- Tú serás la reina, pero yo seré quien lleve las riendas de esta relación.
La reina Panambi quedó helada ante las duras palabras de su inocente esposo. O, al menos, eso creía de él en los primeros meses de convivencia. Aquel chico retraído y tímido, con problemas de dicción por su tartamudez e inofensiva apariencia, ahora la estaba confrontando tras la fuerte reclusión que les sometió a él y a sus hermanos en el palacio por temor a que les pasase algo. Y es que no le quedó otra opción debido a que había un malvado criminal que apuntaba hacia las reinas, por lo que todos los miembros de la realeza de los cuatro reinos del continente Tellus, estaban en peligro.
Por su parte, el príncipe Brett tenía otra percepción de las cosas. Para él, era necesario encargarse del problema personalmente, ya que involucraba a su propia madre. Y aunque no le guardaba cariño por los años de maltrato que les sometió a él y a sus hermanos durante la infancia, juró protegerla por ser la reina del reino del Este. Toda una nación dependía de ella y siendo la princesa heredera demasiado joven para ocupar el cargo, debía evitar a toda costa que el despreciable bandido chupasangre la forzara a entregarse a él y someterse a su voluntad.
- Cumpliré tus órdenes como un subordinado, majestad – le dijo el príncipe Brett, mirándola sin ninguna pizca de emoción en sus ojos – Seguiré usando mi cuerpo de escudo para evitar que tu ira caiga sobre mis hermanitos. Pero te advierto que, si tus soldados o sirvientes osan dañar a mi familia, me encargaré de ellos personalmente. Como tu esposo, tengo la jurisdicción para aplicar castigos a los abusones y proteger a los indefensos contra las injusticias.
- ¡Yo jamás permitiría que mis guardias te dañen, querido esposo! – dijo Panambi, mientras apretaba los puños - ¡Por eso accedí a que te escoltaran esos nobles caballeros que me desagradan! ¡Y seleccioné al personal de servicios minuciosamente para que les atiendan tanto a ti como a tus hermanos durante la reclusión! ¿Es que no entiendes que solo quiero protegerlos? ¿Por qué no vienes a mis brazos para poder consolarte en tu dolor? ¿Qué puedo hacer para que me entregues tu corazón y me aprecies como tu hermosa esposa?
El príncipe Brett respiró una y otra vez. Aunque ya consiguió corregir su tartamudeo que tantos problemas le acarreó en su infancia, de vez en cuando tendía a trabársele las palabras y solía hacer largas pausas para hablar de forma normal. Su corazón se agitó al escuchar hablar a su esposa debido a que, a pesar de todo lo que le hizo pasar, él la amaba con locura. Ella nunca le mostró desprecio por sus orígenes y hasta se esforzó para evitar que la reina Jucanda los reclamara de vuelta. Sin embargo, era demasiado controladora, desconfiaba de ellos y no se dejaba apoyar por quienes consideraba sus "queridos y bellos esposos" para llevar adelante su mandato.
Con eso en mente, le dio la espalda y, antes de retirarse a sus aposentos, le dijo:
- Déjame participar en la comitiva y te entregaré mi corazón. Por de pronto, solo tendrás mi cuerpo para que hagas de él lo que quieras, como habíamos acordado. El resto, que lo decida Eber.
Mientras caminaba por los pasillos, el príncipe Brett se encontró con uno de sus hermanos, Eber. Éste se acercó y le preguntó:
- ¿Lograste convencerla?
Brett negó con la cabeza. Al final, dio un ligero suspiro y le dijo:
- Ella intentó apelar a mis "instintos", pero no sabe que puedo controlarlos a voluntad.
Eber puso una extraña mueca y Brett notó que lucía confundido. Tras un breve silencio, murmuró:
- No me gusta que hagas esto. No resistirás por mucho tiempo y lo sabes. Déjame compartir tu carga, por favor. Soy más fuerte y saludable que tú, podré soportar mejor la ira de nuestra esposa.
- Tranquilo, Eber. Estaré bien. Si quieres ayudarme, protege a los más pequeños, como siempre. ¿Puedes hacer eso por mí, hermanito?
- Está bien, Brett. Protegeré a los pequeños. Pero, ¿quién te protegerá a ti, ahora que nuestro hermano mayor ha desaparecido?
Brett no respondió. En su lugar, comenzaron a venirle los recuerdos como pedradas. Y es que pasaron muchas cosas en medio año que aún no podía creer lo mucho que cambió su vida.
Para empezar, nunca creyó que la reina elegida por el pueblo lo tomaría a ellos como esposos. Ni mucho menos que lograría participar en la reunión del Consejo y conseguir ser escuchado. Ayudó a muchas personas como el marido de una reina, pero también se ganó de varios enemigos que harían lo que fuera para sacarlo del camino. Y todo porque, a pesar de que ya llevaba diez años residiendo en la Nación del Sur como buena fe de mantener la paz entre naciones, mucha gente les guardaba rencor a los reinos vecinos por la invasión que surgió hacia algunas décadas y que devastó por completo al país.
Hace tan solo seis meses, vivía en el castillo que su hermano mayor, el príncipe Rhiaim, se construyó tras obtener su título de duque en la actual Nación Democrática del Sur. El nombramiento fue llevado a cabo por la reina Aurora, quien lo hizo desposarse con la condesa Yehohanan para mantener la paz entre ambos reinos y controlar los intentos de invasión de la reina Jucanda luego de que lograran la independencia de los países vecinos.
El ducado del Sol era un bonito lugar situado en una de las antiguas tierras de la colonia del Este. El territorio lindaba con otro ducado conocido como el ducado de Jade, que estaba siendo gestionado por una pareja de marqueses que alojaron a varios plebeyos ahí, formando una aldea. Ellos tenían una hija, a quien acababan de nombrar duquesa y le heredaron esas tierras para gestionarlas ellas mismas.
Ambos ducados cooperaban entre sí ya que el ducado de Jade lindaba con el mar y tenía un mercado muy fructífero. Por su parte, el ducado del Sol poseía mejor infraestructura con respecto a la vigilancia y seguridad de las calles. Y todo era porque el príncipe Rhiaim, en su juventud, era un guerrero feroz en combate y que siempre elaboraba las mejores estrategias para proteger a los civiles de toda clase de peligros.
Todo comenzó cuando Brett y sus hermanos estaban almorzando y hablando de sus respectivas actividades. Aunque quienes conversaban eran los más jóvenes, ya que Brett prefería mantenerse callado. Podía estar largas horas sin hablar, lo cual eso le intrigaba a los extraños que lo tomaban como mudo.
- ¿Saben que ya eligieron a la primera reina del pueblo? – dijo Eber, uno de sus hermanos menores y que tenía sus largos cabellos teñidos en rojo.
- ¡Sí! Según los informes, dicen que se trata de una plebeya que fue criada por una familia de burgueses – explicó Zlatan, un joven de cabellos cortos y lentes de marco redondo – Ellos financiaron sus estudios en el Instituto de las reinas y era la más joven de las estudiantes.
- ¿No es ese lugar donde las chicas que quieran ser reinas van a estudiar ahí? – preguntó Uziel, el más joven de los hermanos y quien lucía los cabellos teñidos en rubio.
- Así es – respondió Zlatan – ahí también estudió la duquesa Dulce, quien ahora se encarga del ducado de Jade.
- ¡Uy! ¡Me hubiese gustado ir a la ceremonia de entrega de poder! – se quejó Eber, inflando las mejillas – pero como "Don amargado" no nos dejó ir por castigarnos, no pudimos ni siquiera despedirnos de la reina Aurora... ¡Ah! Quiero decir, ex reina Aurora.
- Fu... fue tu culpa, Eber – resopló Brett, quien se mantuvo callado por largo rato – Si no hubieras arremetido contra esos ban... bandidos que capturaron a los niños sin a... analizar si iban o no armados, nada de esto habría pa... pasado.
- Brett, otra vez estás tartamudeando – le señaló Zlatan.
- ¡Ah! Lo si... siento – Brett respiró hondo, a modo de concentrarse para hablar fluido – dejé el tratamiento hace años, no debería pasarme esto.
Brett se mantuvo callado de nuevo. Sus hermanos menores lo miraron fijamente, pero luego siguieron comiendo como si nada, en silencio. Ya estaban acostumbrados a verlo sumergido en su mutismo desde niños, por lo que preferían dejarlo tranquilo hasta que pudiera recuperar su capacidad de habla.
Y mientras almorzaban, entró en el comedor el mayordomo del castillo, hizo una reverencia y anunció:
- Majestades, tengo un mensaje de la actual reina Panambi para su alteza el príncipe Brett.
- ¿Para... mí? – preguntó Brett, recuperando su capacidad de habla.
- La reina desea verlo en persona. Tiene una propuesta interesante que ofrecerle.
- ¿Qué será? – se preguntó Eber, en voz alta.
- ¿Será que la reina querrá casarse con nuestro hermano? – preguntó un imprudente Uziel.
Repentinamente, el rostro de Brett palideció. Ya de por sí tenía la piel tan blanca que parecía enfermizo, pero ese momento perdió todo rastro de color. Sus hombros temblaron y su estómago se cerró, perdiendo así su apetito. Eber, al notar el nerviosismo de Brett, apoyó una mano sobre su hombro y le dijo:
- Brett, aún no sabemos si será eso. Sabes que ni siquiera la reina puede forzarte a un matrimonio por conveniencia. Nuestra tía Yeho se encargó de solucionar el problema.
- Lo... lo sé – respondió Brett, intentando serenarse – Solo que... ¿No crees que soy el chico más apático y aburrido del mundo? Es decir, la reina actual puede elegir entre ustedes. ¿Por qué me escogería a mí?
- ¡Ay, Brett! ¡Pero si eres el más apuesto de los cinco! – dijo Eber, ampliando su sonrisa - ¡Si por lo menos te recogieras esa melenota de león que llevas en tu cabeza, atraerías las miradas en segundos!
A excepción de Zlatan, los demás hermanos llevaban los cabellos bien largos. Pero Brett tenía la particularidad de tenerlos ondulados, por lo que siempre se le enredaban cuando dormía o entrenaba. El resto los llevaban lacios y les eran más sencillo peinarse por sí solos, sin depender de los sirvientes que les ayudasen con esa tarea. A pesar de todo, para el joven príncipe eso no era malo, debido a que consideraba sus largos cabellos como un escudo para evitar que los demás le miraran a los ojos. Eber no mentía cuando le decía que era apuesto e, incluso, su belleza había cautivado la atención de la prensa cuando recién llegó el reino hasta el punto que la propia Corte quiso forzarlo a casarse con la entonces reina Aurora, argumentando que harían una buena pareja y forjarían una alianza eterna y permanente entre naciones, a pesar de que Aurora solo gobernaría por diez años debido a que quería instaurar un sistema democrático y variar con respecto a los demás reinos, donde se mantenía la monarquía hereditaria.
- No te metas con mi cabello, Eber – le advirtió Brett a su hermano pelirrojo – al menos no cometí la locura de teñírmelo de rojo... o amarillo, como tú y Uziel.
- ¡Oye! ¡No te metas en mis asuntos! – refunfuñó Uziel.
- ¡No trates así a Brett o te las verás conmigo, enano! – le dijo Eber a Uziel, señalándolo con el dedo.
- ¡Cállate, payaso!
- ¡Maldito mocoso!
Eber y Uziel comenzaron a pelear. Brett y Zlatan, por su parte, decidieron ignorarlos y seguir comiendo. En un momento, Zlatan le preguntó:
- ¿Vas a ir?
- Si es un llamado de la reina, no puedo rechazarlo – respondió Brett, con una media sonrisa – Descuida, estaré bien. Ya no soy el chico tímido de antes.
- Iré contigo – dijo Zlatan, mirándolo seriamente – Puede que no sepa pelear y sea el más débil de los cinco, pero puedo enfrentar a los de la Corte y servirte de apoyo si quieren forzarte a algo que no quieres.
- Gracias, Zlatan. Pero, ¿no estará sola la duquesa Dulce? ¡Si casi siempre vas a visitarla en su castillo para leer juntos!
- Ella estará bien – dijo Zlatan – Es una buena amiga, podrá entender la situación.
- Bueno, como digas.
Brett sabía que Zlatan era bastante esquivo con la gente y, por lo general, prefería estar solo que asistiendo a una fiesta como lo haría cualquier chico de su edad. Pero tenía un aire de misterio capaz de atraer a las chicas, siendo la duquesa Dulce una de ellas. El joven príncipe envidiaba a Zlatan debido a eso, ya que se consideraba como alguien poco interesante y que, si no fuera por su título de príncipe, nadie siquiera le prestaría atención.
Y mientras conversaban, apareció el príncipe Rhiaim en le comedor. Éste no pudo acompañarlos porque fue a inspeccionar a los nuevos integrantes de su ejército privado, el cual lo obtuvo poco después de ser nombrado duque. Y a pesar de estar muy ocupado, siempre buscaba algún rincón de su apretada agenda para pasar el tiempo con sus hermanitos y supervisarlo en sus actividades.
Apenas entró, Eber y Uziel dejaron de pelear y regresaron a su sitio. El mayordomo le informó del mensaje y el príncipe Rhiaim también se preocupó, pero mantuvo la compostura. Luego, se sentó al lado de Brett y le dijo:
- No tienes que ir, si no quieres.
- Iré, hermano – dijo Brett – me acompañará Zlatan.
- Me preocupa que te quieran recluir en el palacio, como sucedió hace diez años...
- Por favor, hermano, déjame lidiar con esto por mi cuenta. Si pasa algo, te llamaré. Además, el palacio está cerca de la Capital, donde vive tía Yeho. Sé que ella me protegerá con sus espías porque soy el hermano de su querido y hermoso esposo. ¿No es así?
Las mejillas de Rhiaim se colorearon levemente. Y es que, a pesar de que vivían separados por sus respectivos cargos, ellos mantenían intacto su amor. Por lo que cada vez que se reencontraban, dedicaban su tiempo el uno al otro para ponerse al día y amarse como verdaderos esposos. Brett, por su parte, soltó una pequeña risita porque, aunque era de los hermanos más calmados, también tenía un lado rebelde y travieso que solía sacar relucir en pocas ocasiones.
Rhiaim, al darse cuenta, hizo sonar su garganta y, con un semblante serio, dijo:
- Está bien, respetaré tu decisión. Ya eres un adulto y es hora de que aprendas a cuidarte por tu cuenta. ¿No? En cuanto a tu trabajo...
- Yo me encargaré, hermano – intervino Eber – dirigiré a los soldados para proteger ambos ducados de los secuestradores de niños.
- ¡Esos malditos sabandijas! – bramó Uziel, apretando los puños con rabia - ¿Por qué se empecinan tanto en capturar a los niños? ¡Y no les importa sus estatus! Hijos de nobles, burgueses, plebeyos... ¡Todos están en peligro!
- Ah, y por supuesto controlaré a que Uziel no cometa otra de sus locuras – añadió Eber.
- ¡Mira quien habla! ¡El payaso que se lanza a un bandido armado con pistola y tiene a niños de cinco años en sus brazos!
- ¡Deja de llamarme payaso y respétame como tu hermano mayor!
- ¡Por supuesto que sí, hermano mayor payaso!
- ¡Ya dejen de pelear o volveré a castigarlos! – cortó Rhiaim, haciendo que Eber y Uziel se calmaran al instante.
- Bi... bien, confío en que E... Eber se encargue – dijo Brett – A... ahora que lo pi... pienso, pu... puedo pedirle a... ayuda a la reina con este ca... caso.
- Sí, puede que necesitemos de intervención de la reina – dijo Zlatan – ya que la desaparición de niños no solo afecta al ducado de la duquesa Dulce ni al de nuestro hermano, sino también a muchos otros pueblos que están alejados de la zona cosmopolita del país.
- Es una buena idea – dijo Rhiaim, sonriéndole a Brett – puede que sea demasiado esfuerzo pedirle ayuda con esto, pero ya no hay salida. La ex reina Aurora no está al mando y, hasta ahora, nos valimos de nuestros propios recursos para proteger a los niños. Quizás sea hora de que haya una intervención real y acudir a una reina es lo mejor para cortar de raíz con este problema.
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Un hombre vestido con bata blanca y un par de lentes redondos, le estaba extrayendo sangre a un pequeño niño sedado. Luego, colocó la sangre en una máquina, pulsó algunos botones y extrajo de ellas un líquido acuoso, con el cual se lo inyectó en las venas de su rostro.
Una vez terminado con eso, se miró al espejo y sonrió: creyó haber visto un par de arrugas ausentes en su rostro.
Escuchó el sonido de la puerta que interrumpió su tarea.
- Adelante.
La puerta se abrió. Un hombre alto y con un copete en la cabeza entró, diciéndole:
- Señor Roger, hemos capturado a otro par de niños con éxito.
- Excelente. Por ahora mantenlos encerrados en el subsuelo y llévate a éste – señaló al niño dormido – ya no lo necesito. Le saqué todo lo que tenía.
- Sí, señor.
El hombre del copete cargó al niño en brazos y se marchó.
Roger se volvió a mirar al espejo y le dijo a su reflejo:
- Este es tan solo el primer paso. Pero si quiero descubrir el secreto de la eterna juventud, debo capturar a "esa persona". Solo así podré lograr mi propósito de ser joven y bello por siempre.
Con esas palabras, retumbaron sus risas por toda la habitación, mientras un par de gotas de sangre de su jeringa se esparcieron por su bata.
El príncipe Brett, junto a su hermano Zlatan, se dirigieron al palacio real en coche. Aunque tenían un chofer designado, Brett sabía conducir por lo que, durante el trayecto, se ofreció a tomar el volante para que el conductor pudiera descansar. Sin embargo, éste tenía otra opinión al respecto:
- Majestad, usted no debería siquiera molestarse – le dijo su chofer cuando se detuvieron en una parada – No es bueno que un príncipe conduzca un auto.
- Vamos, Mateo – le dijo Brett al conductor – son dos días de viaje y no me gustaría que terminara agotado. Aurora sabe conducir y eso que es una monarca. Bueno, ya abdicó, pero, para mí, sigue siendo una reina.
- Como usted diga, señor.
Y fue así que, cuando llegaron al palacio, todos quedaron asombrados al ver que en el asiento del conductor se encontraba Brett y no su chofer.
Ambos príncipes estaban acompañados de sus escoltas. Y cuando llegaron a la entrada del palacio, fueron recibidos por los guardias de la reina. Uno de ellos se acercó y le dijo:
- Príncipe Brett, su alteza la reina Panambi lo está esperando en su oficina, junto a la condesa Yehohanan y la ex reina Aurora. Desean hablar con usted a solas.
Al decir esto, el guardia miró a Zlatan, quien estaba al lado de Brett. El príncipe de lentes mantuvo su expresión neutra, pero Brett notó que a su hermano menor no le agradaba la idea por lo que, enseguida, le dijo en voz baja:
- No te pre... preocupes por mí. Si están tía Yeho y Aurora, e... estaré bien. E... ellas no per... permitirán que me hagan da... daño.
- Está bien – dijo Zlatan – respira hondo y no te apresures al hablar. Iré a la biblioteca del palacio a esperarte.
Brett asumió con la cabeza. Aunque Zlatan acababa de cumplir 18 años, era bastante maduro para su edad y el único de sus hermanos menores que era reacio a escuchar sus órdenes. Aún así, al igual que los otros, también tenía deseos de protegerlo, lo cual podía llegar a fastidiarlo. El joven príncipe prefería que le dieran su espacio y, en lo posible, que lo dejaran solucionar sus problemas solo.
Mientras Zlatan se dirigía a la biblioteca, Brett fue guiado por los guardias hasta la oficina de la nueva reina. Durante el camino recordó lo que leyó en los periódicos. La reina Panambi vivió en un orfanato tras el fallecimiento de sus padres, quienes eran unos simples carpinteros que vivían en el campo. Luego, fue adoptada por una familia de burgueses un poco antes de que el país se independizara de los reinos vecinos. Y cuando la ex reina Aurora restauró su trono, proclamó que solo estaría en el poder por diez años ya que deseaba instaurar la monarquía democrática. De esa forma, fundó un instituto donde aceptaron a diez chicas que deseaban ser reinas, para educarlas en tan importante cargo.
"Eso quiere decir que la nueva reina es una plebeya", pensó Brett. "Bueno, no estoy en contra de que un plebeyo gobierne un país, pero estoy seguro que no a todos los miembros de la Corte les agrade esta situación. Por mi parte, solo me importa sus acciones, no sus orígenes. Porque digan lo que digan, todos somos iguales y merecemos el mismo respeto".
Cuando llegó, los guardias abrieron la puerta para que pudiera ingresar.
La oficina era bastante amplia, tenía varios estantes llenos de documentos y libros bien gruesos. En un rincón estaba la mesa de la reina, la cual era bastante extensa pero bien ordenada, con todos los accesorios de oficina distribuidos de tal forma a agilizar el trabajo.
Detrás del escritorio se encontraba la reina. Era una muchacha joven, que estaría cerca de sus veinte. Tenía los cabellos cortos y negros, pero sus ojos eran azules como el mar. Lucía un vestido blanco sin mangas y tenía una pechera circular dorada que estilizaba su figura. A ojos de Brett, la nueva monarca era bastante bonita, por lo que no evitó sonrojarse levemente ante su presencia. Pero consiguió controlarse enseguida y, haciendo una leve reverencia, saludó:
- Bu... buenos días, su ma... majestad. Soy el príncipe Brett y he venido en respuesta a su me... mensaje. Espero que no la mo... moleste.
- Siempre tan formal, Brett – dijo una conocida voz a sus espaldas.
Brett dio media vuelta y se encontró con Aurora. La ex monarca tenía los cabellos largos hasta la cintura y, en esos momentos, lucía un sencillo vestido azul con un chaleco blanco. En su periodo de reina, solía llevar una corona de plumas que alternaba entre colores blanco, amarillo y dorado. Pero, en esos momentos, no llevaba nada en la cabeza.
La joven se acercó al príncipe y le dio un abrazo, el cual éste correspondió. Aunque era monarca, Brett la consideraba su amiga y, por eso, podía permitirse el lujo de dejar su etiqueta a un lado para conversar con ella.
- Has crecido, Brett – le dijo Aurora, contemplándolo por unos instantes – Casi no te he reconocido.
- Bueno, sigo siendo bastante pequeño para mi edad – dijo Brett – aunque tengo 24 años, muchos todavía me ven como un adolescente. Pero no me molesta, es más, lo uso a mi ventaja para enfrentarme a mis enemigos.
- Sí, lo sé. La gente siempre se deja llevar por la apariencia.
En la oficina también entró la condesa Yehohanan. Ésta llevaba los cabellos recogidos en un rodete y tenía un vestido negro, cubierto con una capa. También se acercó a Brett y lo abrazó, pero su expresión era de una profunda preocupación, el cual el joven príncipe notó. Pero antes de decirle algo, ella le dijo:
- Pase lo que pase, eres tú quien toma tus decisiones. No te sientas forzado a aceptar la petición de la reina, si no quieres. Un príncipe también puede decidir sobre su vida.
- ¿Pero qué está pasando? – preguntó Brett, confundido - ¿Es algo que me pueda incomodar?
- Bienvenidos sean todos – dijo la reina Panambi quien, en todo ese tiempo, prefirió mantenerse al margen – les he llamado por una propuesta que le tengo preparada al príncipe Brett del reino del Este. Por favor, tomen asiento.
Los tres se sentaron frente al escritorio de la reina en cómodas sillas de madera acolchadas. A su vez, la nueva monarca se sentó en su asiento de respaldo alto con apoyabrazos, el cual estaba adornado con motivos de serpientes con alas en las cabezas. Ella miró fijamente a Brett a los ojos y éste, aunque tuvo deseos de esquivar la mirada, no lo hizo. Se mantuvo firme y sereno, tal como lo dictaba su etiqueta.
Tras un breve silencio, la reina Panambi le dijo:
- Antes de que llegaras, he hablado con tu cuidadora y la ex monarca debido a que, por un reglamento que ellas mismas crearon en el primer año de nuestra independencia, debía hablar con ellas si quería reclamar por tu mano. Pero, a mi parecer, pienso que la propuesta que tengo para ti te será muy conveniente y será una oportunidad única de protegerte de aquellos quienes te desprecian por tus orígenes. ¿No lo crees, joven príncipe?
- He estado bien, hasta ahora – dijo Brett con calma – tanto mis hermanos y yo logramos salir de cualquier situación. Además, nuestro hermano mayor nos guía y orienta para poder defendernos y llevar adelante el ducado que le fue cedido hace tiempo.
Brett notó que Panambi mostró una ligera sonrisa, como si esperaba escuchar eso. La nueva monarca apoyó los codos sobre la mesa, descansó el mentón sobre sus dos manos entrelazadas y, mostrando una expresión de simpatía, dijo:
- Durante mi periodo de estudiante en el Instituto de las Reinas, he leído acerca de un código antiguo, donde estipulaba que una monarca podía contraer nupcias con varios hombres para unificar las tribus. Por supuesto, eso se abolió cuando se propagó las enseñanzas de La Doctrina. Pero ahora que somos un estado laico, podemos rever ciertas leyes y alejarnos de los dogmas que solo frenan los avances propios de una sociedad moderna. ¿No lo crees?
Tanto Brett como Aurora y Yehohanan se miraron entre sí, debido a que no entendían las extrañas palabras de la reina. Brett supuso que ella solo les habló de su intención de casarse con él, pero no le mencionó dicho código. Y antes de hacer su pregunta, la misma reina respondió:
- Iré al grano: me gustaría casarme con los cuatro.
- ¡¿¡Los cuatro!?! – dijeron Brett, Aurora y Yehohanan, al unísono.
- Así es – insistió la reina – si bien la idea es pedir por la mano del príncipe Brett, pienso que lo mejor para ambos reinos sería que me casara con todos los príncipes solteros del Este. El príncipe Rhiaim ya saldría de la ecuación por estar casado con usted, condesa Yehohanan – ante esto, le sonrió a la condesa – y los demás príncipes que quedaron en el reino del Este también formaron sus propias familias, según las fuentes. Por lo tanto, me gustaría casarme con los que quedan y, así, forjar alianza entre naciones.
- Si me permite, su majestad – dijo la condesa Yehohanan – los príncipes han sido educados para servir a sus esposas y forjar alianzas entre familias de la nobleza. Sería un desbalance tomar a TODOS ellos y contenerlos en un harén cuando pueden casarse con otras damas solteras de la Corte o, ¿por qué no? que uno de ellos se case con la siguiente reina al mando...
- Ah, el contrato matrimonial tendría fecha de vencimiento, en ese caso – le interrumpió la reina.
- ¿Fecha de vencimiento? – preguntó Aurora.
- Sí. Mi mandato solo duraría diez años. ¿No? – dijo Panambi, esta vez, retirando los codos de la mesa y apoyando su espalda contra el respaldo de su asiento – en un gobierno democrático, los decretos cambiarían conforme van cambiando las monarcas. En tu caso, mi ex reina, lograste forjar alianza con los tres reinos haciendo que los representantes de dichas naciones se casaran con damas nobles de nuestro país. Pero en mi caso... por ahora tengo resuelto renovar esa alianza siendo esposa de los cuatro príncipes a lo largo de estos diez años. Y estaré viendo de rever las alianzas con los demás reinos vecinos para seguir manteniendo el control entre naciones. Por eso, cuando asuma la siguiente reina, podré "liberarlos" para que éstos decidan por sus destinos. ¿Qué les parece?
Las dos mujeres siguieron escépticas con la propuesta de la nueva reina. En el fondo sabían bien que ella tenía otras intenciones al mantener a todos los príncipes del Este en su poder. En cuanto a Brett, éste se quedó maravillado por la astucia de Panambi, ya que consideraba que era más lista de lo que aparentaba. Pero sabía que, en el fondo, ella solo se casaría con él por compromiso, no por amor. Y si sus hermanos accedían a esa petición, ella terminaría enamorándose de uno de ellos porque, desde su percepción, sus hermanos menores eran mucho más interesantes que él.
"La gente lo dice a menudo", pensó Brett, con seriedad. "Mi hermano, Eber, es muy fuerte y tiene una personalidad extrovertida. ¡Siempre hace reír a la gente! Por otro lado, Zlatan emana un aire de misterio que atrae a las chicas. Sé que la duquesa Dulce quiere hacer con él algo más que solo leer libros, pero éste la ignora por completo. En cuanto a Uziel... bueno, tiene quince años y es un rebelde sin causa, pero eso resulta una cualidad para aquellas que les gustan los "chicos malos". En cuando a mí... ¿Qué es lo que tengo? ¿Mi belleza? Pero dejando eso de lado... soy muy tímido, me enfermo con facilidad y me cuesta hablar con las mujeres de mi edad. Si no fuera por mi título, estoy seguro que nadie se interesaría en mí, ya que no tengo ninguna cualidad a resaltar".
- ¿De verdad está dispuesta a "soltar" a los príncipes dentro de diez años? – preguntó la condesa Yehohanan, interrumpiendo los pensamientos del joven príncipe - ¿Y qué si uno de ellos decide separarse de usted en un año, majestad?
- Eso es decisión de una esposa, según tengo entendido – dijo la reina Panambi.
- No es tan así – dijo Aurora – recuerda lo que te enseñaron en el instituto. Los príncipes no son objetos que puedes usar "a tu conveniencia". Piensa bien lo que quieres hacer con ellos antes de siquiera pedirles la mano.
Brett se levantó. Eso sorprendió a las mujeres porque, hasta el momento, se mantuvo callado todo ese tiempo. El joven príncipe recordó, repentinamente, que había prometido hablar con la reina para solucionar el problema de la desaparición de niños en el ducado de su hermano. Y Zlatan lo estaba esperando, seguro muy preocupado por notar que se estaba tardando bastante en la reunión con la reina. Si bien sabía de la reclusión que podría pasar si accedía a casarse, en esos momentos no le quedaban tantas opciones. Ya su hermano mayor se esforzó mucho por sostener su ducado. Era hora de retribuirle ese favor.
Así es que respiró hondo, recordó las instrucciones que le enseñaron para poder modular las palabras sin tartamudear y, con una voz clara y firme, dijo:
- Está bien. Acepto la propuesta. Estoy seguro que mis hermanos también lo aceptarán porque consideran que soy frágil y endeble y querrán cuidarme. Pero tengo una condición para esto.
- ¿Qué condición? – preguntó Panambi.
- Que me ayudes a solucionar el problema de los niños desaparecidos en el ducado de mi hermano. Estoy seguro que, con una buena defensa, todos estarán a salvo.
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- ¡Bien! ¡Hemos logrado proteger a estos niños! – se alegró Uziel, quien sostenía a una pequeña de cinco años en sus brazos.
- Lo hemos hecho bien sin Brett y Zlatan – dijo Eber - ¡De verdad que soy un buen comandante!
- Más bien, eres el comandante de los payasos.
- ¿Qué dijiste?
Eber estuvo a punto de a abalanzarse sobre Uziel, pero vio que éste seguía sosteniendo a la niña, por lo que no podía golpearlo como era debido. Ambos príncipes se encontraban en las afueras del ducado del Sol, donde había una pequeña aldea desprotegida y, a petición de la alcaldesa a cargo de cuidarla, decidieron ir a reforzar la defensa.
Los soldados que los acompañaron se acercaron a ellos, acarreando a los bandidos que consiguieron capturar. Uno de ellos dio un paso al frente y dijo:
- Majestades, estos hombres dicen que trabajan para un tal Roger. No sabemos bien qué está haciendo con los niños y dudo que se nieguen a hablar.
- En ese caso, tendremos que llamar a nuestro hermano mayor – dijo Eber – Solo él es capaz de hacer hablar hasta a las rocas.
- ¿Por qué tenemos que incluirlo en NUESTRO trabajo? – refunfuñó Uziel - ¿No podemos hacerlo nosotros?
Antes de continuar, Eber escuchó el sonido de su dispositivo comunicador. Era un aparato rectangular, el cual proyectaba imágenes holográficas de los emisores y receptores. Y en esos momentos, se proyectó la imagen de Brett y Zlatan, quienes lo estaban llamando desde el palacio para explicarle lo sucedido.
- ¡Brett! ¿Qué sucedió? – preguntó Eber.
- La reina Panambi quiere casarse con los cuatro – dijo Zlatan.
- ¿Cómo que con los cuatro? – intervino Uziel.
- Este... dijo algo de un código "antiguo" – dijo Brett – ella quiere que sea su esposo "oficial" y... bueno... acepté...
Eber contempló por unos instantes la imagen holográfica de Brett. En el fondo intuía que algo le ofreció la reina como para que aceptara su petición. Y estaba seguro de que él tenía una leve esperanza de que los menores rechazaran ser esposos de una misma mujer. Así es que, con toda la seriedad del mundo, le respondió:
- Está bien. Me parece una acertada decisión. Y ya que la reina fue tan amable de incluirnos a todos en el barco, con gusto te acompañaremos en tu nueva vida de casado.
- N... no tienes que ha... hacer esto... Eber...
- ¡Lo hago porque quiero! Y, también, porque necesito protegerte.
- ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? – comenzó a preguntar Uziel.
- Ah, el enano se queda – dijo Eber.
- ¿Qué? ¡No! ¡Yo también quiero casarme! – se quejó Uziel.
- ¡Aún eres un niño! – insistió Eber.
- ¡No! ¡La reina quiere a todos y eso me incluye! ¡Así es que ni siquiera nuestro hermano mayor podrá detenerla en esto ya que es solo un simple príncipe que se cree la gran cosa por ser nombrado duque! – argumentó Uziel.
Escucharon que Brett y Zlatan dieron un largo suspiro. Al final, Brett aclaró su garganta y dijo:
- Sabía que aceptarían la propuesta. Pero descuiden, solo será por diez años. Sin embargo, tengo un plan para que se pueda reducir a uno solo. Así podremos seguir siendo libres, como hasta ahora.
- ¿Y qué tienes en mente, Brett? – preguntó Eber.
Brett mantuvo silencio por largo rato. Luego, con una pequeña sonrisa de confianza, le dijo:
- Lo sabrán en su momento. Por ahora, confíen en mí y sigan mis órdenes ya que no solo soy su hermano mayor sino, también, seré el esposo oficial y quien actúe de extensión de la reina. ¿Puedo contar con ustedes para esto?
- ¡Claro que si! ¡Seremos tu sombra siempre! – dijeron Eber y Uziel, llenos de determinación.
Y tras esto, se cortó la comunicación.
Los príncipes Brett y Zlatan regresaron al ducado junto a la reina Panambi y la condesa Yehohanan. La ex reina Aurora permaneció en el palacio, ya que quería poner a punto algunos asuntos para que la nueva monarca pudiese iniciar ya mismo con su mandato sin inconvenientes.
El grupo fue recibido por el duque Rhiaim y los príncipes Eber y Uziel. Éstos se acercaron a Brett y comenzaron a atiborrarle de preguntas.
- ¿Cómo te fue la estadía?
- ¿De verdad nos casaremos todos con la reina?
- ¿Siquiera eso es posible?
- ¡Cálmense, muchachos! – les reprendió Brett - ¡No olviden sus etiquetas y saluden a la nueva reina como dignos príncipes!
De inmediato, los dos príncipes revoltosos se fijaron en Panambi y, enseguida, inclinaron sus cabezas ante ella a modo de saludo, diciendo:
- Bienvenida, su alteza. Esperamos que se sienta a gusto en nuestro hogar.
- El placer es mío, majestades – dijo Panambi, respondiendo el saludo del mismo modo – espero que nos llevemos muy bien y acepten mi propuesta de matrimonio.
Eber, olvidando por un instante su etiqueta, comentó:
- Es muy guapa. ¡Qué suerte tenemos, hermanos!
Uziel hizo una mueca extraña y también comentó:
- ¿No es un poco mayor para mí? No creo que quiera casarse con un adolescente como yo.
- Y no te casarás, hermanito – intervino Rhiaim, apoyando una mano sobre su hombro – aunque estás en la edad legal de casarte según las leyes de este país, todavía eres muy inmaduro y prepotente. ¡No sabes respetar a tus mayores y siempre te metes en problemas!
Uziel infló las mejillas de la indignación, ya que su hermano mayor siempre tendía a regañarlo en público. No importara lo que hiciera, siempre desaprobaba sus acciones y, si se atrevía a cuestionar algo, lo castigaba por ser un maleducado.
La reina Panambi, quien se mantuvo al margen, contempló a los príncipes por un rato. Ya en el palacio percibió cómo eran Brett y Zlatan y, en el ducado del príncipe Rhiaim, pudo intuir cómo eran los demás. Aunque eran hermanos y se llevaban relativamente bien, todos tenían personalidades muy diferentes. Pero eran esas diferencias lo que los hacían ser un buen equipo y los llevaban a superar cualquier obstáculo. Pero por más que fueran los príncipes del Este, y por más que unían fuerzas con la duquesa Dulce para evitar el secuestro de los niños que surgieron en esos últimos meses en sus territorios, las desapariciones iban en aumento y los bandidos se las ingeniaban cada vez más para sortear los ejércitos privados de cada duque con facilidad.
- Majestad, seguro se sentirá intranquilo por mi inesperada propuesta – dijo Panambi a Rhiaim – pero debo decirle que hablé con su esposa, y ella está dispuesta a proteger a tus hermanitos desde la Capital.
- Lo sé – dijo Rhiaim, mientras miraba a Yehohanan con una media sonrisa – ella cuenta con un grupo de espías muy eficientes que harán un gran trabajo. Aún así, lo que me inquieta es saber cómo tratarás a mis hermanitos. No me gustaría que los mantuvieras recluidos en el palacio, lejos de sus amigos.
- Bueno, usted sabrá que un esposo de la reina es una extensión de ésta – dijo Panambi – y todo enemigo de la reina buscará destruirla usando a sus familiares, así es que la reclusión parcial no se podrá evitar.
El duque hizo una extraña mueca con su rostro, ya que no le gustaba esa situación. Sin embargo, tampoco podía juzgarla sin antes saber cómo seria en verdad. Quizás habría reclusión, pero podría permitir la visita de familiares y amigos que sirvieran como conexión con el mundo exterior.
Y mientras pensaba, Brett dio un paso al frente y dijo:
- Necesito hablar con mi hermano mayor un rato, a solas. Es... importante.
Todos lo miraron, haciendo que el joven príncipe se pusiese nervioso. La reina Panambi sonrió y dijo:
- Sí, puedes hablar con él. Mientras, yo hablaré con el resto de tus hermanos y futuros esposos.
- ¡Esto si me agrada! – dijo Eber, con una amplia sonrisa - ¡Usaré mi natural encanto y carisma para seducirla! Pero descuida, Brett, estaré dispuesto a compartirla contigo siempre que no la monopolices como el esposo principal, ja ja ja.
- Ya basta, Eber – dijo Brett, frunciendo el ceño – no es cu... cualquier chica, es una re... reina. Com... compórtate, por fa... favor.
Brett y Rhiaim se dirigieron a la oficina de éste, mientras que el resto del grupo fueron a la sala de visitas del castillo. Ambos hermanos se sentaron sobre las sillas de madera y se colocaron frente a frente, para conversar.
Brett respiró hondo un par de veces, aclaró la garganta y habló de forma fluida:
- Hablé con la reina sobre el caso de la desaparición de niños. Ella nos cederá parte de su ejército para reforzar la vigilancia.
- Me parece bien – dijo Rhiaim – cuidar del hogar de su esposo le convendrá para mostrar una buena imagen a nuestra madre.
- ¿Ella no se pronunció al respecto? ¿Verdad?
- Aún no. Pero seguro ya se habrá enterado. Nuestra madre cuenta con sus propias fuentes para enterarse de todo lo concerniente a nosotros. ¡Nunca se le escapa nada!
Brett hizo una mueca de desagrado. Por mucho tiempo, intentó huir de su destino y borrar toda conexión con su tiránica madre. Pero aunque ella nunca le habló directamente, sabía que sus ojos estaban puestos en él desde que la Corte de hacia diez años atrás lo quiso forzar a casarse con la ex reina Aurora, en contra de su voluntad.
Todavía recordaba cuando fue exhibido en la Corte del reino del Sur, tal cual si fuese un objeto. Él solo tenía catorce años y era la primera vez que participaba en una reunión de esas. Entre las palabras que podía recordar eran las siguientes: "trofeo", "esposo perfecto", "dócil", "manipulable". Y cuando creía que no tendría escapatoria, una indignada Aurora se colocó delante de él y, mirando a los nobles con rabia en los ojo, exclamó:
- ¡El príncipe Brett no es ningún trofeo! ¡Lo que veo aquí es un pobre muchacho que necesita ayuda! ¡No me casaré con él porque no es el hombre que amo, así como tampoco lo forzaré a casarse conmigo porque sé que él no me desea!
Si bien Aurora lo rechazó, terminaron siendo muy buenos amigos. Ella lo apoyó con un buen instructor para que pudiese mejorar sus problemas de dicción, mientras que él la protegió a ella y a su novio desde las sombras, en agradecimiento por haberlo tratado como un ser humano y respetado su decisión de vivir en paz en el reino.
Lamentablemente, la reina Jucanda se enteró de eso. Pero en lugar de decepcionarse por el rechazo de la reina, le elogio por dejar una primera buena impresión a la Corte del reino del Sur, accediendo también a incrementarle sus ingresos de príncipe e incentivándolo a cautivar a la siguiente monarca que surgiría en diez años por la voluntad del pueblo.
- La reina Panambi parece buena – dijo Brett – emana un aura diferente a nuestra madre... o las demás reinas. Por eso, hermano, quería decirte que, esta vez, si estaré bien. Ya no soy el chico tímido de antes.
- Lo sé – dijo Rhiaim – pero sabes que siempre puedes contar conmigo y los demás hermanos mayores, que nos apoyan desde la distancia. Recuerda nuestra promesa, Brett. Somos hermanos y debemos estar juntos siempre, pase lo que pase.
- En ese caso, confía en que cuidaré bien de los pequeños. La reina Panambi quiere firmar un contrato matrimonial de diez años, pero he planeado que dure menos tiempo y, así, volvamos a ser libres. Como siempre.
- ¿Y cuál es tu plan, Brett?
- Llegar hasta el líder de este grupo criminal que secuestra a los niños en menos de un año – respondió Brett, con un extraño brillo en los ojos – como esposos de una reina, tendremos acceso a sitios exclusivos que nos ayudará a resolver más rápido el caso. Le hice prometer a la reina que, si lo resolvemos en poco tiempo, accederemos al contrato de diez años. Pero si pasa ese periodo, romperemos el compromiso. Una reina no solo debe cuidar de su familia, sino también de su gente. Y se lo recordaré a lo largo de nuestro matrimonio.
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La boda se realizó en el palacio real, donde los príncipes lucieron sus túnicas de gala. En el reino del Este, la vestimenta típica de los nobles y miembros de la realeza eran túnicas de colores y estampados variados mientras que, en el reino del Sur, era común los tocados de plumas y conjuntos de camisas y vestidos bordados a mano.
Es así como la reina Panambi se lució con una vaporosa vincha de plumas blancas, vestido sin mangas color blanco con flecos en la falda y el rostro maquillado con motivos de líneas turquesa en las mejillas.
El príncipe Brett se vistió con una túnica color negro con detalles dorados en las mangas y los cabellos sueltos, pero bien peinados hacia atrás para que se le viera mejor el rostro.
El príncipe Eber llevó una túnica blanca con estampados dorados, los cabellos rojizos recogidos en una coleta y una capa violeta que colgaba de sus hombros.
El príncipe Zlatan llevaba una túnica azul sin detalles, mientras que el príncipe Uziel se vistió de rojo y tenía sus rubios cabellos sueltos y despeinados, como si lo hubiese hecho a propósito con motivo de rebeldía.
Tanto los invitados como la prensa no evitaron dar sus comentarios al respecto sobre el aspecto de los príncipes y lo mucho que crecieron en esos diez años. Por su parte, la condesa Yehohanan soltó un par de lágrimas al ver a sus muchachos casándose. Rhiaim también lucía emocionado, pero intentaba contenerse para mantener la etiqueta.
La reina y los príncipes se acercaron a una tarima, donde les esperaba el juez para oficializar la unión civil. El mismo contemplo a Brett y Panambi, quienes estaban lado a lado ya que serían los que se unirían en matrimonio de forma oficial. El juez aclaró la garganta y dijo:
- Estamos aquí para celebrar este matrimonio entre la reina Panambi de la Nación del Sur y el príncipe Brett del reino del Este. Y en base a un código antiguo legal y fidedigno, autorizo la unión de la reina Panambi de forma extraoficial con los príncipes Eber, Zlatan y Uziel quienes, hasta la fecha, han sido patrimonio de la condesa Yehohanan y el príncipe Rhiaim. Si los cuidadores de los príncipes no ponen ninguna objeción, les pido que firmen este documento.
El juez extendió el acta matrimonial donde firmaron Panambi y Brett. Luego, la pareja dio el paso a los demás hermanos para que firmaran también. Primero fue Eber, luego Zlatan y, por último, Uziel.
Una vez hecho esto, el juez decretó:
- Los declaro esposa y esposos.
En el palacio se organizo una fiesta sencilla, donde todos pudieron bailar y relajarse. Brett notó que Zlatan, como siempre, esquivó el baile y se escabulló en algún lugar. La duquesa Dulce, quien decidió asistir a la ceremonia, estiraba la cabeza hacia la multitud como si lo buscara. A lo lejos también se encontró con caras conocidas, todas sonriéndole y deseándole suerte en su boda.
- Esposa, iré a buscar a mi hermano Zlatan – le dijo Brett a Panambi, por lo bajo.
- Está bien – dijo Panambi – hay soldados en los alrededores que los protegerán, así es que puedes estar tranquilo.
Una vez que se alejó del bullicio, Brett soltó una pequeña risa de burla. Y es que sabía que mucha gente, incluyendo los residentes del palacio, les guardaban rencor a él y a sus hermanos por sus oscuros orígenes. Y entre ellos se encontraban los soldados de la reina ya que, en su mayoría, venían de familias afectadas por las reinas de los reinos vecinos y no veían la hora de humillar a los príncipes para cobrar su venganza contra, al menos, una de las monarcas extranjeras.
Llegó hasta al patio y se apoyó sobre un árbol de naranjo. Apenas palpó el tronco con su mano para tomar un descanso, vio a un soldado acercándose a él de forma amenazante.
- ¿Es usted uno de los esposos de la reina? – le preguntó el soldado – si es así, le advierto que acaba de cometer un grave delito: tocó una de las plantas del jardín. Ni aunque te hayas casado con la reina te salvarás del castigo.
De inmediato, Zlatan hizo acto de presencia. Se colocó delante del soldado y Brett y, mostrándole al soldado una nota, le dijo:
- La reina deja en claro que si cometemos algún delito dentro y fuera del palacio, será ella quien nos castigue personalmente. Ni usted ni nadie tiene derecho a levantar la mano contra nosotros, si no quiere atenerse a las consecuencias.
EL soldado miró asombrado a Zlatan. Pero, luego, comenzó a reír y exclamó:
- Si fueran los otros quienes estuviesen aquí, lo pensaría dos veces. Pero, a ver, me toca lidiar con un tartamudo raquítico y un cuatro ojos que nunca portó una espada. ¡No son rivales para mi!
Esta vez, fue Brett quien se interpuso entre Zlatan y el soldado y dijo:
- E.. esto se considerará agresión por de... defensa personal.
El soldado volvió a reírse. Y es que Brett, debido a sus problemas de dicción y apariencia enfermiza, siempre fue considerado el hermano más débil. Pero, en realidad, estaba lejos de serlo. Y cuando el soldado levantó su puño para golpearlo directo en la cara, Brett levantó su pierna y le propinó una fuerte patada en la quijada, que lo hizo estirarse hacia atrás. Luego, giró y remató pateándolo al costado y, así, dejando a su contrincante fuera de combate.
Apenas terminó, vieron que se acercaron Eber, Uziel y Panambi para saber lo que estaba sucediendo.
- Es ahora que analizaremos la reacción de nuestra esposa, Zlatan – le susurró Brett a su hermano, al oído – presta atención y guárdalo en tu memoria.
- Está bien, hermano. Déjamelo todo a mi.
Y, juntos, se acercaron a explicarles lo sucedido.