Durante largo tiempo he meditado si revelo o no tales acontecimientos; tal vez me sienta atormentada solo por infundados temores. Miro alrededor y qué más castigo que el de vivir entre silenciosos papiros y paneles blanquecinos que burlan los siglos. Jamás conocí a mi madre y mi padre tampoco conoció a la suya. En realidad presiento que jamás tuve familia, ya que no encontré evidencias de ellos, pero arrastro recuerdos inexplicables. Alzo la llama de la lámpara, no por la crudeza del clima que me envuelve, jamás la he sentido. No sé quién o qué soy, ni de dónde procedo.
Simplemente sé que existo para salvaguardar una historia forjada a base de leyendas y epopeyas, de batallas de la luz contra la oscuridad, de poemas sobre héroes, bestias, villanos y enemigos desconocidos. Historias heredadas me persuaden de que las escrituras sagradas deben conservar calor para que perduren; pero de qué serviría que sobrevivan si no son dadas a conocer. He pasado innumerables décadas redactándolas y custodiándolas y no encuentro un porqué.
Lo que voy a relatarles yace oculto en millares de pergaminos. Como anciana sé que la hora de mi partida se acerca; no dejo descendiente alguno, se me negó ese privilegio y antes de transportarme a la eternidad, ansío contarles, no sería noble que sin mi supervisión el tiempo las destruyera. Permítanme avivar las eternas llamas de la lámpara; en mi pequeña morada tantas repisas atestadas de pliegos no dejan espacio para postigo alguno. Sumémosles que me la legaron en lo más remoto de las montañas heladas y comprenderán que en este ambiente jamás he contactado con otros seres, aunque sí los escucho en la soledad de estos parajes cuando percibo algún que otro quejido traído por las ventiscas, o el rugido del temible thaurón, que evita acercarse... Ya logré la luz, y tengo en mis manos el pliego por donde iniciaré las revelaciones.
En un pequeño fiordo, a cuatrocientas leguas al suroeste del reino de Sanabria, se divisa la bahía de las misas, llamada así por las grandes colonias de esas aves que pululaban por la zona. Una de las ensenadas posee una playa de oscura y fina arena, en la que se refugian las lamerias de gran tamaño buscando depositar allí sus huevos. Para llegar a la playa desde el bosque más cercano hay que transitar un único sendero que en estación de primavera, atrae enormes bandadas de katillos que emigran en busca del néctar de las flores, y convierten el paisaje en un sitio de ensueños.
La mar está en calma, solo de cuando en cuando una que otra débil ola impulsaba hacia las arenas al pequeño bote en el que tres pescadores terminaban la ardua faena que esperan concluir después de cuatro días en la mar. La embarcación encalló dócilmente acariciando la caliente arena; los hombres saltaron y lo alejaron del agua y aseguraron junto a otros ya amarrados a los pilotes que sobresalían en la orilla. Uno de los pescadores giró su vista hacia los árboles, alzó la mirada por encima de las frondosas copas y divisó allá en la lejanía, en las tierras prohibidas del turbulento norte, que el cielo se encapotaba.
Preportes, que así se llamaba, exclamó:
- ¡Vamos de prisa, pronto amanecerá!
La voz gruesa de otro, se escuchó:
-Guralla, recoged los avíos dentro del fardo, se vienen a la villa, esta vez conmigo.
Pescadores habituales de aquellas aguas, conocían cada arrecife, cada banco de arena, cada estación de captura. Ya sobre la grava tiraron de una red que permanecía sumergida en el mar. Lentamente la larga maraña de fuertes sedales entretejidos y peces atrapados en ella, salen a la superficie. Casi una hora después sobre la arena más de un centenar de pescados brillaban con los primeros claros del día; algunos inertes, otros aun aleteando en sus últimos intentos por sobrevivir. La captura compuesta por gran cantidad de pequeños salmones plateados, varias linjalas, pesadas mankurias rosadas de colas y aletas negras, procedentes de aguas más cálidas; algún que otro nutritivo olopo gigante y un cabeza plateada de cortantes dientes y de un par de metros de largo también se retuerce en las redes.
Llenaban las canastas cuando fortuitamente un fuerte viento batió desde el mar, entonces sintieron un hálito con olor a esencias divinas, enormes olas se elevaron desde la calma pegando contra los botes, haciéndolos ladearse en un constante vaivén y los árboles movían sus ramas en un desenfrenado movimiento.
Nagujes, quien había permanecido en silencio, mirando detenidamente hacia el mar, gritó:
- ¡Preportes, Guralla, miren!
Los otros dirigieron las miradas hacia el océano. Se veían cientos de siluetas de cuadrúpedos galopando al compás de las corrientes marinas, apareciendo y desapareciendo entre la espuma, y a la cabeza de la increíble manada sobresalían tres ejemplares muy parecidos a corceles de pura raza; pero diferentes de las castas de caballos conocidas, porque exhibían una copiosa melena, muy similar a las del gran thaurón, felino enorme, rey de las altas zonas heladas y de las infranqueables nieves.
Al paso de estas criaturas, el mar se teñía de un rojo bermellón. La visión fue casi fugaz; sin embargo, para los pescadores duró una eternidad y no daban crédito a lo que presenciaron, aunque conocieran que antiguas leyendas describían estas míticas apariciones, nacidas en las entrañas del gran volcán del norte, y que al galopar levantaban chispas de fuego celestial con sus dorados cascos. Se cuenta que podían correr diez veces más rápido que la más veloz de las bestias y que eran la admiración del dios Supremus, quien bajó a la tierra para capturar una y entregársela a Velarón, el hijo condenado a vivir con los humanos; pero tal fue la bravura de los gelanes que la deidad no logró su propósito e iracundo los condenó a peregrinar por los océanos, bajo la custodia de Kudtrang el dios del mar y de esta forma apaciguarles ese impetuoso temperamento. Y tales fabulaciones descarriadas por el tiempo, cantos ya olvidados de trovadores, renacían ante la mirada incrédula de los pescadores.
A miles de leguas de allí.
El vasto desierto por siglos fue la morada de los enormes pero dóciles tosarnos. Ahora se le llama el gran imperio aunque en el centro de las dunas, una única y descomunal edificación de madera y piedras se yergue amenazante ante la vista, ocupada por los despiadados gobernantes, brutales y sanguinarios conquistadores de las tierras altas, que se asentaron en la región enfundando el terror y la desolación. Descendientes de los guerreros del imperio de las montañas negras, ubicadas más al nordeste, cerca de las temibles costas.
Compuesto por más de cuatrocientos campamentos que se trasladan por el desierto, según las estaciones del año, y pese a diferencias entre ellos, todos -por lo general de gran estatura, fornidos y velludos como los simios- obedecen a Jakar, sucesor del sanguinario Trox, como solían llamarle los enemigos a su padre.
Una fría llovizna humedece cuanto toca en la plaza de los sacrificios, se mezcla con la sangre que yace en algunos lugares, penetra en la arena ya no tan endurecida por meses de intenso calor, pues hace ya más de quince días que llueve a cántaros. Cientos de guerreros -hombres y mujeres-, agrupados en clanes, formaban un enorme círculo. Provenían de algunas de las sectas del desierto que por turnos frecuentaban los rituales. A intervalos lanzaban alaridos de euforia que se interrumpían solo con ponzoñosas burlas. Los menos permanecían en silencio mientras devoraban trozos de carne ahumada y bebían.
Grandes banquetes, peleas a primera sangre entre clanes, crueles combates contra prisioneros y los sacrificios de animales y humanos a Yombar, dios de la lluvia, ofrecían un espectáculo tremendamente espeluznante.
Con un bramido de victoria uno de los contendientes levantó su espada:
- ¿Quién le ofrece una jarra de vino al gran Gorlat? -vociferó.
Los de su clan habían derrotado en desigual contienda a los representantes del clan de Cremor, quienes se retiraban maltrechos y ensangrentados, aunque más heridos llevaban el orgullo. Silencio total. El gran Jakar se ha levantado de su codiciado trono. Elevando los brazos al cielo, y a pesar de contar con más de sesenta años, la enorme figura hace temblar a los presentes. Con sus casi dos metros de alto, larga cabellera y barbas plateadas, pecho como el tronco de un milenario árbol, brazos largos y musculosos forjados en mil batallas. Venerado porque se sabe que de joven enfrentó al enorme tologo, el lobo gigante de pelaje oscuro y pecho blanco. Cuentan que lo venció solo con sus manos y un afilado y corto dahar, dicen que en el abrazo mortal las costillas del fiero animal crujían destrozadas bajo la descomunal fuerza del contendiente.
-Guerreros de Jakar –exclamó–, jefes de clanes, la hechicera Mengala invocó a nuestros ancestros. Que el silencio inunde las dunas cuando ella confiese lo que le revelaron aquellos que se mueven entre los muertos.
Desvió la vista y con una de sus manos apuntó hacia la sibila que cerca de él se puso de pie, escoltada por dos harapientas jóvenes con aros de hierro en sus cuellos, de los que pendían largas cadenas que delataban su condición de esclavas, Mengala –con aquel rostro escalofriante, la desgreñada cabellera y el largo cuello del que cuelgan extraños collares de semillas, huesos y dientes pequeños-, parecía una sombra. La túnica de piel y telas oscuras –cocidas grotescamente-, cubrían sus deformidades, la diestra temblorosa se aferraba a un bastón de madera retorcida, del que pendían extraños amuletos... y su mirada de salkan que se detiene en el ensangrentado altar, le daban una apariencia aún más siniestra.
-Hijos del desierto, he consultado a los ancestros y han mostrado el futuro a Mengala–se estremeció antes de continuar. -he visto a nuestras hordas crecer y arrasar ciudades, a los descendientes de Jakar transitar por senderos nunca antes recorridos, guiando a la poderosa raza de los morkanes, nacidos en las montañas negras, hijos del mismísimo dios Zaurhon. Mengala los ha visto marchar sobre la tierra aniquilando a cuanto enemigo encuentra.
Se detuvo temblorosa como reviviendo la visión.
-He visto caer a grandes guerreros, y perder a feroces hijos del desierto; pero también doblegar espíritus indomables y poderes inimaginables, he presenciado tormentas sobre los morkanes; y sus venideras conquistas. Así se me ha presagiado la voluntad de nuestros muertos y del dios Nehokles.
Al escucharla, un par de antiguos líderes de clanes maldijeron en voz baja; victoriosos en incontables combates abrigaban en sus pechos comandar las huestes del desierto algún día. Nadie se percató, mas sus rostros expresaban descontento.
Nuevamente el feroz caudillo se levantó y junto a él dos jóvenes de estaturas descomunales, uno de ellos -Gurekan– ostenta una cicatriz que le cruza el rostro; el otro -tan temible como su hermano- es Tyranus, más ancho de hombros y tórax. Ambos denotan en sus rostros la ferocidad del padre. El tercero de los hijos de Jakar es una hembra que está sentada cerca del trono mientras dos harpos adultos la acarician con sus ásperas lenguas. Ella, como ausente a lo que sucede, engulle a mordiscos un trozo de carne de gauka, aún humeante. No posee los rasgos característicos de Jakar ni de las hembras de su raza y muchos guerreros la encuentran más bella que el resto; sin embargo, no se atreven a reconocerlo, porque temen esa mirada aterradora, a esa mujer de pocas palabras, de fuerte carácter, que no presume, desgreñada, sucia y que apesta a lobo. En las batallas la falta de misericordia para con sus enemigos es bien notable; muchos saben que creció dentro de una jaula en el foso de los sacrificios. Jaula que únicamente subían una vez al día para proporcionarle comida y agua en una mísera vasija. Tal crianza y cerca de los salvajes harpos, avivó un sentimiento de cariño entre la niña y los animales, un fuerte lazo nació entre ellos. Hoy la acompañan fielmente descendientes de aquellos feroces lobos. La llaman Amugra, "la de mal genio", y aunque no aspira al trono por su condición de mujer, por derecho propio comanda cien clanes, que la obedecen fielmente. Sanguinaria como sus hermanos es más temida por su crueldad que muchos grandes guerreros del imperio, pues meses atrás el temible Vulgor, osó desobedecer órdenes suyas y lo enfrentó en combate, desmembrándolo mientras aún continuaba con vida.
Comenzaba a anochecer, centenares de hogueras y fogatas se sumaban a las que desde hacía seis jornadas despedían deliciosos olores a guisos y carne asada, extendiendo los rituales por varias lunas más.
Tierras fértiles del sureste.
Un grupo de jinetes detiene sus cabalgaduras en una vasta región de tupidos bosques, llanuras extensas, mesetas y montañas que se distribuyen por el paisaje con toques majestuosos. Los siguen más de una decena de carromatos atestados de cajas y cestas de las que sobresalen gran variedad de verduras, colas de pescados ahumados y carnes secas cubiertas con verdes hojas, el último transporta heridos. Desde los linderos del bosque y a cuatrocientos metros ya se divisa la gran muralla de piedra que protege la ciudad de Sanabria.
Los jinetes que viajan bajo el mando del capitán Merturio, regresan de una misión que resultó más difícil de lo habitual porque se vieron obligados a rodear el majestuoso monte Odinuss, misterioso lugar al que pocos se atreven a internarse.
Traen noticias frescas de otros territorios. E instigando a su caballo reanuda el galope, ahora regresa con un poco más de la mitad de los que abandonaron la ciudad casi un año atrás. Desde los muros se divisa cómo los polvorientos estandartes se agigantan mientras se van acercando.
El palacio real se yergue majestuosamente en el centro de la ciudad. Sus jardines semejan enormes lienzos, con verdes figuras geométricas e imágenes de exóticos animales. Por sobre la figura sobresalen seis esculpidos dioses ubicados en una gran circunferencia que rodea una fastuosa fuente construida con piedras exportadas de la isla de Fatua; en el centro de ella, la figura de un ave con las alas desplegadas, deja escapar de su pico un constante hilo de agua en diferentes direcciones. Por entre las incontables formas verdes e inmóviles, aparecen dos jóvenes enfrascados en un competitivo duelo a espadas y escudos, son perseguidos por un grupo que se desplaza alrededor. Atentos a lo que está sucediendo y enalteciéndolos a gritos: unos partidarios del joven Castar y otros de Kinar. Los contendientes no visten armaduras, solo túnicas rojas con el estandarte real. Llevan más de dos horas en franca contienda, por lo que en algún que otro momento se apoyan en la empuñadura de la espada con la punta de la hoja clavada en la hierba, jadeantes y tragando bocanadas de aire que no logran llenarles los pulmones. Se escuchan algunas risas y frases que alientan al abandono.
-Doblégate, Kinar. Estás acabado -se escucha la voz de uno de los seguidores de Castar.
-No, príncipe -lo incita otro- tú puedes derrotarlo.
-Vamos, Castar, demuestra que eres el verdadero príncipe de Sanabria.
-Castar es un inexperto más en el arte de la espada -vocifera Kinar- ya verán cómo lo venzo en minutos.
-Vamos, hermano mayor, reconoce que tu capitulación está cerca y ya no cuentas con fuerzas para continuar-se mofa mientras se mueve entre los arbustos.
Por la expresión en sus semblantes y el jadeo de sus pechos, todo indica que los dos están a punto de desfallecer-a pesar de que aún se mueven por entre las arquitectónicas figuras que han escapado ilesas al embate de sus estocadas y traspiés. Sin percatarse llevaron la justa hasta el ancho claro del jardín. De pronto se escuchan las trompetas de los vigías de la muralla anunciando la llegada de algún visitante. Mas el aviso no detiene el ataque de los jóvenes. Mientras, a más de sesenta metros de distancia y desde una de las seis torres del palacio, una esbelta figura los observa sonriendo: es una joven de larga y abundante cabellera negra, cuyo rostro posee la belleza de la diosa Opalo; cuentan que al nacer una irradiación celestial magnetizó la enorme habitación. Muchos aseguran haber visto en esa inmemorial tarde la divina imagen de la diosa Ducmaria sonriendo y bendiciendo la llegada de la hermosa criatura.
Ahora diecinueve años después, por atuendo lleva un largo vestido blanco ceñido al busto y hasta la cintura, prenda que se cierra sobre su delgado cuello, las largas mangas están rematadas en encajes negros, en el pecho delicadamente bordado la figura de una exótica ave de negro plumaje, pico amarillo y corto, de doradas alas y cola, esta última casi transparente y fraccionada en tres partes, sus patas se cierran sobre una espada de doble filo-es el escudo de los monarcas de Sanabria. La joven mira hacia abajo, hacia las pequeñas siluetas que se mueven, en sus manos un potente arco se tensa apuntando hacia el grupo que continúa alentando a los contendientes.
La flecha parte veloz trazando una invisible trayectoria que culmina justamente en la hierba delante de los contrincantes que se paralizan observándolo y se dan media vuelta para mirar hacia lo alto de la torre, desde donde la joven, los saluda sonriendo con el arma en alto.
- ¡Por el dios Armentus, cómo ha podido hacer ese disparo! -exclamó Kinar.
-Hermano, Isabella con el arco es tan diestra como los imbatibles guardianes de Osidy.
-No te falta razón. Castar, las flechas de nuestra hermana son dirigidas por la mismísima mano de la diosa Emelis- sonrió mientras le tiraba el brazo por arriba.
-Vamos, averigüemos quién ha llegado.
-Ustedes, fanfarrones que nos alentaban, recojan las armas y corran a buscarnos dos buenas jarras de vino, refrescadas en las aguas de los pozos.
Entre risas y burlas el pequeño grupo se dirigió a palacio. Desde las alturas la princesa Isabella sonreía a sus hermanos.
Al mismo tiempo, en el desierto.
El altar de los sacrificios es un bloque de piedra con antiguos jeroglíficos labrados en ella, de unos tres metros de largo e igual envergadura de ancho. Lo heredaron de una civilización más antigua. Un estrecho canal serpentea en declive bajo el altar hacia un oscuro orificio a unos cuantos metros de distancia. La enorme roca es un lecho de muerte de la que sobresalen algunos pequeños aros de hierro con clavijas incrustadas, estos tienen como objetivo sujetar a los que serán ofrendados. En la piedra están meticulosamente tallados diminutos canales y hoyos por donde la sangre correrá hasta el sumidero más ancho, vertiéndola así en el pozo del que, para creencia de los morkanes, beberán el dios Nehokles -deidad de los muertos-, y el dios Yombar, el de la lluvia y los truenos. A la macabra obra la rodean cincuenta estacas de madera, clavadas profundamente en la arena.
Hacia el altar camina Tarkmon, uno de los más temidos y antiguos jefes de clanes quien dirigiéndose a la multitud exclama:
- ¡Los dioses nos han favorecido con grandes victorias, por eso les entrego cinco opulentos glotos y quince esclavos que serán sacrificados en nombre de mi clan y del respetado Jakar!
Alaridos de crueldad brotan de mil gargantas, cientos de brazos se elevan blandiendo diferentes armas que brillan aterradoramente a las luces danzantes de las fogatas.
Gritos de dolor y muerte se escapaban de los esclavos al ser decapitados o empalados vivos en las estacas que rodean el ensangrentado y tenebroso altar, los mugidos de los animales, que hoy no servirán como comida, se mezclan con el de los humanos. Tras la matanza, algunos restos son lanzados al foso de los hambrientos harpos.
Cuando las ofrendas del clan Tarkmon concluyen, ya otro clan se alistaba para demostrar su fidelidad al imperio, se escuchó un estruendoso galopar de numerosos guerreros que llegaban, entre relinchos y remilgos, se contuvieron en el centro de las fogatas, y regresaban de alguna felonía, uno de ellos se encaminó hacia el caudillo, es un enorme y joven espécimen de la raza. La corta pelambre que le cubre permite ver tres largas cicatrices a lo largo de su abultado pecho.
-Gran Jakar, -vociferó, tomando una bocanada de aire y continúo-, Yuntar, hijo del temible Quonkor que ya no está entre nosotros, trae noticias y botines de las tierras verdes, trae tres poderosas hechiceras y como cautivos a grandes guerreros enemigos, dignos del dios Yombar. Los ofrezco en respeto a los dioses que imperan en los cielos.
Se refería a varios hombres con pequeñas heridas, que en la retaguardia de la comitiva venían atados y que salvajemente habían sido lanzados al polvo de la explanada, delante de los caballos de un grupo de rastreadores que los amenazaban contantemente con sus armas; más atrás, tres maltratadas y sucias adolecentes caminan tanteando las arenas con sus pies, aterradas emiten estridentes chillidos. Están atadas y separadas entre ellas por largas estacas de madera sujetas a sus cuellos.
Algún tiempo atrás.
Muchas lunas antes de que comenzaran los sacrificios, una gran partida de más de doscientos hombres y mujeres, abandonan las fronteras del desierto de los lagartos; son feroces saqueadores y rastreadores que azotan pequeños e independientes poblados de humildes campesinos. A la cabeza va Quonkor -el de poca vista, llamado así por la falta de un ojo. Es temido por sus crímenes y fechorías ya famosas en las vastas regiones más allá del imperio de Jakar, entre ellos cabalga su descendiente Yuntar y se encaminan a tierras verdes con el afán de capturar esclavos y acopiar pertrechos y alimentos necesarios para su existencia. Durante años han hostigado innumerables regiones, aunque nunca han usado grandes ejércitos para estas faenas, ni osado cabalgar muy al sur, excepto una sola vez y los comandaba el mismísimo caudillo...
Tupidas regiones más al norte.
Bosque de las setas gigantes, un atajo casi invisible al ojo humano conduce a un pintoresco grupo de casuchas, unas muy cercas de las otras, suspendidas en el aire, pequeño poblado compuesto por unas veinte construcciones de doble piso, están construidas alrededor y entre las ramas de gruesos árboles, como aferrándose a ellos. Es uno de los tantos caseríos ocultos en los bosques de la demarcación, haciéndolos así inaccesibles a algunos predadores del bosque. Las cabañas, rústicas y burdas, se unen entre sí por unos cortos puentes colgantes de fibra, cuero y madera; por puertas cuelgan pieles o telas roídas por el tiempo y son el habitad de un puñado de cazadores y vendedores de pieles y granos silvestres que recolectan de los bosques; sus moradores suelen ser huraños y poco amigables, comercian con otras villas o reinados.
Largas cuerdas se balancean al compás del viento, infinidad de pieles de diversos especímenes están siendo curtidas, algunos de sus nativos están en plena faena, cae la tarde cuando en el apacible caserío, el alarido de una mujer estremece el bosque. De la tupida vegetación aparecen decenas de hombres dando gritos de guerra y portando enormes armas; uno de ellos, garrocha en mano, la avienta sobre la aterrada mujer, atravesándole el pecho; los demás atacan con furia incontrolable las maltrechas edificaciones y a sus despavoridos habitantes. Los forajidos trepan por los árboles ayudados con enormes garfios sujetos a gruesas y largas sogas, o escalan por las ramas con agilidad abrumadora. Poca es la contraofensiva de los oriundos quienes a pesar de oponer resistencia son masacrados en poco tiempo por el numeroso grupo de saqueadores. Algunos han escapado con vida pero son hechos prisioneros. El que inició el ataque ordena.
-Reúnan las pieles y lo que encuentren de valor.
-Los más fuertes serán ofrendados a los dioses, las jóvenes de rostros menos desagradables servirán de esclavas, los más débiles alimentarán a las bestias, Yuntar, que el fuego devore los restos de este humilde empalamiento.
Es Quonkor, el de poca vista, un fornido guerrero de rasgos feroces, la cabeza está cubierta por el cuero de una enorme garfoga manchada. El repugnante rostro se deja ver por entre las enormes fauces abiertas y sin vida del animal; al guerrero le falta un ojo y una gran cicatriz le cruza desde la frente hasta el mentón. Y sus rastreadores del desierto.
Semanas más tarde, en parajes más remotos del norte.
Dejaron leguas atrás a la saqueada lencería de cazadores y llegaron a un claro del bosque. Quonkor levanta la mano, hace un ademán y ordena detener la marcha, desmonta y observando le ordena a sus hombres que hagan los preparativos para acampar allí y pasar la noche. De cuando en cuando se escucha el graznido de un ave o el escurridizo andar de algún animal oculto a la vista, o moviéndose entre la maleza en busca de caza. Pronto el improvisado campamento estuvo listo. Quonkor dispuso de un par de hombres para que fueran en busca de alguna presa. Brotando de una hoguera danzaban llamas al compás de la brisa, varios prisioneros a escasos metros, yacían amordazados y fuertemente atados contra árboles cercanos; los del caserío que habían saqueado días atrás, se unían a otros que corrieron la misma suerte. Tiempo antes, las bestias de carga fueron liberadas de su pesada carga, algunos fardos de pieles y baratijas se amontonaban cerca de ellas. En el bosque de las setas gigantes la vida nocturna cobraba vida, desde el atardecer varios rastreadores se había separado del grupo; los dirigía Yuntar, joven y experimentado saqueador y se encaminaban hacia un pequeño poblado de agricultores a los que saqueaban salvajemente en algunas de sus excursiones por esos parajes. Eran la avanzada de los hombres de Quonkor y esperarían cerca del poblado a que el resto se les uniera y atacarían como otras veces. Debían verificar que no hubiese soldados o guerreros de otros reinos o imperios en el poblado, pues estos caseríos, a pesar de ser tierras libres, son visitados por pequeños ejércitos de tránsito que cuidaban de intereses, como el comercio o la compra de productos necesarios para sus reinos. Los rastreadores de Jakar, no estaban conformes con el botín y se adentrarían más en las tierras del sur, aunque Quonkor sabía que con tan pocos hombres y el lastre que llevaban, encontrarse cara a cara con las numerosas patrullas de los ejércitos de reinos sureños era peligroso...
A miles de leguas, al suroeste del desierto.