor... Sé amable...".
"Está bien", susurró él, besándole suavemente los labios antes de levantarle las piernas sobre los brazos.
Sus sombras se entrelazaron infinitamente en la habitación débilmente iluminada.
Irene mordió el borde de la sábana, mientras sus lágrimas empapaban la almohada bajo ella. Abrumada por una confusa fusión de dolor y placer nuevo, el pánico se apoderó de ella.
Al ser levantada bruscamente, Irene se aferró al hombre con fuerza, mientras sus gritos resonaban en la habitación.
Cuando el tiempo pareció extenderse indefinidamente, él finalmente la soltó, jadeando con fuerza. Cuando la giró para que lo mirara, descubrió que se había desmayado. Hizo un chasquido con la lengua, le limpió con cuidado una lágrima de las pestañas y probó su amargor salado. "¿Te dolió tanto?".
Sus lágrimas apagaron su entusiasmo y pasión iniciales. El hombre se levantó y caminó hacia el baño.
El sonido del agua corriendo en el baño llenó la habitación, que por lo demás estaba silenciosa, mientras Irene abría laboriosamente los párpados. Estaba esperando ansiosamente una respuesta definitiva de Cade.
Luchando contra su incomodidad, Irene se levantó de la cama, tocando el suelo frío con los pies, y se apoyó en la mesa para sostenerse mientras se movía hacia la puerta del baño. Justo entonces, su celular empezó a sonar. En la pantalla se mostraba el nombre de Cade.
La confusión se apoderó de Irene. Se suponía que Cade debía estar en la ducha. ¿Por qué la estaría llamando ahora? Inquieta, contestó. "Cade, he cumplido con tu petición. ¿Cuándo vas a cumplir tu parte?".
La voz de Cade, llena de burla, salió por el altavoz del celular. "¿Cuándo dije que te iba a ayudar? Solo te dije que te encontraras conmigo en el hotel y que lo consideraría".
Irene apretó con más fuerza el celular. "¿Y? ¿Ya decidiste?".
"Mi decisión es no", respondió Cade secamente.
"¿Vas a retractarte de tu promesa?". El rostro de Irene se puso serio.
"Pareces enfadada. Pero recuerda que eres mi esposa. ¿No es mi derecho tener sexo contigo?". La risa de Cade tenía un tono mordaz. "Ah, y se me olvidó mencionar algo. El hombre con el que estuviste anoche no era yo".
La respiración de Irene se aceleró y su voz tembló al hablar. "¿Qué quieres decir? Esto no es algo con lo que se deba bromear, Cade".
Todavía riendo, Cade replicó: "Hablo completamente en serio. No fui yo el que estuvo contigo anoche".
El celular se le escapó de la mano temblorosa a Irene. Se agachó para recogerlo, pero antes de que pudiera hacerlo, una sombra se proyectó sobre ella.
Irene alzó la vista y vio al hombre que había salido del baño. Estaba sin camiseta, con arañazos visibles en el pecho.
Ahora era descaradamente obvio. Cade la había engañado. Había fingido querer intimar con ella, pero en realidad la había enviado a la cama de otro hombre.
Presa del pánico, los ojos de Irene pasaron del hombre a su celular. Ansiaba enfrentarse a Cade por sus acciones, pero la llamada ya se había cortado, dejándola únicamente con el mensaje automático que indicaba que su número no estaba disponible. Cade la había bloqueado.
De pronto, Irene sintió algo húmedo en el rostro. Se tocó el rostro y se dio cuenta de que las lágrimas le caían por las mejillas. La sorprendente revelación se abrió paso lentamente en su mente. ¡Por el cielo, había tenido intimidad con un desconocido!
De pronto, el hombre comentó: "No me di cuenta de que era tu primera vez. Quizás fui demasiado brusco".
La tez de Irene se volvió pálida. Bajó la cabeza, incapaz de afrontar la amarga verdad.
Sin advertencia, sintió que la levantaban y la colocaban suavemente de nuevo sobre la cama. Las sábanas aún conservaban las marcas de la noche anterior, provocándole una oleada de vergüenza que le revolvió el estómago.
El hombre soltó una risa y le lanzó una caja. Dentro había pastillas anticonceptivas.
Irene se sintió humillada. La situación se estaba desarrollando de forma contraria a sus expectativas. En lugar de compartir momentos íntimos con su esposo, pasó una noche apasionada con un desconocido y terminó recibiendo pastillas de él.
A Irene le temblaban las manos mientras alcanzaba la caja.
"No me importaría que tuvieras mi hijo, pero...". El hombre la agarró de la barbilla, obligándola a mirarlo fijamente. "Considerando todo, es más sabio que te las tomes".
Sorprendentemente, Irene percibió un toque de ternura en su tono. Al ser consolada por el extraño con el que había estado, sintió una irónica punzada de autodesprecio.
"Me las tomaré", murmuró con voz ronca. "Esto fue un error. Pensé que estaba con mi esposo...".
"Supuse que lo hiciste a propósito, dado lo atrevida que fuiste", comentó el hombre, cruzándose de brazos y observándola con despreocupación.
"No tenía idea. Mi esposo me dio la llave de la habitación", confesó ella, cerrando los ojos y clavándose las uñas en las palmas, sintiendo un dolor agudo.
Una ceja se arqueó y una sonrisa se extendió por el rostro del hombre. "Hiciste una mala elección al elegir a tu pareja. Tu esposo te envió a mi cama a cambio de alguna ventaja".
Irene captó al instante el sarcasmo en su voz. Inhaló bruscamente. "¡Esto no es asunto tuyo!".
Él se sentó tranquilamente en una silla frente a ella. "Dada nuestra reciente intimidad, si estás enfrentando problemas, quizás pueda ayudarte".
Fue solo entonces que Irene alzó la vista hacia él, admirando la perfecta simetría de sus rasgos: su nariz prominente, su mandíbula bien definida y la leve curvatura de sus labios. Incluso detrás de los lentes, sus ojos brillaban con un atractivo especial.
La apariencia de este hombre superaba fácilmente a la de Cade. Con solo estar de pie, se convertiría en el centro de atención.
Aun así, para Irene, él no era más que un cautivador sinvergüenza.
Irene apartó la vista rápidamente. Estaba muy familiarizada con las historias de hombres que buscaban ganancias personales, incluso si eso significaba entregar a sus esposas o hijas a las camas de otros hombres, pero nunca había presenciado tal comportamiento en persona. Hoy lo estaba viviendo en carne propia. El acto despreciable de Cade de enviarla a la cama de ese hombre hablaba por sí solo: ese hombre poseía una influencia y un poder considerables.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Irene. Ella evitó su mirada, temiendo que él pudiera leer sus pensamientos. Dudó por un momento. Si Cade no estaba dispuesto a ayudarla con la situación desesperada de su familia, quizás este hombre sí podría...
Impulsada por esa idea, se encontró a sí misma preguntando: "¿Cómo exactamente podrías ayudarme?".
El hombre alzó una ceja mientras le acariciaba suavemente la mejilla, diciendo: "Por ejemplo, puedo deshacerme de tu esposo. Además, estoy dispuesto a ayudarte aún más, aunque esos servicios tendrán un precio. ¿Qué te parece si te conviertes en mi amante?".
Al proponerlo, su agarre se tensó de repente alrededor de su cuello, como si amenazara con quitarle la vida si se negaba.
Irene luchó por quitarse su agarre, luchando por respirar. ¡Qué loco! "Dudo que te falten mujeres. Además, estoy casada. Busca en otro lado".
"Me pareces especialmente cautivadora", respondió él. Sus ojos recorrieron su rostro mientras le entregaba una tarjeta de presentación. "Piénsalo".
Irene le lanzó una mirada furiosa. "¡No soy esa clase de mujer!".
"No me importa qué tipo de mujer seas. Simplemente te estoy haciendo una propuesta sincera. En lugar de ser utilizada por tu esposo que no te merece, ¿por qué no consideras mi oferta?". Se reclinó, ladeando ligeramente la cabeza. "Conmigo ganarás mucho más que con él".
Irene ardía de ira.
"Además, él nunca ha dormido contigo. ¿No crees que podría estar saliendo con alguien más?". Al observar que Irene no había aceptado la tarjeta, el hombre sonrió con desprecio. "Tómate tu tiempo para pensarlo. Puedo esperar".
Irene recogió la tarjeta a regañadientes, leyendo el nombre: Braydon Scott. El reconocimiento fue instantáneo. Era el heredero de la influyente familia Scott de Oglario.
Oglario, un centro de élites políticas y empresariales, albergaba a la familia Scott como una de sus principales dinastías. Braydon era su prodigio.
La familia Scott tenía conexiones tanto con la alta sociedad como con el hampa. Aunque se presentaban como empresarios honestos, su participación en actividades dudosas era un secreto a voces.
Irene se dio cuenta de que se había involucrado con una figura verdaderamente poderosa.
Braydon se marchó, dejando a Irene desconcertada. "Encontrarás algo de ropa en el sofá que debería quedarte bien", soltó mientras salía.
La puerta se cerró tras él e Irene se quedó inmóvil, con la respiración agitada, que poco a poco se fue calmando. Se tranquilizó, se cambió de ropa, tomó su bolso y fue al edificio del Grupo Hudson.
La recepcionista, que conocía a Irene como la esposa de Cade, se levantó de inmediato al verla llegar, con un tono nervioso. "Señora Hudson, ¿a qué debemos el placer de su visita?".
Ignorando el saludo, fue directo al ascensor y presionó el botón del piso de su esposo. Cuando estaba abriendo la puerta, los sonidos de gemidos sugerentes la detuvieron. Paralizada, escuchó una conversación.
"Utilizar a Irene como moneda de cambio con la Familia Scott sin duda sellará el trato". Una mujer soltó una risa juguetona y entrecortada.
La respuesta de Cade fue desdeñosa, calculando. "Conservar su virginidad fue solo una estrategia para obtener los máximos beneficios. Y, de hecho, ha valido la pena".
"Entonces, ¿cuándo te divorciarás de ella? Llevo demasiado tiempo esperando", se quejó la otra.
"Pronto", respondió Cade con suavidad. "Una vez que el acuerdo con la Familia Scott esté asegurado, me divorciaré de ella. Tú eres la única a la que amo de verdad, no ella".
"Pero ella es mucho más bonita que yo...", murmuró la otra con incertidumbre.
"Para mí, tú eres la más hermosa. Ella no es más que una pieza estratégica", respondió Cade.
Una fría comprensión se apoderó de Irene y decidió no entrar. Al volverse, vio a la recepcionista junto a la entrada, con una mirada llena de compasión.
"Señora Hudson, ¿está todo bien?", preguntó la recepcionista con preocupación.
"Estoy bien", respondió ella, pasando rápidamente a su lado y saliendo del edificio.
Una vez fuera, miró el imponente edificio, y la luz del sol la cegó. Se cubrió los ojos con la mano, apretó con fuerza su bolso y se alejó con determinación sin mirar atrás.
Sumida en sus reflexiones, Irene caminó por la calle, preguntándose por qué la desgracia parecía cebarse solo con ella, dejándola con una sensación de agobio. Sus pensamientos la absorbieron hasta el punto de que no se dio cuenta de que el semáforo había cambiado a rojo.
Justo cuando Irene daba unos pasos hacia adelante, el agudo sonido de un claxon la sacó de su ensimismamiento. Antes de que pudiera reaccionar, un auto se abalanzó directamente hacia ella.
De repente, una mano firme la agarró del brazo, jalándola hacia atrás con fuerza. Apenas logró esquivar el auto negro que se acercaba, escapando ilesa.
Furioso, el conductor bajó la ventanilla y gritó: "¡Ve a matarte a otro lado y a mí no me involucres!".
Con el corazón acelerado y el rostro pálido, Irene se giró para agradecer a su salvador, pero se quedó sin palabras al reconocer al hombre que estaba frente a ella.
"Morir por un hombre que no vale la pena no parece muy inteligente, ¿verdad?", comentó él.
Apartando su mano de un manotazo, Irene retrocedió ligeramente. Ella respondió: "Nunca dije que quisiera morir".
"¿En serio? Cruzar en rojo me parece bastante claro", se burló él. "Parece que no te importa nada tu vida".
"¡No es asunto tuyo!", replicó ella, su mal humor empeoró aún más por sus palabras.
"Bueno, se vuelve asunto mío cuando tus acciones pueden causarme problemas", dijo él, rascándose la barbilla.
Cuando las lágrimas asomaron en los ojos de Irene, recordando la noche anterior, se aclaró la garganta con incomodidad. "Eres bastante valiente para intentar algo así. Si hubieras mostrado esa valentía frente a tu esposo, te tendría en mayor estima".
"Tu opinión no me importa. ¡Vete!", dijo ella, dándole la espalda y echándose a llorar.
Sin dudarlo, Braydon se marchó.
Tras quedarse quieta un momento, Irene sopesó su situación. Al darse cuenta de que depender de Cade era inútil y de que tenía problemas urgentes en el Grupo Dixon, tomó una determinación. Le gritó a Braydon: "¡Espera!".
Pero en lugar de detenerse, él siguió su camino.
Sola y sin apoyo en Eimwell, pensó en los dos últimos años llenos de burlas y desprecio de quienes alguna vez consideró sus amigos y familiares, que ahora la evitaban como si fuera un mal presagio. La idea de ser la amante de alguien siempre le había parecido repulsiva, pero ante su situación se vio obligada a ceder.
Corrió tras Braydon. Con tacones altos y luchando contra la incomodidad, avanzaba con lentitud y dificultad. Logró correr un poco y volvió a gritar: "¡Espera! ¡Necesito hablar contigo!".
Braydon, sin embargo, se alejó aún más.
En su apuro, no se fijó por dónde iba y su tacón se atascó en una grieta. Cayó al pavimento. Un dolor agudo se extendió por su tobillo mientras soltaba un grito.
Braydon se detuvo, se giró y la miró con desprecio. "Te ves muy miserable".
A pesar de su dolor, ella extendió la mano hacia él. "¿Sigue vigente tu propuesta?".
Braydon se frotó la barbilla, reflexionando. "¿Qué propuesta?", preguntó él con fingida confusión.
Sintiéndose pequeña y vulnerable en la concurrida acera, la vergüenza de la joven era palpable. Bajando la voz, dijo: "La ayuda que me ofreciste. Necesito que me presentes a la persona que supervisa el proyecto Montaña del Cisne".
Él se quedó en silencio, así que ella añadió rápidamente: "Dijiste que debía tomarme mi tiempo para decidir. Ya lo he pensado. Estoy lista para aceptar tus términos y ser tu amante".